I
Sin fe es imposible agradar a Dios. La razón es que "todo lo que no es de fe, es pecado" (Rom. 14:23); y desde luego, el pecado no puede agradar a Dios.
Es por eso que, como afirma el Espíritu de Profecía en la primera página de la Review del 18 de octubre de 1898, "La comprensión de lo que la Escritura quiere decir, cuando nos urge a la necesidad de cultivar la fe, es más esencial que cualquier otro conocimiento a nuestro alcance".
De forma que en lo sucesivo, en cada número de la Review ofreceremos, en esta misma columna, una lección bíblica sobre la fe: Qué es, cómo surge, cómo ejercitarla; a fin de que todo aquel que lea esta revista pueda adquirir ese conocimiento que "es más esencial que cualquier otro conocimiento a nuestro alcance".
Review and Herald, 29 noviembre 1898
II
A fin de comprender lo que la Escritura quiere decir, cuando nos urge a la necesidad de cultivar la fe, es esencial comprender, antes que nada, qué es la fe.
De poco serviría urgir a una persona a la necesidad de cultivar la fe, si esta no tuviera previamente una noción inteligente de lo que constituye la fe. Y la triste realidad es que, a pesar de que el Señor lo haya establecido claramente en la Escritura, muchos miembros de iglesia desconocen lo que es la fe. Es posible, no obstante, que conozcan la definición de la fe, pero sin conocer lo que es la fe realmente. Es decir, pueden no haber comprendido la idea contenida en la definición.
Es por eso que no nos detendremos especialmente en la definición, por ahora; lo que haremos es presentar y estudiar una ilustración de la fe. Un ejemplo que la ponga tan claramente de relieve, que todos puedan comprender de qué se trata.
La fe viene "por la palabra de Dios". A ella debemos, pues, acudir.
Cierto día, un centurión vino a Jesús, y le dijo: "Señor, mi mozo yace en casa paralítico, gravemente atormentado. Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré. Y respondió el centurión, y dijo: Señor, no soy digno de que entres debajo de mi techado; mas solamente di la palabra, y mi mozo sanará… Y oyendo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado fe tanta" (Mat. 8:6-10).
Jesús encuentra aquí cierta cualidad que denomina fe. Cuando comprendemos lo que es, hemos hallado la fe. Entender el hecho es entender la fe. No puede haber ninguna duda al respecto, ya que Jesús es "el autor… de la fe", y él mismo dijo que lo manifestado por el centurión era "fe". Efectivamente, una gran fe.
¿Dónde está, pues, la fe? El centurión deseaba la realización de algo. Anhelaba que el Señor lo realizara. Pero cuando el Señor le dijo, "Yo iré" y lo haré, el centurión lo puso a prueba diciendo, "solamente di la palabra", y será hecho.
Ahora, ¿por medio de qué esperó el centurión que la obra se realizara? SOLAMENTE por la palabra. ¿De qué dependió para la curación de su siervo? SOLAMENTE de la palabra.
Y el Señor Jesús afirma que eso es fe.
Entonces, mi hermano, ¿Qué es la fe?
Review and Herald, 6 diciembre 1898
III
La fe es esperar que la palabra de Dios cumpla lo que dice, y confiar en que esa palabra cumple lo que dice.
Puesto que eso es fe, y la fe viene por la palabra de Dios, podemos esperar que sea ésta misma la que enseñe que la palabra tiene en sí misma el poder para cumplir lo que dice.
Y así es, efectivamente: la palabra de Dios enseña precisamente eso, y no otra cosa; esa es la "palabra fiel" –la palabra llena de fe.
La mayor parte del primer capítulo de la Biblia, contiene principalmente instrucción sobre la fe. En él encontramos no menos de seis declaraciones que tienen el definido propósito de inculcar la noción de fe; si contamos además lo que implica, en esencia, el primer versículo, en total suman siete.
La instrucción sobre la fe consiste en la enseñanza de que la palabra misma de Dios es la que cumple lo dicho por esa palabra.
Leamos, pues, el primer versículo de la Biblia: "En el principio, crió Dios los cielos y la tierra". ¿Cómo los creó? "Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el espíritu de su boca".
"Porque él dijo, y fue hecho; Él mandó, y existió" (Sal. 33:6-9). Antes de que dijese, no había nada: después que habló, "fue hecho". Fue hecho, solamente mediante la palabra. ¿Qué fue lo que causó la creación? La simple palabra.
Las tinieblas cubrían toda la faz del abismo. Dios quiso que allí hubiese luz. Pero ¿cómo hacer para que hubiese luz allí donde todo eran tinieblas? Habló una vez más: "Y dijo Dios: Sea la luz: y fue la luz". ¿Como vino la luz? La misma palabra pronunciada, produjo la luz. "El principio de tus palabras alumbra" (Sal. 119:130).
No había expansión, o firmamento. Dios quiso que lo hubiera. ¿Cómo lo trajo a la existencia? "Dijo Dios: Haya expansión…" Y así fue. El mismo proceso con la tierra, el agua, la vegetación, las lumbreras y los animales. "Y dijo Dios: produzca…" "y fue así".
Es, pues, "por la palabra de Jehová" que todas las cosas fueron creadas. Él dijo la palabra solamente, y fue así: la palabra hablada produjo por sí misma el resultado.
Tal ocurrió en la creación. Y así ocurrió también en la redención: curó a los enfermos, echó fuera demonios, calmó la tempestad, limpió a los leprosos, resucitó a los muertos, perdonó los pecados, todo por su palabra. En todo ello, también "Él dijo, y fue hecho".
Y Él es el mismo ayer, y hoy, y por siempre. Él es siempre el Creador. Y hace siempre las cosas por su palabra solamente. Siempre puede hacer todas las cosas por su palabra; esa es la característica distintiva de la palabra de Dios, que contiene el poder divino por medio del cual ella misma cumple lo dicho.
Es por eso que la fe es el conocer que en la palabra de Dios hay ese poder, es esperar que la misma palabra hará lo dicho por ella, y depender solamente de esa palabra para la realización de lo dicho.
La enseñanza de la fe es la enseñanza de la naturaleza de la palabra de Dios. Enseñar a las personas a ejercer la fe, es enseñarles a esperar que la palabra de Dios haga lo que dice, y a depender de ella para el cumplimiento de lo dicho por la palabra. Cultivar la fe consiste en fortalecer, mediante la práctica, la confianza en el poder mismo de la palabra de Dios, para cumplir lo que ella misma pronuncia, y la dependencia de la palabra misma para cumplir lo dicho.
Y "la comprensión de lo que la Escritura quiere decir, cuando nos urge a la necesidad de cultivar la fe, es más esencial que cualquier otro conocimiento a nuestro alcance".
¿Estás cultivando la fe?
Review and Herald, 27 diciembre 1898
IV
La fe consiste en esperar que la palabra de Dios, en sí misma, cumpla lo que dice, y basarse solamente en la propia palabra para la realización de lo dicho por ella.
Cuando eso se comprende claramente, es fácil entender que la fe es "la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven".
Puesto que la palabra de Dios está investida de poder creativo, siendo por lo tanto capaz de producir, en la misma sustancia, las cosas dichas por la palabra; y puesto que la fe consiste en esperar que la palabra de Dios, en sí misma, cumpla lo que dice, y basarse solamente en la propia palabra para la realización de lo dicho por ella, resulta evidente que la fe es la sustancia de las cosas que se esperan.
Puesto que la palabra de Dios es creativa per se, y por lo tanto capaz de producir, o causar la aparición de lo que de otra forma jamás habría existido o aparecido; y puesto que la fe consiste en esperar que la palabra de Dios, en sí misma, cumpla lo que dice, y basarse solamente en la propia palabra para la realización de lo dicho por ella, resulta evidente que la fe es "la demostración de las cosas que no se ven".
Es así como "por la fe, sabemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de manera que lo que se ve resultase de lo que no aparece".
Aquel que ejerce la fe, sabe que la palabra de Dios tiene poder creador, y por lo tanto, es capaz de producir lo que dice. Por lo tanto, puede tener la certeza –no la suposición– de que el universo fue llamado a la existencia por la palabra de Dios.
Quien ejerce fe puede tener la seguridad de que, si bien antes de que Dios dijese la palabra, ninguna de las cosas que ahora contemplamos era visible, por la sencilla razón de que no existía; sin embargo, al pronunciar la palabra, el universo fue hecho. La palabra causó su ser o existencia.
Esa es la diferencia entre la palabra de Dios y la palabra del hombre. El hombre puede hablar; pero en sus palabras no hay poder para realizar lo expresado por ellas: para que se cumpla lo que ha dicho, hace falta que el hombre añada algo, además de hablar. Tiene que "hacer buena su palabra".
No pasa lo mismo con la palabra de Dios.
Cuando Dios habla, la cosa ocurre. Y ocurre simplemente porque Él habló. La palabra cumple lo que Dios tuvo a bien pronunciar. El Señor no necesita, como el hombre, añadir algo a la palabra hablada. No tiene que hacer buena su palabra, ya que ésta es buena. Dios habla "la palabra solamente", y la cosa acontece.
Y así, está escrito: "Por lo cual, también nosotros damos gracias a Dios sin cesar, de que habiendo recibido la palabra de Dios que oísteis de nosotros, recibisteis no palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, el cual obra en vosotros los que creísteis" (1 Tes. 2:13).
Es por eso también que "es imposible que Dios mienta". No es solamente imposible porque Él no lo quiera, sino también porque no puede. Es imposible. Imposible porque cuando Él habla, hay poder creador en la palabra pronunciada, de manera que por "solamente la palabra", la cosa acontece.
El hombre puede decir algo, y no ser cierto. Puede así mentir, ya que decir lo que no es, es mentir. Y el hombre puede mentir porque no hay poder en su palabra para hacer que lo dicho ocurra. Con Dios eso es imposible: no puede mentir, ya que "habló, y fue hecho". Habla, y lo dicho ocurre.
Es también por eso que cuando la palabra de Dios se pronuncia para un tiempo distante, como en las profecías que han de cumplirse cientos de años después, al llegar el momento señalado, esa palabra se cumple. Y no se cumple porque Dios, además de haber dicho la palabra, haga algo para cumplirla; sino porque la palabra fue pronunciada para ese determinado momento, y en ella está la energía creativa que hace que en ese momento, la palabra obre lo predicho.
Es por eso que si los muchachos en el templo no hubiesen aclamado "Hosanna al Hijo de David", lo habrían hecho inmediatamente las piedras; y también por eso, cuando se cumplió el tercer día, resultó "imposible" que Cristo fuese retenido por la tumba.
¡Oh, la palabra de Dios es divina! Hay en ella energía creadora. Es "viva y eficaz". Lleva en ella misma el cumplimiento; y confiar en ella y apoyarse en ella, como tal, eso es ejercer fe. "¿Tienes tú fe?".
Review and Herald, 3 enero 1899
V
"La comprensión de lo que la Escritura quiere decir, cuando nos urge a la necesidad de cultivar la fe, es más esencial que cualquier otro conocimiento a nuestro alcance".
Obsérvese que se trata de la comprensión de lo que significa la Escritura en cuanto a "la necesidad de cultivar la fe" –no particularmente tener fe, sino cultivarla.
Las Escrituras no dicen mucho sobre nuestra necesidad de adquirir la fe, sin embargo, dicen muchísimo sobre nuestra necesidad de cultivarla.
La razón de ello es que a todo hombre se le da en principio la fe: todo cuanto necesita hacer es cultivarla. Nadie puede tener más fe que la que se le dio, sin cultivar la que ya posee. Y no hay nada que crezca más rápidamente que la fe, cuando se la cultiva –"porque va creciendo mucho vuestra fe".
La fe es esperar confiadamente que la palabra de Dios cumpla por ella misma lo que dice; y depender de "la palabra solamente" para su cumplimiento. Cultivar la dependencia de la palabra de Dios, que "la palabra solamente" cumpla lo dicho por ella, es cultivar la fe.
La fe "es don de Dios" (Efe. 2:8); y en las Escrituras está claro que se da a todos: "la medida de fe que Dios repartió a cada uno" (Rom. 12:3). Esa "medida de fe que Dios repartió a cada uno", es el capital con el que dota, de principio, "a todo hombre que viene a este mundo"; y se espera que todos negocien con ese capital, que lo cultiven, para salvación de su alma.
No hay el más mínimo riesgo de que el capital se reduzca al utilizarlo: tan pronto se lo use, se incrementará, "va creciendo mucho vuestra fe". Y tan ciertamente como crece, se conceden justicia, paz y gozo en el Señor, para salvación plena del alma.
La fe viene por la palabra de Dios. Por lo tanto, leemos que "cercana está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe, la cual predicamos" (Rom. 10:8). De manera que la fe, la palabra de fe, está en la misma boca y corazón de todo hombre.
¿Cómo puede ser? Cuando la primera pareja pecó en el Edén, creyeron plenamente a Satanás; se entregaron totalmente a él; los tomó enteramente cautivos. Hubo entonces perfecta paz y acuerdo entre ellos y Satanás. Pero Dios no dejó así las cosas; quebró ese acuerdo, destruyó esa paz. Y lo hizo por su palabra, diciendo a Satanás: "Y enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya" (Gén. 3:15).
"Es Dios solamente quien puede poner enemistad continuamente entre la simiente de la mujer y la de la serpiente. Después de la transgresión del hombre, su naturaleza se depravó. Entonces había paz entre Satanás y el hombre caído. Si Dios no hubiera intervenido, el hombre habría formado una alianza contra el cielo; y en lugar de luchar entre ellos, los hombres habrían luchado contra Dios. No hay enemistad natural entre los ángeles caídos y los hombres caídos. Ambos son malvados, por su apostasía; y el mal, allá donde exista, se alistará siempre contra el bien. Los ángeles caídos y los hombres caídos se asocian en compañía. El astuto general de los ángeles caídos calculó que si lograba inducir a los hombres, como había hecho con los ángeles, a unirse a él en rebelión, vendrían a ser sus agentes de comunicación con el hombre, para alistarse en rebelión contra el cielo. Tan pronto como uno se separa de Dios, no tiene poder de enemistad contra Satanás. La enemistad que existe en la tierra entre Satanás y el hombre tiene origen sobrenatural. A menos que el poder convertidor de Dios sea traído diariamente al corazón humano, no habrá inclinación hacia lo religioso, sino que los hombres elegirán más bien ser cautivos de Satanás que hombres libres en Cristo. Digo que Dios pondrá enemistad. El hombre no puede ponerla. Cuando la voluntad es sometida en sujeción a la voluntad de Dios, lo será mediante la inclinación del corazón y voluntad del hombre del lado del Señor" (Unpublished Testimony).
Esa enemistad contra Satanás, ese odio al mal que Dios pone en toda persona mediante su palabra, hace que toda alma clame por liberación; y tal liberación se encuentra solamente en Jesucristo (Rom. 7:14-25).
Así, esa palabra de Dios que siembra en cada alma la enemistad contra Satanás, ese odio al mal que clama por liberación –que sólo se encuentra en Jesús–, ese es el don de la fe al hombre. Esa es la "medida de fe" que Dios dio a todo hombre. Esa es "la palabra de fe" que está en la boca y el corazón de toda persona en el mundo.
"Esta es la palabra de fe, la cual predicamos: Que si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia; mas con la boca se hace confesión para salud" (Rom. 10:8-10).
Por lo tanto, no digas en tu corazón ‘¿Quién subirá al cielo, para traernos fe?’ Ni ‘¿Quién descenderá a lo bajo?’, o ‘¿Quién irá allá lejos, para encontrar fe, y traérnosla?’ Porque "cercana está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe, la cual predicamos" (Deut. 30:11-14; Rom. 10:6-8).
Ejercita la fe que Dios te dio a ti, lo mismo que a cualquier otra persona en el mundo, ya que "saber cómo ejercitar la fe, eso es la ciencia del evangelio".
Review and Herald, 10 junio 1899
VI
La fe consiste en depender solamente de la palabra de Dios, y confiar en que precisamente ella cumplirá lo que dice.
La justificación por la fe es, por consiguiente, la justificación que depende de la palabra de Dios solamente, y que confía en que la sola palabra la cumplirá.
Justificación por la fe es justicia por la fe; ya que justificación significa ser declarado justo.
La fe viene por la palabra de Dios. La justificación por la fe, por lo tanto, es la justificación que viene por la palabra de Dios. La justicia por la fe es justicia que viene por la palabra de Dios.
La palabra de Dios lleva en sí misma el cumplimiento, ya que al crear todas las cosas, "Él dijo, y fue hecho". El mismo que dijo "Sea la luz", y fue la luz, Aquel que estando en la tierra dijo "sólo… la palabra", y el enfermo sanó, los leprosos fueron limpios, y los muertos resucitados, ese mismo declara la justicia de Dios en, y sobre todo aquel que crea.
Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, "siendo justificados gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Cristo Jesús; al cual Dios ha propuesto… para manifestación de [declarar] su justicia, atento a haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados".
Al crear todas las cosas, en el principio, Dios estableció que Cristo declarase la palabra que las haría existir. Cristo habló la palabra solamente, y todas las cosas existieron. En la redención, que es una nueva creación, Dios estableció que Cristo declarase la palabra de justicia. Y cuando Cristo habla la palabra solamente, el hecho ocurre. Su palabra es la misma, tanto en la creación como en la redención.
"Por la fe entendemos que los mundos fueron formados por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve, fue hecho de lo que no se veía". En cierto momento no existían los mundos, ni tampoco el material del que éstos se componen. Dios estableció a Cristo para que declarase la palabra que crearía los mundos, así como el material del que están formados.
"Dijo, y fue hecho". Antes de que hablase, no había mundos; tras haber hablado, aparecieron. La palabra de Cristo es capaz de traer a la existencia aquello que no existía antes de que su palabra fuese declarada, y que de no ser por ésta, jamás habría existido.
Así ocurre exactamente en la vida del hombre. En el hombre no hay justicia a partir de la cual ésta pueda surgir en su vida. Pero Dios ha establecido a Cristo para declarar justicia en, y sobre el hombre. Cristo declara la palabra solamente, y en el oscuro vacío de la vida humana se produce la justicia para todo aquel que la reciba. Allí donde, antes de ser recibida la palabra, no existía justicia ni nada a partir de lo cual pudiese ser producida, tras ser recibida la palabra, hay perfecta justicia, y la verdadera Fuente de la cual mana. La palabra de Dios recibida por la fe –esto es, la palabra de Dios en la que se confía para el cumplimiento de lo que dice, y de la que se depende para su realización–, produce justicia en el hombre y en la vida, allí donde no había ninguna; precisamente de la misma manera en que, en la creación del Génesis, la palabra de Dios produjo los mundos allí donde no había nada previamente. Él habla, y así ocurre para todo aquel que crea, es decir, para todo aquel que lo reciba. La palabra misma lo cumple.
"Justificados [hechos justos] pues por la fe [esperando y dependiendo de la palabra de Dios solamente], tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Rom. 5:1). ¡Así es, bendito sea el Señor! Y alimentarse de ese glorioso hecho es cultivar la fe.
Review and Herald, 17 junio 1899
VII
"La comprensión de lo que la Escritura quiere decir, cuando nos urge a la necesidad de cultivar la fe, es más esencial que cualquier otro conocimiento a nuestro alcance".
La fe es esperar que la palabra de Dios haga aquello que dice que hará, y depender de la palabra solamente, para el cumplimiento de lo que ella dice.
Abraham es el padre de todos los que son de la fe. Su historia instruye, pues, sobre la fe –qué es, y qué hace por aquel que la ejerce.
¿Qué, pues, diremos que halló Abraham nuestro padre según la carne? ¿Qué dice la escritura? Cuando Abram tenía ya más de ochenta años, y Sarai, su esposa, era anciana, sin haber engendrado hijo alguno, Dios "sacóle fuera, y dijo: Mira ahora a los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu simiente".
"Y [Abraham] creyó a Jehová, y contóselo por justicia" (Gén. 15:5 y 6). Aceptó la palabra de Dios, y esperó que ésta cumpliría lo dicho. E hizo muy bien en eso.
Sarai, sin embargo, no puso su confianza solamente en la palabra de Dios. Recurrió a una estratagema de su propia invención para dar lugar a la simiente. Dijo a su esposo: "Ya ves que Jehová me ha hecho estéril: ruégote que entres a mi sierva; quizá tendré hijos de ella" (Gén. 16:2).
Abram comenzó entonces a desviarse de la perfecta integridad de la fe. En lugar de anclar su confianza y dependencia solamente en la palabra de Dios, "atendió Abram al dicho de Sarai".
Como consecuencia, nació un niño, pero el arreglo resultó ser tan insatisfactorio para Sarai, que ella misma lo repudió. Y Dios mostró su repudio ignorando totalmente el hecho de que hubiese nacido ese niño. Cambió el nombre de Abram por el de Abraham, y continuó hablándole del pacto por el que sería padre de todas las naciones mediante la simiente prometida. Cambió asimismo el nombre de Sarai por el de Sara, puesto que vendría "a ser madre de naciones" mediante la simiente prometida.
Abraham se apercibió de la total ignorancia, por parte de Dios, hacia aquel niño que había sido engendrado, y llamó la atención del Señor, diciendo: "Ojalá Ismael viva delante de ti".
Pero Dios le respondió: "Ciertamente Sara tu mujer te parirá un hijo, y llamarás su nombre Isaac; y confirmaré mi pacto con él por alianza perpetua para su simiente después de él. Y en cuanto a Ismael, también te he oído: he aquí que le bendeciré, y le haré fructificar y multiplicar mucho en gran manera: doce príncipes engendrará, y ponerlo he por gran gente. Mas yo estableceré mi pacto con Isaac, al cual te parirá Sara por este tiempo el año siguiente" (Gén. 17:15-21).
A todo esto, tanto a Abram como a Sarai se les había instruido, al serles hecha la promesa, que para su cumplimiento, nada que no fuese la dependencia hacia la sola palabra podría ser la respuesta adecuada. Sarai comprendió que su estratagema no había aportado sino aflicción y perplejidad, y había retardado el cumplimiento de la promesa. Abram comprendió que dando oído a las palabras de Sarai, había despreciado la palabra de Dios; y ahora se veía obligado a abandonar totalmente ese plan, para volver de nuevo a la palabra de Dios solamente.
Pero ahora Abraham tenía ya noventa y nueve años, y Sara ochenta y nueve. Eso hacía más difícil, si cabe, el cumplimiento de la promesa, y demandaba más que nunca, una profunda dependencia de la palabra de Dios. Requería más fe que anteriormente.
Ahora era evidente que no se podía depender de ninguna otra cosa que no fuese la simple palabra de Dios: se aplicaron a ceñirse estrictamente a ella para el cumplimiento de lo que dicha palabra contenía. Excluyeron toda obra, todo plan, maquinación, designio o esfuerzo originado en ellos, y se aferraron de la sola fe. Echaron mano de la palabra solamente, y dependieron absolutamente de la palabra para el cumplimiento de ella.
Y ahora que el camino estaba despejado para que obrase "la palabra solamente", la palabra efectivamente obró, y nació la "simiente" prometida. De ese modo, "por la fe", –por una dependencia no apuntalada por nada, por una dependencia en la sola palabra– "por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir simiente; y parió aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó ser fiel el que lo había prometido".
"Por lo cual también, de uno, y ese ya amortecido, salieron como las estrellas del cielo en multitud, y como la arena innumerable que está a la orilla de la mar" (Heb. 11:12).
Y así se cumplió la palabra pronunciada a Abraham, cuando Dios "sacóle fuera, y dijo: Mira ahora a los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu simiente".
Esa es una lección divina sobre la fe. Y eso es lo que significa la Escritura cuando nos urge a la necesidad de cultivar la fe. La fe que le fue imputada por justicia a Abraham, la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo.
"Y no solamente por él fue escrito que le haya sido imputado; sino también por nosotros, a quienes será imputado, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación" (Rom. 4:23-25).
Y todos los que son "de la fe son benditos con el creyente Abraham". Sí, todos quienes repudian las obras, planes, maquinaciones y esfuerzos originados en ellos mismos, y ponen enteramente su confianza y dependencia en que la palabra de Dios cumplirá lo que dice. Los tales son de la fe, y son benditos con el creyente Abraham, con la justicia de Dios.
¡Oh, "saber cómo ejercitar la fe, eso es la ciencia del evangelio"! Y la ciencia del evangelio es la ciencia de las ciencias. ¿Quién dejará de ejercer toda facultad para comprenderla?
Review and Herald, 24 junio 1899
VIII
Cuando Abraham y Sara renunciaron a todo su esquema de incredulidad, que había dado como fruto a Ismael, y se mantuvieron por la sola fe –dependiendo únicamente de la palabra de Dios–, nació Isaac, el auténtico hijo de la promesa divina.
Dando oído a la voz de Sarai (Gén. 16:1), Abram se había desviado de la línea de estricta integridad a la palabra de Dios, de la auténtica fe; y ahora que se había vuelto a la palabra solamente, a la fe verdadera, debía ser probado antes de que pudiese cabalmente decirse de él que su fe le fue contada por justicia.
Había creído solamente la palabra de Dios, en contra de lo que Ismael representaba, y había obtenido a Isaac, el auténtico hijo de la promesa de Dios. Y ahora, tras haberlo obtenido, queda por ver si retendría la confianza en la sola palabra de Dios, incluso en contra del mismo Isaac.
Es así como Dios dijo a Abraham, "Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré".
Abraham había recibido a Isaac de parte de Dios, confiando solamente en la palabra divina. Sólo Isaac era la simiente que la palabra del Señor había prometido. Después del nacimiento de Isaac, Dios había confirmado la palabra declarando, "en Isaac te será llamada descendencia" (Gén. 21:12). Y ahora, la palabra de Dios le dice: toma a tu hijo, a tu único Isaac, y ofrécelo como una ofrenda ardiente.
Dios había declarado a Abraham: tu simiente será como las estrellas del cielo en número; "en tu simiente serán benditas todas las gentes de la tierra"; "en Isaac te será llamada descendencia"; y ahora, ¡ofrece a Isaac como una ofrenda ardiente!
Pero si Isaac era ofrecido como ofrenda ardiente, si era quemado, ¿qué sería de la promesa de que todas las naciones serían benditas en él? ¿Qué sucedería con la promesa de que su descendencia sería como las estrellas del cielo en multitud? Y sin embargo, la palabra era firme: Ofrece a Isaac como ofrenda ardiente. Abraham había confiado sin reservas en la sola palabra de Dios, en contra de Ismael; pero esto era más que confiar en la palabra de Dios, en contra de Isaac: ¡era creer la palabra de Dios, en contra de la palabra de Dios!
Y Abraham lo hizo, esperando contra toda esperanza. Dios había dicho: Tu simiente será como las estrellas del cielo; en Isaac te será llamada simiente; ofrece a Isaac como una ofrenda ardiente. Abraham no insistió en que Dios debía ‘armonizar esos pasajes’. Para él era suficiente saber que todas aquellas declaraciones eran palabra de Dios. Sabiendo eso, confiaría en esa palabra, la seguiría, y dejaría que el Señor ‘armonizase esos pasajes’ si tal cosa fuese necesaria.
Abraham se dijo: –Dios ha dicho, ofrece a Isaac como ofrenda ardiente. Así lo haré. Dios ha dicho, "en Isaac te será llamada descendencia"; y, tu simiente será tan numerosa como las estrellas del cielo. Una vez interferí en la promesa, y la estuve impidiendo, hasta que rechacé todo lo que había hecho, y me volví a la sola palabra. Entonces, de forma milagrosa, Dios me dio a Isaac, la simiente prometida. Ahora Dios me dice, ofrece a Isaac, la simiente prometida, en ofrenda ardiente. Lo haré así: Dios me lo dio al principio mediante un milagro, y mediante un milagro lo puede restaurar. No obstante, cuando lo haya ofrecido como una ofrenda ardiente, estará muerto; el único milagro que podrá entonces restaurarlo será el que lo devuelva de entre los muertos. Pero Dios es poderoso para hacer aun eso, y lo hará; ya que su palabra ha dicho que ‘tu simiente será como las estrellas en multitud, y en Isaac te será llamada descendencia’. Incluso levantar a Isaac de entre los muertos no será para Dios más difícil que lo que ya ha hecho; ya que, por lo que respecta a la fertilidad, tanto mi cuerpo como el de Sara no eran mejores que los de un muerto, y no obstante, Dios engendró a Isaac a partir de nosotros. Puede resucitar a Isaac de los muertos, y lo hará. ¡Bendito sea el Señor!
Estaba decidido. Se levantó y tomó a sus siervos y a Isaac, y caminó por tres días, y "llegaron al lugar que Dios le había dicho", y cuando "al tercer día alzó Abraham sus ojos, y vio el lugar de lejos, entonces dijo Abraham a sus mozos: Esperaos aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí, y adoraremos, y volveremos a vosotros" (Gén. 22:4 y 5). ¿Quién iría? "Yo y el muchacho iremos… y volveremos a vosotros". Abraham confiaba en que Isaac regresaría con él tan ciertamente como que iba a ir.
Abraham esperaba ofrecer a Isaac en holocausto, y luego esperaba verlo resucitar de las cenizas, y regresar con él. La razón es que la palabra de Dios había dicho: en Isaac te será llamada descendencia, y, tu simiente será como las estrellas del cielo en multitud. Y Abraham confiaría precisamente en esa palabra, en que jamás podría fallar (Heb. 11:17-19).
ESO ES FE. Y así "fue cumplida la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue imputado a justicia" (Sant. 2:23). Pero "no solamente por él fue escrito que le haya sido imputado; sino también por nosotros, a quienes será imputado, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación" (Rom. 4:23-25).
Poner la confianza en la palabra de Dios solamente; depender solamente de ella, incluso "en contra" de la palabra de Dios, eso es FE: esa es la fe que trae la justicia de Dios.
En eso consiste ejercitar la fe. Eso es "lo que la Escritura quiere decir, cuando nos urge a la necesidad de cultivar la fe". Y "saber cómo ejercitar la fe, eso es la ciencia del evangelio". Y la ciencia del evangelio es la ciencia de las ciencias.
Review and Herald, 31 enero 1899
IX
"Al que no obra, pero cree en aquél que justifica al impío, la fe le es contada por justicia" (Rom. 4:5).
Esa es la única forma en la que cualquiera en este mundo pueda ser hecho justo: primeramente admitir que es impío; luego creer que Dios justifica –tiene por justo– al impío, y que este es justo con la misma justicia de Dios.
En este mundo todos son impíos. Impíos significa lo contrario a ‘semejantes a Dios’. Y está escrito que "por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria [bondad, carácter] de Dios".
Aquel, por tanto, que admita que en algo dejó de ser semejante a Dios, en eso confiesa que es impío.
Pero la verdad es que todos, en todo, están destituidos de la gloria de Dios. Porque "todos se apartaron, a una fueron hechos inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno" (Rom. 3:9-18).
Por consiguiente, puesto que no hay en toda la tierra ni uno solo que no sea impío, y puesto que Dios justifica al impío, eso hace que por la parte de Dios, la justificación –justicia, salvación– sea plena, gratuita y segura a toda alma en el mundo.
Y todo cuanto uno debe hacer, por su parte, para hacerla segura para sí mismo, es aceptarla –creer que Dios justifica, personal e individualmente, al impío.
Así, por extraño que parezca a muchos, la única calificación y la única preparación para la justificación es que la persona reconozca su impiedad.
Entonces, poseyendo esa calificación, habiendo hecho esa preparación, todo cuanto se requiere de él a fin de obtener la justificación plena, gratuita y segura, es que crea que Dios lo justifica a él, el impío.
Es fácil para muchos creer que son impíos, incluso reconocerlo; pero creer que Dios los justifica a ellos, eso les parece demasiado.
Y la única razón por la que no pueden creer que Dios los justifica a ellos, es que son impíos, tan impíos.
Si solamente pudieran encontrar algún bien en ellos, o si pudiesen ser fortalecidos y mejorar, tendrían algún ánimo para esperar que Dios los justificase. Sí, se justificarían a sí mismos por las obras, ¡y entonces profesarían creer en la justificación por la fe!
Pero eso no sería más que quitar la base a la justificación; ya que si alguien pudiese encontrar bien en sí mismo, es porque lo posee ya previamente, y no lo necesita de ningún otro lugar. Si puede fortalecerse y mejorar por sí mismo, entonces no necesita ninguna justificación que provenga de cualquier otra fuente.
Por lo tanto, es una contradicción el decir que soy tan impío que no veo cómo el Señor me pueda justificar. Si no soy impío, entonces no necesito ser hecho justo: ya lo soy. No hay medias tintas entre la justicia y la impiedad.
Pero cuando una persona se ve a sí misma tan impía como para no encontrar ninguna base sobre la que esperar ser justificado, es precisamente ahí donde la fe aparece; en verdad, es solamente ahí que la fe puede venir.
La fe es depender solamente de la palabra de Dios. Por tanto tiempo como continúe la dependencia de uno mismo, por tanto tiempo como exista la esperanza de poder depender de cualquier cosa en uno mismo, no puede haber fe: no hay lugar para ella, ya que la fe es depender solamente de la palabra.
Pero cuando se desvanece cualquier esperanza de poder depender de algo nuestro, o que se encuentre en nosotros, y se reconoce esa imposibilidad; cuando todo lo visible va en contra de cualquier esperanza de justificación, es entonces cuando, reposando en la promesa de Dios, en la palabra solamente, esperando contra toda esperanza, entra en juego la fe: y por fe encuentra justificación plena y gratuita, por más impío que sea.
Porque escrito está: "Al que no obra, pero cree en aquél que justifica al impío, la fe le es contada por justicia". "La justicia de Dios por la fe de Jesucristo". "A quien Dios ha propuesto… para manifestación de su justicia, atento a haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados".
En eso consiste el ejercicio de la fe. ¿La estás tú ejerciendo? "Saber cómo ejercitar la fe, eso es la ciencia del evangelio".
Review and Herald, 7 febrero 1899
X
"Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Rom. 5:1).
Puesto que la fe es depender solamente de la palabra de Dios, de lo que la palabra dice, ser justificado por la fe es sencillamente, ser contado por justo al depender de la palabra solamente.
Y puesto que esa palabra es la de Dios, depender solamente de la palabra es depender solamente de Dios, en su palabra. La justificación por la fe es, por lo tanto, ser tenido por justo al depender de Dios solamente; y de nadie más que de Él, porque así lo ha prometido.
Todos somos pecadores, –pecaminosos e impíos. Estamos, por lo tanto, sujetos al juicio de Dios. Rom. 3:9-19. Sin embargo, hay para todos nosotros escapatoria del juicio divino. Pero la única manera de escapar al juicio de Dios es creyendo en Él.
Cuando David pecó al censar el pueblo, e incurrió de esa manera en un juicio ejemplar de Dios, el Señor le dio a escoger entre siete años de hambre, huir tres meses de sus enemigos, o sufrir tres días de pestilencia. Pero David de ninguna manera quiso elegir; todo lo confió a Dios para que fuese Él quien escogiese, diciendo: "ruego que caiga en la mano de Jehová, porque sus miseraciones son muchas" (2 Sam. 24:11-14).
Cuando ponemos solamente en Dios nuestra dependencia, en su palabra, para alcanzar justicia, tenemos paz para con Él; porque obtenemos verdaderamente justicia, "y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre" (Isa. 32:17).
Cuando dependemos solamente de Dios –de su palabra– para obtener la justicia, tenemos paz mediante nuestro Señor Jesucristo, "porque Él es nuestra paz, que de ambos", de Dios y del hombre, "hizo uno", "dirimiendo en su carne las enemistades" "para edificar en sí mismo los dos –Dios y el hombre– en un nuevo hombre, haciendo la paz" (Efe. 2:14 y 15).
Además, al depender solamente de Dios, de su palabra, para obtener justicia, tenemos paz para con Dios mediante nuestro Señor Jesucristo. "Y por Él reconciliar todas las cosas a sí, pacificando por la sangre de su cruz, así lo que está en la tierra como lo que está en los cielos. A vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos de ánimo en malas obras, ahora empero os ha reconciliado en el cuerpo de su carne por medio de muerte, para haceros santos, y sin mancha, e irreprensibles delante de Él, SI empero permanecéis fundados y firmes en la fe", si continuáis dependiendo únicamente de Dios en su palabra (Col. 1:20-23).
Puesto que ha allanado de tal forma el camino, y ha hecho la justificación tal plena, y la paz tan segura para todos, y demanda a todos solamente que la reciban por el simple método de aceptarla de Él, dependiendo para ello solamente de Él, ¿por qué no habría de ser justificada toda alma que puebla la tierra, teniendo así la paz de Dios mediante nuestro Señor Jesucristo?
Eso es "lo que la Escritura quiere decir, cuando nos urge a la necesidad de cultivar la fe" ¿La estás tú cultivando? ¿Estás justificado por fe? ¿Tienes la justicia por la fe? ¿Tienes paz con Dios mediante nuestro Señor Jesucristo?
"Tened fe en Dios" (Mar. 11:24).
Review and Herald, 14 febrero 1899
XI
La fe es completa dependencia de la sola palabra de Dios, para el cumplimiento de lo contenido en esa palabra.
Siendo así, conviene no olvidar nunca que allí donde no hay palabra de Dios, no puede existir ninguna fe.
Así lo muestra la verdad de que "la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Dios" (Rom. 10:17). Puesto que la fe viene en verdad por la palabra misma de Dios, está claro que la fe no es posible sin la palabra de Dios.
Eso lo encontramos bellamente ilustrado en un episodio de la vida de David: puesto que éste tenía en su corazón edificar una casa al Señor, éste le habló mediante el profeta Nathán, diciendo: "Jehová te hace saber que Él te quiere hacer casa… y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro; y tu reino será estable eternalmente".
Entonces David oró, diciendo: "Ahora pues, Jehová Dios, la palabra que has hablado sobre tu siervo y sobre su casa, despiértala para siempre, y haz conforme a lo que has dicho. Que sea engrandecido tu nombre por siempre, y dígase: Jehová de los ejércitos es Dios sobre Israel; y que la casa de tu siervo David sea firme delante de ti".
"Porque tú, Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, revelaste al oído de tu siervo, diciendo: Yo te edificaré casa. Por esto tu siervo ha hallado en su corazón para hacer delante de ti esta súplica".
"Ahora pues, Jehová Dios, tú eres Dios, y tus palabras serán firmes, ya que has dicho a tu siervo este bien. Tenlo pues ahora a bien, y bendice la casa de tu siervo, para que perpetuamente permanezca delante de ti: pues que tú, Jehová Dios, lo has dicho, y con tu bendición será bendita la casa de tu siervo para siempre" (2 Sam. 7:11-29).
La suya fue una plegaria de fe, ya que se fundaba en la palabra de Dios: la palabra de Dios era la causa de ella; era su base; y la palabra de Dios constituía toda la esperanza de David, de que esa oración sería contestada.
Pidió de acuerdo con la voluntad de Dios, ya que tal voluntad estaba expresada en la palabra de Dios. Habiendo rogado en armonía con la voluntad revelada de Dios, David supo que su oración fue oída. Y sabiendo tal cosa, supo que tenía asegurada la respuesta a la petición que había elevado (1 Juan 5:14). Por lo tanto, dijo: así sea. Y así también, la respuesta a la promesa fue, es, y será por siempre segura para David.
Todo eso fue escrito para nuestra enseñanza; a fin de que pudiésemos saber cómo elevar la oración de fe, y cómo cultivar la fe, en oración. Por lo tanto, ‘ve y haz tú lo mismo’. Porque "la comprensión de lo que la Escritura quiere decir, cuando nos urge a la necesidad de cultivar la fe, es más esencial que cualquier otro conocimiento a nuestro alcance".
Review and Herald, 21 febrero 1899
XII
La fe es por el oír; y el oír por la palabra de Dios.
Por lo tanto, la palabra de Dios es el único camino de la fe.
De ese modo, allí donde no hay palabra de Dios, no puede existir fe.
Y donde hay palabra de Dios, la fe consiste en depender enteramente de tal palabra, confiando en que ella cumplirá lo dicho.
A partir de esas verdades, se hace evidente que para que alguien pueda pedir con fe, es necesario primeramente que se asegure de que tiene la palabra de Dios para aquello que pide.
Siendo así, puede, lo mismo que David, orar de todo corazón en perfecta confianza, que no es sino perfecta fe.
Quien ora de tal modo, puede saber que lo hace en conformidad con la voluntad de Dios; efectivamente, sabe que cuenta con la clara palabra de Dios para eso.
Por lo tanto, sabe que Dios le oye, y por ello, sabe que tiene aquello para lo cual ha orado; eso es así porque el único fundamento de su esperanza es la palabra que dice lo que ha de suceder, y que constituyó la sola base de su petición.
El Señor nos dice que oremos así; habiendo hecho provisión, por lo tanto, para el constante crecimiento y fortalecimiento de la fe.
Muchos oran, pero sin tener la certeza de que sea la voluntad de Dios el que obtengan aquello que piden, y de esa forma, no saben si pueden estar ciertos de haberlo recibido; y no sabiendo tal cosa, quedan en la duda en cuanto a si sus oraciones han sido o no respondidas.
El Señor no desea que nadie permanezca en la incertidumbre. Por lo tanto, ha proporcionado su palabra a fin de que seamos perfectos, enteramente instruidos para toda buena obra, y por quien nos son dadas todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad.
Todo aquel que busca en la palabra de Dios las cosas que Él ha provisto allí para todos, orando por esa cosa según la palabra, pidiendo por lo tanto en total armonía con la expresa voluntad de Dios, sabe que su plegaria es oída, y que tiene aquello por lo que oró.
Haciendo de ese modo, las oraciones serán siempre ciertas, la vida colmada de los dones que vienen directamente de Dios, y la fe será segura y firme, que no cesará de crecer.
Muchos elevan la plegaria de los discípulos: Señor, "auméntanos la fe". Eso está bien, pero nunca se debe olvidar que la fe viene solamente por la palabra de Dios. Por lo tanto, cuando tu fe aumente, lo será solamente mediante un aumento en ti de la palabra de Dios. Y la única forma en la que la palabra de Dios puede aumentar en ti, es oyendo esa palabra, orando al Señor por lo declarado en esa palabra, dependiendo de ella para su realización, y creyendo que lo has recibido. Entonces, y de ese modo, es como recibes la palabra, y ésta vive en ti.
Si bien podemos orar, ‘Señor, aumenta nuestra fe’, al mismo tiempo debemos recordar que debemos edificarnos sobre nuestra santísima fe (Judas 20).
Es así como se debe ejercitar la fe. La fe solamente puede ejercerse sobre la palabra de Dios, y por ella; ya que donde no hay palabra de Dios, no hay fe posible.
Y "saber cómo ejercitar la fe, eso es la ciencia del evangelio".
Review and Herald, 28 febrero 1899
XIII
"El justo vivirá por la fe".
¿Quiénes son los justos? Únicamente los que son de la fe, ya que sólo por la fe es justificado el hombre.
Si bien todos hemos pecado, y estamos "destituidos de la gloria de Dios", somos "justificados gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Cristo Jesús".
"Al que obra, no se le cuenta el salario por merced, sino por deuda. Mas al que no obra, pero cree en aquel que justifica al impío, la fe le es contada por justicia".
"Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo". Los que son de la fe, y sólo ellos, son los únicos justos de la tierra.
Ahora bien, la fe es dependencia total de la palabra de Dios, de que cumplirá lo dicho por la palabra. "Así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, antes hará lo que yo quiero" (Isa. 55:11).
Ser justificado por la fe, por lo tanto, es ser justificado dependiendo enteramente de la palabra de Dios. Los justos son aquellos que son de la palabra de Dios. Es así como los hombres se hacen justos.
Los hombres deben, no solamente ser hechos justos por la fe –dependiendo de la palabra de Dios–, sino que siendo justos, debemos también vivir por la fe. El hombre justo vive precisamente de la misma manera en que fue hecho justo, y precisamente por lo mismo.
Venimos a ser justos por la fe; la fe es dependencia total de la palabra de Dios. Siendo justos, debemos vivir precisamente por lo mismo que por lo que fuimos hecho justos; esto es, dependiendo enteramente de la palabra de Dios.
Y eso es exactamente lo que dijo Jesús: El hombre vivirá "con toda palabra que sale de la boca de Dios". Es evidente que dijo, en otras palabras, que ‘el hombre vivirá por la fe’.
No hay verdaderamente otra forma de vivir, si no es por fe, es decir, por la palabra de Dios. Sin fe, sin la palabra de Dios, sólo la muerte espera al hombre.
En realidad, sin la palabra de Dios todo muere; ya que en el principio, todo fue hecho por su palabra. La palabra de Dios es el origen y vida de todas las cosas. "Él dijo, y fue hecho".
Todas las cosas animadas e inanimadas –el sol, la luna y las estrellas, los animales y los hombres–, todos dependen por igual de la palabra de Dios para su existencia. Sólo al hombre concedió Dios el don maravilloso de la elección. Tal don abre la puerta de la fe. Cuando un hombre elige vivir por la palabra de Dios, que es el único medio de vida, la fe –la dependencia total de la palabra de Dios– es la forma en la que se aferra a las corrientes de la vida.
Así, "el justo vivirá por la fe", por lo tanto, "todo lo que no es de fe, es pecado", o lo que es lo mismo, el justo debe vivir por la palabra de Dios; y todo lo que no es de la palabra de Dios, es pecado.
"No podemos tener una experiencia cristiana saludable, ni obedecer al evangelio para salvación, a menos que la ciencia de la fe sea mejor comprendida; y haya un mayor ejercicio de la fe".
"¿Tienes tú fe?". Ten la divina fe. "Aquí están los que guardan los mandamientos de Dios, y la fe de Jesús".
Review and Herald, 7 marzo 1899
XIV
"La justicia de Dios se descubre de fe en fe" (Rom. 1:17). La fe es entera dependencia de la palabra de Dios, esperar que la misma palabra realice lo que dice.
¿Existe, según eso, una justicia pronunciada por la palabra de Dios, de forma que el hombre pueda depender completamente de ella, que pueda confiar en que la palabra cumpla lo que declara?
Efectivamente. Y ese es precisamente el objetivo del don de Cristo, "al cual Dios ha propuesto… para manifestación [declaración, K.J.] de su justicia, atento a haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados" (Rom. 3:25).
Puesto que Dios ha establecido a Cristo expresamente para que manifieste, declare o diga, la justicia de Dios, la palabra de Dios ha sido ciertamente pronunciada y podemos depender plenamente de ésta, esperando que obre lo dicho por ella. En otras palabras, hay justicia que podemos recibir por la fe.
¿Dónde la encontramos pronunciada? En la palabra "perdón". "Él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados". "Pero hay perdón en ti".
¿Qué significa "perdón"? Ese término se compone de dos partes: "per" (por, para); y "don" (donar, dar, dádiva); es decir, dar por. Perdonar, por lo tanto, es sencillamente dar por. Para el Señor, perdonar el pecado, es donar por el pecado. ¿Qué es lo que da el Señor por el pecado? Declara "su justicia perdonando los pecados".
Así pues, cuando el Señor per-dona –da por–, da justicia por el pecado. Y puesto que la justicia que el Señor posee es la suya propia, es evidente que la única justicia que da es la justicia de Dios.
Tal es el don de su justicia. Todo hombre ha pecado. Si es que ha de ser librado, sólo puede serlo gratuitamente. Y puesto que el perdón por el pecado –la justicia de Dios dada por el pecado– es enteramente gratuito, ahí tenemos el don gratuito de la justicia de Dios "a todos los hombres para justificación de vida". Rom. 5:18.
Toda alma que pida a Dios perdón por el pecado, está en realidad pidiendo la justicia de Dios por el pecado. Todo el que pide el perdón, lo pide solamente sobre la palabra de Dios, que declara tal perdón. Y la fe es completa dependencia de la palabra para el cumplimiento de lo que ésta dice. Por lo tanto, la justicia viene por la fe.
"Cualquiera que pide, recibe". Has pedido muchas veces al Señor que perdone tus pecados; es decir, le has pedido que dé por tu pecado. Pero cuando haces tal cosa, le estás pidiendo que dé lo único que Él da, o puede dar por el pecado, que es su justicia. En eso consiste pedir el perdón del Señor.
Y efectivamente, perdona –da por– tus pecados, cuando así se lo pides. Dice que lo hace, y así es. "Él es fiel", es decir, no falla jamás, "y justo para que nos perdone nuestros pecados". Y lo que da por nuestros pecados, es su justicia.
¿No le estarás agradecido por la justicia que gratuitamente te da por tus pecados, cuando se la pides?
¿Comprendes que la justicia por la fe es algo tan sencillo y claro como el pedirle a Dios el perdón por el pecado?
Cree que se te concede el perdón por tu pecado, cuando así lo pides, y recibe agradecido esa justicia, como el don de Dios. En eso consiste ejercitar la fe.
Pero cuán cierto es que "padecemos mucha aflicción y pesar a causa de nuestra incredulidad, y de nuestra ignorancia respecto a cómo ejercitar la fe".
"¿Tienes tú fe?". Ten la fe divina. "Aquí están los que guardan… la fe de Jesús".
Review and Herald, 14 marzo 1899
XV
"En Cristo Jesús, ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión. Lo que vale es la fe que obra por el amor" (Gál. 5:6).
Para aquellos a quienes se dirigía este pasaje, en el momento en que fue escrito, la circuncisión lo era todo; y era así en virtud de lo que representaba.
Para ellos, la circuncisión representaba las obras, y nada más que eso. Les parecía la mayor de las obras, más grande aún que la propia creación, ya que, como decían los rabinos: ‘Tan grande es la circuncisión que de no ser por ella, el Santo (bendito sea) no habría creado el mundo’. ‘Es tan grande como cualquiera de los otros mandamientos’. ‘Equivalente a todos los mandamientos de la ley" (Farrar, Vida de Pablo, cap. 22, párr. 5, nota; cap. 35, párr. 4, nota).
Sin embargo, eso que para ellos era tan importante, el Señor lo derribó en un momento, con las palabras: "La circuncisión nada es" y, en Cristo Jesús, la circuncisión no vale nada. Y teniendo en cuenta lo que para ellos significaba, eso equivalía a decir llanamente que las obras nada son, y que en Cristo Jesús, no valen nada.
Entonces, a todos los otros, quienes en vista de lo anterior podrían sentirse inclinados a jactarse de su carencia de obras, excusando así el pecado, se les da la palabra con igual firmeza: "y la incircuncisión nada es". "En Cristo Jesús…, ni la incircuncisión". En su contexto, equivale a afirmar que la ausencia de obras nada es, y que en Cristo Jesús, la ausencia de obras no vale nada.
Así pues, las obras no son nada, y la ausencia de ellas, tampoco. En Cristo Jesús, ni las obras ni la falta de obras valen nada.
Esa palabra inspirada, por lo tanto, declara definitivamente carentes de mérito ambas categorías, por ellas mismas, o cualquier cosa que se pueda hacer o dejar de hacer.
Lo anterior es tan cierto hoy como lo fue siempre. A los efectos de estar o no en Cristo, las obras –y también la ausencia de ellas– carecen de valor. Leemos: "¿Estás en Cristo? No, si no os reconocéis pecadores errantes, desamparados y condenados. No, si estáis exaltando y glorificando al yo… Vuestro nacimiento, reputación, riqueza, talentos, virtudes, piedad, filantropía, o cualquier otra cosa en vosotros, o en relación con vosotros, no formará un vínculo de unión entre vuestra alma y Cristo" (Testimonies, vol. 5, p. 48 y 49).
¡Qué pues! ¿Se nos abandona al vacío total? ¡De ninguna forma! Gracias a Dios que hay algo que vale por todo, y por siempre. Si bien es una verdad establecida que "en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión", ni las obras ni las no-obras valen nada, tenemos también la verdad eterna de que "en Cristo Jesús… lo que vale es LA FE QUE OBRA POR EL AMOR".
Obsérvese que no es la fe y las obras lo que vale, sino "la fe QUE obra". Es la fe la que puede obrar en ella misma, y lo hace. Es eso, y solamente eso, lo único que vale para todos, en todo tiempo y lugar.
La fe viene únicamente de Dios; y obra solamente las obras de Dios. Así, aquel que –en Cristo Jesús– tiene "la fe que obra", posee aquello que es de valor para que Dios se pueda manifestar en la carne, obrando las obras de Dios. Así, "esta es la obra de Dios, que creáis en el que Él ha enviado".
De manera que "si es que hay algo bueno en vosotros, es totalmente atribuible a la gracia del Salvador compasivo… Vuestra relación con la iglesia, la forma en la que os valoran vuestros hermanos, no valdrá nada, a menos que creáis en Cristo. No es suficiente creer acerca de Él; debéis creer en Él. Habéis de depender enteramente de su gracia salvadora" (Id.).
"¿Tienes tú fe?". Ten la fe divina. "Aquí están los que guardan… la fe de Jesús".
Review and Herald, 28 marzo 1899.
XVI
Liberaci ón
"Vivid según el Espíritu, y no satisfaréis los deseos malos de la carne" (Gál. 5:16).
¡Qué magnífica promesa! Magnífica en verdad, para todo aquel que cree.
Piensa en los deseos malos de la carne. ¡Cuán extendidos están, y cuán severos son sus clamores! ¡Cuán opresivo es su dominio! ¡Cuán miserable la esclavitud que imponen al hombre!
Todo el mundo los ha experimentado –deseando hacer el bien que quiere, para hacer solamente el mal que aborrece; teniendo la voluntad de hacer lo mejor, pero sin encontrar la manera de lograrlo; deleitándose en la ley de Dios según el hombre interior, pero encontrando otra ley en sus miembros que está en pugna contra la ley de su mente, y que lo lleva en cautividad a la ley del pecado que rige en sus miembros; llevándole a clamar por fin, "¡Miserable hombre de mí! ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte?" (Rom. 7:14-24).
Gracias a Dios, hay liberación. Se encuentra en Cristo Jesús y en el Espíritu divino (Rom. 7:25; 8:1 y 2). Y siendo que en Cristo Jesús, la ley del Espíritu de vida os ha hecho libres de la ley del pecado y muerte, "vivid según el Espíritu, y no satisfaréis los deseos malos de la carne". No es solamente que haya liberación de la esclavitud a la corrupción: la gloriosa libertad de los hijos de Dios está igualmente a disposición de todo aquel que recibe al Espíritu, y vive según Él.
"Vivid según el Espíritu, y no satisfaréis los deseos malos de la carne".
Obsérvese la lista de las obras de la carne: "adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, explosiones de ira, contiendas, divisiones, sectarismos, envidias, homicidios, borracheras, orgías y cosas semejantes". No llevaréis a cabo ninguna de esas cosas; tenéis la victoria sobre todas ellas cuando vivís según el Espíritu. Así lo afirma la fiel palabra de Dios.
¿No es ese un estado deseable? ¿Acaso podemos imaginar algo mejor? Y teniendo en cuenta que se obtiene pidiéndolo y tomándolo, ¿no valdrá la pena pedirlo y tomarlo?
Acepta la liberación que Cristo ha traído para ti. Manténte, y manténte firme en la libertad en la que Cristo nos ha hecho libres.
"Pedid, y se os dará". "Porque cualquiera que pide, recibe" . "Tomad el Espíritu Santo". "Sed llenos del Espíritu". Sí, "andad en Él", el "Espíritu Santo de Dios, con el cual estáis sellados para el día de la redención".
A.T. Jones
Review and Herald, 14 marzo 1899