Mensajes Selectos Tomo 1

Capítulo 39

La primera tentación de Cristo

La Tentación de Cristo

Cristo ha entrado en el mundo como el destructor de Satanás y el Redentor de los que se hallan cautivos bajo su poder. Con su propia vida victoriosa, quiere dejar un ejemplo que el hombre siga y venza así las tentaciones de Satanás. Tan pronto como Cristo entró en el desierto de la tentación, cambió su rostro. Entonces desaparecieron la gloria y el esplendor reflejados del trono de Dios, que le iluminaron el rostro cuando se abrieron los cielos ante él, y la voz del Padre lo reconoció como a su Hijo en quien se complacía. Su alma estaba siendo abrumada por el peso de los pecados del mundo y su rostro expresaba dolor inenarrable, una angustia profunda que el hombre caído nunca había experimentado. Sintió la abrumadora marea de desdicha que inundaba el mundo. Comprendió los alcances de la fuerza del apetito complacido y de las pasiones impías que dominaban el mundo y que habían ocasionado inexpresables sufrimientos al hombre. La complacencia del apetito había sido aumentada y fortalecida con cada generación sucesiva desde la transgresión de Adán, hasta que la raza humana había quedado tan debilitada en su poder moral, que no podía vencer con su propia fuerza. En el lugar de la raza humana, Cristo había de vencer el apetito soportando en este punto la prueba más poderosa. Había de recorrer solo el camino de la tentación y no iba a haber nadie que lo ayudara, nadie que lo consolara o sostuviera. Había de luchar con los poderes de las tinieblas.

Puesto que, en su fortaleza humana, el hombre no podía resistir el poder de las tentaciones de Satanás, Jesús se ofreció para emprender la obra, llevar la carga del hombre y vencer en su lugar el poder del apetito. En lugar del hombre, debía mostrar abnegación, perseverancia y firmeza de principios, que son importantísimos para vencer las angustias del hambre que carcomen. Debía demostrar un poder de dominio sobre el apetito más poderoso que el hambre y aun que la muerte.

El significado de la prueba

Cuando Cristo soportó la prueba de la tentación en lo que respecta al apetito, no estaba en el bello Edén, como en el caso de Adán, con la luz y el amor de Dios que se veían doquiera descansaban sus ojos. Por el contrario, estaba en un desierto estéril y desolado, rodeado de animales salvajes. Todo lo que lo rodeaba era repulsivo y era aquello que la naturaleza humana se sentiría inclinada a rehuir. En ese ambiente, ayunó cuarenta días y cuarenta noches, "y no comió nada en aquellos días". Lucas 4:2. Estaba demacrado por el largo ayuno y experimentaba la más aguda sensación de hambre. Ciertamente, su rostro estaba más desfigurado que el de los hijos de los hombres.

Así entró Cristo en su vida de conflicto para vencer al poderoso enemigo, para sobrellevar la prueba que precisamente Adán no había podido soportar a fin de que, teniendo éxito en el conflicto, pudiera romper el poder de Satanás y redimir a la raza humana de la desgracia de la caída.

Todo se perdió cuando Adán se rindió al poder del apetito. El Redentor, en quien se unían tanto lo humano como lo divino, estuvo en el lugar de Adán y soportó un terrible ayuno de casi seis semanas. Lo extenso de ese ayuno es la mayor evidencia de los alcances de la pecaminosidad y del poder del apetito depravado sobre la familia humana.

La humanidad de Cristo alcanzó las profundidades mismas de la desdicha humana y se identificó con las debilidades y necesidades del hombre caído, al paso que su naturaleza divina se aferraba del Eterno. Al llevar las culpas de las transgresiones del hombre, su obra no consistía en darle a éste autorización para continuar violando la ley de Dios, lo cual convertía al hombre en deudor ante la ley, deuda que Cristo mismo estaba pagando con sus sufrimientos. Las pruebas y sufrimientos de Cristo habían de impresionar al hombre con la comprensión de su gran pecado al quebrantar la ley de Dios, y habían de llevarlo al arrepentimiento y a la obediencia de esa ley, y a ser aceptado por Dios mediante la obediencia. Cristo imputaría su justicia al hombre y así lo elevaría en valor moral ante Dios, de modo que fueran aceptables sus esfuerzos para guardar la divina ley. La obra de Cristo era reconciliar al hombre con Dios mediante la naturaleza humana del Salvador, y a Dios con el hombre mediante su naturaleza divina.

Tan pronto como comenzó el largo ayuno de Cristo en el desierto, Satanás estuvo cerca con sus tentaciones. Rodeado de luz, vino a Cristo pretendiendo ser uno de los ángeles del trono de Dios, enviados en misión de misericordia para simpatizar con él y aliviarlo de su condición doliente. Pretendió hacer creer a Cristo que Dios no le requería que pasara por la abnegación y los sufrimientos que él anticipaba; que había sido enviado del cielo para darle el mensaje de que Dios sólo quería probar su disposición para sufrir.

Satanás le dijo a Cristo que sólo debía colocar sus pies sobre la senda teñida en sangre, pero que no había de recorrerla. A semejanza de Abrahán, fue probado para que mostrara su perfecta obediencia. También declaró que él era el ángel que detuvo la mano de Abrahán cuando levantó el cuchillo para matar a Isaac, y que ahora había venido para salvarle la vida; que no era necesario que soportara la dolorosa hambre y la muerte por inanición, que lo ayudaría a efectuar una parte de la obra en el plan de salvación.

Èl Hijo de Dios se apartó de todas esas astutas tentaciones y se mantuvo firme en su propósito de realizar en cada detalle, en el espíritu y en la misma letra, el plan que había sido ideado para la redención de la raza caída. Pero Satanás tenía múltiples tentaciones preparadas para entrampar a Cristo y aventajarlo. Si fracasaba en una tentación, probaría otra. Pensó que tendría éxito porque Cristo se había humillado como hombre. Se jactaba de que si se presentaba como uno de los ángeles celestiales, no podría ser descubierto. Simuló dudar de la divinidad de Cristo debido a su apariencia demacrada y las desagradables circunstancias.

Cristo sabía que, al tomar la naturaleza del hombre, no tendría una apariencia igual a la de los ángeles del cielo. Satanás lo instó a que si era realmente el Hijo de Dios le diera evidencia de su excelso carácter. Atacó a Cristo con tentaciones relacionadas con el apetito. En ese punto había vencido a Adán y había dominado a sus descendientes, y por medio de la complacencia del apetito los había inducido a provocar a Dios con su iniquidad hasta que sus crímenes habían llegado a ser tan grandes que el Señor los había eliminado de la tierra mediante las aguas del diluvio.

Bajo las tentaciones directas de Satanás, los hijos de Israel permitieron que el apetito les dominara la razón y, debido a su complacencia, fueron inducidos a cometer graves pecados que despertaron la ira de Dios contra ellos, y cayeron en el desierto. Pensó que tendría éxito venciendo a Cristo con la misma tentación. Le dijo a Cristo que uno de los ángeles excelsos había sido desterrado al mundo. Le dijo además que su aspecto [el de Cristo], indicaba que, en vez de ser el Rey del cielo, era el ángel caído, y eso explicaba su apariencia demacrada y penosa.

Cristo no hizo milagros para sí mismo

Entonces llamó la atención de Cristo a su propia apariencia atrayente, revestido de luz y fuerte en poder. Pretendió ser un mensajero directo del trono del cielo, y aseguró que tenía derecho a exigir evidencias de que Cristo era el Hijo de Dios. Si le hubiera sido posible, de buena gana, Satanás no hubiera creído en las palabras provenientes del cielo dirigidas al Hijo de Dios, en ocasión de su bautismo. Estaba Satanás determinado a vencer a Cristo y, de ser posible, asegurar así su propio reino y su vida. Tentó primero a Cristo en el apetito. En ese punto, casi tenía el dominio completo del mundo, y sus tentaciones fueron adaptadas a las circunstancias que rodeaban a Cristo, que hacían que sus tentaciones en cuanto al apetito fueran casi invencibles.

Cristo podría haber realizado un milagro por su propia cuenta, pero eso no hubiera estado de acuerdo con el plan de salvación. Los muchos milagros de la vida de Cristo muestran su poder de realizarlos para el beneficio de la humanidad doliente. Mediante un milagro de misericordia, una vez alimentó a cinco mil con cinco panes y dos pececillos. Por lo tanto, tenía poder para realizar un milagro y satisfacer su propia hambre. Satanás se hizo la ilusión de que podría inducir a Cristo a dudar de las palabras pronunciadas desde el cielo en su bautismo. Y si podía tentarlo a poner en duda su condición de Hijo de Dios, y a dudar de la palabra de verdad pronunciada por su Padre, ganaría una gran victoria.

Encontró a Cristo en el desolado desierto, sin compañía, sin alimento y en verdadero sufrimiento. Lo que lo rodeaba era melancólico y repulsivo en extremo. Satanás le sugirió a Cristo que Dios no habría dejado a su Hijo en esa condición de necesidad y sufrimiento real. Esperaba sacudir la confianza de Cristo en su Padre, que le había permitido llegar a esa condición de extremo sufrimiento en el desierto, donde nunca habían pisado los pies de los hombres. Satanás esperaba inspirarle dudas en cuanto al amor de su Padre, dudas que encontraran abrigo en la mente de Cristo. Esperaba que, bajo la fuerza del desaliento y el hambre extrema, Cristo ejerciera su poder milagroso para su propio bien y se apartara de las manos de su Padre celestial. Ciertamente, ésta fue una tentación para Cristo. Pero él no la albergó ni por un momento. Ni por un solo momento dudó del amor de su Padre celestial, aunque parecía estar oprimido por angustia inexpresable. Las tentaciones de Satanás, aunque fueron hábilmente ideadas, no conmovieron la integridad del amado Hijo de Dios. No podía ser sacudida su permanente confianza en su Padre.

Cristo no parlamentó con la tentación

Jesús no condescendió en explicarle a su enemigo en qué forma era el Hijo de Dios, y en qué manera podía actuar como tal. En una manera provocativa e insultante, Satanás se refirió a la debilidad del momento y a la desfavorable apariencia de Cristo, en contraste con su propio vigor y gloria. Se mofó de que Cristo era un pobre representante de los ángeles y con menos razón de su excelso Comandante, reconocido como Rey de las cortes regias. Su actual apariencia indicaba que había sido abandonado de Dios y del hombre. Dijo que si Cristo era ciertamente el Hijo de Dios, el monarca del cielo, tendría poder igual a Dios y podría dar evidencia de ello realizando un milagro y convirtiendo en pan la piedra que estaba justamente a sus pies, para aliviar su hambre. Si Cristo hacía esto, Satanás le prometió que inmediatamente renunciaría a sus pretensiones de superioridad y que terminaría para siempre la contienda entre él y Cristo.

Cristo no pareció notar las denigrantes mofas de Satanás. No fue movido a dar pruebas de su poder. Humildemente soportó los insultos sin desquitarse. Las palabras pronunciadas desde el cielo en su bautismo eran muy preciosas, le eran la evidencia de que su Padre aprobaba los pasos que estaba dando en el plan de salvación como sustituto y garantía del hombre. Los cielos abiertos y el descenso de la paloma celestial eran garantías de que su Padre uniría su poder en el cielo con el de su Hijo en la tierra para rescatar al hombre del dominio de Satanás, y de que Dios aceptaba el esfuerzo de Cristo para unir la tierra con el cielo, y al hombre finito con el Infinito.

Esas señales, recibidas de su Padre, fueron indeciblemente preciosas para el Hijo de Dios en medio de todos sus tremendos sufrimientos y terrible conflicto con el jefe rebelde. Y mientras soportaba la prueba de Dios en el desierto, y a través de todo su ministerio, no trató de hacer nada para convencer a Satanás de su propio poder [de Cristo] y de que él era el Salvador del mundo. Satanás tuvo suficiente evidencia del puesto excelso de Cristo. Su renuencia en dar a Jesús el honor debido, y manifestarle sumisión como subordinado, hicieron madurar su rebelión contra Dios y lo excluyeron del cielo.

No era parte de la misión de Cristo ejercer su poder divino para su propio beneficio, para aliviarse de sufrimientos. Voluntariamente había tomado esto sobre sí. Había condescendido en tomar la naturaleza humana y había de sufrir los inconvenientes, males y aflicciones de la familia humana. No había de realizar milagros para su propio bien. Vino para salvar a otros. El objeto de su misión era traer bendiciones, esperanza y vida a los afligidos y oprimidos. Había de llevar las cargas y pesares de la humanidad doliente.

Aunque Cristo estaba sufriendo los más agudos tormentos del hambre, resistió a la tentación. Rechazó a Satanás con el mismo pasaje que había dado a Moisés en el desierto para que lo repitiera al rebelde Israel cuando su alimentación fue restringida y clamaba pidiendo carne como alimento. "No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". Mateo 4:4. En esta declaración, y también mediante su ejemplo, Cristo mostraría al hombre que el hambre de alimento temporal no era la mayor calamidad que le podía sobrevenir. Satanás engañó a nuestros primeros padres con la lisonja de que el comer del fruto del árbol de la vida que Dios les había prohibido, les proporcionaría gran bien y los aseguraría contra la muerte, lo que era precisamente lo opuesto de lo que Dios les había declarado. "Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás". Génesis 2:17. Si Adán hubiese sido obediente, nunca hubiera conocido la necesidad, el dolor ni la muerte.

Si los antediluvianos hubiesen sido obedientes a las órdenes de Dios, habrían sido preservados y no habrían perecido con las aguas del diluvio. Si los israelitas hubiesen sido obedientes a las órdenes de Dios, él les hubiera conferido bendiciones especiales. Pero cayeron como resultado de la complacencia de los apetitos y de las pasiones. No quisieron ser obedientes a las palabras de Dios. La complacencia del apetito pervertido los llevó a numerosos y graves pecados. Si hubiesen puesto en primer término los requerimientos de Dios, y en segundo término sus necesidades físicas, sometiéndose a la elección del alimento adecuado para ellos que Dios había hecho, ni uno de ellos habría caído en el desierto. Se habrían establecido en la buena tierra de Canaán como un pueblo santo y sano, sin que hubiera habido debilitados en todas sus tribus.

El Salvador del mundo se convirtió en pecado por la raza humana. Al convertirse en el sustituto del hombre, Cristo no manifestó su poder como el Hijo de Dios. Se ubicó en la misma categoría de los hijos de los hombres. Había de llevar la prueba de la tentación como hombre, en lugar del hombre, bajo las más angustiosas circunstancias, dejando un ejemplo de fe y perfecta confianza en su Padre celestial. Cristo sabía que su Padre le daría alimento cuando le placiera hacerlo. En esta severa prueba, cuando el hambre lo oprimía en extremo, Cristo no estaba dispuesto a reducir prematuramente en un ápice la prueba que le era dada, ejerciendo su poder divino.

El hombre caído, al encontrarse en circunstancias difíciles, no tendría poder para efectuar milagros en su favor, para salvarse del dolor o de la angustia, o para darse la victoria sobre sus enemigos. El propósito de Dios era someter a prueba y examinar a la raza humana, y darle una oportunidad de desarrollar el carácter, poniéndola frecuentemente en circunstancias de prueba donde pudiera demostrar su fe y confianza en el poder y amor divinos. La vida de Cristo fue un modelo perfecto. Por su ejemplo y precepto, siempre enseñó al hombre que debe depender de Dios, y que su fe y firme confianza debieran estar en Dios.

Cristo sabía que Satanás era mentiroso desde el principio, y necesitó de fuerte dominio propio para escuchar las propuestas de ese insultante engañador sin reprochar instantáneamente sus osadas arrogancias. Satanás esperaba que provocaría al Hijo de Dios para que entrara en controversia con él y esperaba que así, en la extrema debilidad y agonía de espíritu de Cristo, él podría obtener ventajas sobre Jesús. Tenía el propósito de pervertir las palabras de Cristo, pretender haber triunfado, y llamar en su ayuda a sus ángeles caídos para usar su poder al máximo a fin de prevalecer contra él y vencerlo.

El Salvador del mundo no tenía controversia con Satanás, que había sido expulsado del cielo porque no era más digno de un lugar allí. El que pudo influir en los ángeles de Dios contra su Gobernante Supremo y contra su Hijo, su amado comandante, y atraer su simpatía para él [Satanás], era capaz de cualquier engaño. Durante cuatro mil años había estado luchando contra el gobierno de Dios y no había perdido nada de su habilidad o poder para tentar y engañar.

La victoria mediante Cristo

Porque el hombre caído no podía vencer a Satanás con su fortaleza humana, vino Cristo de las reales cortes del cielo para ayudarlo con su fortaleza humana y divina combinadas. Cristo sabía que Adán en el Edén, con sus ventajas superiores, podía haber resistido la tentación de Satanás y podía haber vencido. Sabía también que no era posible que el hombre, fuera del Edén, separado de la luz y del amor de Dios, desde la caída, resistiera con su propia fuerza las tentaciones de Satanás. A fin de proporcionar esperanza al hombre y salvarlo de su completa ruina, se humilló a sí mismo al tomar la naturaleza humana, para que, con su poder divino combinado con el humano, pudiera alcanzar al hombre donde éste está. Obtiene para los caídos hijos e hijas de Adán aquella fortaleza que es imposible que ellos ganen por sí mismos, para que en el nombre de Cristo puedan vencer las tentaciones de Satanás.

Al asumir la humanidad, el excelso Hijo de Dios se coloca más cerca del hombre al actuar como sustituto del pecador. Se identifica a sí mismo con los sufrimientos y aflicciones de los hombres. Fue tentado en todos los puntos en que son tentados los hombres, para que pudiera saber cómo socorrer a los que fueran tentados. Cristo venció en lugar del pecador.

En la noche de su visión, Jacob vio la tierra unida con el cielo por una escalera que llegaba hasta el trono de Dios. Vio a los ángeles de Dios, ataviados con vestidos de brillo celestial, descendiendo del cielo y subiendo al cielo por esa brillante escalera. La parte baja de esa escalera descansaba sobre la tierra, mientras su parte más alta llegaba a los más elevados cielos y descansaba en el trono de Jehová. El resplandor del trono de Dios brillaba sobre esa escalera y reflejaba una luz de inexpresable gloria sobre la tierra.

Esta escalera representaba a Cristo, que había abierto la comunicación entre la tierra y el cielo. En su humillación, Cristo descendió hasta la misma profundidad de la desdicha humana, con simpatía y piedad por el hombre caído, que fue representado ante Jacob con el extremo de la escalera que descansaba sobre la tierra, mientras que su parte alta, que llegaba hasta el cielo, representa el poder divino de Cristo que se aferra del Infinito, y así comunica a la tierra con el cielo y al hombre finito con el Dios infinito. Mediante Cristo se abre la comunicación entre Dios y el hombre. Los ángeles pueden ir del cielo a la tierra con mensajes de amor para el hombre caído y para ministrar a los que serán herederos de salvación. Únicamente mediante Cristo los mensajeros celestiales ministran a los hombres.

Adán y Eva fueron colocados en el Edén en circunstancias extremadamente favorables. Tuvieron el privilegio de estar en comunión con Dios y los ángeles. Estaban sin la condenación del pecado. La luz de Dios y de los ángeles estaba con ellos y los rodeaba. El Autor de su existencia era su maestro. Pero cayeron bajo el poder y las tentaciones del artero enemigo. Durante cuatro mil años, Satanás había estado luchando contra el gobierno de Dios y había obtenido fortaleza y experiencia de su decidida práctica. Los hombres caídos no tenían las ventajas de Adán en el Edén. Habían estado separados de Dios durante cuatro mil años. Habían disminuido más y más la sabiduría para comprender y el poder para resistir las tentaciones de Satanás, al punto que éste parecía reinar triunfante en la tierra. El apetito y la pasión, el amor del mundo e insolentes pecados eran las grandes ramas del mal de las cuales crecían toda suerte de crímenes, violencias y corrupción.