Nuevos observadores del sábado
En nuestro medio hay siempre dos clases de pobres: los que se arruinan por su propia conducta indisciplinada y continúan en su desobediencia; y los que por amor de la verdad se encuentran en aprietos. Debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, y si lo hacemos obraremos correctamente con ambos grupos bajo la dirección y el consejo de la sana prudencia.
No cabe la menor duda que a los pobres del Señor se les debe ayudar en todos los casos cuando sea para su beneficio.
Dios quiere que su pueblo revele a un mundo pecaminoso que él no lo ha dejado perecer. Debemos esmerarnos en ayudar a los que por causa de la verdad son expulsados de sus casas y obligados a sufrir. Cada vez más, habrá necesidad de corazones liberales, abiertos y generosos; corazones que llenos de compasión, se encarguen de esas personas a quienes el Señor ama. Los pobres que haya en el pueblo de Dios no deben dejarse sin que sus necesidades sean suplidas. Debe hallarse alguna manera por la cual puedan ganarse la vida. A algunos será necesario enseñarles a trabajar. Otros que trabajan mucho y están recargados hasta lo sumo para sostener sus familias, necesitarán auxilio especial. Debemos interesarnos en esos casos, y ayudarles a conseguir trabajo seguro. Debiera haber un fondo para ayudar a estas familias pobres dignas, que aman a Dios y obedecen sus mandamientos.
Debe ejercerse cautela para que los recursos que se necesitan para esta obra no se desvíen hacia otros fines. Auxiliar a los pobres que, por observar los mandamientos de Dios, se ven obligados a padecer necesidad, es cosa muy diferente de lo que sería abandonarlos para ayudar a personas blasfemas que pisotean la ley de Dios; y él ve la diferencia. Los observadores del sábado no deben pasar por alto a los dolientes y los menesterosos del Señor, para asumir la carga de sostener a quienes continúan desobedeciendo los mandamientos de Dios, a los que se han acostumbrado a esperar ayuda de cualquiera que los quiera socorrer. Esta no es la debida clase de obra misionera. No está en armonía con el plan de Dios.
Dondequiera que se establezca una iglesia, sus miembros deben hacer una obra fiel por los creyentes menesterosos. Pero no deben parar ahí. Deben ayudar también a otros, sin tener en cuenta su fe. Como resultado de un esfuerzo tal, algunos de estos recibirán las verdades especiales para este tiempo.
Los pobres, los enfermos y los ancianos
"Cuando haya en medio de ti menesteroso de alguno de tus hermanos en alguna de tus ciudades, en la tierra que Jehová tu Dios te da, no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano contra tu hermano pobre: sino abrirás a él tu mano liberalmente, y en efecto le prestarás lo que necesite, Guárdate de tener en tu corazón pensamiento perverso, diciendo: Cerca está el año séptimo, el de la remisión; y miras con malos ojos a tu hermano menesteroso para no darle: Porque él podrá clamar contra ti a Jehová, y se te contará por pecado. Sin falta le darás, y no serás de corazón mezquino cuando le des: porque por ello te bendecirá Jehová tu Dios en todos tus hechos, y en todo lo que emprendas mano. Porque no faltarán menesterosos de en medio de la tierra; por eso yo te mando, diciendo: Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre, y al menesteroso en tu tierra". (Deuteronomio 15:7-11)
Por ciertas circunstancias, algunos de los que aman y obedecen a Dios, se empobrecen. Los hay que no son cuidadosos ni saben administrar sus cosas. Otros son pobres por causa de enfermedad y desgracia. Cualquiera que sea la causa, sufren necesidad y auxiliarlos es una parte importante de la obra misionera.
Todas nuestras iglesias debieran cuidar de sus propios pobres. Debemos expresar nuestro amor a Dios haciendo bien a los menesterosos y dolientes de la familia de la fe, cuyas necesidades conocemos y debemos atender. Cada persona tiene la obligación especial ante Dios de compadecerse de los pobres dignos. No se los debe pasar por alto con ningún pretexto.
Pablo escribió a la iglesia de Corinto: "Asimismo, hermanos, os hacemos saber la gracia de Dios que ha sido dada a las iglesias de Macedonia; que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad. Pues doy testimonio de que con agrado han dado conforme a sus fuerzas, y aun más allá de sus fuerzas; pidiéndonos con muchos ruegos, que les concediésemos el privilegio de participar en este servicio para los santos. Y no como lo esperábamos, sino que a sí mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros por la voluntad de Dios; de manera que exhortamos a Tito, para que tal como comenzó antes, asimismo acabe también entre vosotros esta obra de gracia". (2 Corintios 8:1-6)
Jerusalén había sufrido hambre, y Pablo sabía que muchos de los cristianos habían sido esparcidos, y que los que permanecían iban a quedar probablemente privados de la simpatía de la gente y expuestos a la enemistad religiosa. Por lo tanto, exhortó a las iglesias a enviar ayuda pecuniaria a sus hermanos de Jerusalén. La cantidad recogida por las iglesias excedió lo que esperaban los apóstoles. Constreñidos por el amor de Cristo, los creyentes dieron liberalmente y se llenaron de gozo por haber podido expresar de esa manera su gratitud al Redentor y su amor hacia los hermanos. Tal es la verdadera base de la caridad según la Palabra de Dios.
Se hace constantemente hincapié en la necesidad de cuidar a nuestros hermanos y hermanas ancianos que no tienen hogares. ¿Qué puede hacerse por ellos? La luz que el Señor me ha dado ha sido repetida: No es lo mejor establecer instituciones para el cuidado de los ancianos, a fin de que puedan estar acompañados. Tampoco se los debe despedir de la casa para que los atiendan en otra parte. Que los miembros de cada familia atiendan a sus parientes. Cuando esto no sea posible, la obra incumbe a la iglesia, y debe ser aceptada como un deber y privilegio. Todos los que tienen el espíritu de Cristo considerarán a los débiles y ancianos con respeto y ternura especiales.
Dios permite que sus pobres estén dentro de cada iglesia. Siempre los habrá entre nosotros, y el Señor coloca sobre los miembros de cada iglesia una responsabilidad personal en lo referente a cuidarlos. No debemos transferirla a otros. Debemos manifestar hacia los que están entre nosotros el mismo amor y simpatía que Cristo manifestaría si estuviese en nuestro lugar. Esto nos disciplinará y preparará para trabajar en las actividades de Cristo.
El pastor debería instruir a las diversas familias y animar a la Iglesia para que atienda a sus propios enfermos y pobres. Debe poder ejercitar las facultades que Dios ha dado a los hermanos, y si una iglesia está recargada en este respecto las otras iglesias debieran acudir en su auxilio. Los miembros de la iglesia deben mostrar tacto e ingenio para cuidar de estos hijos del Señor. Renuncien a lujos y adornos inútiles, a fin de poder acomodar a los menesterosos que sufren. Al hacer esto, pondrán en práctica la instrucción dada en el capítulo 58 de Isaías, y recibirán la bendición prometida allí.