Cuál es el mensaje de 1888

Apéndice

¿En qué consistió el mensaje de 1888?

Diez elementos singulares y esenciales del mensaje de 1888

1. El amor de Cristo es activo, no meramente pasivo. Como Buen Pastor que es, él está buscando sin cesar a las ovejas perdidas. La salvación no se basa en nuestra búsqueda de él, sino en que creamos que él nos está buscando a nosotros. Nuestra búsqueda de él consiste en realidad en nuestra respuesta de fe a su búsqueda de nosotros. Él ha tomado la iniciativa. Los que finalmente se pierden, resistieron y despreciaron la iniciativa mediante la que Cristo los atrae con su amor. En eso consiste la incredulidad.

2. Por lo tanto, resulta difícil perderse, y fácil ser salvo, una vez que comprendemos y creemos lo buenas que son las buenas nuevas. Puesto que Cristo pagó ya la paga del pecado de todos y cada uno, la única razón por la que uno puede ser finalmente condenado es la persistente incredulidad, el endurecimiento del corazón que rehúsa apreciar la redención obrada por Cristo en la cruz, y ministrada por él mismo como Sumo Sacerdote. El auténtico evangelio desenmascara esa misteriosa incredulidad y lleva a un arrepentimiento que prepara la iglesia para el regreso de Cristo. El orgullo humano, el ansia de halago procedente de otros seres humanos, son inconsistentes con la verdadera fe en Cristo, y constituyen signos inequívocos de la existencia de incredulidad, incluso en la iglesia.

3. En su búsqueda de la raza humana perdida, Cristo recorrió todo el camino, tomando sobre sí y asumiendo la naturaleza humana -pecaminosa- del hombre en su condición caída. Lo hizo así a fin de poder ser tentado en todo como nosotros, pero demostrando una perfecta justicia "en semejanza de carne de pecado" (Rom. 8:3 y 4. El mensaje entiende que "semejanza" significa semejanza, no "diferencia"). "Justicia" es un término que no se aplica nunca a Adán en su condición previa a la caída, como tampoco a los ángeles santos. La "justicia de Cristo" ha de referirse a la santidad que ha entrado en conflicto con el pecado en carne humana caída, y ha triunfado sobre el mismo.

Por lo tanto, "el mensaje de la justicia de Cristo" que tanta gozo produjo a E. White en 1888, está fundado en esa específica comprensión de la naturaleza humana de Cristo. Si él hubiera tomado la naturaleza impecable de Adán antes de su caída, la expresión "la justicia de Cristo" carecería de sentido. Los mensajeros de 1888 vieron que la doctrina según la cual Cristo tomó solamente la naturaleza de Adán antes de su caída es un legado del romanismo, la insignia del misterio de iniquidad, que lo mantiene "alejado", y no "cercano, a la mano".

4. Así, nuestro Salvador "condenó al pecado en la carne" de la humanidad caída. Significa que ha hecho del pecado algo inexcusable, totalmente innecesario a la luz de su ministerio. Es imposible tener verdadera fe en Cristo y continuar en el pecado. No podemos excusarlo diciendo: 'Al fin y al cabo soy humano', o 'el diablo me hizo pecar'. A la luz de la cruz, el diablo no puede forzar a nadie a pecar. Ser verdaderamente "humano" es tener un carácter semejante al de Cristo, ya que él fue plenamente humano, tanto como divino. La aceptación de ese mensaje por parte de la iglesia, incluyendo a sus dirigentes, significa preparación para la traslación.

5. En consecuencia, el elemento requerido para que el pueblo de Dios se prepare para el retorno de Cristo es la fe genuina. Pero eso es precisamente de lo que la iglesia carece. La iglesia se ve a sí misma como aquel que está "rico... y... enriquecido", cuando de hecho la raíz de su pecado, especialmente desde 1888, ha sido la más patética incredulidad. La justicia es por la fe; es imposible tener fe y no demostrarla en la vida, puesto que la fe siempre obra por el amor. Nuestros fracasos morales y espirituales son el fruto de mantener vivo el pecado del Israel de antiguo: la incredulidad.

6. Desde 1844, la justicia por la fe tiene un significado específico y determinado. Es "el mensaje del tercer ángel en verdad". Significa que va más allá de lo que los Reformadores enseñaron, o que la comprensión común de las iglesias populares de nuestros días. Es un mensaje de gracia que "sobreabundó". Es paralelo y consistente con la verdad singularmente adventista de la purificación del santuario celestial, una obra que incluye la plena purificación de los corazones del pueblo de Dios en la tierra.

7. El sacrificio de Cristo en la cruz no es meramente provisional, sino efectivo para todo el mundo. La única razón por la que uno pueda perderse, es porque escoja resistir la gracia salvadora de Dios. Para aquellos que finalmente sean salvos, fue Dios quien tomó la iniciativa; para los que se pierdan, fue por la propia iniciativa de ellos. La salvación es por la fe; la condenación es por la no-fe, o incredulidad. Pero la verdadera fe queda en marcado contraste con su falsificación.

8. Por lo tanto, el sacrificio de Cristo justificó legalmente a "todo hombre", y salvó literalmente al mundo de una destrucción prematura. Todos los seres humanos le deben su vida física, sea que crean o no en él. El sello de su cruz está estampado en cada pan. Cuando el pecador oye y cree el evangelio en su pureza, es justificado por la fe. Los perdidos rechazan deliberadamente la justificación que Cristo efectuó en su favor. Pisotean la salvación que les fue ya dada.

9. La justificación por la fe es, por lo tanto, mucho más que una declaración de absolución que depende de la iniciativa del pecador. La fe es una apreciación de la iniciativa de Dios, y cambia el corazón. El pecador ha recibido ahora la expiación, o reconciliación con Dios. Es imposible estar verdaderamente reconciliado con él, y no estarlo a la vez con su santa ley. Por consiguiente, la verdadera justificación por la fe hace al creyente obediente a todos los mandamientos de Dios (hay una relación directa entre la verdadera justificación y la observancia del sábado).

10. Ese maravilloso cambio se cumple por el ministerio del nuevo pacto. El Señor escribe su ley en el corazón del creyente, de forma que ahora ama la obediencia. Eso provee una nueva motivación que va mucho más allá del mero temor a perderse, o de la esperanza de recompensa (cualquiera de las citadas motivaciones nos sitúan en esa condición que Pablo llama "bajo la ley"). El pacto antiguo y nuevo no son asunto de tiempo, sino de condición. Abraham tuvo fe y vivió bajo el nuevo pacto. Muchos viven hoy aún bajo el antiguo pacto, ya que su motivación no va más allá de la preocupación egocéntrica. El antiguo pacto es la promesa de los hombres de ser fieles a Dios; el nuevo pacto es la promesa de la fidelidad de Dios al hombre. La salvación viene al creer las promesas que Dios nos hace; no al hacerle a él promesas.