Esfuérzate en la gracia

...

Luis Bueno

En Joyas de los testimonios vol. 2, página 69 se lee:

"Ninguno de nosotros recibirá jamás el sello de Dios mientras nuestros caracteres tengan una mancha. Nos toca a nosotros remediar los defectos de nuestro carácter, limpiar el templo del alma de toda contaminación. Entonces la lluvia tardía caerá sobre nosotros como cayó la lluvia temprana sobre los discípulos en el día de Pentecostés".

Ese párrafo no es una cita aislada. Ellen White es consistente en señalar que la obra de expulsar el pecado nos corresponde a nosotros. Por ejemplo:

"Bajo la influencia del Espíritu de Dios, el hombre está libre para elegir a quien ha de servir. En el cambio que se produce cuando el alma se entrega a Cristo, hay la más completa sensación de libertad. La expulsión del pecado es obra del alma misma. Por cierto, no tenemos poder para librarnos a nosotros mismos del dominio de Satanás; pero cuando deseamos ser libertados del pecado, y en nuestra gran necesidad clamamos por un poder exterior y superior a nosotros, las facultades del alma quedan dotadas de la fuerza divina del Espíritu Santo y obedecen los dictados de la voluntad, en cumplimiento de la voluntad de Dios" (DTG, 431).

"No es suficiente que nos limitemos a la simple expresión de fe. Se necesita más que un asentimiento nominal. Debe haber un conocimiento real; una experiencia genuina en los principios de la verdad que está en Cristo. El Espíritu Santo debe obrar en el interior para exponer estos principios a la fuerte luz de un conocimiento claro acerca de ellos, y, al conocer su poder, dejar que actúe en la vida. La mente debe rendir obediencia a la real ley de la libertad, que es impresa en el corazón y llega a ser entendida plenamente gracias al Espíritu Santo. La expulsión del pecado debe ser un acto del mismo ser, basado en el ejercicio de sus más nobles facultades. La única libertad de la cual puede disfrutar la voluntad finita está en ponerse en armonía con la voluntad de Dios, cumpliendo con las condiciones que le permiten al hombre ser participante de la naturaleza divina por haber huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia" (RP, 59).

En ambos casos Ellen White destaca el elemento clave de la elección humana. Creo que ese es el motivo para el énfasis que pone en nuestro papel en ese proceso de la expulsión del pecado.

Ciertas expresiones (por ejemplo la examinada, en la que el Espíritu de profecía atribuye al hombre una función que en otros lugares queda asignada al propio Dios) se comprenden mejor al reconocer una característica que se puede llamar la naturaleza paradójica de la verdad.

Muy a menudo la verdad se expresa en dos aspectos diferenciados que no están en contradicción, sino que son complementarios. De hecho, ambos son necesarios para que se mantenga la estructura y se dé un resultado. Una buena ilustración son las dos vertientes de un tejado. Cada una de las dos por separado no cumpliría su función, y además caería sin la otra.

Dios nos da el evangelio: la buena nueva de lo que ha hecho, está haciendo y hará por nosotros; pero también nos da su súplica, consejo o advertencia de que hagamos nuestra parte: andar en el Espíritu, en su ley.

Lo anterior es una gran simplificación, ya que el evangelio incluye la dádiva de la fe y la capacidad de elegir, mediante las que podemos responder al evangelio y reflejar ese amor a Dios y al prójimo: guardar la ley.

Para efectos de salvación es importante reconocer que el poder está en el evangelio (Rom 1:16), no en la ley (Rom 8:3).

En el centro de ambas facetas, en el lugar donde se encuentran (el vértice del tejado) está nuestra elección. Elección implica el ejercicio de la fe. Dado que la propia fe y la capacidad de elegir son dones que Dios nos dio en Cristo, la jactancia queda excluida.

El poder está en Dios, y la capacidad de elegir -la fe- nos la da Dios también (Rom 12:3). Todo eso es evangelio.

Ahora bien, aunque el Señor nos da la capacidad de elegir, no nos da la elección; y aunque nos da la fe, no nos da el ejercicio de la fe (si lo hiciera, nos estaría retirando la libertad en la que se basa su gobierno de amor). Por consiguiente, hemos de ejercitar la fe, hemos de ejercer esa capacidad de elegir: esa es nuestra parte en la expulsión del pecado. Creo que ese es el sentido que tienen las declaraciones a propósito de que "remediar los defectos de nuestro carácter, limpiar el templo del alma de toda contaminación", es algo que "nos toca a nosotros" (2 JT, 69).

Esa misma obra, vista "desde el otro lado del tejado", se expresa así:

"[El Señor:] Esparciré sobre vosotros agua limpia y seréis purificados de todas vuestras impurezas, y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros. Quitaré de vosotros el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi espíritu, y haré que andéis en mis estatutos y que guardéis mis preceptos y los pongáis por obra. Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres, y vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios. Yo os guardaré de todas vuestras impurezas … Os limpiaré de todas vuestras iniquidades" (Eze 36:25-29 y 33).

Lo anterior aclara más allá de toda duda que el "motor", la causa de esa obra de purificación, está exclusivamente en el Señor; pero no puede producir resultados sin que giremos la llave de contacto del motor y pisemos el acelerador: cosas ambas que el Señor ha puesto en nuestra mano y en nuestro pie.

Un ejemplo bíblico de ese principio de la naturaleza paradójica de la verdad es el de Filipenses 2, siendo (a) una vertiente del tejado y (b) la otra:

(a) "Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor" (Fil 2:12): es el equivalente a lo que leído en 2 JT, 69: "Nos toca a nosotros remediar los defectos de nuestro carácter".

(b) "Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad" (Fil 2:13): es el equivalente a este párrafo de 2 JT en la página siguiente (70): "Nadie necesita decir que su caso es desesperado, que no puede vivir como cristiano. Con la muerte de Cristo ha sido hecha amplia provisión para toda alma. Jesús es nuestro auxilio constante en tiempo de necesidad".

A continuación sigue una amonestación a tomar la decisión correcta, a ejercer la fe: "Invoquémosle con fe, que él prometió oír y contestar nuestras peticiones". También en el párrafo siguiente de la página 70 (2 JT) hay una admonición a ejercer la "fe viva y activa". Cuando se hace esa elección, cuando se ejercita la fe viva y activa, esa fe siempre "obra por el amor" (Gál 5:6) y purifica el alma. Ellen White escribió esa expresión en más de sesenta ocasiones. Por ejemplo:

"Las buenas obras no pueden comprar la salvación, pero son una evidencia de la fe que obra por el amor y purifica el alma. Y aunque la recompensa eterna no nos es concedida por causa de nuestros méritos, estará, sin embargo, en proporción con la obra hecha por medio de la gracia de Cristo" (DTG, 281).

Tenemos aquí otra evidencia del carácter paradójico de la verdad:

"El Juez dijo: 'Todos serán justificados por su fe, y juzgados por sus obras'" (1 JT, 522).

Eso es así debido a que "la fe [siempre] obra por el amor".

Un ejemplo aun más escueto del mismo principio es este:

"Esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús" (2 Tim 2:1).

Otro ejemplo del carácter paradójico de la verdad es el que expone Pedro, quien se refiere en estos términos al evangelio, a la dádiva de Dios en Cristo:

(a) "Todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia; por medio de estas cosas nos ha dado preciosas y grandísimas promesas" (2 Ped 1:3-4).

Pero a continuación nos aconseja así:

(b) "Por esto mismo, poned toda diligencia en añadir a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.

Si tenéis estas cosas y abundan en vosotros, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Pero el que no tiene estas cosas es muy corto de vista; está ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados" (Id, v. 5-9).

Son los dos aspectos de la misma verdad (paradójica), y ciertamente Pedro insiste en el factor clave:

"Procurad hacer firme vuestra vocación y elección, porque haciendo estas cosas, jamás caeréis" (v. 10).

Se trata de la obra de Dios, pero él no puede llevarla a cabo sin nuestra cooperación, sin nuestro consentimiento, y nos amonesta a elegir permitirle que lo haga.

"Este es el poder gobernante en la naturaleza del hombre, la facultad de decidir o escoger … Dios dio a los hombres el poder de elegir; a ellos les toca ejercerlo. No podéis cambiar vuestro corazón, ni dar por vosotros mismos sus afectos a Dios; pero podéis escoger servirle. Podéis darle vuestra voluntad, para que él obre en vosotros tanto el querer como el hacer, según su voluntad" (CC, 47-48).

Es significativo que en las dos ocasiones en que Ellen White señala la necesidad de estar "sin mancha" (en esa sección de 2 JT, páginas 69 y 71), el contexto es el mismo: la necesidad de no seguir a ningún hombre de esta tierra como guía espiritual, por bondadoso o capaz que pueda ser o haber sido: "Cada uno debe escudriñar la Biblia por su cuenta" (p. 69); "Escudriñad las Escrituras por vosotros mismos" (p. 71).

Las buenas nuevas respecto a estar "sin mancha" radican en el medio para lograrlo: "la sangre del Cordero", que es en ella misma un gran compendio del evangelio, del poder de Dios para salvación a todo aquel que cree:

"Ahora es cuando debemos lavar el manto de nuestro carácter y emblanquecerlo en la sangre del Cordero" (2 JT, 70).

Como en el caso del pueblo de Israel esclavo en Egipto, Dios le dio su ley en el Sinaí, pero no lo salvó de Egipto (esclavitud del pecado) mediante la ley, sino mediante la sangre del cordero: esa es una vertiente del tejado. Pero no bastaba con esa sangre derramada: el israelita tenía que aplicarla a cada casa y a cada persona (la segunda vertiente del tejado).

Esta es otra admirable paradoja: la sangre (roja) blanquea las ropas. Respecto al sellado de los 144.000 -vivos cuando Jesús regrese-, leemos:

"Estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas" (Apoc 7:9).

En Apocalipsis 14:5 matiza que están "sin mancha". Y el secreto de esa blancura inmaculada en sus ropas es este:

"Han salido de la gran tribulación; han lavado sus ropas y las han blanqueado en la sangre del Cordero" (Apoc 7:14).

"La sangre del Cordero" son siempre buenas nuevas. En el cielo no tendremos memoria alguna de nuestros esfuerzos, de nuestras decisiones (importantes como fueron) o de nuestras "obras" en esta tierra, pero pasaremos la eternidad profundizando en el misterio inagotable del evangelio, y

"Cristo colgando de la cruz era el evangelio" (EGW, 6 CBA, 1113).

"A medida que los años de la eternidad transcurran, traerán consigo revelaciones más ricas y aun más gloriosas respecto de Dios y de Cristo. Así como el conocimiento es progresivo, así también el amor, la reverencia y la dicha irán en aumento. Cuanto más sepan los hombres acerca de Dios, tanto más admirarán su carácter. A medida que Jesús les descubra la riqueza de la redención y los hechos asombrosos del gran conflicto con Satanás, los corazones de los redimidos se estremecerán con gratitud siempre más ferviente, y con arrebatadora alegría tocarán sus arpas de oro; y miríadas de miríadas y millares de millares de voces se unirán para engrosar el potente coro de alabanza" (CS, 657.1; granate: 736-737).

Luis Bueno, 12/6/2020