El año 1915 no presentó cualquier cambio en la interpretación de la doctrina adventista de la Encarnación. Sin embargo, él marcó la muerte de Ellen White. Con su ida, el último sobreviviente del grupo de pioneros de 1844 desapareció. Ellen White repitió la resonante advertencia poco antes del fin de su vida: "Nada tenemos que temer del futuro, a menos que nos olvidemos de la manera como Dios nos ha conducido, y de Su enseñanza en nuestra historia pasada".[1]
Todos los documentos del período de 1916 a 1952 existentes traen un testimonio uniforme de la posición mantenida por la iglesia sobre la naturaleza humana de Jesús, a saber, que Él tomó sobre Sí mismo la naturaleza de Adán después de la caída; en otras palabras, naturaleza caída, pero sin haber cometido un sólo pecado.
Extractos de los Periódicos de la Iglesia
Un índice conteniendo cerca de 200 declaraciones de los periódicos oficiales de la iglesia muestra que no hubo cualquier variación en esa tradicional posición. Pastores, profesores, editores, administradores, ejecutivos de la Conferencia General, incluyendo muchos presidentes, todos hablaron al unísono.
El 6 de Septiembre de 1917, Joseph E. Steed escribió en la Review and Herald: "Fue necesario que Cristo tuviese una experiencia como la del hombre, de forma a poder socorrerlo en todas sus tentaciones y también actuar como su intercesor... Ya quedó demostrado que ese Salvador se hizo un hombre sujeto a todas las debilidades de la carne, nacido en carne pecaminosa; y mientras estuvo en esa carne, sufrió como otros hombres sufren en su conflicto con el pecado".[2]
El testimonio de R. S. Owen es también interesante: "La obra de Cristo en la carne fue la condenación del pecado en la carne. El pecado habita en nuestra carne pecaminosa, y Cristo lo condenó habitando en la propia casa del pecado, pero nunca Se rindió a los clamores ilícitos y nunca respondió a sus malas invitaciones. Él demostró que el hombre puede conseguir con la ayuda de Dios, aquello que lo capacitará a vivir en la carne, y aun vivir para Dios".[3]
En ese mismo mes, J. A. Rippey escribió en el periódico australiano Signs of the Times: "Nada, entonces, podría estar más claro que ser esa especie de carne que David poseía, la misma que Jesús tomó. ¿Quién fue David? Él fue el hijo de Jessé. ¿Y quién fue Jessé? Él era hijo de Rut. Rut era una moza moabita, una descendiente de Moab; y Moab era hijo de una de las hijas de Lot. (Génesis 19:36-37). Descubrimos del estudio de los ancestrales de Jesús que ellos eran los más obscuros de la Tierra, y descendieron a las mayores profundidades del pecado".
"Cuando Jesús nació, tomó sobre Sí mismo la carne pecaminosa después de estar ella debilitada por cerca de 4000 años de iniquidad. Él podría haber venido de otro linaje, pero provino de la más débil entre las débiles, para que pudiese probar al mundo que el hombre nunca se sumerge tan hondo en el pecado, que el poder de Dios no sea suficiente para habilitarlo a vivir una vida victoriosa. Él 'fue tentado en todos los puntos, como nosotros, pero sin pecado' (Heb. 4:15). Él no fue apenas tentado, sino que Sus tentaciones eran tan fuertes que Él sufrió cuando era tentado. (Hebreos 2:18). Aun cuando Jesús tuviese en Su carne todos los deseos que habitaron en la carne de Sus antepasados, sin embargo Él nunca, ni aun por una sóla vez, cedió al pecado".[4]
El 22 de Marzo de 1927, L. A. Wilcox publicó en la Signs of the Times un artículo que analizaba la cuestión: "¿Hay esperanza de vencer nuestras heredadas tendencias para el mal?" Él responde recurriendo a la genealogía de Jesús: "Yo estoy feliz a causa de ella [la genealogía de Cristo]. Pues ella me ayuda a comprender cómo Él pudo ser "tocado por el sentimiento' de todas mis enfermedades. Él vino hasta donde yo estaba y quedó en mi lugar. En Sus venas estaba el germen de una hereditariedad corrompida, como un león enjaulado, siempre buscando atacar y destruir. Por 4000 años la raza se venía deteriorándose en fuerza física, poder mental y dignidad moral; y Cristo tomó sobre Sí las debilidades de la humanidad en su peor estado. Apenas así podría Él rescatar al hombre de las más bajas profundidades de la degradación".[5]
Entonces Wilcox cita en apoyo a su declaración un pasaje de Ellen White, extraído del libro El Deseado de Todas las Gentes: "Si tuviésemos, en cierto sentido, un más probante conflicto que el que tuvo Cristo, entonces Él no estaría habilitado para socorrernos. Pero nuestro Salvador Se revistió de la humanidad con todas las contingencias de la misma. Tomó la naturaleza del hombre con la posibilidad de ceder a la tentación. No tenemos que soportar ninguna cosa que Él no haya sufrido".[6]
"Es bueno saber que", acentúa Wilcox, "Él, el Hijo de Dios, se hizo el Hijo del hombre, para que yo, un hijo del hombre, pudiese volverme un hijo de Dios. Él Se hizo como yo soy, para que yo pudiese volverme como Él es. Él participó de mi naturaleza humana, para que yo pudiese participar de Su naturaleza divina. En cada tentación que ataca, hay poder en saber que tal tentación, en toda su avasalladora fuerza, Lo atacó también de todas las maneras y en ocasiones inesperadas, y que, con iguales tendencias para el mal, a despecho de la mala sangre y maldad heredadas, a través del mismo poder al cual yo tengo acceso, Él venció. Él venció por mi. Él me ofrece Su victoria como mía propia -- un don gratuito. Y así, en todas esas cosas, soy más que vencedor a través de Aquel que me amó".[7]
Más tarde, F. M. Wilcox, editor de la Review and Herald (1911-1944), también cofundador del Patrimonio Literario Ellen G. White y miembro del consejo de sus depositarios, explicó por qué encontraba importante identificar la carne de Cristo con la de la humanidad caída: "El terreno seguro para nosotros al ir al Señor Jesús es el hecho de que Él tomó sobre Sí la naturaleza del hombre, y en la forma humana venció a Satanás, transponiendo de ese modo el abismo que el pecado abriera entre Dios y la humanidad. Pasando por esa experiencia a favor de la raza perdida, Él Se hizo un Salvador perfecto... Se identificó con el hombre en todas las pruebas y tentaciones... Cristo fue intensa y severamente tentado, tentado como ningún otro ser humano jamás lo fue, y sin embargo Él soportó todo eso sin pecar. Ni una sola vez Él cedió al poder del tentador. En cada conflicto Él fue victorioso. Con la mente firmada en Dios, confiando en el amor y en el poder de Su Padre celestial, Cristo resistió todas las veces a los ataques del enemigo. Eso, la herencia de la victoria sobre el pecado, Él igualmente nos transmitió, en añadidura, la simpatia que nos dispensa en tiempos de pruebas. Como Él lanzó mano del poder divino, es nuestro privilegio hacer lo mismo. Los recursos que estaban abiertos a Su pedido, también lo están a nosotros".[8]
Esa enseñanza no quedó restricta a los editores de los diversos periódicos denominacionales. Élla también fue predicada por las más altas autoridades de la iglesia, como presidentes de división, vice-presidentes, y presidentes de la Conferencia General. Esa fue realmente la más auténtica expresión de la fe encontrada en la comunidad adventista sobre la cuestión de la Cristología. Sin desear citar cada uno individualmente, deseamos hacer referencia a unos pocos testimonios de los más representativos autores.
Durante ese período, W. W. Prescott fue ciertamente el más prolífico y competente. Entonces, como secretario general y vice-presidente de la Conferencia General en el período de 1915 a 1937, él continuó propagando esa enseñanza denominacional a través de sus numerosos artículos. Su interpretación ya fue ampliamente presentada, de forma que no será repetida aquí. Más tarde, W. H. Branson, que fue presidente de la Conferencia General de 1950 a 1954, proclamaba las mismas convicciones en artículos publicados en los diferentes periódicos.[9]
Repetidas veces él escribió: "Para Cristo poder comprender las debilidades de la naturaleza humana, precisaba experimentarla... Por lo tanto, Él Se volvió hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne... Dios precisó primero descender hasta el hombre para poder erguirlo hasta Sí mismo".[10] "No fue la naturaleza de los ángeles que Él asumió, sino la de Abraham. Él Se hizo 'semejante a Sus hermanos'".[11] "Oh, que vergüenza que el Gran Dios Se propusiese venir a habitar con los hombres, morar en su propia carne".[12]
De los presidentes de la División Sur-Europea, cuya sede se encontraba en Berna, Suiza, hicieron lo mejor para divulgar en Europa la Cristología enseñada en los Estados Unidos. A. V. Olson[13] fue el primero a expresarse sobre el asunto de la naturaleza humana caída que Cristo asumió. Olson escribió: "Jesús heredó... la naturaleza de Su madre. Un hombre llamado Jesús, hecho de carne y sangre como los otros hombres, vivió realmente en su medio".[14]
"En ese sentido, el segundo Adán no era fisicamente idéntico al primero. Fue también en el sentido de depreciación en estatura y vitalidad que Cristo, por la ley de la hereditariedad, tomó sobre Sí mismo nuestra 'naturaleza caída' (El Deseado de Todas las Gentes, pág. 112), 'nuestra naturaleza en su deteriorada condición (Signs of the Times, 9 de Junio de 1898)."[15]
M. V. Campbell, igualmente, fue presidente de la División Sur-Europea (1954-1958), y más tarde fue vice-presidente de la Conferencia General. He aquí como él se expresó, en un tiempo cuando se estaba comezando a formular la nueva interpretación referente a la naturaleza de Jesús:
"Al venir a nuestro mundo, el Salvador no descendió del Cielo como un ángel o como un ser de otro planeta. Él tomó Su lugar como miembro de la raza humana al nacer en una familia cuyos ancestrales eran bien conocidos. Nació tan desamparado como cualquier otro bebé... Jesús no vino a la Tierra como lo hizo el primer Adán, que dejó las manos del Creador sin ninguna inclinación para pecar. Antes, Él vino en semejanza 'de carne pecaminosa' (Rom. 8:3). Su divinidad no disminuyó Su humanidad. Ella la llenó, la inundó, la cercó, pero de ningún modo la destruyó. El Salvador fue influenciado para pecar a través de la hereditariedad, del ambiente y de las poderosas tentaciones del diablo... Para vencer el pecado, Jesús no usó cualquier poder espiritual que fuese Suyo en virtud de ser el Hijo de Dios. Él apenas utilizó las armas que están en las manos del más humilde de Sus seguidores".[16]
Extractos de la Literatura Adventista Europea
Los testimonios de esos dos presidentes de la División Sur-Europea -- ambos americanos -- son representativos de la enseñanza que, en aquel tiempo, había en las iglesias adventistas de habla inglesa del mundo. Pero, ¿cuál era la creencia general sobre el asunto en Europa continental, donde el mensaje había sido oficialmente introducido en 1874?[17]
Como sabemos, la revista Signes des Temps (Señales de los Tiempos en francês) fue fundada por John Nevins Andrews en la ciudad de Basilea, en 1876. Es interesante notar que hasta 1938, ninguna mención fue hecha con relación a la naturaleza humana caída de Cristo. Evidentemente, ese aspecto de la Cristología no constituía ninguna importante característica de la enseñanza adventista en ese tiempo.[18] Puede ser que los adventistas del continente compartían los mismos puntos de vista de la mayoría de los protestantes sobre ese asunto. El apoyo para eso vino del editor-jefe de la Signes des Temps: "Para salvar la humanidad, fue necesario, de acuerdo con la justicia de Dios, que Cristo fuese colocado bajo las mismas condiciones de Adán en la creación, vale decir, libre del pecado, pero susceptible de caer en tentación".[19]
De ese modo, la Cristología adventista tradicional, como enseñada en el mundo de habla inglesa, no fue completamente obscurecida, pero su introducción fue retardada en el continente europeo hasta que las traducciones inglesas de los libros y artículos de Ellen White se hiciesen disponibles.
La primera mención de la Cristología tradicional es encontrada en la Revue Adventiste (Revista Adventista en francés), el órgano informativo de los adventistas del séptimo día en Europa Latina. El artículo está fechado el 15 de Noviembre de 1923. Fue escrito por Tell Nussbaum, primer presidente de la Asociación Francesa.[20] Su título: "Jesús, Hijo de Dios e Hijo del Hombre", resume la enseñanza de la Iglesia Adventista sobre el tema de la persona y obra de Cristo. He aquí un extracto:
"Jesús fue declarado con poder ser el Hijo de Dios a través del Espíritu Santo, por Su resurrección de los muertos. (Rom. 1:4). Habiendo venido en nuestra carne enferma, nacido bajo la ley, capaz de pecar, Él no cometió cualquier pecado. Fue en ella que el pecado debería ser vencido y el hombre, en su caída naturaleza, pudo ser colocado en un estado en que la santidad sería posible. Él debería vivir la vida de Dios que se encuentra únicamente en Jesucristo, la cual Él nos asegura continuamente por la fe".
"El propósito de Jesucristo fue cumplido: transmitir Su perfecta naturaleza a Su posteridad. Pero ella no será completamente adquirida hasta el día cuando nosotros Lo veamos como es ahora en el Cielo (Juan 17:22). Hoy, aceptando por la fe lo que Cristo hizo por nosotros, andamos por el Espíritu de Jesucristo... El Espíritu de vida, que está en Jesucristo, nos libertó del pecado. Por Su muerte, Él triunfó sobre el pecado a fin de concedernos ese poder".[21]
Es dudoso que esa declaración represente el pensamiento de la mayoría de los adventistas de Europa continental. El objetivo del autor era aparentemente hacer conocido más ampliamente la enseñanza aceptada por la Iglesia Adventista. Otra serie de artículos con el mismo propósito apareció en la Revue Adventiste, entre 1925 y Enero de 1926.[22]
Esos fueron, más tarde, reimpresos en forma de panfleto con este significativo título: A Touchstone -- Jesus Christ Come in Flesh (Una Piedra de Toque -- Jesucristo Vino en Carne).[23]
Su autor fue Jules-Cesar Guenin, entonces presidente de la Asociación Francesa. Él tenía un perfecto conocimiento de la Cristología como establecida por Ellen White y los pioneros, a los cuales hace referencias. Para introducir el asunto, él se basea en (1 Juan 4:1-3), aseverando que "todo espíritu que confiesa que Jesús vino en carne" es de Dios, mas todo espíritu que no reconoce que Jesús vino en carne es del anticristo.
Pero Guenin pregunta: "¿Qué quiere decir la Biblia cuando habla que 'Jesús vino en carne'? Después de considerar los principales pasajes que tratan de la Encarnación (Filip. 2:5-8; Juan 1:14; Rom. 8:3; Heb. 2:14-18; 4:15), él concluye: "Esa doctrina tiene tal importancia que es, por así decir, la doctrina de las doctrinas, el punto alto de la predicación apostólica y evangelística, la piedra de toque del cristianismo auténtico".[24]
Abordando el problema de la naturaleza humana de Cristo, Guenin perfila con sus colegas americanos: "La redención de la humanidad solamente podría ser adquirida mediante Dios haciéndose hombre. Fue revestido de carne como la nuestra que Cristo enfrentó las luchas morales y corrió los mismos riesgos que nosotros, de modo a probar que la justicia de la ley podría ser alcanzada por el hombre. El Hijo de Dios vino a este mundo con carne semejante a la nuestra... Así, el pecado fue gloriosamente vencido y finalmente condenado, y la santidad efectivada en la carne humana".[25]
Hablando sobre las tentaciones que Cristo soportó, Guenin hace referencia a diversas declaraciones de Ellen White, tales como estas: "Si tuviésemos, en cierto sentido, un más probante conflicto que el que tuvo Cristo, entonces Él no estaría habilitado para socorrernos. Pero nuestro Salvador Se revistió de la humanidad con todas las contingencias de la misma. Tomó la naturaleza del hombre con la posibilidad de ceder a la tentación. No tenemos que soportar ninguna cosa que Él no haya sufrido".[26]
Además, J. C. Guenin también citó el teólogo protestante E. de Presence, en la cuestión de las tentaciones que Jesús enfrentó en el desierto: "El Redentor pasó por Su gran prueba de libertad sin lo cual ningún destino moral es alcanzado. Es aquí que precisamos aceptar el completo misterio de Su humillación. Si Le atribuimos impecaminosidad, Lo separamos de las reales condiciones de una existencia terrestre; Su humanidad no es, entonces, más que una ilusión, un velou transparente a través del cual es vista Su transcendente divinidad. No siendo como nosotros, Él no está más con nosotros. Al excitante drama de la lucha moral sigue una indescriptible fantasmagoría metafísica. No debemos más hablar de tentaciones o pruebas con respecto a ese asunto".[27]
De la victoria de Jesús sobre el pecado, Guenin extrae la siguiente lección práctica: "Cristo venció el pecado para probar que cada creyente también puede vencerlo; pero Él triunfó porque deseaba hacerlo y porque luchó y sufrió usando apenas las armas de la fe y de la oración. Es por esos medios, con esos armamentos, que el creyente puede triunfar... Eso es lo que significa confesar haber venido Cristo en carne".[28]
La doctrina de la Encarnación constituye para J. C. Guenin "el punto vital de la religión redentiva y regenerativa de Jesús; negar eso es hacer con que el cristianismo pierda toda su eficacia y valor práctico".[29]
En un artículo sobre los dos Adanes publicado en la Revue Adventiste, en 1942, J. C. Guenin reenfatiza la importancia que Jesús haya participado de nuestra completa humanidad. "Si Jesús hubiese venido con la imposibilidad de pecar, como ciertos creyentes y cierta teología preconizan, ¿cómo podría Él haberse vuelto el padre de la nueva humanidad victoriosa, un 'gran sumo sacerdote' que podía simpatizar con las debilidades de la humanidad y probar la posibilidad de una vida victoriosa? Jesús no vino al mundo apenas para rescatar del pecado, para expiar la culpa de los pecadores, sino también para darle a la humanidad un ejemplo de perfecta obediencia a la voluntad divina, para probar que tal obediencia es posible a aquel que sinceramente desea tenerla. Para hacer eso, era necesario que Cristo viviese una absoluta vida santa, sin pecado".[30]
Almejando explicar la doctrina de la Encarnación a sus lectores no-adventistas, J. C. Guenin publicó una serie de tres artículos en la Signes des Temps.[31] Fue la primera mención de la Cristología adventista en ese magazine después de 62 años de existencia. El contenido de esos artículos está claramente patentado en sus títulos: "Jesucristo Vino en Carne"; "Jesucristo, el Ideal de la Humanidad"; "¿Fue Jesús un Pecador?" En ellos encontramos repetida la enseñanza desarrollada en el trabajo Una Piedra de Toque: Jesús Vino en Carne.
Otros autores hicieron referencias semejantes a la creencia común de los adventistas de aquel tiempo. En un artículo escrito por James Howard, traducido del inglês y publicado en la Revue Adventiste, encontramos la siguiente declaración acerca de la tentación de Cristo: "La tendencia hereditaria para pecar es verdaderamente fuerte. La madre de Jesucristo heredó la 'forma y la semejanza' de sus ancestrales; ella nació en carne pecaminosa. Siendo así, su Hijo Jesucristo heredó la naturaleza humana".[32]
También en la exposición de un sermón predicado el día 11 de Julio de 1928, en Ginebra, sobre "el precio de nuestra redención", B. E. Beddoe, un visitante, habló acerca de la naturaleza humana de Jesús que, siendo como nosotros, "conocía las tendencias de la carne, los deseos que llevan al pecado". De ahí, ante la pregunta: "¿Podría tener Él pecado?", el predicador respondió sin dudar: "Ciertamente".[33]
Finalmente, es bueno repetir lo que Charles Gerber[34] escribió en sus folletos evangelísticos, distribuídos por millares y más tarde compilados y formatados en un libro titulado Le Chemin du Salut (El Camino de la Salvación).[35] En el capítulo que trata del "Misterio de la Encarnación", él confirma la Cristología adventista aceptada. "Para salvar la humanidad, Dios dio Su Hijo, el cual asumió nuestra naturaleza y Se identificó con nosotros. El Hijo de Dios consintió en hacerse Hijo del hombre. 'Dios envió a Su hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley' (Gál. 4:4). 'El Verbo Se hizo carne y habitó entre nosotros' (Juan 1:14). '... Dios, enviando a Su propio Hijo en semejanza de la carne de pecado, en la carne condenó el pecado".
"Es un milagro, es un misterio, Dios descender entre nosotros y hacerse carne, es el Cielo humillándose delante de la Tierra, es la escala de Jacob ligando la Tierra al Cielo y el Cielo a la Tierra... Jesús Se hizo hombre... Sufrió hambre, sed y cansancio así como nosotros. Era 'en todas las cosas... semejante a Sus hermanos'; Él enfrentó semejantes tentaciones, derramó lágrimas y finalmente murió".[36]
Extractos de las Lecciones de la Escuela Sabática
Como ya fue dicho, las lecciones de la Escuela Sabática son el mejor indicador oficial de la enseñanza de la Iglesia Adventista. Preparadas por especialistas y revisadas por una comisión de representatividad mundial, ellas son realmente la más auténtica expresión de la fe adventista. Cada vez que las lecciones tocan en el asunto de la naturaleza humana de Jesús, las notas explicativas invariablemente presentan la enseñanza tradicional. Ejemplos del período comprendido entre 1916 y 1952 son tan pocos que es posible citarlos todos. El primero está fechado en el primer trimestre de 1921, y es relevante sobre la cuestión de la Encarnación.
"Cristo asumió, no el original impecable, sino que nuestra humanidad caída. En esa segunda experiencia, Él Se encontró no precisamente donde Adán estuviera antes que El, sino, comodicho anteriormente, con inmensas desventajas contra Sí -- el mal, con todo su victorioso prestigio y su consecuente entronización en la propia constitución de nuestra naturaleza, armado con el más terrible poder contra la posible realización de ese divino ideal en el hombre -- perfecta santidad. Todo eso considerado, las desventajas de la situación, los tremendos riesgos envueltos y la ferocidad de la oposición encontrada, nos hace tener una idea de la realidad y de la grandeza de ese vasto emprendimiento moral; la naturaleza humana tentada, probada y extraviada en Adán, es elevada por Cristo a la esfera de la consumada santidad".[37]
En otra lección acerca del sacerdocio de Cristo, editada el mismo año, verificamos este comentario versando sobre los primeros dos capítulos de la epístola a los Hebreos: "Aquel que es presentado en el primer capítulo como Hijo, Dios y Señor, cuya divinidad y eternidad son enfatizadas, lo encontramos en el segundo capítulo como el Hijo del hombre, con todas las limitaciones de nuestra humanidad común. Él es conocido por Su nombre personal y terrestre y como alguien que puede probar la muerte (Heb. 2:9), y puede ser 'perfeccionado por los sufrimientos' (verso 10). Él participó de la misma carne y sangre que nosotros (verso 14), haciéndose tan verdaderamentehombre (verso 17), como es verdaderamente Dios".[38]
En el tercer trimestre de 1921, el mismo concepto es encontrado destacadamente: "Cuando el Hijo de Dios nació de mujer (Gál. 4:4) y participó de nuestra carne pecaminosa (Rom. 8:3), la vida eterna se manifestó en cuerpo humano (1 Juan 1:2)".[39]
En 1928, las lecciones del primer trimestre fueron basadas en la epístola a los Efésios. He aquí una nota explicativa en relación a (Efésios 2:15) "El hombre carnal, natural, no puede abolir su enemistad contra Dios. Ella hace parte de su naturaleza. Está entretejida en cada fibra de su ser. Pero Jesús tomó sobre Sí mismo nuestra naturaleza de carne y sangre (Heb. 2:14), 'en todas las cosas. ... para ser semejante a Sus hermanos' (Heb. 2:17), 'de la simiente de David según la carne' (Rom. 1:3); 'Él enfrentó y abolió la enemistad en Su carne', 'la mente carnal' (Rom. 8:7). Él venció el pecado en la carne por nosotros, para siempre".[40]
Extractos de Libros Seleccionados
Durante el período que va de 1916 hasta 1952, muchos libros tratando directa o indirectamente de la doctrina de la Encarnación fueron publicados por las diversas casas editoras de la iglesia, tales como: Review and Herald Publishing Association, Pacific Press Publishing Association y Southern Publishing Association. Todos los libros por ellas editados habían recibido el previo sello de aprobación de una comisión editorial, certificando que el contenido estaba en armonía con la fe y las doctrinas adventistas.
1. La Doctrina de Cristo, de W. W. Prescott
Recordamos que Prescott, en su libro fechado en 1920 y por título La Doctrina de Cristo, demostraba que sin participar de la "carne y de la sangre" de aquellos a quien Él viniera libertar del poder del pecado y de la muerte, Cristo no podría haber sido nuestro Salvador. Esa verdad, en la mente de Prescott, era la verdad central del evangelio.
2. Una Vida Victoriosa, de Mead MacGuire
En 1924, fue lanzado el libro de Mead MacGuire, Una Vida Victoriosa. El autor también fue uno de los fundadores del Departamento de Jóvenes a nivel de Conferencia General. Él fue, sucesivamente, secretario de los Departamentos Misionero y Ministerial.[41] En el capítulo en que trata de la "medoña naturaleza del pecado", MacGuire responde a la cuestión levantada por Pablo en (Romanos 7:23): "Pero veo en mis miembros otra ley guerreando contra la ley de mi entendimiento, y que me lleva cautivo a la ley del pecado, que está en mis miembros".
"Hay apenas un medio de libramento de esa congénita ley del pecado. Él es Cristo. Él Se revistió de la humanidad. Él venció el pecado mientras estuvo en un cuerpo que estaba bajo la hereditaria ley del pecado. Ahora Él nos propone vivir esa misma vida impecable en mis miembros. Su presencia neutraliza completamente el poder de la ley del pecado".[42]
En otro capítulo, Macguire escribe: "Cuando Jesús soportó la cruz, Él admitió la sentencia de muerte sobre la naturaleza del pecado. Cristo tomó nuestra naturaleza, la naturaleza de Adán, la vida de Saulo, y concordando con el Padre de que esa naturaleza estaba calificada apenas para morir, Él fue voluntariamente hasta la cruz y condujo esa naturaleza caída hasta su inevitable y necesaria muerte... Por Su gran sacrifício, Cristo hizo provisión para la muerte de la naturaleza de Adán en usted y en mi, si estamos dispuestos a llevar esa nuestra degenerada naturaleza hasta Su cruz y crucificarla en ella".[43]
3. Hechos de la Fe, de Christian Edwardson
En 1942, Edwardson abordó el asunto de la Encarnación y de la naturaleza humana de Cristo bajo un ángulo diferente. Él discutió 2 Juan 7, que declara que los engañadores y el anticristo no "confiesan que Jesucristo vino en carne". En oposición al argumento de que el papado podría no ser el anticristo, una vez que el catolicismo no niega la encarnación de Cristo, Edwardson escribió:
"Ese argumento, sin embargo, está basado en un mal entendido producido por el descuido de una palabra en el texto. El anticristo no niega que Cristo vino en carne, sino que niega que Él hubiese 'venido en la carne, en la misma especie de carne de la raza humana que viniera a salvar... Sobre esa vital diferencia se articula la verdad 'vital del evangelio'. ¿Descendió Cristo totalmente para establecer contacto con la raza caída, o sólo parcialmente, de modo que precisamos tener santos, papas y padres para interceder por nosotros juntamente con Cristo, que está muy alejado de la humanidad caída y de sus necesidades para establecer contacto directo con el pecador individualmente? Justamente aquí yace la gran división que separa el protestantismo del catolicismo romano".
Edwardson se extiende sobre el secreto de la salvación del hombre: "Por medio del pecado el hombre se separó de Dios, y su naturaleza caída es opuesta a la voluntad divina... Apenas a través de Cristo, nuestro Mediador, puede el hombre ser rescatado del pecado y nuevamente entrar en ligación con la fuente de la pureza y del poder. Sin embargo, para volverse ese elo de ligación, Cristo tuvo que participar de la divinidad de Dios y de la humanidad del hombre, de forma que Su divino brazo pudiese cingir a Dios y con Su brazo humano envolver al hombre, ligando así ambos en Su propia Persona. En esa unión de lo divino con lo humano yace el 'misterio' del evangelio, el secreto del poder para erguir al hombre de su degradación".
Edwardson busca explicar el por qué de la encarnación de Cristo: "Era el hombre caído quien debía ser rescatado del pecado. para hacer contacto con él, Cristo tenía que condescender en tomar nuestra naturaleza sobre Sí mismo (y no alguna especie más elevada de carne). 'Porlo tanto, visto como los hijos son participantes comunes de carne y sangre, también Él semejantemente participó de las mismas cosas... Por lo que convenía que en todo fuese hecho semejante a Sus hermanos'. Ese texto está redactado de un modo que no puede ser mal comprendido. Cristo'tomó parte de la misma carne y sangre que los nuestros'; Él vino 'en la carne'. Negar eso es la marca del anticristo".[44]
El Vino de la Babilonia Romana, de Mary E. Walsh
Como sugerido por el propio título, ese libro contrasta la enseñanza católica con la de las Escrituras. Mary E. Walsh, la autora, fue por 20 años una fervorosa católica.[45]
En el capítulo dedicado a la inmaculada concepción, Mary Walsh escribe: "Todo lo que María le dio a Cristo fue Su cuerpo humano. Es una ley de la Naturaleza que alguien no puede dar aquello que no posee, y María, siendo humana en cada aspecto de la palabra, no podría concederle a Su Hijo la naturaleza de la divinidad".[46]
Entonces, habiendo mostrado ambos aspectos de la naturaleza de Jesús, la divina y la humana, Mary Walsh cita (Rom. 8:3 y Hebreos 2:14, 17-18), para concluir: "En la genealogía de Cristo, como presentada en Mateos, verificamos que Jesús es llamado el hijo de David y también Hijo de Abraham. Alguien tiene que estudiar apenas los caracteres de Abraham y David, para aprender que ellos fueron verdaderamente humanos y tenían tendencia para pecar. Así vemos qué especie de naturaleza humana
Cristo heredó de Sus progenitores".[47]
Al comienzo de los años cincuenta, muchas otras obras fueron publicadas buscando explicar el por qué de la Encarnación y lo que Cristo realizó viviendo una vida impecable en carne pecaminosa. El libro de A. B. Lickey, Cristo Para Siempre y la obra de W. B. Ochs, En eso yo Creo, ambos publicados en 1951 por la Review and Herald Publishing Association[48], mantuvieron la enseñanza adventista tradicional de los últimos 100 años.
Para completar nuestro examen, abordaremos más dos autores cuyo testimonio es particularmente valioso porque vino en un tiempo en que un cambio radical estaba siendo implementado: F. D. Nichol, editor-jefe de la Review and Herald de 1945 a 1966, y autor de muchos libros, y W. H. Branson, presidente de la Conferencia General de 1950 a 1954.[49]
5. Respuestas a Objeciones, de F. D. Nichol
En 1952, Nichol se sintió compelido a replicar al criticismo frecuentemente dirigido contra los adventistas, en estos términos: "Los adventistas del séptimo día enseñan que, como toda la humanidad, Cristo nació con una naturaleza pecaminosa. Eso indica plenamente que Su corazón, también, era 'engañoso, más que todas las cosas, y perverso' (Jer. 17:9). En armonía con eso ellos también enseñan que Cristo podría haber fallado mientras estuvo en Su misión terrestre como Salvador del hombre; que Él vino al mundo 'bajo riesgo de fracaso y eterna pérdida', y que Él 'no falló ni quedó desanimado'".[50]
La respuesta de Nichol es encontrada, antes de todo, en dos artículos de la Review and Herald, después reproducida en el libro Answers to Objections (Respuestas Objeciones)[51], publicado el mismo año. El prefacio fue escrito por W. H. Branson, entonces presidente de la Conferencia General. Branson escribió: "Este volumen nos da una bien definida y convincente respuesta a las objeciones más amenudo levantadas por los críticos de las doctrinas mantenidas por la Iglesia Adventista del Séptimo Día... Con cordial aprobación, porlo tanto, recomendamos este libro a cada obrero evangélico. Él se probará un pronto auxiliar en el enfrentamiento de los ataques de los críticos teológicos, y sincero al responder las indagaciones del perplejo investigador".[52]
En su réplica, Nichol no dice que los críticos estaban engañados cuanto a las creencias de los adventistas sobre el asunto. Él simplemente procuró mostrar que ellos se engañaron en concluir que "los adventistas del séptimo día eran culpados de terrible herejía".[53] En verdad, observa Nichol: "Los adventistas nunca hicieron un pronunciamiento formal sobre el asunto en su declaración de creencias. La única declaración en nuestra literatura que podría ser considerada como verdaderamente autorizada en esa cuestión es aquella que la Sra. Ellen G. White escribió."[54] Fuera de eso, los contestadores citan un extracto del libro El Deseado de Todas las Gentes, para probar que ellos no están equivocados en su juzgamiento, y Nichol hace lo mismo para confirmar que "Cristo tenía que ser, en todas las cosas, semejante a Sus hermanos".
"Esa es la creencia adventista. Y nosotros la sustentamos porque sentimos que ella concuerda con la revelación y la razón". Apoyándose en los textos bíblicos habituales (Rom. 8:3; Hebreos 2:14, 16-17, y 4:15), Nichol asevera: "El opositor procura evitar la fuerza de esos pasajes declarando que cuanto a Cristo, 'tentado' simplemente significa 'probado' o 'experimentado'. Pero los textos que vimos enfatizan que la naturaleza de la tentación de Cristo fue exáctamente la misma que le sobreviene a la humanidad. Realmente, esas escrituras mencionan una diferencia -- cuando Cristo fue tentado, Él no pecó. Lo que no puede ser dicho de la humanidad. En mayor o menor grado, todos caímos delante de la tentación. El texto no dice que Cristo no podría pecar, sino que Él no pecó. Si en Su naturaleza humana Le fuese imposible pecar, ¿por qué Pablo no nos muestra los textos concernientes? Esa habría sido una gran revelación".[55]
Entonces Nichol prosigue mostrando que los adventistas no son los únicos que mantienen ese punto de vista. Él cita una constelación de teólogos de diferentes denominaciones protestantes antes de concluir: "La creencia adventista con relación a Cristo es que Él era verdaderamente divino y verdaderamente humano; que Su naturaleza humana estaba sujeta a las mismas tentaciones para pecar que nos confrontan, para que triunfase sobre la tentación mediante el poder a Él dado por Su Padre; y que Él puede ser literalmente descrito como 'santo, inocente, inmaculado' (Heb 7:26)".[56]
Algunas de las expresiones de Nichol han llevado muchos a pensar que él era un defensor de la nueva interpretación que surgió por esa época.[57] Pero lo que él escribió sobre el tema de las tentaciones de Cristo indica que ese no fue el caso. Note la comparación entre los dos Adanes: "Cristo venció a despecho del hecho de haber tomado sobre Sí 'la semejanza de la carne pecaminosa', con todo lo que ella implica en efectos maléficos y debilitantes del pecado sobre el cuerpo y el sistema nervioso del hombre, y sus resultados sobre el medio ambiente -- '¿Puede venir alguna cosa buena de Nazaret?'".[58]
En nota adicional a la objeción 94, Nichol explicó la expresión 'carne pecaminosa': "Los críticos, especialmente aquellos que ven las Escrituras a través de ojos calvinistas, leen en el término 'carne pecaminosa' algo que la teología adventista no requiere. Así, si usamos el término 'carne pecaminosa' en relación a la naturaleza humana de Cristo, como algunos de nuestros escritores han hecho, nos arriesgamos a ser mal comprendidos. Realmente, con esa expresión queremos decir simplemente que Cristo 'tomó sobre Sí la simiente de Abraham', y Se hizo 'en semejanza de carne pecaminosa', pero los críticos no están dispuestos a creer en eso".[59]
De acuerdo con el testimonio de Kenneth H. Wood, por mucho tiempo editor-asociado de F. D. Nichol y su sucesor como editor jefe, de 1966 a 1982, Nichol siempre apoyó en sus conversaciones y discusiones la creencia de que Cristo vino a este mundo con la naturaleza caída del hombre. Eso explicaría por que Walter Martin declaró: "La Conferencia General inteligentemente separó Nichol de mi. Él fue prohibido de hacer contacto conmigo".[60]
6. La Expiación y el Drama de los Siglos, de W. H. Branson
El punto de vista expresado por W. H. Branson en diversos artículos es confirmado en dos de sus libros. En el primero, La Expiación, publicado en 1935, él declara aquello que siempre fue la enseñanza de la iglesia hasta entonces. "Cristo, el Hijo de Dios, el Creador del Universo, tomó sobre Sí mismo nuestra naturaleza y se hizo hombre. Él nació de una mujer. Se hizo 'la simiente de Abraham', se hizo uno de nosotros".[61]
En 1953, mientras Branson era presidente de la Conferencia General, y probablemente estando consciente de una nueva interpretación emergente, él escribió en su última obra, Drama de los Siglos: "Fue de la carne y sangre del hombre que Jesús participó. Él Se hizo un miembro de la raza humana. Él Se hizo como los hombres... Esa, entonces, era una humanidad real. No fue la naturaleza de los ángeles que Él asumió, sino la de Abraham. Él fue 'en todas las cosas hecho semejante a Sus hermanos'. Se hizo uno de ellos. Estaba sujeto a la tentación; Él conocía las angustias del sufrimiento y no era extraño a los pesares comunes de los hombres".[62]
Entonces W. H. Branson explica su posición con respecto al motivo de la participación de Cristo en la naturaleza caída de la humanidad: "Para que Cristo pudiese comprender la debilidad de la naturaleza humana, Él tuvo que experimentarla. A fin de poder simpatizar con los hombres en sus aflicciones, Jesús tuvo que ser afligido. Precisó sufrir hambre, cansancio, desengaño, tristezas y persecuciones. Tuvo que trillar los mismos caminos, vivir bajo las mismas circunstancias y pasar por el mismo tipo de muerte. Por lo tanto, Él Se hizo hueso de nuestros huesos, carne de nuestra carne. Su encarnación fue en la humanidad real".[63]
Conclusión
Nuestra investigación, cubriendo un siglo de Cristología adventista (de 1852 hasta 1952), nos permite afirmar que los teólogos y administradores de la iglesia hablaron al unísono sobre el asunto de la persona de Cristo y Su obra a favor de la salvación del hombre.
Aun cuando, primeramente, descubriésemos algunos sentimientos semi-arianos sobre el tema de la naturaleza divina de Cristo entre los líderes de la iglesia, esos fueron abandonados antes del pasaje del siglo. Por otro lado, sobre la naturaleza humana de Cristo, no había divergencia. Desde el comienzo, la Iglesia Adventista presentó notable unanimidad en su enseñanza sistemática de ese punto. Su estudio neotestamentario llevó a los pioneros del mensaje y sus seguidores a comprender la Encarnación, no simplemente envolviendo la creencia de que Jesús vino en carne, sino que por sobre todo, "a semejanza de carne pecaminosa". Y por la razón de ser su enseñanza radicalmente opuesta a la tradición de las iglesias establecidas, fue necesario repetirla consistentemente para benefício de los nuevos conversos al mensaje adventista. Esa doctrina fue considerada como la "piedra de toque del Cristianismo auténtico"; como la "áurea cadena en la cual fueron incrustadas las joyas de la doctrina", "la doctrina de las doctrinas", en resumen, "el punto vital de la regeneradora y redentiva religión de Jesús".
Por vuelta de 1950, surgió una nueva interpretación: Cristo no asumió la caída naturaleza de la humanidad, sino que aquella de Adán antes de la caída. De hecho, tal drástico cambio de interpretación encontró una viva reacción. Es, por consiguiente, muy importante considerar ese nuevo paso en la historia de la Cristología adventista, para comprender las causas reales de la controversia que perforó el mismo ámago de la iglesia. Muy importante: es necesario afilar la capacidad de distinguir la enseñanza que concuerda con el evangelio, de aquella que no lo hace. Ese es un punto de destaque, porque de acuerdo con el apóstol Juan, la prueba del verdadero Espíritu de Dios se centraliza precisamente sobre el concepto de Cristo viniendo en carne (1 Juan 4:1-3).
Notas y Referencias