Encuentro laico Calatorao (2015) Capítulo 1 - Creed a sus profetas Ver. 18/11/2015 Trr 20151121 "Se me ha mostrado que la incredulidad en cuanto a los testimonios ha estado aumentando gradualmente a medida que el pueblo va desviándose de Dios. Es algo que ha penetrado nuestras filas y que se ha extendido por todo el campo. Pero muy pocos conocen lo que nuestras iglesias han de experimentar. Vi que en la actualidad estamos bajo la clemencia divina, pero nadie sabe por cuánto tiempo más será así. Ninguno conoce cuán grande ha sido la misericordia de que hemos sido objeto. Muy pocos se dedican a Dios de corazón. Hay solamente unos pocos que cual estrellas en una noche tormentosa brillan aquí y allá entre nubes" (Testimonios para la iglesia V, 75-76). Nos sorprendemos por la respuesta negativa de los judíos ante el mensaje que el Señor les enviaba mediante su profeta Jeremías. ¡El mensaje del profeta nos parece tan claro! Pero el Señor también nos ha hecho llegar mensajes claros mediante el Espíritu de profecía, como el que acabamos de leer. ¿Estamos haciendo más caso a la palabra del Señor transmitida por el Espíritu de profecía en su manifestación en E. White, de lo que hicieron los judíos con Jeremías en su día? ¿Recordáis el episodio de Elías en el Carmelo? Llegó un momento en que aquella tibia indefinición resultaba insoportable para el pueblo de Israel, y ciertamente abominable para Dios. "Acercándose Elías a todo el pueblo, dijo: ¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él" (1 Rey. 18:21). Se imponía tomar una decisión clara y categórica en relación al Señor, aceptándolo o rechazándolo, al aceptar o rechazar la forma en que él escogió comunicarse con su pueblo mediante sus profetas. En el Carmelo, la fidelidad o infidelidad a Dios se demostró en estrecha relación con el respeto y aprecio al mensaje dado por su profeta Elías. Hoy tenemos ante nosotros una crisis parecida. A. El tema de esta mañana es la AUTORIDAD e INSPIRACIÓN de los escritos de E. White: su relación con la Biblia. La fidelidad a Dios del pueblo de Israel se ha podido medir siempre por su fidelidad a los profetas por él enviados. ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué hemos hecho con E. White? ¿Qué estamos haciendo? La palabra clave aquí, es: AUTORIDAD. El asunto no es si E. White recibió visiones, si fue mensajera del Señor, o si escribió libros útiles para el crecimiento espiritual. Eso es mayoritariamente aceptado entre nosotros, al menos de forma nominal. La cuestión es qué autoridad tienen sus escritos. ¿Tienen la autoridad del Espíritu Santo, o no la tienen? Si tienen la autoridad del Espíritu Santo, ¿podemos rechazar sus escritos sin rechazar al Espíritu Santo? ¿Podemos ignorarla sin ignorar al Espíritu Santo? ¿Qué os parece? En un seminario adventista se hizo una encuesta informal, que consistía en un test sobre cinco afirmaciones relativas a cómo actúa la inspiración profética y cómo nos transmite su mensaje el profeta. Sólo una respuesta era la correcta. Os transcribo esta, que me parece una afirmación válida sobre la revelación profética, a la luz de lo que la propia E. White explica en Mensajes selectos I, 21-29 y en la página 14 del Conflicto de los siglos: "Creemos que la luz dada por Dios a sus siervos es para iluminación de la mente, para impartir los pensamientos, y no (excepto en casos raros) las palabras exactas en las cuales la idea debiera expresarse" (Acuerdos de la Asociación General; Review & Herald, 27 noviembre 1883). En relación con esa respuesta correcta, un tercio de los encuestados estaba de acuerdo, un tercio la rechazaba, y el resto no estaba seguro o no sabía. Otro estudio estadístico realizado el año 2010 en Estados Unidos constató que sólo el 17% de la población adventista lee habitualmente a E. White. No sólo eso: la mayor parte de sus lectores habituales se encontraba en una franja de edad por encima de los 65 años. Parece que tenemos un problema. Recordad, hemos leído: "Se me ha mostrado que la incredulidad en cuanto a los testimonios ha estado aumentando gradualmente a medida que el pueblo va desviándose de Dios". En Estados Unidos, igual que en España y Latinoamérica, tenemos disponibles la gran mayoría de los libros publicados de E. White. No es que sus libros nos resulten inaccesibles: Es que hemos escogido no leerlos (y no citarlos, y no compartirlos). Dejemos aquí por ahora el asunto y dirijamos nuestra atención al mundo cristiano fuera del adventismo. Si vais a cualquier seminario teológico, encontraréis bibliotecas con estanterías llenas de libros dedicados a un tema: la "búsqueda del Jesús histórico". Suena muy bien. ¿De qué se trata? ¿A qué dedican su vida teólogos comprometidos con esa búsqueda, la búsqueda del Jesús histórico? Afirman que cuando leéis Biblia, por ejemplo los evangelios, encontráis una combinación de relatos acerca de Jesús: Algunos de esos relatos sucedieron realmente, pero junto a ellos hay otros que nunca tuvieron lugar, y que fueron añadidos un siglo o más tarde con la intención de engrandecer la figura de Jesús. Es decir: Según ellos, algunos relatos reflejan lo que realmente dijo e hizo Jesús: sus parábolas, sus milagros, etc; pero otros no tienen nada que ver con la realidad, sino que alguien los añadió con posterioridad pretendiendo que habían formado parte de la historia real, sin que fuera así. Dividen así la Escritura entre (1) "el Jesús histórico", y (2) "el Cristo de la fe", proponiendo una distinción entre lo que Cristo hizo realmente, y la adición mitológica posterior a la historia real de Jesús: eso que llaman "el Cristo de la fe". Hay actualmente una comisión que se llama "The Jesus Seminar". Existe desde 1985, y está compuesta por unos 150 teólogos de diversas denominaciones. Se reúnen dos veces al año, y deciden por votación qué dichos de Jesús son auténticos y cuáles no lo son. En cierta ocasión se dijeron: 'Veamos dónde podemos alcanzar un acuerdo unánime a propósito de cuáles son las enseñanzas y relatos de Jesús que fueron auténticos'. Eligieron el evangelio de Marcos (el más corto). Sólo alcanzaron el acuerdo unánime en una frase. ¡Una sola frase en todo el evangelio según Marcos! Repitieron lo mismo con el libro de Juan (escrito mucho tiempo después que el de Marcos): En todo el evangelio según Juan no hubo ni una sola frase de cuya autenticidad o historicidad estuvieran todos de acuerdo. Ahora, si preguntáis a cualquiera de ellos: '¿Cree usted en la Biblia como siendo la Palabra de Dios?' Su respuesta será: ¡Por supuesto! ¡He dedicado mi vida a la Palabra! ¡Creo que es la Palabra de Dios! Pero si les preguntáis: ¿Hay partes de la Biblia que no son Palabra de Dios, que nos son auténticas, que no son verdaderas?, os contestarán: 'Por supuesto que las hay; a eso dedicamos nuestras vidas: a determinar cuáles son verdaderas y cuáles no'. Una buena parte del cristianismo ha venido haciendo eso con el libro de Génesis, particularmente con sus primeros capítulos. Niega la creación y niega la realidad del diluvio universal (que es incompatible con la evolución). Ese cristianismo escolástico postmoderno se ha sentido autorizado para decidir qué partes del relato bíblico son reales, y qué partes mitológicas: simples leyendas. Esa teología que despedaza e invalida la Biblia mientras hace profesión de defenderla, ha sido la corriente mayoritaria por más de un siglo. Ellos lo autodenominan el 'método histórico-crítico' de estudio de la Biblia. E. White se refirió a ese método como "alta crítica" (higher criticism, Los hechos de los apóstoles, 378). Esa descripción aparece unas 13 veces en la literatura de E. White (unas 6 o 7, descontado las repeticiones). Para esos teólogos, ¿es la Biblia realmente la autoridad?, ¿o bien son ellos la autoridad por encima de la Biblia? ¿Veis lo que sucede? Para ellos la Biblia ya no ocupa la posición más elevada. Su mente ha tomado el lugar prioritario, por encima de la Biblia, de forma que se sienten libres para decidir qué partes son genuinas y qué partes son ficción en ella. La Biblia ya no es la autoridad: la mente humana la ha desplazado como autoridad final. Volvamos a E. White. B. LA REGLA DEL 100% No podéis juzgar a E. White como me podéis juzgar a mí, o a cualquier otro predicador que os da un mensaje espiritual. Lo que podéis decir sobre mí legítimamente, con absoluta corrección, es que la mitad de lo que digo está bien, pero la otra mitad, o el 30, o el 70% es basura. ¡Lo podéis decir! ¿Sabéis por qué? --Porque yo carezco de autoridad. Tengo "0 autoridad". No os vais a salvar o perder dependiendo de lo que yo os diga. Todo cuanto tengo yo es este libro --la Biblia-, el mismo que vosotros tenéis. Todo cuanto hago, ahora, o cada vez que un predicador os dirige la palabra, es deciros virtualmente: 'Esta es la forma en que yo entiende este libro; esto es lo que yo deduzco a partir de él; ved si eso os ayuda de alguna forma, o si quizá os despierta o aumenta el interés, si os hace reflexionar, si os anima, si os consuela. Así es como yo entiendo tal tema de la Biblia; ahora es vuestra labor comprobar si estas cosas son así, si estoy en la verdad, o si estoy en el error', y lo hacéis comparando el mensaje con la Biblia. Podéis decir: 'Está bien al 30%, al 60%...' Es vuestra elección. Lo podéis hacer legítimamente con cualquier pastor, predicador, teólogo, evangelista, autor de un libro o artículo, maestro o profesor. Ninguno de nosotros tiene la autoridad. El "escrito está" es nuestra autoridad. Ante la Palabra, todos estamos a un mismo nivel: todos nos sometemos a una misma autoridad, que no pertenece a ninguno de nosotros, sino que está por encima de nosotros. Así pues, oís pacientemente la predicación y decidís qué hay en ella de positivo y qué de equivocado. Y os quedáis con lo bueno. ¿Podéis hacer eso mismo con alguien elegido por Dios como su profeta? ¿Podéis decir: 'La mitad de lo que dice está bien, y la otra mitad es basura'? Si es así, entonces, ¡no tenemos profeta! Eso es debido a que el profeta no interpreta la palabra de Dios (eso es lo que yo hago); el profeta da la palabra de Dios. El profeta tiene una misión diferente a la mía, a la del resto de nosotros. Yo intento transmitir lo que el Libro me dice a mí; pero el profeta transmite lo que Dios le dice a él (o a ella). El profeta está en un nivel diferente, y has de aceptar al profeta al 100%, o bien al 0%. Veamos por qué: Observad lo que pasaba con Jesús: Él no podía ser simplemente un maestro bueno. Dado que se declaró a sí mismo Hijo de Dios, o bien era realmente el Hijo de Dios, o bien era un gran engañador. Si no hubiese sido lo que declaró que era: el Hijo de Dios, no podía ser una buena persona, y aún menos un "maestro bueno". Eso sucede también con un profeta: Uno que no pretende haber recibido revelaciones de Dios, puede ser un excelente cristiano y puede dar mensajes muy edificantes. Pero alguien que afirma: "Vi que", "se me mostró..."; o bien es realmente así y se lo debe aceptar al 100%, o bien es el colmo de la falsedad y se lo debe rechazar. De ninguna manera puede dar buenos consejos ni contribuir a la edificación del cuerpo de Cristo, si es que Dios no le ha dado el mensaje y opera bajo una pretensión falsa. "¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él". Pero esa regla del 100% o del 0% nos resulta incómoda. Nos gustaría tener un cierto margen de maniobra, porque en ocasiones el profeta mete el dedo directamente en la llaga, en nuestra llaga personal, y no resulta agradable. Nuestra reacción natural es pensar que quizá en ese punto que nos contraría, E. White no esté inspirada por Dios, sino que esté expresando sólo su opinión personal. Ahora bien, no queremos rechazarla por completo, y con esa actitud lo que estamos haciendo no es sólo engañarnos a nosotros mismos, sino que además estamos participamos en el engaño, pues otros pensarán que aceptamos el don profético y se sentirán influenciados a "aceptarlo" de la misma forma que nosotros: falsamente. Quisiera que prestaseis ahora atención, no a lo que alguien pueda decir sobre E. White, sino a lo que ella afirma sobre sí misma. Se trata de analizar cómo se relacionan con la Biblia sus escritos, en términos de inspiración y autoridad. E. White habla aquí sobre ella misma en tercera persona: "La hermana White no es la originadora de estos libros. Ellos contienen la instrucción que durante el período de su vida Dios le ha estado dando. Contienen la luz preciosa y consoladora que Dios ha concedido generosamente a su sierva para ser dada al mundo" (El colportor evangélico, 173). "Podríais decir que esta comunicación era sólo una carta. Sí, era una carta, pero inspirada por el Espíritu de Dios para presentaros cosas que me habían sido mostradas. En estas cartas que escribo, en el testimonio dado, os presento lo que el Señor me ha presentado. No escribo un solo artículo en la revista que exprese meramente mis propias ideas. Son lo que Dios ha desplegado ante mí en visión: los preciosos rayos de luz que brillan del trono" (Mensajes selectos I, 31). Se refiere aquí a tres categorías: libros, artículos y cartas (cartas, sobre todo en el vol. IX de Testimonios). E. White es muy clara. Afirma: 'Yo no soy la autora. Dios me lo ha transmitido a mí, y yo os lo transmito a vosotros'. "O está Dios enseñando a su iglesia, reprendiendo sus errores, fortaleciendo su fe, o no lo está haciendo. La obra es de Dios, o no lo es. Dios no hace nada en sociedad con Satanás. Mi obra... lleva la estampa de Dios, o la del enemigo. No hay medias conclusiones en el asunto. Los Testimonios son del Espíritu de Dios, o del diablo" (Testimonios para la iglesia V, 654). ¿Es posible expresarlo con mayor claridad? ¡O es de Dios, o es de Satanás! No cabe una tercera vía. ¿Recordáis las primeras visiones que tuvo? Fueron episodios sobrecogedores. En alguna ocasión quedó tendida en el suelo durante más de una hora, sin respirar. Los que la rodeaban probaron toda clase de experimentos. No tuvieron mucha delicadeza. Le pinzaron la nariz y le taparon la boca. Le pusieron una vela encendida cerca de la nariz para ver si respiraba. En cierta ocasión, mientras estaba en visión, permaneció en pie, levantando con su brazo una Biblia increíblemente grande y pesada. Sosteniendo en alto la Biblia, que quedaba fuera de su campo de visión, giraba las páginas y señalaba el lugar en donde se encontraba el texto concreto que estaba citando en cada ocasión. Algunos de los presentes, subiéndose en escaleras, quisieron comprobar si estaba señalando el texto exacto que recitaba, y así era siempre. En esos días tempranos de su ministerio hubo demostraciones de que no se trataba de ningún fraude. No era ilusionismo. No había trampa. Era sobrenatural. Quedaba descartada la manipulación humana. Pero lo sobrenatural tiene dos posibilidades, y a eso se refiere la cita de E. White que acabamos de leer. El hecho de ser sobrenatural no lo convierte automáticamente en verdadero. Nos queda una labor pendiente para discriminar, a la luz de las Escrituras, si eso sobrenatural es de origen divino, o si es de origen satánico. La que sigue es una de las citas más importantes que vamos a leer: "Muchas veces en mi experiencia he sido llamada a hacer frente a la actitud de cierta clase de personas que reconocieron que los testimonios eran de Dios, pero que tomaban la posición de que este asunto y aquel tema correspondían a la opinión y al juicio de la hermana White. Eso se acomoda a los que no quieren el reproche y la corrección, y cuando sus ideas son contradichas tienen ocasión de explicar la diferencia entre lo humano y lo divino. Si las opiniones preconcebidas o las ideas particulares de algunos son contradichas al ser reprendidas por los testimonios, ellos sienten inmediatamente necesidad de hacer clara su posición para discriminar entre los testimonios, definiendo lo que es el juicio humano de la hermana White y lo que es la Palabra de Dios. Cualquier cosa que sostenga sus ideas acariciadas es divina, y los testimonios que corrigen sus errores son humanos: son las opiniones de la hermana White. Anulan el efecto del consejo de Dios con su tradición [Mar. 7:13; Mat. 15:6]" (Manuscrito 16, 1889; Mensajes selectos III, 75-76). Esa "cierta clase de personas" que "anulan el efecto del consejo de Dios con su tradición" es aquella que afirma que E. White recibió visiones de Dios, que era una mensajera de Dios y una profetisa, pero se siente en libertad de determinar qué proviene de Dios y qué proviene del instrumento humano en sus escritos. Volvamos a la Biblia por un momento: ¿Qué afirman los eruditos bíblicos de la "alta crítica" sobre la Biblia? -- "La Biblia es la palabra de Dios". Afirman eso, y sin embargo están anulando "el efecto del consejo de Dios con su tradición", con su disección de la Biblia, con su dictamen acerca de qué es humano y qué es divino en ella. Exactamente lo mismo sucedía en los días tempranos del adventismo con los escritos del Espíritu de profecía, mientras E. White estaba en vida, y ahora quizá mucho más. "Anular el efecto del consejo de Dios" no es tirar a la basura los libros de E. White. No es encender una hoguera en el patio y quemar sus libros. No es escribir un libro, como hizo Walter T. Rea a principios de 1980, titulado "La mentira White", en el que la acusaba de ser mentirosa y plagiar lo que escribió. "Anular el efecto del consejo de Dios" es lo que sucede cuando los que manifiestan creer en el Espíritu de profecía, los que escriben libros apoyando el Espíritu de profecía, declaran su convicción de que estaba inspirada en la mayor parte de lo que escribió, pero no en todo. A eso se refiere aquí E. White. Muchos que se dicen y creen ser defensores del Espíritu de profecía, "cuando sus ideas son contradichas" comienzan a relativizar y a racionalizar, o a negar. Podemos emplear las mismas técnicas con las que los teólogos de la "alta crítica" dictaminan qué partes de la Biblia son ciertas y cuáles no, para determinar qué partes de los escritos de E. White son inspiradas y qué partes no. E. White describe ese engaño como siendo el último engaño de Satanás. Consiste en afirmar que creo que sus mensajes vienen de Dios, pero no todos ellos: sólo los que me parecen razonables. Ya no es el Espíritu de profecía quien define el patrón. No es el Espíritu Santo quien está por encima: ¡Soy yo! Sigamos leyendo al propósito: "Tengo mi obra que hacer, para enfrentar los errores de los que se creen capaces de decir qué cosa es un testimonio de Dios y qué cosa es una producción humana. Si los que han hecho esta obra continúan en su conducta, las agencias satánicas escogerán por ellos... Los que han ayudado a las almas a sentirse en libertad para especificar lo que es de Dios en los Testimonios, y lo que son palabras no inspiradas de la hermana White, hallarán que están ayudando al diablo en su obra de engaño" (Mensajes selectos III, 77-78). "Algunos han asumido la actitud de que las amonestaciones, advertencias y reproches dados por el Señor mediante su sierva, a menos que vengan por medio de una visión especial para algún caso individual, no deben tener más peso que los consejos y amonestaciones de otras fuentes" (Testimonios para la iglesia V, 664). "No quitéis por vuestras críticas toda la fuerza, toda la agudeza y poder de los Testimonios. No sintáis que podéis disecarlos para que se adapten a vuestras propias ideas, aseverando que Dios os ha dado capacidad para discernir lo que es luz del cielo, y lo que es expresión de simple sabiduría humana. Si los Testimonios no hablan según la Palabra de Dios, rechazadlos. No puede haber unión entre Cristo y Belial" (Testimonios para la iglesia V, 671). "Si los Testimonios no hablan conforme a la Palabra de Dios, rechazadlos". No rechacéis ese capítulo, no rechacéis esa página, no rechacéis ese consejo: rechazadlo enteramente. O es 100% de Dios, lo es al 0%. "Por amor de Cristo, no confundáis a la gente con sofismas humanos y escepticismo, y no anuléis la obra que el Señor quiere hacer. No hagáis de este agente de Dios, por vuestra falta de discernimiento espiritual, una piedra de escándalo que haga tropezar y caer a muchos para que sean 'enlazados, y presos'" (Id.). C. Los profetas tienen ASIGNACIONES muy estrictas. Las dos principales son a cuál más formidable: 1. Has de presentar lo que Dios te diga, no importa cuán influyente pueda ser la persona u organización a quien va destinado el mensaje. No importa quién pueda sentirse ofendido, o cuánta amistad pueda unirte con él. En ocasiones los destinatarios de los mensajes eran amigos personales y colegas en la obra del Señor, y darles aquellos mensajes significaba exponerse al más doloroso aislamiento y soledad, cuando no a la persecución. ¿Recordáis la historia del profeta Natán, cuando se le ordenó señalar a David su adulterio y homicidio? Entonces no había nada parecido a un tribunal supremo al que apelar. En esos días era el rey quien dictaba sentencia. Y no había demoras. Se te ejecutaba allí mismo. Natán puso su vida en peligro al llevarle aquel mensaje a David. A Dios gracias, David lo recibió positivamente y se arrepintió, pero no siempre ocurrió así en otros episodios de la historia sagrada. ¿Recordáis a Jeremías? En los días de Sedequías, Jeremías predicó un mensaje que Judá percibía como traición: 'Rendíos. Someteos a los babilonios. Es la única forma en que podéis sobrevivir'. ¡Eso era traición! Lo percibían como hablar contra el pueblo de Dios. ¿Os imagináis que alguien proclamara ahora que nos hemos de someter a los terroristas, o a un país enemigo nuestro y enemigo de Dios, como única forma de sobrevivir? A Jeremías le costó ser lanzado a un pozo de lodo en el que se hundió. Habría perecido, de no ser porque alguien que apreciaba su mensaje tomó el riesgo de sacarlo de allí (Jer. 38). 2. ¿Cuál es la segunda asignación de un profeta? Casi es peor que la primera. Leamos: "En los Testimonios enviados a Battle Creek le di a usted la luz que Dios me dio. En ningún caso he dado mi propio juicio u opinión. Tengo suficiente para escribir de lo que me ha sido mostrado, sin caer en mis propias opiniones" (Mensajes selectos III, 77). Ved la siguiente declaración de E. White contenida en esta carta escrita por C. C. Crisler a E. E. Andross (1914): "Yo no tengo luz sobre el tema [en cuanto a quiénes constituirán los 144 mil]... Dígale por favor a mis hermanos que nada me fue presentado con respecto a las circunstancias sobre las cuales ellos escriben, y yo puedo presentar delante de ellos solamente lo que me ha sido revelado" (Mensajes selectos III, 56). Estando ya retirada E. White en Santa Elena, alguien vino a ella desde la región de los lagos con una cuestión: '¿Cuál debe ser mi obra para Dios en el futuro?' Escuchad su respuesta: "No me siento en libertad para escribir a nuestros hermanos con respecto a su obra futura... No he recibido instrucción relativa al lugar donde usted debe establecerse... Si el Señor me da instrucción definida concerniente a usted, se la entregaré; pero no puedo arrogarme responsabilidades que el Señor no me ha pedido que asuma" (Id.). ¡Qué respuesta, para alguien que había recorrido en tren casi tres mil kilómetros para pedir consejo a la profetisa! Raya en la rudeza... ¿No podía E. White, de acuerdo con su experiencia y habilidades adquiridas en toda una vida de ministerio, aconsejar a aquel hermano sincero? ¿No podía decirle: 'Esto es lo que pienso que debería hacer', 'allí pienso que podría ir'? ¡De ninguna forma! ¿Estaba el hermano interesado en la opinión personal de alguien, respecto a su futuro? Si tal fuera el caso, ¡lo podía haber preguntado al pastor de su iglesia local! Lo que el hermano quería saber es la voluntad de Dios para él (todos querríamos saberla, ¿no es así?). Quería saber la voluntad de Dios sobre su futuro, y si E. White hubiera hecho la más mínima sugerencia ante la pregunta del hermano, él lo habría tomado como luz especial, como la palabra de Dios al respecto. Así, la segunda asignación de un profeta es guardar silencio cuando Dios no le ha hablado. ¿Veis por qué es un alivio, no ser profeta? ¡Vosotros y yo podemos estar opinando todo el día! La regla del 100% se refiere a cuando el mensajero transmite un mensaje espiritual de consejo, ánimo, amonestación, etc, a una persona, institución o iglesia. Es evidente que el profeta puede hablar o escribir sobre asuntos "comunes" (así los llamó ella: MS I, 44), y ciertamente tiene derecho a expresarse sobre asuntos pertenecientes a su esfera personal, como cuando escribió a su esposo: "Hace tanto tiempo que no tengo noticias tuyas, que me pregunto si aún estás vivo". Pero cuando habla en nombre de Dios a una persona, institución o iglesia, sólo puede expresar los conceptos de verdad que Dios le ha dado. ¡Es la única forma en que el profeta puede tener autoridad! Si lo mezclara con sus ideas personales, no habría autoridad alguna. "A menudo me hallo en la posición en que no me atrevo a asentir ni a disentir con una proposición que me sea sometida, pues existe peligro de que cualquier palabra que hable pueda ser conceptuada como algo que el Señor me ha dado. No es siempre seguro que yo exprese mi propio juicio, porque a veces, cuando alguien desea llevar a cabo su propio plan, considerará cualquier palabra favorable que yo diga como una luz especial del Señor. Seré cautelosa en todos mis movimientos" (Mensajes selectos III, 67). "No conviene que nadie deje caer una palabra de duda aquí y allí, que obre como veneno en otras mentes, sacudiendo su confianza en los mensajes que Dios ha dado, que han ayudado a colocar el fundamento de esta obra, y la han acompañado hasta hoy para reprochar, amonestar, corregir y animar. A todos los que se han interpuesto en el camino de los testimonios, diré: Dios ha dado un mensaje a su pueblo, y su voz será oída ya sea que la oigáis o la omitáis. Vuestra oposición no me ha dañado a mí, pero debéis dar cuenta al Dios del cielo que ha enviado esas amonestaciones e instrucciones para mantener a su pueblo en el camino recto. Tendréis que responder ante él por vuestra ceguera, por ser una piedra de tropiezo en el camino de los pecadores" (Mensajes selectos I, 48-49). "Vi el estado de algunos que se adherían a la verdad presente pero que no hacían caso de las visiones --la forma que el Señor había escogido para enseñar, en algunos casos, a los que erraban en la verdad bíblica. Vi que los que atacaban las visiones no atacaban al gusano --al débil instrumento mediante el cual hablaba Dios- sino al Espíritu Santo. Vi que era una cosa pequeña hablar contra el instrumento, pero que era peligroso menospreciar las palabras de Dios" (Mensajes selectos I, 45). El problema no está realmente en E. White, la mensajera. Si se hubiera cumplido la voluntad inicial de Dios en esta, su iglesia, hoy no estaríamos nombrando a E. White. Dios tuvo una primera elección, en relación con el remanente del tiempo del fin. ¿Recordáis su nombre? --William Foy. William Foy dio estos mensajes por un tiempo, y por algún motivo que no conocemos bien, dejó de hacerlo para continuar con su obra pastoral entre los bautistas. ¿Qué hizo entonces el Señor? Recurrió a la opción nº 2: -Hazen Foss, un hombre de gran intelecto y educación. Hazen Foss se negó repetidamente a presentar las visiones que el Señor le había dado, a pesar de diversas interpelaciones del Señor, quien le advirtió que si él se negaba, lo dejaría a su elección y escogería al débil entre los débiles. Cuando por fin Hazen Foss accedió, había pasado su tiempo de oportunidad, y se encontró en el púlpito sin recordar nada y sin ningún mensaje que dar. Los testigos presenciales calificaron aquella reunión como la más angustiosa que recuerdan. Años después, un día en que E. White estaba dando sus mensajes (entonces la jovencita Ellen Harmon), Foss estaba al fondo del auditorio escuchando sin que ella lo supiera. Al terminar se dirigió a E. White y le dijo: 'Lo que has expuesto es exactamente lo que el Señor me mostró en visión. Si te negaras a dar ese mensaje, terminarás como yo: He perdido todo interés en las cosas del Señor; no tengo ningún deseo de santidad; soy un hombre perdido'. Cuando Hazen Foss dijo 'no', ¿quién fue el siguiente en la lista del Señor? La elección nº 3. Y considerad la elección que hizo: Una mujer muy joven (17 años cuando tuvo su primera visión), ninguna educación formal, y una salud precaria. ¿No eligió Dios al débil entre los débiles? ¿Podéis imaginar los prejuicios que era de prever que existirían? Ahora, ¿qué habría pasado si E. White hubiera dicho: 'no', como hizo Foss? ¿Qué creéis que habría hecho el Señor? ¡Habría elegido a algún otro, u otra! Y hoy no estaríamos nombrando a E. White. ¿Comprendéis por qué el problema no es cómo tratamos a E. White? -No. Es mucho más serio que eso: Es cómo tratamos al Espíritu Santo. "Sin embargo, ahora cuando os envío un testimonio de amonestación y reprensión, muchos de vosotros decís que es meramente la opinión de la hermana White. De esta manera habéis insultado al Espíritu de Dios" (Testimonios para la iglesia V, 65). No olvidéis esto: El Espíritu de profecía es el Espíritu Santo. ¿Qué responderemos ante Dios cuando nos pregunte por qué lo despreciamos y devaluamos ante los demás, por parecernos "anticuado"? ¿Por qué anulamos "el efecto del consejo de Dios" mientras hacíamos profesión de creer en él? ¿Cómo defenderemos nuestra actitud de permitir que las nuevas generaciones adventistas no sepan virtualmente nada sobre el Espíritu de profecía ni le den importancia alguna? ¿Cómo responderemos cuando se nos pregunte qué hicimos en nuestra vida práctica con los testimonios que el Espíritu Santo nos dio? Yo quiero vivir de toda palabra que sale de la boca de Jehová, venga esta de dónde venga. Y si Dios eligió a E. White y ella honró esa elección mediante una vida consagrada al don profético, pronunciaré ese nombre con agradecimiento y con delicia, y me atendré a lo que Dios me transmita por su medio. El asunto no es su teología, sus opiniones, su formación o falta de formación previa, o la moral predominante en el tiempo en que vivió, sino qué mensaje me da Dios mediante ella, pues el Espíritu Santo que la inspiró está por encima de cualquier influencia personal, temporal o medioambiental. Continuemos con el párrafo que habíamos dejado interrumpido: "Vi que si ellos estaban en error y Dios quería mostrarles sus errores por medio de visiones, y ellos desdeñaban las enseñanzas de Dios por medio de visiones, quedarían abandonados para que siguieran sus propios caminos y corrieran en la senda del error y pensaran que estaban en lo correcto hasta que se dieran cuenta demasiado tarde. Entonces, en el tiempo de angustia, los oí clamar a Dios en agonía: '¿Por qué no nos mostraste nuestro error para que pudiéramos haber hecho lo correcto y hubiéramos estado listos para este tiempo?' Entonces un ángel los señaló y dijo: 'Mi Padre enseñó, pero no quisisteis ser enseñados. Habló mediante visiones, pero desdeñasteis su voz y él os abandonó a vuestros propios caminos para que estuvierais satisfechos con vuestras propias obras'" (Mensajes selectos I, 45). D. "LUZ MENOR" ¿Habéis observado que los profetas, a veces, dicen cosas difíciles de comprender? ¿Habéis leído a Pablo recientemente? Pedro afirmó que hay cosas que escribió Pablo, que son difíciles de entender, y que los indoctos e inconstantes tuercen para su propia perdición, como las otras Escrituras (2 Ped. 3:16). Los profetas tienen ese "problema", ya que escriben para situaciones específicas, y en otro ambiente u otra época puede resultar aún más difícil interpretar apropiadamente su mensaje. Pero el problema principal no es la dificultad en comprender la Palabra, sino nuestra falta de voluntad para estudiarla y someternos a ella. E. White escribió: "Poco caso se hace de la Biblia, y el Señor ha dado una luz menor para guiar a los hombres y mujeres a la luz mayor" (Mensajes selectos III, 32). Al leer: "luz menor", ¿qué solemos pensar? --'De menor importancia, de menor autoridad, de menor inspiración. La "luz mayor" (la Biblia), es mayor; el Espíritu de profecía es menor'. Tal es la comprensión común. Dios es la fuente de toda luz. Leemos acerca de Cristo: "En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres". No hay verdad que no tenga su origen en él. Pero Dios escogió no hablar directamente a todos los seres humanos, sino que dispuso comunicarse con nosotros mediante representantes escogidos: los PROFETAS. Uno de los primeros fue Moisés. Moisés tenía que transmitir lo que Dios le decía a él. Ese es el método de la profecía. Así, Dios habló a Moisés, primer profeta del que tenemos un legado escrito, para sus contemporáneos y para las generaciones posteriores. Si se hubiera cumplido la voluntad de Dios para su pueblo en lo antiguo, ¿cuán grande habría sido la Biblia? -- Cinco libros (seis, si incluimos Job): -La Torá. Si hubieseis podido pedir a una persona en los días de Isaías que os enseñara su Biblia, os habría mostrado la Torá: los cinco libros de Moisés. Esa era su Biblia. Esa era para ellos la Palabra de Dios autorizada. Los samaritanos, hasta el día de hoy, tienen su Biblia formada por la Torá: eso es todo cuanto aceptaron. No han aceptado ningún escrito profético posterior. Durante unos mil años, la Biblia, para el pueblo de Dios, fue el Pentateuco. ¿Por qué no fue suficiente con eso? --Porque el pueblo no estaba siguiendo nada bien los escritos de Moisés (la Torá). Así, Dios tuvo que hacer un nuevo intento, y escogió hablarles mediante Isaías, Jeremías, Ezequiel y los demás profetas que encontramos en el Antiguo Testamento. Esos profetas tenían que dar el mismo mensaje de Dios a su pueblo, tal como hizo Moisés en su día, pero ahora en diferente contexto, en diferentes formas y circunstancias. El pueblo tenía ahora una tarea añadida: ¿Cómo creéis que habían de decidir si Isaías era un profeta verdadero, o falso? (Isa. 30:8-10). ¿Cuál era la vara de medida? --Era Moisés, el "Escrito está", la "Biblia" de entonces. El profeta contemporáneo había de ser analizado a la luz de la Escritura. Esa era la autoridad. Y la Escritura de la que disponían eran los escritos de Moisés. Así es como se sometía a prueba a Isaías: comprobando su conformidad con la Escritura ya revelada con anterioridad (1 Cor. 14:32). Así, cuando Isaías ejercía su ministerio profético, cuando recibía visiones y las escribía, ¿cuál era la luz mayor, y cuál la luz menor? --El Pentateuco era la luz mayor, e Isaías la luz menor, ya que era probado por Moisés. Isaías habría carecido de autoridad a menos que estuviera de acuerdo con Moisés. Él representaba la "luz menor", en relación con los escritos de Moisés. Ya conocéis la historia subsiguiente. Los que se decían seguidores de Moisés e Isaías, los que tenían toda esa información, acabaron crucificando a Jesús, el Dador de la vida y la profecía. ¿Se dio entonces Dios por vencido? --No. Se comunicó una vez más con su pueblo mediante Pablo y el resto de apóstoles que escribieron el Nuevo Testamento. Estos dieron su mensaje, y también tuvieron que ser probados. Pero ahora ya no solamente habrían de ser probados por Moisés, pues estaba compilado todo el Antiguo Testamento: 'La Ley, los Profetas y los Escritos'. ¿Cómo se debía comprobar ahora si Pablo era un profeta genuino, o bien un falso profeta? ¿Qué dijo él mismo de los bereanos? --Más nobles que los de Tesalónica. ¿Por qué? --Porque comprobaban el mensaje comparándolo con la Escritura. Así que Pablo tenía que ser probado por el Antiguo Testamento, la Biblia de entonces. Cuando Pablo hablaba y escribía, ¿quién era la luz mayor y quién la luz menor? El Antiguo Testamento era la luz mayor, y los escritos de Pablo la menor. Pablo, la luz menor, era probado por el Antiguo Testamento, por la luz mayor. Eso es lo que significa "mayor" y "menor". La luz menor tiene un ámbito ceñido al presente en el momento de ser dada, mientras que la luz mayor se proyecta desde el presente en que fue escrita hacia todo tiempo posterior. Así, cuando Dios escoge hablarnos mediante E. White, se trata exactamente del mismo principio. Nos habla ahora mediante otro mensajero que ha de ser sometido a prueba comparándolo con las Escrituras, que ahora comprenden el Antiguo y el Nuevo testamento. El canon de la Escritura es la luz mayor, y los escritos de E. White la luz menor. ¿Qué os parece? Si Dios suscitara otro profeta posterior a E. White, ¿acaso no habríamos de someterlo a prueba comparándolo con la Biblia, y también con los escritos de E. White? ¿Cuál sería entonces la luz mayor, y cuál la menor? "Luz mayor y luz menor" nada tienen que ver con autoridad. No tienen nada que ver con un grado diferente de inspiración. Tampoco tienen que ver con mayor o menor importancia. Todos esos conceptos son irrelevantes a propósito del asunto de la luz mayor y menor. Luz mayor y luz menor tienen que ver con el ámbito y el propósito. La Biblia está escrita para todos los tiempos. E. White escribió para el final mismo de los tiempos, para las últimas generaciones que vivan en esta tierra, y que hayan de atravesar los tiempos más difíciles en toda la historia humana, dentro y fuera de la iglesia, esos tiempos que están hoy ante nosotros, y que hacen necesaria la conducción especial del Espíritu. E. White escribió específicamente para el pueblo remanente: un ámbito menor, un propósito restringido y concreto. Nunca menor en inspiración. Nunca menor en autoridad, puesto que se trata de la inspiración y autoridad del mismo Espíritu Santo. "En los tiempos antiguos habló a los hombres por boca de los profetas y apóstoles. En estos días él les habla por los testimonios de su Espíritu" (Mensajes selectos III, 32). "Los testimonios escritos no son dados para proporcionar nueva luz, sino para impresionar vívidamente en el corazón las verdades de la inspiración ya reveladas. El deber del hombre hacia Dios y sus semejantes ha sido especificado distintamente en la Palabra de Dios. Sin embargo, son pocos entre vosotros los que obedecen a la luz dada. No son sacadas a relucir verdades adicionales; sino que Dios ha simplificado por medio de los Testimonios las grandes verdades ya dadas, y en la forma de su elección, las ha presentado a la gente, para despertar e impresionar su mente con ellas, a fin de que todos queden sin excusa" (Testimonios para la iglesia V, 649). Si queréis conocer la voluntad de Dios sobre un tema, tenéis dos labores a las que dedicaros: Primeramente id a la Biblia. No comencéis por E. White: Es la luz menor. Comenzad por la luz mayor, por la Biblia. Puede implicar un esfuerzo, pero es vuestra labor: "Escudriñad las Escrituras". ¿Era tarea fácil para los israelitas, comprobar cómo las Escrituras hablaban de Cristo? No resultó fácil para los teólogos de la época. La capacidad para entender, poco tiene que ver con la formación académica, y mucho con la fe y el amor. Id a la Biblia y analizad todo lo que en ella encontréis, a propósito del tema que os proponéis estudiar. Hacedlo siempre en el contexto abarcante del conflicto de los siglos entre Cristo y Satanás, y ved su relación con el gran centro: Cristo, y Cristo crucificado, así como la implicación en vuestras vidas de su mediación en el lugar santísimo del santuario celestial. Una vez que habéis hecho lo anterior, vuestra segunda tarea es analizar los escritos de E. White. Estudiad todo lo que dice sobre el tema. Poned ambas cosas juntas, y podréis formaros una opinión respecto a cuál es la voluntad de Dios para vosotros en ese particular. El problema viene si colocamos nuestra opinión en el lugar equivocado. No debemos colocar nuestra opinión por encima de la de E. White, tal como hemos visto que hacen algunos teólogos al colocar su opinión por encima de la Biblia. Nuestra opinión no ha de estar nunca por encima del Espíritu de profecía, sea en la Biblia o en los escritos de E. White. Cuando encontramos una contradicción aparente entre lo que leemos en la Biblia y lo que leemos en los escritos de E. White, hacemos exactamente lo mismo que hacemos cuando encontramos una contradicción aparente entre diferentes partes de la Biblia: estudiamos en mayor profundidad. Es lo que hacemos cuando leemos a Pablo afirmar que somos justificados por la sola fe, sin las obras de la ley, y a Santiago que somos justificados por las obras, y no solamente por la fe. Cuando lo analizamos con detenimiento, aquello que parecía una contradicción, en realidad no lo es. E. AUTORIDAD DOCTRINAL Después de 1844 nuestros pioneros pasaban largas horas en oración y estudio, a veces noches enteras, para descubrir en la Biblia las verdades para el último tiempo. Frecuentemente llegaban a un punto en el que tenían que reconocer que no podían avanzar más. No podían llegar a ningún acuerdo en la comprensión de alguna doctrina. Cuando alcanzaban una situación de bloqueo como esa, frecuentemente sucedía esto que relata E. White: "El Espíritu del Señor descendía sobre mí y era arrebatada en visión y se me daba una clara explicación de los pasajes que habíamos estado estudiando, con instrucciones en cuanto a la forma en que debíamos trabajar y enseñar con eficacia... Durante todo ese tiempo, no podía entender el razonamiento de los hermanos. Mi mente estaba cerrada, por así decirlo, y no podía comprender el significado de los textos que estábamos estudiando... Estuve en esta condición mental hasta que se aclararon en nuestras mentes todos los principales puntos de nuestra fe, en armonía con la Palabra de Dios. Los hermanos sabían que cuando yo no estaba en visión, no podía entender esos asuntos, y aceptaban como luz enviada del cielo las revelaciones dadas. Durante dos o tres años mi mente continuó cerrada a la comprensión de las Escrituras..." (Mensajes selectos I, 241-242 --traducción revisada-). A fin de que se pueda comprender mejor, observemos una de esas situaciones, según relato de la propia E. White: "Nuestra primera reunión general en el oeste del Estado de Nueva York comenzó el 18 de agosto en Volney, en la granja del hermano David Arnold. Asistieron unas treinta y cinco personas - todos los amigos que pudieron reunirse en aquella parte del Estado. Pero entre los treinta y cinco apenas había dos que tuvieran la misma opinión, ya que algunos sustentaban graves errores, y cada cual defendía tenazmente su criterio peculiar pretendiendo que armonizaba con la Biblia. Un hermano sostenía que los mil años del capítulo veinte de Apocalipsis estaban en el pasado, y que los ciento cuarenta y cuatro mil mencionados en los capítulos siete y catorce de Apocalipsis fueron los que resucitaron en ocasión de la resurrección de Cristo. Estando frente a los emblemas de la agonía de nuestro Señor, a punto de conmemorar sus sufrimientos, este hermano se levantó y declaró que él no creía en lo que íbamos a hacer; que la Cena del Señor era una continuación de la Pascua, y que debía celebrarse sólo una vez al año. Esta extraña diferencia de opinión me causó mucha pesadumbre, pues vi que se presentaban como verdades muchos errores. Me pareció que con ello Dios quedaba deshonrado. Mi ánimo se apenó grandemente y me desmayé bajo el pesar. Algunos creyeron que estaba agonizando. Los hermanos Bates, Chamberlain, Gurney, Edson y mi esposo, oraron por mí. El Señor escuchó las oraciones de sus siervos y reviví. Entonces me iluminó la luz del cielo y pronto perdí de vista las cosas de la tierra. Mi ángel guía me hizo ver algunos de los errores profesados por los asistentes a la reunión, y también me presentó la verdad en contraste con sus errores. Los criterios discordes, que a ellos les parecían conformes con las Escrituras, eran tan sólo su opinión personal acerca de las enseñanzas bíblicas, y se me ordenó decirles que debían abandonar sus errores y unirse en torno a las verdades del mensaje del tercer ángel" (Notas biográficas, 120-122 --redacción revisada-). ¿Cuál habría sido vuestra reacción, de haberos encontrado aquel día en lugar del hermano Arnold? Habéis estado estudiando la Biblia con oración y perseverancia. Habéis dedicado todo el tiempo y esfuerzo posibles para comprenderla. Habéis llegado a una conclusión, y esta joven, al salir de la visión, os dice: Hermano Arnold, tiene que dejar de enseñar lo que está enseñando. ¿No sería razonable que el hermano Arnold respondiera: '¿Por qué? ¿Dónde está mi error? Muéstramelo en la Biblia'. ¿Era eso posible? La mente de E. White estaba en aquel tiempo bloqueada para la comprensión de las Escrituras. Cuando no estaba en visión, no podía comprender lo que los hermanos estaban estudiando. Todo cuanto podía decirle, es: 'En visión, hace unos minutos, el ángel me indicó que lo que usted enseña es erróneo, y que debe dejar de enseñarlo'. ¿Qué habríais hecho, si hubieseis sido el hermano Arnold? Ved cuál fue el desenlace: "Nuestra reunión terminó victoriosamente. Triunfó la verdad. Nuestros hermanos renunciaron a sus errores y se unieron en el mensaje del tercer ángel; y Dios los bendijo abundantemente y añadió muchos otros a su número" (Id.). El hermano Arnold dijo virtualmente: 'No sé dónde estoy equivocado. No tengo idea de en qué lugar se ha desviado mi razonamiento. No sé dónde radica mi error, pero acepto como luz del Cielo lo que esta joven me está diciendo, y lo voy a reconsiderar todo desde el principio'. ¡Eso es fe! ¡Eso es dar gloria a Dios! Y no era sólo el hermano Arnold, ya que, recordad: apenas había dos que estuviesen de acuerdo. Así es como quedaron definidas nuestras doctrinas. Leamos algo más: "En aquel tiempo [después del chasco de 1844] se nos presentaba un error tras otro; ministros y doctores [médicos] traían nuevas doctrinas. Solíamos escudriñar las Escrituras con mucha oración, y el Espíritu Santo revelaba la verdad a nuestra mente. A veces dedicábamos noches enteras a escudriñar las Escrituras y a solicitar fervorosamente la dirección de Dios. Se reunían con este propósito grupos de hombres y mujeres piadosos. El poder de Dios bajaba sobre mí, y yo recibía capacidad para definir claramente lo que era verdad y lo que era error" (Obreros evangélicos, 317-318). Solemos pensar que E. White simplemente confirmó las verdades que descubrieron nuestros pioneros mediante el sólo estudio de la Biblia. Decimos que ellos las descubrieron mediante el sólo estudio de la Biblia, y posteriormente E. White lo confirmó mediante alguna visión o sueño proféticos. Al menos, eso es lo que yo he oído siempre. Pero ya veis que no es así como sucedió. Al menos, no en ese período "constituyente". Nos gustaría que hubiera sido así, pero no fue el caso. Habría sido maravilloso que E. White simplemente confirmara en visión todo lo que nuestros pioneros iban descubriendo mediante el estudio de la Biblia. Ya hemos visto cómo frecuentemente era necesario que E. White recibiera alguna revelación para definir dónde estaba la verdad y separarla del error. "Al ser así delineados los puntos de nuestra fe, nuestros pies se asentaron sobre un fundamento sólido. Aceptamos la verdad punto por punto, bajo la demostración del Espíritu Santo. Yo solía quedar arrobada en visión, y me eran dadas explicaciones" (Id.). Así, nuestras doctrinas fueron formadas, no solamente mediante el estudio de la Biblia, sino mediante el estudio de la Biblia y el testimonio del Espíritu Santo manifestado mediante el don profético en E. White. "Nadie intente derribar los fundamentos de nuestra fe, que fueron colocados en el principio de nuestra obra por el estudio de la Palabra acompañado de oración y por las revelaciones" (Testimonios para la iglesia VIII, 291). Así, ¿qué os parece? ¿Tienen autoridad doctrinal, los escritos de E. White? ¿Debiéramos avergonzarnos de eso? Las iglesias que carecen del don profético han hecho de la necesidad virtud, declarando que la pretensión de gozar de un profeta contemporáneo es indicativa del carácter sectario de una denominación. Así, nos resulta incómoda la acusación de no basar nuestras doctrinas en la Biblia sola. 'Sois como los Mormones', nos espetan. 'Ellos las basaron en Joseph Smith, vosotros en E. White, por lo tanto, sois una secta'. ¿Hemos de ocultar lo que fue una realidad de nuestra historia? ¿Cómo podemos resolver esa cuestión, bajo el desafío de tener que demostrar que no somos una secta por aceptar la autoridad de E. White, y al mismo tiempo no rechazar al Espíritu Santo -que es lo que haríamos rechazando a su mensajera-? La resolvemos aplicando el mismo criterio que se aplicaba para determinar si Jeremías era un traidor, o si era un profeta: comparando su mensaje con la Escritura existente, a fin de saber si estaba en armonía con la verdad de la Palabra. Una vez resuelto eso, una vez que ha superado la prueba, si se trata de un verdadero profeta de Dios, entonces aceptamos su mensaje al 100% como siendo el mensaje de Dios. Si es que E. White incorporó sus propias opiniones a lo que le es revelado en sueños y visiones, y por consiguiente hemos de discriminar entre lo que es de Dios y lo que es de ella, entonces realmente somos la mayor secta del mundo al seguirla. ¿Qué define a una secta? Cuando alguien sigue a algún ser humano, hombre o mujer, por encima de la Palabra de Dios. Cuando la enseñanza humana se pone por encima de Dios como autoridad final, eso es una secta. Pero cuando un profeta habla en nombre de Dios, eso NO es una secta, sino la voluntad revelada de Dios para nosotros. Ese es el motivo por el que todo profeta debe ser probado. Una vez que supera la prueba, se acepta el profeta como inspirado por Dios, aunque algunas cosas nos parezcan nuevas o diferentes. ¿Dijo Pablo, en el Nuevo Testamento, algunas cosas diferentes a las que los judíos solían entender en el Antiguo Testamento, por ejemplo sobre la circuncisión? Una vez establecido como mensajero de Dios, lo que Pablo dijo sobre la circuncisión era tan exactamente válido como lo que dijo sobre la justificación por la fe, o sobre cualquier otro tema. Probamos al profeta. Determinamos si habla de parte de Dios, y una vez que eso queda establecido, no vamos entresacando y eligiendo qué nos parece inspirado y qué no nos lo parece. Si hacemos eso, entonces somos una secta y no tenemos profeta, porque el profeta habla de parte de Dios, no de su parte. Israel no era una secta, cuando Isaías o Jeremías profetizaban. No podemos cambiar la historia. Hemos de aceptar los hechos de la historia tal como son, y hemos de sentirnos honrados y honrar lo que merece honra en nuestra historia, alabando a Dios por cómo nos ha conducido hasta aquí. Nuestra misión como pueblo remanente no es demostrar que no somos una secta. Dios no nos ha llamado para eso. Nuestra misión es dar el último mensaje de misericordia de parte de Dios, tal como hicieron fielmente Noé o Juan Bautista sin obsesión alguna porque la iglesia creciera. Y hemos de hacerlo tal como el Señor nos ordenó, sea que el mundo postmoderno quiera oírnos, o que no quiera; sea que se nos acuse de ser una secta, o que se nos acuse de cualquier otra cosa. ¿Qué podemos esperar del acusador de los hermanos, excepto que nos acuse? "No es el siervo mayor que su Señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros perseguirán" (Juan 15:20). Las doctrinas que nos han hecho el pueblo que somos, provienen del testimonio del Espíritu de profecía, que es el Espíritu Santo, en dos manifestaciones: (1) la Biblia, y (2) las visiones y sueños proféticos de E. White: Profetas antiguos y profetas contemporáneos. Ese es el patrón habitual en la historia sagrada. Y los cuestionados fueron siempre los profetas contemporáneos: "Ahora, como en el tiempo de nuestro Salvador, las personas construyen sepulcros y exaltan a los profetas muertos, en tanto que persiguen a los mensajeros vivientes del Altísimo" (The Spirit of Prophecy IV, 220-221). ¿Cuántas iglesias cristianas hay, separadas por doctrinas diferentes, todas ellas pretendiendo estar basadas en la Biblia, y sólo en la Biblia? Nosotros, su pueblo remanente, habríamos estado exactamente en la misma confusión, de no haber contado con la dirección especial del Espíritu Santo manifestado en el don profético de E. White. Si hubiésemos tenido que confiar simplemente en nuestros poderes de investigación sin la asistencia del don profético, estaríamos en la misma situación que la granja del hermano Arnold, o que las más de 33.000 denominaciones cristianas registradas en el mundo, que, estando enfrentadas entre sí por doctrinas divergentes, pretenden, cada una de ellas, ser la iglesia verdadera. La gran razón por la que hay consistencia y transparencia en las doctrinas que sostenemos, es por la manifestación del don profético en E. White en los años tempranos de nuestra historia. Olvidar eso, renegar de eso, es dar la espalda a la dirección del Espíritu Santo y estar abocados a la confusión. Es gracias a eso por lo que hoy somos la única denominación que puede defender públicamente sus creencias y prácticas a la luz de la Biblia de una forma consistente. Eso no es motivo de vergüenza, sino que es un honor. Debiéramos sentirnos muy agradecidos por la forma milagrosa en que el Señor, en su misericordia, nos ha dado luz, corrección y dirección. "Josafat, puesto en pie, dijo: 'Oídme, Judá y habitantes de Jerusalén. Creed en Jehová, vuestro Dios y estaréis seguros; creed a sus profetas y seréis prosperados'" (2 Crón. 20:20). ¿Tiene sentido que busquemos la prosperidad de la iglesia alejándonos de "sus profetas"? "Después que los hombres han hecho su obra para debilitar la confianza de nuestra iglesia en los testimonios, destruyen la barrera para que la incredulidad con respecto a la verdad se extienda ampliamente; y ninguna voz se eleva para detener la fuerza del error. Esto es precisamente lo que Satanás se propuso que ocurriera, y los que han estado preparando el camino para que la gente no prestara atención a las advertencias y los reproches de los testimonios del Espíritu de Dios, verán que una ola de errores de toda clase aparecerán. Pretenderán que usan las Escrituras como evidencia, pero los engaños de Satanás prevalecerán en toda forma" (Mensajes selectos III, 92). ¿Cómo podemos estar seguros ante los engaños de Satanás? "Pero todos los que crean que el Señor ha hablado por medio de la hermana White y le ha dado un mensaje, estarán seguros frente a los muchos engaños que vendrán en estos últimos días" (Id.). ¿Comprendéis la importancia de ese asunto, en el tiempo en que vivimos? Si creemos y aceptamos la dirección profética de Dios para el pueblo remanente, tenemos todas las posibilidades de resistir en los tiempos peligrosos que están ante nosotros, pero si no lo hacemos, no tenemos la más mínima posibilidad. ¿Creéis que podemos enfrentarnos a Satanás y a sus engaños de toda índole para los últimos días con nuestra propia sabiduría, tras haber relegado el don profético al trastero, a modo de reliquia sin autoridad ni valor práctico para el presente? Considerad el carácter sutil y multiforme de la oposición al Espíritu de profecía. Recordad que en la era de 1888, los que rechazaron el mensaje de la justificación por la fe y resistieron la lluvia tardía y el fuerte pregón, fueron los que se decían defensores del adventismo histórico, los que se decían creyentes a ultranza en el don profético manifestado en E. White. El posterior "traslado" de la profetisa a Australia, una vez que ella apoyó explícita y enfáticamente a los pastores Waggoner y Jones, demostró cuál era en realidad la calidad de ese apego que le profesaban los dirigentes de la obra. Que nadie piense que podrá subsistir mientras desprecia o ignora las lecciones de nuestra historia, y la guía profética que Dios nos ha dado, precisamente para que estemos preparados ante los últimos engaños de Satanás en la resolución final del conflicto de los siglos. No confiéis en vuestra sabiduría, no confiéis en vuestras fuerzas ni en vuestro propio juicio. No confiéis en lo que os rodea ni en la sabiduría de cuantos os rodean. Si E. White habló de parte de Dios, sus escritos tienen la misma autoridad que los de Pablo. Si E. White escribió inspirada por Dios, yo seré juzgado por lo que ella escribió, tanto como lo seré por lo que escribió Moisés o Pablo. Estudiad a E. White por vosotros mismos. Tomad el tiempo necesario. Es un asunto vital: Decidid por vosotros mismos si E. White habla de parte de Dios, o si no lo hace. Y seguid su propio consejo: Si no habla de parte de Dios, rechazadla: no en parte, sino totalmente. Y si habla de parte de Dios, creedla: no en parte, sino totalmente. Todos tenemos en nuestras propias familias, o entre nuestras amistades, a personas que amamos y que nos apena que no estén caminando con el Señor. Oramos por ellas, para que respondan a los llamados del Espíritu Santo a entregarse al Señor. Y nos alegramos cuando alguna de esas personas ingresa --o reingresa- en las filas de la iglesia adventista. Sentimos que Dios ha respondido nuestras oraciones. Ahora, ¿qué os parece si esas almas rescatadas de situaciones extremas, al ingresar en la iglesia oyen decir a quienes los rodean: '¿Sabes?: No podemos tomarnos muy seriamente a E. White, ya que sus consejos están anticuados y ya no son relevantes para nosotros hoy. Sólo unos pocos fanatizados la siguen. ¡Desde el siglo XIX los tiempos han cambiado! Además, no era teóloga y carece de autoridad doctrinal'. ¿Qué mensajes os parecen más anticuados? ¿Los de Isaías, los de Pablo, o los de E. White? ¿Cuánto más han cambiado los tiempos, desde que escribió Moisés, Isaías o Pablo? "Precisamente, el último engaño de Satanás se hará para que no tenga efecto el testimonio del Espíritu de Dios. 'Sin profecía el pueblo será disipado' (Prov. 29:18)" (Mensajes selectos I, 54). "Se encenderá un odio satánico contra los testimonios" (Id, p. 55). Jesús relató tres parábolas para ilustrar la pérdida espiritual: La oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. ¿Sabéis cuál es, de entre las tres, la situación más peligrosa en la que puede uno estar? No es la oveja: esta sabe bien que está perdida y se aprestará a aprovechar toda oportunidad que se le brinde para regresar al redil. El hijo pródigo está perdido, pero sabe que está perdido. Puede sentir agudamente las consecuencias de su engaño, y tiene la oportunidad de volver al hogar. La situación más desesperada es la de la moneda perdida. ¿Dónde está perdida? --En casa. Allí mismo, en la iglesia. Y no sabe que está perdida. ¿Cuál es la situación más peligrosa para vuestro ser querido? ¿Perdido en el mundo, donde el Espíritu Santo podía convencerlo de pecado y llevarlo al arrepentimiento? ¿O bien en la iglesia, tranquilo, tibiamente feliz, pensando que todo está bien con él, pues está a la par con los que allí lo rodean? Hemos leído que "después que los hombres han hecho su obra para debilitar la confianza de nuestra iglesia en los testimonios... verán que una ola de errores de toda clase aparecerán..." La que sigue es una de las declaraciones más penosas y dramáticas del Espíritu de profecía: "La norma no debe ser puesta tan abajo que los que acepten la verdad violen los mandamientos de Dios mientras dicen obedecerlos. Es mejor, mucho mejor, dejarlos en las tinieblas hasta que puedan recibir la verdad en su pureza" (Mensajes selectos III, 296). Nuestra condición espiritual puede hacer que sea "mejor, mucho mejor, dejarlos en las tinieblas" (el contexto era, en aquel caso, la falta de respeto al sábado). ¿No os parece muy triste, que la situación de la iglesia remanente pueda hacer preferible que las personas permanezcan en las tinieblas del mundo, en lugar de ser incorporadas a la iglesia? La iglesia remanente, Laodicea, necesita prestar atención al llamado del Testigo fiel y verdadero. Necesitamos arrepentirnos antes de estar en condiciones de poder invitar al mundo a que se arrepienta. Cuando se haya dado el arrepentimiento en el pueblo de Dios, él derramará su Espíritu Santo abundantemente, y no hará falta ir a las iglesias caídas a aprender estrategias para la evangelización, porque con la lluvia tardía vendrá, desde el lugar santísimo donde Cristo ministra, el amor, la sabiduría y el poder que revolucionaron el mundo en Pentecostés, y que ahora lo van a hacer en una intensidad todavía mayor. Os remito a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros. A fin de que se cumpla la voluntad de Dios en nosotros, su pueblo, hemos de prestar oído a su voz en el Espíritu de profecía. Es la voz dulce, misericordiosa y poderosa del propio Jesús, y necesitamos escucharla más que cualquier otra cosa. Capítulo 2 - La perfección (DP-LB) ¿Sentís que sois perfectos? No nos gusta la palabra, porque no nos sentimos así. La evitamos porque nos incomoda. Pero sucede a menudo que los desafíos resultan ser las mayores bendiciones si los miramos de frente, si no los eludimos. "Oramos por vuestra perfección ... Por lo demás, hermanos, tened gozo, perfeccionaos, consolaos, sed de un mismo sentir y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros" (2 Cor 13:9 y 11). Observad que la invitación "perfeccionaos" va asociada al gozo, el consuelo, la paz y el amor. Y también a la unidad en el sentir, así como a la presencia de Dios con nosotros. ¿Podéis imaginar una mejor receta que esa? Si la perfección está en la Biblia, si Cristo habló de ella, los discípulos de Cristo no podemos ignorarla sin exponernos a una gran pérdida. El tema recurrente en el libro de Hebreos es la perfección: lo que el ritualismo no puede lograr, es logrado por Cristo, el Cordero: la realidad representada en el sistema ceremonial, en el santuario terrenal. "La Ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan ... pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios ... con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados" (Heb 10:1-14). Leemos, en el contexto de amar a nuestros enemigos (lo que implica tener un carácter como el de Cristo): "Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto" (Mat 5:48). Prestemos atención a algunas definiciones: PECADO • Naturaleza pecaminosa (determinada por la herencia; lo recibido al nacer) • Carácter pecaminoso (determinado por nuestras decisiones) ¿Cuál es el pecado que nos condena, el que nos hace culpables? ¿Qué nos hace responsables ante Dios? ¿Es nuestra herencia?, ¿o bien son nuestras decisiones, esas que determinan nuestro carácter? Agustín de Hipona (354-430 d.C.), tras haber luchado sin éxito contra el pecado, concluyó que nuestra culpabilidad radica en la naturaleza con la que nacemos. Según él, Dios imputa a cada descendiente de Adán la culpabilidad del pecado de aquel. Se trata de la doctrina del pecado original (culpa heredada o imputada a partir del pecado de Adán). Según ella nacemos culpables, y pecamos tanto como respiramos. Sobre esa premisa edifica la mayor parte del cristianismo su comprensión del evangelio --que es el remedio para el pecado--. ¿Es esa la enseñanza de la Palabra de Dios? El evangelio será diferente, y llevará a un resultado diferente, dependiendo de qué definición hayamos aceptado para el pecado. Una vez definido en qué consiste el pecado que nos condena, automáticamente queda decidido en qué consiste la ausencia de pecado --la santidad--, y cuándo puede producirse. Eso es debido a que la santidad es lo contrario al pecado. También la santidad se puede referir a (1) nuestra naturaleza, o bien (2) a nuestro carácter. ¿Cuándo podemos tener una naturaleza santa? --Cuando venga Jesús, "a la final trompeta". Por lo tanto, si el pecado que nos condena es nuestra naturaleza caída, la que recibimos por herencia; entonces la santidad consiste en la posesión de una naturaleza santa, y evidentemente no podremos tenerla antes de que Cristo regrese. En ese escenario pierde todo sentido el fin del tiempo de prueba, la purificación del santuario, el borramiento de los pecados en el juicio investigador o el sellamiento, ya que entendiendo el pecado como herencia recibida, lo único que podemos hacer es seguir pecando hasta la venida de Jesús. Pero si el pecado radica en el carácter, en lo que deciden mis elecciones, entonces la santidad se refiere al carácter, a mis decisiones, y en ese escenario la santidad se puede dar antes que Cristo regrese. Entonces tiene sentido el fin del tiempo de prueba, la purificación del santuario, el borramiento de los pecados en el juicio investigador y el sellamiento antes que Cristo regrese. El concepto del fin del tiempo de prueba, aun siendo estrictamente bíblico, no figura en el vocabulario de ninguna otra iglesia aparte de la adventista, y es importante que comprendamos por qué. ¿Por qué no existe esa verdad en otras iglesias cristianas? --¡Porque su "otro" evangelio no lo permite! Tampoco permite el sellamiento o el ministerio de Cristo en el lugar santísimo para el borramiento de los pecados en el juicio investigador. Según ese otro "evangelio", no podemos vivir sin pecar en esta vida. No hasta que venga Jesús. Por lo tanto, no puede haber un final del tiempo de prueba. La verdad bíblica del fin del tiempo de prueba está ligada a la comprensión del santuario según la luz del conflicto de los siglos; está ligada a la preparación para la segunda venida de Cristo. Esas son verdades singulares y centrales en la hora en que vivimos, que el Señor ha encomendado a nuestra Iglesia, y que sólo se pueden comprender en la luz que emana del lugar santísimo. Para la justificación bíblica del fin del tiempo de prueba, ver Mat 24:37-39; Gén 7:9-10 y 16; Mat 25:10; Luc 13:25; Apoc 22:11 y PP, 75-76; granate, 86. "El sello de Dios no será puesto nunca en la frente de un hombre o una mujer que sean impuros. Nunca será puesto sobre la frente de seres humanos ambiciosos y amadores del mundo. Nunca será puesto sobre la frente de hombres y mujeres de corazón falso o engañoso. Todos los que reciban el sello deberán estar sin mancha delante de Dios y ser candidatos para el cielo" (Maranatha, 238). "Sin mancha" no puede referirse a naturaleza o herencia recibida por nacimiento. Sólo entendiendo el pecado como nuestras elecciones personales, como algo que afecta a nuestro carácter, tiene sentido el fin del tiempo de prueba. Sólo si el pecado está en nuestro carácter y la santidad se refiere al carácter, tal como enseña la Biblia. "Jesús ... le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más" (Juan 5:14). "Jesús le dijo: --Ni yo te condeno; vete y no peques más" (Juan 8:11). Según esos textos, ¿cuál os parece que era el concepto de pecado para Jesús: la naturaleza que heredamos al nacer, o bien el carácter conformado por nuestras elecciones? "A fin de permitir que Cristo entre en nuestros corazones, debemos dejar de pecar. La única definición de pecado que tenemos en la Biblia es: transgresión de la ley" (ST, 3 marzo 1890). Estas han sido definiciones relativas al pecado. Prestemos ahora atención a definiciones de PERFECCIÓN: 1- perfección absoluta 2- perfección de la naturaleza 3- perfección / entrega (del carácter) 4- perfección / madurez (del carácter) Cuatro definiciones para una misma palabra. ¿Podéis adivinar por qué hay tanta confusión? 1- Perfección absoluta ¿A quién se aplica? --A Dios. ¿Se aplica también a los ángeles? Una tercera parte de ellos cayó de su perfección, pero ¿y las otras dos terceras partes? Pensad en esto: ¿eran los ángeles fieles absolutamente perfectos?, ¿cuánto tiempo les tomó hasta que perdieron su último vínculo de simpatía hacia Satanás? --¡Cuatro mil largos años! Hasta entonces conservaban aún cierta simpatía hacia aquel que hubo de ser expulsado del cielo, hacia quien Jesús afirmó que era "homicida desde el principio". ¿Debieran haber conservado alguna simpatía hacia él? Ahora no la albergan. ¿Podéis imaginarlos contemplando horrorizados el Getsemaní y el Calvario, y diciéndose: '¡Cómo hemos podido conservar la menor simpatía hacia Satanás! Habíamos pensado que quizá podía tener cierta razón en algún punto, pero ahora vemos claramente lo equivocado de nuestro juicio'. ¡Y no estamos hablando aquí de pecado, sino de cambio de opinión a la vista de nueva información! "El clamor: 'Consumado es' tuvo profundo significado para los ángeles y los mundos que no habían caído. La gran obra de la redención se realizó tanto para ellos como para nosotros" (DTG, 706). "Satanás vio que su disfraz le había sido arrancado. Su administración quedaba desenmascarada delante de los ángeles que no habían caído y delante del universo celestial. Se había revelado como homicida. Al derramar la sangre del Hijo de Dios había perdido la simpatía de los seres celestiales... estaba roto el último vínculo de simpatía entre Satanás y el mundo celestial. Sin embargo, Satanás no fue destruido entonces. Los ángeles no comprendieron ni aún entonces todo lo que entrañaba la gran controversia" (DTG, 709). Los ángeles fieles tuvieron que verificar y modificar su juicio mantenido hasta entonces, en vista de la nueva información a su alcance. Eso no es perfección absoluta. Haces un juicio; luego reflexionas, recapacitas, te das cuenta de que estabas equivocado, y cambias tus conclusiones. Eso no es pecado, pero tampoco es perfección absoluta. Por lo tanto, no podemos atribuir a los ángeles perfección absoluta. Y con mayor razón, no la podemos atribuir a nosotros, a nuestro pasado, presente o futuro. Ningún ser finito puede ser absolutamente perfecto, ya que la perfección absoluta requiere la omnisciencia (el conocimiento perfectamente absoluto), y no hay ningún ser finito que tenga una mente omnisciente. Conocemos sólo en parte. Aprendemos mientras caminamos, y eso se aplica también a los ángeles. Sólo Dios, por definición, puede poseer la perfección absoluta. En la esfera moral, eso no se puede aplicar nunca a los seres creados, ni siquiera a los redimidos en el cielo. Estaremos aprendiendo por toda la eternidad. ¿Podéis imaginar qué haremos durante los primeros años en el cielo, durante el milenio? Allí tendremos a Pedro, a Pablo, a Abraham, a la hermana White, a los ángeles, al propio Jesús. E iremos descubriendo lo que es verdad, en lugar de lo que creíamos que era verdad. Entonces no habrá dudas respecto a quién representan las siete cabezas o siete reyes de Apocalipsis 17, o lo escrito en Daniel 11 y 12. Es decir: hasta el propio cielo, al menos al principio, llevaremos conclusiones equivocadas en necesidad de corrección. No sabemos por cuánto tiempo. Así, ¿cuándo alcanzaremos la perfección absoluta? --Nunca. Es falsa la declaración de que "seréis como dioses, sabiendo el bien y el mal" según el conocimiento absoluto que sólo a Dios pertenece. Nunca seremos dioses. Es cierto que la transgresión nos proporcionó un conocimiento del pecado que antes no teníamos: algo nuevo para la raza humana; pero es siempre un conocimiento parcial, limitado, distorsionado, y que va acompañado de un "desconocimiento" correspondiente de la santidad. La doctrina "seréis como dioses" es panteísta en esencia, está emparentada con la de la inmortalidad natural del alma ("no moriréis"), por cuanto pretende atribuir a la criatura lo que pertenece sólo al Creador (1 Tim 6:15-16). 2- Perfección de la naturaleza Es lo mismo que una naturaleza no afectada por el pecado: algo que sólo tendremos en la segunda venida de Cristo. En el nacimiento recibimos como herencia una naturaleza caída, pecaminosa. En la segunda venida recibiremos una naturaleza santa, que significa perfección de la naturaleza. No llevaremos al cielo nuestra naturaleza pecaminosa, corruptible. Dios la transformará. ¿Cuál es nuestra contribución en ese proceso? ¿Tenemos alguna elección en esa área de la naturaleza? ¿Creéis la herejía de la carne santa, consistente en la pretensión de que podemos tener una carne santa ahora, en la que cada impulso natural sea hacia el bien? ¿Conocéis los detalles acerca de cómo va a transformar Dios nuestra naturaleza en su segunda venida? Por lo tanto, si bien la santidad de la naturaleza es una definición válida de la perfección, no se aplica hoy. No es la verdad presente. Dios se encargará del proceso "en un abrir y cerrar de ojos" a su debido tiempo, "a la final trompeta, cuando esto corruptible sea vestido de incorrupción". 3- Perfección: entrega. Se refiere al carácter. Nuestra decisión, nuestra elección, está presente en cada momento. No como algo meritorio, pero sí necesario. Nuestra decisión no es la causa de nuestra salvación (sólo Dios lo es), pero sí la condición necesaria. Cuando vais a Jesús, ¿cuánto de vuestra vida le entregáis?, ¿es suficiente el 90%? --No. Le entregáis todo. Ahora: ¿Cuánto es "todo"? --Todo lo que conocéis. Todo, hasta donde sabéis. ¿Cómo podríais entregarle más de lo que sabéis? Puede tratarse de un todo más bien pequeño al principio, pero Dios está satisfecho con eso. Todo el cielo está feliz al saber que os habéis entregado de todo corazón al Señor. "Todo lo que sabéis", puede ser tan pequeño como: 'Soy un gran pecador, y Cristo es mi gran Salvador y Señor'. Entregarse de corazón a Cristo no parece algo muy grande en esas condiciones, pero Dios honra ese paso de fe, y está perfectamente satisfecho en ese punto (Hechos 16:30-34). Encontramos un gran ejemplo en el ladrón arrepentido en el Calvario, en su "undécima hora". ¿Qué conocimiento tenía del plan de la salvación? ¿Qué sabía de los 2.300 días? ¿Sabía mucho sobre las doctrinas de la Biblia? ¿Qué dilatada experiencia tenía? --No mucha, probablemente. Pero supo que merecía la muerte, que era culpable; y allí, a su lado, descubrió al Salvador: en aquel Crucificado moribundo descubrió al Hijo de Dios, el Salvador del mundo, lleno de perdón y lleno de poder. El Espíritu Santo trajo convicción a su mente, y se entregó de todo corazón al Salvador. Jesús le aseguró: 'De cierto te digo hoy: estarás conmigo en el paraíso'. El ladrón arrepentido, sin haber alcanzado la perfección de la madurez, conoció la perfecta paz y el perfecto gozo del perdón. Su entrega fue perfecta. ¿Estará el ladrón arrepentido en el mismo cielo que Pedro, Pablo, Daniel y Abraham? ¿Estará en el mismo cielo que aquellos que alcanzaron la perfección de la madurez, "los perfectos... los que por la costumbre tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal" (Heb 5:14)? --Sí. ¡Alabado sea Dios! En el mismo cielo; en el único cielo, y verá al Señor cara a cara. Él ladrón arrepentido no pudo conocer la perfección de la madurez, pero sí la perfección de la entrega. Eso nos enseña algo muy importante respecto a los requisitos para la salvación. Esta tercera definición es el único requisito para la salvación: la entrega del corazón; esa gran decisión que se ramifica en otras decisiones subsidiarias, y que determina nuestro carácter. El carácter no cambia en la segunda venida de Cristo, y tampoco cuando morimos. Lo desarrollamos ahora, mientras dura el tiempo de prueba, y determina nuestro destino eterno. Ese destino depende de cómo respondemos a la gracia de Dios en el don de Cristo; depende de nuestra elección, de nuestra entrega. Ese es el requisito. No es la madurez. No es la educación. No es el aprendizaje. ¡No es ser adventista! Ninguno de los nombrados es un requisito para el cielo. El requisito es el sometimiento del carácter, la entrega total del corazón. Hay una gran pregunta que Dios nos hace en cualquier punto del camino: --'¿Me amas con todo tu corazón?' Esa es la gran pregunta; la pregunta de las preguntas. ¿Qué le respondes? Si mi corazón no sabe mucho, pero ama a Dios por encima de cualquier persona o cosa, eso es todo cuanto él requiere. Y es nuestro privilegio descansar en la seguridad de la salvación en Cristo. Hoy, ahora, puedes tener esa perfecta paz del perdón y la aceptación, si te has entregado a Dios de todo corazón, si le amas en verdad, si has aceptado al 100% ser su hijo, si sabes que él está en tu vida como Señor y Salvador. Y no lo sabes necesariamente porque lo sientas, sino porque él lo ha dicho, y tú has decidido creerlo. No es un asunto de sentimientos, sino de fe. La entrega total es el gran requisito para recibir la salvación de Aquel que todo lo entregó por nosotros. Ahora bien, si la entrega es genuina, avanzará hacia la madurez. Imaginad que el ladrón, en lugar de morir, hubiera descendido y hubiera sobrevivido a la cruz. ¿Habría permanecido indefinidamente en aquella situación espiritual en la que estuvo aquel viernes? --¡No creo! Habría crecido, ¿no os parece? Habría elegido la compañía de otros discípulos de Jesús --se habría unido a la iglesia-- y les habría preguntado: '¿Qué podéis decirme de él? ¿Qué os enseñó? ¿Existe el Espíritu Santo? ¿Cómo opera?' Mayor y mayor conocimiento, mayor comprensión... pero una cosa no varía: la entrega total; siempre la entrega. Abarca un territorio mayor a medida que crecemos diariamente en Cristo y vamos aprendiendo más. Aprendemos más en dos sentidos: • Aprendemos más sobre Dios y su voluntad, y alumbrados por esa luz, • Aprendemos más sobre nosotros mismos y sobre nuestra rebeldía. ¿Os extraña que diga eso? Aún no conocemos bien nuestro corazón: es "engañoso, más que todas las cosas". Albergamos rebeldía que se oculta aún a nuestro conocimiento, hasta que en su providencia el Señor permite que alguna circunstancia la exponga ante nuestra vista. Lamentablemente, otros a nuestro alrededor la pueden haber descubierto en nosotros ya mucho antes. "Un rayo de la gloria de Dios, una vislumbre de la pureza de Cristo que penetre en el alma, hace dolorosamente visible toda mancha de pecado, y descubre la deformidad y los defectos del carácter humano. Hace patentes los deseos profanos, la incredulidad del corazón y la impureza de los labios" (CC, 29). Aprendemos más sobre nosotros mismos cada día. A medida que Dios nos revela más sobre sí mismo y sobre nosotros, nuestra entrega es más abarcante; se ensancha el círculo, pero sigue en pie el único requerimiento. El Señor nos dice: 'Yo te he amado con amor eterno: ¿Me amas tú con todo tu corazón?' Es cierto que eso abarca ahora un campo mayor. Más conocimiento de Dios y de nosotros significa mayor alcance, mayor crecimiento hacia la madurez, y eso nos lleva a la cuarta definición. Pero antes de dejar esta tercera definición --la entrega total--, debemos hacernos la pregunta: ¿Cuándo podemos esperar alcanzar la perfección del carácter, entendida como entrega? La respuesta es: --Hoy; ahora. A cada paso de nuestra carrera cristiana, con tal que nuestra entrega sea total. Y es importante que sea hoy: el mañana no nos pertenece. 4- Perfección: madurez Cuando nacen los bebés, ¿tienen piernas? --Sí. ¿Pueden caminar? --No. ¿Hay en eso "imperfección"? --No. Los bebés son perfectos al nacer aun sin haber alcanzado la madurez. Considerad el tallo que se abre camino en el campo. Es perfecto desde que aparece, aun sin llevar por el momento ninguna espiga o fruto. Pero los llevará y será útil para la cosecha cuando llegue a su estado de madurez. Pablo aún no pretendía haber alcanzado la perfección de la madurez final: "No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto" (Fil 3:12). Sin embargo, debido a estar totalmente entregado en su devoción por Cristo, pudo afirmar: "Así que, todos los que somos perfectos" (Fil 3:15). La perfecta entrega avanza hacia la perfecta madurez (siempre referidas al carácter). Pero es muy importante que entendamos lo que sigue: Si habéis de participar en una carrera a campo través, ¿dónde fijáis vuestra vista mientras corréis? ¿En la meta al final de la carrera? Si hacéis así, no os va a resultar nada fácil. El recorrido está lleno de baches y obstáculos. ¿Dónde se espera que fijéis vuestra atención mientras corréis? --En los tres o cuatro metros delante de vosotros, en lo que está inmediatamente a vuestra vista en cada momento. Tenéis la meta en vuestra mente, pero miráis al terreno que recorréis. De igual forma, en vuestra carrera cristiana, todo cuanto necesitáis es estar seguros de la calidad de vuestra relación con Cristo hoy, a cada paso, a cada zancada. Aseguraos de estar en el buen Camino, de que no hay ninguna trampa u obstáculo que os vaya a hacer caer. Si hacéis así y persistís en ello, ¿dónde acabaréis? --En la meta. Es el paso tercero --el anterior, la entrega continua-- el que nos llevará al cuarto, a la madurez. Pero nuestra atención se debe centrar en la tercera definición: en nuestra entrega total a Cristo en el presente, a cada momento. Observad ahora este párrafo en la última página del libro El camino a Cristo (126): "Entonces los redimidos recibirán con gozo la bienvenida al hogar que el Señor Jesús les está preparando. Allí su compañía no será la de los viles de la tierra, ni la de los mentirosos, idólatras, impuros e incrédulos, sino la de los que hayan vencido a Satanás y por la gracia divina hayan adquirido un carácter perfecto". En el nuevo pacto, la adquisición de un carácter perfecto no es una exigencia de parte de Dios, sino que es precisamente lo que él nos promete. Lo veremos después al estudiar sus textos/promesa. Dios no quiere que vivamos con ansiedad por si alcanzaremos o no finalmente la madurez, que es la perfección en su estado final. Basta al día su afán. ¿Soy templo del Espíritu Santo hoy, ahora? Mi entrega a Cristo, mi amor por él (de la que será un indicador fiable mi amor hacia los demás), mi relación con él, mi implicación en el honor de Dios, han de ser hoy mi supremo interés y mi mayor gozo. Esa relación con Cristo se mantiene y desarrolla cuando contemplo cómo se ha entregado él por mí, cuando aprecio cuál es la cualidad e intensidad de su amor por mí. Si ese es el centro de atención de mi vida hoy, Dios se encargará de que alcance la madurez; no para mi salvación, sino para el ministerio en su iglesia y el mundo, y para gloria de Dios. "El que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo" (Fil 1:6). La pregunta que hemos hecho en cada una de las definiciones de perfección (¿cuándo se espera que la alcancemos?), en el caso de la perfección entendida como madurez parece más difícil de responder. No obstante, en correspondencia con lo que hemos visto, tiene también respuesta: la alcanzaremos al recibir el derramamiento del Espíritu Santo en la lluvia tardía, antes de que finalice el sellamiento final y el tiempo de prueba; antes que Cristo salga de su santuario. Una ilustración bíblica es la lluvia tardía que hace madurar la cosecha de cereal. Ese "antes de" no ha de ser motivo de congoja, sino de gozosa expectación: es el Dios eterno y todopoderoso quien garantiza el proceso con tal que estemos caminando en la buena senda en el punto tercero: entrega total a cada paso, perfección del carácter en progresión, y le demos así ocasión de terminar la buena obra que ha comenzado en nosotros mediante la morada del Espíritu Santo. El pecado tiene que ver con elecciones al mal; y de igual manera, la perfección tiene que ver con una sucesión de elecciones "santas" --opuestas al pecado-- tomadas en obediencia al Espíritu Santo. La principal de esas elecciones es la de aceptar a Jesús como a nuestro Salvador y Señor. De ahí derivan todas las demás elecciones. Pero si bien nuestra entrega a Cristo a cada paso debe ser nuestro foco de atención, eso no quiere decir que la preocupación por nuestra salvación haya de ser nuestra principal motivación. ¿Cuál se espera que sea nuestra motivación? En 1 Cor 2:16 leemos que "nosotros tenemos la mente de Cristo". ¿Podéis imaginar a Cristo preocupado por su propia salvación? ¿Fue esa su motivación? Recordad cómo Moisés prefirió perder su vida eterna antes que ver comprometido el honor de Dios mediante el rechazo de su pueblo (Éxodo 32:10, 31-32). ¿Fue su propia salvación lo más importante para Moisés? ¿Lo fue para el Cordero? Es significativo que Apocalipsis describe a los que están sobre el mar de vidrio como entonando el cántico de Moisés y el cántico del Cordero (Apoc 15:3). Es la perfección en la entrega (3ª definición) la que permite nuestra salvación. Pero es la perfección llevada a su madurez (4ª definición) la que honra especialmente a Dios, siendo decisiva en la resolución del conflicto de los siglos. "Santificaré mi gran nombre, profanado entre las naciones, el cual profanasteis vosotros en medio de ellas. Y sabrán las naciones que yo soy Jehová, dice Jehová el Señor, cuando sea santificado en vosotros delante de sus ojos" (Eze 36:23). "Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales" (Efe 3:10). La doctrina de la perfección entendida como madurez (4ª definición) no es la doctrina de la salvación. La perfección entendida como madurez, el fin del tiempo de prueba, el borramiento de pecados en el gran Día de la expiación final, el sellamiento, sólo pueden ser comprendidos en la luz del gran conflicto, en el contexto de la "hora de su juicio": no para salvación de mi pobre alma, sino para vindicación del carácter (ley) de Dios ante las acusaciones de Lucifer, con el universo como testigo. Prestad atención a esta ilustración sobre la entrega, porque luego nos hemos de hacer alguna pregunta al respecto: Imaginad que he conocido y aceptado el evangelio, y que he venido siendo cristiano, he venido caminando con el Señor durante un año. He mantenido una buena relación con él. He estado orando, estudiando la Biblia. He rogado: 'Señor, quiero servirte. Quiero conocer mejor tu voluntad. Ayúdame a comprender mejor las Escrituras'. En respuesta a mi oración, el Señor me envía a uno de vosotros, y llamáis a mi puerta. Puesto que soy cristiano y vosotros también, os hago entrar en casa y acepto gustoso vuestra invitación a estudiar la Biblia. La conversación gira en torno al sábado como día de reposo y adoración, algo que yo desconocía por completo. Os pregunto por qué creéis que el séptimo día (sábado) es importante. Atendéis mi petición y dedicáis una o dos horas a demostrar bíblicamente lo relativo al sábado como día de reposo del Señor. Durante ese diálogo, el Espíritu Santo ha traído convicción a mi corazón. Estoy convencido de que esa es la verdad, de que es precisamente la enseñanza bíblica correcta, y de que es vital en mi caminar con el Señor. Entonces me hacéis la pregunta que se espera que hagáis si sois buenos misioneros: '¿Querrás venir conmigo a adorar al Señor en su día santo el próximo sábado?' Al oír vuestra invitación doy un paso atrás. Eso me asusta en términos prácticos. Teológicamente me ha parecido impecable y relevante. He comprendido que es una cuestión probatoria; que el sábado es el día instituido por Dios para honrarlo como Creador y Redentor, que el "hombre de pecado" lo cambió, etc. Pero eso es la teoría y está en el terreno intelectual. Ahora llega la hora de la verdad, la forma en la que voy a vivir, y tengo ciertas cuestiones: 1- Tengo un trabajo que no me permitirá faltar el sábado cada semana. Perderé mi trabajo / estudios. Mi carrera se acabará si elijo guardar el sábado del séptimo día: el día del Señor. 2- Mi esposa no ha seguido mi viaje cristiano en la misma intensidad que yo. Se ha interesado, pero no como yo. Si decido hacer esa "locura" de guardar el sábado y pierdo mi trabajo, quizá la perderé también a ella. 3- Voy a perder toda influencia sobre mis amigos, por haberme juntado a esa extraña iglesia que guarda un día distinto al de todo el resto de cristianos. Así que mi mente comienza a cavilar. Y entonces hago eso que nuestro cerebro sabe hacer tan bien: empiezo a racionalizar y me digo: 'He estado siguiendo al Señor, he estado estudiando su palabra, he estado orando, pidiéndole que me guíe. Ahora que he recibido mayor luz parezco ser la misma persona que hace una semana: aún amo al Señor, aún estudio su palabra; quisiera hacer su voluntad. Y sí, quisiera guardar el sábado del séptimo día algún día... cuando las circunstancias lo permitan. Sé que es lo correcto, sé que es importante. Pero por ahora lo veo imposible'. Si hace una semana --antes que me visitarais en casa-- hubiese acabado mi tiempo de prueba por una enfermedad o un accidente repentinos, ¿estaba salvo, o estaba perdido? --No parece difícil: hasta donde podemos saber, estaba salvo. No tenía más luz. Vivía de acuerdo a todo lo que sabía. Pero ¿y si me sucediera hoy el accidente que me enfrente cara a cara con la eternidad? ¿Me queréis decir que hoy estoy perdido, siendo que la semana pasada estaba salvo? La pregunta ya no es tan fácil. ¿Por qué la hago? --Porque dos evangelios diferentes dan dos respuestas diferentes a esa pregunta. El evangelio popular dice: 'No fuiste salvo mediante la observancia del sábado; por lo tanto, no puedes perderte por transgredirlo. ¡Todavía amas a Jesús! Hiciste tu decisión por él hace un año. Lo estás siguiendo. No le has dado la espalda. Simplemente estás en una situación difícil. Él lo comprende y lo excusa. No lo va a emplear en contra tuya. Incluso aunque tengas la profunda convicción en cuanto a lo que debieras hacer, y tu conciencia te diga qué es lo correcto, es impráctico por ahora debido a que las circunstancias no acompañan. Sí: sigues estando salvo. Dios abrirá el camino para que algún día puedas guardar el sábado. Quizá cuando te jubiles...' ¿Es esa la respuesta que da el cristianismo popular? --Sí. ¿Es esa la respuesta que da la Biblia? --No. ¿Por qué? ¿Por el gran pecado de no guardar el sábado? --No exactamente. Observad: ¿Cuál es el primero de los Diez mandamientos? --"No tendrás dioses ajenos delante de mí". ¿Qué es un dios ajeno? --Cualquier persona o cosa que tome preferencia sobre el único Dios Creador/Redentor. Jesús dijo: "El que ama padre o madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama hijo o hija más que a mí, no es digno de mí. Y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí" (Mat 10:37-38). ¿Puede el trabajo ser un dios ajeno? ¿Puede un esposo o una esposa ser un dios ajeno? ¿Pueden las amistades ser dioses ajenos? ¿Qué he desarrollado ahora, que no tenía hace una semana, antes que uno de vosotros me hiciera ver la verdad sobre el sábado del Señor? --Tres dioses ajenos (en lugar del Dios verdadero): mi trabajo, mi esposa y mis amigos. Los tres han tomado prioridad sobre mi amor por Jesús. Cuando Jesús me pregunta ahora: '¿Me amas con todo tu corazón?', mi única respuesta ha de ser: --Primero está mi trabajo, luego mi esposa y después mis amistades. Después también estás tú. Te amo con parte de mi corazón... Aún te amo, pero... hoy no te puedo amar con todo mi corazón. Ya no eres el primero. El problema no es el sábado: ¡El problema es el Señor del sábado! El sábado es la cuestión probatoria. Dios nos prueba a cada uno como probó a Moisés, a Abraham y a todos los demás. Es entonces cuando se revela lo que esconde mi corazón, esa realidad que me era desconocida. '¿Me amas? ¿Me amas cuando eso te cuesta algo que te importa? ¿Me amas cuando no resulta conveniente, cuando resulta incómodo? ¿Me amas cuando tu trabajo y tu perspectiva de futuro están en riesgo? ¿Me amas con todo tu corazón? ¿Estarías dispuesto a dar tu vida por mí, si es eso lo que te pidiera? ¿Amas esa cartera en tu bolsillo, o esa cuenta bancaria más que a mí?, ¿o me devolverás el diezmo de todo lo que te he dado? ¿Me amas cuando te hago ver que tu cuerpo es templo del Espíritu Santo y no debes contaminarlo?, ¿o te aferras a tus preferencias más bien que al Espíritu Santo?' 'Vine a esta tierra, me negué a mí mismo y me sometí a la cruz por ti. ¿Me amas tú con todo tu corazón?' El sábado es la cuestión probatoria, y he sido hallado falto. No amo a Cristo con todo mi corazón, y es por ello que hoy estoy perdido. Y lo que es aun más terrible: estoy dando la razón a Satanás en el conflicto de los siglos, en lugar de honrar a Cristo. Hay cosas que anteriormente no conocía, y Dios no me las tenía en cuenta; pero junto a revelaciones más profundas de su carácter de pureza y bondad, Dios pone en nuestro conocimiento la existencia de orgullo, de autosuficiencia, de rebelión y de idolatría en nosotros que antes desconocíamos, y a cada paso hemos de elegir si nos aferramos a eso o si preferimos a Cristo al precio que sea. Dios no requiere de nosotros aquello que está aún oculto a nuestro conocimiento. "Si fuerais ciegos, no tendríais pecado" (Juan 9:41). "El que sabe hacer lo bueno y no lo hace, comete pecado" (Sant 4:17). Dios no nos muestra todo sobre nosotros de repente, sino en la medida en que lo podemos recibir. Y no nos muestra nuestro pecado sin habernos revelado antes su poder, su amor y su misericordia. Pero cuando el Señor escoge revelárnoslo y le decimos: --'¡No! No andaré en esa luz', le estamos diciendo en realidad: 'No te amo con todo mi corazón'. El evangelio popular pretende engañar en la falsa seguridad de que podemos ser salvos amando a Dios parcialmente, sirviendo a dos señores. Es una reedición sutil de aquella idea lanzada en el Edén: 'No moriréis (aunque desobedezcáis a Dios y comáis del fruto prohibido)'. La Biblia, en contraste, afirma que no hay salvación aparte de la entrega total. Dos evangelios. Dos respuestas opuestas en una situación práctica y cotidiana: una experiencia constante en la vida de todo cristiano. Aseguraos de tomar la decisión para vida eterna a cada paso, la decisión de preferir a Cristo antes que a cualquier persona o cosa, antes que a vuestra aparente conveniencia, y el Señor se encargará de llevaros a la perfección de la madurez. Vamos a recordar algunos textos de la Biblia sobre la perfección. La Biblia contiene unos cuantos mandamientos, pero observad que ninguno de los textos que vamos a leer es una orden, una exigencia o un mandamiento por parte de Dios. Todos son promesas de su parte. Es muy importante reconocer eso, porque el evangelio no es ningún mandamiento ni exigencia, sino que es la buena nueva, la promesa de Dios en Cristo, lo que Dios nos ha dado en Cristo; por lo tanto, siempre que leamos promesas del Señor, nos encontraremos ante el evangelio. Y recordad: "No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación" (Rom 1:16). El Señor no nos dice: 'Has de ser perfecto'. Lo que nos dice es: 'Yo te voy a hacer perfecto'. ¿Lo creerás? Se trata de la Palabra viviente del Señor, que tiene en ella misma el poder para realizar lo prometido: "Haré más precioso que el oro fino al varón, y más que el oro de Ofir al hombre" (Isa 13:12). ¿Te cuesta creer que va a ser así? Pues aún tengo mejores nuevas del Señor. Para él no hay nada imposible: no sólo va a hacer eso con el "hombre", sino con su pueblo: "En aquellos días y en aquel tiempo, dice Jehová, la maldad de Israel será buscada, y no aparecerá; y los pecados de Judá, y no se hallarán; porque perdonaré a los que yo haya dejado" (Jer 50:20, ver también Apoc 19:7-8). Leamos el siguiente texto: "A aquel, pues, que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros delante de su gloria irreprensibles, con grande alegría" (Judas 24). Observad que Dios es poderoso para guardaros sin caída; con grande alegría por su parte, y con grande alegría por la vuestra. No es un camino de espinos. No es una experiencia triste, sino vibrante. Nunca conoceréis una alegría más sublime que esa. El camino de la perfección no es un camino lúgubre: "En tu presencia hay plenitud de gozo" (Sal 16:9). 2 Pedro 2:9, centrándonos en la primera mitad del versículo: "Sabe el Señor librar de tentación a los píos" No dice que nosotros sepamos, sino que él sabe. Veamos más al respecto: "No os ha tomado tentación, sino humana: mas fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis llevar; antes dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis aguantar" (1 Cor 10:13). Así, en cada tentación, el Señor está muy cerca de nosotros, pesándola, midiéndola, controlándola de forma personalizada para cada uno, de forma que siempre podamos resistirla. Podemos estar seguros de que él proporciona una salida en cada tentación. ¿Cómo podemos cooperar en encontrar esa salida? Veamos algunos instrumentos poderosos. La oración Personalmente he descubierto que me resulta difícil pecar contra Dios cuando estoy adorándolo de rodillas. No es que entonces sea imposible pecar, pero hay algo en la oración que hace que pecar no resulte apetecible en ese momento. Otra observación que también he hecho, en relación con el consejo de Santiago 4:7, es que cuando me siento bajo la presión de alguna tentación seductora que me atrae, justo entonces no me siento inclinado a orar al Señor allí mismo: 'Oraré más tarde, Padre. Planeo hacerlo, pero ahora déjame por un tiempo pensar en eso tan agradable...' ¿Os ha pasado alguna vez? La oración no parece entonces demasiado conveniente o atractiva. No nos apetece caer de rodillas en ese momento. ¿Por qué? --Porque sabemos bien que si nos arrodillamos a orar, se cumplirá la promesa: "Someteos pues a Dios, resistid al diablo, y huirá de vosotros" y desaparecerá la fuerza seductora de esa tentación. ¡Pero no queremos que eso suceda tan pronto!, así es que no oramos, y... caemos. Caemos al consentir, al acariciar ese pensamiento o emoción que deshonra a Dios. Así pues, no es fácil ser tentado cuando oras, pero tampoco es fácil orar cuando eres tentado. Por lo tanto, os propongo que oréis ya antes de ser tentados. No me refiero al tipo de oración "ambulancia en el fondo del precipicio": 'Señor, mira lo que me ha sucedido, mira dónde he caído. Sácame de esto...' (el Señor también responde esa oración: "Al que a mí viene, no le echo fuera", Juan 6:37). Me refiero a la oración preventiva. ¿Cuál os parece mejor medicina?: ¿la curativa, o la preventiva? ¿Qué preferís?: ¿tener a vuestra disposición el mejor equipo de cardiólogos del mundo?, ¿o no tener nunca un ataque al corazón? Por "oración preventiva" me refiero a esto: 'Padre celestial, tengo un problema con...' Nombra el problema. Sé específico; no genérico. Ponle nombre (quizá también apellido). Preséntale aquello en lo que caes a menudo, aquello que te hace sentir más culpable y que agota tus energías espirituales, eso que te hace sentir hipócrita, eso que te hace sentir mal por encima de todo. Identifícalo, reconócelo. No des una lista de muchas cosas, sino precisamente "eso". Si hace falta, escríbelo. En todo caso, nómbralo ante Dios. Dile: 'Señor, tengo un problema con esto... Estoy cansado de deshonrarte, de claudicar y ser derrotado vez tras vez. Estoy harto de albergar pecado en mi vida. Este problema es más grande que yo. No lo puedo solucionar con mis fuerzas. Lo pongo en el altar ante ti aquí mismo. Me pongo en el altar ante ti. Te doy permiso, te ruego que hagas todo lo que tengas que hacer para erradicarlo de mí y darme la victoria según tu voluntad. Señor, tú me has enseñado a ser perseverante; voy a seguir orando esta oración, y como Jacob, no te dejaré hasta que no me bendigas'. Cuando das permiso para que el Todopoderoso tome las riendas de tu vida, no hay límite a las bendiciones que vas a recibir: "más de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros" (Efe 3:20). Pero también es en cierto sentido "peligroso", pues el remedio, en la providencia del Señor, puede significar tanto como una dolorosa separación de algo o de alguien, puede requerir una enfermedad o un sacrificio costoso: es lo que significa la expresión "cortar tu mano o sacar tu ojo derecho" (Mat 5:29-30). Ahora bien, puedes tener la absoluta seguridad de que el Señor tiene la plenitud de la sabiduría, el poder y el amor para que todo redunde en tu bien presente y eterno. Haz esa oración de forma persistente. No esperes a que venga la tentación. Anticípate a ella. Haz de la oración un hábito, y puedes estar seguro de que al venir la tentación, el Señor enviará un ángel para darte la victoria, y para que esa victoria sea completa. Nunca tendrás una alegría mayor que esa, porque en ella reconocerás la presencia de Cristo mismo mediante el Espíritu Santo. Control de la mente. Temperancia Teniendo en cuenta que el pecado comienza en la mente, tiene mucho sentido que la eduquemos. No permitamos que los hábitos equivocados en el alimento que damos a nuestro cuerpo o a nuestra mente la incapaciten para tomar decisiones bajo la dirección del Espíritu Santo. Dios tiene remedio para nuestra incapacidad, para nuestra ignorancia y para nuestra debilidad, pero en la batalla contra el pecado hay una cosa que Dios no va a hacer en nuestro lugar: no elegirá en lugar nuestro dónde fijamos nuestra imaginación. A nosotros toca elegir si fijamos nuestra mente en lo bajo y lo sensual, o en las cosas eternas. Somos nosotros quienes debemos hacer esa elección. Nadie más puede hacerla. Dios respeta la libertad que nos ha dado al crearnos y al redimirnos. En el plan de la salvación no existe la compulsión. La única fuerza que reconoce el evangelio es la fuerza del amor: "Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor" (Oseas 11:4). Ved esta maravillosa promesa en la página 618 en 'Mente, carácter y personalidad', vol. II, en el capítulo titulado 'La imaginación': "Si Satanás trata de desviarla [la mente] hacia cosas bajas y sensuales, traedla de vuelta y centradla en las cosas eternas; y cuando el Señor vea que se hace un esfuerzo decidido para retener solamente pensamientos puros, atraerá la mente como un imán, purificará los pensamientos y los capacitará para que sean limpiados de todo pecado secreto. 'Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo' (2 Cor 10:5)". Ahí tenéis otra maravillosa promesa: Dios es capaz de hacer que todo pensamiento sea sujeto en obediencia a Cristo. El texto no dice que vaya a desaparecer todo pensamiento malo, sino que será sometido. Seremos tentados mientras tengamos esta naturaleza caída, pero Dios nos asegura la victoria, incluso al nivel del pensamiento. Leemos más de la página 618 de 'Mente, carácter y personalidad', vol. II: "La primera obra de los que han de ser reformadores es purificar la imaginación. Si la mente se desvía en una dirección equivocada, debe ser reconducida para que se ocupe sólo de temas puros y elevados. Cuando seáis tentados a ceder a una imaginación corrompida, huid al trono de la gracia y orad en procura de fuerza del Cielo". La palabra clave es aquí: "huid". No dice: "caminad" ni "id", sino "huid". No esperéis a terminar lo que estáis haciendo. No esperéis al día siguiente. Salid corriendo (metafóricamente hablando), porque hay un ladrón que está tratando de robaros la vida eterna. Tememos encontrarnos con un ladrón en la calle o en casa, pero esos ladrones sólo pueden quitarnos las posesiones y el dinero; en el peor caso, esta vida terrenal. Todas esas cosas van a quedar en esta tierra de cualquier manera (1 Juan 2:16-17). Debemos temer más bien a quien puede robarnos la vida eterna (Mat 10:28); y ese, más que en la calle, se suele colar en casa por la televisión, por internet, por las lecturas o por los pensamientos de nuestra propia imaginación si la dejamos divagar sin control, si nos sentamos y le dejamos hacer. "Con la fuerza de Dios se puede disciplinar la mente para que se concentre en las cosas puras y celestiales" (Id.) Todo eso logra el milagro del nuevo nacimiento, de la renovación de la mente; el milagro de la muerte al yo, por la vida de Cristo implantada en el corazón (Rom 12:2; 2 Cor 5:17). "Escrito está" (Mat 4:4; Deut 8:3) Así resistió Jesús las tentaciones en el desierto y en el resto de su vida. ¿Cómo sabía Jesús lo que estaba "escrito"? --Por haberlo estudiado y atesorado previamente. "Escrito está". En la Biblia está escrito, sí. ¿Está escrito también en tu corazón? ¿Lo tienes atesorado en tu memoria? Cuándo viene la tentación, ¿puedes recordar textos de la Biblia que te permitan elevar tu mente a las cosas eternas? "Vivid por el Espíritu, y no seguiréis los deseos de la naturaleza pecaminosa" (Gál 5:16, NVI). Teniendo en cuenta que: • "Naturaleza pecaminosa" = carne • "Deseos de la naturaleza pecaminosa" = tentación • "Seguir", o satisfacer los deseos de la naturaleza pecaminosa = pecado Por lo tanto, Gálatas 5:16 dice virtualmente: 'Vivid por el Espíritu y no pecaréis'. De lo cual se deduce que si pecamos es porque no andamos según el Espíritu. "Todo aquel que permanece en él, no peca. Todo aquel que peca, no lo ha visto ni lo ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo, porque el diablo peca desde el principio" (1 Juan 3:6-8). El texto nos parece rudo, porque desafía nuestra experiencia en el pasado, que nos parece el único escenario posible para el presente y el futuro. Entonces nos justificamos añadiendo a esas frases la palabra "habitualmente" (por contraste con "ocasionalmente"), pero eso, lejos de clarificarlo, lo complica aun más. ¿Quién tiene autoridad para establecer la diferencia entre habitualmente y ocasionalmente? No es un asunto de matiz, sino algo de importancia vital, porque según ese razonamiento, si pecamos ocasionalmente estamos salvos; pero si lo hacemos habitualmente estamos perdidos. Por lo tanto, es un asunto de vida o muerte (eterna). Ceder a la ira, perder el dominio propio tres veces por semana, ¿es habitual, o es ocasional? ¿Y si sólo es una vez por semana? ¿Qué os parece una vez al mes?: ¿habitual, u ocasional? Una borrachera al mes, ¿es habitual u ocasional? Imaginad que una vez al año, ¡sólo una vez al año!, un predicador sube a este púlpito y, en lugar de sacar la Biblia, desenfunda una pistola con la que dispara a la congregación, matando a algunos e hiriendo a otros. Sólo una vez al año: se diría ocasional, ¿no os parece? El texto es claro en el original. Está en tiempo verbal presente igual que en nuestro idioma. No se refiere al pasado ni al futuro (a un hábito), sino al presente: 'Si (ahora) peco, (ahora) no permanezco en él'. 'El que practica el pecado (ahora), es del diablo (ahora)'. Observad las buenas nuevas en 1 Juan 3:8-9: "Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios". ¿Imposible? La siguiente historia ilustra cómo se justifican algunos que al leer textos como los citados, en lugar de modelar su experiencia de acuerdo con la Escritura, "modelan" la Escritura de acuerdo con su experiencia: Hace un siglo, el medio habitual de transporte en el mundo agrícola era la mula. Las mulas, sobre todo las viejas, eran muy obstinadas. Muy de fiar, pero muy tozudas. Sabían cuándo se excedía el límite de carga que llevaban: 5 o 6 kilos de más, y se quedaban paradas. Ni un paso más. Los granjeros estaban hartos, porque no podían llevar la mercancía como querían. A un granjero le vino esta idea: pongamos ese manjar tal delicioso para las mulas --una zanahoria-- colgada en el extremo de una vara atada a la propia mula, de manera que camine hacia ella pero nunca la alcance. Parece que funcionó. Las mulas eran listas, pero no tanto como para darse cuenta de que por más que caminasen, la zanahoria no estaba ni un centímetro más cerca de su boca que al principio del viaje. A eso le llamo 'promesas para mulas'. Así ven algunos esas promesas que hemos leído en la Biblia: 'Dios sabe que nunca va a cumplirse. Él sabe que nunca seremos capaces de dejar de pecar, pero pone esos textos en la Biblia, de forma que al menos lo intentemos'. ¡Como las viejas mulas! Os acabo de explicar la versión granjera de las 'promesas para mulas'. Escuchad ahora la versión académica de eso mismo en palabras de un teólogo: "Significa la perfección un destino que el creyente va a alcanzar efectivamente en cierto punto en el tiempo?, ¿o es más bien un ideal, que, como la estrella que guía al navegante, mantiene al cristiano en el buen camino durante su viaje. ¿Alcanza alguna vez la estrella? --No: La mira, y sigue en la buena dirección. Vemos, pues, que las declaraciones que afirman la posibilidad de perfección sirven para dar ánimo, más bien que para predecir algún evento. Se refieren a un ideal que proporciona dirección y motivación a la experiencia del cristiano, más bien que a un nivel específico de logro que pudiera conseguirse en algún momento de su vida". Apreciad ahora el contraste con las palabras de la mensajera inspirada: "Cuando Pablo escribió: 'El Dios de paz os santifique en todo' (1 Tes 5:23), no exhortaba a sus hermanos señalándoles una norma imposible de alcanzar. No estaba orando por bendiciones que no fuera la voluntad de Dios concederles" (The Sanctified Life, 26). No creo que Dios nos dé promesas para mulas. Él no nos trata como a mulas. Nos creó a su imagen y semejanza, y nos ha dado un valor que sólo se puede medir por el sacrificio eterno de su Hijo para redimirnos. Indignos como somos, nos trata con respeto y deferencia exquisitos. A cambio, cuando el Señor nos promete algo, espera que lo respetemos y honremos creyendo sus promesas, no importa cuán imposibles nos parezcan, o cuán diferente haya sido nuestra experiencia en el pasado. Os animo a que ejerzáis fe: la fe de Jesús. Os animo a que creáis las promesas del Señor, por la razón simple de que es él quien promete. Leed las historias del Antiguo testamento, y veréis que todas incluyen el cumplimiento de cosas humanamente imposibles de lograr. ¿Recordáis la experiencia de Abraham, el padre de la fe? "Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció por la fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que [Dios] era también poderoso para hacer todo lo que había prometido. Por eso, también su fe le fue contada por justicia" (Rom 4:20-22). La oración, el estudio de la Palabra, el control de la imaginación, la temperancia, la fe, etc. Os he hablado de avenidas para el poder, pero no del poder propiamente. El poder está en el evangelio, en Cristo crucificado. Os remito a los capítulos 'Getsemaní', 'El Calvario' y los que los rodean, de El Deseado. Dejo esta invitación para el final, porque me parece la más importante: mantened frescas en vuestra mente las escenas del Getsemaní y el Calvario, y seréis tan inexpugnables ante los ataques del enemigo como lo fue Cristo. "Debemos reunirnos en torno a la cruz. Cristo y Cristo crucificado, debe ser el tema de nuestra meditación, conversación y más gozosa emoción" (El camino a Cristo, 104). Capítulo 3 - Mirarán a mí, a quien traspasaron LB, 25 marzo 2016 Os quiero invitar a contemplar a Cristo, a meditar en él. Antes quisiera que contemplemos algo bien distinto por contraste. Esta es la portada y contraportada del libro 'A Trip into the Supernatural'. Roger Morneau, su autor, es un respetado autor adventista que en su juventud había militado en altas esferas del espiritismo (sabiendo que no se comunicaba con supuestos espíritus de fallecidos, sino con ángeles caídos). En cierta ocasión oyó de un sacerdote satánico información privilegiada relativa a los planes del diablo: "A principios del siglo XVIII, Satanás y sus espíritus consejeros tuvieron un gran concilio general a fin de prepararse para la era industrial que pronto haría eclosión en el mundo. Satanás había estado estudiando las profecías de la Biblia y comprendió el significado de Daniel 12:4, que describía el tiempo del fin, cuando muchos correrían 'de aquí para allá, y la ciencia' aumentaría. Reconoció ese momento como el ideal para separar a los seres humanos de su Creador, llevando así a la perdición a las multitudes del planeta. El gran concilio concluyó tras largas deliberaciones, después de haber diseñado su estrategia para engañar, que tendría por resultado descalificar a un vasto número de personas para el reino de Cristo, por haber venido automáticamente a formar parte del reino de Satanás. La primera parte consistiría en convencer a los seres humanos de que Satanás y sus ángeles realmente no existen. La segunda parte tenía por fin obtener el control total de las personas, presentando el hipnotismo como una ciencia nueva y beneficiosa. Hombres de gran capacidad intelectual, bajo la dirección de espíritus amistosos, perpetuarían la doctrina de la inmortalidad del alma, haciendo que aquellos que estuvieran bajo el hechizo del hipnotismo regresaran (supuestamente) en el tiempo a vidas anteriores. Para dar fuerza al engaño, ocasionalmente los espíritus harían que la persona hipnotizada hablara con fluidez una lengua extranjera que previamente desconocía. Eso ayudaría a Satanás a descristianizar Occidente mediante la incursión del misticismo. La tercera parte del plan de Satanás consistiría en destruir la Biblia sin deshacerse en realidad de ella. Satanás borraría la idea de Dios de las mentes de millones mediante la teoría de la evolución. Para llevar a cabo su plan seleccionaría a individuos de gran intelecto. Escogió a un médico austriaco llamado Franz Mesmer a fin de rescatar el hipnotismo de los escenarios ocultistas y presentarlo como una nueva ciencia. Para cuando Mesmer murió (1815), el hipnotismo había comenzado a adquirir un aura de respetabilidad entre los médicos europeos como técnica anestésica. Charles Darwin, nacido en 1809, y Thomas Henry Huxley, en 1825, cayeron ambos a una edad temprana bajo la influencia de los espíritus al ser sometidos al hipnotismo por ciertos médicos, con fines anestésicos. Los espíritus decidieron que cuando fueran adultos serían los instrumentos para desarrollar la religión que conocemos como teoría de la evolución" (Roger Morneau, A Trip Into the Supernatural, Review and Herald, 1982; fragmentos, 45-47). Hemos leído "descristianizar Occidente mediante la incursión del misticismo". La meditación mística y la oración contemplativa tienen una historia muy larga que se inicia en las antiguas religiones paganas de Oriente. Entre los años 300-500 d.C. los "padres del desierto" tomaron de Oriente la meditación mística y la oración meditativa y las pasaron a otros monjes católicos. El misticismo permaneció allí, enclaustrado casi exclusivamente entre las paredes de monasterios, conventos y abadías hasta que en la Edad Media, Ignacio de Loyola (1534) recopiló y sistematizó esas enseñanzas, e hizo todo esfuerzo posible por popularizarlo. En España nos suenan algunos místicos de la Edad Media, como Teresa de Jesús, Juan de Ávila, Juan de la cruz y el propio Ignacio de Loyola. Aproximadamente en la misma época en que Lutero estaba descubriendo la luz de la salvación por la fe mediante su estudio de la Biblia, Ignacio de Loyola --el fundador de la Orden de Jesús-- adquiría de otra fuente su "conocimiento superior" por medio del misticismo. Sus "ejercicios espirituales" fueron los precursores de la llamada "formación espiritual" de nuestros días. Recientemente, los monjes trapenses Thomas Keating (1923-) y Thomas Merton (1915-1968) han retomado la obra que inició Ignacio de Loyola, logrando que la meditación mística y la oración meditativa se hayan popularizado en el mundo católico de hoy. En el tiempo en que se escribe este documento, la avanzada edad de Thomas Keating no le impide seguir publicando vídeos en Youtube, en los que instruye sobre esas técnicas. ¿Cómo haría ese misticismo tan desprovisto de base bíblica para dar el salto al mundo protestante, que clásicamente se ha basado en la máxima: sola scriptura? Los reformadores protestantes repudiaron firmemente todas esas experiencias místicas por considerarlas brujería y espiritismo, algo ajeno a la Escritura y totalmente contrario al evangelio. Conocían bien Efesios 5:11: No tengáis nada que ver con las obras infructuosas de la oscuridad, sino más bien denunciadlas. El misticismo encontró la puerta de entrada en el protestantismo gracias a Richard Foster, un joven teólogo cuáquero formado en la Universidad George Fox y en el seminario teológico Fuller. La Universidad George Fox lleva ese nombre en honor al que fue fundador de la comunidad cuáquera. El libro de Richard Foster 'Celebration of Discipline', ha sido declarado por Christianity Today como uno de los diez libros más influyentes del siglo XX. Richard Foster ha escrito libros y ha dado innumerables seminarios promoviendo la meditación mística y la oración contemplativa en el mundo protestante. Los cuáqueros son una denominación especial dentro del mundo protestante. No todos ellos se consideran cristianos. Repudian en general los usos y liturgia comunes en las denominaciones clásicas evangélicas, y minimizan la Biblia como revelación final de Dios. En su lugar, exaltan su doctrina de la 'luz interior', que para ellos significa la iluminación inmediata y directa de la persona en relación con lo divino, al margen de la Escritura. Su fundador, George Fox (1624-1691) vivió en Inglaterra en el tiempo de la guerra civil y la constitución de la Commonwealth. La religión cuáquera, debido a albergar ciertas creencias y prácticas propias del mundo místico, ha supuesto el terreno abonado para que el misticismo pueda introducirse a través de ella en el protestantismo. Estos son algunos de los elementos habituales del "credo" y adoración cuáquera: • Práctica habitual del "silencio" (afín a la oración meditativa) • Cosmovisión consistente en el universalismo y el panteísmo • Énfasis en la iluminación directa y personal del individuo, en detrimento de la revelación en las Escrituras mediante profetas elegidos por Dios. Mediante los cuáqueros el misticismo oriental --tras salir del entorno monástico y popularizarse en el catolicismo-- ha vencido una nueva barrera y ha hecho incursión también en el protestantismo. Dos personalidades destacadas en la promoción del misticismo entre los protestantes (fuera ya de la esfera cuáquera) son Brian McLaren y Leonard Sweet, prolíficos autores de libros y seminarios. Entre las técnicas promovidas figuran la repetición de mantras, la lectio divina, la inmersión en el "silencio", la oración meditativa, contemplativa o centralizada, la visualización o "meditación", técnicas todas ellas orientadas a la búsqueda de un estado alterado de la conciencia caracterizado por el cese de la ideación consciente habitual, lo que permite conectar sin barreras con ese mundo sobrenatural que ellos conciben como 'Dios en todo' --todos-- y 'todo --todos-- en Dios'. Sabemos que ese supuesto dios no es el Creador ni el Redentor que se revela en la Biblia, sino precisamente su enemigo en el conflicto cósmico. Al ejercicio de ese conjunto de disciplinas se le ha venido llamando "formación espiritual". Suena bien, pero no es lo que parece. Lo importante no es recordar esa terminología concreta, porque sin duda en cuanto despierte sospechas, se lo denominará de otra forma que resulte igualmente atractiva e inocente. En su intento por llevar a los creyentes de todo el mundo a la unidad bajo su dirección suprema, Satanás está procurando solapadamente introducir en el cristianismo sus métodos tradicionales arraigados desde antiguo en las religiones orientales. Y no lo olvidemos: "los escogidos" son la diana especial de los engaños de Satanás. En Juan 17:3 leemos: Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. ¿Será posible conocer al "único Dios verdadero" --y a Jesucristo-- mediante los métodos del que es mentiroso y padre de mentira? ¿Es a Dios a quien conoceremos? ¿O vamos a adquirir más bien el tipo de conocimiento que viene del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal? Por desgracia, muchos cristianos bienintencionados están viendo en ese abordaje místico, no sólo la forma de conocer a Cristo, sino también el método para llevar el conocimiento de Cristo al mundo (postmoderno) en que vivimos. En eso consiste el movimiento de la iglesia emergente, en el que la Verdad pierde toda importancia al quedar sacrificada sobre el altar del humanismo y de la unidad ecuménica. La llamada iglesia emergente no es ninguna Iglesia en el sentido clásico de la palabra: no es ninguna denominación. Al contrario, es anti-denominacional por naturaleza. Es un movimiento que se extiende transversalmente por todas las iglesias (incluyendo el judaísmo y el islam), procurando derribar barreras denominacionales. Como ilustran los cuadros descritos en Ezequiel 8, no se trata de perversión en el sentido clásico de crimen, sino en el sentido de perversión de la verdadera adoración. No se fomenta el robo o la mentira, ¡se fomenta la "adoración"!, lo que convierte al engaño en sutil. Según Ezequiel 8, el pueblo de Dios había ido incorporando el estilo de adoración propio de las multi-culturas vecinas (Eze 11:12). Era un culto aceptable en el entorno que los rodeaba, que se había ido introduciendo de forma sutil y progresiva. Parecía una necesaria e inocente modernización de las formas, pero escondía un profundo cambio en el fondo, en la enseñanza o doctrina, y tuvo por resultado un cambio en el Ser adorado, que había pasado a ser Satanás en lugar de Dios (Deut 32:1617 y 1 Cor 10:20). Tal sucede, si cabe con mayor refinamiento, en la iglesia emergente. Oculta en un supuesto cambio y modernización en la liturgia, se esconde un cambio radical en la enseñanza. Se abandona la cosmovisión del conflicto de los siglos y se pierde la centralidad de Dios como único objeto de adoración y como único que posee la autoridad para definir cuál es la adoración aceptable. Por supuesto, no se nombra a Satanás, al hipnotismo, al misticismo ni a nada que lo sugiera. Se evoca la centralidad de Cristo, pero si bien se evoca a Cristo como el todo, no se acepta todo de Cristo. Se rechaza especialmente su revelación en Apocalipsis. En realidad, Cristo, el "Uno", no es más que el pretexto para llevar el foco a la unidad ecuménica, a la primacía de la experiencia, al "evangelio" de la amistad y a las relaciones sociales saludables. Hay un espíritu de unidad, pero no es la unidad en el Espíritu (puede parecer lo mismo, pero no lo es: los empleados de un banco, o un club de fútbol, puede y debe tener espíritu de unidad, y sin embargo está en las antípodas de la unidad en el Espíritu, que es lo que el Señor espera de nosotros: Efe 4:3-4). Ese movimiento hace un llamado más o menos solapado al adventismo para que abandone su legado histórico, su misión y mensaje (de los tres ángeles, del borramiento del pecado y purificación del santuario efectuada por Cristo como sumosacerdote en el lugar santísimo en preparación para el sellamiento y venida de Cristo), invitándolo a que se centre en una obra de beneficencia social de carácter ecuménico e intemporal, sin relación alguna con el calendario divino profético que está en la esencia de nuestro origen y razón de ser como pueblo remanente. Es decir: está llamándonos a que abandonemos nuestra cosmovisión, que es la del conflicto de los siglos --la controversia entre Cristo y Satanás--, ese contexto desconocido para toda otra denominación. Según el ideario de quienes están promoviendo entre nosotros el movimiento emergente, nuestro pueblo no es el depositario de la verdad, sino sólo de alguna parte de la verdad, que debe ser reunida junto a las otras partes que Dios habría repartido por todas las denominaciones, en espera de que juntándonos con ellas reconstruyamos el "puzzle". El movimiento de la iglesia emergente parecería haber encontrado la fórmula para hacer crecer a la iglesia en número. El seminario Fuller ha venido a ser un centro reconocido por su saber en lo relativo a hacer crecer las iglesias. Desde ese punto de vista numérico es difícil poner en duda el éxito de la iglesia emergente, al menos en Estados Unidos. Lo prueban las mega y giga-iglesias Saddleback, dirigida por Rick Warren; Willow Creek, por Bill Hybels; Crystal Cathedral, por Robert Shuller; Lakewood, por John y su hijo Joel Osteen, etc. Todas ellas están enfocadas al hombre y su necesidad de sentirse bien. Es la teología del "aquí y ahora". No están centradas en la verdadera adoración a Dios en el Espíritu ni en la verdad del mensaje de los tres ángeles, y no tienen en su ideario llevar a sentir la necesidad de arrepentimiento. Se considera una ofensa despertar la conciencia. No se da cabida al que convence de pecado, de justicia y de juicio. En lugar de ello se procura una experiencia agradable a la naturaleza humana, mediante lo que llaman una combinación de lo antiguo con lo moderno: el antiguo misticismo de una parte, y la música rock de la actualidad (y las representaciones teatrales, etc) de otra. Se trata de la salida de los claustros catedralicios del misticismo oriental-medieval, para aterrizar en las iglesias café-concert del siglo XXI. El diablo no ha descuidado ninguna oportunidad de influir en la sociedad, sea mediante el materialismo, mediante la religión, o mediante la "espiritualidad". ¿Qué os parece una congregación de más de 200.000 miembros? ¿Os impresiona? ¿Os acompleja? Uno de los rasgos de la iglesia emergente es el desprecio a las doctrinas, que son denigradas como siendo "el cementerio donde mueren las buenas ideas". El problema es que todo en la Biblia es doctrina, todo es enseñanza. La propia "gracia de Dios que trae salvación a todos los hombres, se manifestó, enseñándonos..." (Tito 2:11-12). En cierta ocasión en que Jesús presentó una verdad , una doctrina incómoda, se produjo una deserción masiva que le obligó a preguntar a sus discípulos si ellos querían abandonarlo también. Evidentemente, Jesús no estaba especialmente preocupado con el crecimiento numérico de su iglesia. Y no olvidemos que eso que nosotros llamamos cariñosamente nuestra iglesia, ¡sigue siendo su iglesia! A modo de contraste con lo anterior, citaré un episodio que ilustra cuál es el tipo de compromiso con la verdad y la enseñanza bíblica de uno de los mayores impulsores de la iglesia emergente: Brian McLaren. Este afirmó en un foro público que Satanás en realidad no existe; que su supuesta existencia no es más que una doctrina que hemos inventado los cristianos a fin de elevar barreras denominacionales y poder demonizar a otras comunidades de fe distintas a la nuestra. Jesús dijo en otra ocasión: No temáis, manada pequeña; porque al Padre ha placido daros el reino (Lucas 12:32). Hacer crecer la iglesia en número no es lo mismo que cumplir la misión que se le encomendó. Y se trata de una misión muy concreta: la de predicar con nuestras vidas, con nuestros libros y con nuestra voz el mensaje de los tres ángeles al mundo, en la perspectiva de la preparación para la segunda venida de Cristo. Pensad en la misión de Noé: si en lugar de predicar su mensaje concreto e impopular hubiera organizado conciertos de música profana y meriendas en el arca, muy probablemente su "iglesia" habría crecido, ¿no os parece? Pero: ¿habría cumplido su misión? No entraron muchos en el arca. Ocho personas no es una mega ni una giga-iglesia. Sin embargo, esa fue la congregación a partir de la cual se desarrolló la iglesia de Dios posteriormente al diluvio, en el antiguo y en el nuevo testamento. No os preocupe ser la "manada pequeña". Dios no ve las cosas como el hombre las ve: cuando Noé entró en el arca era una exigua minoría; pero al salir de ella era una mayoría absoluta. Tened la paciencia de los santos y os encontraréis, no ya entre la mayoría, sino entre la unanimidad de los que adorarán por la eternidad al único Dios verdadero, cuando hayan desaparecido el engaño, el desengaño y el pecado por siempre. ¿Qué os parece si Juan Bautista, en lugar de preparar el camino para el Señor en su primera venida, se hubiera limitado a la labor encomiable de atender las necesidades sociales y físicas de los pobres y enfermos? ¿Habrían cumplido Noé y Juan su misión, si hubieran obrado así? ¿Qué os parece si Cristo, en lugar de ascender para iniciar su mediación --primero en el lugar santo y luego en el santísimo-- se hubiera quedado en esta tierra a fin de seguir aliviando las dolencias sociales y físicas de un número interminable de personas desfavorecidas? Si abandonáramos a "los huérfanos y las viudas" estaríamos ciertamente negando la fe que profesamos, pero si la labor social constituye el centro y misión del movimiento adventista y carecemos de un mensaje especial y urgente que nos diferencie del resto del mundo creyente, hemos traicionado nuestro llamado, y haríamos bien en preguntarnos si más bien que en el pueblo remanente, nuestra vida tendría más sentido militando en las filas de la Cruz Roja (organización encomiable donde las haya, pero a la que la Inspiración no ha encomendado mensaje profético alguno). Dado que está en boga la idea de adoptar una mentalidad postmoderna a fin de no perder relevancia en una civilización postmoderna, quizá sea adecuado citar brevemente los rasgos principales de dicha cultura y sociedad: Una característica principal es su desprecio por la religión, junto a un aprecio por la espiritualidad. Aun haciendo profesión de una mente científica y racional, no tiene reparos en comprender la espiritualidad en términos de irse de noche a la playa para elevar el espíritu y ponerlo en armonía con el universo, por ejemplo; o bien atribuir espiritualidad a objetos de la creación vegetal, lo que se puede traducir en dar abrazos a los árboles. Pero el rasgo fundamental quizá sea el rechazo a la verdad, a todo lo absoluto, en favor del relativismo: 'Todo ha cambiado, todo depende de quién lo observe, y del momento y el lugar desde el que se lo observe'... ¿Es así? Lo es, sólo en un análisis superficial. Ha cambiado la apariencia, lo accesorio, pero no lo esencial e importante. Por más que el hombre postmoderno quiera reclamar originalidad, sigue en pie lo dicho por el Predicador: ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará: y nada hay nuevo debajo del sol. ¿Hay algo de que se pueda decir: He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido (Ecl 1:9-10). Observad este listado breve de absolutos, y comprobaréis que NO han cambiado: • Satanás • La naturaleza del hombre • El pecado • La muerte • La salvación • La Biblia • Cristo Rechazar la verdad significa rechazar al gran "Yo soy": Jesús le dice: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí (Juan 14:6). Por cierto, el rechazo a la verdad tampoco es nada nuevo, como tampoco lo es el experimento de la iglesia emergente. La progresiva separación de la verdad y la incorporación de elementos de la "espiritualidad" de otras culturas junto a sus estilos de adoración, llevó en los siglos III y IV a la gran apostasía de la iglesia cristiana, y tuvo como resultado el nacimiento de una iglesia emergente orientada a entregar al papado la primacía espiritual y temporal. La Biblia lo llama el "hombre de pecado", el "misterio de iniquidad", y está descrito en Daniel y Apocalipsis en términos inconfundibles. Es cierto que hay un rechazo a la verdad, y eso no ha sorprendido a Dios: Vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina; antes, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus concupiscencias y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas. Pero tú vela en todo, soporta las aflicciones, haz la obra de evangelista, cumple tu ministerio (2 Tim 4:3-5). ¿Cómo os parece que vamos a cumplir nuestro "ministerio"? ¿Cómo creéis que vamos a ser más relevantes?, ¿incorporándonos a la confusión del postmodernismo, o permaneciendo firmes en la verdad y haciendo un llamado claro a que las personas abandonen esa confusión? Si consideráis improbable que ese movimiento místico emergente nos pueda afectar a nosotros, será bueno recordar que tenemos un trágico antecedente en nuestra historia denominacional. Alrededor de 1903, no sólo el doctor Kellogg, sino una parte sustancial de los dirigentes de nuestra obra que habían sido poderosos siervos de Dios con anterioridad, resultaron seducidos por el misticismo, en la que ahora conocemos como la crisis panteísta. Al misticismo de la iglesia emergente no sólo se lo puede barnizar de cristianismo. Incluso se lo puede "bautizar" con fraseología tomada de Ellen White, tal como ya pretendió hacer Kellogg en su día: Me siento impulsada a hablar negando la pretensión de que las enseñanzas de Living Temple pueden ser apoyadas por declaraciones de mis escritos (1 MS, 237). A aquella incursión del misticismo panteísta en el adventismo, Ellen White la llamó el "alfa de la apostasía", anunciando que la omega no tardaría, y sería "de una naturaleza asombrosísima" (1 MS, 231 y 237). Así pues, ¡estamos avisados! Ellen White escribió: No necesitamos el misticismo que hay en este libro (The Living Temple, de Kellogg). Los que fomentan esos engaños pronto se encontrarán en una posición donde el enemigo puede entenderse con ellos y apartarlos de Dios (1 MS, 236). Como es fácil ver, no hace falta sostener la falsa doctrina de la inmortalidad del alma para ser susceptible de quedar atrapado en el espiritismo. El diablo se ha encargado de refinar convenientemente el engaño para su diana principal: el pueblo remanente. "Hazle frente", fue la "voz autorizada" que Ellen White escuchó, junto a otras instrucciones que le "fueron dadas acerca de los errores que estaban introduciéndose entre nosotros" (1 MS, 240). No estaban introduciéndose en el mundo: "estaban introduciéndose entre nosotros". Prestemos ahora atención al misticismo y a lo que encierra. Según un resumen de definiciones encontradas en internet, el misticismo consiste en la (vana) pretensión de mantener una comunicación de carácter sensorial con Cristo o con lo divino, basada en cierto conocimiento privilegiado de Dios más allá de lo que su Palabra ha revelado; un tipo de conocimiento inasequible al intelecto, pero que se puede "sentir", "experimentar" de forma sensorial. Está relacionado con el gnosticismo: un conocimiento introspectivo de lo divino propio de los iniciados, que se considera un tipo de conocimiento (gnosis) superior a la fe. Es la parte "seréis como dioses" de la mentira satánica dicha a Adán y Eva en el Edén. En la iglesia emergente se exalta la experiencia más bien que la Palabra de Dios. Y es una experiencia de vista (2 Cor 5:7) más bien que de fe (la fe está siempre basada en la Palabra: Rom 10:17; Mat 8:8 y 10). Como el sacrificio de Caín, esa filosofía contiene un desprecio hacia la sangre derramada en el Calvario para remisión de los pecados: los iniciados no se salvan por la fe en el perdón que Dios otorga mediante el sacrificio de Cristo en la cruz, sino que se salvan mediante la gnosis, ese superior conocimiento o iluminación que se nutre en la experiencia de la oración meditativa. El centro viene a desplazarse de lo divino a lo humano. Se exalta la oración (obras) y se menosprecia la cruz (evangelio). Pablo afirmó: No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio: no en sabiduría de palabras, porque no sea hecha vana la cruz de Cristo. Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; mas a los que se salvan, es a saber, a nosotros, es potencia de Dios... Mas nosotros predicamos a Cristo crucificado, a los judíos ciertamente tropezadero, y a los gentiles locura; empero a los llamados, así judíos como griegos, Cristo potencia de Dios, y sabiduría de Dios (1 Cor 1:17-18 y 23-24). No me propuse saber algo entre vosotros, sino a Jesucristo y a este crucificado (1 Cor 2:2). A modo de ejemplo, reproduzco las tres frases destacadas por uno de los impulsores de la oración contemplativa y otras prácticas relacionadas (Rob Bell): • El problema que ocasiona la insistencia en que uno de los absolutos de la fe cristiana es la creencia de que nuestra única guía es la Escritura. Suena bien, pero no es cierto. • La Biblia es producto de la manufactura humana, no del mandato divino. • No puedo encontrar un lugar donde Jesús --o la Biblia-- enseñe que nos hemos de identificar como pecadores antes que nada y por encima de todo. Los proponentes del movimiento de la iglesia emergente se atienen a las doctrinas básicas del espiritismo, incluyendo la comunicación mística. Solemos concebir el espiritismo como la comunicación con espíritus de demonios, pero dicha comunicación no es el fin, sino el medio. El fin es inculcar la ideología satánica, que incluye: (1) Un desprecio de la Verdad, un desprecio a la Biblia como única regla de fe, como Escritura inspirada por Dios. (2) La pretendida autosuficiencia del hombre, que contendría en sí mismo energía, sabiduría y bondad infinitas en espera de ser descubiertas. Eso es así debido a su creencia de que el hombre es divino en esencia. (3) La negación de la realidad del pecado y de la situación de condenación causada por el pecado. (3) La negación de la expiación mediante la sangre derramada de Cristo como único camino de salvación. (4) El desprecio al arrepentimiento y a la negación del yo, como paso necesario por parte de quienes reciben con provecho la gracia de Dios en el don de Jesucristo. (5) Aceptación del evolucionismo (teísta o no) junto a otros "ismos", especialmente el feminismo. (6) Abandono de la centralidad de Dios (religión), en favor de la centralidad del hombre (espiritualidad). Se ha llegado a promover este cambio mediante una frase célebre del Padrenuestro, para ilustrar el cambio en el paradigma: 'Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea nuestro nombre...' (lamento incluir esa declaración de Robert Schuller en su crudeza blasfema, pero me ha parecido reveladora). Se propone una nueva definición de pecado, que ya no consiste en transgredir la ley de Dios, sino en lesionar la autoestima del ser humano y su necesidad de reconocimiento. Hasta aquí la exposición de esa amenaza formidable ante la que nos encontramos. Pero debido a la sutilidad de la misma, hermanos sinceros expresan su temor a estar flirteando con lo místico sin saberlo, en sus oraciones y meditaciones. Eso evidencia que no sólo corremos el peligro de ser seducidos por esas "doctrinas de demonios". Hay también otro peligro, y no es menor: el de desechar lo genuino por parecernos que guarda similitud con lo falso. El camino del error y el de la verdad discurren con frecuencia muy cerca el uno del otro, y hemos de ser cuidadosos en no desechar lo genuino, por parecernos que la falsificación guarda ciertas similitudes con el auténtico don de Dios. Nada en esas técnicas místicas debe desanimarnos al ejercicio de la genuina meditación y oración, tal como presenta la Biblia en innumerables ejemplos (la oración de Daniel, la de Salomón, la del propio Jesús, etc). Como hizo con todos los auténticos dones de Dios, Satanás ha pervertido también el uso adecuado de la meditación a fin de poner en comunicación a los seres humanos con su reino de tinieblas. Pero la auténtica meditación cristiana es extremadamente importante para el crecimiento en la gracia. "La meditación y la oración son necesarias para crecer en la gracia" (2 T, 183). Veamos algunos de los contrastes entre lo genuino y lo falso: En la genuina meditación cristiana los ojos de la mente se fijan en las verdades de la Biblia y se ponen en acción las capacidades de la razón. En contraste, en la meditación mística el fin buscado es vaciar la mente de todo pensamiento consciente, de manera que sea permeable a las impresiones "divinas". Significa la abolición de toda barrera consciente, dejando la mente en "punto muerto". ¡Qué magnífica oportunidad tiene Satanás para introducir entonces sus conceptos, sin ninguna evaluación crítica por nuestra parte! Es un procedimiento emparentado con el hipnotismo. La forma de llegar a ese "silencio", a esa "unidad con el universo", es mediante la "vana repetición" (Mat 6:7) de alguna palabra o nombre (bíblico, para que parezca cristiano) a modo de mantra; o centrando la imaginación en una escena (bíblica, por igual motivo), con exclusión de cualquier otro pensamiento o evaluación crítica. Es como una "mantra" de esa imagen, una fijación obstinada y repetitiva en la misma idea. La clave no es el control, sino la falta de él. En contraste, en la meditación cristiana se ejercitan al máximo las facultades de la mente consciente sin exclusión de temas relacionados, sino permitiendo y fomentando que la mente opere de la forma en que el Creador dispuso: mediante la interacción de ideas asociadas. Así, por ejemplo, cuando meditamos en un tema de la Biblia, lo hacemos examinándolo en cada una de sus apariciones en el relato de la Escritura, situándolo en el contexto del gran conflicto de los siglos, viendo qué relación tiene con el gran centro: Cristo y Cristo crucificado; viendo cómo afecta al resto de verdades bíblicas, especialmente con la que es verdad presente para nuestros días: el ministerio de Cristo en el lugar santísimo celestial para purificación del santuario en el borramiento de los pecados, juicio investigador y preparación para su segunda venida; qué implicaciones tiene para mí personalmente; qué puedo aprender sobre el carácter de Dios en ello; cómo debo reformar mi vida en vista de la nueva luz; cómo puedo compartir ese conocimiento con otros para llevarlos al Salvador, etc. En la meditación cristiana, la mente se concentra al máximo, se esfuerza y está bajo control consciente, procurando en cada momento someterse a la dirección del Espíritu Santo. Es lo que Ellen White llama la "razón santificada". En contraste, puesto que la Biblia nunca te la enseñará, la meditación mística requiere la dirección de un guía o mentor "iniciado". La genuina meditación cristiana no busca sentir, sino que busca creer: el cristiano cree, no porque sienta, sino porque Dios lo afirma en su Palabra. En la meditación mística, la mente se vacía de todo pensamiento consciente, buscando la constatación sensorial de una unidad mística con el "Ser supremo" del que (supuestamente) formamos parte. Entonces, uno ya no adora al Creador del universo, sino que pasa a adorar al universo y a uno mismo como parte de él. Es idolatría, es panteísmo, es hipnotismo y es espiritismo. Es el desarrollo de la estrategia satánica decidida en su concilio de principios del siglo XVIII. Recordad: se propuso descristianizar occidente mediante la incursión del misticismo. Y es terrible, pues la diana de ese engaño son nuestros adolescentes, nuestros jóvenes y el sistema educativo. Ellen White escribió mucho sobre los peligros de una imaginación descontrolada, pero valorad estas citas relativas al ejercicio apropiado de la meditación y de la imaginación: "Que vuestra imaginación represente la morada de los justos" (CC, 87). "En la Biblia se abre delante de la imaginación un campo ilimitado" (CN, 479). "Su mente debiera ser llenada con los relatos de la vida del Señor y su imaginación despertada con la descripción de las glorias del mundo venidero" (CN, 461). "Vemos un poco hoy, y con meditación y oración, vemos más mañana... ¡Oh, cuánto perdemos por no educar la imaginación para que se ocupe de las cosas divinas en vez de las terrenales!" (6 BCA, 1085). "Sería bueno que cada día dedicásemos una hora de reflexión a la contemplación de la vida de Cristo. Debiéramos tomarla punto por punto, y dejar que la imaginación se posesione de cada escena, especialmente de las finales" (DTG, 63). Propongo que sigamos este último consejo del Espíritu de profecía y dediquemos unos minutos a contemplar la pasión de Cristo desde el punto de vista del Padre, algo que cabe llamar el Getsemaní del Padre. En lo que sigue no hay pretensión teológica alguna. La intención es que sea simplemente una ocasión para contemplar, para meditar en el gran sacrificio de Dios en Cristo a la luz de la Escritura. "Derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito" (Zac 12:10). La "casa de David" se refiere a los dirigentes del pueblo de Dios. Los "moradores de Jerusalem" somos el resto del pueblo de Dios: los laicos. El texto nos habla del derramamiento del Espíritu Santo en dirigentes y laicos. Cuando eso suceda, estaremos en una actitud de mirar, de contemplar al Señor Jesús como Aquel a quien nuestros pecados han traspasado, y eso despertará en nosotros una profunda emoción, comparable a la de una familia en duelo por la pérdida reciente de su hijo único. ¡Habrá desaparecido nuestra tibieza! Ese es el milagro que se va a producir cuando miremos al Crucificado por nuestros pecados como implica Zacarías. ¿Qué debió significar para el Padre dar a su Hijo unigénito? Encontramos un reflejo en la experiencia de Abraham al dar a su hijo único Isaac, pero es sólo un débil reflejo, ya que Isaac no era portador del pecado, no se enfrentaba a la muerte eterna y nunca se sintió abandonado por su padre. En la página 126 de Primeros escritos vemos una gloriosa vislumbre de lo que sucedió en el cielo cuando se decidió el plan de la redención, cuando la Divinidad nos miró en su amor infinito, conmoviéndose por nuestra situación: "El cielo se entristeció al saber que el hombre estaba perdido y que el mundo creado por Dios iba a poblarse de mortales condenados a la miseria, la enfermedad y la muerte, sin remisión para el ofensor. Toda la raza de Adán debía morir. Vi entonces al amable Jesús y contemplé una expresión de simpatía y tristeza en su semblante. Luego lo vi acercarse a la deslumbradora luz que envolvía al Padre. El ángel que me acompañaba dijo: 'Está en íntimo coloquio con el Padre'. La ansiedad de los ángeles era muy viva mientras Jesús estaba conversando con su Padre. Tres veces quedó envuelto por la esplendente luz que rodeaba al Padre, y la tercera vez salió de junto al Padre, de modo que ya fue posible ver su persona. Su semblante era tranquilo, exento de perplejidad y turbación, y resplandecía de amor y benevolencia inefable. Dijo entonces a los ángeles que se había hallado un medio para salvar al hombre perdido; que él había estado intercediendo con su Padre, y había obtenido el permiso de dar su vida como rescate de la raza humana y de tomar sobre sí la sentencia de muerte a fin de que por su medio pudiese el hombre encontrar perdón" (PE, 126). Al leer esto se plantea una cuestión: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que conocen el final desde el principio, debían saber que en algún momento el pecado iba a irrumpir en la familia humana. El pecado no fue algo que sorprendiese a la Deidad. Sin embargo aquí vemos que tras haber entrado el pecado en la tierra, Jesús ruega al Padre. Hemos leído cómo informó a los ángeles de que había estado intercediendo, rogando a su Padre. Y hemos leído que no una vez ni dos, sino tres veces acudió Jesús al Padre para presentarle su petición. Si el Padre hubiese accedido la primera vez a la petición de Jesús de ser hecho el portador del pecado, ¿habría habido razón por la que debiera haber vuelto por una segunda y tercera vez? Si hubiese quedado decidido, no se habrían requerido más veces: se habría dado el informe a los ángeles después de la primera reunión. Pero aparentemente fue necesario persuadir al Padre. Jesús tuvo que insistir a fin de poder ofrecerse como sacrificio por los pecados del mundo. ¿Qué debió significar entregar a su Hijo amado, para Aquel que tiene contados cada uno de nuestros cabellos, para Aquel a quien no pasa desapercibida ni la caída de un pajarillo en tierra? El pasaje que hemos leído nos dice que cuando el pecado entró en el mundo, la dádiva de Jesús no fue algo maquinal, automático. El Padre tuvo una lucha terrible. Una lucha tan real que tras oír a su Hijo, por dos veces despidió a Jesús para quedarse solo. ¿Qué congoja pudo abrumar su corazón de amor infinito? Debió contemplar el trato que su Hijo tendría que sufrir. Debió observar toda la vida de Jesús en esta tierra dominada por un dictador despiadado: Satanás, el gran enemigo de Cristo. Debió ver a su Hijo en la encarnación, despojándose de su gloria y viniendo a hacerse un bebé indefenso a fin de ingresar en la raza humana, que es incapaz de ver el final desde el principio, donde sólo la fe permite avanzar por el largo y oscuro túnel. Debió verlo crecer y desarrollarse, pasar por la niñez y la adolescencia para llegar a la juventud y la vida adulta rodeado de ridículo, burla, desprecio y odio. Debió verlo en su relación con los padres terrenales a cuyo cuidado lo habría de encomendar. Lo debió ver aprendiendo en las rodillas de su madre la ley que él mismo proclamara anteriormente en Sinaí. Debió ver el principio del ministerio público de Jesús, su bautismo, sus cuarenta días en el desierto, sus terribles tentaciones allí, la selección de los discípulos. Debió ver cómo las personas sencillas del pueblo responderían aceptando con gozo su mensaje de salvación. Vio también la actitud de aquellos que reclamaban su condición de dirigentes espirituales, cómo finalmente arrastrarían al pueblo, y cómo su orgullo les llevaría a condenar y dar muerte a su Hijo amado en nombre de un supuesto interés general y unidad de su pueblo (Juan 11). Hasta las escenas finales, el Padre debió contemplar a su Hijo en la fortaleza del Espíritu. Durante la primera parte de la vida de Jesús y de su ministerio público, el Hijo de Dios haría frente a todo ataque de Satanás en la seguridad de que el Padre estaba con él. En esa seguridad Jesús sería como una Roca inquebrantable; saldría victorioso en cada conflicto. Pero el Padre debió entonces contemplar el Getsemaní. Sería allí donde por vez primera Jesús comenzaría a experimentar la angustia desgarradora de la separación de su Padre. Ahora el Padre contempla a su Hijo, ya no como a la Roca inquebrantable, sino como a un Ser indefenso en las manos de su enemigo despiadado y cruel. Ahora ve a su Hijo amado como al Cordero que es llevado al matadero. ¿Qué sentiríais si uno de vuestros hijos os fuera secuestrado, para ser llevado a la muerte? Terrible, sin duda, pero por tanto tiempo como pudierais mantener alguna comunicación con él, le podríais dar la seguridad de cuánto lo queréis. Pero imaginad que la comunicación queda interrumpida en el momento de su más extrema necesidad e indefensión. No sólo eso: además vuestro hijo siente que sois vosotros quienes le habéis colgado el teléfono, que lo abandonáis y lo repudiáis. Vosotros sabéis que no es así, y sentís hacia vuestro hijo el amor más profundo. Pero ¿qué piensa el niño? En Getsemaní y Calvario, ese contacto con su Padre del que tanto dependía resultó interrumpido. Para el Hijo resultaba terrible, y le hizo clamar: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" ¿Qué debió ser para el Padre? Esa debió ser la lucha del Padre en el cielo. Debió observar el momento en que su Hijo se iba a sentir totalmente abandonado, no solamente de los hombres, sino de él, su Padre; y ese pensamiento debió quebrantar su corazón. Finalmente, en el cielo, Jesús se dirige al Padre por tercera vez para rogarle. Cabe preguntarse si el Padre sintió alivio o congoja al recibir aquella tercera visita de su Hijo amado. Nuevamente Jesús ruega al Padre que le permita ser el sacrificio por tus pecados y los míos, por los pecados del mundo. Jesús ruega al Padre que le permita sufrir la muerte que te corresponde a ti y a mí, para que tú y yo no tengamos que sufrirla y podamos vivir eternamente. El Padre tiene que decidir a quién entregará. Sólo caben dos posibilidades, y son mutuamente excluyentes. ¿Entregará al mundo --te entregará a ti--? ¿O entregará a su Hijo? ¿Permitirá que Cristo se entregue por tus pecados, o dejará que te pierdas para siempre? ¿Cómo os sentiríais, si tuvieseis que abandonar a la muerte a uno de vuestros dos hijos para poder salvar la vida del otro? Acceder ahora al ruego que su Hijo le presentaba por tres veces, implicaba negarle en el Getsemaní su angustiosa petición, formulada tres veces en medio de la más terrible agonía. En el Getsemaní, el Padre vio a Jesús rogándole por tres veces no tener que beber la amarga copa de la separación de él mientras se aferraba a la tierra, como procurando amortiguar esa caída al abismo de la separación eterna del Padre y de la vida. ¿A qué podía ahora aferrarse el Padre? Ese era el Getsemaní del Padre. Finalmente se tomó la decisión: "De tal manera amó Dios al mundo, que DIO a su Hijo unigénito". Te dio, nos dio a su Hijo unigénito. No se trata de un préstamo por treinta y tres años y medio. Jesús es nuestro don por la eternidad. No es difícil imaginar al Padre y al Hijo fundidos en un abrazo eterno, el más grande en la historia del universo. Es el "consejo de paz entre ambos a dos" del que escribió Zacarías (6:13). Hasta el nacimiento de Jesús en la tierra, no debió ser una época de alegre fiesta en el cielo. ¡Cuánto habría deseado el Padre poder asegurar a su Hijo que, mientras colgase de la cruz y se sintiera totalmente abandonado, él estaría realmente allí, a su lado! ¡Cómo desearía que en esos momentos su Hijo pudiera tener la seguridad de su amor! ¿Dónde estaría entonces el Padre? El Salmo 18:4-11 es una descripción inspirada del Calvario: nos da detalles sobre Cristo y el Padre en la cruz, que no encontramos en el Nuevo Testamento. Sin duda el conocimiento de ese salmo fue un asidero para la fe de Cristo en la hora de su agonía suprema: "Me cercaron dolores de muerte, y torrentes de perversidad me atemorizaron. Dolores del sepulcro me rodearon, previniéronme lazos de muerte. En mi angustia invoqué a Jehová y clamé a mi Dios: Él oyó mi voz desde su templo, y mi clamor llegó delante de él, a sus oídos. Y la tierra fue conmovida y tembló; y moviéronse los fundamentos de los montes, y se estremecieron, porque se indignó él. Humo subió de su nariz, y de su boca consumidor fuego. Carbones fueron por él encendidos. Y bajó los cielos, y descendió; y oscuridad debajo de sus pies. Y cabalgó sobre un querubín, y voló: Voló sobre las alas del viento. Puso tinieblas por escondedero suyo, su pabellón en derredor de sí; oscuridad de aguas, nubes de los cielos". "En esa densa oscuridad se ocultaba la presencia de Dios. Él hace de las tinieblas su pabellón y oculta su gloria de los ojos humanos. Dios y sus santos ángeles estaban al lado de la cruz. El Padre estaba con su Hijo" (DTG, 702). Ciertamente "Dios estaba en Cristo, reconciliando el mundo a sí", pero la presencia del Padre estaba velada, de forma que el Hijo no podía sentirla. Había de morir la muerte de la que nos salva: una muerte en la que no hay esperanza de resurrección, sino sentimiento de abandono y condenación plenas. Sólo por la fe había de atravesar el Portador de nuestro pecado el valle de sombra de muerte. Sólo el amor supremo, no la esperanza de recompensa, podía enfrentar y superar aquella experiencia. La incursión de la iglesia emergente no debe hacernos temblar, aunque sí despertar, estudiar, orar y meditar. No es más que un falso movimiento que ha de preceder al verdadero. La hora más gloriosa para el pueblo de Dios, para su iglesia remanente, está aún en el futuro, y cada vez lo vemos más próximo: "En aquel tiempo habrá un manantial abierto para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para la purificación del pecado y de la inmundicia" (Zac 13:1). "Derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito" (Zac 12:10). "Le preguntarán: ¿Qué heridas son estas en tus manos? Y él responderá: Con ellas fui herido en casa de mis amigos" (Zac 13:6). "Invocará mi nombre, y yo le oiré, y diré: Pueblo mío; y él dirá: Jehová es mi Dios" (Zac 13:9). Jesús lleva mucho tiempo mirándonos, cuidándonos, atrayéndonos con cuerdas de amor, velando por nosotros mientras que nosotros seguimos distraídos con las cosas del mundo (Juan 12:32). Nuestro arrepentimiento, el que propiciará el derramamiento de la lluvia tardía, vendrá cuando nosotros, su iglesia, decidamos por fin mirarlo a él --a quien traspasamos-- y sintamos verdadero dolor por ello. Tras haber conocido esa experiencia, exaltaremos al Hijo de Dios como al "Deseado de todas las gentes", como al "señalado entre diez mil", "todo él codiciable", desaparecerá nuestro miedo y nuestra indiferencia, y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo para testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin. Ojalá sea pronto.