La pandemia y la gracia Mientras leo noticias informando de que países como Inglaterra o Estados Unidos prevén tener una tasa de fallecimientos de entre 100.000 y 300.000 personas como tú y yo, debido a la irrupción de la enfermedad llamada COVID-19 (CO: corona; VI: virus; D: disease; 19: 2019, año de su aparición), Suena el teléfono Recibo una de las llamadas que más aprecio: la de mi madre, que se acerca a los 99 años. Recientemente ha escuchado un canto que hace referencia a la visión que Ezequiel describe en el primer capítulo del libro que lleva su nombre, y me pregunta qué pienso sobre su significado. Esa visión habla de cuatro seres con cuatro rostros, uno en cada dirección de los cuatro puntos cardinales, de forma que al desplazarse no tienen necesidad de girarse. Un rostro es de persona, otro de águila, otro de león y otro de buey (nos sugieren respectivamente: 1-inteligencia, 2-perspicacia/velocidad, 3-fortaleza, y 4-perseverancia / fidelidad). El espíritu de esos seres está en las "ruedas", que no son estructuras simples, sino una rueda dentro de la otra. Dichas ruedas están llenas de ojos, y en sus desplazamientos relampagueantes se mueven de forma sincrónica con cada uno de los seres a los que están asociadas. Es una escena que desafía la imaginación por su tremenda complejidad. Sin embargo, todo funciona en perfecto orden, con celeridad y eficacia. ¿Cuál puede ser el significado y la causa por la que aparece esa visión justo en la introducción de la profecía de Ezequiel? Leemos en el último versículo de ese primer capítulo: Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová. Y luego que yo la hube visto, caí sobre mi rostro. Si no hemos caído sobre nuestro rostro es sin duda por no haber percibido la realidad de esa visión tal como lo hizo el sacerdote y profeta que la describe. ¿Qué relevancia tiene en la situación pandémica actual esta lección que el Señor quiere darnos en esa escritura? Cuando miramos el mundo lejano y cercano que nos rodea, la impresión que tenemos es de caos más bien que de orden, y aun menos de perfección y eficacia. Sabemos ciertamente que en el cielo hay perfecto orden y armonía, pero estamos tentados a ceder a una idea desalentadora: la de que de alguna forma, nuestro planeta debe estar desconectado del Cielo. La reciente pandemia nos ha recordado de forma inmediata que como pueblo remanente disfrutamos de la singular bendición del don profético, que anunció: Satanás producirá enfermedades y desastres al punto que ciudades populosas sean reducidas a ruinas y desolación. Ahora mismo está obrando. Ejerce su poder en todos los lugares y bajo mil formas: en las desgracias y calamidades de mar y tierra, en las grandes conflagraciones, en los tremendos huracanes y en las terribles tempestades de granizo, en las inundaciones, en los ciclones, en las mareas extraordinarias y en los terremotos. Destruye las mieses casi maduras y a ello siguen la hambruna y la angustia; propaga por el aire emanaciones mefíticas y miles de seres perecen en la pestilencia. Estas plagas irán menudeando más y más y se harán más y más desastrosas. La destrucción caerá sobre hombres y animales (El conflicto de los siglos, 576). Bajo el control divino En la página 393 de Profetas y reyes, tras reproducir los textos citados de Ezequiel, Ellen White escribe: Las ruedas eran tan complicadas en su ordenamiento, que a primera vista parecían confusas; y sin embargo se movían en armonía perfecta. Seres celestiales, sostenidos y guiados por la mano que había debajo de las alas de los querubines, impelían aquellas ruedas; sobre ellos, en el trono de zafiro, estaba el Eterno; y en derredor del trono, había un arco iris, emblema de la misericordia divina. Como las complicaciones semejantes a ruedas eran dirigidas por la mano que había debajo de las alas de los querubines, el complicado juego de los acontecimientos humanos se halla bajo el control divino. En medio de las disensiones y el tumulto de las naciones, el que está sentado más arriba que los querubines, sigue guiando los asuntos de esta tierra. En los días nublados no solemos reparar en que por encima de esas nubes sigue brillando el sol. Cuando viajamos en avión y en el ascenso atravesamos las nubes para emerger a la realidad de un día despejado con su sol radiante, no podemos evitar la sorpresa de percibir esa realidad de una forma en que, aun sabiéndolo, nos resultaba difícil recordar mientras estábamos en tierra. Todos nuestros sentidos nos dicen en la actualidad que este mundo está rodeado por una atmósfera infecciosa. Cualquier cosa que respiramos o tocamos puede significar la inoculación del virus más contagioso que se ha conocido en años. ¿Será posible que esa realidad oculte de nuestra percepción otra realidad tan cierta como el sol que brilla a mediodía sobre las nubes? Así la expresó Ellen White en El camino a Cristo: En el don incomparable de su Hijo, Dios rodeó al mundo entero con una atmósfera de gracia tan real como el aire que circula en derredor del globo. Todos los que decidan respirar esta atmósfera vivificante vivirán y crecerán hasta alcanzar la estatura de hombres y mujeres en Cristo Jesús (página 68). La atmósfera epidémica nada puede hacer en contra de esa atmósfera de gracia en la que vive el mundo, gracias al don de Jesucristo. Debiéramos recordarlo cada vez que inspiramos, incluso si la tos interrumpiera esa respiración, o si nos aflige la fiebre. Dios no dio aquella visión a Ezequiel con el especial propósito de impresionar al profeta -ni a nosotros- con la grandeza de las cosas del cielo. Esa compleja, sofisticada, pero rápida, eficaz, perfectamente coordinada maquinaria que describe Ezequiel, es una revelación de la gloria de Jehová, de su carácter, puesto en acción para redimir este planeta, para redimirnos de la maldición del pecado. La revelación profética que Dios iba a dar a Ezequiel en los siguientes capítulos produciría irremediablemente en él un sentimiento de caos, de desastre, de deterioro aparentemente irreversible, no ya del mundo, sino del propio pueblo escogido. Se trataba de algo mucho peor que una pandemia: eran huesos secos. Es por ello que Ezequiel tenía que comprender primeramente algo de importancia vital: el que está sentado más arriba que los querubines sigue guiando los asuntos de esta tierra La situación aparentemente desesperada de Israel no era tal. El capítulo 37 de Ezequiel da fe del poder y el cuidado de Dios para convertir lo catastrófico en un ejército triunfante. El salmista escribió (139:16): En oculto fui formado y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar ni una de ellas. Dejo el siguiente enlace a un vídeo de tres minutos que pone la lupa en otro libro relacionado: el "libro" del ADN-ARN que el Creador escribió en nuestras células: https://youtu.be/gG7uCskUOrA Podemos ver ahí una pequeña muestra de la tremenda complejidad y perfección con que Dios -especialmente Dios Hijo, el Creador- dotó a los procesos mediante los cuales tenemos vida. El vídeo muestra una simplificación didáctica de lo que en la realidad, hasta donde llega a comprender la biología, es mucho más complejo todavía. Y todo eso quedó establecido y organizado en un instante, al ser pronunciada la Palabra creadora ("Hagamos al hombre a nuestra imagen"), la misma Palabra que nos sostiene ahora con vida, y la misma Palabra que es poderosa para salvar (Juan 15:3; 1 Tesalonicenses 2:13). Lo que ha hecho el enemigo de Dios y nuestro mediante los virus, es pervertir, degenerar y emplear para el mal esos mecanismos a los que se refiere el vídeo. Pero el poder de Dios para sanar, para restaurar, no es menor que su poder para crear. Es nuestro privilegio recordar que el Eterno … sigue guiando los asuntos de esta tierra Él sigue guiando tus asuntos temporales y eternos. No hay ninguna razón para dudar que estás en buenas manos, manos en las que puedes confiar. Muchos fijan los ojos en la terrible perversidad que existe en derredor de ellos, la apostasía y la debilidad que hay por todas partes, y hablan de estas cosas hasta que su corazón está lleno de tristeza y duda. Hacen predominar ante sus mentes la obra magistral del gran engañador, se espacian en los rasgos desalentadores de su experiencia, al par que parecen perder de vista el poder y el amor sin par del Padre celestial. Todo esto está conforme con la voluntad de Satanás. Es un error pensar en el enemigo de la justicia como revestido de poder tan grande, cuando nos espaciamos tan poco en el amor de Dios y en su poder. Debemos hablar del poder de Cristo... Es cierto que vendrán desilusiones; debemos esperar tribulación; pero debemos confiar todas las cosas, grandes y pequeñas, a Dios. Él no se queda perplejo por la multiplicidad de nuestras aflicciones, ni le abruma el peso de nuestras cargas. Su cuidado vigilante se extiende a toda familia y abarca a todo individuo; él se interesa en todos nuestros quehaceres y pesares. Nota toda lágrima; le conmueve el sentimiento de nuestra flaqueza. Todas las aflicciones y pruebas que nos incumben aquí, son permitidas para que realicen sus propósitos de amor hacia nosotros, "para que recibamos su santificación", y así participemos de aquella plenitud de gozo que se halla en su presencia (5 Testimonios, 692-693). Las pruebas y aflicciones son como la fiebre: ante ciertas agresiones, nuestro cuerpo reacciona elevando su temperatura. No resulta particularmente agradable, pero se sabe que esa elevación en la temperatura es la situación en la que la respuesta inmunitaria a la invasión viral es más potente, y eso significa que, en lo posible, es preferible no luchar farmacológicamente contra la fiebre. En ese caso, aliviar puede ser contrario a curar. Lo mismo que a los jóvenes hebreos en el horno de fuego (¡eso era más que fiebre!) y que a Daniel en el foso de los leones, Dios no nos ha garantizado quedar libres DE la prueba, sino que ha prometido estar con nosotros y librarnos EN la prueba. Agradezco a Dios por haberme dado una madre como la que tengo. Le agradezco por haberle preservado la salud física, mental y espiritual hasta hoy, y le agradezco por haberme llamado la atención a través de ella al primer capítulo de Ezequiel. Ahora me postro sobre mi rostro en adoración y agradecimiento, y me encomiendo -y te encomiendo- a Aquel cuya sabiduría, justicia, poder y misericordia son tan infinitas como reales, prácticas y cotidianas. Luis Bueno, 30 marzo 2020