La Cruz de Cristo

Capítulo 4

La resurrección

Ningún estudio sobre la cruz de Cristo puede considerarse completo, a menos que incluya la resurrección. Para los discípulos lo era todo, y juega un papel vital en nuestra redención. En este capítulo final sobre la cruz de Cristo, analizaremos cuatro razones importantes por las que la resurrección de nuestro Señor Jesús es esencial para el cristiano en términos de su salvación.

Veamos primero la resurrección con los ojos de los discípulos. Recordemos que todos ellos eran judíos. Eran víctimas del judaísmo. Se los había educado en la convicción de que el Mesías no había de ser un siervo sufriente, sino un rey conquistador que destruiría el imperio romano y establecería su propio reino. Esa era la esperanza que animaba a los discípulos, cuando aceptaron a Jesucristo como a su Salvador.

A pesar de que más de una vez Jesucristo mismo les había anticipado su muerte y resurrección, sus ideas preconcebidas sobre el Mesías tenían tal arraigo que dejaron de apreciar el significado de su muerte y resurrección cuando estas ocurrieron.

Después que Cristo resucitó, vemos que los primeros discípulos en verle, a parte de María, fueron aquellos dos varones referidos en Lucas 24. A partir del versículo 13 leemos cómo los dos discípulos camino de Emaús –distante unos diez kilómetros de Jerusalén–, estaban francamente desanimados. Su estado era tal que cuando Jesús se juntó a ellos, no lo reconocieron. Cuando Jesús les preguntó: "¿Qué conversáis entre vosotros mientras andáis?" (‘¿Qué significan esas palabras de desaliento que oigo?’), le respondieron en estos términos: ‘¿Quieres decirnos que no sabes realmente lo que ha sucedido? Ese hombre, Jesús de Nazaret, creíamos que era el Mesías, Aquel de quien los profetas habían hablado. Pero nuestros dirigentes lo crucificaron y nuestras esperanzas han saltado hechas pedazos, y de eso hace ya tres días’.

Entonces Jesús, mientras caminaban hacia el pueblo, les dijo: "¡Oh simples y lentos de corazón para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, para entrar en su gloria? Y empezando desde Moisés y todos los profetas, les declaró lo que toda la Escritura decía de él" (vers. 25 al 27).

Les dijo: ‘¡Estaba todo escrito! ¿Por qué no lo visteis?’ No lo vieron porque sus ideas preconcebidas los habían cegado. Un problema que aún nos aflige hoy, en lo referente a comprender la verdad. Más tarde, en ocasión de la cena, cuando Jesús levantó las manos para bendecir el pan, se dieron cuenta de quién estaba hablando con ellos, y la emoción que les embargó fue indescriptible.

En los versículos 23 al 33 se nos informa de que en aquella misma hora regresaron a Jerusalén. Recorrieron de nuevo aquellos diez kilómetros y encontraron a los once apóstoles y a los que estaban con ellos reunidos, diciendo: "El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón". Entonces les relataron lo sucedido en el camino y cómo lo reconocieron al partir el pan. Imagina a aquellos desanimados y chasqueados discípulos, con sus esperanzas destruidas por la cruz, cuando de repente la resurrección cambió radicalmente su estado. Comprendieron que era el Mesías, que Jesús había venido, no a conquistar a los romanos sino a conquistar el pecado y a librarlos de las garras de la muerte.

Teniendo lo anterior in mente, prestemos atención a las cuatro razones de la importancia vital de la resurrección para el cristiano.

I. La primera de ellas es que la resurrección vindicó la justicia que Jesús obtuvo en nuestro beneficio, de forma que pudiésemos ser cualificados para el cielo. Pablo, tras haberse presentado en Romanos 1 como apóstol llamado por Dios, separado para predicar el evangelio a los gentiles, en el versículo 2 afirma que el evangelio había sido prometido mediante los profetas del Antiguo Testamento, pero ahora no era ya ninguna promesa, sino una realidad. Y la realidad consiste en Jesucristo, el Hijo del hombre según la simiente de David, y el Hijo de Dios según la vida de santidad que vivió. Es decir, Jesucristo era tanto hombre como Dios, a fin de poder ser el Salvador del mundo. Mediante su humanidad su unió a nosotros, la raza humana necesitada de redención, y mediante su divinidad nos unió al Padre celestial.

Habiendo declarado la justicia de Cristo, aporta ahora la prueba de esa justicia: "declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de los muertos". ¿Qué quiso decir Pablo? ¿Qué relación tiene la resurrección de Cristo con el Espíritu de santidad o la justicia que se manifestó en su vida? Si Jesús hubiese pecado en algún pensamiento, palabra o hecho, el Padre no habría tenido el derecho a resucitarlo de los muertos. El poder último del pecado es la muerte. En Romanos 6:23, Pablo dice: "la paga del pecado es la muerte". La ley dice que el alma que peca ha de morir. Cristo llevó los pecados del mundo, pero Él mismo no tenía pecado.

Cuando murió, cuando nuestros pecados lo llevaron hasta el sepulcro y pagó el precio de nuestros pecados en la cruz, el pecado no pudo mantenerlo prisionero en la tumba, dado que su vida había estado perfectamente libre de pecado. Resucitó para demostrar que en su misión terrenal había obtenido una perfecta justicia. Si hubiera pecado en cualquier manera que fuese, Dios no habría tenido el derecho legal para resucitarlo. Pero el hecho de que así lo hiciera prueba que la justicia que Cristo obtuvo en esta tierra, en su humanidad, durante los 33 años anteriores a la cruz, era perfecta.

Como ejemplo, Pablo, refiriéndose a Cristo, dijo en Romanos 4:25 que "fue entregado por nuestros pecados, y resucitado para nuestra justificación". En la cruz llevó la culpabilidad y el castigo de nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación. Es decir, Dios entregó a Cristo para que llevase la paga de nuestros pecados, de forma que podamos ser justificados de ellos. Entonces resucitó a Cristo como evidencia de que esa justificación fue perfecta. Fue resucitado "a causa de" nuestra justificación (N.T. Interlineal). El precio del pecado se pagó enteramente en la cruz y por lo tanto, Dios tenía el perfecto derecho a resucitarlo de los muertos, siendo que Él mismo no tenía pecado.

Resumiendo el primer punto: la resurrección de Cristo vindica su justicia, obtenida a favor de la raza humana pecaminosa.

II. En segundo lugar, la resurrección de Cristo asegura la nuestra. Es importante que nos quede muy claro que todo cuanto hayamos de experimentar los cristianos en este mundo y en el venidero está basado en la obra perfecta y acabada en Jesucristo. Es decir, nada hay que tú o yo podamos experimentar como cristianos, bien sea en términos del nuevo nacimiento, o bien de nuestra situación ante Dios como justificados –que nos trae paz y gozo, esperanza y seguridad–, que no haya sido ganado por Cristo en nuestro favor. Igualmente sucede si pensamos en términos de vida santa, de la esperanza de la resurrección y ascensión a los cielos, junto a Cristo; todo lo recibimos en virtud de haber sido ya ganado en la historia sagrada de nuestro Señor Jesucristo.

Dicho de otro modo: en Jesucristo, Dios redimió a la totalidad de la raza humana. Estuvimos en Él en la encarnación. En 1ª de Corintios 1:30, Pablo afirma que fue por la voluntad de Dios que fuimos puestos en Cristo, y Él nos fue hecho sabiduría, justicia, redención, santificación, y todas las cosas. Por lo tanto, puesto que Cristo es el origen de nuestra experiencia cristiana, su resurrección garantiza nuestra resurrección. En otras palabras: resucitaremos debido a que en Cristo, hemos sido ya resucitados de entre los muertos. De hecho, en Efesios 2:6 Pablo declara que "con Él nos resucitó, y nos sentó en el cielo con Cristo Jesús".

Volvamos ahora a 1ª de Corintios 15:12, y notemos el argumento de Pablo en ese pasaje. El contexto es un problema doctrinal que afectaba a miembros de la iglesia en Corinto. Algunos de ellos ponían en cuestión la resurrección de los creyentes. Así protestó Pablo: "Si se predica que Cristo resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos?" ¿Puede alguien imaginar creyentes sin esperanza de resurrección? Es muy significativo que Pablo no defiende la resurrección del creyente recurriendo al método del texto probatorio. Su prueba de que el cristiano tiene la esperanza de la resurrección, es la propia resurrección de Cristo.

Leemos a partir del versículo 13: "Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, nuestra predicación es vana, y vuestra fe también es vana". Es decir, si el origen de la resurrección, que es Cristo, no resucitó de los muertos, entonces no hay esperanza alguna para nosotros. Pero si Cristo resucitó, entonces tenemos esperanza. Pablo da entonces un paso más, viniendo a decir: ‘Si Cristo no resucitó, nuestra predicación es una mentira, pero si Cristo resucitó de los muertos, entonces nuestra predicación es verdadera, y el cristiano tiene esperanza’.

De hecho, en el versículo 19, Pablo declaró que si nuestra esperanza en Cristo se refiere sólo a esta vida, somos los más miserables de todos los hombres. ¿Por qué? Porque la esperanza del cristiano no está en este mundo, sino en el venidero. Y el comienzo del mundo venidero coincide con la resurrección de los creyentes.

"Pero lo cierto", continúa diciendo Pablo en el siguiente versículo, "es que Cristo resucitó de los muertos, y fue hecho primicia de los que durmieron". Y en los versículos 21 y 22 hace esa magistral afirmación en relación a los conceptos de en Adán, y en Cristo. "Porque así como la muerte vino por un hombre, también por un Hombre vino la resurrección de los muertos". Hay que notar que "hombre" figura ambas veces en singular. ¿Quiénes son esos dos hombres, uno de los cuales te trae la muerte, y el otro la vida? "Porque así como en Adán todos mueren, así en Cristo todos serán vueltos a la vida" (22).

Recuerda bien el contexto. Pablo no está aquí considerando simplemente a toda la raza humana en Cristo. Es decir, no está tratando aquí sólo de la verdad del evangelio en su aspecto objetivo, sino que va hasta la experiencia subjetiva del creyente. ¿Tienen esperanza de resurrección los cristianos que han aceptado la verdad tal cual es en Cristo? La respuesta es: ‘Sí’. ¿Por qué? ¿Cuál es la garantía de nuestra resurrección? La resurrección de Cristo. "Pero cada uno en su orden: Cristo la primicia, después los que son de Cristo, en su venida" (23).

La resurrección de Cristo es la garantía de la resurrección de todo creyente. Pablo dirigió estas palabras a los creyentes en Tesalónica: "Creemos que Jesús murió y resucitó, y que Dios traerá con Jesús a los que durmieron en él" (1 Tes. 4:14). En el versículo 15 y sucesivos, explica cómo el Señor mismo descenderá del cielo con aclamación, con voz de arcángel, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivamos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes, tras haber sido transformados "en un abrir de ojo" de la corrupción a la incorrupción, para recibir al Señor en el aire.

El asunto es, no obstante, que debido a que Jesús conquistó la tumba, nosotros –los creyentes– tenemos la esperanza de la resurrección. Un último texto al respecto: "Bendito el Padre y Dios de nuestro Señor Jesucristo, que según su gran misericordia nos regeneró en esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos" (1 Ped. 1:3). Dicho de otro modo, la resurrección de Cristo es nuestra esperanza. Nuestra esperanza no está en este mundo, sino en el venidero. Aparecemos ante Él perfectos en Cristo, pero dado que tenemos un cuerpo mortal, todos estamos sujetos a la muerte, la que la Biblia llama la primera muerte. Pero para el cristiano esa muerte no es el segador implacable, sino simplemente sueño, y sueño significa reposo.

El cristiano que muere está reposando en Cristo, y cuando Cristo venga y clame poderosamente con trompeta de Dios y diga ‘¡Resucitad, los que dormís en Cristo!’, todos los creyentes que han muerto en Cristo saldrán vencedores de la tumba, siendo su victoria el resultado de la victoria por la que Jesucristo salió vencedor de su tumba.

Y así, Pedro añade: ‘Bendito el Padre y Dios de nuestro Señor Jesucristo, que según su gran misericordia nos dio la esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo.

III. Eso nos lleva a la tercera razón por la que eso es importante: La resurrección de Cristo hace posible su ministerio intercesor en el santuario celestial. Cuando tú y yo aceptamos a Cristo, seguimos siendo pecadores que estamos siendo salvos por la gracia. El aceptar a Cristo, la experiencia del nuevo nacimiento, no cambia la naturaleza de nuestra carne. Seguimos siendo potencialmente pecadores al 100 %; así es que necesitamos un mediador, un Abogado, "a Jesucristo el Justo"(1 Juan 2:1). Mientras seamos pecadores, tenemos un Mediador, puesto que Jesús conquistó la muerte, ascendió al cielo y está ahora sentado a la diestra de Dios, "viviendo siempre para interceder" por nosotros (Heb. 7:25).

Observa lo que Pablo tiene que decir al respecto en Romanos 8. En los capítulos precedentes ha venido presentando el evangelio desde todo punto de vista imaginable. Comienza en 3:21 y prosigue hasta el 8:30, para concluir su exposición con la siguiente pregunta: "¿Qué diremos? Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?" (31). ¡Maravillosa conclusión! Si Dios está de nuestra parte, poco importa quién pueda estar contra nosotros.

Cierto, el diablo nos puede acusar día y noche, tal como indica Apocalipsis 12:10, pero tenemos un Abogado, el Justo. Leemos en Romanos 8:34; "¿Quién condenará?" Es el diablo quien condena, pero presta oído a las buenas nuevas: "Cristo es el que murió". Recuerda, murió para quitar nuestra condenación, y "además está a la diestra de Dios, e intercede por nosotros". Pablo dijo que Jesús resucitó para nuestra justificación (Rom. 5:25). En Romanos 8:34 dice virtualmente: ‘Cristo, quien conquistó la muerte, está ahora sentado a la diestra de Dios, intercediendo por nosotros’.

En 1ª de Juan 2:1 el apóstol afirma que el evangelio son buenas nuevas, pero nunca permitas que las buenas nuevas de salvación, que es un don gratuito para favorecer a los pecadores, se convierta en gracia barata para favorecer el pecado. El evangelio no nos concede jamás licencia para pecar. Ahora bien, Juan reconoce que vivimos todavía en un mundo de pecado, poseemos aún una naturaleza pecaminosa.

Caemos en el pecado porque fallamos en aprender bien la lección de andar en el Espíritu, y así, en 1ª de Juan 2:1 leemos: "Hijitos míos, esto os escribo para que no pequéis [aquí emplea el tiempo verbal presente]. Pero si alguno hubiera pecado [esta vez emplea el aorista, o pasado histórico], Abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo el Justo". Así, la resurrección de Cristo hace posible que tengamos a la diestra de Dios un Intercesor en representación de los creyentes, a Jesucristo.

Veamos un texto más en relación con esto. Hebreos fue dirigido primariamente a los cristianos judíos que estaban en peligro de dar la espalda a Cristo y volver al judaísmo. El autor de Hebreos, que en mi opinión es Pablo, aclara en su epístola que Cristo es la realidad de todo cuanto había sido bosquejado en el Antiguo Testamento. Y por ser la sustancia y realidad de todo lo prefigurado, es superior a todo cuanto pudiera haberse dado a los judíos en el Antiguo Testamento, el viejo pacto.

Leamos ahora Hebreos 7:25 en su contexto: "Como Jesús permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable. Por eso puede también salvar eternamente a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder por ellos". Los sacerdotes levíticos del Antiguo Testamento no podían interceder por los judíos en el auténtico sentido de la palabra. ¿Por qué? Primeramente, porque ellos mismos eran pecadores. Sin duda recordarás cómo en el día de las expiaciones no podían entrar al lugar santísimo sin haber ofrecido antes un sacrificio por sus propios pecados y por los de sus familias. Jesús no tuvo que ofrecer sacrificio alguno por sí mismo, pues venció al pecado. Ni siquiera en un pensamiento consintió al pecado, y como ya se ha comentado anteriormente, es por ello que Dios tuvo el derecho legal a resucitarlo. Jesucristo es un sacerdote que jamás ha pecado, que ha vencido al pecado y la muerte.

La segunda diferencia es que los sacerdotes levíticos estaban limitados en su intercesión, por ser seres humanos no sólo pecadores, sino también mortales. Ello significa que su longevidad era comparable a la de cualquier otro contemporáneo. Pero Cristo, cuando resucitó de los muertos, lo hizo para no morir ya nunca más. Y por ser Salvador eterno, puede interceder por nosotros desde el momento de su ascensión hasta el fin. Tenemos un Abogado, un Sacerdote que es capaz de salvarnos plenamente, no porque seamos buenos, sino porque Él es nuestra justicia y está a la diestra de Dios vindicando y defendiendo a sus creyentes.

Jesucristo es nuestro Abogado, nuestro Salvador, y es poderoso para salvar plenamente a todo aquel que se allega a Dios mediante Él, puesto que no hay condenación para los que están en Cristo. Como dijo el mismo Jesús (Juan 5:24), el que está en Cristo "pasó [ya] de muerte a vida".

IV. Eso lleva finalmente a la cuarta razón importante por la que la resurrección es importante para el creyente. La resurrección de Cristo demostró de una vez y para siempre que el poder de Dios manifestado en Jesucristo es superior a todo el poder del pecado que Satanás puede alistar mediante la carne pecaminosa. En Romanos 7:14 encontramos una declaración notable del apóstol, a propósito de nuestro problema con el pecado. Dice allí que la ley es espiritual, pero que nosotros, en contraste, somos carnales, vendidos como esclavos del pecado. Debido a ello, al ser humano, abandonado a sí mismo, le resulta imposible vivir una vida de santidad y rectitud. Cierto, puede desear la práctica del bien; puede escoger hacer la voluntad de Dios, se puede deleitar en la ley de Dios, pero ¿cómo cumplir ese deseo?, ¿cómo realizar aquello que decidió? "Dejado a mí mismo", resulta imposible.

Recuerda que en Romanos 7:14 al 25, Pablo no está refiriéndose al cristiano controlado por el Espíritu Santo. Se refiere al creyente que está intentando vivir una vida santa en y por sí mismo. ¿Cómo podemos saberlo? Porque en Romanos 7:25, Pablo aclara: "dejado a mí mismo" (autos ego). Significa ‘abandonado a mí mismo, aparte del Espíritu de Dios, puedo servir a la ley de Dios sólo con mi mente. Puedo escoger obedecer su ley, puedo hacer resoluciones, puedo hacer promesas, pero mi carne no me permitirá efectuar lo que he escogido hacer’. Esa es la razón por la cual cada promesa que hacemos a Dios tiene la fuerza de una telaraña, o como dice el original de El Camino a Cristo (p. 47), la fuerza que tienen las ¡cuerdas de arena! ¿Por qué? Porque en mis miembros opera la ley del pecado y yo soy un esclavo de ella.

¿No hay pues esperanza de conquistar la carne? Tras haber clamado lamentando su condición desgraciada, el apóstol dice en la primera parte del versículo 25: "¡Gracias doy a Dios, por nuestro Señor Jesucristo!" Alabemos a Dios por el magnífico Salvador que nos ha dado. Tenemos un Salvador, que no sólo nos ha salvado de nuestros pecados, sino también de la ley del pecado, del poder o la fuerza del pecado. Jesucristo no sólo llevó los pecados del mundo, sino que además, como dice Pablo en Romanos 8:3, condenó el pecado en la carne. No lo excusó ni lo disculpó, sino que lo venció, lo condenó.

¿Cuál es la gran prueba de que condenó al pecado en la carne? La resurrección. Al resucitar, Cristo demostró que su poder sobre el pecado es mayor que el poder del pecado en nosotros. Intentaré explicarlo. Vayamos al capítulo 15 de 1ª de Corintios. Ya hemos considerado ese capítulo, pero ahora vamos a dirigir la atención a los versículos 55 y siguientes. "¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la Ley. Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo".

Lo que dice Pablo aquí, es que el poder último del pecado consiste en llevarnos a la tumba a ti y a mí. Si podemos vencer la tumba, eso demuestra que podemos vencer el pecado. Y nadie excepto Cristo ha vencido de por sí la tumba. Moisés resucitó de su tumba, y muchos, en la resurrección de Cristo, resucitaron de los muertos. Pero ninguno de ellos lo fue por su propia justicia. Resucitaron porque eran creyentes en Cristo. Resucitaron por el poder de Cristo, quien conquistó el sepulcro. Veámoslo así: El pecado, tus pecados y los míos, hicieron que Jesús descendiera a la tumba. No fue su pecado el que lo causó, pues nunca cometió pecado alguno. Fue nuestro pecado el que lo llevó al sepulcro. Pero nuestros pecados no pudieron retenerlo allí. Y en ello manifestó Jesús su poder sobre el pecado.

"Así, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, abundando en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano" (58).

La siguiente ilustración puede ayudar a comprender lo que intento decir. Cuando estábamos en el campo misionero, hubo ocasiones en las que mi familia se veía obligada a permanecer aislada de la sociedad. Tenía entonces que dedicar algún tiempo a mis hijos, a fin de que no se sintieran abandonados. En ocasiones jugábamos de esta manera: me estiraba en el suelo y hacía que mi hijo me sujetara los pies, y mi hija las manos. Entonces los desafiaba así: ‘A ver quién puede más. Si prevalecéis vosotros, no podré levantarme de aquí. Si soy yo quien vence, me levantaré’. ‘¿Estáis preparados?’ –¡Sí!, me contestaban. Hacían toda la fuerza que les era posible, pero siempre acababa levantándome.

De eso hace muchos años. Recientemente mi hijo me dijo: ‘Papá, ¿por qué no repetimos ahora aquel juego?’ Ahora no tendría modo de librarme de mis hijos. Los dos me han dejado pequeño, así que les respondí: ‘Eso era un juego para niños. Ahora habéis crecido, y recordad, "cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Pero cuando llegué a ser hombre, dejé lo que era de niño" ’. Naturalmente se echaron a reír, sabiendo que esta vez nada podría impedirles vencerme.

Pues bien, nuestros pecados clavaron a Cristo en la tumba, pero no pudieron mantenerlo allí. Mediante el Espíritu, fue resucitado de los muertos. Así, por el Espíritu que mora en Él, se revela el poder de Dios contra el poder del pecado. En Romanos 8:2 Pablo nos dice que el Espíritu de la vida en Cristo me ha librado del poder del pecado y de la muerte. En otras palabras, en Cristo confluyeron esas dos fuerzas: el Espíritu de la vida y el espíritu del pecado que residía en nuestra humanidad que Él tomó. Cristo conoció ambas fuerzas, y Dios permitió que nuestros pecados lo llevaran al sepulcro, pero no pudieron retenerlo allí. El Espíritu de vida lo resucitó de los muertos.

En vista de lo anterior, Pablo hizo una sorprendente y magnífica declaración que debemos aplicar a nuestra vida cristiana: "Y si el Espíritu de Aquel que levantó de los muertos a Jesús habita en vosotros, el que levantó a Cristo Jesús de entre los muertos, vivificará también vuestro cuerpo mortal, por medio de su Espíritu que habita en vosotros" (Rom. 8:11). Esa es precisamente la razón por la que Pablo dice en el versículo 4 del mismo capítulo que cuando andamos conforme al Espíritu, se cumple en nosotros la justicia de la ley, no porque seamos capaces por nosotros mismos de cumplirla, sino porque el Espíritu de vida que demostró su poder contra el pecado al resucitar a Cristo, mora en nosotros. Es poderoso para mantener en sujeción tu carne pecaminosa y de reproducir el carácter justo de Cristo.

Siendo así, el cristiano no tiene simplemente la esperanza de la resurrección junto con una entrada para el cielo, sino que, mediante el Espíritu que mora en él, tiene la firme esperanza de reproducir en su vida el carácter justo de nuestro Señor Jesucristo. Ahora bien, eso sólo sucede cuando aprendemos a caminar conforme al Espíritu.

Una de las últimas cartas que Pablo escribió fue la destinada a los Filipenses, y en ella encontramos una importante afirmación concerniente a sí mismo, que debiera ser la meta de todo creyente que contienda con la carne y la naturaleza pecaminosa. En el versículo 9 del tercer capítulo, Pablo expone con rotundidad que su salvación reposa en la justicia de Cristo. Y así debiera hacer todo creyente. Dice entonces en el versículo 10: "A fin de conocer a Cristo, conocer la virtud de su resurrección, y participar de sus padecimientos, hasta llegar a ser semejante a él en su muerte, para llegar de algún modo a la resurrección de los muertos". Luego continúa así: "No que lo haya alcanzado ya, ni que sea perfecto [no pretende haber vencido totalmente a la carne], sino que prosigo, por ver si alcanzo aquello para lo cual fui también alcanzado por Cristo Jesús". Es decir, ‘en Cristo soy victorioso. En Él he conquistado ya el pecado’. ‘Ese es mi blanco’, "no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago, olvido lo que queda atrás, me extiendo a lo que está delante, y prosigo a la meta, al premio al que Dios me ha llamado desde el cielo en Cristo Jesús". Uno de esos premios, uno de esos llamados, es la victoria sobre la carne.

Habiendo dicho lo anterior, es necesario hacer ciertas aclaraciones. La primera es que la victoria sobre el pecado o sobre la naturaleza pecaminosa, no es lo mismo que perfección impecable. Dios nos concede la victoria sobre el pecado estando aún en naturaleza pecaminosa. Pero no es hasta la segunda venida de Cristo que experimentaremos la perfección impecable, cuando esto corruptible sea transformado en incorruptible. En otras palabras, de este lado de la eternidad, continuamos siendo indignos pecadores. Por lo tanto, nuestra paz y seguridad jamás se basarán en nuestros sentimientos, en la percepción de nuestra experiencia subjetiva. La justificación es sólo por la fe en la vida y muerte de Cristo.

El propósito de la victoria sobre la carne es testificar al mundo del poder del evangelio en nuestras vidas. Cuando el mundo vea en nosotros el carácter de amor que Jesús manifestó en esta tierra, ese amor que se da, desprovisto de egoísmo, ese amor incondicional; entonces se dará cuenta de que el evangelio no es sólo una teoría, sino poder de Dios para salvación. El mismo Jesús dijo en Juan 13:35: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros". En el versículo anterior especifica que se trata del mismo tipo de amor que Él manifestó hacia los hombres.

En segundo lugar, es preciso aclarar que la victoria sobre el pecado, o la santidad de la vida, no contribuyen en lo más mínimo a nuestra justificación, o a nuestro derecho al cielo. Es sólo y exclusivamente en Cristo que los poseemos. Esa es la única base de la seguridad para nuestra salvación. Nuestro derecho al cielo o nuestra justicia, jamás proceden de nosotros mismos, de nuestra experiencia, ni siquiera de nuestra victoria mediante el poder del Espíritu Santo. No es esa la base de nuestra seguridad y nuestra paz, dado que aún siendo cierto que el Espíritu Santo nos da la victoria, en esta tierra nunca tendremos plena conciencia de ello.

Eso nos lleva a la tercera aclaración: La victoria sobre el pecado es tarea propia de Dios, puesto que tú y yo seguimos teniendo naturalezas pecaminosas, y abandonados a nosotros mismos, como Pablo explica en Romanos 7, no podemos vencer a la carne. Cuando Dios nos da la victoria, podemos no saberlo. Nuestra parte, desde el principio hasta el final, es la fe. Esa es nuestra batalla. Dijo Pablo a Timoteo, hacia el final de sus días: "he peleado la buena batalla de la fe". Esa es la lucha que tú y yo hemos de pelear.

En Lucas 18:1 al 8 leemos sobre una parábola en la que Jesús describió a los que son débiles en la fe. En su introducción, les habló sobre la necesidad "de orar siempre, y no desmayar". Les refirió entonces la parábola del juez injusto y la viuda importuna. Y en la conclusión (versículo 8), planteó la pregunta: "Cuando el Hijo del hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?" ¿Es Dios poderoso para hacer que su pueblo desarrolle una fe inquebrantable, cuya fe en la Palabra de Dios sea inamovible, que no sea posible hacerlo dudar de Jesucristo aunque el cielo se derrumbe? Cuando Dios tenga un pueblo que camine sólo por fe, entonces tendrá libre el camino para hacer que las vidas de ellos reflejen perfectamente el carácter de Cristo.

Por consiguiente, nos gloriamos en la resurrección de Cristo por el motivo de que reivindica su justicia, la cual nos justifica; garantiza nuestra resurrección; hace posible que Cristo sea nuestro intercesor, de forma que, si bien somos pecadores, podemos mirar a los demás y a nosotros mismos sin vergüenza, sabiendo en Quién hemos creído, sabiendo que es capaz de salvarnos plenamente.

Por último, la resurrección de Cristo nos da la esperanza de vencer a la carne y vivir una vida agradable a Dios. Esa es mi oración para ti. Amén.