Herido en casa de sus amigos

Capítulo 8

¡Cómo me alegra el corazón!

Los diez testigos

La tarde del sábado 25 de febrero se "leyó una importante comunicación de Ellen White". Según una reseña editorial en la Review, el Testimonio "exponía con gran claridad los peligros y deberes inherentes a los tiempos en que vivimos. Se señalaba específicamente el pecado de buscar faltas y el de criticar a los demás. Nos satisface informar que esas palabras de reproche tuvieron una respuesta en los presentes, se hicieron muchas confesiones sinceras, y muchos se comprometieron ante el Señor y ante los demás a cesar de ayudar a Satanás en su obra, por haberse vuelto 'acusadores de los hermanos'"[1].

Por la tarde, al comenzar el sábado, W. W. Prescott presidió un servicio de canto que incluía dirigir personalmente el coro que había cantado para sus reuniones evangelísticas en Battle Creek tres días cada semana. La Review señaló que "los bellos y bien ejecutados himnos de ese servicio, hicieron una poderosa impresión en la congregación".

Tras el extensivo servicio de canto, A. T. Jones dio "un discurso acerca de la relación entre la ley y la justicia, mostrando su perfecta unidad y la inseparable unión de la ley y el evangelio, y cómo pasamos finalmente el examen minucioso de los diez testigos (los diez mandamientos)"[2]. Jones habló acerca de la obra de santificación en la vida, y de cómo "es la presencia de Cristo la que hace santo y santifica el lugar en el que está". Mencionó el sábado como la señal o sello de ese proceso de santificación. "Por consiguiente, ¿no estamos ahora en el tiempo del sellamiento?" -preguntó Jones-, y la congregación respondió: "Sí". Y es "mediante la justicia de Dios, que es por la fe de Jesucristo, ¿no es así? -Efectivamente… Gracias al Señor. Hay exámenes que hemos de aprobar, pero, hermanos, cuando tenemos esa justicia de Jesucristo, tenemos lo que superará cualquier examen".

Jones puso a continuación en contraste los dos grupos que se formarán en el día del Señor. Algunos dirán: "'Nosotros hemos hecho muchas obras maravillosas, las hemos hecho nosotros; nosotros estamos bien; nosotros somos justos, exactamente correctos, por lo tanto, nosotros tenemos el derecho a estar allí. Ábrenos la puerta'. Pero 'nosotros' no cuenta allí, ¿no es cierto?" La respuesta para ese grupo será: "'Apartaos de mí, obradores de iniquidad'". ¿Qué sucede con el otro grupo?, ¿qué respuesta darán?:

Habrá otra compañía en ese día, una gran multitud que nadie puede contar de entre toda nación, tribu, lengua y pueblo, dispuesta a entrar por las puertas. Y si alguien les pregunta: "¿Qué habéis hecho para entrar aquí? ¿Qué derecho tenéis a entrar?", su respuesta será:

"No he hecho nada en absoluto para merecerlo. Soy un pecador que dependo únicamente de la gracia del Señor. Era tan desgraciado, tan rematadamente cautivo; estaba en tal esclavitud, que nadie hubiese podido librarme excepto el Señor mismo; tan miserable, que todo cuanto podía hacer era tener al Señor siempre a mi lado para consolarme; tan pobre fui, que tuve que pedir constantemente al Señor; tan ciego, que sólo el Señor pudo hacerme ver; tan desnudo, que nadie pudo vestirme sino el propio Señor: Todo cuanto puedo presentar es lo que Jesús ha hecho por mí. Pero el Señor me ha amado. Cuando clamé en mi desesperación, él me libró; cuando en mi miseria busqué amparo, él me consoló sin cesar; cuando en mi pobreza le pedí, él me dio riquezas; cuando en mi ceguera le pedí que me mostrara el camino, él me llevó a todo lo largo de la senda y me hizo ver; cuando estuve tan desnudo que nadie podía vestirme, me dio este manto que llevo puesto; y así, todo cuanto puedo presentar, lo único que me permite la entrada, es nada más que lo que él hizo por mí. Si eso no es suficiente, entonces me quedaré sin entrar, y eso será justo. Si se me deja fuera, no tengo ninguna queja que hacer, pero ¿acaso eso no me calificará para poseer la heredad?"

Pero él dice: "Hay personas muy particulares aquí, que querrían estar plenamente satisfechas con cada uno de los que entran. Tenemos aquí diez examinadores. Cuando consideran el caso de alguien y dan el visto bueno, entonces puede pasar. ¿Estáis dispuestos a que examinen vuestro caso?" Entonces responderemos: "Sí, sí; ya que deseo entrar. Estoy dispuesto a someterme al examen que sea necesario, puesto que incluso si se me deja fuera no tendré queja alguna: abandonado a mí mismo estoy perdido de todas maneras".

"Está bien, llamaremos a los diez". Al llegar estos, exclaman: "Sí, estamos perfectamente satisfechos con él. La liberación que obtuvo de su desgracia es la que trajo nuestro Señor; el consuelo que siempre tuvo y que tanto necesitó, es el que dio nuestro Señor; las riquezas que posee, todo cuanto posee, pobre como era, es lo que nuestro Señor le dio; y la vista que recibió siendo ciego, es la que el Señor le dio, viendo sólo lo que es del Señor; y desnudo como estaba, esta vestidura que lleva puesta es la que el Señor le dio: el Señor la tejió, es toda ella divina. Se trata tan sólo de Cristo. Sí. ¡Que entre!"[3].

Cuando Jones llegó a este punto hacia el final de su predicación, la congregación se puso a cantar espontáneamente un himno cuya letra dice: "'Jesús pagó el precio / todo lo debo a él / el pecado había dejado una mancha carmesí / él la hizo blanca como nieve'". Jones terminó su ilustración explicando que en ese momento "por sobre las puertas se oirá una voz como el canto más dulce que se pueda imaginar, la voz llena de simpatía y compasión del Salvador, diciendo: '¡Venid, benditos de mi Padre!' (Congregación: 'Amén')".

Jones acabó su discurso alabando al Señor ante sus hermanos: "Es un Salvador completo. Es mi Salvador. Mi alma magnifica al Señor. Hermanos, mi alma se goza esta noche en el Señor. Exclamo con David: 'Venid y magnificad conmigo al Señor; exaltemos su nombre juntos'. Él ha hecho completa satisfacción; no hay nada en nuestra contra, hermanos; el camino está despejado, la vía está abierta. La justicia de Cristo satisface"[4].

El informe en la Review, una vez acabadas las reuniones del sábado, compartió el resto del relato: "Habiendo alcanzado el clímax y tras sernos descritos los benditos resultados de la obra de Cristo en nuestro favor, el sermón terminó, y la vasta asamblea, ocupando cada rincón posible del atestado tabernáculo, derivó espontáneamente en una reunión de alabanza. Los pastores se distribuyeron entre la congregación en número de treinta o cuarenta; puestos en pie, tomaron a su cargo grupos en sus respectivas localizaciones, y en toda la casa se ofrecieron cientos de testimonios de alabanza a Dios por su bondad y salvación. Ha sido una reunión como la que nuca antes se había visto en Battle Creek"[5]. Dios estaba ciertamente visitando de nuevo su pueblo en Battle Creek.

Más confesiones

La mañana del lunes 27 de febrero se leyó una porción de un Testimonio reciente de Ellen White en la reunión pastoral de las 8:30. El énfasis del consejo encajaba perfectamente con los mensajes que habían estado resonando de labios de los varios predicadores durante las semanas previas del encuentro:

El tiempo de peligro está ahora ante nosotros. No se puede hablar de él como si perteneciera al futuro. El poder de toda mente, santificado para la obra del Maestro, se debe emplear, no para obstaculizar el camino ante los mensajes que Dios envía a su pueblo, sino para trabajar unidos en la preparación de un pueblo que permanezca en pie en el gran día de Dios… Si nuestros hermanos hubieran estado libres de prejuicio y hubieran caminado humildemente, habrían estado prestos a recibir luz de la fuente que fuera, reconociendo el Espíritu de Dios y la gracia de Cristo. Serían en verdad canales de luz…

La oposición entre nuestras filas ha impuesto sobre los mensajeros del Señor una tarea ardua y probatoria del alma, ya que han debido hacer frente a dificultades y obstáculos que no debieron existir. Mientras ha tenido que realizarse esta obra en nuestro propio pueblo, a fin de disponer su voluntad para la obra de Dios en el día de su poder, la luz de la gloria de Dios no ha estado brillando en claros y nítidos rayos sobre el mundo. Se podían haber añadido a nuestros miembros miles que están ahora en las tinieblas del error. Todo el tiempo, pensamiento y labor requeridos para contrarrestar la influencia de los hermanos que se oponen al mensaje, ha significado privar al mundo del [conocimiento] de los juicios de Dios que están por sobrevenir rápidamente. El Espíritu de Dios ha estado presente con poder entre su pueblo, pero no le pudo ser otorgado debido a que no abrieron sus corazones para recibirlo.

No es la oposición del mundo lo que hemos de temer; son los elementos que obran entre nosotros mismos los que han obstaculizado el mensaje. La eficiencia de los movimientos para extender la verdad depende de la acción armoniosa de quienes profesan creerlo. El amor y la confianza constituyen una fuerza moral que habría unido nuestras iglesias y asegurado la armonía en la acción: pero la frialdad y desconfianza han traído desunión, que nos ha privado de nuestra fuerza[6].

Ellen White continuó escribiendo acerca del mensaje que Dios había dado por su Espíritu, y que debía llegar a todo lugar: "Pero la influencia desarrollada por la resistencia a la luz y la verdad en Minneapolis tendió a dejar sin efecto la luz que Dios había dado a su pueblo mediante los Testimonios". De hecho, Ellen White llegó a declarar que la edición de 1888 de El conflicto de los siglos no "tuvo la circulación que debía haber tenido, debido a que algunos que ocupan puestos de responsabilidad estaban leudados con el espíritu que prevaleció en Minneapolis". Igual que sucedió en la década de 1850, cuando se dio por vez primera el mensaje a Laodicea, Dios estaba reteniendo los cuatro vientos a fin de que el mensaje pudiera ser dado al mundo:

La obra de los que se oponen a la verdad ha estado avanzando constantemente, mientras que nosotros hemos tenido que dedicar nuestras energías en gran medida a contrarrestar la obra del enemigo entre los que estaban en nuestras filas. El estupor de algunos y la oposición de otros han limitado grandemente nuestra fuerza y medios al dedicarlos a quienes conocen la verdad pero no practican sus principios. Si cada soldado de Cristo hubiera realizado su deber, si cada centinela en Sión hubiera dado a la trompeta un sonido certero, el mundo habría oído ya ahora el mensaje de advertencia. Pero la obra lleva años de retraso. ¿Qué cuenta se habrá de rendir a Dios por retardar así la obra?

Mientras que los ángeles estaban reteniendo los cuatro vientos para que no soplaran, dando a cada uno que poseía la luz la oportunidad de hacerla brillar ante el mundo, ha habido entre nosotros influencias que claman paz y seguridad. Muchos no comprendieron que no teníamos tiempo, fuerzas ni influencia que desperdiciar mediante acciones dilatorias. Mientras los hombres dormían, Satanás nos ha estado ganando el paso, aprovechando las ventajas que se le han dado para que maneje las cosas según su propósito.

El Señor nos ha revelado que el mensaje a Laodicea se aplica a la iglesia en este tiempo, y sin embargo, cuán pocos lo aplican a ellos mismos de forma práctica. Dios ha obrado en nuestro favor; no tenemos queja alguna contra el cielo, ya que se nos han ofrecido las más ricas bendiciones, pero nuestro pueblo ha sido muy reacio en aceptarlas. Los que han sido tan obstinados y rebeldes como para no estar dispuestos a humillarse para recibir la luz de Dios enviada misericordiosamente a sus almas, quedaron tan destituidos del Espíritu Santo que el Señor no los pudo utilizar. A menos que se conviertan, esos hombres no entrarán jamás a las mansiones de los benditos[7].

Es indiscutible que se ha producido una demora en el retorno de Cristo debido a las acciones de quienes militan en nuestras filas desde el encuentro de Minneapolis. El mensaje a Laodicea se aplica ahora a la Iglesia de Dios del último tiempo incluso con mayor fuerza. Cuando el reproche de tal "indolencia y pereza se haya barrido de la iglesia, el Espíritu del Señor se manifestará misericordiosamente", declaró Ellen White, y la "tierra será alumbrada por el ángel que desciende del cielo". El Señor estaba "esperando bendecir a su pueblo", quien "reconocería la bendición cuando esta llegara, y la difundiría a otros en claros y potentes rayos de luz". Pero era sólo "mediante el Espíritu Santo de Dios derramado sobre su pueblo" como podrían darse esas cosas. El hecho triste, reflexionó Ellen White, era que "las agencias celestiales han estado esperando desde largo tiempo que los agentes humanos -los miembros de la iglesia- cooperen con ellos en la gran obra que queda por hacer. Os están esperando a vosotros".

El Bulletin recoge que, tras haberse leído la carta de Ellen White "tuvo lugar una excelente reunión de oración en la que un número de hermanos respondieron con sinceras confesiones y expresiones de determinación a marchar en unidad, en amor y en la luz acrecentada. Vino de forma remarcable el buen Espíritu del Señor, se derramaron abundantes lágrimas, y parecían brotar de cada corazón expresiones de gozo y agradecimiento"[8].

Nota 8: En la asamblea sólo se leyó una parte de esa carta de 18 páginas escrita a William Ing. Una porción extensa de la carta que no se leyó, se refería al hecho de que Uriah Smith había escrito en la Review, a mediados del año 1892, artículos refutando lo que había dicho Jones en sus sermones acerca del establecimiento de la marca de la bestia. Ellen White condenó en términos inequívocos las acciones de Uriah Smith y apoyó la obra de Jones y Waggoner, que tenía que avanzar en medio de tales circunstancias. George Knight, por otra parte, siempre dispuesto a dar una imagen negativa de Jones, sugiere que las cartas de Ellen White sólo "tendían a apoyar las tesis de Jones-Prescott" relativas a que los eventos finales se estaban cumpliendo rápidamente. Debido a que la carta de Ellen White defendía a Jones y reprendía a quienes continuaban obrando en su contra, Knight intenta invalidar ese apoyo insinuando que el "conocimiento de su testimonio [leído en la asamblea pastoral] envalentonó sin duda a Jones en su actitud y observaciones sobre Smith y sus aliados durante el encuentro"[9]. No obstante, una revisión del Bulletin no permite encontrar ni un solo ejemplo válido que apoye la suposición de Knight.

Con toda probabilidad fue allí donde hizo su largamente esperada confesión J. H. Morrison, expresidente de la Asociación de Iowa y delegado en la asamblea de la Asociación General. Morrison había tenido un papel principal en el encuentro de Minneapolis, por luchar contra el mensaje que Dios envió a su pueblo. Ellen White le había enviado Testimonios y le había hablado directamente desde aquel tiempo, pero con escasos o nulos resultados[10]. Finalmente, en noviembre de 1892 Morrison escribió una carta a Ellen White (que no se conserva), confesando al menos en parte sus errores pasados. Ellen White le respondió en una carta que llegó justo antes del inicio de la asamblea pastoral de 1893. En ella expresaba tristeza porque él hubiera estado por tanto tiempo en contra de la abundante luz, y no hubiera "reconocido la voz de Jesús" ni se hubiera sometido "a la conducción del Espíritu Santo de Dios". Ellen White le recordó que en ocasiones el Espíritu Santo le había impresionado, y se había "sentido inclinado a aceptar la verdad y la luz", pero "el orgullo y la terquedad" lo habían retenido. Ahora Ellen White le rogaba que se arrepintiera y no tomara "una posición tímida en ese asunto. A menos que tome ahora una acción decidida, a menos que el poder transformador de la verdad trabaje en su corazón y haga una obra cabal para la eternidad, caerá ciertamente en la trampa de Satanás"[11].

Durante la asamblea pastoral y la asamblea de la Asociación General, a Morrison se le recordarían continuamente los tristes resultados de la rebelión de Minneapolis y el llamado a arrepentirse por parte de ambos: los varios predicadores, y los Testimonios leídos. O. A. Olsen presidió frecuentemente las reuniones pastorales devocionales de la mañana, y "con pocas excepciones" siempre tenía algo que leer del material que Ellen White había enviado el pasado año. Posteriormente señalaría a Ellen White su alegría porque los mensajes "parecían llegar precisamente en el momento oportuno… Y jamás vi a nuestros pastores responder tan sinceramente como lo hicieron a esta instrucción y reprensión del Señor. En un buen número de sus artículos usted se refería a Minneapolis y al espíritu allí manifestado. Sí, reconsideramos Minneapolis de nuevo y muchos confesaron la parte equivocada que desempeñaron y los sentimientos a los que cedieron, tanto los que estaban presentes en aquel encuentro, como los que no lo estuvieron"[12].

C. H. Jones informó tras la asamblea acerca de hechos similares en una carta a W. C. White, quien se encontraba en Australia. Mencionó que durante las reuniones "se dio bastante prominencia" al asunto de Minneapolis; se leyeron Testimonios de Ellen White "que habían sido enviados en referencia a ese particular, y hubo muchas confesiones. Eso abrió el camino para que el Señor actuara, y obró en nuestro favor de una forma especial". Si bien C. H. Jones afirmó que él "no falló en la postura que adoptó en Minneapolis", sintió que había cometido errores igualmente graves, y sintió la necesidad de confesar sus pecados y humillarse ante Dios. La reunión que más lo conmovió fue "aquella en la que el hermano J. H. Morrison hizo confesión respecto al curso de acción que tomó en Minneapolis y que desde entonces había mantenido … Fue directo a la raíz del asunto y afectó a todos los presentes"[13].

O. A. Olsen expresó una experiencia similar en su carta a W. C. White. Mientras se leían Testimonios en las reuniones ministeriales de la mañana, "el Espíritu del Señor obró maravillosamente, y el poder convincente y convertidor de Dios se manifestó de forma prodigiosa". También para Olsen el hecho más notable e interesante de todos fue la confesión de J. H. Morrison: "He oído muchas confesiones, pero debo decir que nunca había escuchado una como esa. Aunque fue tranquila y meditada en correspondencia con su temperamento, fue la más concienzuda y profunda de cuantas haya presenciado jamás. Y no había visto nunca una congregación tan conmovida por una confesión como en ese caso"[14].

Años después A. T. Jones recordaría también la confesión de Morrison: "En justicia hacia el hermano J. H. Morrison, se le debe acreditar por la verdad y el hecho de que cierto tiempo después de haber terminado la asamblea de Minneapolis… rompió toda conexión con esa oposición y se posicionó, cuerpo, alma y espíritu, de parte de la verdad y bendición de la justicia por la fe mediante una de las mejores y más nobles confesiones que jamás oyera"[15].

Nota 14: Un año después del congreso de la Asociación General de 1893, J. H. Morrison se mudó de nuevo a Lincoln, Nebraska, donde residió el resto de su vida. Parecería que esa confesión fue genuina, y que había desechado su amargura contra el mensaje de Minneapolis. Sin embargo, pudo no haber cambiado nunca algunas de sus enraizadas opiniones doctrinales. M. L. Andreasen proporciona cierta información sobre las circunstancias de Morrison en sus últimos años. Como recién convertido que era, se concedió a Andreasen la oportunidad de asistir a las reuniones y concilios habidos en Union College, en los que Morrison estaba presente:

"Hacía sólo unos ocho años de la famosa asamblea de 1888 en Minneapolis [escrito en 1896], y dicha asamblea era tema frecuente de discusión. El anciano pastor J. H. Morrison, padre del profesor H. A. Morrison, vivía en Lincoln. Había tenido una parte destacada en las discusiones en Minneapolis y había escrito un libro al propósito. Era un perfecto representante de la antigua escuela, ortodoxo sin fisuras según la luz que él tenía. Aunque no siempre estuvo del lado correcto, estuvo siempre en lo que él creía correcto. Le gustaba discutir, y a mí me gustaba escucharlo. Sentía lástima por los que no pensaban como él, ya que era capaz de 'ponerlos en evidencia', y se complacía en hacer tal cosa. He de añadir, no obstante, que nunca hubo nada inapropiado. Desapareció la amargura de las primeras discusiones, y todos vinieron y se fueron como buenos amigos.

Fue en gran parte por la gentileza del hermano Morrison por lo que se me permitió asistir a las discusiones. Naturalmente, yo no estaba allí para opinar sino para escuchar. Y no hablé, pero aprendí mucho. De hecho, fue una escuela maravillosa. Ojalá hubiera tomado notas. Viéndolo retrospectivamente, dudo que las reuniones a las que asistí -en las que se encontraban los viejos pastores- fueran lo más recomendable para un neoconverso, a duras penas todavía un adventista. Lo calificaría como un plato fuerte. No me prestaban gran atención, sino que se sumergían directamente en temas de los que yo nada sabía. Pero pronto me puse al día, y me sorprendía la facilidad con la que discutían sobre personalidades. El pastor White parecía no contar con el afecto de la mayor parte de los veteranos que lo conocieron. Opinaban que era demasiado testarudo para trabajar en equipo…

Algunos de los dirigentes estaban esperando el día en que se produjera un cambio en la marcha de la iglesia. Pensaban que tal cambio podía suceder en Minneapolis. He oído muchas versiones respecto a lo que sucedió en Minneapolis. Algún día, si encuentro el tiempo, me gustaría contar la historia tal como la oí vuelta a contar en las reuniones de College View, por parte de quienes fueron líderes en la oposición a la hermana White. Ellos no consideraban que el mensaje de Jones y Waggoner fuera el asunto importante. El tema principal, según mis informadores, fue si se permitía que la hermana White tomara primacía sobre los hombres que llevaban la responsabilidad de la obra. Fue un intento de derribar la posición del Espíritu de profecía. Y parece que prevalecieron los que militaban en la oposición… Tal como alguien lo interpretó, la asamblea de Minneapolis fue una revuelta contra la hermana White. De ser así, eso arrojaría luz sobre la apostasía Omega"[16].

Hay que observar una vez más que tales confesiones fueron el resultado providencial de los Testimonios leídos en confirmación del llamado al arrepentimiento de Laodicea que habían estado presentando los diversos ponentes en la asamblea desde el mismo inicio de las reuniones pastorales. No fueron el resultado, tal como algunos han sugerido, de predicaciones "críticas", "mordaces" o "vehementes" por parte de A. T. Jones, sino una respuesta al llamado al arrepentimiento que hace el Testigo Fiel y Verdadero.

Nota 15: Desgraciadamente, diversos autores adventistas desde la década de 1940 han hecho alegaciones contra las presentaciones de Jones en 1893. Quizá con sinceridad, creyendo defender a la iglesia frente a acusaciones de haber fallado, o quizá debido a la amargura que desarrolló Jones en sus últimos años, esos autores parecen reinterpretar la historia fallando en representar adecuadamente la verdad de la asamblea de 1893. N. F. Pease, en la tesis para su master, en 1945, plasmó estas afirmaciones estrafalarias: "Jones fue uno de los principales oradores en la asamblea de la Asociación General que siguió [a 1888]… En 1893 fue mordaz, vehemente, casi cáustico en sus declaraciones. Unos pocos meses tras la asamblea de la Asociación, Jones recibió una carta de la Sra. White advirtiéndole en contra del peligro de las declaraciones extremadas"[17]. La carta de Ellen White que menciona Pease fue una advertencia relativa a comentarios que hizo Jones respecto a la fe y las obras, pero no en relación con la asamblea de la Asociación de 1893, y nada decía sobre un lenguaje mordaz, vehemente o cáustico.

Cuatro años después, A. W. Spalding se hizo eco de las acusaciones de Pease contra Jones, a las que añadió otras, pero sin aportar referencia ni evidencia alguna: "Los testimonios de la Sra. White de advertencia y corrección, fueron dados de forma imparcial, no sólo a quienes se oponían al mensaje, sino también al ardiente y en ocasiones crítico Jones. Así, en 1893, cuando en la asamblea de la Asociación General habló del 'Mensaje del tercer ángel', aprovechó la ocasión para ganarse la audiencia en su censura hacia los hermanos que se opusieron a él. La Sra. White escribió desde Australia, tierra a la que había sido trasladada, advirtiéndole contra el espíritu de censura"[18]. Pero habiendo revisado todas las cartas que Ellen White escribió en el período de la asamblea de 1893, es imposible encontrar evidencia de una advertencia como esa.

En 1956 el Departamento de Educación de la Asociación General publicó un libro de historia adventista: The Story of Our Church, con el propósito de enseñar un curso de un trimestre de historia adventista en las escuelas secundarias denominacionales. Desafortunadamente, el único párrafo de todo el libro que menciona la asamblea de la Asociación General de 1893, da una fecha errónea y repite las mismas afirmaciones del libro precedente de Spalding: "Tras la asamblea de la Asociación de 1893 se llegó gradualmente a la unidad; los líderes del movimiento aceptaron la reprensión de la Sra. White y confesaron su infeliz condición de mente tras la asamblea. Sus testimonios de advertencia fueron también a la otra parte. En la asamblea de la Asociación General de 1892 el pastor Jones intentó indisponer la audiencia en contra de los que se le habían opuesto. Ellen White le escribió desde Australia advirtiéndole en contra de sus actitudes críticas y sus declaraciones extremadas" (247). Tampoco en esta ocasión se aporta evidencia alguna. ¿A quién puede sorprender que los jóvenes adventistas hayan crecido entre percepciones distorsionadas de nuestra historia adventista?

El Comité de la Asociación General al que se asignó evaluar el manuscrito "1888 Rexaminado", de Robert J. Wieland and Donald K. Short, presentó en su valoración del manuscrito una visión distorsionada similar respecto al papel que desempeñaron Jones y Waggoner en varias asambleas subsecuentes de la Asociación General. En su intento por dejar de lado la evidencia que aportaba "1888 Rexaminado" a propósito de que Jones y Waggoner fueron odiados y rechazados por muchos, el comité se defendió afirmando: "Los hermanos Jones y Waggoner casi monopolizaron las horas de estudio bíblico durante años en las asambleas de la Asociación General"[19].

Arthur White expresó los mismos conceptos mediante cartas que envió desde White Estate. Respondiendo a una pregunta sobre "1888 Rexaminado", Arthur White declaró enfáticamente que Jones y Waggoner "monopolizaron las horas de estudio de la Biblia en las asambleas de la Asociación General. En un año, 1891, se registraron 17 estudios bíblicos en el General Conference Bulletin, y A.J. [sic] Waggoner dio 16 de ellos. En 1893, A. T. Jones dio 24 estudios bíblicos consecutivos, y así sucedió durante años. Puede ver, hermano Brainard, que los hermanos Wieland y Short nos han dado una visión distorsionada. La mayoría de quienes leen el manuscrito, o bien no tienen tiempo, o bien no disponen de las fuentes, y no han comprobado los datos históricos"[20]. Pero sea o no que Wieland y Short dieran una visión distorsionada, una cosa es cierta: si el hermano Brainard hubiera tenido libre acceso a las "fuentes" a las que Arthur White se refirió en 1958, con toda seguridad se habría puesto de parte de Wieland y Short, y habría llegado a una percepción mucho más veraz que la expresada por Arthur White.

D. A. Delafield, secretario asociado de Ellen G. White Estates, hizo acusaciones similares en, al menos, una de sus respuestas a una pregunta formulada en una carta: "Pobre Jones. La gente leía sus libros y oía sus sermones -que eran sobreabundantes, particularmente en nuestras grandes asambleas [de la Asociación General]- y salían jadeando al ritmo del aliento del hombre [Jones] en su amplio conocimiento y rango de ideas. Quedaban impresionados por Jones… Hablaba frecuentemente de temas que él mismo no comprendía. Así se lo indicó claramente la hermana White en su carta del 19 de mayo de 1890. Su empleo de expresiones extravagantes, el abordaje que hacía de temas que le superaban, capaz como él era, fue deplorable… Jones podría haber efectuado un buen trabajo si se hubiera dedicado a verdades simples y comprensibles del evangelio… Pero en lugar de eso, buscaba impresionar. Quería dar la apariencia de ser un gran teólogo. Y tenía destrezas como estudioso que era de la Biblia. Tenía mucha verdad preciosa, tal como la hermana White le indicó. Pero esa verdad estaba mezclada con grave error. Vea Mensajes selectos, vol. 1, p. 207-216. Allí encontrará el material que la hermana White escribió a A. T. Jones desde St. Helena, California, 19 mayo 1890"[21].

En la respuesta de Delafield hay al menos un gran problema: La carta que él aplica a A. T. Jones, referida en Mensajes selectos, fue escrita a E. R. Jones, y no a A. T. Jones, con quien nada tiene que ver. A. T. Jones recibió ciertamente una buena cantidad de consejos de parte de Ellen White, especialmente en sus últimos años, pero la confusión reinante en White Estate, quien debió mostrar mayor diligencia, no ha colaborado en presentar correctamente los hechos de nuestra historia, asamblea de la Asociación General de 1893 incluida.

N. F. Pease reiteró las acusaciones que ya hiciera contra Jones en su tesis de 1945, añadiendo incluso algunas más en su libro By Faith Alone: "La contribución más pertinente del año 1893 fue una serie de veinticuatro sermones que dio Jones en la asamblea de la Asociación General de aquel año. Esos sermones tienen hoy una importancia inmensa para el investigador, ya que revelan exactamente lo que enseñó Jones, y revelan también su actitud -por la forma en que se expresó públicamente- en relación con los temas de 1888… En 1893 era mordaz, vehemente, casi cáustico en sus pronunciamientos. Pocos meses después de la asamblea de la Asociación General, Jones recibió una carta de la Sra. White advirtiéndole en términos muy amables contra el peligro de las declaraciones extremadas… En la asamblea de la Asociación General de 1895, Jones presentó el tema, pero de forma mucho menos dogmática que en 1893"[22].

George Knight ha recogido esa misma antorcha del criticismo por cerca de treinta años, presentando a Jones en la peor luz posible, y en contra del contexto de la evidencia histórica: "Jones estaba en el punto de su mayor confianza propia en la asamblea de la Asociación General de 1893… Durante dicha asamblea dijo claramente a los que estaban resistiéndolo que él tenía [a su favor] los hechos… Un hombre que veía las cosas en términos de todo o nada, Jones no se cortó al recordar a otros que él tuvo la razón y ellos estuvieron equivocados. Ese proceder, por supuesto, distaba de ser el más diplomático a la hora de prevalecer sobre sus enemigos"[23]. Knight parece haber pasado por alto el hecho de que Jones no era sino uno más entre varios que presentaron el mensaje a Laodicea, que armonizaba con el consejo que dio Ellen White antes de las reuniones a las que continuamente contribuyó con numerosos Testimonios. Quienes se arrepintieron sinceramente en las reuniones de 1893 parecieron no saber nada acerca de ataques "vehementes" por parte de Jones, sobre los que no dijeron palabra en sus cartas de confesión.

El congreso de la Asociación General de 1893 se acerca a su final

Finalmente, el martes 18 de febrero W. W. Prescott dio su disertación final sobre el Espíritu Santo. Volvió a citar aquí la iglesia primitiva y los dones del Espíritu que sobre ella fueron derramados a fin de capacitarla para la proclamación del evangelio al mundo conocido de entonces. Esos mismos dones y bendiciones se prometieron igualmente a la iglesia del tiempo del fin. Cuando Prescott alcanzó este punto en su predicación, volvió a referirse a la demora causada por la incredulidad en nuestras propias filas:

Cuando pienso que por cuatro años hemos estado en el tiempo de la lluvia tardía, que Dios ha querido derramar su Espíritu para restaurar esos dones a fin de que su obra pueda avanzar con poder, y que él quiere que nos unamos gozosamente en la obra y cooperemos con él de todo corazón, creo que hemos sido las manos paradas y los pies que no quisieron dar un paso; y más bien que desmembrarse, el cuerpo esperó.

En consecuencia, se nos dice que estamos atrasados en años, y si algunas de las manos no hubieran permanecido inmóviles y algunos de los pies no hubieran rehusado avanzar, haciendo con ello imposible que el cuerpo avanzara sin deshacerse en pedazos, el cuerpo habría estado progresando de forma consistente estos cuatro años. Pero en lugar de arrancar un miembro y dejarlo al lado del camino -eso significa vosotros y yo-, de forma que estos cuatro años hubieran estado marcados por miembros separados y esparcidos a todo lo largo del camino; en lugar de hacer tal cosa, el Señor, en su gran misericordia, ha permitido que el cuerpo espere y de esa forma no resultemos desmembrados y abandonados a lo largo del camino. Pero ahora el cuerpo se ha puesto en marcha, y digo: Dispóngase a avanzar toda mano, todo pie, todo miembro, y el cuerpo se mantendrá en su integridad. Eso es lo que el Señor quiere que hagamos. Él va a hacerlo ahora; nos ha advertido y nos lo ha anunciado por cuatro años[24].

Nota 16: Tristemente, el optimismo de Presscott al creer que la iglesia avanzaría con el derramamiento de la lluvia tardía, no se vería cumplido en el período de su vida, y sigue hoy pendiente de cumplimiento.

La tarde del último sábado en la asamblea, A. T. Jones se referiría por última vez a la historia de Minneapolis y a los cuatro años desde que llegó como pueblo el mensaje de la justificación por la fe. Jones declaró ahora que su estudio había concluido "que la justicia de Dios sobre su pueblo es el tema, el único tema, el tema de los temas: la capacitación de su pueblo para recibir la promesa del Espíritu Santo y el derramamiento del mismo". Cuando se acepta y recibe con gozo ese mensaje, "Dios os dice a vosotros y a mí: '¡Levántate, resplandece, porque ha venido tu luz y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti!' Y cuando vosotros y yo hacemos tal como Dios nos dice, levantándonos por la fe en él, verá cómo brillamos (Congregación: 'Amén')". Pero como bien señaló Jones, todavía existía el peligro de que la justicia por la fe y los mensajes para el tiempo de la lluvia tardía pudieran continuar siendo objeto de rechazo:

Ahora, el mensaje: '¡Levántate, resplandece, porque ha venido tu luz y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti!' es cierta y distintamente el mensaje de Dios a vosotros y a mí, y a través vuestro y mío como ministros, al pueblo, desde este día en adelante, tal como fue hace cuatro años el mensaje de la justicia de Dios que es sólo por la fe en Jesucristo (Congregación: 'Amén'). Y los que actualmente rechazan ese mensaje -que es ahora el mensaje presente-, tal como rechazaron y menospreciaron el precedente hace cuatro años, están dando el paso que los dejará eternamente atrás, y que afecta de pleno a su salvación.

Dios nos dio un mensaje, y ha sido paciente con nosotros estos cuatro años a fin de que podamos recibir el que ahora es el mensaje. Los que no pueden recibir aquel mensaje, no están en disposición de recibir este por haber rechazado el precedente. Y ahora, cuando Dios da la orden especial a fin de que este mensaje sea recibido y ambos son menospreciados, ¿qué puede suceder a esos ojos que no ven? ¿Qué pueden esperar que les venga? Puesto que se nos ha llamado en diversas ocasiones durante esta asamblea pastoral y durante esta obra, se trata de un tiempo pavoroso[25].

El congreso de la Asociación General fue ciertamente un tiempo pavoroso al que la iglesia había llegado. ¿Seguiría habiendo un rechazo continuado del preciosísimo mensaje enviado del cielo? ¿O bien Laodicea reconocería su necesidad y se arrepentiría?

¡Cómo me alegra el corazón!

La asamblea de la Asociación General terminó la tarde del lunes 6 de marzo. O. A. Olsen "expresó su agradecimiento a Dios y gratitud a la asamblea por el espíritu de armonía y amor que caracterizó la sesión, afirmando que había sido la mejor convocación que hubiera presidido jamás"[26]. Al esparcirse por el país e incluso por el mundo los muchos participantes, hubo reflexiones positivas hechas en torno a la asamblea. W. A. Spicer la describió a W. C. White como una "fiesta", declarándola como siendo "en más de un sentido la asamblea más grande de todas". Spicer observó también que los estudios bíblicos reproducidos en el Bulletin "son buenos al leerlos, pero fueron aún mejores" al escucharlos en persona[27].

C. H. Jones estuvo de acuerdo, afirmando que la "asamblea fue la mejor convocación a la que jamás asistí, sin excepción alguna". Dijo a W. C. White que "tuvieron una fiesta de buenas cosas; y estuvo presente en gran medida el Espíritu del Señor". Le habría gustado que White hubiera podido estar allí para gozarse de las buenas reuniones: "Al estudiar la Biblia brillaron rayos de luz sobre las páginas sagradas, y muchas almas se gozaron en el Señor"[28].

O. A. Olsen se añadió, poniendo al corriente a W. C. White acerca de "la ocasión notable. El Espíritu del Señor estuvo presente en muy grande medida. No he visto algo así en ninguna de nuestras reuniones anteriormente"[29]. Olsen expresó una aprobación similar en una carta de veinticuatro páginas que escribió a Ellen White. En ella recordó no haber "asistido nunca a una asamblea ni a un tiempo de mayor ansiedad que los de aquel encuentro de la Asociación General". Sabía que había mucho en juego, sin embargo era plenamente consciente de que Dios "era capaz y estaba deseoso de hacer grandes cosas" por su pueblo:

Lo que más me preocupaba era que pudiéramos, de forma individual y colectiva, adoptar una actitud que nos permitiera recibir todo lo que Dios tenía para nosotros; que ocupáramos el lugar desde el que pudiéramos ser instruidos tal como él quería que sucediera. La asamblea pastoral y la de la Asociación fueron el período más remarcable de principio a final. Jamás había asistido anteriormente a un encuentro como ese. Parecía sentirse en gran medida la presencia del Señor. En diversos momentos el poder de Dios descansó sobre el pueblo de una forma muy notable. Todo se desarrolló con una armonía y unidad destacables. No obstante, hubo gran libertad en las discusiones sobre cada tema que se suscitó; verdaderamente, no creo haber asistido a un encuentro en el que se diera una perfecta libertad como aquella, sin restricciones impuestas por el agente humano, y aun así jamás conocí reunión alguna en la que hubiera una delicadeza tal hacia los sentimientos y emociones de otros, por parte de todos y cada uno de los predicadores. Ese fue un rasgo muy destacado en aquella ocasión. Al partir, los hermanos se sintieron todos por demás fortalecidos; los delegados nunca han salido de uno de nuestros encuentros con el mismo sentimiento y espíritu con el que lo hicieron en el que acaba de terminar[30].

Nota 22: Olsen no pareció percibir la actitud que los modernos historiadores le atribuyen a Jones durante sus presentaciones. Ver nota 15.

W. W. Prescott compartió también su perspectiva sobre el encuentro en una carta a Ellen White: "El Señor vino muy cerca mediante su Espíritu durante nuestra asamblea, y percibimos que se había efectuado un gran bien en favor de aquellos cuyos corazones se abrieron a recibir la luz y bendiciones de Dios". Prescott continuó afirmando que "jamás vi a los obreros salir con un grado tal de confianza en el Señor"[31].

A nivel del campo mundial también se hicieron circular informes sobre la asamblea en las diversas publicaciones. G. C. Tenney informó a los de Australia y Nueva Zelanda que "fue la maravillosa manifestación de Dios hecha patente desde el principio y creciendo en poder hasta el final. Nunca habíamos tenido el privilegio de asistir a reuniones como aquellas. El Consolador vino a convencer de pecado, de justicia y de juicio". Tenney informó acerca de que los estudios bíblicos que dieron Haskell, Jones y Prescott arrojaron "mucha luz sobre la santa Palabra", y la recepción de esa luz "incrementó el gozo en los corazones de quienes se unieron en el estudio". Tenney era consciente de que en el pasado había existido una divergencia sobre el tema de la justificación por la fe, pero ahora todos habían venido a reunirse en una visión común, "y se confesaron sentimientos equivocados con gran humildad; corazones que de alguna forma habían estado alejados, resultaron unidos con los lazos más estrechos". Tenney podía ahora declarar sin reservas: "Hemos llegado al tiempo de la lluvia tardía, y al tiempo en el que el Señor dice a su pueblo: '¡Levántate, resplandece, porque ha venido tu luz y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti!'"[32].

W. C. White se alegró a resultas de la nueva experiencia de Tenney tras su asistencia a la asamblea pastoral y a la de la Asociación. Recordó en una carta de respuesta a Tenney su propia experiencia cuando asistió a la asamblea de 1888: "Nada de lo que ha sucedido durante años me ha traído una alegría tan grande como leer lo que me ha escrito acerca de esa experiencia. Ese era el motivo, por encima de cualquier otro, por el que quisiera que asistiera a la asamblea, y fue la fe en que obtendría esa gran luz y bendición, la que me mantuvo firme en mi convicción de que regresaría para efectuar una obra mejor que nunca antes en este campo"[33].

La Sra. Peebles describió para la Review las bendiciones de la asamblea en lenguaje expresivo: "¿Qué palabras serían adecuadas para expresar la magnitud y preciosidad de lo que nos ha dado el 'Instructor de justicia según la justicia'? (traducción alternativa al margen, Joel 2:23). Vino y se sentó a nuestro lado abriendo nuestro entendimiento, tal como hizo el Santo que anduvo junto a aquellos que iban camino de Emaús, y ahora decimos con ellos: '¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino?'" Peebles se gozó por el consejo a propósito de que nuestros trapos de inmundicia debían ser "retirados, a fin de que pudiera cubrir nuestra desnudez el vestido de boda que el propio Señor había preparado -el vestido de su propia justicia-". Todo eso la llevó a exclamar: "Estamos pidiendo lluvia al Señor porque es el tiempo de la lluvia tardía, y él ha dado relámpagos y lluvia abundante, de forma que nuestras almas sedientas están realmente refrescadas; pero ¡cuán suave y silenciosamente ha caído! No vino con el estruendo del viento o del terremoto que nos hubieran sobrecogido y sorprendido, sino en un silbo apacible, hablando al alma con un susurro tal, que casi tuvimos que contener el aliento a fin de no perder una palabra"[34].

O. A. Olsen escribió más tarde para The Home Missionary que "el último congreso de la Asociación General y la asamblea pastoral con él relacionada fueron un tiempo de refrigerio de la presencia del Señor. El Espíritu del Señor descansó sobre pastores y laicos". Pero tal cosa -recordó Olsen- vino mediante la confesión del pecado: "Para muchos llegó como un reprensor del pecado. Hubo una obra consistente de renuncia al pasado y de procura de reconversión y entera consagración. Hubo confesión de pecados; muchos que habían estado en tinieblas rompieron el hechizo de Satanás y vinieron a la luz. El Espíritu de Dios testificó con su aprobación trayendo luz, paz y gozo allí donde antes hubo tinieblas y sequedad del alma"[35].

Por descontado, las noticias sobre los eventos de la asamblea, así como acerca de las confesiones que protagonizaron varios desde el tiempo de Minneapolis, llegaron a Australia, permitiendo que Ellen White las conociera. I. D. Van Horn confesó en su carta de arrepentimiento que "nunca antes había presenciado" una asamblea tal, "en la que se manifestó el Espíritu y el poder de Dios". Había llegado ahora al punto de comprender que él no era "nada; en mi propia fuerza no puedo hacer nada. Todo el poder está en Cristo, y cuando él mora en mí y me dirige, puedo obrar en todo para su gloria". Su deseo era ahora levantarse y "en el temor del Señor avanzar en la luz acrecentada del mensaje"[36].

L. T. Nicola se dio cuenta de que después de la asamblea de la Asociación de 1893, Ellen White "estuvo por cuatro o más años resueltamente a favor de los principios especiales" que habían de beneficiar la iglesia. Ahora "se gozaba en la luz" de la justicia por la fe que "había estado brillando desde aquel encuentro" de 1888[37].

Nota 29: Desgraciadamente, el arrepentimiento de Nicola no parece haber durado mucho tiempo. En junio de 1895, Ellen White reprendió a O. A. Olsen por "depender tanto de A. R. Henry, Leroy Nicola y otros que podría nombrar, quienes en una crisis se posicionarán del lado equivocado"[38].

Ellen White se gozó en las buenas nuevas, incluso si "había pasado muchas horas sin dormir durante la noche". Eran "las buenas nuevas de América las que me mantenían despierta. ¡Cómo me alegra el corazón saber que el Señor está obrando en favor de su pueblo!", dijo. Los informes de confesiones la pusieron al corriente del hecho "de que el Señor, mediante su Espíritu Santo, estaba obrando en los corazones de quienes resultaron en gran medida convencidos de su verdadera condición ante Dios"[39].

Habiendo recibido asimismo copias del Bulletin, Ellen White afirmó haber "encontrado un rico festín en su lectura" de los sermones diarios[40]. De hecho, los mensajes que se dieron fueron de una naturaleza tal, que años después Ellen White recibió "instrucción para emplear esos discursos", específicamente los de A. T. Jones, "impresos en el General Conference Bulletin de 1893 y 1897". Los discursos de Jones, declaró Ellen White, contenían "sólidos argumentos a propósito de la validez de los Testimonios, y corroboran el don de profecía entre nosotros. Se me mostró que esos artículos serían de ayuda para muchos, especialmente para los recién llegados a la fe que no han estado familiarizados con nuestra historia como pueblo. Será una bendición para usted el leer de nuevo esos argumentos a los que dio forma el Espíritu Santo"[41].

Nota 32: ¿Resulta creíble que los mensajeros celestiales que informaron a Ellen White desconocieran eso que los modernos historiadores de nuestros días están tan dispuestos a encontrar en los sermones de Jones de 1893?[42]

Notas:

  1. Reseña editorial, Review and Herald, 28 febrero 1893, 144.
  2. Reseña editorial, "Memorable Meetings", Review and Herald, 28 febrero 1893, 144.
  3. A. T. Jones, "The Third Angel's Message, No. 18", General Conference Daily Bulletin, 27 febrero 1893, 416-417; cursivas en original.
  4. Ibid., 417.
  5. Reseña editorial, "Memorable Meetings", Review and Herald, 28 febrero 1893, 144.
  6. Ellen G. White a W. Ing, Carta 77, 9 enero 1893; en General Conference Daily Bulletin, 28 febrero 1893, 419. La carta está publicada en su totalidad en 1888 Materials, 1118-1135.
  7. Ibid.
  8. Ibid., 420.
  9. From 1888 to Apostasy, 93; original sin cursivas.
  10. Ellen White a J. H. Morrison, Carta 49, 4 abril 1889; Ellen G. White a My Dear Brethren, Carta 85, abril, 1889; Ellen G. White, "Diary Entries", Manuscrito 22, octubre 1889; en 1888 Materials, 274, 277 y 468.
  11. Ellen G. White a J. H. Morrison, Carta 47, 22 diciembre 1892; en 1888 Materials, 1084-1085.
  12. O. A. Olsen a Ellen G. White, 21 marzo 1893; en Manuscripts and Memories of Minneapolis, 245.
  13. C. H. Jones a W. C. White, 30 marzo 1893; en Manuscripts and Memories of Minneapolis, 248.
  14. O. A. Olsen a W. C. White, 17 marzo 1893; en Manuscripts and Memories of Minneapolis, 242-243.
  15. A. T. Jones a Brother Holmes, 12 mayo 1921; en Manuscripts and Memories of Minneapolis, 330.
  16. M. L. Andreasen, in Virginia Steinweg, Without Fear or Favor: The Life of M. L. Andreasen, 42-44.
  17. "Justification and Righteousness by Faith in the Seventh-day Adventist Church Before 1900" [tesis de máster, no publicada, 1945], 81.
  18. Captains of the Host [Washington, D.C.: Review and Herald Pub. Assn., 1949], 598.
  19. A. V. Olson, N. W. Dunn, H. L. Rudy, A. L. White, "Further Appraisal of the Manuscript '1888 Re-Examined'" [Takoma Park, Washington, D.C.: General Conference, Sept. 1958], 5-7; en Al Hudson, compiler, A Warning and Its Reception [publicado de forma privada, n.d.], 263.
  20. Arthur L. White a F. E. Brainard, 28 agosto 1958; en Ellen G. White Estate, Question & Answer File, 16-C-1a.
  21. D. A. Delafield a L. Roy Blackburn, 11 agosto 1959; en Ellen G. White Estate Digital Resource Center.
  22. By Faith Alone [Mountain View, CA: Pacific Press Pub. Assn., 1962], 157-158 y 160.
  23. 1888 to Apostasy, 94.
  24. W. W. Prescott, "The Promise of the Holy Spirit, No. 10", General Conference Daily Bulletin, 3 marzo 1893, 463.
  25. A. T. Jones, "The Third Angel's Message, No. 22", General Conference Daily Bulletin, 7 marzo 1893, 494.
  26. "General Conference Proceedings; Twentieth Meeting", General Conference Daily Bulletin, 7 marzo 1893, 493.
  27. W. A. Spicer a W. C. White, 24 marzo 1893, Ellen G. White Estate, Loma Linda Branch Office.
  28. C. H. Jones a W. C. White, 30 marzo 1893; en Manuscripts and Memories of Minneapolis, 248.
  29. O. A. Olsen a W. C. White, 17 marzo 1893; en Manuscripts and Memories of Minneapolis, 242.
  30. O. A. Olsen a Ellen G. White, 21 marzo 1893; en Manuscript and Memories of Minneapolis, 244; original sin cursivas.
  31. W. W. Prescott a Ellen G. White, 23 marzo 1893, Ellen G. White Estate, Loma Linda Branch Office.
  32. G. C. Tenney, "The General Conference", The Bible Echo, 1 mayo 1893, 152.
  33. W. C. White a G. C. Tenney, 5 mayo 1893; en Manuscripts and Memories of Minneapolis, 257.
  34. Mrs. E. M. Peebles, "Thoughts Suggested at the Close of the Institute and Conference", Review and Herald, 21 marzo 1893, 189.
  35. O. A. Olsen, "The Year's Work and the Outlook", The Home Missionary Extra, noviembre 1893, 2.
  36. I. D. Van Horn a Ellen G. White, 9 marzo 1893; en Manuscripts and Memories of Minneapolis, 239.
  37. L. T. Nicola a Ellen G. White, 24 marzo 1893; en Manuscripts and Memories of Minneapolis, 247.
  38. Carta 65, 19 junio 1895; en 1888 Materials, 1404.
  39. Ellen G. White, "Diary", Manuscrito 80, 24 abril 1893; en 1888 Materials, 1170.
  40. Ellen G. White a S. N. Haskell, Carta 41a, 12 mayo 1893; en 1888 Materials, 1184.
  41. Ellen G. White a A. T. Jones, Carta 230, 25 julio 1908; en Manuscript Releases, vol. 9, 278; original sin cursivas.
  42. Ver nota 5 del capítulo 5.