Como ya se ha comentado, la cruz era el centro de la predicación en el Nuevo Testamento. Tal es especialmente cierto con el más destacado predicador, evangelista y teólogo, el apóstol Pablo. Como introducción a este capítulo, analicemos una de esas sublimes declaraciones sobre la cruz: "Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para no anular la eficacia de la cruz de Cristo. Porque el mensaje de la cruz es locura para los que se están perdiendo; pero para los que estamos siendo salvos, es poder de Dios" (1 Cor. 1:17 y 18).
Permite que destaque dos hechos que Pablo afirma en el pasaje:
(1) Predicar la cruz y predicar el evangelio son sinónimos. Es preciso recordarlo, puesto que solemos predicar muchas cosas en el nombre del evangelio, que son en realidad los frutos, o la esperanza del evangelio, pero no el evangelio mismo. Por importantes que sean esas cosas, el evangelio es Jesucristo, y éste crucificado. "Cristo colgando de la cruz, era el evangelio" (E. White, VI CBA p. 1113 -N. del T.)
(2) El poder de Dios está en la cruz. Leemos en Romanos 1:16: "no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo el que cree". El poder está en la cruz. "Predicamos a Cristo crucificado, para los judíos tropiezo, y para los gentiles necedad, pero para los llamados [los que han aceptado a Cristo, los que están siendo salvos por Él], así judíos como griegos, Cristo es el poder de Dios, y la sabiduría de Dios" (1 Cor. 1:23 y 24). "Me propuse no saber nada entre vosotros, sino a Jesucristo, y a éste crucificado" (1 Cor. 2:2). "Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo" (Gál. 6:14).
Hasta aquí hemos prestado atención a dos verdades vitales relativas a la cruz de Cristo. En el primer capítulo hemos visto cómo la cruz expuso a Satanás como asesino. Es imprescindible que todo cristiano lo comprenda, a fin de no resultar engañado por él. Es mentiroso y asesino. Hemos visto también que el pecado, cada uno de ellos, hasta el que parece más pequeño, conlleva en esencia la crucifixión de Cristo. Eso significa que hemos de odiar al pecado por lo que es: crucificar a Cristo.
En el segundo capítulo hemos contemplado la cruz como demostración del amor abnegado de Dios, que se da en sacrificio. "Dios demuestra su amor hacia nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Rom. 5:8). Nunca olvides eso. Antes o después llegarán momentos en los que te sientas desanimado, especialmente cuanto Satanás haya podido golpearte y te diga que Dios no te ama, dado que eres un pecador, y tu vida un aparente fracaso. Recuerda entonces lo que tuvo lugar en la cruz "siendo aún pecadores". Respóndele con las palabras de Pablo en Romanos 8:35 y siguientes: ‘Estoy seguro de que nada en el cielo, en el mundo, ni en el reino del diablo podrá jamás separarme del amor de Dios que se demostró en Cristo Jesús y en éste crucificado’.
Dirigiremos ahora la atención a la tercera verdad importante en torno a la cruz. Leemos en Corintios que la cruz de Cristo es el poder de Dios para salvarnos del pecado. El Nuevo Testamento enseña que es en la cruz donde Dios nos salva del pecado. Es en ella donde tenemos redención del pecado. Pero a fin de apreciar esa verdad debemos analizar el problema del pecado.
Para muchos, el pecado es "transgresión de la ley" entendida como un código o conjunto de reglas. Sin embargo, en la Escritura el pecado es más que eso. De hecho se presenta como un problema dual.
(1) El sentido primario de pecado es que se trata de un acto. Se puede asimilar a "errar el tiro", que es el significado del término que en el Nuevo Testamento se traduce por pecado. Cabe definirlo en términos de violación de la ley de Dios, o transgresión, como dice la Biblia: la violación deliberada y voluntaria de una ley. El pecado comienza con el consentimiento mental a un deseo pecaminoso, que puede seguirse del acto externo. El diablo o la carne te asaltan en términos de tentación, y si tu mente consiente, si dice ‘Sí’, ese es el pecado "concebido" en la mente. Luego será "cumplido" en el acto visible (Sant. 1:14 y 15). El pecado en tanto en cuanto acto, a la luz de la ley de Dios, resulta en culpa y condenación.
(2) El Nuevo Testamento presenta también el pecado como un poder, una fuerza o principio que mora en tu naturaleza y la mía. Nacimos con él, y lo arrastramos hasta la muerte. En Romanos 7, Pablo lo llama "la ley del pecado" (N. del T.: "Ley" no debe aquí entenderse tampoco como un código a conjunto de reglas, sino como entendemos la "ley" de la gravedad, como un principio o fuerza). Eso es lo que muchos cristianos ignoran. Debido a ello, al sentir la presión de esa ley, se desaniman, exclamando: ‘Quizá sea porque no soy cristiano, al fin y al cabo’.
Veamos dos declaraciones que nos ayudarán a comprender ese problema. Una fue pronunciada por el Señor Jesús, y la otra por el apóstol Pablo. En Juan 8:32, Jesús hablaba a los judíos que no habían comprendido la realidad del pecado como poder, como fuerza, y que los tenía esclavizados. Así es como Jesús lo explicó a los judíos: "Conoceréis la verdad, y la verdad os libertará".
Si tienes dudas en cuanto al significado de la palabra "verdad", continúa hasta el versículo 36. Por "verdad" quería decir Él mismo, puesto que afirmó: "si el Hijo os liberta, seréis realmente libres". ¿De qué clase de libertad estaba hablando Cristo? Los judíos no lo comprendieron. En el versículo 33 le responden ofendidos: "Descendientes de Abrahán somos, y jamás hemos sido esclavos". Interpretaron que Cristo se estaba refiriendo a libertad política; aún así, mentían, pues sabían bien que estaban bajo el yugo de Roma. Dijeron: "Descendientes de Abrahán somos, y jamás hemos sido esclavos. ¿Cómo dices: ‘Seréis libres’?"
"Jesús respondió: ‘Os aseguro que todo el que comete pecado [acto, transgresión], es esclavo del pecado’ ". Un esclavo está totalmente privado de libertad. Tal es la situación que Pablo expone en Romanos 7.
El objeto de la discusión en Romanos 7 es la incompatibilidad entre la carne, o naturaleza pecaminosa, y la ley. Por supuesto, la naturaleza del creyente y del incrédulo son idénticas, de forma que la cuestión clave no es si Pablo está refiriéndose aquí al convertido o al inconverso. Al aceptar a Cristo, no cambia tu naturaleza. Sigue siendo pecaminosa 100%, y sujeta al pecado. En Romanos 7:14, afirma: "sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy de carne, vendido al poder del pecado". En los versículos 15 al 23, lo explica así: "y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí... veo en mis miembros otra ley [se refiere aquí al pecado como una ley, como un principio o fuerza], que lucha contra la ley de mi mente, y me somete a la ley del pecado que está en mis miembros".
Cada uno de nosotros, creyente o incrédulo, tiene en sus miembros la ley del pecado. Eso es lo que hace imposible que vivamos por nosotros mismos la vida que quisiéramos. Pablo dice: "no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero". En la primera parte del versículo 25 Pablo emplea una expresión clave –en el original griego, autos ego–, que por desgracia pocas traducciones vierten fielmente al castellano: "Así, dejado a mí mismo, con la mente sirvo a la ley de Dios, pero con la carne a la ley del pecado" (NRV 90). Equivale a decir: ‘Abandonado a mí mismo, sin la gracia, sin Dios, sin el Espíritu Santo, yo sólo, lo mejor que puedo hacer es servir a Dios y a su ley con la mente. Pero con mi naturaleza me resulta imposible. Tratando de obedecer sin Cristo, no logro salir de la más abyecta esclavitud al pecado’. En esa situación, bien cabe clamar: "¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" Y la respuesta es: "¡Gracias doy a Dios, por nuestro Señor Jesucristo".
Dios no te culpabiliza por la ley del pecado que está en tus miembros. Naciste con ella. No eres culpable por ella. Por lo tanto, la ley –fuerza o principio– del pecado, no conlleva culpabilidad, aunque nos descalifica para el cielo. En 1ª de Corintios 15:50 leemos "que la carne y la sangre [la naturaleza humana pecaminosa] no pueden heredar el reino de Dios". ¿Por qué? Porque la corrupción no "hereda la incorrupción".
¿Cuál es, pues, la doble solución que Dios da al problema dual del pecado? ¿Soluciona acaso sólo una de las partes? No, ciertamente. ¿Cuál es la solución para nuestros pecados, los actos voluntarios que implican culpabilidad y castigo? La sangre de Cristo. Leemos en Hebreos 9:22 que "sin derramamiento de sangre, no hay perdón de pecados".
En Mateo 26:28 vemos a Jesús en el aposento alto, donde instituyó la cena del Señor. Tomó allí la copa y dijo a los discípulos: "Esto es mi sangre del nuevo pacto, que va a ser vertida a favor de muchos, para el perdón de los pecados". En otras palabras, ‘mi muerte en la cruz va a pagar el precio por vuestros pecados, y se constituye en el fundamento del perdón que la ley aceptará’.
¿Qué implica el término "sangre" en el Nuevo Testamento? Recuerda que con la excepción de Lucas, todos los escritores del Nuevo Testamento fueron judíos. Estos comprendían la sangre como simbolizando la vida. La sangre derramada es la vida entregada hasta la muerte por nuestros pecados, ya que la sangre de Cristo representa la justicia de la ley establecida en la cruz, en la muerte de Cristo. En 1ª de Juan 1:7 al 9 leemos: "si andamos en la luz... la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado". ¡Buenas nuevas, en verdad! Pero si bien Dios puede perdonarnos por nuestros actos, transgresiones o pecados, en virtud de la sangre de Cristo, la pecaminosidad, o el principio o ley del pecado, no puede ser perdonado. No es posible perdonar la pecaminosidad. Dios puede perdonarnos por lo que hemos hecho, no por lo que somos desde el nacimiento. Para ello hay otro remedio, que es la cruz de Cristo.
Permíteme explicar la diferencia mediante una ilustración. En el patio de mi jardín hay un manzano. Ya estaba allí cuando yo llegué. Al dar las primeras manzanas, probé una de ellas. Era agria e incomestible, así que las recogí todas ellas y las arrojé a un arroyo cercano. ¿Había solucionado con ello el problema? Sí, por el momento; pero ¿qué clase de manzanas volvería a dar el año siguiente? Mientras no se interviene en el manzano mismo, persiste el problema de la incomestibilidad del fruto. Si anticipándome a la próxima estación de producción cavo zanjas alrededor del árbol y deposito allí varios kilos de azúcar, ¿habré logrado que en lo sucesivo la cosecha consista en manzanas comestibles? Bien sabemos que no. ¿Por qué no? ¿Dónde radica el problema? ¿En el suelo? No. No está en la calidad de los nutrientes, sino en la calidad del árbol mismo.
Necesitamos comprender el auténtico problema del pecado en el hombre. El crimen y el pecado van en aumento en nuestro mundo. ¿Cuál es la solución a los problemas? Si el evangelio sólo puede solucionar los frutos de nuestro problema del pecado, en el sentido de perdonar nuestras transgresiones, se trata de una solución meramente temporal. Mi naturaleza pecaminosa producirá con seguridad nuevamente frutos amargos, pecados. El perdón de los pecados pasados, por maravilloso que sea, no constituye la solución completa al problema de mi pecado. El perdón de los pecados pasados es maravilloso, agradezco a Dios por él, pues me da paz. Pero no me siento para nada feliz con el círculo vicioso de pecar y ser perdonado, volver a pecar y volver a ser perdonado... ¿Es ese tipo de perdón la única esperanza del evangelio? ¿Está ahí el límite del poder del evangelio?
El hombre moderno ha ensayado toda clase de remedios para nuestro problema del pecado. La educación, las leyes restrictivas, los incentivos, ninguno de ellos ha logrado contener el pecado y el crimen. No hay solución en las ideas humanísticas. Consideremos, por ejemplo, el marxismo. Pretendía ser una solución científica al problema del pecado del hombre. Parecía bueno y maravilloso, pero aquella hipótesis necesitaba confirmación. Rusia lo intentó durante unos 75 años, y fracasó estrepitosamente, lo mismo que China. No hay ninguna solución humana capaz de resolver nuestro problema del pecado.
Así pues, permanece la cuestión: ¿Cuál es la solución a nuestro problema del pecado? ¿Es cambiar el entorno político y económico? Si arranco el manzano y lo sitúo en un campo de naranjos, ¿comenzará entonces a producir naranjas? No. Hace algunos años cierto movimiento pretendió hacer eso mismo. Se denominaba "The Moral Re-armament", pretendiendo que si uno se "arma" con amor pureza y honestidad, el mundo cambiará a mejor. Prometía evitar cualquier otra guerra. Ese movimiento agoniza hoy, sin haber conseguido para nada su objeto.
La razón por la que la iglesia cristiana languidece, es por no haber reconocido la respuesta dual del evangelio al problema del pecado. El poder del evangelio no está sólo en la sangre de Cristo, sino también en la cruz de Cristo. En virtud de la sangre de Cristo derramada, Dios puede perdonar los pecados; pero la pecaminosidad no puede ser perdonada; es necesario que continúe. Uno de los errores que solemos cometer al hacernos cristianos es que pensamos que, con la ayuda de Dios, podemos cambiar nuestras naturalezas pecaminosas. Pero no hay tal. En Juan 3:6, Jesús dijo a Nicodemo: "Lo que nace de la carne, es [siempre] carne; y lo que nace del Espíritu, es espíritu". La solución divina al problema de la carne pecaminosa no es el mejoramiento o conversión de ésta.
¿Sabes cuál es la respuesta de Dios, en lo referente a la carne? ¿Sabes cuál es su veredicto? ¡Crucifixión! La carne ha de morir. Esa es la receta. Dios te perdona los pecados mediante la sangre de Cristo, pero no te perdona por la pecaminosidad. Lo que hace es poner el hacha al árbol. El manzano que da manzanas amargas debe ser arrancado, y hay que plantar uno nuevo en su lugar. 2ª de Corintios 5:17 nos dice lo que hace la cruz: "Si alguno está en Cristo, es una nueva creación. Las cosas viejas pasaron, todo es nuevo". La fórmula del evangelio no consiste en cambiar el entorno. Tampoco consiste en mejorar tu yo. Esta es la fórmula: ‘NO YO, SINO CRISTO’.
Eso es lo que llevó a un sabio francés del siglo XIX a hacer la declaración: "Todo cristiano nace crucificado". Dietric Bonhofer, el mártir moderno que murió en Alemania a la edad de 39 años, dijo: "Cuando Dios te llama, te llama a morir". Si no has muerto, si fuiste enterrado vivo cuando tu pastor te bautizó, no eres aún cristiano, ya que el evangelio requiere la entrega de tu vida, a cambio de la vida de Cristo. Tal es el remedio divino al problema de nuestro pecado.
La muerte de Cristo no significa que un hombre muriera en lugar de todos los hombres. La Biblia no enseña tal cosa. Cierto, Cristo murió por nosotros, en el sentido de que gustó la muerte por todos. Tú y yo, como cristianos, nunca habremos de experimentar la segunda muerte que Cristo "gustó" en la cruz. Agradezcamos por ello a Dios. Pero cuando murió, no se trataba de un Hombre muriendo en lugar de todos los hombres. Eso es pura ilegalidad. Ninguna ley, divina o humana, lo sancionaría. De acuerdo con la enseñanza del Nuevo Testamento, fueron todos los hombres los que murieron en un Hombre. La muerte de Cristo fue una muerte corporativa.
Cuando un equipo brasileño gana un trofeo mundial, ¿quién se alegra? No sólo el equipo ganador, sino toda la nación, pues está en él representada. Así, cuando Cristo murió, lo hizo como "NOSOTROS". "Si uno murió por todos, luego todos han muerto" (2 Cor. 5:14). De igual forma en que todos los hombres pecaron en Adán, también todos los hombres murieron en Cristo, el segundo Adán.
¿Qué declaró Cristo en relación con la cruz, en Juan 12:31? "Ahora es el juicio de este mundo". Cuando Adán pecó, su pecaminosidad pasó a todos los hombres (Rom. 5:12 y 18). Puesto que la raza humana es la multiplicación de la vida de Adán, todos estábamos en él cuando pecó. De igual manera, esa misma raza humana fue incorporada en Cristo en la encarnación, de forma que cuando Él murió, nosotros morimos en Él. Esa es la verdad de la cruz según la cual, todo el mundo fue juzgado en Cristo.
Por lo tanto, cuando aceptas esa verdad por la fe, la cruz de Cristo resulta ser tu cruz. Jesús dijo: ‘Si decides seguirme, has de negar el yo, y tomar diariamente tu cruz’ (Luc. 9:23). Puesto que Jesús habló de llevar nuestra cruz, muchos suponen que la cruz del cristiano debe consistir en una cruz individual, distinta de la cruz de Cristo. Así, es común oír que Dios ha dado a cada uno su propia e intransferible cruz.
Y dado que solemos identificar la cruz del creyente con las penurias de la vida, se concluye que cada uno tiene una cruz distinta a la del resto. Algunos tienen cruces pesadas, y otros livianas. Algunos las tienen grandes, y otros pequeñas. Las dificultades nos hacen a menudo exclamar: "El Señor me ha asignado una cruz muy pesada".
La Biblia no enseña eso en ninguna parte. Dios no da a cada uno cruces individuales. Sólo una cruz puede salvar. Es la cruz de Cristo, y se trata de una cruz corporativa. Al hacerte cristiano, la cruz de Cristo se convierte en tu cruz. Las congojas de la vida no constituyen la cruz , puesto que afligen igualmente a los incrédulos. Los cristianos no son los únicos que deben enfrentarse a problemas en esta vida. La cruz de Cristo es la que recibes como tu cruz, cuando aceptas a Cristo y a éste crucificado. La cruz de Cristo viene a ser tu cruz y la mía, desde el momento en que nos unimos a Él por la fe.
Aquel ladrón en la cruz que esperamos ver salvo, llevaba literalmente una cruz propia, pero no es esa cruz la que lo salvó, sino la cruz de Cristo. Recuerda que la cruz del creyente es la cruz de Cristo, que significa que su muerte es tu muerte, y Él murió al pecado (Rom. 6:10 y 11).
Después de ilustrar el problema ocasionado por la ley del pecado, en Romanos 7:24 el apóstol exclama: ‘¿Quién me librará de esta ley de pecado y muerte, de este cuerpo que me arrastra a la tumba, debido a la ley del pecado que mora en mí?’. Su repuesta triunfal es: "¡Gracias doy a Dios, por nuestro Señor Jesucristo!". Dos versículos más adelante, dice: "Mediante Cristo Jesús, la ley del Espíritu que da vida, me ha librado de la ley del pecado y de la muerte".
En Cristo tengo libertad, no sólo de la condenación del pecado, sino también del poder del pecado. Así lo afirma Pablo en Romanos 8:2. En el versículo siguiente explica cómo se cumple lo anterior: "Porque lo que era imposible a la Ley, por cuanto era débil por la carne; Dios, al enviar a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado, y como sacrificio por el pecado, condenó al pecado en la carne".
Observa dos cosas en el versículo. Primero, Cristo se identificó a sí mismo con nuestro problema del pecado haciéndose en todo como nosotros (ver también Hebreos 2:14-18). Segundo, resolvió el problema del pecado, condenándolo –condenando la pecaminosidad– en la carne. Pecado no se refiere aquí a nuestros actos pecaminosos, sino al principio o ley del pecado que mora en nuestros miembros, en nuestra carne. En Juan 1:29 vemos a Juan el Bautista presentando a Jesús en estos términos: "¡Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!" Jesús no vino solamente a perdonarte, sino a quitar el pecado (en singular) del mundo. En la cruz, según Romanos 8:3, Cristo "condenó al pecado en la carne". Condenó la ley del pecado. No disculpó, consintió ni excusó, sino que condenó, ejecutó la ley del pecado, a fin de que la justicia de la ley pudiera cumplirse en ti y en mí, que no andamos según los deseos de la carne, sino del Espíritu (Rom. 8:4).
Dicho de otro modo, la solución que Dios tiene para nosotros en el doble problema del pecado, se encuentra en Cristo, y en éste crucificado. Dado que aceptó la paga del pecado, de cada uno de nuestros pecados, su sangre nos limpia de todo pecado. Pero nosotros fuimos muertos con Él, Dios aplicó el bisturí a la raíz misma, al origen del problema del pecado, que es el poder o principio del pecado. De acuerdo con 1ª de Pedro 2:24, Cristo "llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros podamos morir a los pecados, y vivir a la justicia".
Repitamos esta gloriosa verdad de la cruz: Nuestra muerte en Cristo es esencial por dos motivos, si analizamos el pecado en sus dos aspectos. En primer lugar, nuestra muerte en Cristo es imprescindible para que la justificación sea aceptable desde el punto de vista legal. Ciertamente todos los hombres murieron objetivamente en Cristo, pero si rechazas esa muerte como la tuya propia, si rehusas identificarte con la cruz de Cristo, estás rechazando tu muerte en Cristo, lo que impide que su sangre pueda perdonarte legítimamente. Es por ello que 1ª de Juan 1:7 al 9 dice que "si andamos en la luz [que es la luz de la verdad de la cruz]... la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado". Y en segundo lugar, nuestra muerte en Cristo se dirige a la raíz misma de nuestro problema del pecado. Pone coto a la ley de pecado que está en mis miembros.
Si algún día tienes que asistir al funeral de un alcohólico, nunca se te ocurra llevar una botella de licor y ofrecérsela al difunto. No te la aceptará. Terminó con la bebida. ¡Se acabó para él el problema del alcohol! La solución de Dios al problema del pecado no es mejorarte. Su antídoto contra el poder del pecado es atacar a sus mismas raíces mediante la cruz de Cristo. La cruz de Cristo viene a ser entonces el poder de Dios para salvación.
En Gálatas 5:24 leemos: "Los que son de Cristo, han crucificado la carne con sus pasiones y sus malos deseos". Así es como debe estar la carne con todos sus deseos. Dice Romanos 13:14: "Vestíos del Señor Jesucristo, y no fomentéis los malos deseos de la carne". "Vivid según el Espíritu, y no satisfaréis los deseos malos de la carne" (Gál. 5:16). ¿Quieres obtener la victoria sobre el poder de la carne? La encontrarás en la cruz de Cristo, no en tus promesas y resoluciones. Éstas son como telarañas. En Juan 12:24, dijo Cristo: "Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo. Pero al morir, lleva mucho fruto".
El versículo expresa el mensaje de la cruz en términos agrícolas. Me encanta la jardinería, pero sé que guardando el paquete de semillas en la estantería no puedo obtener ningún resultado. La semilla ha de llegar al suelo y morir. Cuando germina, no lo hace como semilla sino como brote que crece y produce vida. Al arrancar el manzano silvestre y plantar otro provechoso en su lugar, he de esperar unos cinco años hasta ver manzanas, pero cuando las vea, si el árbol es el bueno, podré deleitarme comiendo sus frutos.
Cuando tú y yo morimos en Cristo y aceptamos su vida de justicia en lugar de la nuestra de pecado, llevamos buen fruto. Como dice la parábola, unos granos dan cien, otros sesenta, y otros treinta. No es la cantidad lo importante. Tal es el mensaje de la cruz para hoy. Es el poder de Dios para salvación del pecado.
Terminamos este capítulo citando Juan 12:25: "El que ama su vida [de pecado, se entiende], la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo [la vida de la carne], para vida eterna la guardará". Si te aferras a tu vida en Adán, un día la perderás para siempre, sin obtener nada a cambio.
La gran verdad que el mundo necesita conocer es que Cristo derramó su sangre por sus pecados. Eso es lo que el incrédulo está en necesidad de saber. La gran necesidad del cristiano que ha sido ya perdonado, justificado, y obtuvo la paz, que aparece ante Dios como si nunca hubiera pecado, no es especialmente que Cristo derramó su sangre por él, puesto que eso lo sabe ya. Lo que necesita saber es que él murió en Cristo a fin de poder llevar fruto. El método divino para que llevemos fruto no es el hacernos mejores, sino el entregar nuestra vida para obtener a cambio la vida de su Hijo, una vida que complace a Dios.
Mi oración sincera es que aceptes la cruz de Cristo ahora. La cruz de Cristo habla así: ‘Estoy crucificado juntamente con Cristo, sin embargo vivo. Pero no soy yo quien vive, sino que Cristo vive en mí’ (Gál. 2:20). Cristo siempre estuvo dispuesto a ir allí donde el Padre lo envió, a obedecer a su palabra, dispuesto a ir hasta la misma cruz por salvarnos. Que su amor pueda motivarnos, de forma que estemos prestos morir a nosotros mismos, a fin de que sea Él quien viva, y el mundo no nos vea a nosotros, sino a "Cristo en vosotros, la esperanza de gloria".