Obedecer al evangelio ¿Es lo mismo obedecer el evangelio que obedecer la ley? ¿Es lo mismo la ley que el evangelio? En la Biblia encontramos las expresiones "obedecer al evangelio", "obedecer la fe" y "obedecer a la verdad" en sus diversos tiempos verbales. ¿Se refieren a obedecer la ley, a HACER alguna cosa? "Crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; también muchos de los sacerdotes obedecían a la fe" (Hechos 6:7). ¿Está diciendo que muchos de los sacerdotes habían decidido guardar la ley?, ¿es esa la idea?, ¿o bien se trata de que habían reconocido que Cristo era el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, y se disponían a seguirlo? "¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado? Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír de la fe?" (Gál 3:1-2). ¿Les estaba reprochando no obedecer la ley, o bien su problema lo tenían con la gracia, con el evangelio, con Cristo? "¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! Mas no todos obedecieron al evangelio; pues Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?" (Rom 10:15-16). ¿Está hablando de obediencia, o de creer el "anuncio", la buena nueva? Puesto que el evangelio no es una ley ni una orden, obedecer el evangelio -que es una buena nueva- ha de ser aceptar de todo corazón a Cristo. "La ley y el Evangelio, revelados en la Palabra, han de ser predicados a la gente; pues la ley y el evangelio combinados convencerán del pecado. La ley de Dios, aun cuando condene el pecado, señala el evangelio, revelando a Jesucristo, en el cual "habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente". La gloria del evangelio refleja luz sobre la era judaica, dando significado a toda la economía hebrea de símbolos y sombras. Así, tanto la ley como el evangelio están combinados. En ningún discurso se los debe divorciar" (Manuscrito 21, 1891) { Ev 172.3; Ev.231.3 }. "Los religiosos generalmente han divorciado la ley y el evangelio, en tanto que nosotros, por otra parte, casi hemos hecho lo mismo desde otro punto de vista. No hemos mantenido ante la gente la justicia de Cristo y el pleno significado de su gran plan de redención. Hemos descartado a Cristo y su amor incomparable; hemos introducido teorías y razonamientos, y hemos predicado argumentos" (Manuscrito 24, 1890) { Ev 172.4; Ev.231.4 }. "Si tenemos el espíritu y el poder del mensaje del tercer ángel, debemos presentar juntos la ley y el evangelio, porque van juntos" (Obreros Evangélicos, 169; 1915) { Ev 172.5; Ev.232.1 }. De lo leído aprendemos varias cosas: • El evangelio y la ley no son lo mismo. • Es imperativo que los dos estén combinados. • Existe el peligro de provocar un divorcio entre ambos. Esta es una cuestión importante: ¿qué viene primero?: ¿la ley, o el evangelio? ¿Recordáis qué figura en el Decálogo antes de los mandamientos? -El evangelio: la buena nueva de lo que Dios hizo ya por Israel al librarlos de la esclavitud egipcia. Israel no fue liberado por la ley, sino por la sangre del Cordero. La ley les fue dada posteriormente. ¿Qué viene primero, el don de Cristo, o nuestra recepción y respuesta al don? Es lógico que no podamos recibir algo que aún no se nos ha dado, ¿no os parece? "No puede el hombre recibir nada a menos que le sea dado del cielo" (Juan 3:27). Una buena pregunta es en qué consiste realmente llevar a alguien a Cristo, 'darle el evangelio'. Teniendo en cuenta que el evangelio es la realidad de cómo Cristo vino al ser humano, cómo vino a esta tierra haciéndose uno con nosotros y tomando nuestra condenación a fin de darnos su vida -que es una vida de rectitud-, resulta que llevar las personas a Cristo es básicamente hacerles ver cómo Cristo vino a ellas. En la Biblia no existe una parábola en la que una oveja perdida tenga que ir a buscar a su pastor, pero hay una preciosa parábola en la que el Buen Pastor va a buscar a su oveja perdida. Y la busca "hasta que la halla" (Luc 15:4-7). Esa es la historia de la humanidad, y es la historia personal de cada uno de nosotros. ¡Todos estamos aquí porque Cristo, el Buen Pastor, nos encontró! Es posible reconocer un esquema recurrente en las cartas de Pablo. Consiste en dos secciones diferenciadas que aparecen en un orden concreto. Ese orden es importante: 1. Exposición del evangelio: la forma en que Dios ha venido a nosotros en Jesús, su Hijo unigénito. Es la exposición de lo que Jesús ha hecho por nosotros "en Cristo Jesús [desde] antes de los tiempos de los siglos" (2 Tim 1:9). 2. La respuesta que se espera de quien oye el evangelio. Cómo se espera que lo aceptemos y recibamos por la fe. Cuál será el resultado, cuáles los frutos de aceptar el evangelio (la verdad tal cual es en Jesús). Ese esquema se ve claramente en Romanos (1-8 / 9-16), Gálatas (1-4 / 5-6), Efesios (1-3 / 4-6), etc. En algunas epístolas, como Colosenses, no es tan evidente esa secuencia, pero permanece el principio. Por ejemplo: "A vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os vivificó juntamente con él, perdonándoos todos los pecados" [1ª sección] (Col 2:13). Hasta ahí (1º sección), todavía no nos da consejos, amonestaciones o exhortaciones. Primero expone el evangelio (buenas nuevas): lo que Dios ha hecho por todos en el don de Cristo. Y a continuación: "De la manera que Cristo os perdonó [1ª sección], así también hacedlo vosotros [2ª sección]" (Col 3:13. También Efe 4:32, Juan 15:12 y 1 Juan 3:16). Dios nunca nos pide que hagamos por nuestro prójimo [respuesta al evangelio] algo que él no haya hecho ya previamente por nosotros [evangelio]. A lo largo de toda la Biblia, lo que Dios es y lo que ha hecho por nosotros es la motivación y fundamento moral de todo "deber" cristiano. En el plan de Dios los buenos consejos no vienen antes de las buenas nuevas. Jesús no puede ser nuestro ejemplo antes de ser nuestro Salvador. Ese orden es importante. En el Antiguo Testamento: • Es Dios quien busca a Adán tras la caída. Adán se estaba escondiendo de Dios. El primer paso en la redención no fue que Adán buscara a Dios. Lo primero que le dio no fue la ley, sino una vestidura de pieles y una promesa de redención. • Isaías 44:22: "Vuélvete a mí, porque yo te redimí". • Jeremías 31:3: "Jehová se manifestó a mí ya mucho tiempo ha, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto, te soporté con misericordia". • Éxodo 20:2: "Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de siervos". En el Nuevo Testamento la idea está expresada con mayor claridad: "Dios, que es rico en misericordia, por su mucho amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo; por gracia sois salvos" (Efe 2:4-5). No convertimos a Cristo en nuestro Salvador creyendo en él, sino que él es, era ya nuestro Salvador. No provocamos la venida de la gracia. La gracia nos precedió: Jesús es el Cordero inmolado desde la fundación del mundo. "En el pacto, la gracia ordenó nuestra adopción" { 6T 268.3; 6TI.271.1 }. "Nos salvó y llamó con vocación santa, no conforme a nuestras obras, mas según el intento suyo y gracia, la cual nos es dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos" (2 Tim 1:9). Como leemos en Romanos 2:4, es la bondad de Dios la que nos guía al arrepentimiento y no a la inversa. No es nuestro arrepentimiento el que despierta bondad en Dios. "Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos" (Rom 5:6). "Siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo" (Rom 5:10). A veces estamos tentados a "ganar tiempo", nos parece más resolutivo ir directamente a la segunda sección, a lo que nosotros HEMOS DE HACER en respuesta al evangelio, y reunimos una lista de todos nuestros deberes; o lo que es peor, enumeramos los deberes de los demás. Dirigimos la atención al costo de seguir a Jesús, sin haberla dirigido antes a lo que costó al Cielo nuestra salvación en el don de Cristo por la eternidad. Hace años se oían entre nosotros predicaciones acerca de que tenemos que obedecer la ley. Eso ahora parece legalista, así es que preferimos decir otra cosa: 'Tenemos que amar a Dios y amarnos entre nosotros'. Eso suena mucho mejor -y es muy cierto-, pero al decirlo creemos estar predicando la gracia, el evangelio, sin embargo aún estamos predicando la ley. "Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en LA LEY? Jesús le dijo: -'Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente'. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: 'Amarás a tu prójimo como a ti mismo'. De estos dos mandamientos dependen toda LA LEY y los Profetas" (Mat 22:36-40). La ley dice que hemos de amar a Dios y al prójimo. El problema es: ¿podemos hacerlo? -No, sin haber recibido previamente la gracia, el evangelio, a Cristo. Y el evangelio no es la ley. El evangelio no es lo que hemos de hacer, sino lo que Dios ha hecho por nosotros en el don de Cristo. Dios nos ha encomendado predicar la ley, pero nunca separada de la gracia, ni tampoco precediendo a la gracia de Cristo. La ley y evangelio van unidos, pero Dios no ha puesto el poder en la ley, sino en el evangelio. "No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree, del judío primeramente y también del griego" (Rom 1:16). Como leemos en 1 Juan 4:10: "En esto consiste el amor: no que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó a nosotros". El amor de Dios por nosotros, manifestado en el don de Cristo, es el evangelio, y "el último mensaje de clemencia que ha de darse al mundo, es una revelación de su carácter de amor" (PVGM 342). ¿Cómo podemos definir en qué consiste el evangelio de Cristo, para estar seguros de no confundirlo con nuestra respuesta al evangelio? "Cristo colgando de la cruz era el evangelio. Ahora tenemos un mensaje: 'He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo'" (MS 49, 1898. 6CBA 1113). EVANGELIO significa buenas nuevas. Nunca hemos de presentar los frutos ni las demandas del evangelio, como tampoco nuestra forma de aceptarlo, a modo de sustituto o equivalente del propio evangelio. Sólo el verdadero evangelio puede dar los frutos del evangelio. Las cosas pueden hacernos perder de vista a la Persona. Quien no ha sido transformado por la contemplación del amor de Dios en Cristo, no tiene fuerzas para amar a Dios ni para amar al prójimo. La ley del amor se convierte para él en una carga pesada, en un yugo opresivo, en pura condenación. Dios no nos salva con su ley, sino con su perdón. En cierta ocasión algunos preguntaron a Jesús: "¿Qué haremos para que obremos las obras de Dios? [querían ir directamente a la segunda sección] Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios: que creáis en el que él ha enviado" (Juan 6:28-29). ¿Hay ahí una lección que podemos aprender? La disposición a HACER, junto a la dificultad para OÍR, para CREER, están ligadas a nuestra naturaleza humana caída. Excepto que reconozcamos el problema y lo enfrentemos, nos dominará. Llegó a ser un problema generalizado en nuestra denominación: "Hermanos, ¿no vamos todos nosotros a dejar nuestras cargas aquí? Cuando termine este encuentro, que pueda ser con la verdad ardiendo en nuestras almas como fuego queriendo salir de nuestros huesos. Encontraréis a quienes dirán: 'Estáis demasiado excitados con este asunto. Vuestro fervor es excesivo. No debierais estar procurando la justicia de Cristo y dándole esa importancia. Debierais predicar la ley'. Como pueblo hemos predicado la ley hasta secarnos como las colinas de Gilboa, donde no hay rocío ni lluvia. Hemos de predicar a Cristo en la ley, y entonces habrá en la predicación sabia y alimento que serán como manjares para el hambriento pueblo de Dios" { The Ellen White 1888 Materials 560.4 } (Ms 10, 1890). ¿Hemos superado el problema, o seguimos secos como las colinas de Gilboa? En 2 Corintios 13:5 tenemos la invitación: "Examinaos, probaos". Os sugiero que nos examinemos -nos probemos- analizando cuál es nuestra comprensión de dos parábolas: el buen samaritano y la perla de gran precio. A diferencia de lo que hizo en otras ocasiones, tras presentar estas dos parábolas, Jesús no las explicó. Nos encomendó esa tarea a cada uno. ¿Cómo las comprendemos? ¿Vemos en ellas el evangelio -lo que Cristo ha hecho-? ¿O vemos la ley -lo que se espera que nosotros hagamos en respuesta-? ¿Nos parecemos a los judíos de los días de Jesús en esta tierra y a los gálatas de los días de Pablo? ¿Estamos aún hoy orientados a la ley? ¿O estamos orientados a la gracia, al evangelio? EL BUEN SAMARITANO (Lucas 10:29-35). El hombre herido junto al camino, fue: • robado • despojado de sus ropas • herido y dejado medio muerto, dejado inconsciente A diferencia del levita y el sacerdote, el buen samaritano: • vino • lo vio • se compadeció de él • no le hizo ningún reproche por estar en esa condición Sin el consentimiento del hombre herido: • se acercó • echó aceite y vino en sus heridas • vendó sus heridas • lo puso sobre su cabalgadura • lo llevó al mesón y lo cuidó durante toda la noche • hizo provisión de dinero y de cuidado • pagó el coste y dejó un depósito en su favor • hizo provisión para sus necesidades futuras Nos solemos ver en el lugar del buen samaritano, y deducimos que la lección de la parábola es que hemos de ser compasivos con cualquier ser humano -prójimo- sin hacer acepción de personas. Es una aplicación válida. Pero ¿somos capaces de ver más en la parábola? ¿Podría ser que el buen samaritano represente a Cristo, quien es el Salvador del mundo sin hacer acepción de personas, y el robado y herido seamos nosotros junto al resto de la raza humana? Adán, cuando fue vencido por Satanás (y con él toda la raza), fue: • despojado de sus vestiduras • herido, magullado y golpeado • dejado medio muerto • robado • dejado inconsciente de su verdadera condición Entonces, Jesús: • vino • nos vio • tuvo compasión de nosotros • no nos reprochó nuestra condición • no nos presentó primeramente la ley Sin que se lo pidiéramos, y sin pedir nuestro consentimiento: • se acercó, haciéndose nuestro pariente más próximo • curó nuestras heridas con aceite y vino • vendó nuestras heridas • nos vistió • nos incorporó en su cabalgadura • nos cuidó durante la larga noche • hizo provisión para nuestras necesidades • nos puso bajo el cuidado de su iglesia • pagó todas nuestras deudas • hizo un depósito para nuestras futuras necesidades LA PERLA DE GRAN PRECIO (Mat 13:46). Entendemos que hemos de dejarlo todo para tener a Cristo. Cierto, pero en esa comprensión no estamos viendo el evangelio de lo que Cristo hizo por nosotros, sino solamente lo que nosotros hemos de hacer en respuesta al evangelio. ¿Somos capaces de ver también el evangelio en esa parábola? ¿Vemos cómo Cristo lo dejó todo, lo dio todo para comprarnos a nosotros? ¿Es correcto entender la parábola así, siendo Cristo el Comerciante celestial, y nosotros -la humanidad perdida- la perla de gran precio para él y para el Cielo? En nuestra historia denominacional hubo un joven que encontrándose en una carpa donde se predicaba, tuvo una vislumbre de Cristo muriendo por él personalmente. Él mismo describió el episodio como el punto crucial en su vida. Llegó posteriormente a ser pastor, y decidió dedicar su vida a hacer ver a otros el evangelio de la salvación en Cristo, y Cristo crucificado. Su nombre es E.J. Waggoner. Ellen White, quien fue su contemporánea, tras oírle en Minneapolis en unas predicaciones en las que presentaba los encantos incomparables de Cristo, escribió: "Cada fibra de mi corazón decía: Amén" (Manuscript 5, 10. Sermón, Roma, Nueva York, 19 junio 1889). { 5MR 219.1 }. Ella supo discernir allí los tonos inequívocos de la voz del Buen Pastor dispuesto a preparar a su Esposa para las bodas del Cordero, y lo hacía mediante el evangelio de la cruz, mediante la exposición de la bondad de Dios hacia nosotros; no mediante una lista de deberes, reproches o amonestaciones a la obediencia (necesaria como es). Libros que ella escribió posteriormente a esa época contienen grandes vislumbres, nuevas profundidades del amor de Dios hacia el pecador. Observa la aplicación que da a las dos parábolas que hemos considerado: "Mediante la historia del buen samaritano, Jesús pintó un cuadro de sí mismo y de su misión. El hombre había sido engañado, estropeado, robado, arruinado por Satanás y abandonado para que pereciese, pero el Salvador se compadeció de nuestra condición desesperada. Dejó su gloria para venir a redimirnos. Nos halló a punto de morir y se hizo cargo de nuestro caso. Sanó nuestras heridas. Nos cubrió con su manto de justicia. Nos proveyó un refugio seguro e hizo completa provisión para nosotros a sus propias expensas. Murió para redimirnos" (DTG 464). Ahora sí, una vez que nuestro corazón ha sido enternecido al comprender lo que Cristo ha hecho por nosotros, nos dice: "Ve, y haz tú lo mismo" (Juan 15:12). "La parábola del tratante que busca buenas perlas tiene un doble significado: se aplica no solamente a los hombres que buscan el reino de los cielos, sino también a Cristo, que busca su herencia perdida. Cristo, el comerciante celestial, que busca buenas perlas, vio en la humanidad extraviada la perla de gran precio. En el hombre, engañado y arruinado por el pecado, vio las posibilidades de la redención. Los corazones que han sido el campo de batalla del conflicto con Satanás y que han sido rescatados por el poder del amor, son más preciosos para el Redentor que aquellos que nunca cayeron. Dios dirigió su mirada a la humanidad no como a algo vil y sin mérito; la miró en Cristo, y la vio como podría llegar a ser por medio del amor redentor. Reunió todas las riquezas del universo y las entregó para comprar la perla" (PVGM 90). Lo que nos cambia, lo que nos hace ser nuevas criaturas, es Cristo: el evangelio de lo que Cristo ha hecho por cada persona, lo que está haciendo ahora por cada uno; su gracia sobreabundante que ha sido paciente con nosotros y que nunca ha dejado de buscarnos. Ahí está el poder que nos hace obedientes, que nos da un nuevo corazón, y que nos hace felices al obedecerle. Sólo recibiendo el amor de Cristo podemos estar en armonía con su ley de amor, y "El amor de Cristo está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado" (Rom 5:5). Luis Bueno, 28 diciembre 2021