Mensajes Selectos Tomo 1

Capítulo 36

No hay castas en Cristo

La Encarnación: Naturaleza de Cristo

El Ángel más encumbrado del cielo no tenía poder para pagar el rescate de un alma perdida. Los querubines y serafines tienen únicamente la gloria de que han sido dotados por el Creador como criaturas suyas, y la reconciliación del hombre con Dios sólo podía ser realizada mediante un mediador que fuera igual a Dios, que poseyera los atributos que lo dignificaran y lo declararan digno de tratar con el Dios infinito en favor del hombre, y también de representar a Dios ante un mundo caído. El sustituto y garantía del hombre debía tener la naturaleza del hombre, un entronque con la familia humana a quien había de representar, y, como embajador de Dios, debía participar de la naturaleza divina, debía tener una unión con el Infinito a fin de manifestar a Dios ante el mundo y ser un mediador entre Dios y el hombre.

Únicamente en Cristo se encontraban esas cualidades. Revistiendo su divinidad con humanidad, vino a la tierra para ser llamado Hijo del hombre e Hijo de Dios. Era la garantía para el hombre, el embajador para Dios: la garantía para el hombre al satisfacer mediante su justicia [de Cristo] las demandas de la ley de Dios en lugar del hombre, y el representante de Dios al hacer manifiesto su carácter ante una raza caída.

El Redentor del mundo poseía el poder de atraer a los hombres hacia él, de aquietar sus temores, de disipar su lobreguez, de inspirarlos con esperanza y valor, de capacitarlos para creer en la buena voluntad de Dios de recibirlos mediante los méritos del Sustituto divino. Como objetos del amor de Dios, siempre debiéramos estar agradecidos porque tenemos un mediador, un abogado, un intercesor en las cortes celestiales, que suplica por nosotros ante el Padre.

Tenemos todo lo que pudiéramos pedir para inspirarnos fe y confianza en Dios. En las cortes terrenales, cuando un rey quiere dar la máxima garantía que asegure su veracidad, da a su hijo como rehén, para ser rescatado cuando se cumpla la promesa del rey. Y he aquí, qué prenda de la fidelidad del Padre, porque cuando quiso asegurar a los hombres de la inmutabilidad de su consejo, dio a su unigénito Hijo para que viniera a la tierra y tomara la naturaleza humana, no sólo por los cortos años de vida, sino para retener esa naturaleza en las cortes celestiales como garantía eterna de la fidelidad de Dios. ¡Oh, la profundidad de las riquezas tanto de la sabiduría como del amor de Dios! "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios". 1 Juan 3:1.

Mediante la fe en Cristo, llegamos a ser hijos de la familia real, herederos de Dios y coherederos con Jesucristo. Somos uno en Cristo. Al mirar el Calvario y ver al Doliente regio que en la naturaleza del hombre, y para él, llevó la maldición de la ley, son raídas todas las distinciones nacionales, todas las diferencias sectarias; se pierden todo el honor de las jerarquías, todo el orgullo de castas.

La luz que brilla del trono de Dios sobre la cruz del Calvario para siempre pone fin a las separaciones hechas por el hombre entre clases y razas. Hombres de todas las clases llegan a ser miembros de una familia, hijos del Rey celestial, no mediante el poder terrenal, sino mediante el amor de Dios que dio a Jesús para que llevara una vida de pobreza, aflicción y humillación, para que muriera una muerte de vergüenza y agonía, a fin de que él pudiera llevar a muchos hijos e hijas a la gloria.

No es la posición, no es la sabiduría finita, no son las cualidades, no son los dones de una persona los que la colocan en eminencia en la estima de Dios. El intelecto, la razón, los talentos de los hombres son los dones de Dios que han de ser empleados para la gloria divina, para la edificación de su reino eterno. Lo que es de valor a la vista del cielo es el carácter espiritual y moral, y éste es el que sobrevivirá a la tumba y será hecho glorioso con inmortalidad por los siglos infinitos de la eternidad. La realeza mundanal, tan altamente honrada por los hombres, nunca saldrá del sepulcro en el que entra. Las riquezas, los honores, la sabiduría de los hombres que han servido a los propósitos del enemigo, no pueden proporcionar a sus poseedores una herencia, un honor, o una posición de confianza en el mundo venidero. Tan sólo los que han apreciado la gracia de Cristo, que los ha hecho herederos de Dios y coherederos con Jesús, se levantarán de la tumba llevando la imagen de su Redentor.

Todos los que sean hallados dignos de ser contados como miembros de la familia de Dios en el cielo, se reconocerán mutuamente como hijos e hijas de Dios. Comprenderán que todos ellos reciben su fortaleza y perdón de la misma fuente: de Jesucristo, que fue crucificado por sus pecados. Saben que deben lavar sus mantos de carácter en la sangre de Cristo para ser aceptados por el Padre en su nombre, si desean estar en la brillante asamblea de los santos, revestidos con los blancos mantos de justicia.

Uno en Cristo

Puesto que los hijos de Dios son uno en Cristo, ¿cómo considera Jesús las castas, las distinciones sociales, el apartamiento del hombre de sus prójimos, debido al color, la raza, la posición, la riqueza, la cuna, o las prendas personales? El secreto de la unidad se halla en la igualdad de los creyentes en Cristo. La razón de toda división, discordia y diferencia se halla en la separación de Cristo. Cristo es el centro hacia el cual todos debieran ser atraídos, pues mientras más nos acercamos al centro, más estrechamente nos uniremos en sentimientos, simpatía, amor, crecimiento en el carácter e imagen de Jesús. En Dios no hay acepción de personas.

Jesús conocía la inutilidad de la pompa terrenal, y no prestó atención a sus despliegues. En la dignidad de su alma, la elevación de su carácter, la nobleza de sus principios, estuvo muy por encima de las vanas jerarquías del mundo. Aunque el profeta lo describe como "despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto" (Isaías 53:3), podría haber sido estimado como el más excelso entre los nobles de la tierra. Los mejores círculos de la sociedad humana lo habrían cortejado, si hubiera condescendido a aceptar su favor, pero no deseó el aplauso de los hombres, sino que actuó independientemente de toda influencia humana. La riqueza, la posición, las jerarquías humanas con todas sus variedades de distinciones de grandeza humana, no fueron sino otros tantos grados de pequeñez para Aquel que había dejado el honor y la gloria del cielo, y que no poseía esplendor terrenal, que no se complacía en el lujo y que no exhibía otro adorno sino la humildad.

Los humildes, los rodeados por la pobreza, asediados por los cuidados, oprimidos por sus faenas, no podían encontrar razón alguna en la vida y ejemplo de Cristo que los indujera a pensar que Jesús no estaba familiarizado con sus pruebas, que no conocía la opresión de sus circunstancias y que no podía simpatizar con ellos en sus necesidades y pesares. La humildad de su modesta vida diaria estaba en armonía con su nacimiento y circunstancias humildes. El Hijo del Dios infinito, el Señor de la vida y de la gloria, descendió en humillación hasta la vida de los más modestos para que nadie se sintiera excluido de su presencia. Se colocó al alcance de todos. No eligió a unos pocos favoritos con los cuales relacionarse, ignorando a todos los otros. Se contrista al Espíritu de Dios cuando el conservatismo excluye al hombre de sus prójimos, especialmente cuando esto se encuentra entre los que profesan ser sus hijos.

Cristo vino para dar al mundo un ejemplo de lo que podría ser la humanidad perfecta unida con la divinidad. Presentó al mundo una nueva fase de la grandeza cuando exhibió su misericordia, compasión y amor. Dio a los hombres una nueva interpretación de Dios. Como cabeza de la humanidad, enseñó a los hombres lecciones en la ciencia del gobierno divino, por las cuales reveló la rectitud de la reconciliación de la misericordia y la justicia. La reconciliación de la misericordia y la justicia no implicaban ninguna transigencia con el pecado ni ignorar ninguna demanda de la justicia, sino que dando su lugar debido a cada atributo divino, se podía ejercer la misericordia en el castigo del hombre pecaminoso e impenitente sin destruir la clemencia de la reconciliación ni perder su carácter compasivo, y la justicia se podía ejercer al perdonar al transgresor arrepentido sin violar su integridad [de la justicia].

Cristo, nuestro sumo sacerdote

Pudo hacerse todo esto porque Cristo tomó la naturaleza del hombre, participó de los atributos divinos y plantó su cruz entre la humanidad y la divinidad, salvando el abismo que separaba al pecador de Dios.

"Porque ciertamente no tomó a los ángeles sino a la simiente de Abrahán tomó. Por lo cual, debía ser en todo semejante a los hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel Pontífice en lo que es para con Dios, para expiar los pecados del pueblo. Porque en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados". Hebreos 2:16-18 (VRV).

"Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado". Hebreos 4:15.

"Porque todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere, para que presente ofrendas y sacrificios por los pecados; para que se muestre paciente con los ignorantes y extraviados, puesto que él también está rodeado de debilidad; y por causa de ella debe ofrecer por los pecados, tanto por sí mismo como también por el pueblo. Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón. Así tampoco Cristo se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec. Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen". Hebreos 5:1-9.

Jesús vino para traer un poder moral que se combine con el esfuerzo humano, y en ningún caso sus seguidores deben tomarse la libertad de perder de vista a Cristo, que es su ejemplo en todas las cosas. El dijo: "Por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad". Juan 17:19. Jesús presenta la verdad delante de sus hijos para que puedan contemplarla, y para que contemplándola puedan ser cambiados, siendo transformados por su gracia, de la transgresión a la obediencia, de la impureza a la pureza, del pecado a la santidad del corazón y a la rectitud de la vida.

Una clase especial en el cielo

Entre los redimidos, habrá algunos que se habrán aferrado de Cristo en las últimas horas de su vida, y se darán instrucciones en el cielo a los que, cuando murieron, no entendían perfectamente el plan de salvación. Cristo guiará a los redimidos hasta el río de la vida, y les explicará lo que en esta tierra no pudieron entender.--Carta 203, 1905.