La Palabra se Hizo Carne

Capítulo 23

¿Cómo Podríamos Entenderlo?

¿Cómo podemos entender lo que sucedió en la década del 50? Los elementos de la experiencia han sido informados por tantos participantes que podemos sentirnos relativamente seguros al reconstruir una línea de eventos como la siguiente:

1.- Donald Grey Barnhouse, Editor de Eternity, una revista para ministros protestantes evangélicos, coopera con un joven estudioso, Walter Martin, el cual está estudiando las "sectas" Americanas. Algunos de los descubrimientos de Martin fueron impresos en Eternity.

2.- El Dr. Barnhouse presenta un sermón por la radio, el cual es escuchado por un ministro Adventista del Séptimo Día, T. E. Unruh. Unruh le escribió una carta a Barnhouse con sus apreciaciones.

3.- Acordándose de la existencia de los Adventistas del Séptimo Día a través de la carta, Barnhouse le sugiere a Martin que este grupo podría ser el próximo asunto de su investigación.

4.- Martin se aproxima a los líderes de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en Washington, D.C., y les solicita su cooperación. Después de algunas indecisiones, la solicitación es aceptada.

5.- Una extensa serie de conversaciones y comparaciones de puntos de vista entre Martin y un pequeño grupo de Adventistas finalmente dan como resultado que él concluye que los Adventistas del Séptimo Día no son una "secta".

6.- Una de las mayores influencias que lo llevó a esta conclusión es la seguridad que le dio el grupo Adventista de que la Iglesia Adventista del Séptimo Día, fuera de una minoría pobremente informada, siempre han creído, así como lo creen Martin y sus colegas evangélicos, que el Señor Jesús Cristo había venido a esta tierra en la naturaleza no caída de Adán. La evidencia suplida a Martin está en el documento que nosotros hemos examinado en la Sección Cuatro y que encontramos grandemente errado. ¿Cómo pudo suceder esto?

Preguntémonos resueltamente a nosotros mismos y consideremos sin acobardarnos, todas las posibilidades:

1.- El grupo Adventista y Walter Martin fueron igualmente personas deshonestas, las cuales colaboraron deliberadamente para engañar al mundo.

Esto sería contrario a todo lo que conocemos de ellos. La hoja de servicio de Walter Martin ciertamente no apoya ninguna de estas acusaciones. Y aquellos de nosotros que estamos familiarizados con la devoción de las vidas de los Adventistas a la causa de Dios, encontramos esta conclusión totalmente inaceptable. Podemos citar en este punto (aun cuando algunos, queriendo confabular, pudiesen rechazar esta evidencia) que hasta hoy Martin ha permanecido convencido de la sinceridad e integridad de los Adventistas, así como ellos han permanecidos convencidos de la de él.

2.- Si los Adventistas eran deshonestos y Martin fue honesto; o si Martin fue deshonesto y los Adventistas fueron honestos.

Aquí tenemos que reconocer que estamos andando sobre un campo minado. Los sofocantes resentimientos de las décadas pasadas están queriendo estallar en nuevas explosiones, a medida que personas a ambos lados deciden el asunto en armonía con sus conceptos previos o sus conceptos errados.

Somos compelidos a reconocer que tanto la comunidad de los Adventistas del Séptimo Día y la comunidad de los evangélicos Protestantes se han mirado durante largo tiempo con ojos sospechosos, y sería mejor describir eso como la declaración incompleta más destacada de este libro. ¿Somos capaces de enfrentar los hechos sin acobardarnos? Muchos evangélicos Protestantes han mirado a los Adventistas del Séptimo Día como deshonestos, por razones que voy a dejar que ellos coloquen (pero que no les concedo validez). Y por otro lado, muchos Adventistas del Séptimo Día han mirado a los evangélicos Protestantes como deshonestos, por razones que yo estoy plenamente apto a colocar. Tengo un cajón lleno de papeles, panfletos, y libros que han sido escritos y han circulado, acerca de los Adventistas, efectuados por Evangélicos, los cuales están literalmente llenos de grandes declaraciones erradas encuanto a los hechos, sin exceptuar la falsa alegación de que nosotros, Adventistas del Séptimo Día, creemos que Satanás es nuestro Salvador.

Es dudoso que una investigación razonable acerca de la naturaleza del problema que tenemos por delante, sería posible si permitimos que estas antiguos mal entendidos y prejuicios sean revividos. ¿Y no tenemos que conceder que preguntas relacionadas con la sinceridad e integridad de los corazones humanos están mucho más allá de los juicios humanos? ¿No sería mejor que nos preocupásemos con la obra de las manos de los hombres, y dejásemos el juicio de los corazones humanos con el Señor? Podemos considerar en este punto el consejo del escritor adventista, F. D. Nichol, quien nos pidió que recordásemos que los hombres pueden actuar con sinceridad ante proposiciones absurdas; y el consejo de Ellen White, que nos urge a que nosotros siempre asumamos que aquellos que no concuerdan con nosotros son sinceros en sus creencias. La tercera posibilidad sería este:

3.- Los miembros del grupo Adventista no estaban tan bien informados acerca de la historia de su propia iglesia como debieran haberlo estado, y Walter Martin no era tan cuidadoso en relación al examen primario de fuentes, como debiera haber sido.

Esta parece ser la más aceptable y defendible explicación de lo que sucedió. Cuando consideramos el papel que desempeñó el grupo Adventista, descubrimos que el término plural es extremamente adecuado.

Está quedando cada vez más claro que el arreglo de evidencia fue hecho más bien por una persona, el Dr. L. E. Froom, y que las otras simplemente publicaron sus descubrimientos y se los dieron a Martin y al mundo. Su explicación puede ser que debido a las grandes responsabilidades que ellos estaban soportando, no tuvieron tiempo para actividades extensivas de investigación. De cualquier manera, verificaciones efectivas y contra investigaciones en relación al descubrimiento, selección, y arreglo de materiales estaba obviamente faltando.

El Dr. Froom, es igualmente evidente, no eran tan experto en historia de la teología de la Iglesia Adventista del Séptimo Día como de historia de la teología Europea. Nuevamente, podemos alegar que la investigación masiva que él estaba efectuando en historia teológica Europea, lo cual resultó en su monumental obra, La Fe Profética de Nuestros Padres, y La Fe Condicional de Nuestros Padres, no le dejó tiempo suficiente como para que hiciese un examen detallado de los registros históricos de los Adventistas del Séptimo Día.

Así, unos pocos ítems que salieron a la luz fueron rápidamente transformados en una declaración que no reflejó una advertencia de la existencia total de la evidencia.

En relación al Dr. Martin, no parece ser que él haya efectuado una investigación personal suficientemente cuidadosa del material de la fuente primaria pertinente, o que la actitud crítica apropiada que un estudioso cuidadoso tiene que asumir en relación a todos los arreglos de evidencia que estaban presentes en este caso. Recordemos que la declaración colocada por Froom y sus compañeros fue completamente histórica en su naturaleza, y consistió enteramente de interpretaciones de declaraciones de Ellen White. Pareciera ser que si el Dr. Martin hubiese examinado sistemáticamente estas declaraciones en su contexto original, seguramente él habría tenido dudas en relación a irregularidades de procedimientos, y si él hubiera investigado completamente todas las declaraciones que Ellen White había publicado en libros y artículos en revistas acerca de la humanidad de Jesús, él no habría podido escapar a la conclusión a la cual ella había llegado, con gran convicción, de que Jesús Cristo vino a esta tierra en la naturaleza humana caída del hombre, y enfáticamente no en la naturaleza no caída de Adán.

Al llegar a esta conclusión, tenemos que no ser críticos de ninguno de los motivos. Si los Adventistas estaban motivados por un deseo de mejorar las relaciones entre la iglesia Adventista del Séptimo Día y otras iglesias, no podemos culparlos por eso. Y si Walter Martin estaba motivado por un deseo de mover a la iglesia Adventista del Séptimo Día a una posición teológica que él creía que era la correcta, no podemos culparlo por eso. Pero es irrazonable y anticristiano en insistir en que no hubo compromisos de precisión histórica en la búsqueda de estos objetivos. Es en el punto de la precisión histórica, a mi juicio, que tanto los Adventistas como Walter Martin debieran haber sido más cuidadosos.

Esto nos lleva a la pregunta: ¿Cómo pudieron estas conclusiones erradas, de este pequeño grupo, encontrar aceptación entre los Adventistas?

Pareciera que la respuesta puede ser dada en una única palabra, autoridad. Habían diversas dinámicas en juego en esta situación.

La anti-autoridad, las actitudes anti-establecimientos de la década del 60 aún no habían aparecido en la vida Americana en la década del 50. El respeto por la autoridad en todas las áreas era mucho más común en aquella época que ahora.

La mayoría de los ministros Adventistas del Séptimo Día de aquella época no habían recibido ningún seminario o algún entrenamiento en alguna escuela donde hubieran podido graduarse, sino que entraban en el ministerio inmediatamente después de haberse graduado del colegio con una mención en religión.

Los materiales de fuentes requeridos para un análisis histórico de la iglesia Adventista y de los puntos de vista cristológicos de Ellen White, estaban disponibles solamente en las Oficinas Generales en Washington, D.C. Ellos no habían sido distribuidos entre las bibliotecas alrededor del mundo (microfilmados) como es hecho hoy día.

Aquellos que tenían preguntas, como algunos las hacían, se encontraron a sí mismos mirando hacia dos barriles que tenían una doble artillería de autoridad. ¿Con qué derecho podrían no estar de acuerdo con los líderes estudiosos de su propia iglesia? ¿Y con qué derecho irían a estar en desacuerdo con el Dr. Walter Martin, cuyas calificaciones escolares fueron presentadas como siendo impecables?

De tal manera que cuando el libro Preguntas Sobre Doctrinas fue publicado por una casa editora Adventista en 1957, apoyado por un fuerte programa de propaganda en los diarios Adventistas, aprobado propositalmente por muchos líderes pensantes Adventistas del Séptimo Día, y llevando el sello de aprobación de los oficiales de la Conferencia General, ¿qué ministro Adventista o profesor iría a presumir en levantar alguna objeción?

(Habían muy pocas personas con conocimiento, incluyendo un competente y extraordinario estudioso Adventista llamado M. L. Andreasen, el cual realmente colocó algunas objeciones. Ellos fueron tratados firmemente, y tal vez rudamente, como si fuesen creadores de problemas que estaban violando los principios de orden de la iglesia. Otros sin duda encontraron que su experiencia fue una instructiva y objetiva lección).

Y cuando el libro del Dr. Martin, La Verdad Acerca de los Adventistas del Séptimo Día, fue publicado por Zondervan (1960) y fue apoyado por sus impresionantes credenciales escolares, ¿quién habría supuesto que un documento tan violentamente inexacto, como el que hemos examinado, pudiera haber sobrevivido a su escrutinio profesional?

El propio Dr. Martin informa que cuando los editores de Zondervan expresaron algunas dudas en relación a su manuscrito, él calmó sus temores afirmando su autoridad escolar antes que colocando alguna evidencia.[1] Desde nuestra distancia pareciera que hubiese sido mejor para la iglesia y para el mundo, si los editores de Zondervan hubiesen insistido inflexiblemente en examinar la evidencia.

Nota:

  1. Adventist Currents, Julio de 1983, pág. 19.