La Cruz de Cristo

Capítulo 1

¡Crucifícale!

El mayor evento que jamás haya tenido lugar en la historia de la raza humana es la muerte, entierro y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Como bien dijo una conocida escritora: "El sacrificio de Cristo como expiación del pecado es la gran verdad en derredor de la cual se agrupan todas las otras verdades. A fin de ser comprendida y apreciada debidamente, cada verdad de la Palabra de Dios, desde el Génesis al Apocalipsis, debe ser estudiada a la luz que fluye de la Cruz del Calvario" (Obreros evangélicos, E. White, p. 315).

Encontramos el relato de la cruz de Cristo y los acontecimientos con ella relacionados en los primeros cuatro libros del Nuevo Testamento, conocidos como los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Aproximadamente una tercera parte de ellos está dedicada a lo que conocemos como la semana de la pasión.

La predicación de la cruz fue el mensaje central del Nuevo Testamento. Observa lo que el gran apóstol Pablo dijo acerca de la cruz de Cristo: "Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para no anular la eficacia de la cruz de Cristo. Porque el mensaje de la cruz es locura para los que se están perdiendo; pero para los que estamos siendo salvos, es poder de Dios" (1 Cor. 1:17 y 18; ver también 2:2).

Para Pablo, predicar el evangelio era sinónimo de predicar la cruz; y es la cruz de Cristo la que es poder de Dios para salvación. Nada tiene de extraño que Pablo se negara a gloriarse o enorgullecerse de algo que no fuera la cruz de Cristo (Gál. 6:14). Para nosotros ha de ocupar el mismo lugar central que tuvo para ellos.

Desde los mismos orígenes de la iglesia cristiana se han propuesto diferentes posiciones o teorías en relación con la expiación o la cruz de Cristo. Sabemos de la existencia de la teoría de la sustitución, de la satisfacción, del rescate, de la influencia moral, etc. Cada una de ellas pretende enseñar "la verdad" sobre la cruz de Cristo. Pero el tema es demasiado grandioso como para poder limitarlo a ninguna de esas teorías. Hay elementos de verdad en cada una de ellas. Sin embargo, algunas de las teorías resultan ser heréticas; no por lo que enseñan, sino por lo que niegan. Un buen ejemplo lo constituye la teoría de la influencia moral, que niega la necesidad de expiación legal o judicial.

A fin de apreciar el significado pleno de la cruz de Cristo, dividiremos en cuatro capítulos este tema tan vital, contemplándolo desde diferentes puntos de vista, cada uno de ellos extremadamente importante para todo cristiano. En este primer capítulo veremos cómo la crucifixión de Cristo expuso a Satanás como a un asesino y cómo nos revela el verdadero carácter del pecado. Veremos cómo hasta el más insignificante de los pecados lleva implícita la crucifixión de Cristo.

En el segundo capítulo consideraremos la cruz en términos de lo escrito por Pablo en Romanos 5:8, demostrando el amor incondicional y exento de egoísmo que es propio de Dios. El tercer capítulo está dedicado a la cruz de Cristo como el poder de Dios para salvación: cómo redimió la humanidad, no sólo de nuestros pecados (en plural, nuestros actos, lo que nos condena), sino también de la ley o principio del pecado que actúa en nuestros miembros.

Por último consideraremos la resurrección. No sólo juega un papel importante en nuestra redención, sino que es también la razón de nuestra gloriosa esperanza como cristianos. Es la prueba de las pruebas de que Cristo conquistó el pecado y la muerte, algo esencial para nuestra salvación.

En este primer capítulo consideraremos cómo la cruz de Cristo demuestra, revela y expone a Satanás como al asesino que es, a la vez que nos revela la naturaleza del pecado. En Juan 8:40 al 44, Jesús dijo a los judíos: "Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis cumplir". Con ello quería decirles: ‘Estáis controlados por el diablo, y ejecutáis sus deseos’. Entonces añadió Jesús: "Él ha sido homicida desde el principio".

¿Qué quiso decir Jesús? A fin de comprender mejor la implicación de esa última frase, hemos de responder primeramente a dos preguntas: (1) ¿A quién asesinó Satanás? (2) ¿Qué quiso decir Jesús en la expresión "el principio"? ¿Se refirió al tiempo en el que Lucifer fue creado, o bien al tiempo en el que Lucifer se convirtió en Satanás?

Antes de responder a esas dos preguntas, hemos de definir qué es asesinar. Para los seres humanos, asesinar es el acto de matar a alguien. Pero a los ojos de Dios el asesinato comienza al acariciar el sentimiento de odio, como es fácil ver en el sermón del monte. Jesús dejó claro que si nos enojamos locamente con alguien, si odiamos a alguien, hemos cometido ya el asesinato en nuestro corazón (Mat. 5:21, 22). Por lo tanto, según la ley de Dios, el asesinato no tiene por qué ser un acto externo. Consiste en acariciar el sentimiento de odio contra algún otro.

Teniendo eso in mente, vayamos a Ezequiel 28:15. En el versículo 14 se describe a Lucifer como al "querubín ungido". En ese capítulo se relaciona la caída de Satanás con la de Babilonia, puesto que ésta última representa a su reino. En el versículo 15 se dice de Lucifer: "Perfecto eras en todos tus caminos desde el día en que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad". El término hebreo del que se ha traducido "maldad" significa ‘torcido’ o ‘curvado’, y aplicado espiritualmente, significa ‘torcido o incurvado hacia el yo’. En algún momento de la existencia de Lucifer su mente se pervirtió. En lugar de dirigir su amor hacia Dios y hacia sus compañeros los ángeles, le dio un giro de 180 grados y lo dirigió hacia sí mismo.

En Isaías 14:12 al 14, el profeta describe la esencia de esa maldad. Resumiendo esos versículos, esto es lo que vino a decir Lucifer en su corazón: ‘Voy a deshacerme de Dios y voy a tomar su lugar’.

Es imposible ocupar el lugar de Dios sin deshacerse primero de Él. Es en ese sentido que Lucifer, convertido en Satanás, fue un asesino desde el principio. Aún recuerdo la increíble experiencia que representaba ir en taxi, cuando estaba en el campo misionero. En el mundo desarrollado concebimos siempre un taxi como un servicio individual, pero en algunos países se aproximan más al concepto de mini-buses, y uno de esos vehículos puede "acomodar" una ingente cantidad de personas.

Por ejemplo, si un asiento puede acomodar a tres personas, se hace que quepan nueve. El método consiste en hacer sentar a tres personas en el asiento, a otras tres encima de ellas, y aún a otras tres más encima de las últimas. Sólo entonces se considera por fin que aquel asiento está "completo". Recuerdo uno de mis viajes, empaquetado en un taxi como los descritos. Dado que ocupaba uno de los puestos en la "fila superior". No podía quejarme en lo que se refiere a carga soportada, pero no encontraba una forma de sentarme que me resultara medianamente cómoda, debido al acúmulo de gente, y a que la cabeza me golpeaba sin remedio contra el techo cada vez que pasábamos sobre un bache. En el camino, alguien solicitó los servicios del taxi, y el conductor se paró. Dije al taxista: ‘No hay más sitio’. Él respondió: ‘Vamos a caber: ¡Apriétense!’.

Satanás no le dijo a Dios: ‘Apriétate. Quiero un sitio a tu lado’. Ese no era el deseo de Satanás. Quería deshacerse de Dios, a fin de ocupar su lugar. Lucifer convertido en Satanás, codició el lugar de Dios, y es por eso que deseaba asesinarlo.

Dirigiéndose a los judíos, quienes eran víctimas de Satanás, Jesús relató un día una parábola, que encontramos en Mateo 21. Un hombre poseía una viña, y se fue de viaje a un país lejano. Dejó el viñedo bajo el cuidado de sus siervos. Cada año enviaría a alguien para recoger los beneficios. Pero una vez tras otra el mensajero resultaba apedreado o despachado, de forma que el patrón no obtenía nada.

El dueño se dijo finalmente: ‘Enviaré a mi hijo. Seguramente a él lo respetarán’. Sin embargo, hicieron precisamente lo contrario. Dijeron: "Este es el heredero. Matémoslo, y quedaremos con la hacienda". De forma que decidieron matar al hijo. Jesús se estaba refiriendo a Él mismo y a los judíos. Recuerda que los judíos querían cumplir los deseos de Satanás. Éste codiciaba el lugar de Dios. Nunca se lo había dicho a nadie, ¡habría sido una locura! Esto fue probablemente lo que dijo a los ángeles: ‘Si yo estuviese en el lugar de Dios, vuestra vida sería maravillosa. Podríais tener todo lo que quisierais, disfrutar de todo cuanto deseáis sin restricciones. Podríais comer, beber y divertiros’.

Desafortunadamente una tercera parte de los ángeles creyó a sus mentiras. Satanás lo consideró suficiente como para iniciar una revolución. La primera guerra tuvo lugar en el cielo, y está descrita en Apocalipsis 12:7 al 9. Lee el capítulo 12 y comprobarás que Lucifer –Satanás– fue derrotado. Pero Dios no lo destruyó en ese momento, por la sencilla razón de que nadie sabía lo que había en el corazón de Satanás. La única manera en la que Dios podía revelar a Satanás era permitiéndole seguir su propio camino.

Así, lo que hizo fue arrojarlo del cielo. Después de ese incidente, Satanás vino a este mundo y engañó a la mujer, y mediante ella logró la caída de Adán. Puesto que Dios dio a nuestros primeros padres el dominio del mundo (Sal. 8:4-8), al derrotar a Adán y Eva, Satanás obtuvo el control del mundo. Estableció entonces su reino aquí, en la tierra, bajo su propio sistema: el sistema del yo.

Desde entonces, todo en este mundo caído pivota sobre los tres pilares fundamentales que describe 1ª de Juan 2: 15 y 16: "[1] los malos deseos de la carne, [2] la codicia de los ojos y [3] la soberbia de la vida". En la base de esos tres motores del hombre pecaminoso está el principio del yo, la esencia misma del reino de Satanás.

Pero un buen día, muchos siglos después, Satanás oyó cierto cántico arrobador: "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, entre los hombres de buena voluntad" (Luc. 2:14). El Hijo de Dios, su peor enemigo, había venido a este mundo a redimir la raza humana de sus manos. En respuesta, Satanás se dijo: ‘No esperaré hasta que crezcas’. Satanás nada sabe de jugar limpio. ‘Te voy a dar muerte en la primera ocasión que tenga’.

El Nuevo Testamento nos da cumplida información de cuántas veces Satanás fracasó en sus atentados contra la vida de Cristo. La primera ocasión de que tengamos constancia fue la matanza de los bebés en Belén, perpetrada por el ejército de Herodes "el grande". Éste no era más que una víctima de Satanás, una herramienta en sus manos. Como es bien conocido, en ese triste suceso el propósito de Satanás resultó frustrado por lo que respecta a deshacerse de Cristo. Incidentalmente, todos los agentes de Satanás son "grandes". Esto es lo que promete: ‘Si me sigues, haré de ti alguien grande’. Pero recuerda: es un mentiroso. Lo que realmente busca es que siguiéndole a él te encuentres algún día a su lado en el lago de fuego.

Lo leemos en Mateo 25:41. Cristo dirá a los que eligieron el bando de Satanás, a los incrédulos: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles". El fuego eterno no fue preparado para los hombres, pero Satanás ha engañado a muchos de ellos. Lo creyeron, escogieron su camino y ahora tienen que compartir su suerte. Deseo que ningún lector se encuentre en esa condición.

En Lucas 4:9 al 17 tenemos el relato de otro intento de Satanás por asesinar a Cristo. Fue en ocasión de las tentaciones en el desierto. En una de ellas Satanás llevó a Cristo a la zona más elevada de la torre del templo, y lo desafió a que se arrojara. Era una forma de deshacerse de Él. Así lo había planeado Satanás, pero volvió a fracasar.

Leemos en Juan 10:31-39 cómo el diablo empleó a los judíos para apedrear a Jesús hasta la muerte. La expresión "volvieron a tomar piedras para apedrearlo" indica que no se trataba de la primera vez que lo intentaban, pero una vez más Satanás fracasó. No podemos por menos que preguntarnos: ¿Por qué fracasó? Dos textos nos ayudarán a comprender el porqué del fracaso de Satanás. El primero se encuentra en Juan 7:30, que recoge una de las ocasiones en que Satanás intentó destruir a Jesús mediante seres humanos. "Entonces procuraron prenderlo. Pero ninguno le echó mano, porque aún no había llegado su hora".

Recuerda bien eso, porque Dios es soberano y nadie puede tocarnos hasta que no haya llegado nuestra hora. El segundo texto lo encontramos en Juan 8:20: "Estas palabras habló Jesús en el lugar de las ofrendas, enseñando en el templo. Y nadie lo prendió, porque aún no había llegado su hora". En otras palabras, Dios no permitiría que nadie lo tocara hasta que no hubiese llegado su hora. Esa hora llegó por fin en Getsemaní.

En Lucas 22:53, estando Jesús en Getsemaní, los sacerdotes enviaron a los soldados y tomaron cautivo a Jesús como si fuera un criminal. Observa lo que Él les dijo: "Cada día estuve con vosotros en el templo, y no extendisteis la mano contra mí [ya sabemos por qué, porque su hora todavía no había llegado]. Pero ésta es vuestra hora, en que reinan las tinieblas".

Ese reino de "tinieblas" se refiere a Satanás. En otras palabras, esto es lo que Dios dijo a su Hijo en Getsemaní: "Hijo mío, voy a retirar de ti mi protección, y a permitir que Satanás te haga lo que nos ha querido hacer desde el principio". Sólo de esa forma podía Dios exponer ante el universo los secretos que escondía el corazón de Satanás.

En cierta ocasión tuvimos un problema en la misión, que ilustra la forma en la que quedó expuesto el corazón de Satanás. Unos pocos de nuestros obreros se habían vuelto contra la denominación. Nos habían acusado judicialmente, causándonos grave quebranto. Dos de ellos eran pastores, y les fueron retiradas sus credenciales. Naturalmente, perdieron sus trabajos. Regresaron a su tierra natal y uno de ellos dijo a los miembros de su iglesia local que había sido maltratado por los hermanos.

Esparció toda clase de terribles mentiras con respecto a los hermanos. Habiendo convencido a los miembros de la iglesia, los indispuso contra los dirigentes, de forma que dejaron de enviar sus diezmos y ofrendas. Dijeron: ‘Ahora vamos a ser una iglesia independiente’.

Pero algunos de los ancianos y dirigentes de esa iglesia insistieron: ‘Antes de tomar esa determinación, seamos justos y demos una oportunidad a los hermanos’. De forma que escribieron a la oficina de la Unión y dijeron: ‘Queremos que el presidente nos explique la razón por la que se privó de sus credenciales a este hermano’.

El presidente vino a verme y me dijo: ‘Usted conoce a este pueblo y conoce su lengua. ¿Puede acompañarme?’. –‘Sí’, le dije. Lo que no sabíamos es que algunos de los miembros cuyas simpatías estaban de parte del mencionado ex-pastor, habían hecho provisión de piedras para lapidarnos, tras incitar al resto de los miembros. Sin embargo, nuestro presidente había determinado exponer con claridad y franqueza todo lo sucedido. Algunos agitadores situados en las filas traseras intentaron inquietar los ánimos de los miembros, pero el modo desapasionado y sincero de la exposición del presidente hizo que quedara frustrado su plan de incitarlos a que nos apedreasen. En lugar de eso, dijeron: ‘Evaluaremos lo que nos ha dicho, y tomaremos una decisión’.

Así, regresamos vivos a casa. Pronto se reunió la junta de aquella iglesia, y decidió que nos debía como mínimo una carta de agradecimiento por haberlos visitado. Efectivamente, nos escribieron una maravillosa carta de reconocimiento y aprecio por nuestra visita. Se la entregaron al pastor local y le dijeron: ‘Por favor, lleve esta carta al presidente de la Unión’. Estaban situados a unos 240 kilómetros de la sede de la Unión, y por entonces, el sistema postal no era digno de confianza.

Dicho pastor era amigo de aquel a quien le fueron retiradas las credenciales, y le habló acerca de la carta. Éste le preguntó ‘¿Qué dice la carta?’ Pero él, no habiendo asistido a aquella reunión de la junta de iglesia, desconocía cuál era el contenido de la carta. Ayudándose del vapor desprendido por una olla hirviendo, abrieron la carta para ver su contenido. Se sintieron infelices al descubrir el carácter de la carta. Escribieron entonces otra carta en lugar de la original, en la que expresaron sentimientos terribles acerca de los hermanos, y falsificaron las seis firmas de los responsables de aquella iglesia. La sellaron, y el pastor la llevó al presidente.

El presidente se sintió desolado al leer aquella injuriosa misiva, como respuesta a sus esfuerzos por explicarles el problema. Mostró la carta a uno de los empleados de la Unión que pertenecía al área de aquella iglesia, quien se sorprendió de que su gente fuera capaz de escribir una carta como esa, hasta el punto que tomó su vehículo y recorrió los 240 kilómetros que lo separaban de la casa del primer anciano de la iglesia que se suponía autora de la carta. A su recepción, puso la carta sobre la mesa y le preguntó qué significaba aquella carta.

La pregunta dejó perplejo al anciano. ‘Creemos haber escrito una carta amable’, dijo. El delegado de la unión replicó: ‘¿A esto lo llama usted amable?’ El anciano leyó la carta, con el horror que cabe imaginar. Exclamó: ‘Esos hombres son del diablo. Son mentirosos. Han re-escrito la carta, y falsificado nuestras firmas’. Por fin habían quedado expuestos aquel pastor y el ex-pastor. El presidente de la Unión no necesitó hacer nada más para convencer a la asamblea del porqué de la destitución de aquel pastor.

De igual manera, la cruz expuso a Satanás. Nunca más nadie en el universo, ángeles celestiales o moradores de los mundos no caídos, albergaría la menor simpatía hacia Satanás. La cruz reveló la realidad de su corazón, como asesino de Dios. Satanás había guardado ese odio hacia Dios escondido en su corazón por tanto tiempo, que cuando se le dio la oportunidad no pudo hacer otra cosa que llevar a cabo –mediante los judíos– aquello que realmente deseaba desde que su mente se entregó a la iniquidad. Lo que había estado oculto en su corazón quedó ahora abiertamente expuesto.

1ª de Juan 5:19 expresa una importante verdad, digna de ser recordada, a propósito del uso que hizo Satanás de los judíos. Juan presenta a la humanidad dividida en dos grupos. Los creyentes pertenecen a Dios, pero el resto del mundo, de la raza humana, "está bajo el poder del maligno". De acuerdo con ello, no existe ningún ser humano que sea auténticamente independiente. O estamos bajo el control de Dios, o bien bajo el de Satanás. Son las dos fuerzas que podemos encontrar en nuestro mundo.

Los judíos cayeron bajo el poder de Satanás al rechazar a Cristo. Dieron oído a los engaños y mentiras del maligno, y rechazaron al Mesías. Satanás podía ahora emplearlos.

Cuando descubrió que el Padre había retirado la protección a su Hijo (tras oír el clamor de Cristo registrado en Lucas 22:53), se dijo: ‘No sólo voy a matarte, sino que te voy a infligir el más cruel martirio que jamás haya conocido este mundo: la crucifixión’.

Vale la pena conocer alguna de las descripciones de la cruz que hicieron los historiadores romanos. Es el peor tipo de muerte que el hombre haya podido inventar. No es sólo vergonzosa en extremo, sino por demás lenta y agonizantemente dolorosa. Hace algunos años, un comentarista de la BBC escribió un libro sobre la cruz de Cristo, desde el punto de vista romano. El libro, titulado Watch With Me, describía gráficamente la crucifixión romana. Se hace difícil creer que el hombre haya podido caer tan bajo en su inhumanidad hacia semejantes suyos.

Libros históricos escritos por Cicerón y Celso describen también la cruz. Sus relatos lo dejan a uno sin aliento. Se tarda entre tres y siete días en morir sobre la cruz. Ese período permite que se desarrolle la gangrena en las manos y pies que los clavos oxidados han atravesado. Se producen agudos dolores de tipo migrañoso, que parecen partir en dos la cabeza. Las principales articulaciones parecen dislocarse en medio de un dolor lancinante. Se presentan contracturas dolorosas por doquier. El crucificado queda expuesto al frío de la larga noche, y a la insolación sofocadora del día. Los crucificados siempre pendían de la cruz desnudos. Cuando los artistas colocan un lienzo cubriendo la desnudez del Crucificado, manifiestan un loable sentimiento de reverencia que sin embargo no se corresponde con la realidad de la cruz. Pues bien, detrás de todo ello, estaba Satanás.

Como cristianos, hemos de recordar que pertenecemos a Cristo.

Somos ciudadanos del cielo, pero vivimos aún en territorio enemigo, un territorio en el que Satanás tiene notable control, a pesar de ser ya un enemigo derrotado. Hay cinco importantes lecciones que como cristianos podemos aprender de esta verdad que expuso a Satanás y al pecado:

(1) El odio que Satanás y el mundo demostró contra Cristo en la cruz, volverá a repetirse cuando el mundo vea a Cristo manifestado en nosotros. Ese odio, instigado por Satanás, será dirigido contra el creyente que viva para Cristo. En Juan 15:18 y 19, Jesús dijo a sus discípulos: "Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me aborreció antes que a vosotros". Los cristianos forman parte de Cristo. Si el mundo aborrece a Cristo, nos aborrecerá a nosotros. El versículo 19 continúa diciendo: "Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo. Pero como no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece". Recuerda que Cristo anduvo haciendo bienes. No había razón alguna por la que hubieran de aborrecerlo. Sin embargo, el odio que manifestaron hacia Él en la cruz fue increíble. Lo mismo ocurrirá a todo cristiano genuino.

Quizá te estés diciendo: ‘Pero el mundo no nos aborrece, por ahora’. Y es cierto. En América y gran parte de Europa no sufrimos persecución. El mundo que nos rodea –los incrédulos–, no nos odia. ¿Te has preguntado alguna vez por qué? ¿Es porque Satanás o el mundo se han hecho buenos? No. Permite que la Biblia te diga por qué. El mundo nos aborrecerá sólo si ve a Cristo en nosotros. Mientras no vea tal cosa, seguimos aún siendo uno de ellos. "Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos [no puede que sean, sino que serán]" (2 Tim. 3:12).

En Juan 7:7 Jesús explicó a los judíos la razón de su odio hacia Él. Sus obras demostraban que las de ellos eran iniquidad. Cuando permites que Cristo viva en ti, Él hará en ti algo que el mundo jamás puede hacer. Ahí radica el problema. Por tanto tiempo como hagas cosas buenas que el mundo puede realizar, no va a haber problema. Pero en el momento en que ames a tus enemigos y reveles en tu vida el amor incondicional de Cristo, algo que el mundo es absolutamente incapaz de generar, te habrás ganado su furia, pues eso lo avergüenza, lo pone en evidencia. De ahí que Pablo diga: ‘El costo de vivir piadosamente en Cristo es ser perseguido’.

No te sorprenda el tener que sufrir la persecución. No te lamentes así: ‘¿Por qué me persiguen? ¡He actuado con bondad!’. Te persiguen porque eres cristiano. "No os extrañéis, hermanos, si el mundo os aborrece" (1 Juan 3:13). Resulta terrible comprender la realidad de esto. Cuando ves a padres y madres denunciar a sus propios hijos y entregarlos a gobiernos marxistas por que se han hecho cristianos, o viceversa, constatas que al diablo le resulta posible dividir una familia entre creyentes y no creyentes, hasta el punto de hacer que unos lleven a otros a la cruz de Cristo.

Pablo lo llama "el escándalo de la cruz" (Gál. 5:11). Lo que Satanás y el mundo hicieron a Cristo, te lo harán a ti; y a eso se lo llama el escándalo (u ofensa) de la cruz. En otras palabras, si predicas a Cristo, si te tienes por Él, si le permites que viva en ti, disponte a enfrentar el escándalo de la cruz. Los discípulos tuvieron por un privilegio el sufrir por Cristo (Hech. 5:41). Que eso mismo pueda ser cierto de nosotros.

(2) Como hijos de Dios, ni Satanás ni el mundo pueden tocarnos sin que Dios lo permita. A Cristo le ha sido dado todo el poder. "El que está en vosotros es mayor que el que está en el mundo" (1 Juan 4:4). Si Dios dice ‘No’, nadie puede tocarte. Nadie lo consiguió con Cristo, hasta tanto no hubo llegado su hora.

Digo esto porque Dios ha dispuesto una obra para cada uno de nosotros. Esa obra puede llevarte a lugares peligrosos. Recuerda esto: si no es la voluntad de Dios el que perezcas, nadie puede tocarte. Si es su voluntad que perezcas, dale gracias porque así sea, pues cesarán todas tus fatigas. Descansarás hasta que Él venga. Por lo tanto, podemos decir con Pablo, "Para mí, el vivir es Cristo, y el morir es ganancia" (Fil. 1:21).

Cuando me encontraba en Etiopía, durante la revolución marxista, uno de los oficiales revolucionarios me dijo: ‘Saldrá de este país antes de cuatro días, despojado de sus hijos’. ¿No era para asustar a cualquiera? Me estaba anunciando que iba a dar muerte a mis hijos. Por aquel entonces no eran más que criaturas indefensas. Le dije: ‘Guarde sus amenazas para otro. Si no es la voluntad de Dios que yo o mis hijos perezcamos, ni usted ni su gobierno podrá tocarnos’.

Me respondió: ‘Pronto lo va a ver’. Efectivamente, lo vi. Abandoné el país cinco años más tarde, junto a todos mis hijos. Parece evidente que no era la voluntad de Dios que ninguno de nosotros pereciera entonces. Nunca olvides esto: nadie podrá tocarte hasta que haya llegado tu hora. Esa es nuestra victoria, nuestra fe, pues Jesús dice: "En el mundo tendréis aflicción. Pero tened buen ánimo, yo he vencido al mundo". Y "Habéis vencido al maligno" (Juan 16:33; 1 Juan 2:13).

(3) La cruz reveló algo que, hablando en términos humanos, era un imposible. Satanás fue capaz de unir a los judíos que estaban hasta entonces profundamente divididos en dos facciones: fariseos y saduceos. Reunió entonces a los judíos con sus encarnizados enemigos, los romanos, para dirigirlos contra Cristo. Si hubiésemos vivido en aquellos días, jamás habríamos soñado con ver en un frente común a judíos y romanos, o con oír decir a los judíos: "No tenemos más rey que César" (Juan 19:15).

La O.N.U. se ha demostrado incapaz de unir este mundo nuestro, y ningún esfuerzo humano lo logrará. El mundo que conocemos hoy está dividido en todo aspecto imaginable, con toda clase de barreras raciales y políticas. Pero Satanás tiene el poder necesario para unir este mundo contra los escogidos de Dios cuando así lo decida, y Dios se lo permita. Apocalipsis 13:2 y 3 nos informa de que todo el mundo se unirá en pos de la bestia que recibió su poder del dragón, que es Satanás. La cruz demuestra que Satanás es capaz de ello. ¿Qué vas a hacer cuando todo el mundo se una contra ti? Apréndelo ahora, y recuerda en ese día que eres de Cristo, que le perteneces, y que Él ha vencido a Satanás.

(4) Si ha de elegir entre el peor criminal y el más insignificante cristiano, el mundo preferirá siempre al criminal. Recuerda lo relatado en Mateo 27:21. Pilato echó mano del peor criminal que albergaban sus cárceles, Barrabás, y dijo a los judíos: ‘Es nuestra costumbre dejar libre un preso. Aquí tenéis a Barrabás, el peor de los criminales encarcelados, y a Cristo, el Rey de los judíos, que no es culpable de ningún crimen. ¿A quién queréis que deje libre?’

Los judíos no necesitaron convocar ninguna junta. No dijeron: ‘Tenemos que considerar la decisión’. El pueblo que hacía profesión de ser hijos de Dios estaba entonces bajo el control de Satanás, y su decisión fue inmediata: ‘Suéltanos a Barrabás. Es uno de nosotros. Es cierto que es un terrible criminal, pero es de los nuestros. Por el contrario, este hombre [Cristo] no es de los nuestros’.

Eso es exactamente lo que ha de suceder en los últimos días. No es porque hayas hecho alguna cosa mal, sino por ser cristiano, que el mundo soltará a los criminales y te pondrá a ti en su lugar. ¿Estás dispuesto a morir por Cristo? Ese es el escándalo de la cruz. Lee Marcos 15:6 al 15 y analiza la elección que hizo el pueblo. Pedro, predicando en el nombre de Cristo, dijo de su propia nación: "El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Siervo Jesús. Pero vosotros lo entregasteis y negasteis, ante Pilato, aun cuando éste había decidido soltarlo. Vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diera un asesino. Y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios resucitó de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos" (Hech. 3:13-15). Eso volverá a suceder en la gran tribulación que está por venir, pero Jesús dice: "Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mat. 28:20).

(5) La conclusión es que el pecado inconsciente que subyace en todo pecado es crucificar a Cristo. Hay que aclarar esto. 1ª de Juan 3:4 define así el pecado: "el pecado es la transgresión de la Ley". Pero podemos quedarnos en la letra y cometer el mismo error de los judíos. Podemos ver en la ley sólo un código o conjunto de reglas, de forma que al quebrantar una de ellas, a eso le llamamos pecado. Pero hemos de ir más allá y comprender el espíritu de ese texto, porque Jesús no definió la ley en términos de reglas o estatutos. Definió la ley en términos de actitud o principio; se refirió al espíritu de la ley. Dijo: ‘Amarás a tu Dios sobre todas las cosas, y a tu prójimo como a ti mismo. En eso consiste la ley’. El principio fundamental de la ley de Dios es el amor.

1ª de Juan 4:8 y 16 nos dice que Dios es amor. Por lo tanto, el pecado es la transgresión contra Dios, quien es amor. Por lo tanto, el pecado es crucificar a Cristo. En Romanos 8:7 Pablo declara que la mente carnal, la mente controlada por nuestra naturaleza pecaminosa, por la carne, es enemistad contra Dios; por lo tanto, no se sujeta a la ley de Dios, que es amor. ¿Cuál es tu actitud hacia tu enemigo? Si aborreces a alguien, ¿qué le estás haciendo? Lo estás matando (N. de T. 1 Juan 2:9-11; 3:15).

Entonces, ¿cómo es que cada pecado viene a ser una crucifixión de Cristo? ¿Cuántos pecados has de cometer para que la ley te condene? Basta uno sólo. Y no hace falta que sea un gran pecado. Para que Cristo pueda salvarnos ha de llevar cada uno de los pecados que hayamos cometido o vayamos a cometer, por pequeños que puedan parecer. De no ser por la cruz, hasta el más insignificante pecado nos condenaría. En otras palabras, estando bajo la ley, la ley condena al pecador. Pero los cristianos no vivimos bajo la ley, sino bajo la gracia. La gracia tomó sobre sí el castigo de nuestros pecados. No nos paremos ante un pecado pequeño, y digamos: ‘¿Qué tiene de malo?’ Si se permite a ese pecado desarrollarse hasta su plenitud, resultará en crucificar a Cristo. En el centro de todo pecado está el yo. ¿Cuándo queda el yo satisfecho? Es insaciable; no para hasta haber llegado a lo más alto, precisamente el lugar que Dios ocupa.

Antes de entrar en el ministerio, trabajé en la construcción para un profesional italiano, en una de las plantas de un gran edificio público en Nairobi, capital de Kenia. En la entrada de la construcción había siempre un leproso. Vestido de harapos, pedía limosna día y noche. Su familia lo traía temprano en la mañana, y se lo llevaba al atardecer. Su trabajo consistía en pedir.

El mío, en estrenarme como arquitecto. Uno no recibe un gran salario al principio. Ganaba unos doscientos dólares al mes cuando comencé, que en aquel tiempo no estaba mal. Me dije: ‘Cuando sea rico, le compraré un traje’. Como cabe suponer, mi idea de ser rico consistía en ganar unos, digamos... quinientos dólares al mes. Sólo tres meses después, estaba ganando quinientos dólares al mes. ¿Le compré el traje? No.

No es que hubiese quebrantado mi promesa. Es que mi concepción de la riqueza consistía ahora en ganar mil dólares al mes. Pero unos pocos meses después estaba cobrando ya esos mil dólares al mes. ¿Le compré entonces el traje? Tampoco. Dos meses después estaba ganando dos mil dólares mensuales. Ahora sí que era rico por fin. ¿Le compré el traje? No. No es que quebrantase voluntariamente mi promesa, sino que aún entonces había vuelto a cambiar mi definición de la riqueza. Pregúntale a Rockefeller si está satisfecho con todo el dinero que posee, o si sigue en procura de más.

El hombre nunca tiene bastante. Siempre quiere más, hasta llegar a lo más alto. Si Dios no hubiese puesto restricciones al pecado, el hombre le habría disputado su lugar a Dios, pues sólo ahí se encuentra lo más alto. Para llegar allí te has de deshacer de todo lo que se interponga en tu camino. Hasta el más insignificante de los pecados, si se le da la ocasión de desarrollarse, termina en la crucifixión de Cristo. Eso es lo que Dios reveló en la cruz. Si caes, no cedas a la desesperación, pero recuerda que ese pecado clavó a Cristo en la cruz. Por lo tanto, hemos de odiar el pecado, no por lo que nos hace a nosotros, sino por lo que hizo a nuestro Salvador.

Si te digo que el pecado es incumplir una regla, eso no parece tan malo. Pero observa lo que el santuario enseñaba a los judíos en el Antiguo Testamento: que el pecado es clavar el cuchillo a Cristo, el Cordero. Significa asesinar a Dios. En el Antiguo Testamento, cada vez que el pecador llevaba el cordero al santuario, el sacerdote le proporcionaba un cuchillo. ¡Era el pecador el que tenía que degollar al cordero! Cada vez que tú y yo pecamos tiene una implicación en la cruz de Cristo. Por lo tanto, debemos odiar el pecado por lo que hizo y hace a nuestro Salvador.

El pecado es clamar: "¡Crucifícale!", y así lo reveló la cruz. Por eso odio al pecado. No porque Dios me deseche si peco. La Biblia no enseña tal cosa. Odio al pecado porque crucificó a mi Salvador. Y si peco deliberadamente, hago lo que Hebreos 6: 4 al 6 dice: ‘Si tú, cristiano, dejas a Cristo y te vuelves al mundo, estás haciendo dos cosas: Estás crucificando de nuevo a Cristo de forma deliberada, y lo estás exponiendo voluntariamente a la pública vergüenza’. Dios nos libre por siempre de algo así.

Mi oración es que conozcas la cruz, en lo que respecta a Satanás y al pecado, y que eso te lleve a dos cosas:

(1) A que comprendas que Satanás es un homicida desde el principio. No sólo asesinó a Cristo en la cruz, sino que quiere que acabes junto a él en el lago de fuego. La miseria siempre procura compañía. Nunca creas sus mentiras cuando te ofrece la quincalla de este mundo.

(2) A que nunca consideres el pecado con ligereza. Nunca creas que existe tal cosa como un pecado menor. No los hay grandes y pequeños. La quimera de los pecados veniales y mortales es teología católico romana. Todo pecado, hasta el más "pequeño" de ellos, está esperando solamente la ocasión para desarrollarse hasta la crucifixión de Cristo.

Ojalá que Dios nos bendiga con una clarificación de lo que significa Satanás y el pecado a la luz de la cruz, y que eso nos lleve a ser fieles a Jesucristo, quien nos amó y sufrió la cruz por nosotros (Heb. 12:2 y 3).