Nehemías, tras haber servido en Jerusalem doce años (Neh 5:14), regresó a Babilonia para servir al rey Artajerjes (13:6). Al cabo de varios años volvió a Jerusalem y descubrió que en su pueblo no se estaban siguiendo las prácticas por las que había hecho jurar a los dirigentes (10:30-39; 13:6-11).
Habían fracasado en tres áreas concretas:
(1) habían dejado de sostener mediante diezmos y ofrendas a los sacerdotes, levitas, cantores, porteros, y en general a los servicios de la casa de Dios (13:5, 10-14 y 30-31).
(2) estaban transgrediendo la observancia del mandamiento sobre el sábado (13:15-22).
(3) habían reincidido en los casamientos con no-israelitas (13:23-29). [La intención del pueblo había sido encomiable, pero sus promesas del viejo pacto lo mantuvieron en la esclavitud de la reincidencia y alejado de reavivamientos y reformas duraderas].
Ese asunto de la reincidencia suscita la cuestión de cuál debe ser la mente de Dios respecto a la Iglesia adventista del séptimo día en su actual condición tibia.
Una verdad importante que nos ayudará a comprender mejor cuál es la mente de Cristo hacia nuestra Iglesia es la historia de 1888. A pesar de décadas de tibieza, el Señor envió a esta Iglesia el "comienzo" de la lluvia tardía final mediante sus mensajeros delegados en ocasión de una asamblea mundial de la Asociación General. Dios honró a nuestro pueblo proporcionándole la "revelación de la justicia de Cristo" en aquel "mensaje preciosísimo" que había de "alumbrar la tierra con su gloria".
La reorganización de 1901 estuvo enfocada a traer reavivamiento y reforma, llevando de vuelta al liderazgo del propio Cristo, obrando mediante quienes creyeran a su palabra: "Todos vosotros sois hermanos". Pero no tuvo lugar la esperada renovación espiritual. Fue solamente "lo que pudo haber sido" (8 TI, 111-113).
Ellen White no cesó en su apoyo a la Iglesia organizada; permaneció fiel y leal hasta su muerte en 1915. Y eso a pesar de sentirse profundamente chasqueada por los resultados espirituales de la sesión de 1901. El Señor continuó durante todos aquellos años honrando esta Iglesia con el ministerio de su mensajera.
El remedio a nuestro problema no consiste en destruir o cambiar el sistema constitutivo de nuestra organización, sino en encontrar el arrepentimiento y la reconciliación con Dios dentro de ella. Las debilidades en la organización se solucionarán de forma rápida cuando permitamos que el Espíritu Santo nos lleve al arrepentimiento.
Literalmente millones de personas pueden testificar de que el único agente que los llevó al conocimiento del evangelio eterno citado en Apocalipsis 14 es la Iglesia adventista del séptimo día, a pesar de sus imperfecciones. La mejor esperanza para una proclamación finalmente exitosa del último mensaje al mundo, radica en una Iglesia adventista del séptimo día arrepentida que no sólo proclame el mensaje con claridad cristalina, sino que demuestre inequívocamente su efecto en la vida. En medio de la era de incredulidad de 1888, Ellen White manifestó su esperanza de que tendría lugar una reforma genuina:
No hay necesidad de dudar ni de temer que la obra no tenga éxito. Dios encabeza la obra y él pondrá en orden todas las cosas. Si hay que realizar ajustes en la plana directiva de la obra, Dios se ocupará de eso y enderezará todo lo que esté torcido. Tengamos fe en que Dios conducirá con seguridad hasta el puerto el noble barco que lleva al pueblo de Dios (2 Mensajes selectos, 449).
Cuando alguien se está apartando del cuerpo organizado del pueblo que guarda los mandamientos de Dios, cuando comienza a pesar la iglesia en sus balanzas humanas y a pronunciar juicios contra ella, podéis saber que Dios no lo está dirigiendo. Está en el camino equivocado (3 Mensajes selectos, 19).
Después de 1901 y 1903 Ellen White hizo algunas de las declaraciones más enérgica de toda su vida, identificando esta Iglesia organizada como la verdadera, y dando seguridad del triunfo final en su ministerio, una vez que el arrepentimiento impregne el cuerpo de la iglesia:
Ahora no podemos alejarnos del fundamento que Dios ha colocado. No podemos entrar en ninguna nueva organización, porque esto significaría apostatar de la verdad (Eventos de los últimos días, 50).
Se me ha instruido que diga a los adventistas de todo el mundo que Dios nos ha llamado como un pueblo que ha de constituir un tesoro especial para él. Él ha dispuesto que su iglesia en la tierra permanezca perfectamente unida en el Espíritu y el consejo del Señor de los ejércitos hasta el fin del tiempo (Carta 54, 1908, 21 de enero de 1908; 2 Mensajes selectos, 458).
Me siento animada y bendecida al comprender que el Dios de Israel sigue conduciendo a su pueblo y que continuará con él hasta el fin (Consejos para la iglesia, 648).
Ellen White identificó claramente a "su pueblo" con "esta denominación".
Que el antiguo Israel fallara repetidamente, tal como ha sido el caso con la iglesia moderna, no significa necesariamente que ese patrón de reincidencia y apostasía haya de continuar por siempre. Los fracasos del pueblo corporativo de Dios han implicado siempre una contaminación del santuario celestial.
El fundamento de la Iglesia adventista del séptimo día es la creencia en las buenas nuevas de Daniel 8:14: "El santuario será purificado". Cuando eso tenga lugar, desaparecerá el sombrío patrón de fracaso repetitivo que ha afligido al Israel de Dios. El nombre del Señor será honrado cuando su pueblo demuestre que su plan de salvación es un éxito. Entonces quedará vindicado el sacrificio de Cristo. La actitud cínica de quien piensa: 'Supongamos que la iglesia fracasa y no cumple con las condiciones', equivale a decir: 'Supongamos que el santuario no es purificado'. El honor de Dios requiere que lo sea, y lo va a ser.
Ese es el asunto final en liza en el gran conflicto de los siglos. Es nuestro privilegio permanecer en absoluta lealtad a Cristo y a su esposa.
Paul E. Penno