El Getsemaní del Padre

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Luis Bueno

Os propongo que dediquemos un tiempo a considerar la cruz desde el punto de vista del Padre.

¿Qué debió significar para el Padre dar a su Hijo unigénito?

Tenemos un ejemplo en la experiencia de Abraham al dar a su hijo único Isaac, pero:

• Isaac no era portador del pecado

• Isaac no se enfrentaba a la muerte eterna

• Isaac nunca se sintió abandonado por su padre

En PE 126 tenemos una vislumbre de lo que sucedió en el cielo cuando se concretó el plan de la redención:

"El cielo se entristeció al saber que el hombre estaba perdido y que el mundo creado por Dios iba a poblarse de mortales condenados a la miseria, la enfermedad y la muerte, sin remisión para el ofensor. Toda la raza de Adán debía morir. Vi entonces al amable Jesús y contemplé una expresión de simpatía y tristeza en su semblante. Luego lo vi acercarse a la deslumbradora luz que envolvía al Padre. El ángel que me acompañaba dijo: 'Está en íntimo coloquio con el Padre'. La ansiedad de los ángeles era muy viva mientras Jesús estaba conversando con su Padre. Tres veces quedó envuelto por la esplendente luz que rodeaba al Padre, y la tercera vez salió de junto al Padre, de modo que ya fue posible ver su persona. Su semblante era tranquilo, exento de perplejidad y turbación, y resplandecía de amor y benevolencia inefable. Dijo entonces a los ángeles que se había hallado un medio para salvar al hombre perdido; que él había estado intercediendo con su Padre, y había obtenido el permiso de dar su vida como rescate de la raza humana y de tomar sobre sí la sentencia de muerte a fin de que por su medio pudiese el hombre encontrar perdón"

Al leer esto se plantea una cuestión: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que conocen el final desde el principio, debían saber que en algún momento el pecado iba a irrumpir en la familia humana. El pecado no fue algo que sorprendió a la Deidad.

Sin embargo, aquí vemos que, tras haber entrado el pecado en la tierra, Jesús ruega al Padre. Hemos leído cómo informó a los ángeles de que había estado intercediendo, rogando a su Padre. Y hemos leído que, no una vez ni dos, sino tres veces fue al Padre para presentarle su petición.

Si el Padre hubiese accedido la primera vez a la petición de Jesús de ser hecho el portador del pecado, ¿habría habido razón por la que Jesús debiera haber vuelto por una segunda y tercera vez? Si hubiese quedado decidido, no hubiera habido más veces, y se habría dado el informe a los ángeles después de la primera reunión. Pero aparentemente fue necesario persuadir al Padre. Jesús tuvo que insistir a fin de poder ofrecerse como sacrificio por los pecados del mundo.

¿Qué debió significar entregar a su Hijo amado, para Aquel que tiene contados cada uno de nuestros cabellos, para Aquel a quien no pasa desapercibida ni la caída de un pajarillo en tierra, para Aquel cuya compasión no conoce límites?

A veces tenemos la idea de que el Padre es distinto al Hijo en su trato con nosotros. Lo imaginamos más distante, con menor ternura, y hacemos una distinción entre la actitud de uno y otro.

Pero el pasaje que hemos leído nos dice otra cosa. Nos dice que cuando el pecado entró en el mundo, la dádiva de Jesús no fue algo maquinal, automático. El Padre tuvo una lucha terrible. Fue una lucha tan real que, tras oír a su Hijo, por dos veces el Padre despidió a Jesús para quedarse solo. ¿Qué debió cruzar su mente de amor infinito?

Debió contemplar el trato que su Hijo tendría que sufrir en esta tierra. Debió observar toda la vida de Jesús aquí entre nosotros. Debió ver a su Hijo en la encarnación, despojándose de su gloria y viniendo a hacerse un bebé indefenso a fin de ingresar en nuestra raza, que es incapaz de ver el final desde el principio. Una situación en la que sólo la fe permite avanzar por el largo y oscuro túnel.

El Padre debió ver a su Hijo amado crecer y desarrollarse, pasar por la niñez y la adolescencia para llegar a la juventud y la vida adulta rodeado de ridículo, burla y desprecio. Debió verlo en su relación con los padres terrenales a cuyo cuidado lo habría de dejar confiado. Lo debió ver aprendiendo en las rodillas de su madre la ley que él mismo proclamara anteriormente en el Sinaí.

Debió ver el principio del ministerio de Jesús. Su bautismo. Sus cuarenta días en el desierto, su agonía y sus terribles tentaciones allí. La selección de los discípulos. Debió ver cómo las personas sencillas del pueblo responderían aceptando con gozo su mensaje de salvación. Vio también la actitud de aquellos que reclamaban su condición de dirigentes espirituales, cómo finalmente arrastrarían al pueblo, y cómo su orgullo los llevaría a condenar y dar muerte a su Hijo en nombre de un supuesto interés general y unidad de su pueblo (Juan 11).

Hasta las escenas finales, el Padre debió contemplar a su Hijo en la fortaleza del Espíritu. Durante la primera parte de la vida de Jesús y de su ministerio público, Jesús haría frente a todo ataque de Satanás en la seguridad de que el Padre estaba con él. Y en esa seguridad Jesús sería como una roca inquebrantable y vencería en cada conflicto.

Pero el Padre debió entonces contemplar el Getsemaní. Sería allí donde por vez primera Jesús comenzaría a experimentar la angustia desgarradora de la separación de su Padre. Ahora contempla a su Hijo, no como a la Roca inquebrantable, sino como a un ser indefenso en las manos de su enemigo despiadado y cruel. Ahora ve a su Hijo amado como al Cordero que es llevado al matadero.

¿Qué sentiríais si uno de vuestros hijos os fuera secuestrado para enfrentarse a la tortura y la muerte? Terrible, sin duda, pero por tanto tiempo como pudieseis mantener alguna comunicación con él, podríais darle la seguridad de que lo seguís queriendo.

Pero imaginad ahora que queda interrumpido el contacto con vuestro hijo en el momento de su más extrema necesidad e indefensión. No sólo eso. Además, vuestro hijo siente que sois vosotros quienes le habéis colgado el teléfono, quienes habéis interrumpido la comunicación.

Vosotros sabéis que no es así, que sentís hacia vuestro hijo más amor que nunca. Pero ¿qué piensa el niño? Cuando Cristo fue hecho plenamente el portador del pecado del mundo, ese contacto con su Padre del que tanto dependía, resultó interrumpido en lo que respecta a su percepción. Para el Hijo resultaba terrible: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" ¿Qué debió ser para el Padre? Esa debió ser la lucha del Padre en el cielo. Debió observar el momento en el que su Hijo se iba a sentir totalmente abandonado, no sólo de su familia, sus discípulos y su pueblo, sino también de él, su Padre; y ese pensamiento debió quebrantar su corazón.

Por dos veces hubo un suspense. El asunto no quedó aún resuelto.

Finalmente, en el cielo, Jesús se dirige al Padre por tercera vez para rogarle. Nos podemos preguntar si el Padre sintió alivio, o congoja, al recibir aquella tercera visita de su Hijo amado. Nuevamente Jesús ruega al Padre que le permita ser el sacrificio por tus pecados y los míos, por los pecados del mundo. Jesús ruega al Padre que le permita sufrir la muerte que es la paga del pecado, la que corresponde a todo ser humano, a ti y a mí, para que tú y yo no tengamos que sufrirla y podamos vivir eternamente. El Padre tiene que decidir a quién entregará a la muerte. Sólo caben dos posibilidades, y son mutuamente excluyentes. ¿Entregará al mundo -te entregará a ti-? ¿O entregará a su Hijo amado? ¿Permitirá que Cristo se entregue a la muerte por tus pecados, o permitirá que te pierdas para siempre?

¿Cómo os sentiríais, si tuvieseis que abandonar a la muerte a uno de vuestros dos hijos, para poder salvar la vida del otro?

Acceder ahora al ruego de su Hijo significaba negarle en el Getsemaní su angustiosa petición, elevada tres veces en medio de la mayor agonía. Tuvo que contemplar a Jesús rogándole no tener que beber esa amarga copa, si era posible. Pero el Padre sabe que no es posible evitarla, que la tendría que beber hasta el final si nos había de salvar. En el Getsemaní, el Padre vio a Jesús aferrándose por tres veces a la tierra como si quisiera frenar esa caída en el abismo sin fondo de la separación eterna del Padre. ¿A qué podía ahora aferrarse el Padre? Ese era su Getsemaní.

Finalmente se tomó la decisión. "De tal manera amó Dios al mundo [y a ti y a mí], que DIO a su Hijo unigénito". No fue un préstamo por 33 años y medio. Jesús es el don eterno de Dios a cada ser humano que nace en este mundo.

No es difícil imaginar al Padre y al Hijo fundidos en un abrazo eterno. Se trata de un episodio en ese "consejo de paz entre ambos" del que escribió Zacarías (6:13).

Hasta el nacimiento de Jesús en la tierra no debió ser una época de alegre fiesta en el cielo. ¡Cuánto habría dado el Padre para poder asegurar a su Hijo mientras colgase de la cruz y se sintiera totalmente abandonado, que él estaría realmente allí, a su lado! ¡Cómo desearía que en esos momentos su Hijo pudiera tener la seguridad de su amor! ¿Dónde estaría entonces el Padre?

El Salmo 18:4-11 es una descripción inspirada que nos da detalles sobre Cristo y el Padre en Getsemaní y en la cruz, que no encontramos en el relato del Nuevo Testamento. Oíd los pensamientos de Jesús en su hora amarga, y la reacción del Padre:

"Me rodearon ligaduras de muerte, Y torrentes de perversidad me atemorizaron. Ligaduras del Seol me rodearon, Me tendieron lazos de muerte. En mi angustia invoqué a Jehová, y clamé a mi Dios. Él oyó mi voz desde su templo, y mi clamor llegó delante de él, a sus oídos. La tierra fue conmovida y tembló; se conmovieron los cimientos de los montes, y se estremecieron, porque se indignó él. Humo subió de su nariz, y de su boca fuego consumidor; carbones fueron por él encendidos. Inclinó los cielos, y descendió; y había densas tinieblas debajo de sus pies. Cabalgó sobre un querubín, y voló; voló sobre las alas del viento. Puso tinieblas por su escondedero, por cortina suya alrededor de sí; oscuridad de aguas, nubes de los cielos".

"En esa densa oscuridad, se ocultaba la presencia de Dios. Él hace de las tinieblas su pabellón y oculta su gloria de los ojos humanos. Dios y sus santos ángeles estaban al lado de la cruz. El Padre estaba con su Hijo" (DTG 702)

Ciertamente "Dios estaba en Cristo reconciliando consigo el mundo" (2 Corintios 5:19)

Pero, aunque el Padre estaba con el Hijo, su presencia estaba velada, de forma que el Hijo no podía sentirla. Había de morir la muerte de la que nos salva: una muerte en la que no hay esperanza de resurrección ni seguridad alguna, sino sentimiento de lobreguez y condenación eterna. Sólo por la fe había de transitar el valle de sombra y de muerte. Sólo el amor supremo -no la esperanza de recompensa- podía enfrentar y superar esa experiencia.

"El Salvador no podía ver a través de los portales de la tumba. La esperanza no le presentaba su salida del sepulcro como vencedor ni le hablaba de la aceptación de su sacrificio por el Padre" (DTG 701)

"En aquella hora terrible Cristo no fue consolado por la presencia del Padre. Pisó solo el lagar, y del pueblo no hubo nadie con él" (DTG 702)

¿Dónde está la presencia sostenedora de Dios en los momentos amargos; en el día en que esas tinieblas tan densas ocultan de tu vista al Salvador y hacen que te sientas abandonado?

Una noche vi en sueños que con Jesús caminaba

junto a la orilla del mar bajo una luna plateada.

Soñé que veía en los cielos mi vida representada

en una seria de escenas que en silencio contemplaba.

Dos pares de firmes huellas en la arena iban quedando

mientras con Jesús andaba como amigos conversando.

Miraba atento esas huellas reflejadas en el cielo,

pero algo extraño observé y sentí gran desconsuelo.

Observé que algunas veces, al reparar en las huellas,

en vez de ver los dos pares, veía sólo un par de ellas.

Y observaba también que aquel sólo par de huellas

se advertía mayormente en mis noches sin estrellas;

en las horas de mi vida llenas de angustia y tristeza,

cuando el alma necesita más consuelo y fortaleza.

Pregunte triste a Jesús:

"Señor, ¿no has prometido que en mis horas de aflicción siempre andarías conmigo?

Noto con tristeza que en medio de mis querellas,

cuando más siento el sufrir, veo sólo un par de huellas.

¿Dónde están las otras dos que indican tu compañía

cuando la tormenta azota sin piedad la vida mía?"

Jesús me contestó con ternura y comprensión:

"Escucha bien, hijo mío. Comprendo tu confusión.

Siempre te amé y te amaré,

y en tus horas de dolor siempre a tu lado estaré para mostrarte mi amor.

Mas si ves sólo dos huellas en la arena al caminar,

y no ves las otras dos que se debieran notar,

es que en tu hora afligida, cuando flaquean tus pasos,

no hay huellas de tus pisadas porque te llevo en mis brazos".

Antes de pensar en lo que hemos de sacrificar o entregar por Cristo, pensemos en el sacrificio, en el don que tuvo hacer el Cielo para que tengamos su vida eterna.

Cuando ponemos los ojos en Jesús, cuando vemos lo que costó la dádiva del Hijo de Dios, nuestra carga se vuelve "ligera", nuestro yugo, "fácil". Cuando sentimos el amor eterno del Padre y del Hijo hacia nosotros, el pecado pierde su poder de engaño y atracción. El amor de Cristo nos constriñe, y podemos afirmar con Pablo:

"Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén" (Efesios 3:14-21).

Luis Bueno, 1996-2023