Brisbane, Queensland, Australia,
26 de octubre de 1898,
A los consejeros de estudiantes de medicina
Siento un peso en mi alma. Hay jóvenes a quienes se anima a estudiar algún ramo de la medicina, que de la manera más resuelta debieran estar preparándose para proclamar el mensaje del tercer ángel. No es necesario que nuestros estudiantes de medicina pasen tanto tiempo en estudios médicos como lo hacen ahora. Debieran emplear más tiempo en el estudio de la Palabra de Dios. Se les inculcan ideas totalmente innecesarias, y las cosas necesarias no reciben la atención debida.
Un peligro que se debe evitar
Al educarse así los alumnos, se los vuelve más incapaces de realizar una labor aceptable para el Maestro. El agotamiento que experimentan con el propósito de adquirir un conocimiento dentro de la línea de estudios médicos los inhabilita para trabajar como debieran en el ramo ministerial. El cansancio físico y mental es ocasionado por la fatiga excesiva del estudio, y porque a los estudiantes se los insta a trabajar indebidamente en favor de las personas marginadas y degradadas de la sociedad. Por eso algunos se descalifican para realizar la obra que podrían haber hecho si hubieran iniciado una obra misionera donde fuese necesario hacerla, y permitido que la fase médica fuera introducida como parte esencial para relacionarse con la obra del ministerio evangélico en general, así como la mano está unida al cuerpo. La vida no ha de ponerse en peligro al procurar una educación médica. En algunos casos existe el peligro de que los estudiantes arruinen su salud y se inhabiliten para rendir el servicio que habrían podido prestar si no se les hubiera animado de modo impropio a tomar el curso de la medicina.
A menudo se graban en la mente opiniones falsas que inducen a seguir una línea de conducta imprudente. Los estudiantes deben tener tiempo para hablar con Dios, tiempo para vivir cada hora en comunión consciente con los principios de la verdad, la justicia y la misericordia. Es esencial que se haga ahora un examen sincero del corazón. El estudiante debe situarse donde pueda extraer beneficio de la Fuente del poder espiritual e intelectual. Debe exigir que toda causa que requiera su simpatía y cooperación tenga la aprobación del raciocinio que Dios le ha dado y de su conciencia, la cual está bajo el dominio del Espíritu Santo. No ha de dar un paso que no esté en armonía con los principios profundos y sagrados que le suministran luz a su alma y vigor a su voluntad. Es sólo de esta manera como podrá rendirle el mayor servicio a Dios. No debe enseñársele que la obra médica misionera lo sujetará a ningún otro ser humano que le dicte cuál ha de ser su obra.
La obra médica misionera no debe separarse de la organización eclesiástica. Que no se les ocurra pensar a los estudiantes de medicina que son responsables solamente ante los jefes de la obra médica. Hay que permitir que queden libres para recibir los consejos de Dios. No han de comprometer su futuro a nada que algún ser humano imperfecto les trace. Que ni un hilo de egoísmo vaya a entretejerse en la tela; que no se conciba ningún proyecto que tenga el menor asomo de injusticia. El yo no ha de dominar ninguna línea de trabajo. Recordemos que estamos trabajando individualmente en plena vista del universo celestial.
Una norma elevada
"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo". Lucas 10:27. Justamente antes de dejar a sus discípulos y ascender al cielo, Cristo declaró: "Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros". Aquí vemos que la norma es levantada cada vez más en alto. "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros". Juan 13:34, 35. Los discípulos en aquel entonces no podían comprender las palabras de Cristo; pero después de la crucifixión, resurrección y ascensión lograron comprender su amor como nunca antes. Lo habían visto expresado en su agonía en el huerto, en la sala del juicio, y en su muerte sobre la cruz del Calvario.
Enseñar y sanar
El pueblo de Dios ha de ser uno. No ha de haber separatismo dentro de su obra. Cristo envió a doce apóstoles, y más adelante a los setenta discípulos, para predicar el evangelio y sanar a los enfermos. "Y yendo dijo él, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia". (Mateo 10:7, 8) Y mientras salían a predicar el reino de Dios, les fue dado poder para sanar a los enfermos y echar fuera a los espíritus malignos. En la obra de Dios, la enseñanza y la sanidad nunca se han de separar. Su pueblo guardador de los mandamientos ha se ser uno. Satanás inventará toda clase de artificios para separar a los que Dios quiere que sean una cosa. Pero el Señor se revelará como un Dios de juicio. Estamos trabajando a la vista de un huésped celestial. Hay un Vigilante divino en nuestro medio, que escudriña todo plan que se traza y todo lo que se lleva a cabo.