1888 Re-Examinado

Presentación

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La despretensiosa reunión de delegados a la asamblea de 1888 de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día en Minneapolis se volvió el punto crucial de intenso interés en la Iglesia Adventista del Séptimo Día en amplitud mundial.

Este libro aborda esas y otras indagaciones vitales. Fue escrito originalmente como un documento confidencial para la Asociación General. Ahora está actualizado y divulgado en respuesta a numerosos pedidos por todo el mundo. En muchas declaraciones anteriormente no publicadas de Ellen G. White esta obtiene permiso de hablar libre y francamente en relación a los temas de 1888 que son de soberano interés. El cierne de esas declaraciones era desconocido para la mayoría de sus contemporáneos. Lo que ella dijo será una sorpresa para muchos en esta generación.

Donald K. Short y Robert J. Wieland (foto) son ministros ordenados con un total conjugado de casi 100 años de servicio a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, 62 como misioneros en África. La publicación de este libro fue iniciada por la Comisión de Estudio del Mensaje de 1888 compuesta de laicos y ministros que desean revivir aquel "preciosísimo mensaje".

El ministerio pastoral de Robert J. Wieland incluye 25 años en la obra Adventista en África, como departamental, fundador de la Voz de la Esperanza en África Oriental, y como autor y editor de la "África Herald Publishing House", y consultor de la "Adventist All Africa Editorial". Sirvió a la iglesia por más de 55 años, veinte de ellos en Quenia y Uganda. Es el fundador de la Comisión para el Estudio del Mensaje de 1888.

Prefacio

Los autores mantienen la firme convicción de que Dios le confió a los adventistas del séptimo día Su último mensaje de gracia más abundante para la humanidad. Este mensaje debe suplir una cura final para el problema del pecado, demostrar justicia en la humanidad creyente, y vindicar el sacrificio de Cristo. No puede entrar en el reino del cielo "cosa alguna contaminada, ni el que practica abominación y mentira".

Los autores también creen que el Salvador tiene un inmensurable deseo de que Su pueblo prepare el camino para Su retorno. El mensaje que el Señor le envió a este pueblo en 1888 tuvo la intención de completar Su obra de gracia en los corazones humanos de modo a que el gran conflicto pudiese ser traído a un fin. Pero algo salió errado un siglo atrás. El plan del Señor fue frustrado y retardado. ¿Qué sucedió? ¿Por qué esta larga demora?

Las luces del farol de un siglo atrás disminuyeron de intensidad y en muchos casos se extinguieron y desaparecieron. Los pilares del adventismo se macularon. Nuestro pueblo no abandonó verbalmente la confianza en la segunda venida de Cristo, pero la expectación de Su próximo retorno se abatió. Muchos están desorientados y confundidos. El mundo presente atrae para las modas, divertimientos, y confort egocéntrico.

Aun en iluminadas comunidades adventistas del séptimo día con una rica herencia histórica, el divorcio casi se ha vuelto epidémico. El beber socialmente es un problema en nuestros colegios y universidades y en muchos de nuestros hogares. La mayoría de los adventistas en América del Norte no tienen una clara concepción de un Día de la Expiación celestial o de nuestra singular obligación con respecto a la temperancia y dominio propio en relación con eso. Es impresionante como en una época de conocimiento humano explosivo, nosotros como un pueblo generalmente aun tenemos solamente un vago concepto de lo que Cristo está haciendo como Sumo Sacerdote en este Día de la Expiación final, y escasa simpatía con Sus objetivos. Y aquello que no comprendemos no podemos comunicárselo al mundo.

Es bien sabido que una gran proporción de nuestros jóvenes se resiente de claras convicciones de la identidad adventista del séptimo día. Una serie de artículos en la Adventist Review de Junio de 1986 reconoce un nuevo fenómeno: jóvenes adventistas se están uniendo a iglesias observadoras del domingo (ver capítulo 13 de este libro).

Ministerios independientes y grupos divididos proliferan. Escándalos financieros y herejías dan material para los molinos de los críticos. Serias indagaciones son suscitadas cuanto a si la Iglesia Adventista del Séptimo Día está destinada a volverse otro segmento de Babilonia.

El "más precioso mensaje" que el Señor le envió a Su pueblo casi un siglo atrás, contiene el "inicio" de la solución de todos esos problemas. Fue un mensaje de gracia mucho más abundante. Nuestras crecientes perplejidades son resultado directo, la cosecha cierta, de una falta de creer, pasada y actual, de aquel mensaje de 1888. Cuando la verdad es rechazada, el error siempre se precipita para llenar el vacío. Pero ningún problema es demasiado grande para ser rectificado mediante el arrepentimiento.

Sin mayor demora la iglesia mundial debe conocer la historia completa de nuestra confrontación de un siglo con Cristo. Ellen White frecuentemente comparaba nuestra falta cuanto a 1888 con el rechazo para con Él dos milenios atrás. Este libro reexaminará sus cartas y manuscritos, así como declaraciones publicadas. Se le debe permitir que hable francamente, sin inhibición. Cuando la verdad plena sea comprendida, declárenla estos autores de modo suficientemente claro, u otros autores que aun surgirán teniendo en eso un mayor éxito, el arrepentimiento y reforma tendrán lugar y un pueblo estará preparado para la venida del Señor. El mensaje laodiceano no fallará, sino que resultará en cura y restauración.

La confianza de Ellen White es objetivamente resumida en un breve mensaje escrito por su hijo poco antes de su fallecimiento: "Le conté a la Sra. Lida Scott como mamá consideraba la experiencia de la iglesia remanente, y de su enseñanza positiva de que Dios no permitiría que esta denominación apostatase tan completamente al punto de que se levante otra iglesia" (Carta, 23 de Mayo de 1915). Esta declaración deja implícito que habría en verdad una apostasía bastante seria—pero el Señor no permitiría que se volviese total. Hasta su muerte ella abrigó la convicción de que el arrepentimiento denominacional por fin se daría.

Lo que Decía el Mensaje de 1888

Este libro no tiene el objetivo de reproducir el propio mensaje en sí. Varios otros trabajos preparados por otros autores tratan de hacerlo 1. Pero para aquellos que no tienen acceso a tales publicaciones o a las fuentes originales, listamos en forma bastante breve un resumen de los elementos singulares, esenciales de aquel mensaje. Los lectores reconocerán que esos conceptos están en contraste con las ideas generalmente (u oficialmente) tenidas por nuestro pueblo hoy (la documentación está disponible en los libros citados en la nota al pie de página):

(1) El sacrificio de Cristo no es meramente provisional sino eficaz para el mundo entero, de modo que la única razón por la cual alguien puede perderse es preferir resistir a la gracia salvadora de Dios. Para aquellos que por fin se salvarán, Dios fue quien tomó la iniciativa; en el caso de los que se pierdan, ellos son los que tomaron la iniciativa. La salvación es por la fe; la condenación es por no creer.

(2) Así, el sacrificio de Cristo legalmente justificó "todo hombre", y literalmente salvó al mundo de la destrucción prematura. Todos los hombres Le deben su vida física, crean o no en Él. Cada rebanada de pan está señalada con Su cruz. Cuando el pecador oye y cree en el puro evangelio, es justificado por la fe. Los perdidos deliberadamente niegan la justificación que Cristo ya efectuó por ellos.

(3) La justificación por la fe es, por lo tanto, mucho más que una declaración legal de absolvimiento; ella transforma el corazón. El pecador ahora recibió la expiación, que es reconciliación con Dios. Una vez que es imposible ser verdaderamente reconciliado con Él y no ser también reconciliado con Su santa ley, se sigue que la verdadera justificación por la fe hace al creyente obediente a todos los mandamientos de Dios.

(4) Esa maravillosa obra es cumplida mediante el ministerio del nuevo pacto en el cual el Señor realmente escribe Su ley en el corazón del creyente. La obediencia es amada, y la nueva motivación trasciende el temor de estar perdido o de espera de recompensa por estar salvo (cualquiera de esas motivaciones es lo que Pablo quiere decir con la frase "debajo de la ley"). El antiguo y el nuevo pacto no son cuestiones de tiempo, sino que de condición. La fe de Abrahán lo capacitó a vivir bajo el nuevo pacto, mientras multitudes de cristianos hoy viven bajo el antiguo pacto debido a que la preocupación centralizada en el yo es su motivación. El antiguo pacto era la promesa del pueblo para ser fiel; bajo el nuevo pacto la salvación viene de creer en las promesas de Dios para nosotros, no de hacerle promesas a Él.

(5) El amor de Dios es activo, no meramente pasivo. Como el Buen Pastor, Cristo está activamente buscando la en busca da oveja perdida. Nuestra salvación no depende de que busquemos al Salvador, sino que en creer que Él está buscándonos. Aquellos que están perdidos finalmente continúan resistiendo y despreciando la atracción de Su amor. Esta es la esencia de no creer.

(6) Así, es difícil estar perdido y es fácil ser salvo si se comprende y cree cuán buenas son las buenas nuevas. El pecado es un constante resistir a Su gracia. Una vez que Cristo ya pagó la penalidad del pecado de todo hombre, la única razón por la cual alguien puede ser condenado al final es la persistente falta de creencia, una rehúsa en apreciar la redención provista por Cristo sobre la cruz y por Él ministrada como Sumo Sacerdote. El verdadero evangelio trae a la luz esa falta de creencia y conduce a un arrepentimiento efectivo que prepara al creyente para el retorno de Cristo. El orgullo humano y el loor y la lisonja a seres humanos son incompatibles con la verdadera fe en Cristo, pero es una señal segura de la persistente incredulidad, aun dentro de la iglesia.

(7) Al buscar a la humanidad perdida, Cristo siguió el camino completo, tomando sobre Sí la naturaleza caída y pecaminosa del hombre después de la caída. Eso Él lo hizo para que pudiese ser tentado en todos los puntos como nosotros, y, sin embargo, demostrar perfecta justicia "a semejanza de carne pecaminosa". El mensaje de 1888 acepta el término "semejanza" como teniendo su sentido obvio, no el de desemejanza. Justicia es una palabra nunca aplicada a Adán en su estado no caído, ni a los ángeles sin pecado. Solamente puede traducir una santidad que entró en conflicto con el pecado en la decaída carne humana, y sobre él triunfó.

Así, "el mensaje de la justicia de Cristo" que Ellen White endosó tan entusiastamente en la época de 1888 está enraizado en esa única visión de la naturaleza de Cristo. Si Él hubiese asumido la naturaleza sin pecado de Adán antes de la caída, el término "justicia de Cristo" sería una abstracción sin sentido. Los mensajeros de 1888 reconocieron la enseñanza de que Cristo tomó solamente la naturaleza sin pecado de Adán antes de la caída como un legado del romanismo, la insignia del misterio de la iniquidad que Lo mantiene "alejado" y no "al alcance de la mano".

(8) Así, nuestro Salvador "condenó el pecado en la carne" de la decaída humanidad. Eso significa que Él superó el pecado por la ley; el pecado se volvió desnecesario a la luz de Su ministerio. Es imposible tener la verdadera fe neotestamentaria en Cristo y continuar en pecado. No podemos excusar el continuo pecar declarando que "somos apenas humanos" o que "el diablo me llevó a hacerlo". A la luz de la cruz, el diablo no puede forzar a nadie a pecar. Ser verdaderamente humano es ser semejante a Cristo en carácter, pues Él era y es plenamente humano, tanto como divino.

(9) Se sigue que el único elemento que precisa el pueblo de Dios a fin de prepararse para el retorno de Cristo es aquella genuina fe del Nuevo Testamento. Pero este es precisamente el elemento del cual carece la iglesia. Ella se imagina doctrinaria y experimentalmente "rica", de nada teniendo falta, cuando en verdad su pecado básico es una patética incredulidad. La justificación es por la fe; es imposible tener fe y no demostrar justicia en la vida, porque la verdadera fe opera por el amor. Las fallas morales y espirituales son el fruto de perpetuar el antiguo pecado de Israel de incredulidad hoy, mediante la confusión de una falsa justificación por la fe.

(10) La justificación por la fe desde 1844 es "el tercer mensaje angélico en verdad". Así ella es mayor que aquello que los reformadores enseñaban y lo que las iglesias populares hoy entienden. Es un mensaje de gracia abundante compatible con la verdad adventista singular de la purificación del santuario celestial, una obra contingente con la plena purificación de los corazones del pueblo de Dios sobre la tierra.

Hay otros aspectos del mensaje de 1888 tales como reformas en los métodos de salud y educación, pero nuestra principal preocupación en este libro es el corazón, como fue reconocido por Ellen White-- justificación por la fe. No es verdad que el mensaje de 1888 era opuesto a la organización eclesiástica (ver capítulo 10).

Significado del Mensaje Hoy

La historia y el mensaje de 1888 propician una clave para la reconciliación con el Señor Jesús. La gran "expiación final" se volverá realidad. "Habrá una fuente abierta para la casa de David [el liderazgo de la iglesia] y a los habitantes de Jerusalén [la iglesia organizada] para el pecado y para la impureza". Algunos, tal vez muchos, despreciarán y rechazarán esa fuente de la cual habla Zacarías, pero creemos que el cierne del corazón del pueblo de Dios es honesto. Cuando conozcan la verdad plena, responderán. "Tu pueblo estará dispuesto en el día de Tú poder", declara el salmista. El genio latente del adventismo aun percibirá y recibirá verdades ahora percibidas pálidamente. A despecho de la oposición dentro de la estructura eclesiástica, la consciencia adventista aun reconocerá el testimonio de Ellen White sobre 1888 como siendo una genuina manifestación del espíritu de profecía, "el testimonio de Jesús". En su impacto sobre corazones honestos, la verdad es invencible.

El mundo y el universo aguardan aquel otro ángel que desciende del cielo "con gran autoridad, y la tierra se iluminó con su gloria". Si era plan del Señor que el mensaje de 1888 fuese el "comienzo" de la obra de aquel ángel y el "comienzo" de la lluvia tardía, ¿podría algo ser más importante que buscar la verdad plena a su respecto?

Que este libro pueda ser leído con una oración por discernimiento y un espíritu de fe y arrepentimiento.

Los Autores.

3 de Junio de 1987.