Afortunadamente el mensaje mismo ha sido preservado en gran medida en los archivos, junto a la historia de cómo fue recibido. Hay investigadores que han cavado profundamente en esa búsqueda.
El mensaje que Jones y Waggoner proclamaron se encuentra en sus libros, y en sus muchos artículos y sermones dados subsecuentemente en las sesiones de la Asociación General, y que fueron transcritos. Sus contemporáneos nos proporcionan en ocasiones informaciones valiosas. Un análisis objetivo de ese material nos provee una razonable comprensión del "mensaje de 1888". El mismo resulta ser marcadamente diferente de lo que comúnmente se entiende por "justicia por la fe". Sigue aquí una breve referencia a los elementos destacados del mensaje:
(1) El rasgo más sorprendente del mensaje: el evangelio son buenas nuevas mucho mejores de lo que concede la comprensión popular.
Por ejemplo, si bien ambos "mensajeros especiales" se tuvieron firmemente a favor de la obediencia a la ley de Dios, declararon que es fácil ser salvo, y difícil perderse, si uno comprende y cree el evangelio en su pureza. Eso significa un cambio radical en el pensar adventista.
Vieron los Diez Mandamientos en una perspectiva diferente: como diez promesas (E. White afirmó que Dios había dado a Waggoner una comprensión singular y clara de los dos pactos). Vieron el preámbulo de buenas nuevas en Éxodo 20 como necesario, antes de poder comprender la ley misma. Despojada de ese preámbulo, la ley resulta distorsionada. Con él, se transforma en buenas nuevas: "Yo soy Jehová, tu Dios, que te saqué [en pasado] de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre" (vers. 2). Antes de oír siquiera el primero de los mandamientos, están las nuevas de lo que Cristo ha realizado ya en nuestra liberación del pecado.
- El Salvador está a favor nuestro, no contra nosotros.
- Los obstáculos y tropiezos están en el camino hacia el infierno, no en el que va al cielo.
- Los que piensan al contrario no han comprendido "el mensaje del tercer ángel en verdad".
El dragón que está en guerra con Cristo, ha comenzado por frustrar sus buenas nuevas. Jesús dice: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar... mi yugo es fácil y ligera mi carga" (Mat. 11:28-30). El Salvador no permanece impasible, indiferente, si eliges el mal camino. Te toma por la mano y te dice: '¡Ven. Vamos al cielo!' "No temas, porque yo estoy contigo... siempre te ayudaré... yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha" (Isa. 41:10, 13). "A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos" (Sal. 91:11).
Él no fuerza a nadie, pero si pierdes el camino y tomas la senda equivocada, hará por ti lo que hizo por Saulo de Tarso, cuyo erróneo camino lo estaba llevando hacia la perdición. El Señor colocó obstáculos para hacer que el camino equivocado le resultara "duro". Afirmó el apóstol, una vez que su corazón hubo cambiado: "Oí una voz que me hablaba en lengua hebrea: 'Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón'" (Hech. 26:14). ¡El Señor no permite que ningún alma se pierda, sin confrontarla a cada paso del camino errado!
El amor del Salvador es demasiado fuerte como para permitir que siquiera uno perezca sin ser amonestado. Lo anterior configura una escena totalmente diferente de la que muchos imaginan. Se ha enseñado frecuentemente a los jóvenes que el camino al cielo es difícil, mientras que el que conduce al infierno es fácil. Esa confusión conlleva una visión distorsionada del carácter de Dios.
La confusión producida por la carencia de ese "preciosísimo mensaje" ha llevado también a muchos, jóvenes especialmente, a pensar que E. White es prominente en presentar la devoción por Cristo como algo difícil y aburrido.
Cierto, se requiere negación del yo a cada paso en nuestro camino, pero lo que Pablo denomina "la verdad del evangelio" convierte a la negación del yo en la elección gozosa de todo aquel que aprecia la elección de negar el yo que Jesús hizo por nuestro bien.
Al identificarnos con él por la fe, la negación del yo se convierte para nosotros en una delicia, tal como lo fue para él, cuando afirmó: "El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado". Su amor nos motiva a arrodillarnos con él en Getsemaní. Nos unimos a él en su oración: "No se haga mi voluntad, sino la tuya". Imagínese la sorpresa de los jóvenes, al descubrir cuán diferente es E. White de lo que habían supuesto. Efectivamente, prestó apoyo indiviso a los valientes y reconfortantes conceptos de los "mensajeros" de 1888:
"No deduzcamos, sin embargo, que el sendero ascendente es difícil y la ruta que desciende es fácil. A todo lo largo del camino que conduce a la muerte hay penas y castigos, hay pesares y chascos, hay advertencias para que no se continúe. El amor de Dios es tal que los desatentos y los obstinados no pueden destruirse fácilmente"[1].
(2) En relación con esas buenas nuevas viene una comprensión más clara de lo que el Hijo de Dios cumplió en la cruz. Provee una nueva motivación para seguirle.
Jones y Waggoner comprendieron la enseñanza bíblica según la cual, la dádiva de Cristo significó mucho más que una mera oferta de salvación a "todos los hombres": Cristo concedió el don a cada uno de ellos. Comprendieron que la muerte que Cristo murió fue el equivalente a la muerte segunda, y que de hecho, experimentó "la muerte [segunda] por todos" (Heb. 2:9). Pagó el precio por los pecados de todo el mundo. "Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros" (Isa. 53:6).
"Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó [Adán], porque, ciertamente, el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación... Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación que produce vida" (Rom. 5:16 y 18).
Comentando el texto, Waggoner escribió:
"La fe de Cristo trae la justicia de Dios, porque la posesión de esa fe es la posesión del Señor mismo. Esa fe es dada a todo hombre, de la misma forma en que Cristo se dio a sí mismo a todo hombre. Te preguntas quizá, ¿qué es entonces lo que puede impedir que todo hombre sea salvo? -Nada, excepto el hecho de que no todos los hombres guardarán la fe. Si cada uno guardase todo lo que Dios le da, todos serían salvos"[2].
"'Por una justicia vino la gracia a todos los hombres para justificación de vida'. No hay aquí ninguna excepción. Así como la condenación vino a todos los hombres, también la justificación. Cristo gustó la muerte por todos. Se dio a sí mismo por todos, se dio a cada uno. El don gratuito vino sobre todos. El hecho de que sea un don gratuito es evidencia de que no hay excepción alguna. Si hubiese venido solamente sobre aquellos que hubiesen tenido alguna calificación especial, no habría sido un don gratuito"[3].
Jones estuvo en pleno acuerdo. Probablemente no sea exagerado decir que nadie, desde Lutero, lo había expresado con tal claridad: (a) Como nuestro "postrer Adán", Cristo justificó legalmente a todos "en su sangre" (Rom. 5:9). Pero cada uno es libre de despreciar, vender, rechazar, aquello que Cristo le dio ya (y esa es precisamente la razón por la que se perderá cualquiera que se pierda finalmente). Multitudes hacen como Esaú, quien "despreció" y "vendió" la preciosa primogenitura que le había sido ya dada. Cristo ha dado la primogenitura a todo ser humano, en virtud del derramamiento de su sangre.[4]
Eso suscita inmediatamente una cuestión: Parece evidente que eso es precisamente lo que dice Juan 3:16, pero ¿estuvo de acuerdo E. White en la comprensión de esas buenas nuevas, de la forma directa y sencilla en que la expusieron los mensajeros de 1888?
Cuando oyó a Jones y Waggoner, escuchó y aprendió. En un libro que escribió poco tiempo después de haberlos oído, declaró por primera vez:
"El pecador puede resistir a este amor, puede rehusar ser atraído a Cristo; pero si no se resiste, será atraído a Jesús; el conocimiento del plan de la salvación le conducirá al pie de la cruz, arrepentido de sus pecados, los cuales causaron los sufrimientos del amado Hijo de Dios"[5].
(3) La comprensión común es que el sacrificio de Cristo hace posible una mera "oferta" de salvación.
Esa concepción hace protagonista al creyente, quien toma el primer lugar en su iniciativa de creer. La conclusión lógica es que nuestra salvación está basada inicialmente en lo que nosotros hacemos. Es decir, contribuimos a nuestra salvación.
En contraste, el "preciosísimo mensaje" afirma que nuestra salvación es al 100% debida a la iniciativa de Cristo, y nuestra fe permite que él la efectúe. Dejamos de resistirle. De forma inversa, la pérdida de nuestras almas es debida a nuestra iniciativa de no creer las buenas nuevas. Parece sorprendente, pero tal es el evangelio. El único camino para perderse es resistir y rechazar lo que Cristo ha efectuado ya por nosotros, y sigue efectuando mediante su Espíritu Santo. En eso consiste la incredulidad. ¿Cuál es nuestra parte? Es correspondientemente simple: creer; la fe. La respuesta del corazón, la profunda apreciación de lo que él hizo por nosotros mediante su sacrificio.
Leemos: "El amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y él por todos murió, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos" (2 Cor. 5:14 y 15). En otras palabras, una fe tal ¡hace imposible que sigamos viviendo una vida egoísta! El evangelio es infinitamente más que buenos consejos, es "poder de Dios para salvación" (Rom. 1:16).
Demasiado bueno para ser cierto?
Esa fue precisamente la objeción que hicieron nuestros queridos hermanos de hace más de un siglo.
Quizá comiences a ver por qué E. White se sintió tan feliz al oír ese mensaje. Cumplió, o mejor dicho, comenzó a cumplir los sueños de su juventud. Ahí estaba el comienzo de lo que habría de tocar los corazones en el Islam, el Budismo, el paganismo, el Catolicismo Romano, y ¡sí, alumbraría la tierra con su gloria!
Podríamos continuar más y más...
El mensaje de 1888 hace brillar con nueva luz virtualmente cualquier página de la Biblia:
- La cercanía del Salvador es lo que necesita sentir el alcohólico, el drogadicto, todo pecador. Cristo tomó sobre su naturaleza impecable, nuestra naturaleza pecaminosa y caída, a fin de que pudiera saber cómo socorrernos cuando somos tentados. "Fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado" (Heb. 4:15). Podemos ser tentados igualmente, pero ¡no tenemos por qué ceder al pecado!
- La Iglesia Católica Romana se opone a cada uno de los aspectos del "preciosísimo mensaje", y posee una falsificación para cada verdad. El dogma de la inmaculada concepción (proclamado en 1854) sostiene que la virgen María, al ser concebida, quedó "exenta" de recibir genéticamente la naturaleza humana caída de Adán; de esa forma transmitió a su Hijo una naturaleza impecable. Toda carne humana es pecaminosa por naturaleza; por lo tanto, su concepción sobre Cristo afirma que él tomó solamente la naturaleza impecable, no caída, que poseía Adán antes de pecar. Eso hace pertinente la advertencia del apóstol: "Todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del Anticristo" (1 Juan 4:3).
- El mensaje de 1888 recupera el mensaje del santuario de la confusión tan común en nuestro día. Constituyen vibrantes buenas nuevas, ya que la purificación del santuario es vista, no en términos de lo que nosotros hacemos, sino de lo que permitimos al Sumo Sacerdote que haga por nosotros. Dejamos de resistirle. Mientras que Jesús ministra en el santuario celestial, el Espíritu Santo obra en todo corazón humano que así se lo permita. Antes de que pueda declararse completada la purificación del santuario, los pecados tienen que haber sido, no solamente perdonados, sino también borrados de los corazones humanos que han sido pecaminosos desde el nacimiento. Los pecadores serán purificados, los caracteres cambiados o transformados; un milagro de la gracia y una demostración nunca vista antes del gran Día cósmico de la Expiación (excepto en casos señalados, como el de Enoc y Elías).
No has de esperar a dejar de pecar antes de poder acudir a Jesús; ven tal como eres. Él te está atrayendo sin cesar; ¡respóndele! Su oficio consiste en aceptar pecadores y salvarlos del pecado.
No consiste en la erradicación de la naturaleza pecaminosa -el pueblo de Dios la retiene hasta la glorificación, cuando Cristo venga- (la confusión en ese punto es una causa frecuente de desánimo). Seguiremos siendo tentados, como lo fue Jesús. Pero si bien poseyendo aún una naturaleza pecaminosa, no será una naturaleza que continúe pecando. "La gracia de Dios... nos enseña que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente" (Tito 2:11 y 12). Es sencillo y ¡funciona! Ese Maestro concederá la más alta calificación a todo aquel que esté dispuesto a asistir a su clase, permitiéndole que lo instruya. Nadie ha de temer el fracaso.
Y ¡maravillosas buenas nuevas! "Las bodas del Cordero" están en curso. "En su gran misericordia el Señor envió [ese] preciosísimo mensaje" en 1888, a fin de preparar a "su esposa" para las bodas (Apoc. 19:1-9).
Conclusión
El propósito de este librito no ha sido tanto alimentarte, como hacer que sientas hambre. Es posible que quieras saber más. Hay un comité esperando tus cuestiones, que serán siempre bien recibidas. Consúltanos sobre aquello que pudiera causarte confusión o perplejidad, en relación con el "preciosísimo mensaje" de 1888 y su historia. Te invitamos a que contactes con nosotros.
Notas:
- El Discurso Maestro de Jesucristo, p. 117 y 118.
- Carta a los Romanos, p. 36. Escrito en 1896.
- Id, p. 56.
- Ver historia de Esaú en Gén. 25:27-34; Heb. 12:16 y 17.
- El Camino a Cristo, p. 27.