Testimonios para la Iglesia, Tomo 7

Capítulo 24

La obra de los restaurantes

Tenemos que hacer más de lo que hemos hecho hasta ahora para alcanzar a los habitantes de nuestras ciudades. En ellas no debemos construir edificios grandes. Vez tras vez se me ha dado luz acerca de la necesidad de establecer instituciones pequeñas en las ciudades, que sirvan como centros de influencia.

El Señor tiene un mensaje que dar en nuestras ciudades, y debe ser proclamado durante las reuniones campestres, mediante todo tipo de esfuerzos públicos, y también por medio de nuestras publicaciones. Además de esto, en las ciudades se deben establecer restaurantes vegetarianos que se dediquen a promover el mensaje de la temperancia. En conexión con estos restaurantes se deben hacer arreglos para la celebración de reuniones. Toda vez que se pueda, provéase una sala donde los clientes puedan asistir a pláticas acerca de la ciencia de la salud y la temperancia cristiana, y recibir instrucciones relativas a la preparación de alimentos sanos y sobre otros temas importantes. En estas reuniones se debería orar y cantar y hablar, no sólo acerca de salud y temperancia, sino también sobre otros temas bíblicos apropiados. A medida que se enseña a la gente a conservar la salud física, se descubrirán muchas oportunidades para sembrar las semillas del Evangelio del reino.

Los temas deben ser presentados de tal manera que la gente reciba impresiones favorables. En las reuniones no se debe hacer nada de naturaleza teatral. Los cantos no serán presentados por unos pocos solamente. Se debe animar a todos los presentes a unirse en el servicio de cantos. Hay quienes poseen el don especial del canto y no faltan ocasiones cuando el canto de una o varias personas puede transmitir un mensaje especial. Pero muy pocas veces convendrá que los cantos sean ofrecidos por unos pocos. La habilidad del canto es un talento importante que Dios desea que todos cultivemos para la gloria de su nombre.

Se debe ofrecer material de lectura a la gente que acude a nuestros restaurantes. Se les ha de llamar la atención a nuestras publicaciones sobre temperancia y reforma alimentaria, y también se les deben proveer folletos que contengan las lecciones de Cristo. Toda nuestra feligresía debe participar en la responsabilidad de proveer dichos materiales de lectura. A cada cliente se le debe dar algo para leer. Puede suceder que muchas personas no lean el folleto; sin embargo, algunos de ellos pueden andar en busca de la luz. Estos leerán y estudiarán lo que se les dé y luego lo pasarán a otros.

Los obreros de nuestros restaurantes han de vivir en tan íntima comunión con Dios que puedan reconocer las indicaciones de su Espíritu cuando los inste a hablar personalmente de cosas espirituales con algunas de las personas que acuden al restaurante. Cuando el yo sea crucificado, y Cristo, la esperanza de gloria, viva en nuestro interior, revelaremos en nuestros pensamientos, palabras y acciones, la realidad de nuestra creencia en la verdad. El Señor estará con nosotros, y el Espíritu Santo obrará a través de nosotros para alcanzar a los que están sin Cristo.

El Señor me ha mostrado que ésta es la clase de trabajo que debe llevarse a cabo en nuestros restaurantes. La presión y el ajetreo del negocio no deben arrastrarnos al descuido de la obra de salvar almas. Está bien que ministremos a las necesidades físicas de nuestros semejantes, pero ¿cómo glorificaríamos a Dios con nuestras obras si no encontráramos el medio de hacer que la luz del Evangelio alumbre a los que viven día tras día en procura de sus alimentos?

Cuando se comenzó con la obra de nuestros restaurantes se esperaba que éste fuera el medio de alcanzar a muchos con el mensaje de la verdad presente. ¿Ha sido así?

Uno que se halla en autoridad pregunta a los obreros que trabajan en nuestros restaurantes: "¿A cuántas personas le ha hablado usted acerca de su salvación? ¿Cuántos han escuchado de sus labios la invitación urgente de aceptar a Cristo como su Salvador personal? ¿A cuántas personas han llevado sus palabras a volverse del pecado al servicio del Dios viviente?"

Mientras nuestros restaurantes proveen a la gente el alimento temporal, no olviden nunca los obreros que tanto ellos como las personas a quienes sirven necesitan recibir constantemente el pan del cielo. Manténganse siempre en busca de oportunidades para hablar acerca de la verdad a los que no la conocen.

El cuidado de los ayudantes

Los encargados de nuestros restaurantes deben trabajar por la salvación de los empleados. No han de sobrecargarse de trabajo, porque al hacerlo se colocarán en una posición que les impedirá tener las fuerzas necesarias y el deseo de trabajar espiritualmente por los obreros. Deben dedicar sus mejores energías a instruir a los empleados en los asuntos espirituales, explicándoles las Escrituras y orando con ellos y en favor suyo. Han de guardar los intereses religiosos de los ayudantes tan cuidadosamente como los padres se preocupan por los de sus hijos. Han de velar por ellos con paciencia y ternura, haciendo todo lo que puedan por ayudarles a perfeccionar sus caracteres cristianos. Sus palabras deben asemejarse a manzanas de oro en marcos de plata; sus acciones deben estar desprovistas de cualquier traza de egoísmo y aspereza. Deben trabajar vigilantemente en favor de las almas, como quienes han de dar cuenta. Deben luchar por mantener a sus colaboradores en un terreno espiritual apropiado, donde su ánimo pueda fortalecerse constantemente y donde siempre pueda crecer su fe en Dios.

A menos que nuestros restaurantes se dirijan de este modo, sería necesario aconsejar a nuestros hermanos que nunca envíen a sus hijos a trabajar en ellos. Mucha gente que frecuenta nuestros restaurantes no trae con ellos a los ángeles de Dios; no desean el compañerismo de estos seres santos. Traen con ellos una influencia mundana, y para contrarrestarla los obreros necesitan mantener una comunión íntima con Dios. Los gerentes de nuestros restaurantes tienen el deber de luchar más por la salvación de los jóvenes que trabajan para ellos. Deben esforzarse más por mantenerlos vivos espiritualmente de tal manera que sus mentes jóvenes no sean arrastradas por el espíritu mundano con el cual se tienen que mantener en contacto constantemente. Las muchachas que trabajan en nuestros restaurantes necesitan un pastor. Cada una de ellas necesita la protección de una influencia hogareña.

Corremos el riesgo de que los jóvenes que entran en nuestras instituciones como creyentes y con el deseo de ayudar en la causa de Dios, se cansen y desanimen, pierdan su celo y espíritu valeroso, y se vuelvan fríos e indiferentes. No podemos amontonar a estos jóvenes en cuartos pequeños y oscuros, privándolos de los privilegios de una vida de hogar, y sin embargo esperar que mantengan una experiencia religiosa saludable.

Es importante que se tracen planes sabios para el cuidado de los que trabajan en todas nuestras instituciones, y especialmente para los empleados de nuestros restaurantes. Se deberían emplear buenos ayudantes y se los debería rodear de todas las ventajas que les permitirán crecer en la gracia y en el conocimiento de Cristo. No se les permita quedar a merced de las circunstancias, sin que tengan un tiempo regular para la oración y sin ningún tiempo para el estudio de la Biblia. Cuando esto sucede, se vuelven desatentos y descuidados, indiferentes a las realidades eternas.

Con cada restaurante se debería emplear a un hombre y su esposa para que actúen como guardianes de los jóvenes que allí trabajan, un hombre y una mujer que amen al Salvador y a las almas por las cuales él murió, y que guarden el camino del Señor.

Las muchachas deberían ponerse al cuidado de una hermana sabia y juiciosa, que sea una mujer cabalmente convertida, que guarde cuidadosamente a las obreras, especialmente a las más jóvenes.

Los trabajadores deben sentir que tienen un hogar. Ellos son la mano ayudadora de Dios y se los debe tratar con tanto cuidado y ternura como Cristo dijo que se debía tratar al niñito a quien puso en medio de sus discípulos. "Cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí --dijo el Señor--, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar". "Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos". (Mateo 18:6, 10) Ese cuidado que se debe tener con los empleados es precisamente una de las razones por las cuales aconsejamos que en una ciudad grande haya varios restaurantes pequeños en lugar de que se tenga sólo uno grande. Pero esta es sólo una de las razones por las cuales es más aconsejable que se establezcan varios restaurantes pequeños en los diferentes barrios de nuestras grandes ciudades. Los restaurantes pequeños darán a conocer los principios de la reforma de la salud tan eficazmente como lo haría un establecimiento mayor, con la ventaja de que se lo puede administrar más fácilmente. No fuimos comisionados para alimentar al mundo, sino que se nos ha ordenado que eduquemos al pueblo. En los restaurantes pequeños no habrá tanto trabajo que hacer, y los ayudantes podrán dedicar más tiempo al estudio de la Palabra, más tiempo a aprender cómo realizar bien su trabajo, y más tiempo para contestar las preguntas de los clientes que se muestren deseosos de aprender acerca de los principios de la reforma de la salud.

Si cumplimos con el propósito de Dios al realizar esta obra, la justicia de Cristo irá delante de nosotros, y la gloria del Señor será nuestra retaguardia. Pero si no hay una cosecha de almas, si los mismos ayudantes no se benefician espiritualmente, si no glorifican a Dios en palabras y acciones, ¿por qué habríamos de abrir tales establecimientos y mantenerlos funcionando? Si no podemos dirigir nuestros restaurantes para la gloria de Dios, si somos incapaces de ejercer una fuerte influencia religiosa a través de ellos, sería más provechoso que los cerráramos y que utilizáramos los talentos de nuestros jóvenes en otras líneas de trabajo. Pero nuestros restaurantes pueden dirigirse de tal manera que constituyan un medio para salvar almas. Pidamos fervientemente al Señor que nos conceda humildad de corazón, de modo que nos enseñe a caminar en la luz de su consejo, a comprender su Palabra, y a aceptarla, y que nos muestre cómo ponerla en práctica.

Existe el peligro de que nuestros restaurantes sean dirigidos de tal manera que nuestros ayudantes trabajen muy duramente día tras día y semana tras semana, y que sin embargo no puedan identificar ningún resultado positivo. Este asunto demanda una consideración cuidadosa. No tenemos derecho de atar a nuestros jóvenes a un trabajo que no produce frutos para la gloria de Dios.

También se corre el riesgo de que la obra de los restaurantes, aunque se la considere como un medio maravilloso para hacer el bien, sea dirigida de tal manera que sólo promueva el bienestar físico de las personas a quienes sirve. Hay trabajos que aparentemente pueden ostentar los rasgos de suprema excelencia, pero no serán aceptables a la vista de Dios a menos que se lleven a cabo con el profundo deseo de hacer su voluntad y de cumplir su propósito. Si no reconocemos a Dios como el autor y el fin de nuestras acciones, al ser pesadas en las balanzas del santuario, se las encuentra inaceptables.

La observancia del sábado en nuestros restaurantes

Se me ha preguntado: "¿Deben nuestros restaurantes abrirse en sábado?" Mi respuesta es: ¡No, no! La observancia del sábado es nuestro testimonio acerca de Dios: la marca o señal establecida entre él y nosotros de que somos su pueblo. Nunca se ha de obliterar esta marca.

Si los que trabajan en nuestros restaurantes proveyesen el sábado como durante la semana alimentos para las muchedumbres que a ellos acudieran, ¿cuál sería su día de reposo? ¿Qué oportunidad tendrían de recobrar su fuerza física y espiritual?

No hace mucho, se me dieron instrucciones especiales acerca de este asunto. Me fue mostrado que se iban a hacer esfuerzos para quebrantar nuestra norma relativa a la observancia del sábado; que ciertos hombres insistirían en que se abriesen nuestros restaurantes el sábado; pero esto no debe hacerse.

Pasó una escena delante de mí. Estaba yo en nuestro restaurante de San Francisco. Era viernes. Varios de los empleados estaban atareados poniendo en paquetes alimentos que la gente podía llevar fácilmente a casa; y unos cuantos aguardaban para recibir estos paquetes. Pregunté el significado de esto y los obreros me dijeron que algunos de sus clientes se sentían molestos porque, debido a que el restaurante se cerraba, no podían obtener en sábado alimento de la misma clase que consumían durante la semana. Comprendiendo el valor de los alimentos sanos obtenidos en el restaurante, protestaban contra el hecho de que se les negaban el séptimo día. Rogaban a los encargados del restaurante que lo dejasen abierto cada día de la semana y argüían que si no lo hacían les ocasionaría perjuicio. "Lo que usted ve hoy --dijeron los obreros-- es nuestra respuesta a esta demanda de alimentos sanos el sábado. Estas personas se llevan el viernes alimentos suficientes para el sábado, y de esta manera evitamos que nos censuren por negarnos a abrir el restaurante en sábado".

La línea de demarcación trazada entre nuestro pueblo y el mundo debe mantenerse inequívocamente clara. Nuestra plataforma es la ley de Dios, por la cual se nos ordena observar el sábado; porque según se declara distintamente en el capítulo 31 de Éxodo, la observancia del sábado es una señal entre Dios y su pueblo. "Guardaréis mis sábados --declara él--: porque es señal entre mí y vosotros por vuestras edades, para que sepáis que yo soy Jehová que os santifico. Así que guardaréis el sábado, porque santo es a vosotros... Señal es para siempre entre mí y los hijos de Israel; porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, y en el séptimo día cesó y reposó".

Debemos escuchar el "Así dice Jehová", aun cuando por nuestra obediencia causemos graves inconvenientes a los que no respetan el sábado. Por un lado tenemos las supuestas necesidades del hombre; por el otro las órdenes de Dios. ¿Qué tendrá más peso para nosotros?

En nuestros sanatorios, la familia de los pacientes --médicos, enfermeros y auxiliares-- debe ser alimentada el sábado como cualquier otra familia, con la menor cantidad de trabajo posible. Pero nuestros restaurantes no deben abrirse en sábado. Asegúrese a los obreros que pueden dedicar ese día para rendir culto a Dios. Al mantener las puertas cerradas el sábado se hace del restaurante un monumento recordativo de Dios, por el cual se declara que el séptimo día es el verdadero día de reposo y que en él no debe hacerse trabajo innecesario.

Se me ha indicado que una de las principales razones por las cuales deben establecerse restaurantes vegetarianos y salas de tratamiento en los grandes centros es que por este medio se atraerá la atención de hombres importantes al mensaje del tercer ángel. Al notar que estos restaurantes son dirigidos de una manera completamente diferente de como se manejan los restaurantes comunes, ciertos hombres de inteligencia empezarán a averiguar las razones de esta diferencia en los métodos comerciales, e investigarán los principios que nos inducen a servir alimentos superiores. Así serán llevados a conocer el mensaje para este tiempo.

Cuando hombres reflexivos encuentren que nuestros restaurantes se cierran el sábado, harán preguntas acerca de los principios que nos inducen a cerrar así nuestras puertas el sábado. Al responder a sus preguntas, tendremos oportunidad de familiarizarlos con las razones de nuestra fe. Podemos darles ejemplares de nuestros periódicos y folletos para que puedan comprender la diferencia que hay entre "el que sirve a Dios y el que no le sirve".

No todos nuestros hermanos son tan meticulosos como debieran acerca de la observancia del sábado. Dios les ayude a reformarse. Incumbe a cada cabeza de familia asentar firmemente sus pies en la plataforma de la obediencia.