La posición de que Cristo tomó la caída naturaleza humana ha tenido apenas unos pocos defensores a través de la historia del Cristianismo, y aquellos que la enseñaban fueron frecuentemente considerados herejes. Eso precisa ser prontamente reconocido. Pero la verdad no depende del número de sus seguidores. Muchas verdades bíblicas esenciales han sido distorcionadas a través de los siglos, en razón de ideas preconcebidas o conceptos errados, resultando en una enseñanza completamente extraña a las Escrituras.
El problema de la naturaleza y destino de la humanidad es el primer ejemplo.[1] Al aceptar la idea platónica de la inmortalidad del alma, los padres de la Iglesia perpetuaron errores graves con respecto a la muerte, resurrección y vida eterna. Del mismo modo, por desconsideración de las informaciones del Nuevo Testamento sobre el asunto de la naturaleza humana de Cristo, fueron formuladas teorías arbitrarias que resultaron en doctrinas defectuosas.
Evidencias Neotestamentarias
Para resolver el problema, es preciso iniciar con un cuidadoso análisis de las informaciones. Un problema bien entendido está medio resuelto. Los datos escriturísticos claramente definidos sobre los cuales la Cristología se apoya, pueden ser sintetizados como un paradojo: Cristo participó de la "seme-janza de carne pecaminosa", sin compartir de ningún pecado de la humanidad.
Esa afirmación doble está colocada en el corazón del prólogo del evangelio de Juan. Por un lado, el apóstol declara: "El Verbo Se hizo carne", y por otro afirma que el Verbo "habitó entre nosotros"... lleno de gracia y verdad" (Juan 1:14). El paradojo surge del hecho de que, aun cuando Se haya hecho humano en estado de caído, Cristo, no obstante, vivió entre nosotros sin pecado, en perfecta obediencia a la ley de Dios.
Juan deja esa verdad como la piedra de toque de su Cristología: "En esto conocéis el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo vino en carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios; sino que es el espíritu del anticristo..." (1 Juan 4:2-3)
La palabra carne, en Juan, tiene generalmente un significado despreciativo. Seres humanos nacen de acuerdo con "la voluntad de la carne" (Juan 1:13), y juzgan "según la carne" (Juan 8:15). Y Juan concluye: "Porque todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida, no viene del Padre, sino del mundo." El mismo Jesús siempre opuso sistematicamente "carne" y "Espíritu". "El que es nacido de la carne es carne, y el que es nacido del Espíritu es espíritu." (Juan 3:6) "El Espíritu es el que vivifica, la carne para nada aprovecha". (Juan 6:63)
Pablo también enfatiza en sus epístolas la oposición entre la carne y el Espíritu en la persona de Cristo. En la introducción de su epístola a los Romanos, él define la doble naturaleza de Cristo en estos términos: "... nació de la simiente de David según la carne; y que con poder fue declarado Hijo de Dios, según el espíritu de santidad (Rom. 1:3-4). Entonces, apelando a la grandeza del "misterio de la piedad", Pablo declara una vez más los fundamentos de la Cristología: "Aquel que Se manifestó en carne, fue justificado en espíritu..." (1 Tim. 3:16)
No satisfecho en afirmar que Cristo es, al mismo tiempo, carne y Espíritu -- esto es, verdaderamente hombre y verdaderamente Dios -- Pablo dice que Dios envió "... Su propio Hijo en semejanza de carne de pecado", así "en la carne condenó el pecado" (Rom. 8:3). Cualquiera que sea el significado dado a la palabra "semejanza", eso no significa que la carne de Cristo sería diferente de aquella de la humanidad en Su nacimiento. Jesús, sin embargo, no era como Adán antes de la caída, pues Dios no creó Adán "en semejanza de carne pecaminosa".
En su epístola a los Filipenses, Pablo destaca el paradojo existente entre la realidad de la condición humana y la perfección de la obediencia de Jesús hasta el fin de Su vida. De un lado, el apóstol acentúa la plena y total participación de Cristo en la naturaleza humana: "Él tomó 'la forma de siervo'" (literalmente esclavo); Él Se hizo "semejante a los hombres" y fue "obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Fil. 2:7-8). En otras palabras, aun cuando era "nacido de mujer, nacido bajo la ley" como todos los seres humanos, por Su perfecta obediencia a la Ley de Dios Cristo no apenas "condenó el pecado en la carne" (Rom. 8:3), sino que se hizo el Redentor de aquellos que están "bajo la ley" (Gál. 4:5). En efecto, escribió Pablo: "Porque la ley del Espíritu de vida, en Cristo Jesús, te libró de la ley del pecado y de la muerte". (Rom. 8:2)
La epístola a los Hebreos realza ese doble aspecto de la persona y obra de Cristo. "Pues, en verdad, no presta auxílio a los ángeles, pero si a la descendencia de Abraham. Por lo que convenía que en todo fuese hecho semejante a sus hermanos..." (Heb. 2:16-17). Una vez que los hermanos "son participantes comunes de carne y sangre, también Él, semejantemente, participó de las mismas cosas" (verso 14). Por lo tanto, Él "en todo fue tentado, pero sin pecado" (Heb. 4:15). Esa fue la condición necesaria para el cumplimiento de Su misión de servir como "un sumo sacerdote misericordioso y fiel en las cosas concernientes a Dios, a fin de hacer propiciación por los pecados del pueblo. Porque en aquello que Él mismo, siendo tentado, padeció, puede socorrer a los que son tentados". (Heb. 2:17-18).
Esos son los datos bíblicos fundamentales de la Cristología. Nadie tiene el derecho de debilitar o alterar esas informaciones con argumentos faltos de idoneidad bíblica.
El Concepto Bíblico de Pecado
Uno de los principales problemas de la Cristología envuelve malentendidos sobre la naturaleza del pecado. De forma a resolver el problema de la naturaleza humana de Cristo, precisamos determinar primeramente el concepto bíblico de pecado. A través de los siglos él fue entendido de diversas maneras, pero raramente en armonía con la enseñanza de las Escrituras.
Los católicos y muchos protestantes enseñan la doctrina del pecado original. Hay muchos modos de entender esa doctrina, pero el concepto básico es que somos pecadores por nacimiento, culpados simplemente porque pertenecemos a la família humana como descendientes de Adán. De ese punto de vista, si Jesús hubiese nacido con la misma naturaleza pecaminosa como todos los otros hombres, Él sería un pecador, culpado por nacimiento. Consecuentemente, no podría ser nuestro Salvador.
Habiendo adoptado esa premisa, en armonía con los teólogos evangélicos, los promotores de la nueva Cristología adventista pudieron apenas concluir que "Cristo tomó la naturaleza de Adán antes de la caída". A fin de ser el Salvador del mundo, Cristo tenía que poseer una naturaleza sin pecado, la cual no tendría si hubiese nacido con la naturaleza de Adán después de la caída.
En razón de no haber base bíblica para la doctrina del pecado original, el adventismo tradicional la condenó o simplemente la ignoró. Ellen White, en todos sus escritos, nunca la mencionó. Una vez apenas ella usó la expresión "el pecado original" en relación al pecado cometido por Adán al principio. "Cada pecado cometido", escribió ella, "reaviva el eco del pecado original."[2] Hoy, algunos teólogos de otras confesiones, del mismo modo, consideran la doctrina del pecado original como extraña a la enseñanza bíblica.[3]
A fin de comprender la enseñanza bíblica sobre la cuestión del pecado, no es suficiente saber que el "pecado es ilegalidad" (1 Juan 3:4), y que todos los hombres son pecadores "porque todos pecaron" (Rom. 5:12). Los redactores de las Escrituras, y Pablo en particular, estabelecen ciertas distinciones sin las cuales la naturaleza humana de Cristo permanecería incomprensible. Primeramente, es importante no confundir pecado como un principio de acción y pecados como acción.
1. Pecado Como un Poder y Pecados Como Acciones
La Biblia establece una importante distinción entre pecado, en el singular, como el poder de la tentación, y pecados, en el plural, como actos transgresores de la ley. Pablo, en especial, hace la diferencia entre lo que él llama de "ley del pecado", que lo mantiene "prisionero" (Rom. 7:23), y "las obras de la carne", las cuales él clasifica (Gál. 5:19-21; Tito 3:3).
En su análisis del hombre "vendido bajo pecado", Pablo especifica que el principio del pecado vive en él, esto es, en su carne. Ese principio actúa en sus miembros, "guerreando contra la ley ..." Así, "aun queriendo yo hacer el bien, el mal está conmigo". "En efecto, el querer está en mi, pero el efectuarlo no". Consecuentemente, "no soy más yo que hago esto, sino el pecado que habita en mi". (Rom. 7:14-23).
Pablo define el principio que hace la humanidad "prisionera de la ley del pecado", usando varias expresiones. Primero lo llama de "inclinación de la carne" (phronema tes sarkos), oponiéndose a la "inclinación del Espíritu" (phronema tou pneumatos) (Rom. 8:6). La palabra phronema incluye las afecciones, la voluntad, así como la razón de alguien que vive de acuerdo con su naturaleza pecaminosa o de acuerdo con el Espíritu (Rom. 8:4 y 7). Pablo utiliza la expresión "la codicia de la carne" (ephithumian sarkos) (Gál. 5:16-17) traducida frecuentemente por la palabra carne (Rom. 1:24; 6:12; 7:7). Finalmente, la expresión "poder del pecado" (dunamis tes hamartia) (1 Cor. 15:56) traduce bien el aspecto dinámico del principio que opera en el hombre y lo hace esclavo del pecado.
A través de esas expresiones Pablo no quiere referirse a acciones del pecado, sino simplemente a las tendencias de la carne que impelen al pecado. Esas son apenas inclinaciones, no pecados aun. Pero tales tendencias naturales para la desobediencia, heredadas de Adán, inevitablemente se vuelven pecados cuando cedemos a sus apelos.
En su análisis del proceso de tentación, Santiago establece precisamente la diferencia que existe entre "codicia" (ephitumia) y el acto pecaminoso. De acuerdo con él, "cada uno, sin embargo, es tentado cuando atraído y seducido por su propia concupiscencia; entonces la concupiscencia, habiendo concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, genera la muerte". (Santiago 1:14-15). En otras palabras "la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida" (1 Juan 2:16), son los orígenes de todas las tentaciones, como las de Cristo en el desierto, volviéndose pecado solamente con el consentimiento del tentado.
Ellen White confirma ese punto de vista cuando escribe: "Hay pensamientos y sentimientos sugeridos y despertados por Satanás, que afectan aun al mejor de los hombres; pero si ellos no son nutridos, si ellos son repelidos como odiosos, el alma no es contaminada con la culpa, y nadie es contaminado por su influencia".[4] Cualquiera que pueda ser la intensidad de la tentación, ella nunca es, en sí misma, un pecado. "Ningún hombre puede ser forzado a transgredir. Su propio consentimiento debe ser primeramente obtenido; el alma tiene que querer practicar el acto pecaminoso antes que la pasión domine la razón o la iniquidad triunfe sobre la consciencia. La tentación, aun cuando sea fuerte, nunca es disculpa para pecar".[5]
Ellen White escribió: "El Hijo de Dios, en Su humanidad, luchó contra las mismas impetuosas y aparentemente aplastadoras tentaciones que asaltan al hombre -- tentación a la indulgencia con el apetito, la presunciosa osadía de aventurarse donde Dios no Lo condujera, y a la adoración del dios de este mundo, sacrificando así una feliz eternidad por los facinantes placeres de esta vida".[6] "Él sabe por experiencia cuales son las debilidades de la humanidad, cuales son nuestras necesidades, y donde yace la fuerza de nuestras tentaciones; pues Él fue "tentado en todos los puntos, como nosotros, pero sin pecado'".[7]
La diferencia entre Jesús y los seres humanos no está en el plano de la carne o de la tentación, una vez que Él "fue tentado en todos los puntos, como nosotros". La diferencia está en el hecho que Jesús nunca cedió a las seducciones de la carne, mientras todos nosotros, sin excepción, sucumbimos a ellas y quedamos bajo el poder del pecado (Rom. 3:9). Aun cuando alguien siente el deseo de hacer el bien, no tiene en sí mismo el poder para resistir la fuerza del pecado que habita en él (Rom. 7:18). Sólo Cristo, por el poder del Espíritu de Dios que en El habitaba, fue capaz de resistir "hasta la sangre, combatiendo contra el pecado" (Heb. 12:4). Ellen White confirma: "Aun cuando Él sufriese toda la fuerza de la pasión de la humanidad, nunca cedió a la tentación de practicar un simple acto que no fuese puro, elevado y ennoblecedor".[8]
Para comprender cómo Jesús pudo vivir sin pecar "en semejanza de carne pecaminosa", otra importante distinción debería ser hecha: la diferencia entre las consecuencias del pecado de Adán, transmitidas a todos sus descendientes, de acuerdo con la "gran ley de la hereditariedad"[9] , y la culpa, que no es transmisible de padre para hijo.
2. Solamente Aquellos Que Pecan Son Culpados
De acuerdo con la doctrina del pecado original, no apenas son culpados los deseos de la carne, sino también todos los seres humanos en virtud del nacimiento, a causa del pecado de Adán. Eso explica la práctica del bautismo infantil para librar de la maldición del pecado. Esa creencia y práctica son totalmente extrañas a las Escrituras. Ni aun en (Rom. 5:12), el locus classicus (posición clásica) de la doctrina del pecado original, afirma que todos los seres humanos son nacidos pecadores. Fuera de eso, Pablo añade que antes de Moisés, la humanidad no pecaba "a la semejanza de la transgresión de Adán" (verso 14).
La Escritura enseña que la culpa no es transmisible por hereditariedad. Apenas aquel que peca es culpado. "No se harán morir los padres por los hijos, ni los hijos por los padres; cada cual morirá por su propio pecado". (Deut. 24:16; 2 Reyes 14:6). El profeta Ezequiel repite esa misma ley en estos términos: "El alma que pecar, esa morirá; el hijo no llevará la iniquidad del padre, ni el padre llevará la iniquidad del hijo. La justicia del justo quedará sobre él, y la impiedad del impío caerá sobre él". (Eze. 18:20)
Cada uno, por lo tanto, es culpado de sus propias faltas. Consecuentemente, aunque yo sea "pecador desde el tiempo en que mi madre me concibió" y "pecador desde el nacimiento", de acuerdo con las palabras del salmista (Sal. 51:5), de manera alguna soy, culpado del pecado de mis ancestrales. Pablo escribe que antes de su nacimiento, los hijos de Isaac y Rebeca no habían "practicado bien o mal" (Rom. 9:11). Ciertamente ellos se levaban en sí mismos, por hereditariedad, las consecuencias del pecado de Adán, que inevitablemente los volverían pecadores y responsables por sus propias transgresiones de la ley de Dios, pero no eran culpados ya sea por naturaleza o por hereditariedad. Así ocurre con todos los que son "nacidos de mujer, nacidos bajo la ley"(Gál. 4:4), y sucedió con el mismo Jesús.
Sobre ese punto, Ellen White escribe; "Es inevitable que los hijos sufran las consecuencias de los malos hechos de sus padres, pero ellos no son punidos por la culpa de sus padres, excepto si participan de sus pecados. Si los hijos andan en los pecados de los padres, ese será el caso. Por herencia y ejemplo los hijos se vuelven participantes del pecado de sus padres. Tendencias al error, apetitos pervertidos y corrupción moral, así como enfermedades físicas y degeneración, son transmitidos como legado de padre para hijo, hasta la tercera y cuarta generación".[10]
Lo que la posteridad de Adán y Eva heredó fue la tendencia para pecar y las consecuencia del pecado: muerte. Por sus transgresiones el veneno de la serpiente fue inoculado en la naturaleza humana como un vírus mortal. Pero en Cristo, Dios proveyó la vacuna salvadora.
"En Semejanza de Carne Pecaminosa"
A la luz de lo que hemos dicho sobre la naturaleza del pecado, debería ser comprendido que era posible para Jesús vivir sin pecar, libre de toda corrupción, en pensamiento y actos, "en semejanza de carne pecaminosa".
Ya hubo mucha discusión sobre el significado de la palabra "semejanza" (homoiomati). Naturalmente, ella enfatiza semejanza, similitud, identidad, pero no diferencia. En los tres pasajes donde la expresión es usada, siempre indica identidad de una naturaleza que tiene que ver con parecerse o semejanza de la carne (Rom. 8:3), con el hombre (Fil. 2:7), o con la tentación (Heb. 2:17). Para estar en posición de poder ayudar los "descendientes de Abraham"... Él debía ser semejante a Sus hermanos" (Heb. 2:16-17).
Entretanto, es importante entender que Pablo no está diciendo que Cristo Se "asemejaba" al hombre carnal, ni que Su carne Se parecía con aquella del hombre pecaminoso, corrompido por una vida de pecado y esclavo de las malas propensiones. El apóstol limitó la semejanza a la carne en la cual habitaba "la ley del pecado", y donde "la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida" (1 Juan 2:16) dominaban.
De acuerdo con (Santiago 1:15), la concupiscencia es la madre del pecado, y no el pecado en sí mismo, así como el pecado es el padre de la muerte y no la propia muerte. Las concupiscencias son tentaciones a las cuales todos los seres humanos están sujetos, y que el mismo Jesús tuvo que enfrentar, una vez que Él fue "tentado en todos los puntos, como nosotros" (Heb. 4:15). Pero, diferentemente de lo que acontece con nosotros, Cristo nunca permitió que las malas tendencias, aun cuando eran hereditarias y potencialmente pecaminosas, se volviesen pecado. Él siempre supo "rechazar el mal y escoger el bien" (Isa. 7:15), desde el día de Su nacimiento hasta la muerte en la cruz.
Ellen White y los defensores de la Cristología tradicional hacen distinción entre "tendencias hereditarias" y "tendencias cultivadas para el mal"[11] Ahora, si Jesús heredó tendencias para el mal, por otro lado, Él nunca las "cultivó". He aquí porque ella pudo escribir que Cristo conocía "por experiencia... el poder de nuestras tentaciones"[12], así como "el poder de la pasión de la humanidad"[13], pero sin nunca ceder a su fuerza de atracción.
La mejor explicación referente a las diferencias entre tendencias heredadas y cultivadas, es encontrada en la carta de Ellen White a Baker. Esa explicación es muy significativa, porque la carta es el principal documento sobre el cual los propugnadores de la nueva Cristología se fian para afirmar que Cristo tomó la impecable naturaleza de Adán antes de la caída.
"No Lo presenten delante del pueblo como un hombre con 'propensiones para pecar'. Él es el segundo Adán. El primer Adán fue creado puro y sin pecado, sin mancha de pecado sobre sí; él era la imagen de Dios. Podría caer y cayó por la transgresión. A causa del pecado, su posteridad nació con inherentes propensiones para la desobediencia. Pero Jesucristo era el Unigénito Hijo de Dios. Él tomó sobre Sí la naturaleza humana, y fue tentado en todos los puntos como ser humano. Él podría haber pecado; podría haber caído, pero ni por un momento había en El una mala propensión".[14]
Comparando "inherentes propensiones para la desobediencia", heredadas por toda la posteridad de Adán, con "malas propensiones", que Jesús no poseía, los teólogos de la nueva Cristología, bien como aquellos de la Cristología alternativa, interpretaron mal la carta de Ellen White a Baker, en contradicción con sus propias enseñanzas en otras partes.
Escribiendo a Baker, ella dijo: "Al tratar de la humanidad de Cristo, usted precisa estar atento a cada afirmación, con recelo de que sus palabras sean interpretadas como significando más de lo que quieren decir, y así pierdan o ofusquen las claras percepciones sobre Su humanidad combinada con la divinidad".[15] Y añadió: "Percibo que hay peligro en abordar asuntos que traten de la humanidad del Hijo del infinito Dios".[16]
De ahí esas advertencias: "Sean cuidadosos, extremamente cuidadosos al tratar de la naturaleza humana de Cristo. No Lo presenten al pueblo como un hombre con propensiones para el pecado".[17] "Nunca, de modo alguno, dejen la más leve impresión sobre mentes humanas, de que una mancha de pecado o inclinación para la corrupción habitaba en Cristo, o que Él, de alguna forma, cedió a ella... Que cada ser humano se abstenga de hacer Cristo totalmente humano, como uno de nosotros, pues eso no puede ser".[18]
Pero, si Ellen G. White insiste, por un lado, sobre la perfección inmaculada de Cristo, ella también declara que Su naturaleza impecable fue adquirida "bajo las más probantes circunstancias"[19], "para que pudiese comprender la fuerza de todas las tentaciones con las cuales el hombre es atacado".[20] Pero "en ninguna ocasión hubo cualquier respuesta a sus [Satanás] múltiples tentaciones. Ni por una única vez Cristo entró en el terreno de Satanás, para concederle cualquier ventaja. Satanás nada encontró en El para animarlo en sus avances". "'Está escrito', era Su arma de resistencia, y es esa la espada del Espíritu Santo que todo ser humano debe usar".[21]
Ciertamente, nunca comprenderemos plenamente como Cristo pudo ser "tentado en todos los puntos, como nosotros, pero sin pecado". Ellen White afirma: "La encarnación de Cristo fue y será para siempre un misterio".[22] Pablo declaró que "grande es el misterio de la piedad: Aquel que Se manifestó en carne, fue justificado en espíritu, visto de los ángeles, predicado entre los gentios, creído en el mundo, y recibido arriba en la gloria" (1 Tim. 3:16).
Dado que la nueva Cristología reivindica estar apoyada en algunas declaraciones de Ellen White -- particularmente aquellas hechas en la carta a Baker -- es pertinente demostrar que esa carta está en perfecto acuerdo con la enseñanza de los pioneros, y en armonía con la doctrina de los apóstoles.
Razones Para la Encarnación
Sin duda, la encarnación del Hijo de Dios siempre estará envuelta en cierto misterio para la comprensión humana. Sin embargo, el misterio dice más respecto al cómo de la encarnación que al por qué. Ningun pasaje bíblico explica cómo "el Verbo Se hizo carne", o cómo las naturalezas divina y humana fueron combinadas en la persona de Cristo. Por otro lado, Jesús y los apóstoles se manifestaron claramente sobre el por qué de Su venida. Vale decir, la solución para el problema de la encarnación debería primero ser buscada a la luz de lo que Dios reveló.
A través de los siglos, los teólogos se perdieron en sus respuestas al por qué. Con mucha frecuencia, explican el sacrifício de Cristo en relación a Dios antes que al hombre. Las teorías de la substitución penal ha hecho parecer que Dios precisaba de los sufrimientos de Cristo, o de la sangre de una víctima inocente, para perdonar pecados. Pero Dios Se define como siendo, por naturaleza, "misericordioso, compasivo, tardío en irarse... que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado". (Exo. 34:6-7)
(Isaías 53) muestra hasta qué punto la comprensión humana acerca del don de Dios puede estar equivocada: "... nosotros Lo refutábamos por afligido, herido de Dios y oprimido", al paso que "Él fue herido a causa de nuestras transgresiones, y aniquilado a causa de nuestras iniquidades" (Isa. 53:4-5). Obviamente, Jesús no Se ofreció en sacrifício para apaciguar la ira de un Dios ofendido. Dios no Se vengó en Cristo para satisfacer Su justicia. Todos los textos que explican la razón de la venida de Cristo afirman lo contrario, esto es, que Dios envió Su Hijo unigénito por nuestra causa. Dios siempre es presentado como el Iniciador del plan de la salvación y Jesús como el Mediador entre Dios y los hombres. "Aquel que ni aun escatimó a Su propio Hijo, antes Lo entregó por (hyper) todos nosotros..." (Rom. 8:32). Jesús confirmó eso a través de los símbolos de la Cena del Señor: "Esto es Mi cuerpo , que es dado (hyper) por vosotros... Este cáliz es el nuevo pacto en Mi sangre, que es derramada por [hyper] vosotros". (Lucas. 22:19-20).
Pablo se esforzó para ayudarnos a comprender las razones de la venida de Cristo. Pero debemos concordar con Pedro, que en sus epístolas hay "puntos difíciles de entender, que los indoctos e inconstantes tuercen..." (2 Pedro 3:16). La Cristología de Pablo realmente se constituye en uma de las más difíciles. Sin embargo, ningun pasaje es más revelador que aquel en el cual él muestra, por un lado, la miserable situación del hombre "vendido bajo pecado" (Rom. 7:14-24); y por otro, las razones por las cuales Dios envió "Su propio Hijo en semejanza de carne pecaminosa" (Rom. 8:2-4).
La pregunta que se hace a sí mismo: "¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?", él mismo responde: "Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor." (Rom. 7:24-25). Entonces, Pablo resume cuatro razones específicas para explicar el por qué de la acción salvífica de Dios:
1. "Para Ser Una Ofrenda por el Pecado"
Esa razón es fundamental y justifica todas las otras. Obviamente, si no hubiese habido pecado al inicio, la encarnación de Cristo no sería necesaria. Pero, a causa del pecado y del amor divino por la humanidad, "Dios ... dio a Su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en El cree, no perezca, sino que tenga la vida eterna". (Juan 3:16). Toda la Biblia es la respuesta de Dios al problema del pecado.
Tan luego el pecado entró en el mundo como resultado de la desobediencia de Adán y Eva a las leyes del Creador, Dios reveló Su plan de salvación. Antes de mostrarle a nuestros primeros padres las consecuencias del pecado, Él les prometió un Salvador nacido de la simiente de la mujer. Aun cuando la serpiente hiriese Su calcañar, Él le pisaría su cabeza (Gén. 3:15).
Así, a través de los siglos, la promesa de un Salvador fue renovada. Por medio del ángel Gabriel, Dios le anunció a Daniel, el profeta, que el Mesías vendría en un tiempo específico para realizar Su obra redentiva, "para hacer cesar la transgresión, para dar fin a los pecados, para expiar la iniquidad y traer la justicia eterna..." (Dan. 9:24) Cuando Jesús Se presentó a Juan Bautista, en las márgenes del Jordán, él Lo proclamó como "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". (Juan 1:29).
La misión de Cristo, una vez completada, es explicada por Pablo en términos similares a la razón por la cual Dios "envió Su Hijo en semejanza de carne pecaminosa", para condenar "el pecado en la carne" (Rom. 8:3).
2. Para Condenar "el Pecado en la Carne"
Evidentemente, esa condenación del pecado no fue realizada "vicariamente" o en la base de una mera transacción legal por parte de Dios. A causa del pecado, fue necesario que el Verbo Se hiciese carne (Juan 1:14), que Cristo "fuese hecho semejante a Sus hermanos" (Heb. 2:17) y que fuese "tentado como nosotros, pero sin pecado" (Heb. 4:15).
Para condenar 'el pecado en la carne", Pablo especifica que fue "en el cuerpo de Su carne" (Col. 1:22) que Cristo triunfó sobre el pecado, luchando contra el pecado a punto de derramar sangre (Heb. 12:4). A través de "Su carne" Cristo "abrió un nuevo y vivo camino" (Heb. 10:20), que nos llevó a la reconciliación con Dios. Pedro declaró que Cristo llevó "Él mismo nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero, para que, muertos para los pecados, pudiésemos vivir para la justicia..."(1 Ped. 2:24)
Fuera de eso, para abolir la muerte (2 Tim. 1:10) así como todas "las obras del diablo" (1 Juan 3:8), Cristo tuvo que participar de la "carne y de la sangre" del hombre, "para que por la muerte derrotase a aquel que tenía el poder de la muerte, esto es, el diablo" (Heb. 2:14). Ese fue el prérequisito para Cristo hacerse "un Sumo Sacerdote santo, inocente, inmaculado, separado de los pecadores..." (Heb. 7:26), y estar en posición de librar a"todos aquellos que, con miedo de la muerte, estaban por toda la vida sujetos a la esclavitud" (Heb. 2:15). Esta es la segunda razón dada por Pablo para justificar la encarnación de Cristo.
3. Para Libertar los Seres Humanos "de la Ley del Pecado y de la Muerte"
Habiendo condenado el pecado en la carne, Cristo podía ahora actuar para librar al hombre de la esclavitud del pecado. "Porque en aquello que Él mismo, siendo tentado [pero sin pecado] sufrió, puede socorrer a los que son tentados" (Heb. 2:18; 4:15). Librar al hombre del pecado constituye, por lo tanto, el primer objetivo de la encarnación de Cristo.
A fin de ayudarnos, los escritores sacros usaron el lenguaje de una sociedad de practicante de la esclavitud, donde era necesario pagar rescate para libertar un esclavo. El mismo Jesús usó esas palabras para ilustrar la razón de Su misión. Él afirmó: "Todo aquel que comete pecado es esclavo del pecado". Y añadió para el benefício de Su público: "Si, pues, el Hijo os libertar, verdaderamente seréis libres". (Juan 8:34 y 36) Pues "el Hijo del hombre vino... para dar Su vida en rescate de muchos". (Marcos 10:45; Mateo 20:28)
Pablo, semejantemente, usa esas expresiones. Él le escribió a los Gálatas: "Pero viniendo la plenitud de los tiempos, Dios envió Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar [literalmente, comprar] a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibamos la adopción de hijos". (Gál. 4:4-5). En su carta a Timoteo, él recuerda que Cristo "... Se dio a Sí mismo en rescate por todos". (1 Tim. 2:6) Entonces, en Tito, él escribe que Jesús "... Se dio a Sí mismo por nosotros, para redimirnos [literalmente, libertarnos] de toda iniquidad, y purificar para Sí un pueblo todo Suyo, celoso de buenas obras" (Tito 2:14). En suma, Jesús no solamente vino para quitar nuestros pecados (1 Juan 3:5), sino también para libertarnos de ellos (Apoc. 1:5; 1 Juan 1:7-9).
4. "Para Que la Justicia de la Ley se Cumpliese en Nosotros"
Ese es el principal objetivo por el cual Dios envió Su Hijo "en semejanza de carne pecaminosa". La conjunción "para que" (ina), que introduce la última declaración de Pablo, señala el propósito de la acción de Cristo a nuestro favor. Note que no es sobre la justificación (dikaiosune) que se está tratando aquí, sino de los justos (dikaioma) reclamos de la ley.
En nuestra situación como seres humanos, prisioneros de la ley del pecado, somos incapaces de obedecer los mandamientos de Dios. Aun cuando deseemos hacerlo, nos falta poder. Además, por sí misma, la ley es impotente para librarnos del poder del pecado. "... Si la justicia viene mediante la ley, luego Cristo murió en vano". (Gál. 2:21) Entretanto, eso no significa que la ley fue abolida y que no debemos más observarla. Al contrario, Pablo afirma que "la observancia de los mandamientos de Dios" es lo que cuenta (1 Cor. 7:19). Jesús fue enviado para capacitarnos a vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, expresa en Su Ley, como nos enseñó por Su ejemplo.
Por Su participación en la sangre y carne de la humanidad, y en razón de Su victoria sobre el "pecado en la carne", Jesús se volvió para nosotros un principio vital, una licencia para la transformación, capaz de fortalecer cada pecador en la "obediencia que proviene de la fe" (Rom. 1:5; 16:26). Pues si, a través de la solidariedad humana, "por la desobediencia de un sólo hombre muchos fueron constituídos pecadores", Pablo nos dá la certeza de que "por la obediencia de uno, muchos serán constituídos justos". (Rom. 5:19)
En armonía con el nuevo pacto prometido, del cual Cristo es el Mediador, la ley no está más simplemente escrita en tablas de piedra. "Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor. Pondré Mis leyes en sus corazones, y las escribiré en su entendimiento." (Heb. 10:16). De ese modo, la justicia de la ley puede ser realizada en nosotros, para que, después de eso, no más andemos según la carne, sino según el Espíritu, seguiendo el ejemplo de Cristo.
Victoria a Través "del Espíritu de Vida en Cristo Jesús"
En el mismo pasaje de la epístola a los Romanos, Pablo no explica meramente el por qué de la misión de Cristo. Él también nos revela el secreto de Su victoria sobre el pecado, y cómo lo imposible se hace posible para aquellos que están en Cristo. Por dos veces el apóstol hace referencia al Espíritu: primero, al decir que en Cristo estaba "el Espíritu de vida", y entonces, al mostrar cómo, por el Espíritu de Cristo, somos capacitados a "andar como Jesús anduvo" (1 Juan 2:6).
1. Cristo, "Justificado en el Espíritu"
Una de las revelaciones esenciales de la Cristología reside en el hecho de que el propio Cristo, durante Su manifestación en la carne, tuvo que ser "justificado en el Espíritu" (1 Tim. 3:16). En razón de Su victoria sobre el pecado y la muerte, Jesús "... con poder fue declarado Hijo de Dios." (Rom. 1:4). Aun cuando Jesús haya nacido "de la simiente de David según la carne" (Rom. 1:3), Mateo especifica que Él fue concebido por el Espíritu Santo (Mat. 1:18 y 20). De acuerdo con el salmista, Él fue puesto bajo el cuidado de Dios desde Su nacimiento (Sal. 22:10).
Entonces, en Su bautismo, Jesús "vio el Espíritu de Dios descendiendo como paloma y viniendo sobre Él" (Mateo 3:16). El Espíritu también Lo condujo al desierto "para ser tentado por el diablo" (Mat. 4:1). Porque Dios no le concedió a Jesús "el Espíritu por medida", Pablo escribió que "en El habita corporalmente toda la plenitud de la Divinidad" (Col. 2:9). Realmente, "Dios estaba en Cristo reconciliando Consigo mismo el mundo". (2 Cor. 5:19).
Toda la vida de Cristo en este mundo, así como toda Su obra en favor de la salvación del hombre, lleva el sello del "Espíritu de vida" que en El estaba. "Dios Lo ungió con el Espíritu Santo y con poder, el cual anduvo por todas partes, haciendo el bien y curando a todos los oprimidos del diablo, porque Dios era con Él". (Hechos 10:38) Sin el Espíritu, Jesús nunca habría sido capaz de realizar las obras que efectuó. "El Hijo, de Sí mismo, nada puede hacer..." (Juan 5:19, 30). Fuera de eso, sin el Espíritu de Dios, Él nunca habría sido capaz de derrotar el poder del pecado en Su propia carne. Pero por el Espíritu, Él Se santificó (Juan 17:19), para volverse "tal Sumo Sacerdote, santo, inocente, inmaculado, separado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos" (Heb. 7:26).
Para ayudarnos a comprender cómo Dios desea beneficiarnos con la victoria de Cristo, Pablo aplica la tipología de los dos Adanes. Él presenta a Jesús como el nuevo Adán, destinado a substituir el Adán transgresor. Mientras que "el primero Adán se hizo alma viviente; el último Adán, espíritu vivificante" (1 Cor. 15:45); en otras palabras, un espíritu que crea vida. De ahí, de acuerdo con el principio de la solidariedad humana, por la desobediencia del primer Adán, "entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así también la muerte pasó a todos los hombres..." (Rom. 5:12). Pero, por Su obediencia, el segundo Adán le trajo a "todos los hombres ... justificación y vida". (Rom. 5:18). "Y, así como trajimos la imagen de lo terreno, traeremos también la imagen de lo celestial". (1 Cor. 15:49). Hay una condición, todavia: el Espíritu de vida que estaba en Cristo debe, igualmente, habitar en nosotros. Pues, "si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, ese tal no es de El". (Rom. 8:9).
2. Transformado por el "Espíritu de Cristo"
El mismo Espíritu que permitió a Jesús obtener la victoria sobre el pecado, debería, semejantemente, actuar en nosotros con poder para hacernos hijos de Dios. Jesús fue el primero a explicar eso a Nicodemos: "En verdad, en verdad te digo que si alguien no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios... Necesario es nacer de nuevo". Como la acción del viento, "así es todo aquel que es nacido del Espíritu". (Juan 3:5-8).
Jesús le habló a Sus discípulos sobre "el Espíritu que habían de recibir lo que en El creyesen". Pero Juan explica: "... el Espíritu aun no había sido dado, porque Jesús aun no había sido glorificado". (Juan 7:39) He aquí por que, después de haber anunciado Su partida, Jesús les reaseguró: "Todavia, os digo la verdad, os conviene que Yo vaya; pues si Yo no fuere, el Consolador no vendrá a vosotros; pero, si Yo fuere, os lo enviaré. Y cuando Él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicioo". (Juan 16:7-8) Y más: "Cuando venga, sin embargo, Aquel, el Espíritu de verdad, Él os guiará a toda la verdad". (Juan 16:13).
Inmediatamente después de Su resurrección, Jesús renovó la promesa: "... Pero vosotros sereis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días". (Hechos 1:5) Y repitió: "Pero recibireis poder, al descender sobre vosotros el Espíritu Santo, y me sereis testigos, tanto en Jerusalén, como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la Tierra". (Hechos 1:8) Aquello que Jesús le prometió a los doce y se cumplió en el Pentecostés, semejantemente lo promete a todos los que responden a los apelos del Espíritu. Pues "toda la autoridad en el Cielo y en la Tierra" le fue dada a Él (Mat. 28:18) Cristo está trabajando para atraer todos los seres humanos a Sí mismo (Juan 12:32), para dejarles clara la verdad y capacitarlos a vivir por el Espíritu, como Él mismo lo hizo cuando estuvo en la Tierra.
Desde el Pentecostés, Dios concede Su Espíritu a todo aquel que lo pide (Lucas 11:13). Y el Espíritu habita -- y también Cristo a través de Su Espíritu, en aquellos que Lo reciben. Así como Jesús venció "el pecado en la carne" por el Espíritu Santo, igualmente Él habilita Sus hijos a vencer por el poder del Espíritu. De hecho, (2 Pedro 1:4) declara que ellos se hacen "participantes de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción, que por la concupiscencia hay en el mundo".
Por Su ministerio, Jesús ha abierto el camino para el Espíritu y ha proporcionado un nuevo nacimiento a la generación de seres humanos regenerados por el Espíritu. Y a todos los que son nacidos del Espíritu, Dios no solamente les da el poder para decir "no" a la "impiedad y a las pasiones mundanas" sino también para vivir "en el presente mundo sobria, y justa, y piamente, aguardando la bienaventurada esperanza y el aparecimiento de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús". (Tito 2:12-13).
Ellen White resumió perfectamente lo que los adventistas creen con respecto al papel del Espíritu en la vida del creyente. "Es el Espíritu que hace efectivo lo que fue realizado por el Redentor del mundo. Es por el Espíritu que el corazón es purificado. A través de El el creyente se hace participante de la naturaleza divina. Cristo concedió Su Espíritu como un divino poder para vencer todas las tendencias heredadas y cultivadas para el mal, y para imprimir Su propio carácter en la iglesia".[23] "Cristo murió en el Calvario para que el hombre pudiese tener el poder de vencer sus tendencias naturales para el pecado".[24]
La vida de los profesos cristianos no está, por lo tanto, limitada al perdón de los pecados, o a "una religión fácil que no exija lucha, abnegación y separación de los desatinos delmundo".[25] Contrariamente, el Espíritu de vida que está en Cristo ha realmente libertado al cristiano de la esclavitud del pecado, de forma que él pueda vivir victoriosamente, según el ejemplo del Salvador. "La vida que Cristo vivió en este mundo, hombres y mujeres pueden vivirla a través de Su poder y bajo Su instrucción. En su conflicto con Satanás, ellos pueden tener toda la ayuda que Él tuvo. Pueden ser más que vencedores por Aquel que los amó y a Sí mismo Se dio por ellos".[26]
Conclusión
Para encerrar este capítulo, citamos un pasaje extraído de un manuscrito de Ellen White, sobre el asunto de la humillación de Cristo. En el, Ellen White explica la naturaleza humana de Cristo de un modo que no podría ser más claro.
Primeramente ella evoca el dato fundamental de la Cristología bíblica: "Él [Cristo] no tomó para Sí la naturaleza de los ángeles, sino la humanidad, perfectamente idéntica a nuestra propia naturaleza, exceptuándose la mancha del pecado".
Entonces, reconociendo las dificultades de algunos en comprender una verdad totalmente opuesta al credo de las principales iglesias, Ellen White prosigue: "Pero no debemos apegarnos a nuestras ideas comunes y terrenas, y en nuestros deturpados pensamientos cogitar que el riesgo de Cristo ceder a las tentaciones de Satanás haya degradado Su humanidad, y que Él poseía las mismas tendencias pecaminosas y corruptas propensiones como el hombre".
"La naturaleza divina, combinada con la humana, Lo hizo susceptible de ceder a las tentaciones de Satanás. La prueba de Cristo fue mucho mayor que la de Adán y Eva, pues el Salvador tomó nuestra naturaleza caída pero no corrompida, la cual no se pervertiría a menos que Él atendiese a las palabras de Satanás en lugar de las palabras de Dios. Suponer que Cristo no pudiese ceder a la tentación, Lo coloca donde Él no puede ser un perfecto ejemplo para el hombre".[27]
El trecho siguiente muestra claramente que si Jesús vivió una vida impecable en una naturaleza humana diferente de la nuestra, y si Él no hubiese sido "en todo semejante a Sus hermanos" (Heb. 2:17), no podría "socorrer a los que son tentados" (Heb. 2:18). Esa es la misma verdad que Juan sintetiza en el prólogo de su evangelio, y que es el corazón de la Cristología bíblica: "El Verbo", que "estaba con Dios en el principio" -- "Se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y verdad... pues todos nosotros recibimos de Su plenitud, y gracia sobre gracia". "A todos cuantos Lo recibieron, a los que creen en Su nombre, les dio el poder de volverse hijos de Dios". (Juan 1:2, 14, 16, 12)
Notas y Referencias