Testimonios para la Iglesia, Tomo 9

Capítulo 30

La mayordomía fiel[1]

Cristo nos ha comprado por el precio de su propia sangre. Pagó el precio de compra por nuestra redención, y si nos aferramos del tesoro, éste será nuestro por el don gratuito de Dios.

"¿Cuánto debes a mi amo?" (Lucas 16:5) Resulta imposible decirlo. Todo lo que tenemos proviene de Dios. Él pone su mano sobre nuestras posesiones y dice: "Yo soy el dueño legítimo de todo el universo; éstos son mis bienes. Consagradme los diezmos y las ofrendas. Al traer estos recursos especificados como señal de vuestra lealtad y sumisión a mi soberanía, mi bendición aumentará vuestros bienes y tendréis abundancia".

Dios prueba a cada persona que afirma creer en él. A todos se les confían talentos. El Señor ha dado a los hombres sus recursos para que negocien con ellos. Los ha convertido en sus mayordomos, y ha colocado en su posesión dinero, casas y tierras. Todo esto debe considerarse como los bienes del Señor y usarse para promover su obra, para edificar su reino en el mundo. Al negociar con los bienes del Señor debemos pedirle sabiduría para no usar su legado sagrado a fin de glorificamos a nosotros mismos o para complacer nuestros impulsos egoístas. La cantidad confiada varía, pero los que tienen los dones más pequeños no deben sentir que debido a que su talento de recursos es demasiado pequeño, no pueden hacer nada con él.

Todo cristiano es un mayordomo de Dios que ha recibido sus recursos. Recordad las palabras: "Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel". (1 Corintios 4:2) Asegurémonos de que no estamos robando a Dios ni siquiera en lo mínimo, porque este asunto es muy abarcante.

Todas las cosas pertenecen a Dios. Los hombres pueden ignorar sus derechos. Mientras él derrama abundantemente sus bendiciones sobre ellos, pueden utilizar sus dones para su propia gratificación egoísta; pero serán llamados a rendir cuentas de su mayordomía.

Un mayordomo se identifica con su señor. Acepta las responsabilidades de un mayordomo y debe actuar en lugar de su señor y hacer lo que haría su señor si estuviera a cargo de la situación. Los intereses de su señor se convierten en los suyos. La posición de un mayordomo está revestida de dignidad porque su señor confía en él. Si en alguna cosa actúa egoístamente y se aprovecha de las ventajas obtenidas al negociar con los recursos de su señor, ha pervertido la confianza con que se lo ha investido.

El sostén del evangelio

El Señor ha hecho depender la proclamación del Evangelio de la obra y los dones voluntarios de todo su pueblo. El que anuncia el mensaje de misericordia a los hombres caídos también tiene otra obra: presentar al pueblo el deber de sostener con sus recursos la obra de Dios. Debe enseñarles que una parte de sus entradas pertenece a Dios y debe dedicarse a su obra como algo sagrado. Debiera presentar esta lección mediante la palabra y el ejemplo; debiera cuidar de no debilitar la fuerza de su enseñanza a causa de su propio comportamiento.

Lo que ha sido separado de acuerdo con las Escrituras porque pertenece al Señor constituye la ganancia del Evangelio, de modo que ya no nos pertenece. La persona que toma de la tesorería de Dios con el fin de servirse a sí mismo o para servir a otros en sus negocios seculares, comete un sacrilegio. Algunos han cometido la falta de desviar del altar de Dios lo que le había sido dedicado en forma especial. Todos debieran considerar este asunto en la debida luz. Que nadie, cuando se encuentra en necesidad, tome dinero que ha sido dedicado a un propósito religioso, para usarlo con fines personales, ni tranquilice su conciencia diciéndose que lo pagará en el futuro. Es mejor que disminuya sus gastos hasta emparejarlos con sus entradas, que restrinja sus necesidades y viva dentro de sus recursos, que emplear el dinero del Señor en propósitos seculares.

El uso del diezmo

Dios ha dado instrucciones especiales para el uso del diezmo. No quiere que su obra se vea estorbada por la falta de recursos. Para evitar que la obra se haga en forma descuidada y se cometan errores, ha presentado claramente cuál es nuestro deber en relación con estos puntos. La porción que Dios se ha reservado no debe desviarse para ningún otro propósito que no sea el que él ha especificado. Que nadie se sienta con derecho a retener el diezmo para usarlo de acuerdo con su propio juicio. No deben usarlo con fines personales en caso de una emergencia, ni dedicarlo a un fin específico, aun en lo que consideren que es la obra del Señor.

El ministro, por medio de la palabra y el ejemplo, debe enseñar a la gente a considerar el diezmo como algo sagrado. No debe pensar que, por ser ministro, puede retener el diezmo y usarlo siguiendo los dictados de su juicio personal. No le pertenece. No puede tomarse la libertad de dedicar para sí mismo lo que piensa que le corresponde. No debe apoyar ningún plan para desviar de su uso legítimo el uso de los diezmos y las ofrendas que han sido dedicados a Dios. Deben colocarse en su tesorería y destinarse para su servicio, tal como él lo ha establecido.

Dios desea que sus mayordomos sigan con exactitud las disposiciones divinas. No deben desvirtuar los planes de Dios efectuando alguna obra de caridad, haciendo una donación o dando una ofrenda cuando ellos, los agentes humanos, lo vean conveniente. Es un procedimiento muy pobre intentar mejorar los planes de Dios e inventar un substituto, y luego promediar las donaciones hechas como resultado de buenos impulsos ocasionales y compararlas con los requerimientos del Señor. Dios pide que todos respeten sus disposiciones. Ha dado a conocer su plan, y todos los que colaboran con él deben promover ese plan en lugar de atreverse a tratar de mejorarlo.

El Señor instruyó a Moisés: "Y mandarás a los hijos de Israel que te traigan aceite puro de olivas machacadas, para el alumbrado, para hacer arder continuamente las lámparas". (Éxodo 27:20) Esta debía ser una ofrenda continua, para que la casa de Dios estuviera debidamente provista con lo que se necesitaba para su servicio. Su pueblo de la actualidad debe recordar que la casa de culto es propiedad del Señor y que se debe cuidar escrupulosamente. Pero los fondos para este fin no deben proceder del diezmo.

Se me ha dado un mensaje muy claro y definido para nuestro pueblo. Se me ha pedido que les diga que están cometiendo un error al aplicar el diezmo a diversos objetivos que, aunque son buenos en sí mismos, no son los objetivos a los cuales el Señor ha dicho que debe dedicarse el diezmo. Quienes dedican el diezmo a esos fines, se están apartando de las disposiciones de Dios. El Señor juzgará esas cosas.

Alguien puede pensar que el diezmo se puede aplicar al sostenimiento de una escuela de iglesia. Otros pueden decir que los colportores debieran sostenerse con el diezmo. Pero se comete un grave error cuando se desvía el diezmo del objetivo para el cual se ha establecido, que es el sostén de los ministros. Debiera haber en la actualidad en el campo cien obreros bien capacitados donde ahora hay uno solo.

Una obligación solemne

El diezmo es sagrado y ha sido reservado por Dios para sí mismo. Hay que traerlo a su tesorería para que se use en el sostén de los obreros evangélicos. Se ha robado al Señor durante mucho tiempo, porque hay quienes no comprenden que el diezmo es la porción que Dios se ha reservado.

Algunos no han estado satisfechos y han dicho: "No seguiré pagando el diezmo, porque no tengo confianza en la forma como se administran las cosas en el corazón de la obra. ¿Pero robaréis a Dios porque pensáis que la dirección de la obra no es adecuada? Presentad vuestras quejas claramente y con franqueza, con el espíritu debido y a las personas responsables. Pedid que se hagan los ajustes necesarios; pero no retengáis lo que le corresponde a la obra de Dios, y no seáis infieles, porque otras personas no están obrando correctamente.

Leed con atención el tercer capítulo de Malaquías y ved lo que Dios dice acerca del diezmo. Si nuestras iglesias se afirman en la palabra de Dios y devuelven fielmente el diezmo a su tesorería, más obreros se sentirán animados a dedicarse a las labores ministeriales. Más hombres se ocuparían en la obra ministerial si no se les dijera que no hay fondos en la tesorería. Debiera haber abundante provisión en la tesorería del Señor, y la habría si los corazones y manos egoístas no hubieran retenido los diezmos o si no los hubieran utilizado para financiar otros trabajos que ellos favorecían.

Los recursos que se han reservado para Dios no deben utilizarse en forma descuidada. El diezmo le pertenece a Dios, y los que se entremeten con él serán castigados con la pérdida de su tesoro celestial, a menos que se arrepientan. Que la obra no siga limitándose debido a que el diezmo ha sido desviado hacia otras empresas que no son la que Dios ha establecido. Hay que hacer provisión para esos otros proyectos de la obra. Tienen que ser sostenidos, pero no con el dinero del diezmo. Dios no ha cambiado; el diezmo todavía debe utilizarse para el sostenimiento del ministerio. La iniciación de la obra en nuevos campos requiere mayor servicio ministerial del que ahora tenemos, por lo que debe haber recursos en la tesorería.

Los que trabajan como ministros tienen una solemne responsabilidad que es extrañamente descuidada. A algunos les agrada predicar, pero no dedican trabajo personal a las iglesias. Existe una gran necesidad de instrucción con respecto a las obligaciones y deberes hacia Dios, especialmente en lo que concierne al pago honrado del diezmo. Nuestros ministros se sentirían muy agraviados si no se les pagara a tiempo por su trabajo. ¿Pero considerarán ellos que debe haber recursos en la tesorería de Dios para sostener a los obreros? Si dejan de cumplir su deber de educar a la gente para que devuelvan fielmente lo que le pertenece a Dios, se producirá escasez de recursos en la tesorería para hacer avanzar la obra del Señor.

El responsable del rebaño de Dios debiera cumplir fielmente su deber. Si adopta la posición de que no cumplirá el deber porque éste no le resulta agradable, y que por lo tanto lo dejará para que otro lo haga, no es un obrero fiel. Que lea en Malaquías las palabras del Señor que culpan de robar a Dios a la gente que retiene el diezmo. El Dios poderoso declara: "Malditos sois con maldición". (Malaquías 3:9) Cuando el que ministra en palabra y doctrina ve que los miembros siguen un comportamiento que les acarreará esta maldición, ¿cómo puede descuidar su deber de instruirlos y amonestarlos? Cada miembro de iglesia debiera ser enseñado a ser fiel en la devolución honrada del diezmo.

"Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendiciones hasta que sobreabunde". (Vers. 10)

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Oro para que mis hermanos comprendan que el mensaje del tercer ángel significa mucho para nosotros y que la observancia del verdadero día de reposo ha de ser la señal que distingue a los que sirven a Dios de los que no le sirven. Que despierten los que se han tomado soñolientos e indiferentes. Se nos ha llamado a ser santos, por lo que debiéramos evitar cuidadosamente dar la impresión de que tiene poca importancia el retener o no las características especiales de nuestra fe. Sobre nosotros pesa la dorada obligación de adoptar una posición más definida por la verdad y la justicia de la que hemos tenido en el pasado. La línea de demarcación entre los que guardan los mandamientos de Dios y los que no los observan, debe manifestarse con claridad inequívoca. Debemos honrar a Dios conscientemente, y usar con diligencia todo recurso para mantenernos dentro del pacto con él, para que recibamos sus bendiciones, tan esenciales para un pueblo que será probado severamente. Dar la impresión de que nuestra fe, nuestra religión, no constituye un poder dominante en nuestras vidas, es deshonrar a Dios. Así nos apartamos de sus mandamientos, que son nuestra vida, y negamos que él es nuestro Dios y nosotros su pueblo.

"Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios. Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones; y que da el pago en persona al que le aborrece, destruyéndole; y no se demora con el que le odia, en persona le dará el pago". (Deuteronomio 7:9, 10)

¿Adónde nos encontraremos antes de que concluyan las mil generaciones mencionadas en este pasaje? Nuestro destino habrá sido sellado para la eternidad. Se nos habrá considerado dignos de un hogar en el reino eterno de Dios, o bien habremos recibido la sentencia que nos condenará a muerte eterna. Los que han sido fieles y leales al pacto con Dios; los que, recordando el Calvario, se han mantenido firmes de parte de la verdad, esforzándose constantemente para honrar a Dios, oirán estas palabras de encomio: "Bien hecho, buen siervo fiel". Pero los que han dado a Dios sólo un servicio a medias, que han permitido que sus vidas sean conformadas por las costumbres y prácticas del mundo, oirán estas tristes palabras: "Apartaos de mí, porque no os conozco".

Nota:

  1. Manuscrito leído ante los delegados de la Asociación del Estado de California, San José, enero de 1907.