1888 Re-Examinado

Capítulo 1

¿Por qué examinar nuestro pasado adventista?

El Movimiento Adventista hasta aquí no hizo un progreso compatible con su misión profética. Ha habido progreso, pero no del modo como la Escritura declara que debe ocurrir. Los tres ángeles de Apocalipsis 14 aun no han agitado el mundo. Millones aun conocen poco o nada sobre este mensaje de vida o muerte.

No podemos negar que el cuarto ángel de Apocalipsis 18 aun no ha iluminado la tierra con la gloria de su mensaje. El programa de Dios de amorosa preocupación por este planeta ha sido impedido de cierto modo. El largo atraso profundiza la perplejidad en la iglesia y asume proporciones infames.

Decir que fracasamos en cumplir nuestro deber es meramente declarar el problema en términos diferentes: ¿Por qué no cumplimos nuestro deber, y cuándo lo cumpliremos? Y decir que Dios en breve actuará y hará algo es declararlo de otro modo aun: ¿Por qué Él ya no hizo aquello que por fin hará?

No nos atreveríamos acusar a Dios de negligencia en el cumplimiento de Su palabra. Sabemos que Él ama tanto al mundo que dio a Su Hijo para su redención, y que ha estado listo para conducir el plan de salvación a su triunfo final hace mucho tiempo. La cruz demuestra Su total dedicación al problema humano. Tal amor niega cualquier posibilidad de indiferencia divina. Sin embargo, millones casi nada saben a respecto de Su mensaje de gracia. ¿Deben ellos quedarse sin jamás saber, sin jamás tener la oportunidad de apreciar el precio de la redención que Él pagó y de Su ministerio sumo-sacerdotal en andamiento? Las preguntas demandan respuestas: ¿Cuál es la razón para el atraso, y cómo puede la dificultad ser rectificada?

En la mayor parte de un siglo hemos buscado respuestas en cada programa sucesivo, resoluciones, prácticas y estrategias evangelísticas. Si solamente algún poder sobrenatural llevase a efecto la propagación del mensaje universalmente, de modo fenomenal, de modo que la población mundial pudiese por lo menos entender de que se trata, entonces el movimiento sería vindicado, y su largamente esperado triunfo se concretizaría. No habría entonces necesidad de reexaminar nuestra historia.

Pero Dios no puede vindicar un pueblo tibio. Eso anularía Su insistencia de un siglo para que siga principios rectos comunicados mediante una mensajera inspirada. Tal renuncia correspondería a Su admisión de derrota, englobando todo el plan de la redención, porque su verdadero éxito depende de ese momento final.

La Razón es Evidente

La esperanza del pueblo de Dios en todas las eras ha sido la primera resurrección. Por razones bíblicas, los adventistas del séptimo día no pueden concordar con sus hermanos de otras comuniones que creen que los salvos van inmediatamente para su recompensa por ocasión de la muerte. Las Escrituras indican que "duermen en Jesús" hasta que retornen en la primera resurrección. Pero esa esperanza es vana a menos que Cristo vuelva por segunda vez, porque Su presencia personal solamente puede hacer posible la resurrección. "Ese mismo Jesús" debe volver literal y personalmente. Ningún espíritu etéreo substituto puede levantar los muertos.

Pero esa creencia adventista presenta un serio problema que se confronta con las teorías populares de justificación por la fe. Si el alma humana es por naturaleza inmortal y los salvos van para el cielo cuando mueren, ninguna preparación especial de carácter para la segunda venida se hace necesaria. No hay cualquier obra adicional que el "evangelio eterno" pueda cumplir fuera de lo que es cumplido por miles de años por aquellos que murieron. Así, las concepciones populares de justificación por la fe no dan lugar a cualquier preparación especial para una segunda venida.

Esa es la razón por la cual la mayoría de los protestantes no-adventistas concibe la justificación por la fe como limitada a una justificación legal. Según su punto de vista, la obediencia perfecta a la santa ley de Dios no es necesaria ni tampoco posible. Una preparación especial para la segunda venida de Cristo simplemente está excluida de su pensamiento.

Pero la verdad bíblica de la naturaleza del hombre requiere que una comunidad de creyentes vivos esté lista para la segunda venida de Cristo de modo que una resurrección de los muertos pueda suceder. Él es un Agricultor que no puede venir a Su cosecha hasta que ésta esté madura (Marcos 4:26-29). Pero suponga que el pueblo de Dios nunca se aliste, sea porque no puede, sea porque no quiere.

Cristo dice a Su propio respecto: "Yo vencí..." (Apocalipsis 3:21), y Él le declara al "ángel de la iglesia en Laodicea" que sus miembros deben vencer "así como también" Él venció. Evidentemente una preparación especial se hace necesaria. Pero si esa preparación especial nunca se realiza, ¿debe Él admitir por fin que Su pueblo no puede o no vencerá, que Su padrón para él ha sido demasiado elevado, que Él nunca esperó seriamente que pudiese ser alcanzado? ¿Entendimos errado a Cristo por más de un siglo, presumiendo que Él requiere obediencia a Su ley cuando la obediencia es imposible? ¿Puede darse que ninguna preparación especial es necesaria para Su pueblo?

Hay serias indagaciones. Un considerable segmento de la iglesia y su ministerio se inclina en la dirección de concepciones populares de que no es posible vencer el pecado per se. Tales ideas fueron adaptadas para el adventismo, según el punto de vista calvinista de que mientras alguien posea una naturaleza pecaminosa, la persistencia en pecar es inevitable, y, por lo tanto, excusable. (Eso lógicamente niega el significado de la idea adventista exclusiva del Día de Expiación antitípico).

Rebajar la expectativa de Dios a fin de vindicar un pueblo descuidado y tibio sería un insulto a la divina justicia. Significaría establecer la Antigua Jerusalén en la nueva tierra, continuamente desviándose, sin arrepentimiento y desobediente, en lugar de la espiritualmente triunfante y plenamente arrepentida Nueva Jerusalén. Eso desanimaría las esperanzas de Abraham que "aguardaba la ciudad que tiene fundamentos, de la cual Dios es el arquitecto y edificador". Esa "ciudad" sería una comunidad finalmente victoriosa de sus descendientes espirituales, no meramente unos pocos individuos dispersos, sin coordinación (cf. Hebreos 11:10). ¡La fe de Abraham no osaría ser en vano! Debe haber un pueblo que al8 cance esa madurez de experiencia cristiana y fe de la cual él fue el verdadero ancestral espiritual. Este es el clímax en cuya dirección la historia ha marchado.

Y no solamente Abraham ejerció tal fe. Leemos que el propio Cristo ejerció fe en Su pueblo, a despecho del hecho de que en el pasado ellos "no creyeron". Él dio Su sangre por los seres humanos y para la completa redención de la raza humana. ¡Esa es una inversión cara si el retorno se revela insatisfactorio! Al final, "la fidelidad de Dios" no se irá a "deshacer" (Romanos 3:3). De otro modo, el evangelio eterno será dejado en descrédito y Él estará eternamente aproblemado por haber ejercido una fe ingenua en la humanidad.

Fracaso: Un Impensable Desenlace para el Programa de Dios

Aun cuando Cristo haya muerto por nosotros y haya pagado el precio de todos nuestros pecados como nuestro divino Substituto, debe haber alguna respuesta de fe de nuestra parte. Sin un pueblo verdaderamente listo para la segunda venida de Cristo, y sin una comprensión de su misión mundial, el Señor no puede volver. Él no puede tomar Su poderosa hoz hasta que "la siembra" esté madura (Apocalipsis 14:15-16). El adventismo está profundamente enraizado en esa obvia verdad. No hay medio por el cual podamos alejarnos de eso y aun permanecer adventistas.

Antes que el Señor pueda vindicar Su iglesia remanente, la generación presente debe de algún modo en principio rectificar todo fracaso del pueblo de Dios en seguir la luz. Eso debe ser cumplido no por un programa de obras, sino que por su fe desarrollada en forma madura. Como Juez, Dios no puede aprobar al impenitente, sean individuos o sea un movimiento.

Los descubrimientos de este estudio sugieren que han habido algunas serias incomprensiones de la historia vital de los adventistas del séptimo día. Hay evidencia de que la verdad concerniente a la lluvia tardía del Espíritu Santo y el alto clamor de Apocalipsis 18 ha sido distorsionada y aun encubierta. Eso ha acarreado trágicas consecuencias a nivel mundial. La incomprensión de nuestro pasado también saca de foco nuestro entendimiento del presente y debilita la confianza en nuestra misión exclusiva. Y eso puede hacernos presas del desastre. Es imposible para cualquier persona en cualquier parte entender los acontecimientos actuales correctamente si tiene los hechos de su pasado distorsionados.

La verdad nada pierde por ser reexaminada detalladamente. Sea una doctrina teológica o una afirmación vital de la historia eclesiástica. Ellen White indica que a eso tiene que aferrarse:

"Ninguna verdadera doctrina perderá algo por rigurosa investigación. Estamos viviendo en tiempos peligrosos, y no nos conviene aceptar todo lo que se reivindica ser verdad sin un detenido examen, ni podemos darnos el lujo de rechazar algo que produzca los frutos del Espíritu de Dios; sino que debemos ser susceptibles a la instrucción, mansos y humildes de corazón. ... El Señor determina que nuestras opiniones sean puestas a prueba". (RH, 20 de Diciembre de 1892).

"Si nosotros mismos no sometemos "a prueba" nuestras opiniones concernientes a doctrinas e interpretaciones históricas, mentes perspicaces entre nuestros oponentes finalmente harán el servicio por nosotros.

"Si Dios ha hablado por mi intermedio, llegará el tiempo en que seremos llevados ante los consejos y ante millares a causa de Su nombre, y cada uno de nosotros tendrá que dar las razones de su fe. Entonces llegará la más severa crítica sobre cada posición que ha sido asumida por la verdad". (RH, 18 de Diciembre de 1888).

Cuando las palabras anteriores fueron escritas, estaban en andamiento importantes hechos de la historia denominacional. Hoy, ciertas interpretaciones entre nosotros han asumido casi la forma y autoridad de "doctrina". De ahí la necesidad de una cuidadosa investigación, de modo que la verdadera historia pueda ser distinguida de la "tradición de los ancianos". Por razones a ser más tarde explicadas, envolvemos el episodio de 1888 de nuestra historia en las neblinas de esa tradición. Los hechos deben ser separados de la fantasía.

Arrepentimiento y el Día de la Expiación

La purificación del santuario nunca puede completarse hasta que el incidente histórico de 1888 se vuelva plenamente entendido y el problema espiritual subyacente sea resuelto. Ese segmento particular de nuestra historia es especialmente significativo. Eso está implícito en una declaración escrita por Ellen White al presidente de la Asociación General, O. A. Olsen, cuatro años después de la asamblea de Minneapolis:

"El pecado cometido en lo que tuvo lugar en Minneapolis permanece en los libros de registro del cielo, señalados contra los nombres de aquellos que resistieron la luz, y permanecerá en los registros hasta que se haga una plena confesión, y los transgresores se presenten en total humildad ante Dios". (Carta 019, 01-09-1892).

Escritos posteriores indican que una "plena confesión" nunca fue hecha y que la experiencia de "total humildad ante Dios" no se hizo sentir en la mayoría de ellos. Aquellos hermanos murieron todos, pero eso no significa que los "libros de registro del cielo" estén automáticamente borrados. Ellos registran el pecado colectivo, así como el pecado personal. La verdad fundamental que ha hecho de los adventistas del séptimo día un pueblo único es que la muerte no purifica los libros de registro celestiales. La purificación debe ocurrir en el "juicio investigador", un Día de Expiación colectivo y final.

La cuestión en debate no es la salvación de las almas de aquellos queridos líderes de un siglo atrás que resistieron el mensaje. Ellos descansan en el Señor, en paz, mientras permanecen prisioneros en sus tumbas. La cuestión ahora es la finalización de la obra de Dios sobre la tierra, desarrollando una empatía hace mucho tiempo necesaria con el Señor de modo que podamos verdaderamente darle "gloria, porque venida es la hora de Su juicio". Precisamos recobrar en esta generación la valiosísima bendición que nuestros hermanos de un siglo atrás "sonegaron al mundo" y "a nuestro pueblo, en gran medida" (1MS:234-235). Somos "un cuerpo" en Cristo, "una ciudad" o una comunidad espiritual colectivamente envuelta con aquellos hermanos del pasado. Los pecados de ellos es nuestro pecado, aparte del arrepentimiento específico, inteligente.

El "cuerpo" está tibio, afectado con enfermedad espiritual que puede tener sus orígenes identificados que remontan a 1888. Una nueva generación debe ahora interpretar correctamente lo que ocurrió en una generación pasada debido a sus profundas implicaciones para nuestra condición espiritual hoy. El mensaje de Cristo para Su iglesia de los últimos días requiere implícitamente un reexamen de nuestra historia que esté más allá de nuestro complejo de "rico estoy, de nada tengo falta" (Apocalipsis 3:14-21).

Una falla en hacerlo así acarrea sobre nosotros la culpa de generaciones pasadas. Estamos siendo probados tan verdaderamente como ellos lo fueron. A semejanza del Calvario, 1888 es más que un mero evento histórico. La providencia de Dios no permitirá que sea cubierto por el polvo en el sótano del adventismo, olvidado por una nueva generación. Aquello representa el desarrollo de principios que se aplican nuevamente a cada generación hasta la victoria final de la verdad.

En un cierto sentido real, hoy estamos cada cual junto al Calvario; también somos "delegados" de la Asamblea de 1888. Seremos llamados a cumplir lo que una generación pasada falló en hacer. Una profecía inspirada nos habla de cómo 1888 debe ser reexaminado:

"Deberíamos ser el último pueblo sobre la tierra a abrigar en el grado más ínfimo el espíritu de persecución contra aquellos que están llevando el mensaje de Dios al mundo. Ese es el más terrible aspecto de la falta de espíritu cristiano que ya se haya manifestado entre nosotros desde la reunión de Minneapolis. Algún tiempo será visto en su verdadero carácter, con todo el peso de los ayes que de ella resultó. (GCB 1893, p.184; énfasis adicionado).

Un ex-presidente de la Asociación General también reconoció que esta cuestión de 1888 debe permanecer una continua prueba entre nosotros hasta que finalmente venzamos de hecho:

"Algunos pueden sentirse amedrentados ante la idea de que Minneapolis sea citado [en estas reuniones, 1893]. Se que algunos se sintieron ofendidos y amedrentados ante cualquier alusión a aquella asamblea, y a esa situación. Pero tengamos en mente que la razón por la cual alguien deba sentirse así es un espíritu insumiso de su parte. Tan luego nos sometamos completamente, y humillemos nuestro corazón ante Dios, la dificultad se eliminará completamente. La misma idea de que alguien se amedrente revela inmediatamente la simiente de la rebelión en el corazón...

"Si fallamos en una ocasión, el Señor nos lanzará al piso nuevamente; y si nosotros fallamos por segunda vez, Él nuevamente nos arrojará abajo; y si fallamos una tercera vez, el Señor nos pondrá por tierra una vez más. ... En lugar de sentirnos incomodados con la idea de que el Señor nos está arrojando al mismo piso, seámosle gratos, y alabémosle incesantemente, pues esa es la misericordia y compasión de Dios. Cualquier otra cosa fuera de eso es nuestra ruina y destrucción". (O. A. Olsen, Ibíd., p. 188).

Hoy puede haber algunos que también se sienten "ofendidos y amedrentados" de que se proceda una tal investigación de nuestra historia. ¿Por qué prestar tanta atención a pasado trágico? ¿Por qué no olvidarlo e ir "adelante" de donde ahora estamos?

Según ese presidente de la Asociación General de 1893, sensibles sentimientos de resentimiento a respecto de 1888 indican una actitud de corazón en guerra con el Espíritu Santo de Dios. Tal vez el Señor lo impresionó a decir lo que dijo. Y Ellen White también nos recuerda que hay un terrible peligro de olvidar el pasado (VE:196). Una predicción hecha por A. T. Jones en la misma sesión de 1893 parece propositalmente asestada sobre ese blanco:

"Habrá cosas venideras que serán más sorprendentes que lo que fue para aquellos que estaban en Minneapolis,--más sorprendentes que cualquier cosa que ya hayamos contemplado. Y, hermanos, nos será requerido recibir y predicar esa verdad. Pero a menos que usted y yo tengamos toda la fibra de ese espíritu enraizado en nuestros corazones, trataremos ese mensaje y al mensajero por el cual sea enviado, como Dios ha declarado que hemos tratado este otro mensaje [de 1888]". (GCB 1893, p. 185).

Necesidad de Percepción, en Vez de Más Palabras

Enfrentar la verdad plena no es ser "crítico". La verdad a respecto del pasado no solamente ilumina el misterioso presente; transmite esperanza por el futuro desconocido. La verdad plena es siempre buenas nuevas. Cuando la reconocemos, nuestras tentativas de asegurar la prometida lluvia tardía y efectuar la cosecha final tendrán éxito. El camino más largo alrededor se comprobará que es el más corto para llegar al hogar. La experiencia de fe presupone un pleno reconocimiento de la verdad. Pero hasta que estemos dispuestos a enfrentar la verdad, todo nuestro catálogo de obras debe fracasar porque estarán necesariamente destituidas de aquella fe salvadora.

Bajo la dirección de Dios, la historia debe llevarnos a un enfrentamiento con la realidad:

(1) El amor de Dios requiere que Su mensaje de "buenas nuevas eternas" vaya a todo el mundo, proclamado con poder. Pero Él ha declarado que no puede añadir Sus bendiciones a la confusión en nuestros campamentos.

(2) El falso "Cristo" del mundo moderno es impotente para asegurar la iglesia remanente permanentemente en sus manos. Él no puede conceder un poder sobrenatural sobre ella como un todo, como por fin lo hará con otras corporaciones religiosas, a causa de la presencia en su interior de muchos millares que insistirán en la plena aceptación de la verdad. Son adventistas del séptimo día concienzudos debido a profundas convicciones basadas en la Escritura. No doblarán sus rodillas a Baal. Y no permitirán que Baal tenga éxito en silenciarlos porque están conscientes de ser miembros del cuerpo de Cristo. Permanecerán firmes como lo hizo Aquel solitario en el templo, que insistía: "No hagáis de la casa de mi Padre casa de negocio" (Juan 2:16).

(3) Así, la Iglesia Adventista del Séptimo Día no fallará en la crisis final, porque hay un residuo de fuerza de los honestos de corazón que aun constituyen una gran proporción de su comunión. Esa fuerza hace impotente la tentativa final de Baal de subyugar al Israel de Dios. ¡Aun Baal no puede adicionar sus falsas bendiciones a un pueblo dividido, dudando entre dos opiniones! El factor decisivo que asegura la victoria por la verdad es la pureza del santuario celestial, un ministerio sumo-sacerdotal del Salvador del mundo que nunca tuvo lugar en la historia antes de 1844.

El próximo paso será para aquellos que reivindican recibir "la bendita esperanza" de decidir seguir, en el sentido de plena dedicación, un Señor u otro. Las implicaciones de tal decisión son tremendas para ser contempladas.