Notas sobre Daniel 10

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JR, TG, Luis Bueno

Este capítulo rebosa información valiosa.

Daniel tiene un encuentro, nada menos que con Jesús (pre-encarnado).

Al mirar el capítulo como un todo, no se ve en él demasiada profecía. Pero vemos a Daniel encontrándose con Cristo. Vemos su experiencia de santificación, lo que es altamente informativo para la experiencia del cristiano.

Versículo 2: Daniel se aflige y ayuna tres semanas. Se le aparece Jesús en su gloria, de forma muy similar a como se aparece a Juan en Apocalipsis.

Versículos 5-6:

"Vestido de lino. Oro refinado. Berilo. Rostro como relámpago. Ojos como antorchas de fuego. Brazos y pies como bronce bruñido. Voz como estruendo de multitud"

Quizá pudo no ser evidente para Daniel, pero nosotros sabemos que fue Jesús, ya que esas mismas siete características las vemos en Apocalipsis 1:13-15 y 2:18, donde se identifica como "el Hijo de Dios".

Obsérvese la progresión en Daniel:

1. se propone en su corazón ser fiel a Dios,

2. interpreta el sueño de Nabucodonosor,

3. tiene su propia visión (capítulos 7 y 8) en la que es visitado por Gabriel, y

4. (capítulo 10) El propio Jesús visita a Daniel. No sólo un sueño ni un ángel, sino Dios mismo.

Daniel resulta sobrecogido, aterrorizado. Toda su fuerza se convierte en debilidad. Cae al suelo. Cuando Jesús lo levanta, está temblando. Ante la presencia de Dios siente dolorosamente su pecaminosidad.

Daniel podía comparecer sin culpa ante sus enemigos, quienes no podían acusarlo de nada. Pero comparecer ante Dios es otra cosa bien distinta, y Dios quiere que podamos comparecer ante él aquí, a fin de poder morar juntos por la eternidad.

"El único y sabio Dios, nuestro Salvador", "es poderoso para guardaros sin caída y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría" (Judas 24-25)

La experiencia de Daniel ejemplifica el proceso de santificación. No se trata de "yo soy más santo que tú" (Isa 65:5), sino del reconocimiento de la propia indignidad al encontrarse personalmente con Jesús, al conocerlo de primera mano. Cuanto mejor lo conoces, menos digno, justo o santo te sientes. Daniel, el irreprochable personaje del que el relato bíblico no deja constancia de ningún pecado, quedó como muerto.

¿Cómo quedaríamos tú y yo?

¿Es la nuestra una actitud de humildad cuando oramos, cuando comparecemos ante la presencia de Dios, por ejemplo, al presentar públicamente una lección de escuela sabática o una predicación? De no ser así, estamos en real necesidad de tener un encuentro personal con el Señor.

Versículo 9: Cuando oyó la voz de las palabras de Jesús le vino un sueño profundo. Daniel estaba aterrorizado, no tenía fuerzas, no tenía justicia en sí mismo; pero cuando Jesús le habla, Daniel se siente confortado. Anteriormente se debió preguntar si no estaría definitivamente condenado ante Dios, pero al constatar que Dios le habla, se siente aliviado. Siente que Dios lo acepta y experimenta la paz.

Versículos 10-11: vuelve a aparecer el ángel Gabriel. Lo toca y le dice: 'Daniel, muy amado'. Daniel está sin fuerzas, temblando, y Gabriel le dice: 'Dios te ama intensamente. Ponte en pie: he de comunicarte asuntos importantes. No he aparecido para hacerte temblar. Tampoco Cristo ha aparecido para hacerte temblar, sino para asegurarte de que Dios te ama profundamente'.

En ocasiones nos sentimos indignos y dudamos de la aceptación de Dios, pero Dios viene a nosotros, no por lo que nosotros somos, sino por lo que él es, y Dios es amor. No es por nuestra bondad o justicia, sino por la bondad y justicia de Cristo. Eso nos habla verdad poderosa a quienes seguimos a Jesús, ya que a medida que avanzamos en nuestra vida como seguidores de Cristo, corremos el peligro de pensar que de alguna forma Dios nos acepta debido a la bondad o justicia que vamos desarrollando, pero esta experiencia de Daniel demuestra que no es debido a nuestra bondad o justicia, sino al amor de Dios por nosotros: a su gran misericordia.

Versículo 11: Daniel aún está temblando. No presume por haber sido visitado por un ángel o por el Señor mismo, sino que se siente abatido. Gabriel lo anima así:

Versículo 12: 'No temas'. Esa es la expresión más frecuente en la Biblia, cada vez que un ser humano fue visitado por un ángel. Dios quiere comunicarse con nosotros. Quiere que estemos confiados en su presencia Y QUE TEMAMOS SEPARARNOS DE ÉL.

El contraste entre la luz, bondad, perfección, poder y santidad de Dios, con nuestra indignidad e injusticia, nos produce de forma natural un temor intenso, nos produce pánico y abatimiento.

Probablemente no hemos tenido un encuentro como el de Daniel, pero al sumergirnos en el relato bíblico de personajes que han tenido encuentros semejantes sentiremos una profunda percepción de nuestra indignidad, no porque Dios fuerce en nosotros un sentimiento de indignidad, sino porque Dios es verdadero, es santo, es bueno, es justo, es amor, y eso hace que en nosotros sea patente aquello que no está en armonía con él. Pero él no quiere hundirnos sino levantarnos, de forma que nuestro carácter pueda reflejar el suyo.

De hecho, si nuestra experiencia cristiana es genuina, debemos haber experimentado encuentros con el Señor, de forma que nos mantengamos humildes al constatar nuestra indignidad, pero confiados al experimentar su misericordia y su perdón, su poder para restaurarnos a su imagen. Todos necesitamos (y tenemos) este mensaje del Señor: "No temas".

"Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar" (Mat 11:28)

Vemos cómo Daniel va recobrando la energía y se va reponiendo, estando primero abatido, y luego dormido, reposando en Cristo. Al observar cómo se siente reanimado por las palabras del Señor, que le permite levantarse sobre las rodillas y las manos, y luego ponerse en pie -aunque temblando-, comprendemos que no podemos dar un solo paso hacia el Señor si no es porque él interviene, nos motiva, nos llama, nos atrae hacia sí, nos habla, nos reconforta.

En nosotros no hay bondad ni justicia, pero él nos "persigue" con su misericordia, con su perdón, con sus palabras de seguridad, con el reposo que nos da cuando nos entregamos a él. Debemos reconocer claramente la iniciativa divina en todo el proceso. Es su bondad la nos lleva al arrepentimiento (Rom 2:4), no a la inversa.

Jesús afirmó:

"Yo, cuando sea levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo" (Juan 12:32)

En Daniel capítulo 10 tenemos una ilustración vívida de cómo Dios está procurando atraernos hacia sí a cada uno de nosotros.

En la siguiente escena se descorre el velo y se hacer visible un episodio crucial en el conflicto de los siglos. Daniel había estado orando y ayunando tres semanas. Leemos en los versículos 12-13:

"Entonces me dijo: 'Daniel, no temas, porque desde el primer día que dispusiste tu corazón a entender y a humillarte en la presencia de tu Dios fueron oídas tus palabras; y a causa de tus palabras yo he venido. Mas el príncipe del reino de Persia se me opuso durante veintiún días; pero Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme, y quedé allí con los reyes de Persia'"

Daniel ora, y tan pronto como ora y se dispone a comprender y a humillarse, Gabriel afirma que fue enviado. Tan pronto como oramos, Dios envía ángeles y responde a nuestras oraciones.

Leemos que el príncipe del reino de Persia se me opuso 21 días (las mismas tres semanas). Daniel oraba; Dios respondía, pero había otra fuerza, otro poder, que procuraba impedir la respuesta a aquella oración, hasta el punto de hacer necesario que acudiera el propio "Miguel".

Cuando oramos sin obtener respuesta inmediata, solemos pensar que el Señor no quiere respondernos, o quizá que no hemos hecho bien las cosas, que no le hemos elevado la petición cumpliendo todas las condiciones requeridas. Pero este episodio muestra que Dios oye nuestras oraciones y que se dispone a responderlas.

La demora en el episodio que Daniel expone en el capítulo 10 no se debió de forma alguna a desinterés o indiferencia por parte del Señor, sino a la existencia de una tremenda lucha espiritual al más alto nivel.

Daniel se implicó en aquella gran lucha espiritual al ponerse en oración por tres semanas. Dios oyó su ruego desde el principio y se dispuso a contestarle, pero Gabriel estaba implicado en una batalla espiritual con el rey de Persia.

No sólo vemos eso en el antiguo testamento, sino también en el nuevo. En 1 Tesalonicenses 2 Pablo enseña claramente que había un poder que estaba intentando impedir su ministerio en las iglesias. En el versículo 18 identifica cuál es ese poder que se opone: el de Satanás.

Sabemos que el príncipe del reino de Persia es Satanás, porque en Juan 12:31 lo identifica con el príncipe de este mundo (Satanás). En Mateo 6:10 y 13 leemos que debemos pedir que sea hecha la voluntad de Dios en la tierra (tal como lo es en el cielo), y que nos libre del mal (o del tentador). Al orar de ese modo, estamos pidiendo que no se permita a Satanás malograr los planes de Dios en nosotros y en nuestro ministerio.

En una de las tentaciones a Jesús que describe Juan 4, Satanás ofrece a Jesús los reinos de este mundo, aseverando que le pertenecen por haberle sido dados. Satanás tiene a su mando ángeles. Según Apocalipsis 12 una tercera parte de los ángeles se rebeló junto a Satanás. Es posible que este hubiera asignado a algún ángel delegado para controlar el reino de Persia, el de Grecia, etc.

Pero más adelante vemos que el asunto requiere la acción y presencia del propio Miguel, quien es identificado vez tras vez como "el príncipe de tu pueblo", "el Mesías príncipe" (Daniel 9:25). Si bien Satanás reclama el título de príncipe de este mundo, ese honor corresponde a Cristo. Lo importante es a quién reconocemos como príncipe en nuestra vida: a Satanás, o a Cristo. ¿A quién damos nuestra lealtad?

Daniel 10:21 nos habla de Miguel, "el príncipe de vuestro pueblo" (el pueblo de Dios). Daniel 12:1 dice: "Miguel, el gran príncipe que está de parte de los hijos de tu pueblo".

Al identificar a Cristo como un ángel (Miguel), no hemos de deducir que sea un ser creado. Es el eterno Hijo de Dios, quien existe por sí mismo, es el gran YO SOY, cuya vida no es prestada ni derivada de otro. Según Filipenses 2, posee verdaderamente naturaleza divina. No es un ángel en el sentido de ser uno de los ángeles, sino que es el director, la cabeza, de los ángeles. La Biblia no habla de Miguel y los ángeles, sino de Miguel y sus ángeles. Ser el principal de los ángeles no lo hace un ser creado más de lo que lo hace el haberse encarnado como hombre. Sucede como con el Espíritu Santo, cuya manifestación en forma de paloma no implica que sea un ser creado.

El propio nombre, Miguel, tiene un significado especial: 'Aquel que es como Dios'. Se trata del "Mesías, el príncipe", el príncipe del pacto (Daniel 11:22).

¿Por qué razón acude Miguel en ese momento crítico de la batalla espiritual descrita en Daniel 10? Porque un ángel es incapaz de hacer lo que sólo Miguel puede lograr. Un ángel no puede redimir, pero Cristo nos ha redimido; ha obtenido la victoria sobre el príncipe de este mundo. Él puede reclamar y obtener en favor nuestro lo que un ángel nunca podría lograr. Sólo Jesucristo hace posible la comunicación directa y eficaz entre Dios y el hombre.

El mundo materialista en que vivimos es incapaz de comprender la realidad de ese conflicto en el que hay fuerzas satánicas intentando arrastrarnos a la destrucción, mientras que Dios mismo y sus ángeles están luchando por nuestra vida presente y eterna. Esa guerra es muy, muy real. Nuestra lucha no es

"contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes" (Efesios 6:12)

Sólo hay Uno capaz de librarnos de esos poderes y darnos la victoria, que es Miguel, nuestro Salvador, el eterno Hijo de Dios.

Miguel viene a deshacer la confusión y perplejidad de Daniel, y a darle información de primera clase relativa al devenir de los acontecimientos en el futuro, y el triunfo final de Dios y de su pueblo (en el capítulo 11).

JR, TG, Luis Bueno