Tema crucial para los adventistas
No hay nada que Satanás tema tanto como que el pueblo de Dios despeje el camino de todo obstáculo, de modo que el Señor pueda derramar su Espíritu sobre una iglesia languideciente y una congregación impenitente… Tan ciertamente como que Satanás no puede cerrar las ventanas del cielo para impedir que caiga la lluvia sobre la tierra, tampoco puede impedir que caiga sobre el pueblo de Dios una lluvia de bendición.[1]
Quizá ningún otro tema debiera recibir tanta y tan exquisita atención como el del Espíritu Santo y su relación con el plan de la redención. Se nos ha dicho que "el Espíritu iba a ser dado como agente regenerador, y sin esto el sacrificio de Cristo habría sido inútil". ¿Por qué? Porque "el pecado podía ser resistido y vencido únicamente por la poderosa intervención de la tercera persona de la Divinidad".[2] El Espíritu Santo es el representante del propio Cristo, que de esa forma es "accesible a todos".[3] "Esta bendición prometida, reclamada por la fe, trae todas las demás bendiciones en su estela".[4] Este fue el tema "del que más se ocupó" Cristo durante su ministerio en esta tierra.[5]
En los últimos 150 años los adventistas del séptimo día han prestado considerable atención al tema del Espíritu Santo. En el Índice de los escritos de Ellen White hay 30 páginas con listas de referencias al tema del Espíritu Santo. A lo largo de años se han escrito muchos libros adventistas sobre ese tema, en un intento por presentar con mayor claridad la obra del Espíritu Santo y la necesidad que tenemos de que more en nosotros.
La "lluvia temprana" y la "lluvia tardía" están íntimamente relacionadas con este tema, pues también ellas "ilustran la obra del Espíritu Santo".[6] "El derramamiento del Espíritu Santo en los días de los apóstoles fue el comienzo de la lluvia temprana, y gloriosos fueron los resultados".[7] Los discípulos, que acababan de abandonar a Cristo hacía sólo unos pocos días, testificaban ahora de él con valentía. Pronto se vio el resultado de la lluvia temprana: 3.000 fueron convertidos en un día, y en un corto período de tiempo se había "trastornado el mundo entero" (Hechos 17:6).
No obstante, los que vivimos en los tiempos finales de la historia de esta tierra vamos a ver una manifestación aún mucho mayor del poder del Espíritu Santo: "La gran obra de evangelización no terminará con menor manifestación del poder divino que la que señaló el principio de ella. Las profecías que se cumplieron en tiempo de la efusión de la lluvia temprana, al principio del ministerio evangélico, deben volverse a cumplir en tiempo de la lluvia tardía, al fin de dicho ministerio".[8]
La lluvia temprana representa también la obra del Espíritu Santo en la conversión y el proceso de crecimiento espiritual "a través de sus etapas". "La lluvia tardía que madura la cosecha de la tierra, representa la gracia espiritual que prepara a la iglesia para la venida del Hijo del hombre". Pero excepto que la lluvia temprana haya cumplido su obra, "la lluvia tardía no podrá perfeccionar ninguna semilla".[9]
No obstante, sólo se puede comprender el significado pleno de la lluvia tardía al situarla en su marco adecuado en la teología adventista. Más bien que tratarse de otro ítem en la lista de creencias, la lluvia tardía está íntimamente asociada con la correcta comprensión de la purificación del santuario, el juicio final y los eventos de los últimos días, todo ello enmarcado en el tema del conflicto de los siglos.
El "fuerte pregón" está estrechamente conectado con la lluvia tardía, ya que serán los que reciban los aguaceros celestiales quienes den el mensaje final de Dios al mundo. "Es la lluvia; el refrigerio de la presencia del Señor; el potente pregón del tercer ángel", el que capacita al pueblo de Dios para proclamar "poderosamente la verdad" bajo las circunstancias más difíciles.[10] "En ese tiempo descenderá la "lluvia tardía" o refrigerio de la presencia del Señor, para dar poder a la voz fuerte del tercer ángel y preparar a los santos para que puedan subsistir durante el plazo cuando las siete postreras plagas serán derramadas".[11]
Ese "último mensaje de clemencia que ha de darse al mundo, es una revelación de su carácter de amor",[12] "el mensaje de la justicia de Cristo",[13] "el mensaje de la justificación por la fe", que "es el menaje del tercer ángel en verdad".[14] Ese "mensaje que Dios ordenó que fuera dado al mundo… ha de ser proclamado en alta voz y acompañado por el abundante derramamiento de su Espíritu".[15] Podemos mirar al futuro, al tiempo cuando "se repetirán los sucesos del día de Pentecostés aun con mayor poder que en esa ocasión. Juan dice: 'Vi a otro ángel descender del cielo con gran poder; y la tierra fue alumbrada con su gloria' [Apoc 18:1]".[16]
Una de las grandes razones para anticipar ese derramamiento es la perspectiva de unidad entre los miembros de iglesia tal como sucedió en el día de Pentecostés. Ahora bien, esa unidad tiene que darse primero -en la experiencia de la lluvia temprana-, antes que se pueda derramar la lluvia tardía:
Necesitamos la iluminación divina… su gracia transformadora en los corazones humanos conducirá a la unidad que aún no se ha logrado; ya que todos los que estén en Cristo tendrán armonía entre ellos. El Espíritu es el que crea la unidad…
El Espíritu Santo glorifica a Dios al manifestarse en el carácter de los creyentes que le dedican su supremo afecto, y al revelar en ellos su carácter. [Sus hijos] ven claramente que jamás hubo en el mundo justicia alguna que no fuera la divina, y que en el mundo no existe ninguna excelencia que no derive de Dios. Cuando el Espíritu fue derramado desde lo alto, la iglesia se inundó de luz, pero Cristo era la fuente de esa luz. Su nombre estuvo en todos los lenguajes, su amor llenó cada corazón. Así sucederá cuando el ángel que desciende del cielo con gran poder ilumine toda la tierra con su gloria [Apoc 18:1]"[17]
Es fácil comprender por qué no hay nada que Satanás tema tanto como el derramamiento de la lluvia tardía. Si hubo algún tiempo en el que el derramamiento del Espíritu Santo sea necesario, es ahora. Debiéramos estar todos orando personalmente por la experiencia de la lluvia temprana y por la unidad que se va a dar entre nosotros, en preparación para el derramamiento de la lluvia tardía. Es sólo así como podremos tener una voz unida con la que proclamar el fuerte pregón.
Sobre la unidad
Pero una mirada a la situación actual de nuestra querida iglesia adventista del séptimo día nos dice que estamos lejos de estar unidos, y quizá hemos entrado en un tiempo de zarandeo. De una parte, se han organizado algunos grupos disidentes y varios ministerios independientes que se autodenominan "adventistas históricos", al tiempo que llaman "Babilonia" a la iglesia organizada. Algunos de esos ministerios se han separado de las iglesias locales para formar pequeños grupos o iglesias en las casas, y no reconocen autoridad eclesiástica alguna, desviando los diezmos fuera de la denominación. Ejemplos de lo que está en el núcleo de muchos de esos nuevos movimientos son: posicionamientos antitrinitarios, el tiempo de la observancia del sábado según los antiguos calendarios, la fijación de fechas, y nuevas interpretaciones de las profecías para los últimos días.[18]
De otra parte, y en el sentido opuesto del péndulo, algunas iglesias en Norteamérica se han separado de la denominación en las últimas dos décadas, convirtiéndose en iglesias adventistas congregacionales. Si bien algunas de esas iglesias son nuevas, la mayoría proceden de divisiones ocurridas en antiguas iglesias establecidas. No solamente ha habido una desviación de miembros de iglesia y de su soporte financiero; también ha habido un evidente abandono de muchas doctrinas fundacionales de la fe adventista. Un denominador común entre la mayoría de iglesias congregacionales es el desprecio hacia las doctrinas bíblicas relacionadas con 1844, la purificación del santuario, el juicio investigador, los mensajes de los tres ángeles y otras creencias distintivas adventistas que están estrechamente conectadas con una comprensión del mensaje de la justicia por la fe en el contexto del tiempo del fin.[19] Más recientemente, la iglesia parece estar debatiéndose con el hecho, conocido recientemente de forma pública, de que algunos profesores en nuestras universidades y seminarios (no sólo en La Sierra), están promoviendo la teoría de la evolución.[20] Algunos continúan cuestionando el papel de Ellen White y su inspiración, así como la inspiración de la propia Biblia.[21] Adventist Today, la voz del movimiento progresivo adventista, añade leña al fuego de forma casi mensual.
Si bien a escala mundial la membresía de la iglesia va creciendo hasta acercarse a los veinte millones, es más estática en Norteamérica. La razón de ello pudiera estar en que ante la aparente polarización que está teniendo lugar en la División Norteamericana, miles de miembros en la iglesia organizada se ven confrontados con una multitud de voces que llaman su atención. En su libro The Remnant, Clifford Goldstein describe en lenguaje vívido algunos de los terribles pecados que existen en nuestra iglesia.[22] No se requiere gran investigación para llegar a la conclusión de que no todo está bien en nuestras filas. La perspectiva de la unidad parece más alejada de la realidad que nunca antes en la historia adventista. Muchos están expresando la idea de que la única esperanza de supervivencia consiste en "despejar el camino" a fin de que Dios pueda derramar la lluvia tardía en su "iglesia languideciente". Pero uno de los mayores obstáculos para la unidad es, tristemente, la existencia de posturas divergentes acerca de la propia lluvia tardía y el fuerte pregón, específicamente en relación con la historia de nuestra iglesia. Existen actualmente dos visiones principales, ambas pretendiendo contar con el apoyo de Ellen White, si bien una y otra difieren hasta cierto punto en su visión sobre la autoridad e inspiración de Ellen White. Antes de continuar, haremos bien en echar una ojeada a esas dos posiciones relativas a la lluvia tardía y el fuerte pregón, el período de 1888 y otros asuntos teológicos relacionados.
El fuerte pregón vino y fue aceptado; la lluvia tardía no vino, por lo tanto, no hubo rechazo [23]
Al analizar la primera de las dos posiciones existentes, hemos de observar que, si bien puede no haber acuerdo en cada detalle por parte de quienes sostienen esa posición, hay puntos principales de acuerdo que unen a todos ellos. Esta primera visión sostiene que hacia finales de la Edad Media, Dios envió la Reforma como revelación plena del plan de la salvación. El significado de 1844, más bien que consistir en un cambio en el ministerio de Cristo en el santuario celestial, representa primariamente el momento en el que Dios suscitó un pueblo del tiempo del fin para compartir con el mundo el evangelio de la Reforma, junto a otros distintivos adventistas tales como el sábado y el estado de los muertos. Cuando el adventismo tomó la deriva legalista en las décadas de 1870 y 1880, Dios respondió enviando un mensaje preciosísimo. Según esta visión, el "mensaje de 1888" es solamente lo que fue dado en Mineápolis en 1888. Nadie sabe exactamente qué se predicó en Mineápolis, pero se podría resumir como cristianismo básico. Ese habría sido el mensaje del fuerte pregón: cristianismo básico tal como se lo encuentra en la enseñanza de la justificación por la fe propia de la Reforma, entendida como un perdón sólo forense o legal -tal como enseñaron los predicadores de la santidad-, combinada con la enseñanza singularmente adventista del sábado, la ley y la no inmortalidad del alma. Según esa visión, Jones y Waggoner no captaron plenamente ese mensaje en 1888, pero sí Ellen White, y en consecuencia pudo decir que tuvimos el mensaje del fuerte pregón.
De acuerdo con esa visión, hubo un rechazo inicial del mensaje en Mineápolis, pero fue causado primariamente por conflictos de personalidades de los que en gran medida habrían sido responsables Jones y Waggoner. La mayor parte de adventistas habría aceptado el mensaje, tal como fue compartido en las reuniones campestres de 1889 y en las asambleas pastorales y sesiones de la Asociación General de 1889 a 1891. El arrepentimiento de quienes inicialmente rechazaron el mensaje, resultó más tarde en una aceptación general. De esa forma, se percibe 1888 como una victoria y no como un gran chasco. La obra de la iglesia se habría potenciado al reorganizarse en 1901, tras lo cual se extendió por todo el mundo.
Esa visión admite que Ellen White apoyó a Jones y Waggoner, pero lo hizo debido a su mensaje de cristianismo básico. La mayor parte de la interacción entre Ellen White y Jones / Waggoner tuvo el sentido de corregir los errores teológicos de ellos, como demuestran declaraciones que hizo en Mineápolis al propósito de que no estaba de acuerdo con todo lo que estaban enseñando. Aunque Ellen White nunca identificó las áreas en las que no estaba de acuerdo, quienes mantienen esta visión aportan numerosos ejemplos en los que la teología de Jones y Waggoner se apartaba del evangelio de la Reforma. Se aduce que Ellen White no los corrigió en muchas de esas áreas debido a que ella nunca pretendió ser una autoridad en asuntos teológicos. Su intención era simplemente llevar a las personas a la Biblia.
Quienes sostienen esa visión sugieren que uno de los principales errores teológicos enseñados por Jones fue el de que la lluvia tardía había comenzado en 1892. Jones -dicen- suscitó esa idea porque estaba convencido de que Anna Rice había recibido el don de la profecía en cumplimiento del capítulo dos de Joel, mientras que Ellen White, por el contrario, dijo que sólo fue el fuerte pregón lo que comenzó, pero no la lluvia tardía. Por lo tanto, el fuerte pregón y la lluvia tardía, aun estando conectados, fue posible separarlos. La lluvia tardía sería el poder dado para proclamar el mensaje del fuerte pregón. Según eso, el mensaje del fuerte pregón comenzó hace unos cien años y fue aceptado, pero la lluvia tardía nunca comenzó, debido en parte a la desunión de la iglesia causada por Jones y Waggoner.
Esa visión afirma que, puesto que la lluvia tardía no comenzó en 1888, no hay necesidad alguna de arrepentimiento por haberla rechazado, sino más bien de orar para que sea derramada en un futuro próximo. Así, la iglesia no ha estado vagando en el desierto en espera del regreso del Señor, sino que ha estado prosperando, como lo corrobora la presencia de instituciones adventistas esparcidas por todo el mundo, así como una membresía que supera los dieciséis millones. Incluso si como pueblo pudiéramos ser parcialmente responsables por la demora en la segunda venida del Señor, sin duda alguna la principal responsabilidad corresponde a Dios, o bien a eventos mundiales sobre los que carecemos de control.
Si bien algunas de esas visiones sobre el fuerte pregón aparecieron en la década de 1890 con algunos de los participantes en los acontecimientos de aquel período, muchas de esas visiones se han presentado de forma prominente después de comenzada la década de 1930. Apareció inicialmente como una respuesta al libro de A. G. Daniells: Cristo nuestra justicia, y aun más especialmente en respuesta al manuscrito de Taylor Bunch: Cuarenta años en el desierto en tipo y anti-tipo, en el que comparó a la Iglesia Adventista con el antiguo Israel. D. E. Robinson, A. T. Robinson y C. McReynolds escribieron a comienzos de 1931 procurando defender a la iglesia de lo que percibían como tergiversaciones extremas.[24] En la década de 1940 hubo otras tres defensas de la iglesia por parte de N. F. Pease, L. H. Christian y A. W. Spalding, quienes opinaban igualmente que señalar el rechazo de la lluvia tardía constituía un ataque a la iglesia.[25]
Tras la aparición de 1888 Reexaminado, de Robert Wieland y Donald Short, se volvieron a publicar algunos libros más en defensa de la iglesia, ante lo que se percibía como un ataque injustificado en relación con 1888. Muchos de esos libros, artículos e informes, fueron publicados bajo el auspicio de la Asociación General, que apoyaba esta visión.[26]
En el otoño de 1957, el liderazgo adventista publicó Preguntas sobre doctrina (PSD), una respuesta casi oficial a las preguntas de los evangélicos calvinistas Walter Martin (joven investigador especializado en sectas no-cristianas, consultor editorial de la revista Eternity), y el Dr. Donald Barnhouse (editor de la revista Eternity). Tras haberse publicado PSD siguieron unos años de diálogo entre Barnhouse / Martin, y T. E. Unruh (presidente de la Asociación del Este de Pensilvania), Walter Read (secretario de la Asociación General), Roy Alan Anderson (editor de la revista Ministry) y LeRoy Froom (autor, editor, profesor y fundador de la revista Ministry), que procuraban rescatar al adventismo del estatus de secta ante el mundo evangélico.[27] Tras haberse publicado PSD, la mayor parte de los libros publicados en la iglesia relativos a 1888 se adhirieron a una nueva comprensión de la historia de 1888, del mensaje de 1888 y de cuál fue la causa de la caída de Jones y Waggoner hacia finales de siglo. Eso se hizo más evidente después del desafío de la doctrina de la Reforma de Desmond Ford en Palmdale, en 1976. En los 35 años pasados desde entonces, la mayoría de las publicaciones producidas y financiadas por la iglesia en relación con el fuerte pregón y la lluvia tardía en el contexto de 1888, han continuado en esa misma línea de comprensión.[28]
La tesis de la aceptación adoptada desde las décadas de 1970 y 1980 sostiene que, en gran medida, la desunión existente en la iglesia desde la década de 1890 hasta la actualidad tiene como causa principal la teología errónea que derivó del mensaje de Jones y Waggoner inmediatamente después de Mineápolis. Sería básicamente esa misma teología -su comprensión del evangelio- la que los llevaría finalmente a salir de la iglesia. Según esa visión, la teología errónea de Jones y Waggoner probablemente formara parte en forma germinal de su comprensión desde antes de Mineápolis, pero sin desarrollarse plenamente hasta justo después del congreso de 1888. De esa forma, Ellen White los pudo apoyar por su "mensaje de 1888". Sostienen que esos errores teológicos eran ya evidentes en sus presentaciones de las reuniones campestres de principios de 1889. Según esa visión, hubo cuatro herejías clave por parte de Jones y Waggoner: 1) La negación de la doctrina del pecado original (que los llevó a las otras tres herejías); 2) Cristo tomó la naturaleza caída pecaminosa de Adán; 3) La justicia por la fe incluía la justificación y la santificación -en lugar de tratarse de justificación por la fe solamente forense o legal; 4) La generación final desarrollará caracteres perfectos antes del regreso de Cristo. Quienes sostienen esta visión afirman que esas cuatro herejías llevaron a Waggoner directamente al panteísmo y a Jones al movimiento de la carne santa, así como al actual resurgimiento de esas mismas cuatro herejías -traídas principalmente por adventistas históricos conservadores- que constituirían la apostasía "Omega" acerca de la cual advirtió Ellen White.
Dirijamos ahora la atención a la segunda visión principal sobre la lluvia tardía y el fuerte pregón, el período de 1888 y otros asuntos teológicos estrechamente relacionados.
Vinieron la lluvia tardía y el fuerte pregón, y fueron rechazados [29]
Al analizar la segunda de las dos posiciones existentes, hemos de observar que si bien puede no haber acuerdo en cada detalle por parte de quienes sostienen esa posición, hay puntos principales de acuerdo que unen a todos ellos. Esa visión sostiene que el Señor envió gran luz mediante los Reformadores en el siglo XVI, con el propósito de sacar al pueblo de las tinieblas del error papal; sin embargo, esa luz habría de continuar avanzando en claridad e intensidad hasta el fin del tiempo. El movimiento adventista, que llevó a la organización de la iglesia remanente del tiempo del fin -la Iglesia Adventista del Séptimo Día- es el depositario final de esa luz en su plenitud, que ha de ser llevada al mundo. El final de los 2300 años -en 1844- señala el cambio en el sumo sacerdocio de Cristo en el santuario celestial. No se trata de un cambio en la forma en que las personas se salvan, sino que el juicio investigador anuncia la culminación del plan de salvación -el mensaje de la hora de su juicio- que contribuirá a preparar a los que estén vivos cuando Cristo regrese. Esa comprensión se establece en el contexto del gran conflicto, y cristaliza en los mensajes de los tres ángeles.
Según esa visión, el fracaso en seguir aceptando y avanzando al ritmo de la luz creciente llevó a un estado laodicense en la década que siguió al gran chasco. El fallo en dar oído al llamado del cielo al arrepentimiento mediante el mensaje a Laodicea en la década de 1850, llevó al fariseísmo en las décadas de 1870 y 1880. Estando la iglesia en tal condición, el Señor envió un mensaje especial con el propósito de completar la obra de su gracia en los corazones humanos, de forma que pudiera llegar a su fin el conflicto de los siglos. Ese mensaje, que comenzó en 1888, constituyó el comienzo de la lluvia tardía y el fuerte pregón. La lluvia tardía y el fuerte pregón, si bien son dos cosas distintas, jamás se las puede separar; la lluvia tardía es la causa, y el fuerte pregón el efecto. Más bien que ser un simple incremento del volumen, la lluvia tardía significó un incremento de la luz, que habría de permitir que el fuerte pregón alumbrara la tierra con su gloria y la inundara con el mensaje evangélico del tiempo del fin de la gracia sobreabundante de Dios.
Esa visión afirma que el mensaje de 1888 era distinto al mensaje popular evangélico de aquellos días. El mensaje de la justicia por la fe dado en 1888 está estrechamente relacionado con verdades bíblicas distintivas adventistas del séptimo día, especialmente con la comprensión de la purificación del santuario que prepara a una generación final para que permanezca ante Dios limpia de todo pecado, en una demostración final de su gracia en la resolución del conflicto de los siglos. La aceptación de esa luz es equivalente a la aceptación de la lluvia tardía, que no es simplemente poder nebuloso, sino gran autoridad acompañada de la presencia de Jesús mediante el Espíritu Santo. La capacidad de dar el fuerte pregón dependía de nuestra aceptación del mensaje que, de haber ocurrido, habría alumbrado toda la tierra con su gloria cuando el pueblo de Dios, en perfecta unidad, compartiera las buenas nuevas por todo el mundo. A resultas, la cosecha habría madurado y Cristo habría regresado pronto a la tierra para poner un completo final al pecado y al sufrimiento.
Esta visión reconoce que la luz que el Señor envió fue un mensaje que en su gran misericordia nos hizo llegar mediante dos mensajeros: A. T. Jones y E. J. Waggoner. Si bien Dios comenzó a tocar los corazones de Jones y Waggoner a principios de la década de 1888, el mensaje preciosísimo comenzó primariamente cuando le fue presentado al liderazgo de la iglesia en 1888. El hecho de que no tengamos una transcripción del "mensaje de 1888" tal como fue dado en Mineápolis no debe verse como un problema, pues el mismo mensaje fue predicado aun en mayor detalle en las reuniones campestres y asambleas pastorales en los años que siguieron, y bajo la atenta dirección de Ellen White, a quien Dios había llamado a su puesto del deber.
De acuerdo con esta segunda visión, el mensaje de 1888 que Dios envió mediante Jones y Waggoner fue una enseñanza abarcante de los encantos incomparables de Cristo en el contexto de la justificación por la fe. Si bien el mensaje de 1888 incluye muchos componentes, al menos cuatro aspectos del mensaje divergen de los posicionamientos evangélicos populares, y se han visto rodeados de considerable polémica.[30] 1) Puesto que Jones y Waggoner comprendían la naturaleza del pecado y la naturaleza del hombre en el tema del gran conflicto, rechazaron la doctrina agustiniana del pecado original por ser una falsedad papal. Waggoner y Jones comprendieron que el sacrificio de Cristo se realizó en favor de toda la raza humana, librando a todos de la condenación del pecado de Adán, lo que dio a todos libertad para elegir su destino, incluso a pesar de haber recibido una naturaleza pecaminosa. 2) Jones y Waggoner comprendieron que Cristo tomó, sobre su naturaleza divina sin pecado, nuestra naturaleza humana pecaminosa, a fin de salvar al hombre del pecado. 3) Comprendieron que la justicia por la fe fue más que una simple declaración legal, y que incluía ambas cosas: justificación y santificación. 4) Comprendieron que formaba parte del gran plan de la salvación el que Dios preparase a un pueblo en el contexto del tiempo del fin -mediante su mensaje de lluvia tardía- para comparecer ante un Dios santo teniendo la justicia de Cristo, sin pecado. Esa demostración final validaría la posición de Dios en el gran conflicto contra Satanás, mediante la exhibición de su poder para salvar del pecado -no en el pecado, realizado mediante el ministerio del nuevo pacto en la purificación final del santuario celestial.[31]
De acuerdo con esta visión, el mensaje no fue reconocido por lo que realmente era, por parte de muchos entre los dirigentes y laicos que pretendían creer ya en la justificación por la fe. Como resultado de su orgullo y terquedad, el Espíritu Santo fue menospreciado, ridiculizado y rechazado. El rechazo del mensaje no ocurrió porque Jones y Waggoner tuvieran personalidades ofensivas, sino por una rebeldía contra el mensaje mismo. Si bien algunos se arrepintieron y aceptaron posteriormente el mensaje, otros sólo pretendieron haberse arrepentido, pero siguieron luchando contra el mensaje, y aun otros aparentaron arrepentirse, pero simplemente asintieron al mensaje. Como resultado del rechazo a la lluvia tardía durante esos años decisivos, la iglesia como un todo ha estado vagando más de cien años por el desierto de este mundo de pecado. Más aún: la única forma en que la lluvia tardía será derramada abundantemente una vez más sobre una iglesia languideciente es si su membresía -tanto dirigentes como laicos- se arrepiente individualmente y como cuerpo eclesiástico, y recupera y proclama el mensaje que el Señor envió hace ya más de ciento veinte años.
Esa visión señala los paralelismos que hizo Ellen White entre la nación judía y la iglesia adventista del séptimo día. De forma similar a como los judíos esperaban la venida del Mesías, pero no lo reconocieron cuando vino, también nosotros, como pueblo, esperábamos la lluvia tardía, pero no reconocimos su manifestación y rechazamos a Jesús. Aunque muchos judíos hasta el día de hoy afligen sus corazones en plegarias ante el muro de las lamentaciones, rogando a Dios que les envíe al tan esperado Mesías, sus oraciones no serán nunca respondidas, ni pueden serlo. No, hasta que reconozcan que el Mesías ya vino, y con una comprensión clara se arrepientan de su incredulidad. De igual forma, nosotros como pueblo hemos orado por el derramamiento del Espíritu Santo por más de ciento veinte años desde 1888. Pero Dios no puede responder nuestras oraciones hasta que reconozcamos y admitamos el pecado de nuestros antepasados, incluyendo todos estos años de negación desde entonces. Admitir la verdad de nuestra historia nos salvará de perpetuar sus errores y nos llevará a un profundo arrepentimiento por nuestra propia incredulidad personal.
Esa visión señala igualmente las numerosas declaraciones de apoyo que Ellen White dio a Jones, a Waggoner y al preciosísimo mensaje de la justificación por la fe enviado a través de ellos. Cuando Jones y Waggoner cometieron errores, puesto que ambos eran hombres falibles, Ellen White procuró corregirlos dándoles consejo específico relativo al punto en el que se habían equivocado. Por tanto tiempo como dieron oído humildemente a ese consejo, se beneficiaron de él. Ellen White advirtió que Jones y Waggoner podían ser vencidos por la tentación, pero si tal cosa sucedía, eso no demostraría que su mensaje fuera defectuoso. Por lo tanto, el panteísmo de Waggoner y la amargura de Jones, así como las posturas extremas que adoptaron en los años tardíos, no fueron la consecuencia del mensaje que el Señor envío a través de ellos, sino al contrario, fueron una desviación de ese mensaje en la década tardía de 1890. El panteísmo, el movimiento de la carne santa o cualquier otro extremo, no fueron el resultado de ningún defecto fatal en la comprensión temprana de Jones y Waggoner, sino el resultado de un cambio en dicha comprensión, al aceptar errores parásitos que aparentemente estaban muy próximos a la verdad, siendo así vencidos por la tentación. El error de Jones y Waggoner lo desarrollaron después de haber soportado años de oposición y rechazo al verdadero mensaje que Dios envió mediante ellos.
Esta segunda visión principal sobre el fuerte pregón y la lluvia tardía se ha venido expresando desde la década de 1890, primeramente por parte de algunos de los participantes en los grandes eventos de la década. Sin embargo, se la ha presentado de forma más prominente desde la década de 1920, comenzando con el presidente de la Asociación General A. G. Daniells en su libro: Cristo nuestra justicia. A modo de resumen de los eventos de 1888 y de los casi cuarenta años que siguieron, Daniells escribió: "El mensaje [de 1888] jamás se ha recibido ni proclamado, ni se le ha dado libre curso como debiera haber sido a fin de dotar a la iglesia de las bendiciones inconmensurables que venían incluidas con él. La seriedad de ejercer una influencia tal viene indicada por los reproches que mereció. Esas palabras de reproche y admonición debieran ser objeto de la más profunda consideración en este tiempo… ¡Ojalá todos hubiéramos prestado el oído debido a ambos: la advertencia y el llamamiento, tal como nos vinieron en el congreso de 1888 de una forma a la vez extraña e impresionante! ¡Cuánta incertidumbre no se pudo haber evitado, cuánto vagar, derrota y pérdidas hubiéramos podido ahorrarnos! ¡Cuánta luz, bendición, triunfo y progreso podrían haber sido nuestros!"[32]
Sólo unos pocos años después de la impresión del libro de Daniells, Taylor Bunch, pastor, profesor de Biblia y autor, escribió un folleto titulado: Cuarenta años en el desierto, en tipo y anti-tipo, donde expuso posicionamientos similares sobre la lluvia tardía y el fuerte pregón.[33] En su artículo, Bunch presenta los paralelismos entre la Iglesia Adventista del Séptimo Día y los hijos de Israel en su viaje de Egipto a Canaán. Ayudado por su esposa, Taylor Bunch presentó las semanas de oración de otoño y primavera en Pacific Union College durante el año escolar 1930-1931, y el tema consistió en lo que contiene su folleto.[34] Algunos años más tarde, en 1937, Bunch presentó una serie de 36 predicaciones en el Tabernáculo de Battle Creek, en los servicios de sábado de tarde. Los mismos se publicaron en formato de libro, como The Exodus and Advent Movement in Type and Antitype, "en beneficio de quienes los oyeron y a petición de pastores y otros obreros bíblicos que los necesitaban".[35]
En aquellos estudios, Bunch fue más detallado que Daniells. Cuando llegó a la experiencia de Cades-Barnea del antiguo Israel, Bunch la aplicó al congreso de Mineápolis de 1888 y a lo que siguió cuando la iglesia retrocedió para vagar por el desierto. Bunch declaró que se había rechazado la lluvia tardía, y que los problemas de 1888 no se resolverían hasta que no se los trajera ante el pueblo a fin de que éste comprendiera lo que realmente había sucedido:
El mensaje de la justicia por la fe se predicó con poder por más de diez años, período durante el cual la crisis de Mineápolis se mantuvo ante los dirigentes. Ese mensaje trajo el comienzo de la lluvia tardía. 'El tiempo de prueba está precisamente ante nosotros, pues el fuerte pregón del tercer ángel ya ha comenzado en la revelación de la justicia de Cristo, el Redentor que perdona los pecados. Este es el comienzo de la luz del ángel cuya gloria llenará toda la tierra' (R.H. 22 noviembre 1892). ¿Por qué no continuó el derramamiento de la lluvia tardía? Porque el mensaje que la traía se dejó de predicar. Muchos lo rechazaron y pronto murió en la experiencia del pueblo adventista, y el fuerte pregón murió con él. Podrá recomenzar solamente cuando reviva y se acepte el mensaje que lo trajo…
Justo antes del fin, el pueblo adventista revisará su historia pasada y descubrirá en ella una nueva luz. Debemos estudiar y comprender los anti-tipos de las dos experiencias de Cades-Barnea del antiguo Israel, y aprender de los errores de nuestros padres, especialmente durante la crisis de 1888. Debemos reconocer y confesar los errores de nuestros padres y asegurarnos de no repetirlos, demorando así todavía más el triunfo final del movimiento adventista. Se debe revisar y estudiar la historia del pasado a la luz de esas equivocaciones y su consecuencia en la prolongada demora del regreso de Cristo.[36]
Donald K. Short y Robert J. Wieland, misioneros en África por muchos años, vinieron a ser quizá los mejor conocidos y más prominentes defensores de muchos de esos planteamientos, tras haber entregado su manuscrito 1888 Reexaminado a la Asociación General en 1950. En la década de 1970 comenzaron a publicar ampliamente sus posicionamientos en muchos libros, algunos de ellos mediante las casas publicadoras de la iglesia y otros de forma privada, y más tardíamente bajo el auspicio del Comité para el estudio del mensaje de 1888.[37] Otros han sostenido muchos de esos puntos de vista en diversos artículos y libros.[38]
El gran dilema
Soy adventista de quinta generación. Mi tatarabuelo asistió al congreso de la Asociación General de Mineápolis en 1888 y posteriormente fue el presidente de la Asociación de Wisconsin por un breve tiempo. No sé si fue uno de aquellos "algunos" que rechazaron abiertamente lo que el Señor, en su gran misericordia, envió a su iglesia mediante los pastores Waggoner y Jones. No obstante, una cosa sé: todas y cada una de esas cinco generaciones -la mía incluida- han anhelado que llegue ese momento en el futuro, cuando sea derramado el Espíritu Santo.
En el estudio de este tema nos enfrentaremos al gran dilema de decidir cuál de las dos visiones sobre nuestra historia es la correcta. Si el Señor envió el comienzo de la lluvia tardía y nosotros, como iglesia, lo despreciamos y resistimos, sea que podamos ser o no acusados de causar desunión, ¿no debiéramos procurar nuestro arrepentimiento y el de nuestra iglesia? De otra forma, ¿no estaríamos acaso perpetuando el rechazo? De otra parte, si la lluvia tardía nunca comenzó, y por lo tanto nosotros como iglesia nunca la rechazamos, ¿no debiéramos hacer todo esfuerzo por evitar ser distraídos o distraer a otros de la más importante obra de predicar el evangelio de la Reforma al mundo?
Al examinar esos grandes temas debiéramos recordar que Ellen White fue testigo presencial de muchos de esos eventos históricos.[39] En consecuencia, debemos hacernos algunas preguntas: ¿Vio Ellen White una conexión consistente entre el mensaje de 1888 de la justicia por la fe y los eventos finales que estaban teniendo lugar en aquel momento? ¿Vio una relación entre la aceptación de aquel mensaje y la segunda venida de Cristo? ¿Vio una relación entre la lluvia tardía y el fuerte pregón? En la descripción que hizo de lo que estaba teniendo lugar, ¿separó la lluvia tardía del fuerte pregón? ¿Podía comenzar el uno sin el otro? ¿Podía ser aceptado el uno y no el otro? ¿Vio Ellen White el congreso de la Asociación General de 1893 como un intento por parte de Jones de "restablecer la lluvia tardía", y consideró que se trataba sólo de "fanatismo" y "excitación", tal como afirmó Uriah Smith? ¿Comenzó realmente la lluvia tardía? ¿Pudo haber sido rechazada? ¿Podrían las declaraciones de Ellen White relativas a la lluvia tardía y el fuerte pregón, al ser analizadas en orden cronológico, expresar o darnos luz sobre esas cuestiones? Intentaremos encontrar respuesta a todas esas preguntas, y a algunas más.[40]
El retorno de la lluvia tardía comenzó como una simple, aunque singular recopilación de citas de Ellen White sobre el tema de la lluvia tardía y el fuerte pregón, entre los años 1840 y el final de su vida en 1915. Encontrarás esas declaraciones a lo largo del libro en orden cronológico, salvo en unas pocas excepciones. No están listadas todas las declaraciones de Ellen White sobre la lluvia tardía y el fuerte pregón, pero sí una extensa recopilación de ellas. Cada capítulo sigue una progresión cronológica y trata de los asuntos relevantes durante aquel período particular en relación con la lluvia tardía y el fuerte pregón. Se debe mencionar que, a medida que avanzaba el manuscrito de este libro, he ido añadiendo nueva información contextual a fin de proveer respuestas a cuestiones suscitadas por los eventos históricos, así como respuestas a cuestiones suscitadas por libros adventistas que se han publicado con posterioridad a dichos eventos. Al tratar la historia adventista de 1888 se ha perdido frecuentemente de vista el contexto, al menos por parte de algunos que han entrado en esta discusión. En consecuencia, se incluyen aquí algunas citas largas con el propósito de retener la plenitud del contexto, lo que permitirá que el lector pueda llegar por él mismo a conclusiones mejor informadas.
El retorno de la lluvia tardía es el resultado de un estudio personal sobre este importante tema. Está basado en fuentes originales que incluyen a Ellen White, A. T. Jones, E. J. Waggoner y otros, permitiendo de ese modo que la historia hable por ella misma. El autor ha procurado leer la mayor parte del material impreso sobre el tema, para estar seguro de no pasar por alto nada importante. Agradezco las oraciones y el consejo dado por muchos otros que han ayudado en esta labor. Aunque nunca fue mi intención escribir un libro, este estudio ha sido una bendición para mi vida, y lo comparto con la esperanza de que sea una bendición para otros. No obstante, como sucede con muchos libros, no todos compartirán todas las conclusiones contenidas en este estudio. Dicho lo anterior, el autor no pretende infalibilidad alguna. El presente es un libro en progreso. Hay mucho más material por añadir; no sólo a nuevos capítulos en el futuro, sino también a los capítulos que tienes en tus manos. Eso va a demandar correcciones ulteriores, así como ciertos ajustes finos.
La motivación detrás de este estudio es la necesidad de comprender nuestra historia correctamente. Así dice la bien conocida declaración de Ellen White escrita en 1892: "No tenemos nada que temer por el futuro, excepto que olvidemos la forma en que Dios nos ha conducido, y su enseñanza en nuestra historia pasada".[41] Nos recuerda también que la causa de la caída de Israel fue haber olvidado su historia:
La razón por la que los hijos de Israel olvidaron a Jehová fue porque subió una generación a la que no se había instruido en relación con la gran liberación de Egipto por la mano de Jesucristo. Sus padres no les habían repetido la historia de la custodia divina que había estado sobre los hijos de Israel en todos sus viajes por el desierto… Los padres habían sido negligentes en la precisa obra que el Señor les había encargado, y fracasaron en instruirlos en relación con el propósito de Dios hacia su pueblo escogido. No les recordaron el hecho de que la idolatría era pecado, y que adorar a otros dioses significaba olvidar a Jehová. Si los padres hubieran cumplido su deber, jamás habríamos tenido el registro de la generación que no conocía a Dios, y que en consecuencia fue entregada en manos de destructores.[42]
Se me señaló la obra que hizo Moisés justo antes de morir. Reunió a todos los hijos de Israel y les repitió su experiencia pasada, sus pruebas, sus fracasos y las advertencias que se les habían dado.[43]
Pero al reexaminar nuestra historia debemos recordar que el objetivo no es descubrir las faltas en otros -del pasado o del presente- ni destruir, sino más bien que podamos aprender de los errores y no los repitamos. Debiéramos prestar atención a las palabras de Kenneth Wood: "La observación de las equivocaciones de nuestros antecesores nos puede llenar de angustia y pesar. Pero no podemos cambiar el pasado. No podemos rectificar la historia. No obstante, podemos aprender de ella, y podemos poner en orden nuestros corazones y nuestras casas, dando plena oportunidad al Espíritu Santo para que haga su obra en nosotros. Sólo en la medida en que nos relacionemos correctamente con el mensaje de la justicia por la fe, podemos esperar hoy el derramamiento de la lluvia tardía y la finalización de 'la obra'".[44]
Esto me lleva al punto siguiente. Como ha sucedido siempre, Satanás intenta hacer descarrilar todo movimiento de reforma mediante alguna falsificación o forma de fanatismo.[45] Una mirada rápida a nuestra historia adventista demuestra la veracidad de lo dicho. Satanás envió falsificaciones antes y después de 1888. Lo hizo al inicio de la década de 1920 señalando 1888, pero al mismo tiempo pretendiendo que la Iglesia [Adventista] es Babilonia. Lo mismo sucedió en las décadas de 1930 y 1940. Desde la década de 1950 se han dado otras formas de fanatismo, evocando 1888 y llamando a salir de la iglesia. Satanás ha hecho todo eso a fin de desviarnos del auténtico llamado de Dios a reexaminar nuestra historia con el fin de que seamos sanados.
Afirmémoslo con claridad: ¡la iglesia no es Babilonia! Oirá finalmente el llamado del "Testigo fiel" y mediante los divinos remedios llegará a estar preparada para la gran boda. Cristo tendrá finalmente una esposa sin mancha ni arruga. ¿Cómo? Vistiendo el ropaje inmaculado de la justicia de Cristo.
Por favor, recuerda que este libro no debe ser empleado para atacar a la Iglesia Adventista; no debe ser empleado con fines proselitistas para atraer a las personas hacia algún grupo separado. El propósito es que sea leído con oración por parte de dirigentes adventistas, educadores y laicos motivados, a fin de procurar una mejor comprensión de nuestra propia historia.
A lo largo de las páginas de este libro hemos hecho lo mejor que podíamos para seguir el excelente consejo de George R. Knight: "Permitamos que Ellen White hable por sí misma".[46]
Notas: