La recompensa (eterna) no es el motivo

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Luis Bueno

Excepto para la mente que no ha conocido a Cristo y permanece anclada en el viejo pacto

Se presenta a los justos preguntando qué hicieron para que se los recompense con tanta prodigalidad. Tuvieron en sus corazones la presencia de Cristo, fueron imbuidos de su Espíritu y sin esfuerzo consciente de su parte, sirvieron a Cristo en la persona de sus santos y por lo tanto lograron ciertamente la recompensa. Pero no tuvieron en cuenta el premio que iban a recibir, y la expectativa de él no formó parte del motivo que los impulsó a actuar en su servicio. Lo que realizaron fue hecho por amor a Cristo y al prójimo, y Jesús se identifica con la humanidad que sufre, y considera como hechos a él mismo todos los actos de simpatía, compasión y amor que se hayan realizado en favor de los hombres { MSV 352.4; Mar.342.2 }

En un sentido secundario todos debemos tener en cuenta la recompensa. Pero al mismo tiempo que apreciamos la bendición prometida, debemos confiar plenamente en Jesucristo, creer que él obrará con justicia y que nos recompensará de acuerdo con nuestras acciones. La dádiva de Dios es vida eterna, pero Jesús no desea que estemos tan ansiosos con respecto a nuestra recompensa como al hecho de que hagamos su voluntad porque es correcto hacerlo, al margen de toda ganancia... { MSV 352.5; Mar.342.3 }

No es el temor al castigo, o la esperanza de la recompensa eterna, lo que induce a los discípulos de Cristo a seguirle. Contemplan el amor incomparable del Salvador, revelado en su peregrinación en la tierra, desde el pesebre de Belén hasta la cruz del Calvario, y la visión del Salvador atrae, enternece y subyuga el alma. El amor se despierta en el corazón de los que lo contemplan. Ellos oyen su voz, y le siguen { DTG 446.2; DA.480.3 }

Hay quienes profesan servir a Dios a la vez que confían en sus propios esfuerzos para obedecer su ley, desarrollar un carácter recto y asegurarse la salvación. Sus corazones no son movidos por algún sentimiento profundo del amor de Cristo, sino que procuran cumplir los deberes de la vida cristiana como algo que Dios les exige para ganar el cielo. Una religión tal no tiene valor alguno. Cuando Cristo mora en el corazón, el alma rebosa de tal manera de su amor y del gozo de su comunión, que se aferra a Él; y contemplándole se olvida de sí misma. El amor a Cristo es el móvil de sus acciones. { CC 44.2; SC.44.2 }

El amor a Dios es el fundamento mismo de la religión. De nada valdría dedicarse a su servicio meramente por la esperanza del galardón o por el temor al castigo. Una franca apostasía no ofendería más a Dios que la hipocresía y un culto de mero formalismo { PP 501.3; PP.523.1 }

Jesús no desea que ambicionemos la recompensa, sino que tengamos la ambición de realizar la voluntad de Dios porque es su voluntad, sin tomar en cuenta la recompensa que hayamos de recibir { EJ 337.2; LHU.343.2 }

La dádiva de Dios es vida eterna. El Señor quiere que todos los que recibimos su gracia confiemos enteramente en él. Nos pide que ejercitemos una fe pura y sencilla, dependiente de él, sin la menor preocupación por la recompensa que hayamos de recibir. Debemos trabajar afanosamente en su servicio, demostrando perfecta confianza en que él juzgará con justicia. { EJ 337.3; LHU.343.3 }

En la descripción de la escena del juicio, cuando los justos reciben su recompensa, y se pasa sentencia sobre los malvados, se representa a los justos preguntándose qué han hecho para merecer tal recompensa. Pero abrigaron una constante fe en Cristo. En ellos moraba su Espíritu, y realizaron espontáneamente para Cristo, en la persona de sus santos, aquellos servicios que producen una recompensa segura. Pero nunca tuvieron el propósito de trabajar con el fin de recibir una compensación. Consideraron que su más alto honor consistía en trabajar como Cristo lo había hecho. Lo que hicieron fue llevado a cabo por amor a Cristo y a sus semejantes, y Aquel que se había identificado con la humanidad sufriente consideró estos actos de amor y compasión como si hubieran sido hechos para él... { EJ 337.4; LHU.343.4 } (337).

En Génesis leemos que Dios dijo a Abram: "No temas, yo soy tu escudo, tu galardón sobremanera grande" (Gén 15:1-2). En su fe -por entonces debilitada-, Abram interpretó que Dios (1) lo protegería de la ira de los reyes que acababa de derrotar (era "su escudo"), y (2) que le iba a dar algo sobremanera grande (el "galardón"). En consecuencia, le preguntó qué iba a darle, en qué consistiría esa recompensa. Pero Dios ya le había dado el galardón sobremanera grande. El galardón era Dios mismo, el gran "Yo soy", que se había dado a Abram, de la misma forma en que ha dado a su Hijo unigénito a cada ser humano (Juan 3:16).

Quien ha comprendido algo de la magnitud del don de Dios en Cristo, no estará interesado en ningún otro galardón secundario, sino en vivir para alabar y honrar a su Creador, Redentor y Sustentador, a su Galardón sobremanera grande.

Por ese motivo, los justos se sorprenderán cuando Dios les recuerde lo que hicieron por él. Su sorpresa significa que nunca trabajaron para lograr la recompensa. Su motivación no fue PARA (para lograr algo, aunque sea un bien eterno), sino PORQUE (porque fueron constreñidos por el amor de Cristo, por la recompensa que ya habían recibido). Las motivaciones resumidas en el concepto PORQUE y PARA denotan respectivamente la mentalidad del nuevo pacto (don y promesa unilateral), o bien la del viejo pacto (acuerdo bilateral).

La religión consiste en cumplir las palabras de Cristo; no en obrar para merecer el favor de Dios, sino porque, sin merecerlo, hemos recibido la dádiva de su amor { DMJ 125.3; MB.149.2 }

La motivación de la recompensa eterna debió ser la que inspiró la letra de un himno que entonamos generalmente de forma irreflexiva:

'Aunque en esta vida no tenga riquezas, sé que allá en la gloria tengo mi mansión'.

Sin ninguna duda esa expresión de codicia "santificada" fue escrita con la mejor intención (con celo, pero sin ciencia), de igual forma en que la cantamos con nuestra mejor intención. La mente del autor parecía incapaz de comprender que esa gloria del mas allá no está caracterizada por la mansión que tendré, sino por la presencia de Cristo. Esa misma presencia de Cristo es la que se espera que caracterice y motive la vida de cada creyente de este lado de la eternidad.

No hemos de pensar en el galardón, sino en el servicio … Dios mismo es el gran Galardón, que abarca todo lo demás { DMJ 71.1; MB.81.2 }

La recompensa eterna nunca será la motivación primaria para quien ha conocido y gozado del don de Cristo.

Luis Bueno, 10 febrero 2023