"Todo lo que no es de fe, es pecado" (Rom. 14:23).
Es por eso que "justificados –hechos justos– pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Rom. 5:1).
Es la fe, y no las obras, aquello mediante lo cual el hombre es salvo. "Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios: No por obras, para que nadie se gloríe" (Efe. 2:8,9).
"¿Dónde pues está la jactancia? Es excluida. ¿Por cuál ley? ¿de las obras? No; mas por la ley de la fe. Así que, concluimos que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley" (Rom. 3:27,28).
El evangelio excluye la jactancia, y ésta es la consecuencia natural de todo intento de justificación por las obras; sin embargo, el evangelio no excluye las obras. Todo lo contrario, las obras –las buenas obras– son el gran objetivo del evangelio. "Porque somos hechura suya, criados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó para que anduviésemos en ellas" (Efe. 2:10).
No hay aquí la más mínima contradicción. La distinción está entre nuestras obras y las obras de Dios. Nuestras obras son siempre deficientes; las obras de Dios son siempre perfectas; por lo tanto, a fin de ser perfectos, son las obras de Dios las que necesitamos. Pero nosotros no somos capaces de hacer las obras de Dios, ya que Él es infinito, y nosotros no somos nada. El que alguien pueda creerse capaz de hacer las obras de Dios significa la mayor presunción imaginable. Sonreímos cuando un niño de cinco años imagina que puede hacer el trabajo de su padre. ¡Cuánto más insensato para el insignificante ser humano, el que piense que puede hacer las obras del Todopoderoso!
La bondad no es algo abstracto; es acción, y la acción es exclusiva de los seres vivos. Y puesto que sólo Dios es bueno, son solamente sus obras las que tienen valor. El hombre que tiene las obras de Dios es el único que es justo. Pero puesto que ningún hombre puede hacer las obras de Dios, se deduce necesariamente que Dios nos las debe dar, si es que hemos de ser salvos. Y eso es precisamente lo que hace por todo aquel que cree.
Cuando los judíos, en su suficiencia, preguntaron, "¿Qué haremos para que obremos las obras de Dios?" Jesús respondió, "Esta es la obra de Dios, que creáis en el que Él ha enviado" (Juan 6:28,29). La fe obra (Gál. 5:6; 1 Tes. 1:3). Trae las obras de Dios al creyente, puesto que trae a Cristo al corazón (Efe. 3:17), y en Él está toda la plenitud de Dios (Col. 2:9). "Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos" (Heb. 13:8), por lo tanto, Dios no sólo estaba, sino que está en Cristo, reconciliando el mundo a sí. Si Cristo mora en el corazón por la fe, las obras de Dios serán manifestadas en la vida; "Porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad" (Fil. 2:13).
¿Cómo sucede tal cosa? No está a nuestro alcance el comprenderlo. No necesitamos saber el mecanismo por el que así ocurre, puesto que no somos nosotros quienes lo debemos realizar. Nos basta con el hecho. No podemos comprender cómo es que Dios hace en nosotros sus obras, más de lo que podríamos realizarlas por nosotros mismos. Así, la vida del cristiano es siempre un misterio, incluso para el propio cristiano. Es una vida escondida con Cristo en Dios (Col. 3:3). Está escondida incluso de la propia vista del cristiano. Cristo en el hombre, la esperanza de gloria, es el misterio del evangelio (Col. 1:27).
En Cristo somos creados para buenas obras que Dios preparó de antemano para nosotros. Debemos simplemente aceptarlas por la fe. La aceptación de esas buenas obras es la aceptación de Cristo. ¿Cuán "de antemano" preparó Dios esas buenas obras para nosotros? "Acabadas las obras desde el principio del mundo. Porque en un cierto lugar dijo así del séptimo día: Y reposó Dios de todas sus obras en el séptimo día. Y otra vez aquí: [los incrédulos] no entrarán en mi reposo" (Heb. 4:3-5). "Empero entramos en el reposo los que hemos creído" (Id.).
Por lo tanto, el sábado –el séptimo día de la semana– es el reposo de Dios. Dios dio el sábado como una señal por medio de la cual el hombre pudiera saber que Él es Dios, y que es Él quien santifica (Eze. 20:12,20). La observancia del sábado no tiene absolutamente nada que ver con la justificación por las obras, sino que muy al contrario, es la marca y sello de la justificación por la fe; es la señal de que el hombre desecha sus propias obras pecaminosas y acepta las obras perfectas de Dios. Debido a que el sábado no es una obra, sino un reposo, es la señal de nuestro reposo en Dios, por la fe en nuestro Señor Jesucristo.
Ningún otro día de la semana que no sea el séptimo, puede ser la señal del perfecto reposo en Dios, ya que solamente en ese día reposó Dios de todas sus obras. Es el descanso del séptimo día, en el que declara que los incrédulos no pueden entrar. Sólo ese, de entre los días de la semana, es el día de reposo, y está inseparablemente relacionado con la perfecta obra de Dios.
En los otros seis días, incluyendo el primero, Dios obró. En ellos podemos y debemos también nosotros hacer lo mismo. Sin embargo, en cada uno de ellos, podemos y debemos también descansar en Dios. Tal será el caso si nuestras obras "son hechas en Dios" (Juan 3:21). Así, el hombre debe descansar en Dios cada día de la semana, pero solamente el séptimo día puede ser el sello de ese reposo.
Hay dos cosas que cabe destacar, como conclusiones evidentes de las verdades ya consideradas. Una es que apartar otro día diferente del sábado, como señal de aceptación de Cristo y de reposo en Dios, a través de Él, constituye en realidad una señal de rechazo hacia Él. Puesto que tal cosa significa la sustitución del camino de Dios por el del hombre, significa en realidad la señal de la asunción de superioridad del hombre con respecto a Dios, y de la noción de que el hombre puede salvarse a sí mismo por sus propias obras. No todos los que observan un día diferente del sábado lo hacen con una conciencia tal, desde luego. Hay muchos que aman sinceramente al Señor, que lo aceptan humildemente, y que no obstante observan otro día diferente al que Dios ha dado como el sello del reposo en Él. Es porque, sencillamente, todavía no han aprendido la expresión plena y cabal de la fe. Pero su sinceridad, y el hecho de que Dios acepta su fe no fingida, no cambia el hecho de que el día que ellos observan es el símbolo de la exaltación del hombre por encima de Dios. Cuando oigan la advertencia misericordiosa de Dios, abandonarán el símbolo de la apostasía como lo harían con un pozo de agua, al saberlo contaminado.
El otro punto es que a nadie se puede forzar a guardar el sábado, en tanto en cuanto es una señal de la fe, y nadie puede ser forzado a creer. La fe viene espontáneamente como resultado de oír la palabra de Dios. Nadie puede ni siquiera forzarse a sí mismo a creer, y todavía menos forzar a algún otro. Violentando a un hombre, puede dejarse llevar del temor hasta el punto de hacerle decir que cree, y que actúe como si creyera. Es decir, el hombre que teme al hombre más bien que a Dios, puede ser forzado a mentir. Pero "ninguna mentira procede de la verdad". Por lo tanto, puesto que el sábado es la señal de la perfecta fe, es la señal de la perfecta libertad –"la libertad gloriosa de los hijos de Dios"– la libertad que da el Espíritu; ya que el sábado, como parte de la ley de Dios, es espiritual. Y así, finalmente, que nadie se engañe a sí mismo pensando que la observancia exterior de ni siquiera el día de reposo señalado por Dios –el séptimo día– sin fe y confianza en la palabra de Dios solamente, significa guardar el sábado de Dios. Porque "todo lo que no es de fe, es pecado".
E.J. Waggoner
Bible Echo, 17 agosto 1896