Pensamientos sobre Cristo y la última generación Esta es una de las acusaciones de Satanás en el conflicto de los siglos: "Satanás declaró que para los hijos e hijas de Adán era imposible guardar la ley de Dios, y acusó así a Dios de falta de sabiduría y amor. Si no podían guardar la ley, entonces había un defecto en el Dador de la ley. Los hombres que están bajo el control de Satanás repiten esas acusaciones contra Dios, al aseverar que el hombre no puede guardar la ley de Dios. Jesús se humilló a sí mismo, revistiendo su divinidad de humanidad a fin de poder estar como cabeza y representante de la familia humana, y por precepto y ejemplo condenó el pecado en la carne, y demostró la falsedad de las acusaciones satánicas. Se sometió a las más encarnizadas tentaciones que pueda conocer la naturaleza humana, sin embargo, no pecó; ya que pecado es la transgresión de la ley. Por la fe se aferró de la divinidad, de la forma en que la humanidad puede aferrarse del poder infinito mediante Él. Aunque tentado en todo como lo es el hombre, no pecó. No claudicó en su fidelidad a Dios, tal como hizo Adán" (ST, 16 enero 1896). Si Cristo vino en la naturaleza no caída de Adán, entonces no demostró nada que no estuviera demostrado ya por miríadas de ángeles que no cayeron, así como por los pobladores de los demás mundos. Que alguien con naturaleza impecable pueda guardar la ley de Dios es algo que ya estaba sobradamente demostrado. Para hacer frente a esa acusación, Cristo tuvo que venir necesariamente tomando la misma naturaleza de los "hijos e hijas de Adán", que es naturaleza caída. Al menos hay dos motivos por los que es necesaria una demostración complementaria a la que Cristo hizo en sí mismo: la que va a repetir habitando en sus seguidores de la última generación, cuando sea consumado el misterio de Dios (Apoc 10:7 y Col 1:27): 1) Una parte del mundo (creyente) no acepta que Cristo tomó la naturaleza humana tal como existía cuando él se hizo carne. Ofuscan esa verdad evocando una supuesta exención en la ley de la herencia (católicos, exprotestantes y los adventistas que les son afines). Otra parte del mundo no acepta que Cristo "se vació de sí mismo" (Fil 2:7): no acepta que se vació de las prerrogativas de su divinidad. Creen que Cristo venció como Dios (el exprotestantismo calvinista sostiene que Cristo ni siquiera tenía la posibilidad de pecar, ya que Dios no puede ser tentado). Para todos ellos, que son la inmensa mayoría, evidentemente Cristo no pudo demostrar la falsedad de esa acusación de Satanás consistente en que los "hijos e hijas" de Adán son incapaces de guardar la ley de Dios. Eso hace necesaria otra demostración por parte de los seguidores de Cristo, de quienes no hay duda alguna respecto a su naturaleza caída (y ausencia de divinidad). 2) Aunque Cristo es el "Hijo del hombre", es un Hijo especial, en el sentido de que él nunca pecó. Exceptuándolo a él, todos los demás "hijos e hijas de Adán" hemos pecado, por consiguiente, para demostrar que todo hijo e hija de Adán -que ya pecó previamente- puede obedecer la ley de Dios, no bastaba la demostración que hizo Cristo en sus días en esta tierra. Hace falta que sus seguidores de la última generación -la que acumula toda la degradación posible causada por el pecado- haga esa demostración que convenza al mundo y al universo del poder de Dios para vencer al pecado en la peor situación, siendo que el pecado irrumpió en el universo cuando este se encontraba en su mejor situación. Sólo eso puede poner fin al conflicto y hacer que todo el universo -Satanás incluido- doble la rodilla en reconocimiento de la victoria del amor, justicia y misericordia de Dios (Isa 45:23-24; Fil 2:10). La demostración última ha de incluir la constatación de que, de igual forma en que al entrar el pecado, súbditos del reino de Dios pasaron a ser súbditos del reino del pecado y de Satanás, en virtud del plan de redención, súbditos de Satanás pasarán a ser súbditos del reino de Dios y se mantendrán como tales incluso en ausencia de la gracia para el perdón, como será el caso cuando haya terminado el tiempo de gracia. Evidentemente, Cristo nunca fue un súbdito del reino de Satanás, tal como todo el resto de hijos e hijas de Adán lo hemos sido (última generación incluida). En Cristo no se pudo demostrar que alguien con naturaleza caída y que ya pecó, puede pasar del reino de Satanás al de Dios, como es nuestro privilegio hacer por lo que Cristo logró en su vida, muerte, resurrección y ministerio en el santuario. El plan divino en el conflicto de los siglos está enfocado, no tanto a vencer, como a convencer. No había duda respecto a quién poseía el poder en el gran conflicto. Es la verdad del carácter de amor y justicia de Dios la que se puso en entredicho. Quien cree que la última generación podrá vivir sin pecar teniendo naturaleza caída; y al mismo tiempo cree que Cristo tuvo que tomar una naturaleza ventajosa -no caída- a fin de poder vivir sin pecar, en realidad está esperando que Cristo realice en sus seguidores algo que no fue capaz de realizar en sí mismo, y atribuye así a sus seguidores una proeza mayor que la del propio Salvador. Quien niega que vaya a haber una última generación que vindique a Dios, está negando la misión y razón de ser de la Iglesia adventista del séptimo día: "Temed a Dios, y dadle honra; porque la hora de su juicio es venida" (Apoc 14:7). Prestemos atención a esta expresión de 2 Cor 5:21: "LO HIZO PECADO". "Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros seamos justicia de Dios en él". De una parte, varias citas de Ellen White parecen indicar que Cristo llevó nuestros pecados ya desde antes de la cruz. Al menos, desde su tentación en el desierto, que es el contexto de las dos declaraciones que siguen: "Tomó la naturaleza humana y llevó las debilidades y la degeneración del hombre. El que no conoció pecado, fue hecho pecado por nosotros" (Confrontation, 33). "Llevando sobre sí el terrible peso de los pecados del mundo, Cristo resistió la prueba del apetito, del amor al mundo, y del amor a la ostentación que conduce a la presunción" (DTG, 91). Por otra parte, es claro que Jesús no murió por la crucifixión física, sino porque la carga de nuestros pecados quebrantó su corazón. Al respecto, Ellen White es contundente en El Deseado. Por ejemplo: "No fue el lanzazo, no fue el padecimiento de la cruz, lo que causó la muerte de Jesús. Ese clamor, pronunciado 'con grande voz' en el momento de la muerte, el raudal de sangre y agua que fluyó de su costado, declaran que murió por quebrantamiento del corazón. Su corazón fue quebrantado por la angustia mental. Fue muerto por el pecado del mundo" (DTG, 717). Si Cristo llevó nuestros pecados durante su vida en esta tierra, pero sólo le causaron la muerte en el Calvario (y se la habrían causado en Getsemaní, como también sugiere El Deseado), cabe deducir que en aquellos momentos finales cuando se sintió por primera vez abandonado del Padre, debió llevar nuestros pecados de una forma diferente a como lo había hecho anteriormente. Entonces los "llevó" tal como los llevará el pecador cuando deje de interceder la misericordia. Es decir: Cristo debió sentir la condenación, la desesperación, el sentimiento de culpa, de indignidad, de suciedad, que siente el ser humano cuando ha pecado y el Espíritu Santo trae convicción de pecado, pero sin actuar ya como Consolador: precisamente la experiencia de la segunda muerte, la que tendrán los perdidos al fin. Pero no sólo eso: entonces debió llevar nuestros pecados sintiendo la tentación a repetir y perpetuar ese pecado según la compulsión que es propia de quien se ha entregado a él y ha contraído el hábito; es decir, debió sentirse como si él mismo hubiera cometido el pecado y estuviera encadenado por dicho pecado. Jesús sintió que el Padre lo estaba tratando de acuerdo con esa experiencia: "Sintió la angustia que el pecador sentirá cuando la misericordia no interceda más por la raza culpable. El sentido del pecado, que atraía la ira del Padre sobre él como substituto del hombre, fue lo que hizo tan amarga la copa que bebía el Hijo de Dios y quebró su corazón" (701). Todo eso estaba incluido en llevar "nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero…" (1 Ped 2:24). Nuestra experiencia al recibir la justicia de Cristo, no puede ser más real y auténtica que su experiencia al tomar nuestros pecados: "…para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia. ¡Por su herida habéis sido sanados!" (Id.). Eso podría explicar textos como el de Sal 69:5, que es claramente un salmo mesiánico: "Dios, tú conoces mi insensatez, y mis pecados no te son ocultos". Según eso, Cristo demostró ya en él mismo que alguien que ha sufrido plenamente el impacto del pecado (aun sin haberlo cometido), puede vivir sin ceder al pecado: obedeciendo la ley. PERO aunque Cristo hizo esa demostración, no pudo hacerla de una forma en que resulte visible para la inmensa mayoría de la humanidad, y probablemente tampoco para el universo expectante. Por lo tanto, la resolución del conflicto de los siglos aguarda el momento en que sea incuestionable la victoria sobre el pecado en naturaleza caída, al tener lugar en seres que ya han pecado: en nosotros, de quien nadie dudará que cumplimos los dos requerimientos (tener naturaleza pecaminosa y haber pecado). En consecuencia, el alcance del testimonio de Cristo viviendo en nosotros (Col 1:27) ha de tener una extensión mayor de la que el mundo y el universo pudieron apreciar en Cristo mismo. Según lo anterior, lo que Cristo va a realizar en sus seguidores de la última generación no será algo que él no haya logrado ya en su propia experiencia. La diferencia no estará en el logro, sino en la visibilidad y alcance de lo logrado. "El que en mí cree, las obras que yo hago, él también las hará; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre" (Juan 14:12). "'Mayores que estas hará; porque yo voy al Padre'. Con esto no quiso decir Cristo que la obra de los discípulos sería de un carácter más elevado que la propia, sino que tendría mayor extensión. No se refirió meramente a la ejecución de milagros, sino a todo lo que sucedería bajo la operación del Espíritu Santo" (DTG, 620). Esa es la experiencia gloriosa que aguarda al pueblo de Dios en la consumación de los siglos, una vez que la iglesia militante haya venido a ser la triunfante, concluido ya el zarandeo, cuando hayamos recibido el Espíritu Santo en la lluvia tardía y demos el fuerte pregón. Cuando el mismo pueblo de Dios que lo deshonró (nosotros), sea quien lo honre al fin, entonces nadie tendrá pretexto para dudar del poder del amor y de la verdad de Dios, puestos en contraste con el odio y la mentira del autor del pecado. Lo que se demostró en Dios-Hombre, se volverá a demostrar en hombres que se entregaron a Dios. "Así ha dicho Jehová, el Señor: No lo hago por vosotros, casa de Israel, sino por causa de mi santo nombre, el cual profanasteis vosotros entre las naciones adonde habéis llegado. Santificaré mi gran nombre, profanado entre las naciones, el cual profanasteis vosotros en medio de ellas. Y sabrán las naciones que yo soy Jehová, dice Jehová, el Señor, cuando sea santificado en vosotros delante de sus ojos" (Eze 36:22-23). "Invócame en el día de la angustia; te libraré y tú me honrarás" (Sal 50:15). De la última generación de "hijos e hijas de Adán", el Cielo podrá decir: "Aquí está la perseverancia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús" (Apoc 14:12). "Dios tendrá un pueblo sobre la tierra que vindicará su honor al respetar todos sus mandamientos" (FO, 42). "Todo el Cielo está esperando oír cómo vindicamos la ley de Dios" (RH, 16 abril 1901). "Si hubo alguna vez un pueblo que necesitase un aumento constante de la luz del cielo, es el pueblo que, en este tiempo de peligro, Dios llamó a ser depositario de su santa ley y a vindicar su carácter delante del mundo" (2 JT, 343). Tras esa demostración, lo siguiente en la agenda celestial es la venida de Cristo: "Miré, y vi una nube blanca. Sentado sobre la nube, uno semejante al Hijo del hombre, que llevaba en la cabeza una corona de oro y en la mano una hoz aguda" (Apoc 14:14). "Satanás ve que su rebelión voluntaria le incapacitó para el cielo. Ejercitó su poder guerreando contra Dios; la pureza, la paz y la armonía del cielo serían para él suprema tortura. Sus acusaciones contra la misericordia y justicia de Dios están ya acalladas. Los vituperios que procuró lanzar contra Jehová recaen enteramente sobre él. Y ahora Satanás se inclina y reconoce la justicia de su sentencia" (CS, 650; granate, 728). Luis Bueno, 22 julio 2020