Tocado por Nuestros Sentimientos

Introducción

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A través de la historia de la Iglesia Cristiana, el asunto de la Cristología, que trata de Cristo, Su persona y obra[1] fue el centro de muchas disputas teológicas. Las más dañinas herejías y más dramáticos cismas tuvieron sus orígenes en la diversidad de teorías concernientes a la persona y obra de Cristo.

Debido a la helenización de la fe (conformar la fe al carácter y cultura griegas) y del surgimiento de doctrinas herejes, los apóstoles y sus sucesores fueron forzados a contender en función de la cuestión de la naturaleza divino-humana de Cristo. Eso dio como resultado la creación de "una Cristología en el estricto sentido de término, o una expresa doctrina de la persona de Jesucristo".[2]

Hoy, la naturaleza humana de Cristo aún permanece como un serio problema para el Cristianismo, y varias denominaciones tratan de resolverlo conforme una variedad de modos. Ese es un importantísimo tópico. De ese punto dependen no apenas nuestra comprensión de la obra de Cristo, sino también el entendimiento del modo de vida esperado de cada uno de nosotros, mientras seguimos "la verdad que es en Jesús". (Efe. 4:21).

Los apóstoles enfrentan las primeras herejías

Es interesante notar que en los comienzos del Cristianismo, la cuestión de la persona de Cristo no fue: "¿Cuál fue Su naturaleza?", sino "¿Quién es Él?". Cuando Jesús le preguntó a Sus discípulos: "¿Quién, dicen los hombres, ser el Hijo del hombre? Ellos respondieron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas". "Pero vosotros, les preguntó Jesús, ¿quién decís que Yo soy?" Simon Pedro respondió: "Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo". (Mat. 16:13-16).

A medida que la evangelización del mundo greco-romano progresaba, la cuestión dejó de ser una simple materia sobre quien Jesús era. Ahora el problema cambió de rumbo: ¿Cómo Jesús se refería a Dios? ¿Era Él verdaderamente divino, o apenas un hombre? Si ambos, ¿cómo podemos explicar el relacionamiento entre Su divina naturaleza y Su naturaleza humana? La iglesia, al confrontarse con la herejía, fue obligada a considerar esas cuestiones y tratar de responderlas.

Pablo y Juan fueron los primeros a refutar las falsas enseñanzas sobre la naturaleza de Cristo, en respuesta a dudas que surgieron acerca de Su divinidad y humanidad. En la epístola a los Filipenses, después de enfatizar la igualdad de Cristo con Dios, Pablo dice que Jesús vino a este mundo y se volvió "semejante a los hombres, y encontrado en la forma de hombre..." (Fil. 2:7-8) Igualmente, habiéndole escrito a los romanos que Dios envió a "Su Hijo en semejanza de carne de pecado..." (Rom. 8:3), él le declara enfáticamente a los colosenses que Cristo "es imagen del Dios invisible", y que "en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Divinidad". (Col. 1:15; 2:9)

Fuera de eso, Juan fue compelido a afirmar en su evangelio que "el Verbo era Dios", y que "el Verbo se hizo carne" (Juan 1:1 y 14) Entonces, confrontado con las alegaciones de los gnósticos, él decidió que era necesario advertir a la iglesia contra aquellos que negaban la humanidad de Cristo: "En esto conocéis el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo vino en carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios; ese es el espíritu del anticristo". (1 Juan 4:2-3)

La Cristología a través de los siglos

Desde el inicio del segundo siglo, los sucesores de los apóstoles fueron atraídos para los inexorables argumentos que tratan de la persona de Cristo, y en particular de Su naturaleza. Enfrentado con el desarrollo del arrianismo, que negaba la divinidad de Cristo, el Concilio de Nicea (325 d. C.) resolvió el problema afirmando la divinidad de Jesús. Permaneció aun el problema de las dos naturalezas, humana y divina, que fue solucionado por el Concilio de Caledonia (451 d. C.), y ese dogma se volvió la declaración de fe de la Iglesia Católica.

Los reformadores no fueron, en realidad, innovadores cristológicos; ellos estaban más preocupados con los problemas referentes a la naturaleza de la fe y de la justificación, que con aquellos de la Cristología. En términos generales, todos ellos aceptaron "el dogma fundamental de la esencial divinidad de Cristo, con la unidad de la persona y la dualidad de naturalezas".[3] Apenas unos pocos teólogos protestantes en Suiza de habla francesa abandonaron la "doctrina de las dos naturalezas".[4]

Sin embargo, muchos teólogos del siglo veinte siguieron sus pisadas. Oscar Culmann, por ejemplo, considera que "la discusión relativa a las dos naturalezas es, esencialmente, un problema griego y no judío o bíblico".[5]

Emil Brunner garantiza que "el complejo conjunto de los problemas suscitados por la doctrina de las dos naturalezas es el resultado de una cuestión equivocadamente presentada, de un problema que desea conocer algo que nosotros simplemente no podemos saber, o sea, cómo la divinidad y la humanidad están unidas en la persona de Cristo".[6]

Esa notable retirada del dogma de Calcedonia por parte de esos teólogos, está en la base de la nueva tendencia en Cristología. La vasta mayoría de los teólogos, hoy, tanto católicos como protestantes, reconocen que el estudio del misterio de Cristo no puede más estar separado de su significado para la humanidad. En otras palabras, una característica de las Cristologías contemporáneas es que ellas están más estrechamente ligadas a la antropología.

Naturalmente, esa nueva relación conduce algunos teólogos a una consideración mucho más profunda de la naturaleza humana de Cristo. El concepto de que el Hijo del hombre tomó la naturaleza humana es reconocido por todos los cristianos. Pero la cuestión es sobre qué especie de naturaleza humana Él asumió: ¿aquella afectada por la caída o la originalmente creada por Dios? En otros términos ¿la naturaleza de Adán antes o después de la caída?

Cristología contemporánea

A través de los siglos pasados, atreverse a sugerir que la naturaleza humana de Cristo era la de Adán después del pecado, habría sido considerado una grave herejía. Hoy, muchos consideran que esa cuestión aun es discutible.[7]

No obstante, debemos ciertamente reconocer que los más eminentes teólogos protestantes de la segunda mitad del siglo veinte, tales como Karl Barth, Emil Brunner, Rudolf Bultmann, Oscar Culmann, J. A. T. Robinson y otros, se han declarado abiertamente en apoyo a la naturaleza humana afectada por la caída.

Karl Barth fue el primero a declarar su apoyo a esa explicación, en un artículo publicado ya en 1934.[8] Sin embargo, su más amplio análisis es encontrado en Dogmatics (Dogmáticos), bajo el título Truly God and Truly Man (Verdaderamente Dios y Verdaderamente Hombre)[9] Habiendo afirmado su creencia de que Jesucristo era "verdaderamente Dios", él considera pormenorizadamente como el "Verbo Se hizo carne". Para él no había ninguna posible duda sobre la caída naturaleza humana de Jesús. Con certeza él afirmó: "Él (Jesús) no era un pecador. Mas interior y exteriormente Su situación era de un hombre pecador. Él nada hizo de lo que Adán practicó, sino que vivió en la forma en que precisó asumir como base el acto de Adán. Él soportó inocentemente todo aquello de que hemos sido culpados -- Adán y todos nosotros en Adán. Espontáneamente, Él Se solidarizó con nosotros y entró en necesaria asociación con nuestra perdida existencia. Apenas de ese modo podría la revelación de Dios a nosotros y nuestra reconciliación con Él, manifiestamente volverse un evento en Él y por Él".[10]

Habiendo justificado sus conclusiones con versos de Pablo y la epístola a los Hebreos, Barth añade: "Pero no debe haber cualquier debilitación o ensombrecimiento de la salvadora verdad de que la naturaleza que Dios asumió en Cristo es idéntica a nuestra naturaleza, como nosotros la entendemos a la luz de la caída. Si eso fuese diferente, ¿cómo podría Cristo ser realmente semejante a nosotros? ¿Qué relación tendríamos con Él? Estamos delante de Dios caracterizados por la caída. El Hijo de Dios no apenas asumió nuestra naturaleza, sino que penetró en la concreta forma de nuestra naturaleza, bajo la cual estamos delante del Señor como hombres maldecidos y perdidos. Él no creó o estableció esa forma diversamente de la nuestra; aun cuando era inocente, Él Se hizo culpado; a despecho de ser sin pecado, Él Se volvió pecado. Pero esas cosas no deben llevarnos a disminuir Su completa solidaridad con nosotros y de ese modo alejarlo de nosotros".[11]

Emil Bruner, en su Dogmatics, llega a la misma conclusión. Él no duda en declarar que "el hecho de que El haya nacido de mujer, así como nosotros, muestra que Él era verdaderamente hombre"[12]. Bruner indaga: "¿Fue Jesús de hecho un hombre como nosotros y así, un pecador?" La respuesta viene de la Escritura: "El apóstol Pablo, hablando de la humanidad real de Jesús, va hasta donde es posible cuando dice que Dios envió a Su Hijo en semejanza de carne pecaminosa (Rom. 8:3). La epístola de los Hebreos añade: 'Uno que, como nosotros, en todo fue tentado, pero sin pecado'. (Hebreos 4:15)."[13] Aun cuando Brunner concuerda que "Él era un hombre como nosotros", también reconoce que "Él no es un hombre como nosotros mismos".[14]

Apoyándose en los mismos versos, Bultmann y Culmann, concuerdan enteramente. En su comentario sobre (Filipenses 2:5-8), Culmann escribe: "A fin de asumir la 'forma de siervo', fue necesario antes de más nada, tomar la forma de hombre, vale decir, un hombre afectado por la decadencia humana. Ese es el significado de la expresión 'volviéndose semejante a los hombres' (verso 7). El sentido de homoiomaties perfectamente justificado. Aún más, la siguiente frase enfatiza que al encarnarse, Jesús, 'hombre', aceptó completamente la condición de los 'hombres'. Aquel que, en esencia, fue el único Dios-hombre... se volvió por la obediencia a Su llamado, un Hombre celeste, de forma a cumplir Su obra expiatoria, un Hombre encarnado en carne pecaminosa."[15]

Sería lastimable dejar de mencionar aquí la posición del obispo anglicano J. A. T. Robinson, que en su estudio sobre el concepto de "cuerpo" en la teología paulina, se expresó más claramente que cualquier otro sobre la naturaleza humana de Jesús: "El primer acto en el drama de la redención", escribió él, "es la auto-identificación del Hijo de Dios hasta el límite, pero sin pecado, con el cuerpo carnal en su estado caído".[16]

"Es necesario acentuar esas palabras", detalla él, "porque la teología cristiana ha sido extraordinariamente reluctante en aceptar valientemente las audaciosas y casi rudas frases que Pablo usa para demostrar el agravio del evangelio en ese punto. La tradicional ortodoxia católico-protestante sostiene que Cristo se encarnó en una naturaleza humana no-caída".[17]

"Pero, si la cuestión es reafirmada en sus términos bíblicos, no hay razón para temor -- y realmente son ellos los terrenos más importantes a investigar -- la imputación a Cristo de una humanidad sujeta a todos los efectos y consecuencias de la caída".[18]

Fuera de eso, el problema fue objeto de una propuesta de Thomas F. Torrance, en una sesión de la Comisión "Fe y Constitución" del Concilio Ecuménico Mundial, ocurrida en Herrenalb, Alemania, en Julio de 1956. "Necesitamos considerar más seriamente el hecho de que el Verbo de Dios asumió nuestra sarx, esto es, nuestra humanidad caída (y no una inmaculadamente concebida), para así santificarla. La doctrina de la iglesia necesita ser pensada en términos del hecho de que Cristo Jesús asumió nuestra humanidad y Se santificó. La iglesia es santa en la santificación de Cristo".[19]

Thomas Torrance es aún más explícito: "Tal vez la más fundamental verdad que hemos aprendido de la iglesia cristiana, o antes, reaprendida, ya vez que la suprimimos, es que la encarnación fue la venida de Dios para salvarnos en el cierne de nuestra caída y depravada humanidad, cuando ella está en su punto más alto de enemistad y violencia contra el reconciliante amor divino. Quiero decir, la encarnación debe ser comprendida como la venida de Dios para tomar sobre Sí mismo nuestra caída naturaleza humana, nuestra real existencia cargada de pecado y culpa, nuestra humanidad enferma de mente y alma, en su alienación del Creador. Esa es la doctrina encontrada en todas partes en la iglesia primitiva, en los primeros cinco siglos, y se expresa frecuentemente en términos de que el hombre total tuvo que ser asumido por Cristo, para que el hombre total pudiese ser salvo, y para que el no-asumido se pierda, o sea, lo que Dios no asumió en Cristo no sea salvo... Así la encarnación debía ser entendida como el envío del Hijo de Dios en la concreta forma de nuestra propia naturaleza pecaminosa y como sacrificio por el pecado, en el cual Él juzgó el pecado en su verdadera naturaleza, de forma a redimir el hombre de su mente carnal y hostil".[20]

El rol de teólogos que hoy están comulgando con ese pensamiento podría ser extendido. Pero esos hombres tuvieron precursores, dentro de los cuales están pioneros de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Los precursores de la Cristología contemporánea.-

Sería equivocado pensar que los teólogos del siglo veinte fueron pioneros en su posición con respecto a la naturaleza humana de Cristo. Karl Barth cita muchos autores del siglo diecinueve en su Dogmatics, los cuales defendieron la creencia de la naturaleza caída.[21]

De manera aún más pormenorizada, Harry Johnson, un valeroso defensor de la naturaleza caída de Cristo, se refiere a Gregory de Nazianzus (329-389), que habló convincentemente acerca de Cristo: "Pues aquello que Él no asumió, Él no puede salvar; pero aquello que está unido a Su divinidad, está también salvo".[22] Entonces Johnson dedica un capítulo entero a la enseñanza de doce precursores, desde el décimo séptimo hasta el décimo nono siglo; desde Antoinette Bourignon hasta Edward Irving; todos afirmaron que Cristo tomó la naturaleza de Adán tal cual ella era después de la caída.

Con Johnson, concluimos el sumario histórico de los testimonios de los teólogos contemporáneos. A partir de 1850, la Cristología de los pioneros adventistas siguió las mismas líneas de interpretación. En ese tiempo, esa posición era aún insólita y fue considerada hereje por el cristianismo tradicional y radical. ¡Cuán interesante es que la Cristología de esos pioneros es ahora confirmada por algunos de los mejores teólogos contemporáneos!

Se concluye que la Cristología desarrollada por los pioneros del movimiento adventista entre 1852 y 1952, podría bien ser considerada la vanguardia de la Cristología contemporánea. Tan avanzada posición, entonces, merece ser examinada en detalles para beneficio de aquéllos que están buscando los fundamentos cristológicos.

La historia de la Cristología adventista.-

Muchos autores ingleses se han, en años recientes, expresado sobre el asunto, la mayoría de los cuales asume la posición de la pré-caída o pré-caída modificada. Sin embargo, hasta ahora, no hay ninguna obra que examine la historia de la creencia de la Iglesia Adventista sobre el asunto.

Algunos autores han generosamente provisto obras particularmente útiles en este proyecto. Ellas incluyen

1) de Herbert E. Douglass, A Condensed Summary of the Historic SDA Positions on the Humanity of Jesús (Un Sumario Condensado de las Posiciones Históricas de los Adventistas del Séptimo Día Sobre la Humanidad de Jesús

2) William H. Grotheer, An Interpretative History of the Doctrine of the Incarnation as Taught by the SDA Church (Una Historia Interpretativa de la Doctrina de la Encarnación, tal como es Enseñada por la Iglesia Adventista del Séptimo Día

3) Bruno W. Steinweg, The Doctrine of the Human Nature of Christ Among Adventists Since 1950 (La Doctrina de la Naturaleza Humana de Cristo entre los Adventistas, desde 1950). Esos autores deben ser especialmente reconocidos.

La historia de la Cristología presentada en estas páginas está dividida en cinco secciones. La parte I inicia con un capítulo dedicado a la divinidad de Cristo, una doctrina que no fue aceptada sin argumentación por muchos líderes adventistas. En el segundo capítulo son presentados los fundamentos bíblicos en los cuales fue basada la interpretación de la naturaleza pos-caída de Cristo, unánimemente aceptada entre 1852 y 1952.

La parte II es dedicada a un pormenorizado estudio de la Cristología como entendida por los pioneros adventistas, mientras que la parte III contiene una colección de testimonios extraídos de la literatura oficial de la iglesia. En la parte IV, perfilamos el esquema histórico de la controversia surgida cerca de 1950, siguiendo una nueva interpretación. Esa sección está fundamentada esencialmente en los escritos de Ellen G. White.

Espero que el lector comprenda el significado y la magnitud de la actual controversia. Tal vez la discusión de los corrientes puntos de vista incluidos en la parte V, ayude un poco a unificar el pensamiento de la iglesia sobre el asunto de la naturaleza humana de Cristo.

Notas y Referencias.-

  1. Oscar Cullman, Christologie du Nouveau Testament (Cristología del Nuevo Testamento) (Neuchâtel: Delacroix et Niestlé, 1968), págs. 9 y 11.
  2. Karl Barth, Dogmatics (Dogmáticos) (Edimburgo: T&T Clark, 1956), vol. 1, parte 2, pág. 123.
  3. M. Getaz Op, Les variations de la doctrine christologique chez les theólogiens de la Suisse romande au XIXe siècle (Las variaciones de la doctrina cristológica en los teólogos de la Suiza Romanda, en el siglo 19) (Friburgo: Ediciones de la biblioteca de la universidad, 1970), pág. 18.
  4. Idem, pág. 27.
  5. Cullman, pág. 12.
  6. Emmil Brunner, Dogmatics (Dogmáticos) (Filadélfia, Westminster Press, 1952), vol. 2.
  7. Henri Blocher, Christologie (Cristología), serie Fac. Etude, Vaux-sur-Seine: 1984), vol. 2, págs. 189-192.
  8. Karl Barth, Offenbarung, Kirche, Theologie (Teología Eclesiástica de la Revelación), en Theologische Existenz Heute (Existencia Teológica Hoy) (Munique: 1934).
  9. Barth, Dogmatics, vol. 1, parte 2, págs. 132-171.
  10. Idem, pág. 152.
  11. Idem, pág. 153.
  12. Brunner, vol. 2, pág. 322.
  13. Idem, pág. 323.
  14. Idem, pág. 324.
  15. Cullmann, pág. 154.
  16. J. A. T. Robinson, The Body, a Study in Pauline Theology (El Cuerpo: un Estudio de la Teología Paulina) (Londres: SCM Press, Ltd., 1952), pág. 37.
  17. Idem, págs. 37 y 38.
  18. Idem, pág. 38.
  19. Citado por Harry Johnson en The Humanity of The Saviour (La Humanidad del Salvador) (Londres: Epworth Press, 1982), pág. 172.
  20. Thomas F. Torrance, The Mediation of Christ (La Mediación de Cristo), págs. 48 y 49, citado por Jack Sequeira en Beyond Belief (Mas Allá de la Fe) (Boise, Idaho: Pacific Press Pub. Assn., 1993), págs. 44 y 45.
  21. Ver Barth, Dogmatics, vol. 1, parte 2, págs. 153-155.
  22. Ver Johnson, págs. 129-189.