Llegado el tiempo de la asamblea de la Asociación General de 1901, Ellen White acababa de regresar de sus diez años de exilio en Australia. Aunque el Señor había bendecido abundantemente su obra allí, en el núcleo central de la iglesia en Battle Creek los problemas no habían dejado de crecer. El día de la inauguración de la asamblea, el martes 2 de abril, después de la alocución presidencial de G. I. Irwin, se inauguró oficialmente la Conferencia. Tan pronto como Irwin le hizo la pregunta: "¿Qué desearía hacer ahora?", Ellen White pasó al frente y tomó la palabra:
Siento un interés especial en los movimientos y decisiones que se den en esta asamblea en relación con lo que debiera haberse hecho hace años, especialmente hace diez años [1891], cuando estuvimos reunidos en asamblea y el Espíritu y el poder de Dios vinieron a nuestra reunión, testificando de que Dios estaba presto para obrar en favor de su pueblo si este se ponía en orden de marcha. Los hermanos asintieron a la luz que Dios había dado, pero hubo aquellos conectados con nuestras instituciones, especialmente con la oficina de Review and Herald y con la Asociación [General], que introdujeron elementos de incredulidad, de forma que no se actuó de acuerdo con la luz dada. Se asintió a ella, pero no se hizo ningún cambio especial para propiciar esa condición de cosas que permita que el poder de Dios se revele entre nosotros como pueblo.
Entonces se me dio luz a propósito de que este pueblo debía permanecer más elevado que cualquier otro en la faz de la tierra, que debía ser un pueblo leal, un pueblo que represente correctamente la verdad. El poder santificador de la verdad revelado en sus vidas tenía que lograr que se distinguieran del mundo. Debían mantenerse en dignidad moral, teniendo una conexión tan estrecha con el cielo, que el Señor Dios de Israel pudiera darles un lugar en la tierra.
Se hizo ese mismo reconocimiento año tras año, pero no se han entretejido en la obra los principios que elevan a un pueblo. Dios les dio luz clara relativa a lo que debían hacer y a lo que no debían hacer, pero se apartaron de la luz, y me sorprende la prosperidad de la que hoy disfrutamos. Es por la gran misericordia de nuestro Dios, no por nuestra justicia; es para que su nombre no sufra la deshonra en el mundo[1].
El mensaje de la justicia por la fe, que había venido al liderazgo de la iglesia en la asamblea de la Asociación General de 1888, y que después se había venido proclamando con convicción por años en todo lugar, de ser plenamente aceptado, traería un cambio positivo a cada área de la experiencia individual y de la obra organizada de la iglesia. Una experiencia cristiana más profunda no sólo propiciaría la maduración de la comprensión teológica en la experiencia, sino que llevaría a cambios positivos en la organización, las finanzas, las publicaciones, la educación, el evangelismo, la reforma pro-salud, la obra médico-misionera, la obra pastoral y la obra de beneficencia en general. Pero mediante la introducción de elementos de incredulidad, la luz del cielo había obtenido una respuesta simplemente de asentimiento, de forma que los principios que cambian vidas no fueron entretejidos en la obra. La prosperidad y el crecimiento en membresía, así como la expansión de las instituciones, no eran indicadores válidos de que se hubiera incorporado el mensaje o el consejo dados, sino un reflejo de la gran misericordia de Dios.
Ellen White continuó sus comentarios en el congreso, refiriéndose a algunos de los problemas que aún existían en las diferentes instituciones de Battle Creek: "Que los hombres ocupen un lugar sagrado y sean como la voz de Dios para el pueblo, tal como antaño concebimos que era la Asociación General, es algo que pertenece al pasado. Reorganización es lo que queremos ahora. Queremos empezar desde los fundamentos, y edificar según un principio diferente". Pero Ellen White estaba llamando a más que simplemente una reorganización estructural. Había nuevos "principios" que debían guiar a quienes lideraban la iglesia. No obstante, los cambios no iban a tener lugar "confiando responsabilidades a hombres sobre quienes se había arrojado luz año tras año, durante diez o quince años, pero que no habían prestado atención a la luz que Dios les había dado"[2].
Nota 2: "Diez o quince años" retrotraían al congreso de la Asociación General de 1886, un tiempo en el que Ellen White había recibido mucho consejo relativo a cambios necesarios en la organización. Pero fue también un tiempo en el que Jones y Waggoner presentaron por primera vez sus conceptos sobre la justicia por la fe y el libro de Gálatas.
Durante el resto de la asamblea, Ellen White insistiría en la necesidad de ambas cosas: cambios en la estructura y cambios en la experiencia.
Tanto A. T. Jones como E. J. Waggoner describirían condiciones similares resultantes de un mero asentimiento a la luz y la verdad, que no se habían interiorizado al corazón hasta el punto de producir un cambio en la vida. En el congreso de la Asociación General de 1893 A. T. Jones había resumido la respuesta que hasta entonces había recibido el mensaje de la justicia por la fe:
Al presentarlo hace cuatro años [1888] y a partir de entonces, algunos lo aceptaron tal como fue dado y se alegraron por las nuevas de que Dios tenía justicia que sería acepta en el juicio… Otros no quisieron tener nada que ver en absoluto: lo rechazaron totalmente. Otros parecieron tomar una postura intermedia… Y así, entre la entrega y aceptación abierta, franca y sin titubeos, y el rechazo abierto y declarado, se ha ido posicionando desde entonces una franja dispersa de personas acomodaticias; y los que adoptaron esa postura de compromiso no están esta noche mejor preparados que hace cuatro años para discernir cuál es el mensaje de la justicia de Cristo[3].
Años más tarde Jones volvería a describir la respuesta de quienes sólo asintieron al mensaje: "Pero como sabe bien, la Sra. White se posicionó abierta y categóricamente a favor de la justicia por la fe; y una vez que terminó la asamblea [1888], la predicación de la justicia por la fe continuó con ella, con el hermano Waggoner y conmigo… Eso continuó durante el invierno y la primavera. Después, al llegar la estación de los encuentros campestres, colaboramos con el mensaje de la justicia por la fe y de libertad religiosa, coincidiendo a veces los tres en el mismo encuentro". El resultado de sus labores combinadas fue más que notable, pero eso no pareció traer un cambio duradero. Jones explica: "Eso apaciguó los ánimos entre el pueblo y aparentemente entre los dirigentes. Pero esto último fue sólo aparente. Jamás fue real, ya que todo el tiempo en el Comité de la Asociación General y entre otros, hubo un constante antagonismo secreto"[4].
También Waggoner se haría eco de los comentarios que hizo Ellen White en la asamblea de 1901. Escribiendo a A. G. Daniels en 1903, Waggoner recordó la condición en América durante los años en que Daniells estuvo en Australia:
Mientras tanto las cosas no estaban yendo mejor en América [década de 1890], como bien sabe … Fue debido al hecho de que si bien -tras mucha oposición- la denominación había aceptado oficialmente la luz avanzada del mensaje, no la habían llevado a la práctica. La tomaron como una de las cosas que "creemos como pueblo", pero no como algo mediante lo cual se dirige una empresa, se enseña la ciencia, etc. En la luz que el Señor había enviado, no vieron un principio que habría de resolver todo problema, reorganizar -o mejor organizar- y dar vida a toda la obra. Lo peor de todo: no aceptaron la luz en progresión del mensaje. Habiendo dado un paso, les molestó tener que continuar avanzando. Pensaron que se exponían a algo exagerado si cambiaban de una rodera a otra…
Nadie tuvo un mejor comienzo que el hermano Olsen hace catorce años a contar desde la pasada primavera [1889]. Pero no resistió la presión de la vieja guardia. Después, el hermano [Irwin] comenzó en circunstancias extraordinariamente favorables, pero su administración demostró muy pronto ser un fracaso. Sería un error pensar que el problema estuvo en el hombre; es decir, que no fueron buenos hombres. Lo cierto es que eran hombres tan buenos, y cristianos tan sinceros como el que más… Todo cuanto había en ellos de equivocado, si es que había algo, es su incapacidad para discernir el principio de verdad que podría resolver cualquier problema y solucionar cualquier situación difícil. Y así es como persistió y actuó la vieja levadura[5].
A. G. Daniells, quien sería votado como presidente en la asamblea de 1901, predicó el sermón de la tarde del domingo 14 de abril. Habló del mensaje de la justicia de Cristo que tenía que llegar al mundo a partir de los adventistas que estaban diseminados por el globo. "¡Ojalá Dios tocara nuestros labios con un carbón encendido de su altar!", proclamó Daniells, "hasta que esa justicia, la justicia de la que tanto hemos estado hablando durante los últimos diez o doce años, avance como lámpara que arde". Pero si bien se había hablado mucho de ese mensaje, Daniells temía que "de alguna forma no nos hemos aferrado a él como pudimos o debimos hacer. ¡Temo que haya sido algo demasiado teórico! Sin embargo, sé que en él hay bendito poder"[6]. Daniells continuaría expresando pensamientos similares en los años que seguirían. No se había captado el poder ilimitado del mensaje del fuerte pregón y la lluvia tardía, a pesar de que se había enfatizado el mensaje por más de una década.
La siguiente tarde, el 15 de abril, W. W. Prescott compartiría sus siempre crecientes convicciones de los tiempos trascendentales en que vivían. Se refirió a ejemplos en la historia, de los que cabía aprender lecciones. Conocedor de que "la historia se repite", Prescott presentó a partir de la luz de la Palabra de Dios "tres momentos en que un mismo conjunto de circunstancias llevaron a experiencias similares". Habló del período de tiempo inmediatamente precedente al "exilio babilónico" del pueblo de Dios, del tiempo que "precedió a la destrucción de Jerusalem" y del "tiempo actual": 1901. Cada uno de esos tres períodos de tiempo a los que se refirió, estuvo precedido por el mensaje de la justicia por la fe, por el anuncio de los nefastos resultados de rechazarlo y por los llamamientos al reconocimiento, confesión y arrepentimiento a fin de evitar los consiguientes castigos divinos. "Y nosotros nos encontramos de nuevo en esas mismas circunstancias", afirmó Prescott. La iglesia se enfrentaba a una "amenaza de destrucción. ¿Por qué? -Exactamente por la misma razón que en los tiempos antiguos: porque habían rechazado la verdad, habían rehusado el mensaje de Dios, habían dado la espalda al servicio sincero y habían aceptado la forma y la ceremonia en lugar de esa implantación de la vida de Dios en el corazón y en el alma"[7].
Prescott refirió entonces a su audiencia a la década de 1880, caracterizada por el énfasis en la ley, y les recordó que "hace trece años, en Minneapolis, Dios envió un mensaje a este pueblo para librarlo de esa experiencia". Pero al llegar al punto álgido del sermón, Prescott resumió la historia de cómo se había venido tratando siempre ese mensaje a partir de 1888, y en consecuencia, qué acciones se debían tomar en 1901:
¿Cuál ha sido la historia y la obra de este pueblo desde aquel tiempo? ¿Dónde estamos ahora respecto a ese mensaje? ¿Cuánto hemos avanzado en recibir esa verdad, no simplemente en asentir a ella, sino en recibirla realmente? Os digo que no mucho. Durante los trece años precedentes muchos han rechazado esta luz y se han vuelto contra ella, y muchos están haciendo eso mismo hoy. Digo a cada uno: "Sed cuidadosos, no vaya a venir sobre vosotros lo que los profetas predijeron: 'Mirad, menospreciadores, asombraos y desapareced'".
¿Cuál es el remedio? -El mismo que en lo antiguo, y no hay otro: el arrepentimiento hacia Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo. Cuando Juan el Bautista vino para preparar el camino del Señor bajo esas circunstancias que he mencionado, ¿cuál fue el mensaje?: "Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado". Cuando vino el propio Cristo y comenzó su obra, ¿qué dijo?: "El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado. ¡Arrepentíos y creed en el evangelio!" Cuando envió a sus discípulos -los apóstoles- como sus representantes, para continuar esa obra después de su ascensión, ¿qué predicaron?: "Arrepentíos y convertíos". ¿Qué dicen los mensajes a las iglesias? -Arrepentíos, arrepentíos, arrepentíos. ¿Cuál es el mensaje a la iglesia de Laodicea?: "Sé, pues, celoso y arrepiéntete"[8].
Sin embargo, tal como Prescott había observado durante la asamblea que ahora se acercaba a su última semana, no había tenido lugar el arrepentimiento al que Dios llamaba. ¿Estaban siguiendo en los pasos de los primeros dos ejemplos citados en las Escrituras?
No he visto, y no veo ahora en esta asamblea esa respuesta real al mensaje que Dios nos ha enviado, que pueda propiciar un resultado efectivo en su obra. Estoy dispuesto a afrontar el hecho, pero es un hecho. Afirmo que debiera venir sobre nosotros, los ministros de la palabra de Jesucristo, un espíritu de arrepentimiento como el que muchos de nosotros no hemos conocido por muchos años. En esta asamblea debiera efectuarse una obra de la que todavía no hemos visto señales. He orado vez tras vez pidiendo que Dios la lleve a cabo, pues él es el único que puede efectuarla. Digo a mis hermanos en el ministerio, tanto como a los demás: si nosotros, el pueblo de Dios, ante este tercer y último emplazamiento frente a esa experiencia que hemos visto en la Escritura; si nosotros salimos de esta asamblea sin un cambio notable y decidido que nos haga diferentes a lo que hemos sido, ¡que Dios se apiade de su pueblo y de su obra!
Quizá penséis que me estoy expresando con demasiada franqueza, pero os digo, mis hermanos, que mi alma siente un peso al respecto y debo dar el mensaje. Creo que Dios, mediante los mensajes de su palabra, de sus siervos [Ellen White], ha hablado aquí palabras que debieran hacernos estremecer. Si la palabra que ha sido aquí dada no nos hace estremecer y no nos lleva al arrepentimiento y la humildad ante Dios, ¿qué otra cosa podrá hacerlo? Pero no ha sucedido, y aquí estamos al final del segundo tercio de esta asamblea. ¿Habrá de continuar así hasta el final? ¿Habremos de regresar sin poder, sin nueva luz? ¿Habremos de vernos una y otra vez en esas mismas experiencias?[9]
Al acercarse a la conclusión de su sermón aseguró a sus hermanos en el ministerio que el mensaje era el mismo después de trece años: la justicia por la fe. Pero no como una teoría, sino como una experiencia que cambia el corazón. Así, los ajustes necesarios en la organización no iban a traer los resultados deseados si es que no incluían un cambio interior. ¿Acaso no correspondía a los pastores tomar la iniciativa?
El mensaje es así de simple: "El justo vivirá por la fe"… Tal es ahora el mensaje. Ese es el mansaje que vino a este pueblo hace trece años, y se lo ha resistido todo el tiempo como si no fuera el mensaje; pero es el mensaje. Y temo que los que han estado cerrándole los ojos todos estos largos años, no vayan a verlo ya nunca claramente. Temo que haya quienes hayan perdido el poder del discernimiento, de forma que ahora sean incapaces de conocerlo, de discernir la verdad. Ahora, ¿es posible que sean estos quienes guíen y enseñen en esta obra y a este pueblo, de forma que se sobreponga a su actual condición de confusión, oscuridad y desánimo? -Os digo que no. Dios ha de obrar. Ha de poner su poder en alguien dispuesto a recibirlo, alguien que dé un paso al frente y presente el mensaje con claridad y poder, liderando el camino de liberación de la confusión y las tinieblas.
Eso no se va a lograr mediante un sistema externo de organización. Nuestras mentes han estado muy ocupadas durante la última semana formulando planes organizativos, y mi propio sentido espiritual me ha dicho que hemos estado perdiendo terreno en la obra de organizarnos. No penséis que ha de venir mediante un cambio en los planes, mediante un cambio en la administración, mediante una nueva forma de hacer las cosas. El cambio que se necesita es un cambio completo del corazón. Cuando se dé un cambio completo en el corazón del ministerio de Dios, el poder que está ahí encerrado barrerá todas esas cosas extrañas… No radica en la forma externa y en un plan de operaciones. Eso está bien, y es necesario cambiarlo, pero si nuestras mentes se fijan en ello, la obra no se va a cumplir…
Si Dios no nos ayuda, ¿quién va a hacerlo? Y si él no nos da su Espíritu del verdadero arrepentimiento y de volvernos hacia él, ¿quién puede hacerlo? Mis hermanos en el ministerio, ¿no debiéramos marcar al pueblo el camino? Pregunto a todos los que están aquí, a cada ministro del evangelio de Jesucristo, llamado a un puesto elevado o a un puesto humilde, ¿no vamos a mostrar el camino por el que debiera ir el pueblo? ¿No es ahora el momento de atesorar nosotros mismos el mensaje de Dios, de saber que nos está hablando a nosotros, y que está esperando nuestra respuesta?[10].
Es preciso destacar la preocupación de Prescott por la implementación de cambios en la organización externa en ausencia de un cambio en el corazón. Si bien los cambios organizativos iban a ser positivos para la iglesia en los años que seguirían, nunca podían ser la respuesta a las condiciones subyacentes que estaban impidiendo el cumplimiento de las promesas de Dios. El congreso de la Asociación General de 1901 terminó una semana después, el 23 de abril. Y terminó con grandes cambios organizativos, al menos desde el punto de vista estructural.
Ellen White, quien había temido mucho por el futuro de la asamblea, declaró el último día que "jamás en mi vida había estado tan asombrada ante el giro que han dado las cosas en este encuentro. Esta no es nuestra obra. Es la obra de Dios". ¿Cómo pudo suceder? Dios envió sus ángeles para darles "mentes rectas y sosegadas. Estuvieron entre nosotros para obrar las obras de Dios, para contener los poderes de las tinieblas, para que no fuera obstaculizada la obra que Dios había dispuesto que se hiciera"[11]. Si bien la asamblea de la Asociación General de 1901 terminó con una nota de victoria, pronto se iba a ver que los cambios que Ellen White estaba realmente esperando -y de hecho, todo el cielo- no se habían producido".
Nota 12: Tal como sucedió en las asambleas de 1889 y 1891, en las que Ellen White estuvo presente, en la asamblea de la Asociación de 1901 es posible citar y esgrimir declaraciones que den la impresión de victoria y éxito completos, al tiempo que se niega toda derrota o fracaso que pueda haber traído resultados negativos duraderos[12]. Encontramos un ejemplo en el prefacio del libro de A. V. Olson, Through Crisis to Victory: 1888-1901, que afirma: "Los trece años que separan Minneapolis, 1888, de la sesión de la Asociación General de 1901, fueron en varios aspectos los años de mayor progreso del movimiento adventista hasta aquel tiempo". Si bien admite que aquellos años estuvieron "plagados de conflicto y colisiones sobre ideas organizativas y puntos de vista teológicos", el análisis final es que "fue un período en el que la Providencia pudo pronunciar la palabra victoria"[13].
Desde 1901 muchos otros autores han compartido sentimientos parecidos. No obstante, no es necesaria ninguna otra evidencia, aparte del calendario que cuelga en nuestra pared, para demostrar la falacia de esa teoría tan repetida. Si el congreso de 1901 hubiera señalado la victoria que tantos propugnan, habiéndose revertido en él los resultados negativos de la asamblea en Minneapolis e inaugurando una era en la que se aceptaría plenamente la justicia por la fe, ¿no habría regresado Cristo hace ya muchos años? Es con el propósito de responder a esas preguntas por lo que analizaremos en mayor profundidad los eventos ocurridos poco tiempo después de la asamblea de 1901. Así podremos valorar el pronunciamiento final de Ellen White relativo a su éxito o a su fracaso.
1901 visto retrospectivamente
En diciembre de 1901, Ellen White aportó un indicio de que no todo estaba bien, incluso tras los cambios hechos en el congreso de la Asociación General. Escribiendo a P. T. Magan durante sus esfuerzos tempranos por establecer el colegio de Battle Creek en Berrien Springs, Michigan, le recordó que en medio de sus esfuerzos "la mano de la providencia está preservando la maquinaria". Y es sólo cuando su mano "empiece a mover la rueda, cuando todas las cosas comenzarán a funcionar". No obstante, cuando Ellen White analizó el pasado, dejó claro que Dios no era culpable de que la rueda del progreso estuviera detenida:
Su pueblo va muy atrasado. Bajo la planificación divina los agentes humanos pueden recuperar algo de lo que se perdió debido a que los que tuvieron gran luz no manifestaron una piedad correspondiente, santificación ni celo en llevar a cabo los planes que Dios especifica. Han perdido -para su propio perjuicio- lo que podrían haber ganado en el avance de la verdad si hubieran llevado a cabo los planes y la voluntad de Dios. No hay forma en que el hombre pueda establecer un puente sobre el abismo creado por quienes no han estado siguiendo al Dirigente divino.
Podemos tener que permanecer muchos más años aquí, en este mundo, debido a la insubordinación, tal como sucedió a los hijos de Israel, pero por causa de Cristo, su pueblo no debiera añadir pecado sobre pecado, acusando a Dios de las consecuencias de su propio curso de acción equivocado [Isa. 30:1: "¡Ay de los hijos que se apartan, dice Jehová, para tomar consejo, y no de mí; para cobijarse con cubierta, y no de mi Espíritu, añadiendo pecado a pecado!"]"[14].
Ese curso de acción equivocado e insubordinación incluían mucho más que simplemente lo que había tenido lugar en la obra educativa en Battle Creek, y que Magan y otros estaban ahora intentando remediar. Incluía especialmente el curso de acción que se tomó en Minneapolis y a partir de entonces, que había afectado por años a tantas otras áreas de la obra de Dios en la iglesia. No obstante, todos esos problemas podrían haberse resuelto si se hubiera dado el arrepentimiento de Laodicea y se hubieran aceptado los auténticos remedios de Dios. Escribiendo al nuevo Comité de la Asociación General y al Consejo Médico-Misionero el verano siguiente, Ellen White expresó esos mismos pensamientos en el contexto del congreso de la Asociación General de 1901:
Se podía haber efectuado una obra maravillosa en favor de la vasta compañía reunida en Battle Creek en el congreso de la Asociación General de 1901 si los líderes de nuestra obra se hubieran comprometido ellos mismos. Si se hubiera efectuado una obra concienzuda en esa asamblea; si hubiera habido, tal como Dios dispuso que hubiera, un quebrantamiento del terreno endurecido del corazón por parte de los hombres que habían estado llevando responsabilidades; si en humildad de alma hubieran liderado la obra de confesión y arrepentimiento, dando evidencia de que recibieron los consejos y advertencias que el Señor envió para corregir sus equivocaciones, se habría producido uno de los mayores reavivamientos desde los días de Pentecostés.
Pero la obra que todo el cielo estaba esperando hacer tan pronto como los hombres despejaran el camino, quedó sin realizar debido a que los dirigentes en la obra cerraron y atrancaron la puerta para impedir la entrada del Espíritu. Hubo una detención que queda lejos de la total entrega a Dios. Corazones que hubieran podido ser purificados del error, resultaron fortalecidos en la práctica del mal. Se cerraron las puertas a la corriente celestial que habría expulsado toda la iniquidad. Los hombres dejaron inconfesos sus pecados. Se afirmaron en su mala práctica y dijeron al Espíritu de Dios: "Vete por ahora; ya te llamaré cuando me resulte conveniente".
El Señor llama ahora a que se efectúe el cuidadoso examen de uno mismo que no se hizo en el último congreso de la Asociación General, en el que él estaba esperando manifestar su misericordia. El presente es nuestro tiempo de siembra para la eternidad. A menos que nos arrepintamos de esa siembra y pidamos perdón por las equivocaciones que hemos cometido, habremos de cosechar los frutos de la mala simiente que sembramos. Aquellos que, habiéndoseles dado oportunidad para arrepentirse y reformarse, pasan sin humillar el corazón ante Dios, sin desechar aquello que él reprueba, resultarán endurecidos contra el consejo del Señor Jesús[15].
Ellen White dejó claro que si en 1901 se hubiera efectuado la obra requerida, se habría producido un arrepentimiento genuino por los errores cometidos en la década anterior, y el Espíritu Santo se habría derramado en dimensiones pentecostales. Pero por desgracia no se había efectuado esa obra.
En febrero de 1902, Uriah Smith, a quien se había vuelto a confiar la jefatura de redacción de la Review, dejó bien patente que las viejas controversias no eran asunto del pasado, y que la incredulidad se seguía proyectando en contra del mensaje de Minneapolis. Smith incluyó en la Review un artículo en tres partes de W. M. Brickey, quien cuestionó de nuevo las posiciones de Jones y Waggoner sobre la ley en Gálatas y los pactos, que eran componentes clave del mensaje de 1888 que Ellen White había apoyado[16].
Nota 16: El apoyo de Ellen White a Jones y Waggoner en sus presentaciones de la ley en Gálatas y los pactos se pueden encontrar en: Ellen G. White a Uriah Smith, Carta 59, 8, 1890 marzo, y en Ellen G. White a Uriah Smith, Carta 96, 6 junio 1896; en 1888 Materials, 604 y 1575. Para más detalles sobre el tema, ver Ron Duffield, El retorno de la lluvia tardía, vol. 1, cap. 12 al 16. Este particular episodio de 1902, con los artículos sobre Gálatas, volvería a costarle a Uriah Smith su cese como jefe de redacción.
A. G. Daniells, presidente de la Asociación General, manifestó a W. C. White que los artículos eran "tan deficientes y deshonestos como podía ser" un artículo, y que "constituían un ataque abierto y perverso al mensaje de la justicia por la fe que se presentó en Minneapolis". No comprendía cómo Smith podía "proclamar su confianza inquebrantable en el Espíritu de Profecía y rechazar el mensaje de Minneapolis" al mismo tiempo. Pero Smith no era la única causa de preocupación para Daniells, sino "toda la prole de los del antiguo pacto que están continuamente suscitando dudas e incredulidad respecto a la luz que vino en el encuentro de Minneapolis[17].
Nota 17: Eugene F. Durand escribe en su biografía de Uriah Smith: "Es obvio que las posiciones de Uriah Smith sobre la justicia por la fe y la ley en Gálatas no cambiaron en lo más mínimo a lo largo de toda su vida. Su promesa a Ellen White expresada con lágrimas en 1891, resultó ser más de lo que era capaz de cumplir. Sin embargo, no abandonó la feligresía de la iglesia tal como hicieron Jones y Waggoner, sino que permaneció como alguien en la 'oposición leal' en ese punto"[18]. Aunque la obra de Durand provee un recurso valioso en su descripción de la enorme contribución que el pionero Uriah Smith hizo a la Iglesia Adventista, su parcialidad a favor de Smith, y en ocasiones su trato despectivo hacia Jones y Waggoner, le llevó a conclusiones más bien extravagantes. Sin pretender poner en cuestión el destino eterno de Uriah Smith, la idea de que uno puede ejercer una "oposición leal" al mensaje del fuerte pregón, y que eso no dé lugar a consecuencias permanentes, nos ha dejado como pueblo en la incapacidad para reconocer los errores del pasado, y cegados a la causa de la prolongada demora en la venida de Cristo.
Ellen White respondería finalmente a la amenazante controversia de noviembre de 1902. Años antes había presentado a Smith consejo procedente del cielo, informándole de que la falta de voluntad en aceptar que la ley en Gálatas se refería a la ley moral, estuvo en la base de la oposición al mensaje tal como lo presentaron Jones y Waggoner. Esa acción había permitido a Satanás tener éxito en anular el poder de la lluvia tardía que los habría capacitado para compartir con el mundo el mensaje del fuerte pregón. Y la propia luz del mensaje del fuerte pregón había sido resistida por muchos de los hermanos, entre los que Smith tuvo un importante protagonismo[19]. No era ese el momento para reavivar antiguas controversias y convertirlas en una cuestión probatoria de pertenencia a la membresía de iglesia, especialmente en relación con un asunto que había obstaculizado ya al Espíritu Santo y demorado el retorno del Señor.
Ellen White advirtió fervientemente a los hermanos de esta forma: "Nunca se debiera presentar como verdad probatoria lo que Dios no ha dispuesto que lo sea, tal como el tema de la ley en Gálatas. Se me ha instruido acerca de que la terrible experiencia de la asamblea de la Asociación General de Minneapolis es uno de los capítulos más tristes en la historia de los creyentes en la verdad presente"[20].
Un mes después, Ellen White seguía perdiendo el sueño en la noche al llamársele la atención sobre la condición del pueblo de Dios, "tanto pastores como laicos". En un manuscrito extenso dirigido a los que estaban dedicados al ministerio, Ellen White declaró que "toda iglesia de nuestro territorio" estaba en necesidad de "confesión, arrepentimiento y conversión". A menos que eso sucediera "rápidamente", los engaños de los últimos días "los sobrecogerían", y la luz se percibiría pronto como tinieblas y las tinieblas como luz:
Dios llama a un arrepentimiento sin demora. Muchos han frivolizado por tanto tiempo con la salvación, que su colirio espiritual ha disminuido y son incapaces de distinguir entre la luz y las tinieblas. Cristo sufre la humillación en su pueblo. Desaparece el primer amor, la fe es débil, hay necesidad de una transformación profunda …
El vestido de bodas no es la justicia propia. Nuestro tremendo peligro es el fracaso en seguir la clara luz de la verdad. El mensaje a la iglesia de Laodicea revela nuestra condición como pueblo. Prestad oído a ese mensaje [se cita Apocalipsis 3:14-18].
¡Qué descripción! Cuántos son los que se encuentran en esa terrible condición. Suplico fervientemente a todo pastor, que estudie con diligencia el capítulo tres de Apocalipsis, ya que en él se presenta la condición existente en los últimos días. Estudiad cuidadosamente cada versículo de ese capítulo, ya que Jesús os está hablando mediante esas palabras.
Si hay un pueblo que se encuentre representado en el mensaje a Laodicea, es el pueblo que ha tenido gran luz, la revelación de las Escrituras que han recibido los Adventistas del Séptimo Día. En lugar de exaltar el yo al manifestar orgullo, confianza propia e importancia propia; en lugar de revelar debilidad personal de carácter al seguir siendo orgulloso, jactancioso e inconverso, el pueblo de Dios debiera reconocer su necesidad de las gracias del Espíritu de verdad y justicia[21].
Continuar en el estado laodicense sin querer arrepentirse, no significaba solamente un perjuicio para la membresía de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, sino una humillación para Cristo. Una condición como esa no podía más que continuar prolongando la gran controversia con Satanás, con todas sus acusaciones contra el gobierno de Dios. En una de las declaraciones más desgarradoras escrita por Ellen White respecto a los sentimientos de Jesús por nuestra persistente condición laodicense, afirmó con crudeza: "El chasco de Cristo es indescriptible".
Aunque Ellen White tenía un intenso deseo de ver a la iglesia "caminando en la luz, como Cristo es la luz", y oró de la forma más ferviente por los hermanos a tal fin, no dejó de reconocer "que la luz que Dios me ha dado no es favorable a nuestros pastores o a nuestras iglesias". Tales actitudes respecto a la obra que Dios le había encomendado revelaron que en el congreso de 1901 no se habían dado los cambios requeridos. Ahora manifestaba no tener deseo de asistir a la siguiente asamblea de la Asociación General, prevista para marzo de 1903:
Mis hermanos, siento una gran pena de corazón. No volveré a comparecer de nuevo ante vosotros en nuestras asambleas generales a menos que el Espíritu de Dios me impresione a hacer tal cosa. El último congreso de la Asociación General al que asistí [1901] os dio toda la evidencia que jamás vais a tener en cualquier encuentro que se pueda convocar. Si esa asamblea no os convenció de que Dios está obrando mediante su Espíritu Santo a través de su sierva humilde, es porque el candelero ha sido retirado de su lugar. Tras la última asamblea de la Asociación General esperé que hubiera un cambio en el corazón, pero durante ese encuentro no se realizó la obra requerido para que pudiera venir el poder de Dios, ni se ha realizado con posterioridad. Dios está llamando a la puerta del corazón, pero hasta ahora no se le ha abierto para que entre y tome plena posesión del templo del alma[22].
En consecuencia, dos años después del congreso de la Asociación General de 1901, la obra que debió efectuarse en los corazones estaba aún pendiente de realizarse, debido primariamente a la reticencia a prestar oído al consejo del Testigo Fiel que llamaba al arrepentimiento a través de sus Testimonios. Dos semanas después, el 5 de enero, Ellen White fue de nuevo impresionada a reconocer la enormidad de tales condiciones, esta vez mediante un sueño que tuvo mientras estaba escribiendo sobre la reforma frustrada, posteriormente a la asamblea de la Asociación General de 1901:
En una ocasión estaba escribiendo hacia el mediodía acerca de la obra que debió haberse efectuado en el último congreso de la Asociación General si los hombres en puestos de responsabilidad hubieran seguido la voluntad y los caminos de Dios. Aquellos que tuvieron gran luz no han caminado en ella. No se humillaron ante el Señor tal como debieron hacerlo, y no se impartió el Espíritu Santo. Habiendo escrito hasta este punto, perdí la conciencia y me pareció estar contemplando una escena en Battle Creek.
Estábamos reunidos en el auditorio del tabernáculo. Se elevó una oración, se cantó un himno y se oró de nuevo. Se hicieron súplicas fervientes a Dios. La reunión estuvo marcada por la presencia del Espíritu Santo. La obra avanzó en profundidad, y algunos de los presentes lloraban en voz alta.
Uno se levantó desde su posición postrada y dijo que en el pasado no había estado unido con algunos otros y que no había sentido amor hacia ellos, pero que ahora se veía tal como era. Repitió con gran solemnidad el mensaje a Laodicea: "'Tú dices: Yo soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad'. Esa es exactamente la forma en que me sentía en mi autosuficiencia", dijo. "'Pero no sabes que eres desventurado, miserable, pobre, ciego y estás desnudo'. Ahora veo que esa es mi condición. Se me han abierto los ojos. Mi espíritu ha sido duro e injusto. Me creí recto, pero mi corazón está quebrantado y veo mi necesidad del precioso consejo de Aquel que me ha estado buscando sin cesar. ¿Cuán llenas de gracia, compasión y amor están las palabras: 'Te aconsejo que compres de mí oro refinado en el fuego para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez. Y unge tus ojos con colirio para que veas'" Apocalipsis 3:17-18.
El predicador se dirigió a los que habían estado orando, y dijo: "Tenemos algo que hacer. Debemos confesar nuestros pecados y humillar nuestros corazones ante Dios". Hizo confesiones de todo corazón y se dirigió hacia varios de los hermanos, uno después de otro, y extendió su mano pidiendo perdón. Aquellos con quienes habló se pusieron en pie, confesando y pidiendo perdón, y se abrazaron llorando. El espíritu de confesión se extendió por toda la congregación. Fue un tiempo pentecostal. Se cantaron alabanzas a Dios y la obra siguió hasta tarde en la noche, cerca del amanecer[23].
Es indudable que Ellen White tuvo una alegría inenarrable al contemplar aquella escena a medida que avanzaban las confesiones: "Nadie parecía ser tan orgulloso que no pudiera hacer una confesión sincera, y los que lideraban en esta obra eran los que tenían influencia, pero que anteriormente no habían tenido valentía para confesar sus pecados. Hubo alegría como la que jamás se había conocido en el tabernáculo". Cuando Ellen White salió de su inconsciencia, por un breve tiempo no podía saber dónde se encontraba. La pluma estaba todavía en su mano. Entonces se pronunciaron las palabras: "'Esto es lo que pudo haber sido. Todo esto quería hacer el Señor por su pueblo. Todo el cielo esperaba manifestar su clemencia'". Ellen White "pensó en dónde podríamos estar si se hubiera hecho una obra cabal en la última [1901] asamblea de la Asociación General, y se cernieron sobre mí la agonía y el chasco al comprender que lo que había presenciado no era una realidad"[24].
Nota 23: Es evidente que Ellen White no consideró 1901 como una gran victoria. Uno está en su derecho a preguntarse cómo pudo A. V. Olson escribir un libro y titularlo Through Crisis to Victory: 1888 to 1901[25]. A decir verdad, el libro se publicó en 1966, pero A. V. Olson había muerto tres años antes, en 1963, momento en el que el libro pasó a depender de Ellen G. White Estate Board, del que A. L. White era secretario. Es posible que no fuera Olson quien le puso el título al libro.
Dos semanas después Ellen White escribió al juez Jesse Arthur, un hombre que estaba poco familiarizado con el don de profecía que ella ejercía. En su esfuerzo por evitar que fuese seducido por los que cuestionaban aquel don, Ellen White le presentó la evidencia acerca de cómo Dios la había estado sosteniendo en su obra:
Su poder estuvo conmigo todo el tiempo en el último congreso de la Asociación General. Si los hombres en puestos de responsabilidad hubieran sentido la cuarta parte de la carga que pesaba sobre mí, habría habido confesión sincera y arrepentimiento. El Espíritu Santo habría efectuado una obra como la que nunca se vio en Battle Creek. Están sin excusa los que en aquella ocasión oyeron mi mensaje y rehusaron humillar sus corazones ante Dios. Nunca recibirán mayor evidencia.
El resultado del último congreso de la Asociación General ha sido la mayor y más terrible pena de mi vida. No se hizo cambio alguno. El espíritu que debió haber venido a toda la obra como resultado de aquel encuentro, no vino debido a que los hombres no recibieron los testimonios del Espíritu de Dios. Al salir hacia sus respectivos campos de labor no caminaron en la luz que el Señor había hecho brillar en su camino, sino que llevaron a su obra los principios erróneos que habían estado prevaleciendo en la obra en Battle Creek.
El Señor ha tomado nota de cada movimiento efectuado por los dirigentes de nuestras instituciones y asociaciones. Es peligroso rechazar la luz que Dios envía. A Corazín y Betsaida se les habían ofrecido gratuitamente las más ricas bendiciones celestiales… pero rehusaron el Don celestial… Así, hoy se pronuncia un ay celestial sobre aquellos que han tenido luz y evidencia, pero que han rehusado escuchar las advertencias y ruegos del Señor[26].
Evidentemente, Ellen White no estaba refiriéndose a cambios estructurales en la organización, que sí tuvieron lugar en 1901. Estaba hablando del "espíritu que debió haber venido a toda la obra".
El 18 de febrero de 1902, el edificio principal del sanatorio de Battle Creek -el hospital- ardió devastado por el fuego. Diez meses después, el 30 de diciembre de 1902, Review and Herald corrió la misma suerte. En contra de sus sentimientos precedentes, Ellen White fue movida a asistir al congreso de la Asociación General que tendría lugar unos pocos meses después en Oakland, California. Estando allí, una noche se le llamó la atención a la historia de Josías, que le fue presentado a modo de lección a la cual "debía llamar la atención de la asamblea". En consecuencia, el 1 de abril de 1903 compartió tales pensamientos ante la asamblea de la Asociación General.
El rey Josías fue fiel al Dios de Israel. "No repitió el pecado de su padre caminando en la senda de la injusticia", afirmó Ellen White. Eligió no caminar en los errores de sus antepasados, sino por el contrario, restaurar la adoración a Dios. Cuando Josías encontró el libro de la ley (Deuteronomio) y leyó por vez primera las bendiciones y las maldiciones, rasgó sus vestiduras, comprendiendo que Israel había andado por siglos contrariamente a los mandamientos de Dios. Se dio cuenta de que los pecados acumulados de la nación estaban a punto de traer los rápidos juicios de Dios. A medida que Ellen White continuaba compartiendo aquella historia con los reunidos en la asamblea, trazó paralelismos con el adventismo de sus días:
Cuando en el pasado [Josías] vio la idolatría y la impiedad existente entre ellos, se preocupó mucho. Al leer en el libro de la ley el castigo que inexorablemente seguiría a aquellas prácticas, embargó su corazón una gran congoja. Nunca antes había comprendido tan claramente el aborrecimiento de Dios hacia el pecado…
El rey no dejó pasar el asunto como si tuviera una importancia menor. Dio la orden a los sacerdotes y al resto de hombres en el oficio sagrado: "Id y preguntad a Jehová por mí, por el pueblo y por todo Judá, acerca de las palabras de este libro que se ha hallado, ya que es grande la ira de Jehová que se ha encendido contra nosotros, por cuanto nuestros padres no escucharon las palabras de este libro y no han obrado conforme a todo lo que en él está escrito". Josías no dijo: "No sabía nada sobre ese libro. Se trata de preceptos anticuados; los tiempos han cambiado". Señaló a hombres para investigar el asunto, los cuales acudieron a Hulda, la profetisa…
Dios está observando hoy a su pueblo. Cuando él barre nuestro sanatorio y nuestra casa publicadora, debiéramos investigar lo que quiere decirnos. No sigamos como si no hubiera nada equivocado. El rey Josías rasgó sus vestiduras y rasgó su corazón. Lloró y se lamentó por no haber dispuesto del libro de la ley y por desconocer los castigos que amenazaban. Dios quiere que recuperemos la sensatez. Quiere que recapacitemos en el significado de las calamidades que nos han sobrecogido, a fin de que no sigamos en las pisadas de Israel y digamos: "¡Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este!"[27].
Ellen White continuó aplicando el siguiente consejo a la obra que debió haberse realizado en la asamblea precedente de la Asociación General de 1901, y que seguía pendiente de realización:
Se necesita una reforma en cada una de nuestras instituciones. Tal es el mensaje que llevé al congreso de la Asociación General como palabra del Señor. En aquella asamblea llevé una pesada carga, y la he venido llevando desde entonces. En aquel congreso no ganamos la victoria que pudimos haber ganado. ¿Por qué? -Porque muy pocos siguieron el curso de acción de Josías. Hubo en la asamblea quienes no vieron la obra que era necesario hacer. Si hubieran confesado sus pecados, si hubieran hecho un cambio, si se hubieran colocado en terreno ventajoso, el poder de Dios habría venido a la reunión y hubiéramos podido tener un tiempo pentecostal.
El Señor me ha mostrado lo que pudo haber sido si se hubiera efectuado la obra requerida. En la noche me encontré en una reunión en la que el hermano confesaba al hermano. Los presentes se abrazaron e hicieron confesiones emotivas. Se revelaron el Espíritu y el poder de Dios. Nadie parecía ser demasiado orgulloso como para inclinarse ante Dios en humildad y contrición. Los que lideraban en esa obra eran los que con anterioridad no habían tenido la valentía para confesar sus pecados. Eso pudo haber sucedido. El Señor estaba deseando hacer todo eso por su pueblo. Todo el cielo estaba deseoso de manifestar clemencia[28].
Poco tiempo después que el fuego hubiera destruido la oficina de Review and Herald, se publicó en la Review un artículo de Ellen White "en el que se afirmaba claramente que la destrucción por el fuego del sanatorio y de la oficina de la Review era una visitación de Dios causada por la desviación persistente de sus caminos y por el fracaso en actuar según la advertencia e instrucción que se había dado por muchos años mediante el Espíritu de Profecía"[29]. Ellen White suplicó a los de Battle Creek que habían "resistido la luz y la evidencia, rehusando prestar oído a las advertencias de Dios", que vieran en la "destrucción de la sede de la Review and Herald un llamado de Dios hacia ellos, a fin de que se volvieran a él con un corazón plenamente dispuesto"[30]. Sin embargo, poco tiempo después del congreso de la Asociación General de 1903, en una "reunión de los accionistas de la Review and Herald, se reiteró ante una audiencia pública la declaración de que aquellos incendios no eran juicios de Dios"[31].
Al poco tiempo de la citada reunión, W. W. Prescott se dirigió a una gran audiencia en un encuentro en el tabernáculo de Battle Creek el sábado 9 de mayo. Llevó la atención de aquella audiencia adventista al libro de Jeremías, "tratando de la experiencia relacionada con la destrucción y derrocamiento de Jerusalem, en la esperanza de que podamos comprender correctamente la causa real de esa destrucción y de la cautividad del pueblo". Cuando Prescott alcanzó el punto central de su mensaje, recordó a sus oyentes el trato de Dios con su pueblo desde la asamblea de Minneapolis:
Los que están familiarizados con las circunstancias de nuestra obra e instituciones aquí, especialmente en los últimos diez o quince años, no necesitan que se les recuerden las muchas palabras de advertencia e instrucción que el Señor nos ha enviado mediante su portavoz escogida, hasta que ha caído sobre nosotros el juicio de Dios por nuestro fallo en obedecer, y es totalmente inútil -o peor que inútil- que procuremos esconder tal cosa de nuestros propios ojos o de los ojos del mundo. Aquello que pudimos haber evitado dando oído a las palabras de instrucción, ha venido ahora a resultar para nosotros una calamidad pública, y a pesar de todo ello se siguen levantando voces afirmando que no se trata de un juicio sobre nosotros. Para quienes temen a Dios, es ahora tiempo de responder a su instrucción, advertencia y consejo [voces: 'Amén']. Creo que es tiempo para que el pueblo de Dios se levante y responda que cree en el Señor su Dios, incluso cuando lo visita con sus juicios. Creo que es tiempo de que este pueblo y esta iglesia, de una forma pública y abierta, tome posición en respuesta a esas palabras de instrucción y advertencia, y reconozca ante Dios y el mundo que el Señor nos ha visitado con sus juicios, y que nosotros nos arrepentimos y nos volvemos a él[32].
Las actitudes y acciones de quienes habían rechazado el mensaje de Minneapolis en la década precedente habían tenido un efecto debilitante en el éxito de la iglesia, prácticamente en cada una de sus capacidades. El peor mal había resultado de su desprecio hacia el consejo enviado del cielo, que afectó a cada aspecto de la vida y responsabilidad eclesiástica debido a la creciente incredulidad en el Espíritu de Profecía tras la rebelión de Minneapolis. Una cosa era cierta: aunque en el congreso de la Asociación General de 1901 se habían realizado grandes cambios en la estructura organizativa -cambios que perduran hasta el día de hoy-, no tuvo lugar la experiencia del arrepentimiento de Laodicea y la lluvia tardía. Hacia 1903 amenazaban a la iglesia toda clase de desafíos. Desgraciadamente, los dos mensajeros de Minneapolis, Jones y Waggoner, saldrían pronto de la iglesia, en gran parte debido a la constante oposición a la que hubieron de hacer frente desde 1886. Tristemente, ambos habían sido captados por el disidente Kellogg. Hacia 1899 Waggoner había aceptado ideas panteístas de Kellogg, y Jones se había adherido a éste en su rebelión contra la iglesia organizada hacia 1905; ambos dejaron de escuchar el consejo del Espíritu de Profecía mediante Ellen White.
Nota 31: Algunos echarán en falta que no proporcionemos más información acerca de la caída de Jones y Waggoner. Planeamos hacerlo en gran detalle en la serie El retorno de la lluvia tardía. No obstante, para el propósito general de este libro, los fracasos de Jones y Waggoner no alteran el llamado al arrepentimiento dirigido hoy a nosotros: a Laodicea.
Hasta el propio Prescott, quien había trabajado tan poderosamente en la década de 1890, comenzó a cuestionar la validez del don de Ellen White poco antes de su muerte[33]. Ellen White pasaría al descanso en 1915 sin poder vivir para ver la segunda venida que por tanto tiempo había esperado, y en lugar de ello, viendo cómo se había malogrado y finalmente retirado la lluvia tardía.
Notas: