El capitulo cuatro de la epístola a los Efesios contiene lecciones de Dios dirigidas a nosotros. El autor habla inspirado por Dios y expone las instrucciones recibidas en visiones de origen divino. Describe la distribución de dones que Dios otorga a sus obreros: "Y él mismo constituyó a unos apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y mestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para le edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo". (Efesios 4:11-13) Se nos muestra aquí que Dios asigna a cada persona su trabajo, y al realizarlo cumplirá su parte en el gran plan de Dios.
Nuestros médicos y paramédicos misioneros debieran considerar detenidamente esta lección. Dios estableció su obra entre un pueblo que reconoce las leyes del gobierno divino. Los enfermos deben ser sanados por la combinación del esfuerzo humano y el divino. Cada don y poder que Cristo prometió a sus discípulos los confiere a sus fieles servidores. Y Aquel que otorga capacidades mentales y confía talentos a los hombres y mujeres que le pertenecen por creación y redención, espera que estos talentos y capacidades aumenten por el uso. Cada talento debe emplearse en bendecir a otros y así traer honra a Dios. Pero los médicos han sido inducidos a suponer que las facultades y los talentos que Dios les otorgó para que los usaran en su obra, les pertenecen de pleno derecho, de modo que los han usado para iniciar ramos de trabajo proyectos para los cuales que Dios no les asignó.
Satanás trabaja asiduamente con el fin de encontrar una oportunidad para introducirse furtivamente. Sugiere al médico que sus talentos son demasiado valiosos para desperdiciarlos entre los adventistas del séptimo día, que si estuviera libre podría realizar una obra más importante. El médico se siente tentado a pensar que posee métodos que puede usar independientemente de la gente a quien Dios le encomendó que sirviera, y que Dios podría ponerlo por encima del resto de los habitantes del mundo. Pero el médico no debe suponer que su influencia aumentaría si se separara de esta obra. Si tratara de realizar sus planes, no tendría éxito.
El egoísmo en cualquier forma introducido en el ministerio o en la obra médica, es una infracción a la ley de Dios. Cuando los hombres se vanaglorian de sus capacidades y permiten que los elogios humanos fluyan hacia seres finitos, deshonran a Dios, y él los despojará de aquello en lo cual se glorían. Los médicos vinculados a nuestros sanatorios y a la obra médica misionera, por la gracia de Dios han sido dirigidos hacía las personas para quienes él les ha ordenado que sean una luz en el mundo. Su obra consiste en dar a su vez todo aquello que el Señor les ha dado; en dar, no como una influencia entre muchas, sino como la influencia divina a fin de hacer efectiva la verdad para este tiempo.
Dios nos ha confiado una obra especial, una obra que nadie más puede hacer. Nos ha prometido la ayuda de su Santo Espíritu. La corriente celestial fluye en dirección a la tierra para que realice precisamente la obra que se nos encomendó. No permitamos que esta corriente celestial se ignore por habernos desviado de la senda recta establecida por Cristo.
Los médicos no deben suponer que pueden ganarel mundo mediante sus planes y esfuerzos. Dios no los ha puesto para que abarquen tanto por medio de sus propias obras solamente. La persona que emplea su potencial en diversas actividades no puede ocuparse de administrar una institución de salud, y esperar llevarla a buen término.
Si los obreros del Señor se ocupan de trabajos que desplazan lo que deberían hacer en la tarea de comunicar luz al mundo, Dios no recibe la gloria que debiera engrandecer su santo nombre mediante lo que ellos hacen. Cuando Dios llama a un hombre a realizar cierta obra en su causa, no coloca sobre sus hombros cargas que otros obreros pueden y deben llevar a cabo. Aunque esto pueda parecer indispensable, Dios, según su sabiduría, asigna a cada persona su tarea. Él no desea que las mentes de sus siervos que llevan responsabilidades se agoten hasta el borde de lo insoportable, por responsabilizarse de muchos frentes de trabajo. Si un obrero no se responsabiliza por la tarea que se le ha encomendado, aquella que el Señor estima que es exactamente la que puede realizar, está descuidando deberes, que adecuadamente ejecutados, resultarían en la propagación de la verdad y prepararía a la gente para la gran crisis que se avecina.
Dios no puede otorgar medidas más abundantes de poder, físicas o mentales, a los que procuran llevar cargas que no se les han asignado. Cuando los obreros se sobrecargan con tales responsabilidades, no importa cuán buena sean, sus fuerzas físicas se agotan y sus mentes se desconciertan, y no pueden lograr el éxito óptimo obtenible.
Los médicos de nuestras instituciones no debieran dedicarse a tantas empresas y así permitir que su trabajo se debilite, cuando debieran sostenerse sobre principios rectos y ejercer una influencia que abarque a todo el mundo. Dios no ha dispuesto que sus colaboradores abarquen tantas cosas, tracen planes demasiado extensos, hasta el punto de fracasar en las responsabilidades que se les han asignado para que logren el sublime bien que él espera que realicen mediante la difusión de luz al mundo, atrayendo a mujeres y hombres mientras él los dirige mediante su suprema sabiduría.
El enemigo ha determinado contrarrestar los designios que Dios formuló para beneficiar a la humanidad mediante la revelación de lo que constituye la auténtica obra médica misionera. Se han introducido numerosas ideas acerca de que los obreros no pueden realizar todas las cosas de acuerdo con el modelo mostrado en el monte. Se me ha instruido para que diga que la obra asignada a los médicos en nuestras instituciones es suficiente para ellos, y que el Señor requiere que se unan estrechamente con los evangelistas misioneros y lleven a cabo sus tareas con fidelidad. Dios no ha pedido a nuestros médicos que se envuelvan en un variado y abarcante trabajo como lo han hecho algunos. No ha determinado que la obra especial de los médicos sea trabajar por los que se encuentran en los antros de iniquidad en nuestras populosas sociedades. El Señor no requiere imposibilidades de sus siervos. La obra que él ha encargado a nuestros médicos es exponer ante el mundo el ministerio del Evangelio mediante la obra médica misionera.
El Señor no coloca sobre su pueblo toda la carga de tener que trabajar por una clase tan endurecida por el pecado, que muchos de ellos mismos no recibirían beneficio ni tampoco se beneficiaría a otros. Si hay personas que pueden responsabilizarse por el trabajo con los más degradados, si Dios coloca sobre ellos la responsabilidad de trabajar por las masas en diferentes maneras, que éstos salgan al frente y obtengan del mundo los medios necesarios para hacer esta obra; pero que no dependan de los recursos que Dios ha dispuesto para terminar la predicación del mensaje del tercer ángel.
Nuestros sanatorios necesitan el poder de la mente y del corazón, de donde han sido secuestrados por otros ministerios. Todo lo que Satanás pueda hacer lo hará para multiplicar las responsabilidades de nuestros médicos, pues él sabe que esto significa debilidad, en vez de fortaleza para las instituciones con las cuales están relacionados.
Se debe ejercer gran consideración en la obra que emprendemos. No debernos asumir enormes cargas en el cuidado de niños pequeños, porque otros están haciendo esta obra. Tenemos una obra especial: la de atender y educar a los niños de edad más avanzada. Si hay familias que pueden hacerlo, que adopten a los pequeños, porque así recibirán una gran bendición. Pero hay una obra mayor y más importante en la cual ocupar la atención de nuestros médicos: educar a los que han crecido con caracteres deformados. Los principios de la reforma pro salud deben exponerse ante los padres, para que se conviertan y puedan desempeñarse como misioneros en sus propios hogares. Nuestros médicos han realizado esta obra, y todavía pueden hacerla, si no se sacrifican a sí mismos con tantas y variadas responsabilidades.
El director médico en cualquier institución ocupa una posición difícil y debe permanecer libre de responsabilidades menores; porque esto no le dejará tiempo para descansar. Debiera tener suficiente ayuda de personas en las cuales puede confiar, pues tiene una tremenda obra que cumplir. Debe postrarse en oración con los sufrientes y conducir a sus pacientes al gran Médico. Si como humilde suplicante busca a Dios para recibir la sabiduría necesaria para tratar cada situación, su fuerza e influencia aumentarán notablemente.
¿Qué puede lograr el hombre por sí mismo en la gran obra enunciada por el Dios infinito? Cristo dice: "Sin mí nada podéis hacer". (Juan 15:5) Él vino a nuestro mundo para mostrar a los hombres cómo realizar la obra que Dios les había comisionado, y nos dice: "Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga". (Mateo 11:28-30) ¿Por qué es fácil el yugo de Cristo y ligera su carga? Porque él llevó el peso de ella sobre la cruz del Calvario.
La religión personal es indispensable para todo médico, si quiere tener éxito en la atención de los enfermos. Necesita un poder mayor que su propia intuición y habilidad. Dios desea que los médicos se unan con él y sepan que cada persona es valiosa ante su vista. El que depende de Dios y comprende que únicamente el Creador del hombre sabe cómo dirigir, no fracasará en su tarea como sanador de las enfermedades corporales, o como médico de las almas por quienes Cristo murió.
El que lleva la pesada responsabilidad de médico necesita las oraciones del ministro del Evangelio, y debiera estar conectado con su alma, mente y cuerpo con las verdades de Dios. Entonces podrá decir palabras adecuadas al atribulado. Podrá velar por las almas como alguien que sabe que tendrá que rendir cuenta. Podrá presentar a Cristo como el camino, la verdad y la vida. La Escritura aparecerá con claridad ante su mente y hablará como alguien que conoce el valor de las almas con las cuales trata.
Conformidad con el mundo
El Señor Jesús ha dicho: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame". (Lucas 9:23) Las palabras de Jesús impresionaron las mentes de sus oyentes. Muchos de ellos, aunque no comprendían claramente su instrucción, fueron inducidos por profunda convicción a decir: "¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!" (Juan 7:46) Los discípulos no siempre entendían las lecciones que Cristo deseaba comunicar por medio de parábolas, y cuando la multitud se retiraba, le pedían que explicara sus palabras. Él estuvo siempre dispuesto a guiarlos a un perfecto entendimiento de su palabra y su voluntad; porque por medio de ellos, la verdad debía salir al mundo en forma clara y comprensible.
A veces Jesús reprochaba a sus discípulos por causa de su lentitud para comprender. Puso a su alcance verdades cuyo valor ellos no sospechaban. Había estado con ellos largo tiempo y les había dado lecciones sobre la verdad divina; pero su educación religiosa previa, las interpretaciones erróneas que habían oído de los maestros judíos atribuir a las Escrituras, mantuvo sus mentes nubladas. Cristo les prometió que les enviaría su Espíritu, quien les recordaría sus palabras como verdades que habían sido olvidadas. "El os enseñará todas las cosas" dijo Cristo, "y os recordará todo lo que yo os he dicho". (Juan 14:26)
La manera como los maestros judíos explicaban las Escrituras, sus interminables repeticiones de máximas y ficción, hicieron que Cristo dijera: "Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí". Realizaban sus servicios en los atrios del templo. Ofrecían sacrificios que simbolizaban al magnífico Salvador, diciendo por medio de sus ceremonias: "Ven, mi Salvador"; no obstante, Cristo, a quien representaban todas esas ceremonias, estaba entre ellos y no lo reconocieron ni lo recibieron. El Salvador declaró: "Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres". (Mateo 15:8, 9)
Cristo dice hoy a sus seguidores lo que dijo a sus discípulos: "Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame". (Mateo 16:24) Pero los hombres son tan lentos hoy para aprender las lecciones, como lo fueron en los días de Jesús. Dios ha dado a su pueblo advertencia tras advertencia; pero las costumbres, hábitos y prácticas del mundo también han ejercido tanto poder sobre las mentes de su pueblo profeso que las advertencias han sido ignoradas.
Quienes desempeñan una parte en la gran causa de Dios no deben seguir el ejemplo del mundo. Deben obedecer la voz de Dios. Quien depende de los hombres para obtener fortaleza e influencia, se apoya en una caña quebrada.
La gran debilidad de la Iglesia ha sido la dependencia del hombre. Los hombres han deshonrado a Dios por no apreciar su suficiencia, por codiciar la influencia de los hombres. Israel se debilitó por la misma causa. El pueblo quería ser igual a las demás naciones del mundo, de modo que exigieron un rey. Decidieron ser guiados por un poder humano visible, en vez del poder divino, que era invisible, el cual los había dirigido y guiado hasta entonces, y les había dado la victoria en las batallas. Efectuaron sus propias elecciones y como resultado se produjo la destrucción de Jerusalén y la dispersión de la nación.
No podemos confiar en ningún hombre, no importa cuán ilustre y encumbrado sea, a menos que tenga su confianza firme y definitivamente anclada en Dios. Cuál debe haber sido el poder del enemigo sobre Salomón, un hombre quien fue llamado tres veces por la inspiración, el amado de Dios, y a quien se le encargó la gran obra de construir el templo. Mientras se desarrollaba el programa de construcción, Salomón efectuó una alianza con naciones idólatras. Por sus casamientos se ató con mujeres paganas por cuya influencia en sus últimos años, abandonó el templo de Dios para adorar en los altares que él había construído para los ídolos de ellas.
También los hombres en la actualidad ponen a Dios a un lado como insuficiente para ellos. Recurren a hombres del mundo en busca de reconocimiento y piensan que por medio de la influencia obtenida del mundo, podrán lograr grandes cosas. Pero están equivocados. Al confiar en la ayuda del mundo en vez de la ayuda de Dios, descartan la obra que Dios desea realizar por medio de su pueblo escogido.
Cuando el médico se relaciona con las clases sociales más privilegiadas, que no sienta que debe ocultar las características peculiares resultantes de la santificación que se efectúa por medio de la verdad. Los médicos que deciden formar parte de la obra de Dios, deberán cooperar con él como sus instrumentos escogidos; deberán dedicar todas sus fuerzas y eficiencia para destacar la importancia de la obra del pueblo observador del sábado. Quienes por su sabiduría humana procuran ocultar las características peculiares que distinguen al pueblo de Dios del mundo, perderán su espiritualidad y no serán sostenidos por más tiempo por el poder de Dios.
Nuestros obreros médicos jamás debieran concebir que sea indispensable aparentar ser acaudalados. Existe la gran tentación de hacerlo, suponiendo que así se obtendrá una mayor influencia. Pero se me ha encargado que diga que así se conseguirá únicamente el efecto opuesto.
Todos los que procuran sobresalir mediante el recurso de conformarse con el mundo, dan un ejemplo de falsas apariencias. Dios reconoce como suyos solamente a los que practican la abnegación y el sacrificio, lo cual él ha ordenado. Los médicos deben entender que su poder radica en ser mansos y sencillos de corazón. Dios honrará a los que dependen de él.
El estilo de vestir del médico, la forma como viaja, su mobiliario, son nada delante de Dios. Él no puede obrar con su Santo Espíritu en los que tratan de competir con el mundo en su manera de vestir y en la ostentación. El que sigue a Cristo debe negarse a sí mismo, tomar su cruz e ir en pos de él.
El médico que ama y teme a Dios no necesitará hacer ninguna ostentación para distinguirse; porque el Sol de Justicia brilla en su corazón y se revela en su vida, lo cual le da distinción. Quienes trabajan para Cristo deben ser epístolas vivientes, conocidas y leídas por todos los hombres. Por su ejemplo e influencia, hombres acaudalados y talentosos se apartarán de las cosas materiales que carecen de valor para asirse de realidades eternas. Se concederá mayor respeto al médico que demuestre haber recibido sus instrucciones de Dios. Nada obrará tan poderosamente para el progreso de las instituciones y departamentos del Señor, como cuando los encargados de la obra se mantienen afianzados en él, cual siervos fieles.
El médico descubrirá que poner en práctica los métodos de trabajo de Dios redundará en su bienestar presente y eterno. La mente que Dios ha creado él la puede moldear sin la intervención del hombre, pero éste es honrado al pedirle Dios que coopere con él en su gran obra.
Muchos consideran suficiente su propia sabiduría, y disponen las cosas según su juicio, pensando obtener resultados maravillosos. Pero si dependieran de Dios y no de ellos mismos, recibirían sabiduría de lo alto. Quienes viven tan absortos en sus ocupaciones que carecen de tiempo para acercarse al trono de la gracia y obtener consejo de Dios, conducirán la obra por caminos equivocados. Nuestra fuerza radica en mantenernos unidos con Dios mediante su Hijo unigénito y en la unión de unos con otros. El cirujano de auténtico éxito es el que ama a Dios; el que contempla a Dios en su creación y lo adora, mientras observa su sabiduría en la disposición de los componentes del organismo humano. El cirujano de mayor éxito es el que ha temido a Dios desde su mocedad, como lo hizo Timoteo, y que siente que Cristo es su compañero constante: un Amigo con quien siempre puede estar en contacto. Tal médico no cambiaría su posición por el puesto más alto que el mundo pudiera ofrecerle. Está más ansioso por honrar a Dios y tener la certeza de su aprobación, que asegurarse el patrocinio y el honor de los poderosos del mundo.
La oración
Todo sanatorio adventista del séptimo día debe convertirse en un Betel. Todos los que están afiliados a este departamento de la obra deberían estar consagrados a Dios. Los que ministran a los enfermos, que realizan operaciones delicadas y difíciles, debieran recordar que un desvío del bisturí, un movimiento nervioso, puede enviar a una persona a la eternidad. No debiera permitírseles llevar tantas responsabilidades, hasta tal punto que no tengan tiempo para dedicarlo a una sesión especial de oración. Deberían reconocer su dependencia de Dios por medio de la oración fervorosa. Sólo mediante el reconocimiento de la pureza de la verdad de Dios que obra en la mente y el corazón, y por la calma y la fortaleza que sólo él puede impartir, están los médicos calificados para realizar operaciones críticas que significan vida o muerte para los enfermos.
El médico que está verdaderamente convertido no aceptará responsabilidades que interfieran con su trabajo por la gente. Puesto que sin Cristo no podemos hacer nada, ¿cómo puede un médico o misionero médico desempeñarse con éxito en su importante trabajo sin buscar vehementemente al Señor en oración? La oración y el estudio de la Palabra de Dios comunican vida y salud al alma.
El Señor espera manifestar su gracia y poder mediante su pueblo. Pero necesita que quienes se dedican a su servicio mantengan sus mentes siempre en sintonía con él. Debieran dedicar tiempo diariamente para leer la Palabra de Dios y orar. Cada hombre y soldado bajo el mando del Dios de Israel necesita tiempo para consultar con él y buscar su bendición. Si el obrero se permite dejar sin satisfacer esta necesidad, perderá su poder espiritual. Debemos caminar y trabajar con Dios en forma individual; entonces se revelará en nuestras vidas la influencia sagrada del Evangelio de Cristo en toda su hermosura.
Ha de llevarse a cabo una obra de reforma en cada una de nuestras instituciones. Los médicos, los obreros, las enfermeras, debieran comprender que están siendo probados, están afrontando un juicio que abarca su vida presente y la que se compara con la de Dios. Debemos usar en su más amplia expresión, cada facultad para llamar la atención de todos los que sufren para que comprendan estas verdades salvadoras. Esta obra debe realizarse juntamente con la obra de sanar a los enfermos. Entonces la causa de la verdad se presentará al mundo con el poder que Dios desea que posea. La verdad será magnificada por medio de la influencia de hombres santificados. Avanzará "Como una lámpara que alumbra".