La belleza de los diferentes aspectos del mensaje de 1888 que el Señor envió hace unos ciento veinte años está magistralmente expresada en la declaración de Ellen White de 1895 que se puede leer en el libro Testimonios para los ministros:
En su gran misericordia el Señor envió un preciosísimo mensaje a su pueblo por medio de los pastores Waggoner y Jones. Este mensaje tenía que presentar en forma más destacada ante el mundo al sublime Salvador, el sacrificio por los pecados del mundo entero. Presentaba la justificación por la fe en el Garante; invitaba a la gente a recibir la justicia de Cristo, que se manifiesta en la obediencia a todos los mandamientos de Dios. Muchos habían perdido de vista a Jesús. Necesitaban dirigir sus ojos a su divina persona, a sus méritos, a su amor inalterable por la familia humana. Todo el poder es colocado en sus manos, y él puede dispensar ricos dones a los hombres, impartiendo el inapreciable don de su propia justicia al desvalido agente humano. Este es el mensaje que Dios ordenó que fuera dado al mundo. Es el mensaje del tercer ángel, que ha de ser proclamado en alta voz y acompañado por el abundante derramamiento de su Espíritu.
El exaltado Salvador ha de aparecer … sentado en el trono, para dispensar las inestimables bendiciones del pacto. … Cristo está intercediendo por la iglesia en los atrios celestiales. …
A pesar de nuestra indignidad, siempre hemos de tener en cuenta que hay Uno que puede quitar el pecado y salvar al pecador. …
Dios entregó a sus siervos un testimonio que presentaba con contornos claros y distintos la verdad como es en Jesús, que es el mensaje del tercer ángel. …
Este es el testimonio que debe circular por toda la longitud y la anchura del mundo. Presenta la ley y el evangelio, vinculando ambas cosas en un conjunto perfecto. (Véase Romanos 5 y 1 Juan 3:9 hasta el fin del capítulo.) Estos preciosos pasajes ejercerán una profunda influencia sobre todo corazón que se abra para recibirlos.
Esta es precisamente la obra que el Señor ha dispuesto que el mensaje que él ha dado a sus siervos realice en la mente y en el corazón de todo agente humano. Es la vida perpetua de la iglesia el que sus miembros amen a Dios en forma suprema, y amen a los demás como se aman a sí mismos. …
Descuidad esta gran salvación, que ha sido mantenida ante vosotros durante años, despreciad este glorioso ofrecimiento de justificación por medio de la sangre de Cristo y de santificación mediante el poder purificador del Espíritu Santo, y no quedará más sacrificio por el pecado, sino una horrenda expectación de juicio y de hervor de fuego. …
Os ruego que os humilléis y ceséis en vuestra obstinada resistencia a la luz y la evidencia.[1]
En la declaración precedente es posible encontrar, al menos, diez grandes verdades del evangelio que hacen "preciosísimo" el mensaje de 1888:
(1) Como ya se ha mencionado con anterioridad, Jones y Waggoner presentaron la verdad "tal cual es en Jesús". Cada una de las verdades derivó de comprender correctamente quién era el que había venido, y qué había venido a cumplir en esta tierra el que había venido. Eso incluía una comprensión más profunda del exaltado lugar del que Cristo había descendido, y de la profundidad a la que descendió para salvar a la humanidad. Muchos pioneros adventistas tenían raíces arrianas y concebían a Cristo como a un ser creado, o como quien había tenido un principio. El propio Uriah Smith se refirió a Cristo en 1865 como "el primer ser creado".[2] Pero Jones y Waggoner exaltaron la divinidad de Cristo. Lo presentaron como el que "existe por sí mismo", el que "tiene vida en sí mismo", y posee "por naturaleza todos los atributos de la Divinidad". Waggoner proclamó de forma inequívoca en el congreso de la Asociación General de 1888: "Creemos en la Divinidad de Cristo. Él es Dios".[3]
Hablando del mensaje que fue enviado mediante Jones y Waggoner, Ellen White exclamó: "Al pueblo de Dios le han sido enviados mensajes que llevan las credenciales divinas … Entre nosotros se ha presentado con belleza y encanto la plenitud de la Divinidad en Jesucristo, a fin de atraer a todos aquellos cuyos corazones no estaban cerrados por el prejuicio".[4] En su bien conocida declaración sobre el "preciosísimo mensaje" lo expresó así: "Este mensaje tenía que presentar en forma más destacada ante el mundo al sublime Salvador. … Necesitaban dirigir sus ojos a su divina persona, a sus méritos".[5] No obstante, al exaltar a Cristo, Jones y Waggoner no fueron al otro extremo, el de enseñar que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son "idénticos", correspondiendo su diferenciación simplemente a distintos papeles en el plan de la salvación. Con muy pocas excepciones, creyeron y enseñaron de forma consistente la verdad de la Divinidad en los mismos términos que la Biblia y Ellen White.
Estrechamente relacionada con su comprensión de la naturaleza divina de Cristo, estaba su comprensión de su naturaleza humana. Cristo vino recorriendo todo el camino hasta donde nosotros estamos, tomando sobre sí la "semejanza de carne de pecado". Tomó sobre su naturaleza impecable nuestra naturaleza pecaminosa, y sin embargo no tuvo pecado. Para Jones y Waggoner, Cristo "estuvo en la misma condición en que están los hombres a los que vino a salvar. … No estoy diciendo que Jesús fuera un pecador. … Si Cristo no hubiera sido hecho en todo como sus hermanos, entonces su vida libre de pecado no habría representado un estímulo para nosotros".[6]
Para Ellen White, eso era "presentar a Cristo como al Salvador que no está alejado, sino cercano, a la mano".[7] Consistía en "presentar en forma más destacada ante el mundo al sublime Salvador",[8] tanto en su naturaleza divina como en la humana, como nunca antes se había hecho.[9] Eso era "humanidad habitada por la Deidad, la revelación de Dios en la naturaleza humana, -fue el don de Dios a nuestro mundo. … Dios en carne humana, Dios en nuestra naturaleza probada y tentada".[10] Esa enseñanza no era del gusto de todos. A Ellen White le llegaron cartas "afirmando que Cristo no pudo haber tenido la misma naturaleza del hombre, pues de haber sido así, habría caído bajo tentaciones similares". A eso respondió: "Si no hubiera tenido la naturaleza del hombre, no habría podido ser nuestro ejemplo … no habría podido ser tentado como lo ha sido el hombre … no podría ser nuestro auxiliador".[11]
(2) De esa forma, Dios tomó la iniciativa en la salvación y continúa tomándola. Es el buen Pastor que busca a su oveja perdida aun cuando esta no lo busque a él. Está induciendo a todos los hombres continuamente al arrepentimiento. El amor (ágape) divino no es como el humano, pues su amor es invariable -no está basado en condiciones- y procura el bien de sus enemigos. Waggoner escribió que "Dios no espera a que los pecadores deseen el perdón, antes de hacer el esfuerzo por salvarlos".[12] "No es sólo que nos llama, sino que nos atrae. Nadie puede ir a él sin ser atraído por él, de forma que Cristo permanece en pie atrayendo a todos a Dios".[13]
Jones afirmó que "la mente de Dios respecto a la naturaleza humana no alcanza su cumplimiento hasta que nos tenga a su mano derecha, glorificados. … Viene y nos llama a eso; vayamos allí donde nos guíe. … Aquí nos está guiando el Pastor celestial".[14]
Ellen White describió esta parte del mensaje, afirmando: "Invitaba a la gente a recibir la justicia de Cristo. … Necesitaban dirigir sus ojos a … su amor inalterable por la familia humana".[15] "En la parábola de la oveja perdida, Cristo enseña que la salvación no se debe a nuestra búsqueda de Dios, sino a su búsqueda de nosotros".[16] "Nadie vendrá jamás a Cristo, salvo aquellos que respondan a la atracción del amor del Padre. Pero Dios está atrayendo todos los corazones a él, y únicamente aquellos que resisten su atracción se negarán a venir a Cristo".[17]
(3) Recorriendo todo el camino hasta llegar a donde está el hombre, Cristo vino a ser el segundo Adán y cumplió algo en favor de todo ser humano antes de que este hiciera elección alguna. Él no fue simplemente una oferta en favor del mundo -desde el principio del mundo- sino que fue dado al mundo. Murió la segunda muerte de cada ser humano, lo que supuso un veredicto de absolución al satisfacer las demandas de la justicia. La raza humana es acepta en él. De esa forma, Cristo salvó literalmente al mundo de una destrucción prematura, y ha elegido a todos los hombres para que sean salvos por la eternidad. Ha dado vida a todos los hombres, y trajo a la luz la inmortalidad. Y a toda persona ha dado una medida de fe.
Jones afirmó que "Él eligió a toda alma en el mundo; la eligió en Cristo antes de la fundación del mundo, la predestinó a ser adoptada como hija y la hizo acepta en el Amado".[18]
Así lo expresó Waggoner: "Esa fe le es dada a todo hombre, lo mismo que Cristo se dio a sí mismo a todo hombre. Te preguntarás entonces qué podría impedir que todo hombre fuera salvo. La respuesta es: nada, excepto por el hecho de que todos los hombres no guardarán la fe. Si todos guardaran todo lo que Dios les da, todos serían salvos". "No hay aquí excepción. De igual forma en que la condenación vino a todos, así también la justificación viene a todos. Cristo gustó la muerte por todos".[19]
Ellen White describió así esta parte del mensaje de Jones y Waggoner: "Presentar en forma más destacada ante el mundo al sublime Salvador, el sacrificio por los pecados del mundo entero. … (Ver Romanos 5 y 1 Juan 3:9 hasta el final del capítulo)".[20] Por consiguiente, la muerte de Cristo hizo algo efectivo en favor de todo ser humano al margen de la elección de este, tanto en lo temporal como en lo eterno, pero la plenitud de ese gran don jamás será totalmente conocida ni experimentada en ausencia de una respuesta positiva. Lejos de privar al ser humano del poder de elegir, la cruz de Cristo es lo que le da esa capacidad. Es la cruz de Cristo la que logra o demanda una respuesta de cada uno: "¿Qué vas a hacer con el Don que te he dado?" Sobre esa respuesta, sobre esa elección, gravita el destino eterno de cada cual. "Hay sólo dos clases en todo el universo: los que creen en Cristo y cuya fe les lleva a guardar todos los mandamientos, y aquellos que no creen en él y son desobedientes".[21] "Siempre ha habido y siempre habrá dos clases … los creyentes en Jesús, y los que lo rechazan … y rehúsan creer la verdad".[22] "Así, cada uno será condenado o absuelto según sus propias palabras, y será vindicada la justicia de Dios".[23]
(4) Así, Dios no va a forzar a nadie a ir al cielo. Compró para toda la humanidad la libertad de elegir. El pecador debe resistir persistentemente su amor a fin de perderse. Waggoner lo expresó claramente: "Dios ha traído salvación para todo ser humano y se la ha dado, pero la mayoría la desprecia y desecha. El juicio revelará el hecho de que se dio plena salvación a todos, y que los perdidos han desechado deliberadamente lo que es suyo desde el nacimiento".[24] "Dios ha implantado en el alma cierto conocimiento del bien y el mal, y cierto deseo del bien; y siempre que alguien se entrega totalmente al pecado, lo hace resistiendo los esfuerzos del Espíritu".[25] "Su muerte ha asegurado el perdón y la vida para todos. Nada puede evitar que se salven, excepto una voluntad perversa por su parte. El hombre se ha de dejar ir de la mano de Dios a fin de perderse".[26]
Jones coincidió: "A cada uno se le da gratuitamente toda la gracia de Dios, que trae salvación a todos. … Habiéndolo dado todo, queda exonerado, incluso si el hombre lo puede rechazar".[27] "El Señor no va a compeler a nadie a que lo acepte. … Nadie va a morir la muerte segunda a menos que haya elegido el pecado en lugar de la justicia, la muerte en lugar de la vida".[28]
Ellen White, escribiendo en ese período de tiempo, lo expresó así: "El pecador puede resistir a este amor, puede rehusar ser atraído a Cristo; pero si no se resiste, será atraído a Jesús".[29] "Las bendiciones de la salvación son para cada alma. Nada, a no ser su propia elección, puede impedir a algún hombre que llegue a tener parte en la promesa hecha en Cristo por el evangelio".[30] Refiriéndose a ese "preciosísimo mensaje" declaró específicamente: "Os ruego que os humilléis y ceséis en vuestra obstinada resistencia a la luz y la evidencia".[31] "Jesús murió por el mundo entero, pero los hombres rehúsan en obstinada incredulidad ser modelados según el patrón divino".[32] "¡Cristo ha hecho un amplio sacrificio por todos! Lo que demandaba la justicia, Cristo lo satisfizo en el ofrecimiento de sí mismo. … Quienes rechazan el don de la vida no van a tener excusa alguna [se cita Juan 3:16]".[33] "La ira de Dios no se declara contra los hombres meramente debido a los pecados que han cometido, sino por continuar en un estado de resistencia".[34] Puesto que Cristo pagó ya la penalidad por el pecado de cada persona, la única razón por la que cualquiera pueda ser finalmente condenado, es por su persistente incredulidad y por la desobediencia que es su inevitable resultado -por despreciar la redención lograda por Cristo en la cruz, y la expiación que él ministra como sumo sacerdote para limpiarnos de todo pecado. Es en ese sentido en el que el pecado es (o más bien es el resultado de) la constante resistencia de su gracia, lo que lleva siempre a la transgresión de la ley.
(5) La otra única respuesta posible es la de la fe; fe genuina que obra por el amor. Pero eso significa más que un mero asentimiento mental a la verdad doctrinal; es la comprensión de la altura y profundidad del amor (ágape) de Dios hacia la raza humana. "Podéis decir que creéis en Jesús, cuando apreciáis el costo de la salvación".[35] Al mirar la cruz, el ser humano ve la ley y el evangelio -la justicia y la misericordia- perfectamente fusionados. El corazón queda impresionado por la magnitud del sacrificio requerido por una ley quebrantada, que es la transcripción del carácter de Dios. Es más que la letra de la ley lo que nos lleva a Cristo; es el Espíritu de la ley tal como se revela en la vida y muerte de Cristo, lo que nos trae convicción de pecado y un deseo de perdón y restauración. "Su amor evocará una respuesta … y [nuestras] vidas mostrarán a quienes nos rodean que el Espíritu de Dios [nos] controla". Nuestra comprensión del gran sacrificio -"la longitud de la cadena tendida desde el cielo para elevarnos"- estará en proporción con nuestra comprensión del alcance de la santa ley de Dios.[36] "Dios extiende su mano para alcanzar la mano de nuestra fe y dirigirla a asirse de la divinidad de Cristo, a fin de que nuestro carácter pueda alcanzar la perfección".[37] Nuestro deseo se centrará en esa perfecta justicia que sólo se encuentra en Cristo.
Por lo tanto, justificación por la fe significa mucho más que solamente apreciar y recibir una declaración legal de absolución; cambia el corazón. El pecador ha recibido ahora la expiación, que es reconciliación con Dios. Puesto que es imposible estar verdaderamente reconciliado con él sin estar al mismo tiempo reconciliado con su santa ley, es evidente que la justificación por la fe hace al creyente obediente a todos los mandamientos de Dios. "Tenemos aquí el amor del Padre al dar a su Hijo para que muera por el hombre caído, a fin de que este pueda guardar la ley de Jehová. Jesús está, pues, en nuestro mundo, su divinidad vestida de humanidad, y el hombre debe estar vestido con la justicia de Cristo. Entonces puede, mediante la justicia de Cristo, permanecer absuelto ante Dios".[38]
Waggoner lo expresó así: "Somos salvados por la fe en Cristo; pero Cristo nos salva de nuestros pecados, no en ellos".[39] "Disponemos de la evidencia más positiva de que la observancia de los mandamientos de Dios y la fe de Jesús están inseparablemente unidas. Nadie puede guardar los mandamientos de Dios sin fe en Jesús, y nadie tiene auténtica fe en Jesús a menos que sea llevado a ella por los términos de la ley violada, y por el sincero deseo de que se cumpla en él la justicia de la ley. … Y nadie puede obedecerla a menos que se someta a la obra del Espíritu Santo y venga a Cristo".[40] "No se trata de que Dios otorgue justicia como recompensa por creer ciertos dogmas; el evangelio nada tiene que ver con eso. Se trata de que la fe verdadera tiene a Cristo como a su único objeto, y trae de hecho la vida de Cristo al corazón; por lo tanto, ha de traer la justicia".[41]
Jones afirmó lo mismo: "La fe es el 'don de Dios' (Efe. 2:8); y las Escrituras declaran inconfundiblemente que le es concedida a todos [se cita Rom 12:3]. Esa 'medida de fe que Dios repartió a cada uno' es el capital del que Dios dota de entrada 'a todo hombre que viene a este mundo'; y se espera que cada uno negocie con ese capital -que lo cultive- para salvación de su alma".[42] "¿Quieres ser como Jesús? Entonces, recibe la gracia que ha dado tan plena y gratuitamente. Recíbela en la medida en que él la ha dado, no en la medida en que tú crees merecerla. Entrégate a ella. … Te hará semejante a Jesús".[43]
Ellen White describió esta parte del "mensaje preciosísimo" al afirmar: "Presentaba la justificación por la fe en el Garante; invitaba a la gente a recibir la justicia de Cristo, que se manifiesta en la obediencia a todos los mandamientos de Dios".[44] "El corazón necesita la presencia del Huésped celestial, --Cristo morando en el alma. Hemos de morar en Cristo, y Cristo ha de morar en nosotros por la fe".[45] "Dejad que more en vosotros Cristo, la Vida divina, y que por medio de vosotros revele el amor nacido en el cielo, el cual inspirará esperanza a los desesperanzados y traerá la paz de los cielos al corazón afligido por el pecado".[46]
(6) Esta obra maravillosa se cumple mediante el ministerio del nuevo pacto en el que Dios escribe de hecho su ley en el corazón del creyente. Se ama la obediencia y se odia al pecado. Los pactos viejo y nuevo no son primariamente una cuestión de tiempo, sino de condición. La fe de Abraham le permitió vivir bajo el nuevo pacto, mientras que multitudes de cristianos viven hoy bajo el viejo pacto. El nuevo pacto es la promesa unidireccional de parte de Dios, de escribir su ley en nuestros corazones, y de darnos salvación eterna como un don gratuito en Cristo. El viejo pacto es la vana promesa hecha por las personas, de ser fieles y obedecer; eso engendra esclavitud (Gál 4:24). Así, bajo el nuevo pacto, la salvación viene al creer las promesas de Dios de capacitarnos para obedecer, y no haciéndole promesas a él -que no podemos obedecer-. Esa verdad del nuevo pacto fue un elemento esencial en el mensaje de 1888, y estuvo asimismo en el centro de la controversia sobre la ley en Gálatas.
Waggoner lo expresó así: "Esos dos pactos existen hoy. Los dos pactos no son un asunto de tiempo, sino de condición. … Así, el pacto del Sinaí mantiene a todos los que se adhieren a él en la esclavitud 'bajo la ley', mientras que el pacto de arriba trae libertad; no libertad para desobedecer la ley, sino libertad para obedecerla. … La diferencia entre ambos pactos se puede enunciar así: en el pacto del Sinaí, nosotros mismos tenemos que vérnoslas con la ley sola, mientras que en el pacto de lo Alto recibimos la ley en Cristo".[47]
La posición de Jones coincidía: "El primer [viejo] pacto descansaba sobre las promesas de la gente, y dependía solamente de los esfuerzos de ellos. El segundo [nuevo] pacto consiste solamente en la promesa de Dios, y depende del poder y de la obra de Dios".[48]
Ellen White apoyó a Jones y Waggoner en su posición sobre los pactos, y proclamó ella misma las mismas buenas nuevas: "Todo el poder es colocado en sus manos, y él puede dispensar ricos dones a los hombres, impartiendo el inapreciable don de su propia justicia al desvalido agente humano. … El exaltado Salvador ha de aparecer en su obra eficaz como el Cordero inmolado, sentado en el trono, para dispensar las inapreciables bendiciones del pacto".[49] "Los términos del pacto antiguo eran: Obedece y vivirás. … El nuevo pacto se estableció sobre 'mejores promesas', la promesa del perdón de los pecados, y de la gracia de Dios para renovar el corazón y ponerlo en armonía con los principios de la ley de Dios".[50] "Vuestras promesas y resoluciones son como cuerdas de arena. No podéis controlar vuestros pensamientos, impulsos y afectos. El conocimiento de vuestras promesas quebrantadas y votos incumplidos debilita la confianza que tuvisteis en vuestra propia sinceridad, y hace que sintáis que Dios no os puede aceptar. … Lo que necesitáis comprender es el verdadero poder de la voluntad [elección]".[51]
(7) La validez de las promesas de Dios se puede apreciar en el hecho de que nuestro Salvador "condenó el pecado en la carne" de la humanidad caída, conquistando el dominio del pecado en favor de la raza humana. Eso significa que ilegalizó el pecado. A la luz de la cruz, el diablo no puede forzar a nadie a que peque. En virtud de Cristo, no hay ahora razón por la que cualquier ser humano tenga que continuar viviendo bajo el espantoso "dominio" del pecado. La justicia viene por la fe; el pecado, por la incredulidad. Las adicciones pecaminosas pierden el dominio cuando uno tiene "la fe de Jesús" (Apoc. 14:12).
Waggoner lo expresó así: "Hacer esto tal como indica la Biblia, considerar a Cristo continua e inteligentemente tal como él es, lo transformará a uno en un cristiano perfecto".[52] También Jones lo expresó claramente: "[Cristo] constituyó y consagró un camino por el cual, en él, todo creyente puede, en este mundo y durante toda la vida, vivir una vida santa, inocente, limpia, apartada de los pecadores, y como consecuencia ser hecho con él más sublime que los cielos. … Cristo la logró [la perfección] en carne humana en este mundo, constituyendo y consagrando así un camino por el cual, en él, todo creyente puede tenerla".[53]
Ellen White apoyó a Jones y Waggoner en esa enseñanza: "Dios se manifestó en carne a fin de condenar el pecado en la carne. … Ningún hombre puede decir que esté irremisiblemente sujeto a la esclavitud del pecado y de Satanás. Cristo ha asumido las responsabilidades de la raza humana. … Él testifica que mediante su justicia imputada, el alma que cree obedecerá los mandamientos de Dios".[54] Refiriéndose a aquel preciosísimo mensaje, afirmó: "La eficacia de la sangre de Cristo tenía que ser presentada al pueblo con poder renovado, para que su fe pudiera echar mano de los méritos de esa sangre. … A pesar de nuestra indignidad, siempre hemos de tener en cuenta que hay Uno que puede quitar el pecado y salvar al pecador. … Los que recibieron el mensaje fueron grandemente bendecidos, pues vieron los brillantes rayos del Sol de justicia, y surgieron vida y esperanza en sus corazones".[55]
(8) En consecuencia, el deseo de que lleguen a su fin el pecado y el dolor no está basado en motivaciones egoístas. En el último tiempo se va a dar una motivación más elevada que la que ha sido prevalente en la iglesia en las edades pasadas. Se trata de una preocupación porque Cristo reciba su recompensa y halle su reposo en la erradicación final del pecado. Esa nueva motivación trasciende al temor a perderse, o bien a la esperanza de recompensa por ser salvo; uno ama la obediencia. Esa motivación superior está simbolizada en el clímax de la Escritura: la esposa de Cristo estando por fin preparada. Eso tiene lugar cuando los creyentes aprecian realmente el amor (ágape) de Dios manifestado a todos los hombres. Eso los motiva a vivir por él, y finalmente pueden darse las "bodas del Cordero" (Apoc 19:7).
Waggoner expresó así la vindicación final del carácter de Dios: "Satanás acusa hoy a Dios de injusticia e indiferencia, incluso de crueldad. Miles de hombres se han hecho eco de la acusación. Pero el juicio declarará la justicia de Dios. Su carácter, tanto como el de los hombres, está sometido a escrutinio. En el juicio cada acción realizada desde la creación, sea de parte de Dios o del hombre, será vista en su pleno significado. Y cuando todo sea visto en la perfecta luz, Dios quedará absuelto de todo mal, incluso por parte de sus enemigos".[56]
Jones habló en estos términos de esa experiencia de abnegación final: "Cuando venga Jesús será para tomar a su pueblo para sí. Es para presentarse a sí mismo su iglesia gloriosa, sin 'mancha ni arruga ni cosa semejante', sino 'santa y sin mancha'. Será para verse perfectamente reflejado a sí mismo en todos sus santos. Y antes que él venga de esa forma, su pueblo ha de estar en esa condición. … Y ese estado de perfección, ese desarrollo en cada creyente de la completa imagen de Jesús, esa es la consumación del misterio de Dios, que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria. Esa consumación tiene lugar en la purificación del santuario".[57]
Ellen White expresó frecuentemente ese tema en sus escritos: "No es el temor al castigo, o la esperanza de la recompensa eterna, lo que induce a los discípulos de Cristo a seguirle. Contemplan el amor incomparable del Salvador, revelado en su peregrinación en la tierra, desde el pesebre de Belén hasta la cruz del Calvario, y la visión del Salvador atrae, enternece y subyuga el alma. El amor se despierta en el corazón de los que lo contemplan. Ellos oyen su voz, y le siguen".[58] "Cristo espera con un deseo anhelante la manifestación de sí mismo en su iglesia. Cuando el carácter de Cristo sea perfectamente reproducido en su pueblo, entonces vendrá él para reclamarlos como suyos. Todo cristiano tiene la oportunidad, no sólo de esperar, sino de apresurar la venida de nuestro Señor Jesucristo".[59] "Pocos piensan en el sufrimiento que el pecado causó a nuestro Creador. Todo el cielo sufrió con la agonía de Cristo, pero ese sufrimiento no empezó ni terminó cuando se manifestó en el seno de la humanidad. La cruz es, para nuestros sentidos entorpecidos, una revelación del dolor que, desde su comienzo, produjo el pecado en el corazón de Dios".[60] Refiriéndose a ese "preciosísimo mensaje", escribió: "Esta es precisamente la obra que el Señor ha dispuesto que el mensaje que él ha dado a sus siervos realice en la mente y en el corazón de todo agente humano. Es la vida perpetua de la iglesia el que sus miembros amen a Dios de forma suprema, y amen a los demás como se aman a sí mismos".[61]
(9) El mensaje de 1888 es especialmente precioso debido a que casa la verdad bíblica de la justificación por la fe con la idea bíblica singular de la purificación del santuario celestial. Eso es auténtica justicia por la fe. Esa obra depende de la plena purificación del pueblo de Dios en la tierra, que va a cumplir el Sumo Sacerdote en favor de todos los que así se lo permitan. Esa es verdad bíblica que el mundo está pendiente de descubrir. Es "el mensaje del tercer ángel en verdad",[62] que está centrado en el ministerio de Cristo en el lugar santísimo desde 1844.[63] Conforma el elemento esencial de la verdad que ha de alumbrar todavía la tierra con la gloria de una presentación final plenamente desarrollada del "evangelio eterno" de Apocalipsis 14 y 18.
Waggoner expresó esa posición inmediatamente después del congreso de la Asociación General de 1888 al declarar: "Pero ¿va a existir jamás un pueblo en la tierra que haya alcanzado tal perfección del carácter? Ciertamente [se cita Sof 3:13]. Cuando venga el Señor habrá una compañía que será hallada 'completa en él', no teniendo su propia justicia sino esa perfecta justicia de Dios que viene por la fe de Jesucristo. Perfeccionar esa obra en los corazones de las personas y preparar una compañía tal, es la obra del mensaje del tercer ángel. Ese mensaje, por consiguiente, no es un conglomerado de teorías muertas, sino una realidad viviente práctica".[64] Waggoner seguía años después escribiendo sobre ese tan importante mensaje: "El que Dios tiene un santuario en los cielos, y que Cristo es allí sacerdote, es algo que nadie que lea las Escrituras puede dudar. … Por consiguiente, se deduce que la purificación del santuario -una obra que las Escrituras presentan como precediendo inmediatamente la venida del Señor- coincide con la completa purificación del pueblo de Dios en la tierra, preparándolo para la traslación en la venida del Señor".[65]
Jones escribió con la misma urgencia: "Ese mensaje especial de justificación que Dios ha estado enviándonos tiene por objeto prepararnos para la glorificación en la venida del Señor. En ello Dios nos está dando la señal más poderosa que quepa dar, de que lo siguiente es la venida del Señor".[66] Años después seguía conservando el mismo énfasis: "Si predico el final de la transgresión en las vidas de las personas; y si predico poner fin al pecado, hacer reconciliación por la iniquidad y traer la justicia perdurable en la vida del individuo, pero dejo de predicar junto a ello el santuario y su purificación, eso no es el mensaje del tercer ángel. Ese gran día no puede venir hasta que el santuario sea purificado. El santuario no puede ser purificado hasta que se ponga final a la transgresión en vuestra vida y la mía, y se haga reconciliación por los pecados cometidos; y entonces, oh, entonces, por encima de todo, sea traída la justicia perdurable que nos mantenga firmes en el camino de la justicia".[67]
Ellen White, hablando de lo que tuvo lugar en 1844, muestra la relación entre el mensaje del tercer ángel y la purificación del santuario: "Los que rechazaron el primer mensaje no podía beneficiarse del segundo, ni fueron beneficiados por el clamor de media noche que había de prepararlos para entrar con Jesús por la fe en el lugar santísimo del santuario celestial. Y rechazando los dos mensajes anteriores, no pueden ver luz en el mensaje del tercer ángel, que muestra el camino al lugar santísimo".[68] En 1888, Ellen White vio que Cristo estaba todavía en el santuario, ocupado en preparar un pueblo para su segunda venida. Jones y Waggoner habían sido enviados con un mensaje por esa precisa razón: "Cristo está ahora en el santuario celestial. Y ¿qué está haciendo? Está haciendo expiación por nosotros, purificando el santuario de los pecados del pueblo. Por lo tanto, debemos entrar por la fe en el santuario con él. … La obra final del mensaje del tercer ángel será asistida por un poder que enviará los rayos del Sol de justicia a todas las avenidas y veredas de la vida".[69] En 1890 escribió diversos artículos tratando la relación entre ese mensaje y la purificación del santuario: "Estamos en el día de la expiación y debemos obrar en armonía con la obra de Cristo en la purificación del santuario de los pecados del pueblo. Que nadie que quiera ser hallado con el vestido de boda resista a nuestro Señor en su obra".[70] Refiriéndose al "preciosísimo mensaje", escribió: "Cristo está intercediendo por la iglesia en los atrios celestiales. … Así como el sumo sacerdote asperjaba la sangre caliente sobre el propiciatorio … de la misma manera, mientras confesamos nuestros pecados e invocamos la eficacia de la sangre expiatoria de Cristo, nuestras oraciones han de ascender al cielo. … Dios entregó a sus siervos un testimonio que presentaba con contornos claros y distintos la verdad como es en Jesús, que es el mensaje del tercer ángel".[71]
(10) Puesto que Cristo ha paga do ya la penalidad por el pecado de cada uno, y está constantemente atrayendo a los hombres al arrepentimiento, la única razón por la que alguien pueda ser finalmente condenado es por la persistente incredulidad, por rehusar apreciar la redención efectuada por Cristo en la cruz, y ministrada por él mismo como Sumo Sacerdote. De ello se deduce que si uno comprende y cree lo buenas que son las buenas nuevas de salvación, entonces resulta más fácil salvarse que perderse. El yugo de Cristo es fácil, y su carga ligera, y resistirse es el duro camino descendente a la destrucción. La luz es más poderosa que las tinieblas, la gracia es más poderosa que el pecado y el Espíritu Santo es más poderoso que la carne cuando el corazón está entregado a Cristo. En contraste, resistir la convicción de las buenas nuevas del Espíritu Santo equivale a "dar coces contra el aguijón". Los que rehúsan creer, encontrarán que les resulta fácil seguir sus propias tendencias naturales al mal. El verdadero evangelio expone esa incredulidad y lleva a un arrepentimiento efectivo que prepara al creyente para el regreso de Cristo, con tal que el hombre lo haya elegido a Él. Cualquier dificultad ha de ser debida a un fallo en creer el evangelio, en creer que "Dios extiende su mano para alcanzar la mano de nuestra fe y dirigirla a asirse de la divinidad de Cristo, a fin de que nuestro carácter pueda alcanzar la perfección".[72] Cristo puede sujetar nuestra mano con mucha mayor firmeza con la que nosotros podemos sujetar la suya.
Jones lo expresó así: "Cuando reina la gracia, es más fácil hacer el bien que hace el mal. Tal es la comparación [Rom 5:21]. … Así, es igual de literalmente cierto que bajo el reinado de la gracia es más fácil obrar el bien que el mal, como lo es que bajo el reinado del pecado es más fácil obrar el mal que el bien".[73] "La salvación del pecado depende ciertamente de que haya más poder en la gracia que en el pecado. … Debido a que el hombre es de forma natural esclavo de un poder -el poder del pecado- que es absoluto en su reino. Y por tanto tiempo como ese poder tenga la ascendencia, no sólo es difícil, sino imposible que uno haga el bien que sabe que debería y quisiera hacer. Pero permítase que tenga precedencia un poder superior a ese; ¿no resulta obvio que será tan fácil servir los deseos del poder superior cuando reina, como lo fue servir a los del inferior cuando reinó?"[74]
Waggoner coincidió: "Muchos tienen la idea de que les es imposible creer. Ese es un error grave. La fe es tan fácil y tan natural como el respirar. Es la herencia común de todos los hombres, y aquello en lo que son todos iguales. Es solamente cuando los hombres erigen una barrera de orgullo a su alrededor (Sal 73:6) que encuentran difícil creer. … La pregunta es: ¿En qué medida ha dado Dios la fe a cada uno? … La fe que él da, es la fe de Jesús. La fe de Jesús se da en la dádiva del propio Jesús, y Cristo se da en su plenitud a todo hombre".[75] "No tenemos necesidad de mejorar las Escrituras pretendiendo que la bondad de Dios tiende a llevar los hombres al arrepentimiento. La Biblia dice que los lleva al arrepentimiento. … Ahora bien, no todos se arrepienten; ¿por qué? Porque desprecian las riquezas de la bondad, paciencia y longanimidad de Dios, y rechazan la conducción misericordiosa del Señor. Pero todo el que no resista al Señor será llevado de forma segura al arrepentimiento y la salvación".[76]
Ellen White expresó eso mismo: "He llevado por cincuenta años el yugo de Cristo, y puedo dar testimonio de que su yugo es fácil y su carga ligera. No he encontrado jamás una dificultad, excepto cuando yo misma manufacturé mi yugo y dejé el yugo de Cristo".[77] "Diga a la gente con lenguaje claro y lleno de esperanza cómo puede escapar de la herencia de oprobio que merecemos. Pero por amor a Cristo, no les presente ideas que desanimen, que hagan que parezca muy difícil el camino del cielo".[78] "Por el contrario, el sendero que conduce a la vida es angosto y la entrada estrecha. Si nos aferramos a algún pecado predilecto hallaremos la puerta demasiado estrecha. … No deduzcamos, sin embargo, que el sendero ascendente es difícil y la ruta que desciende es fácil. A todo lo largo del camino que conduce a la muerte hay penas y castigos, hay pesares y chascos, hay advertencias para que no se continúe. El amor de Dios es tal, que los desatentos y los obstinados no pueden destruirse fácilmente".[79] "Cristo sujetará nuestra mano más firmemente de lo que nosotros podemos sujetar la suya".[80]
Hablando de quienes estaban rechazando aquel "preciosísimo mensaje", advirtió: "Si rechazáis a los mensajeros delegados por Cristo, rechazáis a Cristo. Descuidad esta gran salvación, que ha sido mantenida ante vosotros durante años, despreciad esta gloriosa oferta de justificación por medio de la sangre de Cristo, y de santificación mediante el poder purificador del Espíritu Santo, y no quedará más sacrificio por el pecado, sino una horrenda expectación de juicio y de hervor de fuego".[81]
Sin duda hay otros aspectos del mensaje de 1888 que tuvieron su influencia en la obra de la iglesia en los años que siguieron, tales como la libertad religiosa, la educación, la obra médica y las reformas en el área de la salud; pero el núcleo central del mensaje, tal como Ellen White reconoció, fue la justicia por la fe. Se han escrito muchos otros libros que abordan particularmente los aspectos mencionados del mensaje. Trataremos específicamente muchos de esos aspectos en El retorno de la lluvia tardía, volumen 2.[82]
Notas: