La mente maestra de la confederación del mal está siempre ocupada en esconder las palabras de Dios y poner de relieve las opiniones de los hombres. Él se empeña en que no escuchemos la voz de Dios que dice: "Este es el camino. Andad por él". Por medio de procesos educacionales hace todo lo que está a su alcance para eclipsar la luz del cielo.
La especulación filosófica
La especulación filosófica y la investigación científica que no reconocen a Dios están convirtiendo en escépticos a miles de jóvenes. En las escuelas de hoy las conclusiones propuestas por hombres eruditos como resultado de sus investigaciones científicas, se enseñan con esmero y son explicadas ampliamente, dejándose la impresión inequívoca de que si estos eruditos tienen la razón, la Biblia miente. El escepticismo le resulta atractivo a la mente humana. La juventud ve en él una independencia que cautiva la imaginación, y son engañados. Satanás triunfa porque esto es exactamente lo que él procura. Él nutre cada semilla de duda que se siembra en los corazones juveniles, haciendo que crezca y lleve fruto, y pronto se da una cosecha abundante de infidelidad.
La razón por la cual hay un peligro tan grande en sembrar las semillas del escepticismo en las mentes juveniles es que el corazón humano está inclinado hacia el mal. Todo lo que debilita la fe en Dios, le roba al alma el poder de resistir la tentación. Elimina la única y verdadera salvaguardia contra el mal.
No hemos de establecer escuelas de filosofía escolástica o para ofrecer la así llamada "educación avanzada". Nuestra grandeza consiste en honrar a Dios por medio de una experiencia sencilla y práctica en la vida cotidiana. Es preciso que caminemos con Dios, que lo introduzcamos en nuestros corazones y hogares.
Autores ateos
Muchos piensan que para obtener una educación es preciso estudiar las obras de escritores que enseñan el ateísmo porque sus obras contienen joyas prístinas del pensamiento humano. ¿Pero quién fue el originador de estas joyas intelectuales? Fue Dios, y sólo él. Él es la fuente de toda luz. ¿Entonces por qué hemos de detenemos en el estudio de las obras de paganos y ateos, repletas de errores para entresacar algunas verdades intelectuales, cuando tenemos toda la verdad a nuestra disposición?
Existe una razón por la cual estos hombres a veces exhiben una sabiduría admirable. El mismo Satanás fue educado en los atrios celestiales y posee un conocimiento tanto del bien como del mal. Entreteje lo noble y lo vil, y esto es lo que le da el poder para engañar. Pero, porque Satanás se viste con el ropaje esplendoroso del cielo, ¿lo aceptaremos como ángel de luz? El tentador tiene sus agentes, educados conforme a sus métodos, inspirados por su espíritu, y adaptados a su obra. ¿Acaso vamos a cooperar con ellos? ¿Aceptaremos las obras de sus agentes como requisito para la adquisición de una educación?
"¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie". Job 14:4. ¿Podremos entonces esperar que la juventud mantenga sus principios cristianos y desarrolle un carácter cristiano mientras su educación está mayormente influenciada por las enseñanzas de paganos, ateos, e infieles?
Si el tiempo y la energía que se emplean en querer captar las ideas brillantes de los incrédulos se dedicaran al estudio de las cosas preciosas de la Palabra de Dios, miles de los que yacían en la oscuridad y en la sombra de muerte se estarían regocijando en el esplendor de la Luz de la vida.
Tradiciones históricas y teológicas
Muchos de los que procuran prepararse para la obra del Señor piensan que es de rigor acumular grandes tomos de escritos históricos y teológicos. Suponen que el estudio de estas obras les será de gran beneficio para aprender cómo allegarse a la gente. Se equivocan. Cuando yo veo estantes repletos de estos libros, algunos de los cuales raras veces se consultan, pienso: ¿Por qué gastar dinero en aquello que no es comida? El capítulo 6 de Juan nos dice más de lo que se puede hallar en tales obras. Cristo dice: "Yo soy el pan de vida". "Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida". (Juan 6:35, 63)
Hay un estudio de la historia que no se ha de condenar. La historia sagrada era una de las asignaturas en las escuelas de los profetas. En el registro de sus relaciones con las naciones se trazaban las pisadas de Jehová. Asimismo hoy hemos de considerar las relaciones de Dios con las naciones de la tierra. Hemos de ver en la historia el cumplimiento de la profecía, estudiar las intervenciones de la Providencia en los grandes movimientos de reforma, y entender la progresión de los eventos que culminan en la reunión de las naciones para la última batalla del gran conflicto.
Pero demasiado a menudo la intención de los que estudian esta multitud de libros no es tanto la de obtener alimento para la mente y el alma. Es más bien el afán de estar al corriente de filósofos y teólogos, un deseo de presentar el cristianismo a la gente en términos y proposiciones intelectuales.
"Aprended de mí --dijo el Maestro más distinguido que el mundo jamás haya conocido--. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón". Vuestro orgullo intelectual no os será de ayuda en la obra de comunicación con las almas que perecen por falta del pan de vida. Al estudiar estos libros, estáis permitiendo que ellos tomen el lugar, en vuestras mentes y corazones, de las lecciones prácticas que debéis estar aprendiendo del Gran Maestro. Los resultados de este tipo de estudio no alimentan al pueblo. Muy poco del estudio e investigación que tanto cansa la mente suple nada que haga de alguien un obrero de éxito en la ganancia de almas.
Los hombres y mujeres que pasan sus vidas dedicados al trabajo común y corriente necesitan oír palabras tan sencillas como las que Cristo impartía al enseñar, palabras que eran fáciles de entender. El Salvador vino para "predicar el evangelio a los pobres". Y escrito está que "gran multitud del pueblo le oía de buena gana". (Marcos 12:37) Los que enseñan la verdad para este tiempo necesitan una percepción más profunda de las lecciones que él impartió.
Las palabras del Dios viviente son las más nobles de toda educación. Las frases rebuscadas que tienen el propósito de complacer el gusto de las personas supuestamente refinadas no dan en el blanco. Los que ministran ante el pueblo necesitan comer el pan de vida. Esto les impartirá vigor espiritual; entonces estarán preparados para servir a toda clase de personas. La piedad, la energía espiritual de la iglesia, se sostiene alimentándose del pan que bajó del cielo. A los pies de Jesús hemos de aprender la sencillez de la verdadera piedad.
Mitos y cuentos de hadas
Se les da un lugar importante a los cuentos de hadas, mitos y cuentos apócrifos en la educación de los niños y de la juventud. Los libros de esta naturaleza se emplean en las escuelas, y se hallan en muchos hogares. ¿Cómo pueden los padres permitir que sus niños hagan uso de libros tan llenos de falsedades? Cuando los niños preguntan acerca del significado de estos cuentos, que van contrarios a las enseñanzas de sus padres, se les contesta que estos cuentos no son verdad; pero esto no elimina los efectos dañinos de su uso. Las ideas presentadas en estos libros conducen a los niños por caminos equivocados. Les imparten ideas falsas en cuanto a la vida y engendran y fomentan el deseo por lo irreal.
El uso generalizado de tales libros en este tiempo es uno de los astutos artificios de Satanás. Está procurando desviar las mentes de ancianos y jóvenes de la gran obra de preparación para las cosas que vendrán sobre la faz de la tierra. Se propone que nuestros niños y jóvenes sean arrasados por los engaños que destruyen el alma y con los cuales está inundando el mundo. Por lo tanto, procura desviar sus mentes de la Palabra de Dios y de esa manera evitar que obtengan un conocimiento de aquellas verdades que serían su salvaguardia.
Nunca debiera ofrecérseles a los niños y jóvenes libros cuyo contenido pervierta la verdad. Y si los de mente madura no tuvieran nada que ver con tales libros, estarían mucho más seguros.
Una fuente más pura
Poseemos en abundancia lo que es real y verdadero, lo que es divino. Los que tienen sed de conocimiento no precisan ir a las fuentes contaminadas.
Cristo presentó los principios de la verdad en el evangelio. En su enseñanza podemos beber de los manantiales puros que fluyen del trono de Dios.
Cristo pudo haber impartido a los hombres un conocimiento que hubiera sobrepasado cualesquiera otras revelaciones y dejado a la zaga todos los demás descubrimientos. Pudo haber desenvuelto misterio tras misterio, y pudo haber concentrado en torno a estas maravillosas revelaciones el pensamiento activo y ferviente de generaciones sucesivas hasta el fin del tiempo. Pero no dejaría pasar ni un momento sin enseñar el conocimiento de la ciencia de la salvación. Su tiempo, sus facultades, su vida misma, eran preciosos y se usaban sólo como medios para obrar la salvación de las almas de los hombres. Había venido a buscar y a salvar lo que se había perdido, y nada lo distraería de su único objetivo. No permitió que nada lo ofuscara.
Cristo impartió sólo el conocimiento que pudiera ser utilizado. Su enseñanza al pueblo estaba adaptada a su propia condición en la vida práctica. No satisfacía la curiosidad que los impelía a acercársele con preguntas imprudentes. Convertía estos interrogantes en ocasiones para extender llamamientos solemnes, fervientes y vitales. A los que estaban bien ansiosos de recoger fruto del árbol del conocimiento, les ofrecía el fruto del árbol de la vida. Encontraron cerrada toda avenida, excepto el camino estrecho que conduce a Dios. Toda fuente quedaba sellada, excepto la fuente de vida eterna.
Nuestro Salvador no animaba a nadie a asistir a las escuelas rabínicas de su tiempo por la razón de que sus mentes se corromperían por la repetición constante del "Ellos dicen", o, "Se ha dicho". ¿Por qué, pues, debemos nosotros aceptar las palabras inestables de los hombres como sabiduría exaltada, cuando tenemos a nuestra disposición una sabiduría mayor y cierta?
Lo que yo he visto de las cosas eternas, y lo que he visto de la debilidad humana, como Dios me las ha presentado, han impresionado profundamente mi mente y ejercido una gran influencia en mi vida y carácter. No veo nada por lo cual el hombre deba ser exaltado, alabado, o glorificado. No veo razón alguna por la que se deba confiar en las opiniones de hombres sabios y exaltarlas conforme al mundo. ¿Cómo van a tener opiniones correctas acerca de los planes y caminos de Dios los que carecen de la luz divina?
Estoy dispuesta a ser instruida por Aquel que creó los cielos y la tierra, por Aquel que puso en su orden las estrellas del firmamento, y les asignó al sol y a la luna su función. No necesito consultar autores paganos. Prefiero ser enseñada por Dios.
La educación del corazón
Es bueno que los jóvenes sientan que deben alcanzar el más elevado desarrollo de sus facultades mentales. No hay que restringir la educación a la cual Dios no ha puesto límites. Pero nuestros logros no servirán de nada si no se emplean para la gloria de Dios y el bien de la humanidad. A menos que nuestro conocimiento sea un eslabón para alcanzar los propósitos más elevados, de nada vale.
Lo que necesitamos es un conocimiento que fortalezca la mente y el alma, que nos haga mejores hombres y mujeres.
La educación del corazón es de más importancia que la educación derivada de los libros. Es correcto, aun esencial, obtener un conocimiento del mundo en que vivimos; pero si dejamos de reconocer lo eterno, caeremos en un fracaso del cual no podremos recobrarnos.
No es aconsejable atiborrar la mente con una clase de estudios que requieren una intensa aplicación, pero que no se adaptan a la vida práctica. Una educación de esta clase será una pérdida para el estudiante. Estos estudios le quitan el deseo y la inclinación por otros estudios que lo capacitarían para ser útil y permitirle cumplir sus deberes.
Si los jóvenes estuvieran conscientes de su propia debilidad, encontrarían su fuerza en Dios. Si procuran ser instruidos por él, se volverán sabios en su sabiduría y sus vidas darán un fruto de bendición al mundo. Pero si aplican sus mentes a un estudio meramente mundanal y especulativo, separándose así de Dios, perderán todo lo que sirve para enriquecer la vida.