1888 Re-Examinado

Capítulo 2

El pecado de dejar nuestro primer amor

Nadie puede cuestionar la genuinidad de la experiencia espiritual de aquellos que pasaron por el movimiento de 1844. Jesús era "precioso" a los creyentes que esperaban Su breve venida, y sus corazones estaban unidos en sincera y profunda devoción. Reconocían el Espíritu Santo como innegablemente presente en aquel movimiento.

Fue esa convicción que trascendía al mero apego a la corrección teológica, que sustentó la confianza del "pequeño rebaño" en medio al Gran Chasco. La Iglesia Adventista del Séptimo Día fue concebida en una experiencia de genuino amor y nació como trabajo de parto del alma de aquellos pocos que arriesgaron todo en su reconocimiento de una obra genuina del Espíritu Santo. Así, ella fue bien nacida, concebida en la verdadera fe y no en el legalismo.

En sus primeros años ella amó al Señor con un corazón sincero, y apreciaba la presencia del Espíritu Santo. Sus dificultades posteriores derivan de un trágico abandono de ese "primer amor", y una falla consecuente en reconocer el verdadero Espíritu Santo.

Ya en 1850, ese calor de dedicación por Jesús comenzó a ser gradualmente substituido en los corazones de muchos por una condición "insensata y durmiente" y "medio-despierta", según la joven mensajera do Señor. Un insidioso amor del yo comenzó a tomar el lugar del verdadero amor por el Salvador, produciendo la tibieza. Orgullo y complacencia en poseer un sistema de verdad gradualmente sofocaron mucha de la fe simple en Jesús, de corazón, que llevó a su aceptación originalmente.

De ese modo, luego después del Gran Chasco de 1844 y la reunión del "pequeño rebaño" que mantuvo su fe, se desarrolló una deficiencia en su entendimiento de la importancia de los tres mensajes angélicos. La deficiencia no era teológica, sino espiritual. La iglesia se asemejaba a un adolescente que crece físicamente, pero, por otro lado, permanece un niño.

La "verdad" logró un progreso fenomenal y era tenida por invencible en debate, pero "los siervos del Señor confiaron demasiado en la fuerza del argumento", declaró Ellen White en 1855 (1T:113). Eso hizo difícil que resistiesen a la tentación inconsciente y sutil de acoger un orgullo espiritual--¿no encontraron ni aceptaron la verdad, y por ella se sacrificaron? Parecía haber mérito en tal sacrificio. Ministros y evangelistas erguirían sus tiendas en una nueva comunidad, agitando otros ministros e iglesias populares, venciendo los argumentos y debates, arrebañando sus "mejores" miembros, bautizándolos y erguiendo una nueva iglesia, partiendo de ahí para nuevas victorias casi en todas partes. Disfrutaban una euforia de éxito.

La oposición los llevó a acariciar la esperanza de vindicación personal y colectiva en el segundo advento más que la anticipación amorosa de encontrar al Amado, incluyese ese encuentro vindicación o no. La fe de ellos se les hizo más un acto de creencia en la verdad doctrinaria y obediencia a ella, motivada por la preocupación auto-orientada por renovación, antes que una apreciación genuina de la gracia de Cristo. En lugar de caminar humildemente en total dependencia del Señor, "nosotros" comenzamos a caminar orgullosamente con nuestra indisputable evidencia doctrinaria de la "verdad".

El resultado fue inevitablemente una forma de legalismo. La misma experiencia se ha repetido frecuentemente en las vidas individuales de los nuevos conversos adventistas. Debidamente entendida, la historia del movimiento adventista es la historia de nuestros propios corazones individuales. Cada uno de nosotros es un microcosmos del todo, como cada gota de agua incorpora la esencia de la lluvia. En todo cuanto dijimos a respecto de la experiencia de los años pasados, nos acordamos que no somos mejores que nuestros antepasados. Como Pablo le informó a los creyentes de Roma, "nosotros" hacemos las mismas cosas (Romanos 2:1). Solamente a través de una percepción que reconoce la culpa colectiva pueden las fallas de nuestra historia denominacional ser resueltas con valor positivo y animador.

Cómo Comenzó Nuestra Tibieza

Ellen White reconoció luego que nuestro problema era dejar nuestro "primer amor", una pérdida de intimidad con Cristo por no apreciar Su amor sacrificial. Ella misma aparentemente nunca perdió ese primer amor, pues estaba siempre lista y dispuesta a reconocer las manifestaciones del verdadero Espíritu Santo. Pero "nosotros" no estuvimos tan prontamente perceptivos.

Podríamos cantar alegremente con W. H. Hyde: "Oímos de la brillante y santa patria, oímos y nuestros corazones se alegran", sin embargo hubo una constante tensión entre reconocer y apreciar el don de profecía vivo, y nuestro resentimiento humano natural contra su reprobación o corrección. Aun cuando el poder del Espíritu de Dios que caracterizaba el ministerio de Ellen White muchas veces forzaba el liderazgo de la iglesia a reconocer la divina autoridad de su mensaje, ellos raramente como un todo tení13 an una verdadera y sincera apreciación de su profundo desafío espiritual. Tal resentimiento íntimo no nos sorprende como humanos. Era evidente por toda la antigua historia israelita.

Ese casi continuo desprecio por los apelos de Ellen White para volvernos a un contrito "primer amor" resultó en los más oscuros momentos de nuestra historia. Un creciente pero inconsciente amor propio de ministros y creyentes sofocó la fe genuina, y, como consecuencia, la habilidad de discernir la operación del Espíritu Santo se extinguió. Un episodio tan horrible, nunca imaginado por los pioneros (y casi así para nosotros hoy) finalmente vino a suceder. Llegaría el tiempo en 1888 en que aquella poderosa Tercera Persona de la Divinidad sería de hecho "insultada" por los delegados responsables junto a la Sesión de la Asociación General (cf. Ms 24, 1892, Special Testimonies, Serie A, Nº 7, p. 54; ver capítulo seis). ¿Cómo podrían los adventistas del séptimo día hacer eso?

No fuese por el continuo ministerio de Ellen White, es de dudar que el movimiento pudiese haber sobrevivido de modo diferente al de una secta legalista, a semejanza de los "testigos de Jehová" o de la Iglesia de Dios Mundial. Eso por sí sólo -- generalmente reconocido como verdad -- es un comentario impresionantemente claro de la naturaleza de nuestra arraigada incredulidad. Estábamos repitiendo en pocas décadas de la historia lo que el antiguo Israel llevó siglos para cumplir. Ningún adventista del séptimo día negaría que la iglesia fuera "Jerusalén". Pero ella era aun la antigua ciudad, no la Nueva.

Fallamos en percibir los tres mensajes angélicos como el "evangelio eterno". Las doctrinas eran verdaderas. Pero los ministros y miembros estaban cegados cuanto a un apropiado discernimiento del tercer mensaje angélico en verdad, como la ceguera de los judíos los impidió de discernir el verdadero mensaje del Antiguo Testamento. Aquella verdad que los judíos no podían discernir era el lugar de la cruz en sus rituales del santuario y en el ministerio de su largamente esperado Mesías. Semejantemente, el lugar de la cruz en el tercer mensaje angélico dejó de ser percibido por nuestros hermanos de fines del siglo diecinueve.

Ya en 1867, Ellen White hablaba del principio de la cruz (en lugar de reforma del vestuario) como el motivo fundamental a inspirar todo nuestro compromiso y estilo de vida adventista del séptimo día:

"Hemos estado tan ligados al mundo que perdimos de vista la cruz, y no sufrimos por la causa de Cristo. . .

"En la aceptación de la cruz somos distinguidos del mundo". (1T:525)

"Hay demasiada agitación y movimentación cuanto a nuestra religión, mientras que el Calvario y la cruz son olvidados". (5T:133)

Crecimiento vs. Progreso

Lo que hizo nuestra condición espiritual aun más difícil de entender fue el hecho de que la iglesia disfrutaba un próspero crecimiento desde el punto de vista numérico, financiero y en términos de prestigio. Eso se reflejó en un firme aumento de la fuerza institucional, financiera y organizacional. El movimiento que naciera de menos que nada en vista de la burla mundana post-1844, había asumido la forma de una denominación permanentemente establecida y bien respetada. Teníamos lo que se reconocía ampliamente como la mejor institución de salud del mundo, y una de las más avanzadas editoras eclesiásticas en "occidente".

Lógicamente, nada había de errado con tal progreso material. La mayor parte de los avances conquistados ocurrían bajo la insistencia del agente del don de profecía. Era cierto y apropiado que instituciones fuesen establecidas, que la obra penetrase nuevas regiones e iglesias fuesen levantadas por todas partes. Pero ministros y laicos igualmente tomaron ese crecimiento en lugar del verdadero fin y propósito del movimiento adventista -- una preparación espiritual para el retorno de Cristo. De eso resultó confusión, y la auto-estima y complacencia comenzaron a aparecer en los informes semanales del "progreso de la causa" como fue publicado en la Review.

El espíritu evidente en esos informes de "progreso" se contrasta con los fervorosos mensajes de consejo que Ellen White enviaba al mismo tiempo. Muchos de los hermanos expresaban casi incesante optimismo a respecto de los resultados de su trabajo. Es verdad que Dios estaba dirigiendo, y el movimiento Le pertenecía. Pero la inspiración y la historia dicen que el aspecto más impresionante de la "obra" no era su progreso material, sino su falta de madurez espiritual.

El propósito primario del movimiento adventista siempre ha sido desarrollar el carácter semejante al de Cristo de un remanente que reivindica Su sacrificio. Ninguna otra comunidad de santos en toda la historia acogió tal madurez de experiencia, simbolizada en la Escritura como la Novia que "se atavió" (Apocalipsis 19:7). Este último remanente se volverá la población de una "Nueva Jerusalén", habiendo vencido la apostasía de todas las generaciones previas. En su carácter serán vistos los resultados prácticos de la purificación del santuario celestial. El plan de la salvación debe alcanzar su culminación, y las dudas y objeciones de Satanás y sus huestes deben ser para siempre respondidas. El propio universo no-caído debe reasegurarse al contemplar una grandiosa demostración del completo éxito del plan de salvación en su hora final. El evangelio debe demostrarse "el poder de Dios para la salvación" (Romanos 1:16).

Relacionado con el alcance de ese objetivo primario está el reconocimiento de otro secundario: la terminación del programa evangélico de misión mundial.E l alcanzar la meta secundaria es representado en la Escritura como virtualmente asegurado, una vez que la primaria sea realizada (Marcos 4:26-29; Apocalipsis 14:15; Juan 13:35).

No hubiésemos "nosotros" sido cegados por el amor propio, una verdadera comprensión de la verdad de los tres mensajes angélicos habría hace mucho tiempo garantizado el genuino progreso en el rumbo de alcanzar esa meta primaria de semejanza de carácter con Cristo. En lugar de eso, ha habido un imaginado progreso en el cumplimiento de la meta secundaria.

Pero un serio problema se vuelve inmediatamente evidente. Otras denominaciones están logrando el mismo tipo de "progreso" institucional y numérico, en hasta mayor escala, lo que sugiere que tal crecimiento significa poco en lo que tiene que ver con las reales bendiciones celestiales sobre nuestra obra. En el proceso hemos perdido de vista en gran medida la meta primaria en ese ilusorio cumplimiento de la meta secundaria. Informes oficiales alcanzan erróneas conclusiones con base en progreso estadístico y financiero. Sigue un ejemplo, la punta de un iceberg de orgullo y complacencia:

"El éxito financiero de este vasto emprendimiento denominacional no puede ser mayor que la fe y celo que animan al pueblo escogido de Dios. Esos recursos combinados, bajo el comando del Capitán de las huestes del Señor, conducirán al triunfo precoz del gran Movimiento del Segundo Advento en todo el mundo". (Thirty-seventh Financial Report, General Conference [Trigésimo Séptimo Informe Financiero de la Asociación General], 31 de Diciembre de 1948, p. 9).

En otras palabras, ¡la fe espiritual y celo del pueblo escogido de Dios son medidos por sus registros estadísticos! Se puede alegar que este es un ejemplo extremo y ultrapasado. Pero ilustra la mentalidad predominante de la época, que se puede reconocer casi que por todas partes hoy. El lenguaje de nuestros corazones reivindica que somos "ricos y de nada tenemos falta". El Autor y Consumador de nuestra fe, sin embargo, dice lo opuesto.

Esa era la condición espiritual de la iglesia en la década que precedió la Sesión de la Asociación General de 1888. La mensajera del Señor había frecuentemente deplorado el amor al yo que se volvió tan penosamente evidente en toda su difundida tibieza. En desesperados esfuerzos para ayudar, ella envió mensajes ardientes de amonestación a "nosotros" en los años que precedían la Asamblea de 1888, mensajes para motivar ministros y pueblo a recobrar el profundo y sincero amor por Jesús que se había casi perdido. Ella trabajó duro, pero por alguna razón los apelos cayeron mayormente en oídos sordos y no tuvieron éxito.

El Remedio Simple de Dios Para un Serio Problema Denominacional

¿Podría algún mensaje dinámico, alguna simple "palabra", penetrar el corazón de Laodicea y cumplir por la iglesia en un corto período lo que décadas de celoso ministerio espiritual de Ellen White no consiguieron hacer?

La respuesta es si, según el plan del Señor. Él quiso enviar tal "palabra" mediante humildes instrumentos en 1888, un mensaje para ser el "inicio" de la lluvia tardía y del alto clamor. Las circunstancias de su venida serían tan humildes como el "gusano" que provocó el secamiento de la viña de Jonás, y tan humilde como el nacimiento en el establo de Belén. Dios envió dos jóvenes y oscuros agentes con una nueva presentación de la verdad pura. Ellen White se sintió deleitada con el mensaje de ellos. Vio como propiciaba el eslabón que faltaba en el adventismo, la motivación que transformaba los pesados "deberes" del legalismo en alegres imperativos de devoción apostólica.

Pero ella se revelaba con justicia indignada con hermanos del liderazgo que no podían ver lo que estaba aconteciendo y que reaccionaron negativamente. Así se refirió ella a los dos mensajeros:

"El sacerdote tomó [al bebé Jesús] en sus brazos, pero nada pudo allí divisar. Dios no le habló y dijo: "Esta es la consolación de Israel". Pero tan luego como Simón entró, ... allí vio al pequeño Bebé en los brazos de la madre, ... Dios le dice, ... "Este es la consolación de Israel"... Allí estaba alguien que Lo reconoció porque se encontraba donde podía discernir las cosas espirituales.

"No tenemos duda de que el Señor estaba con el Hermano Waggoner mientras hablaba ayer... La cuestión es, ¿ha enviado Dios la verdad? ¿Ha levantado Dios a estos hombres para proclamar la verdad? Digo, si, Dios envió hombres para traernos la verdad que no deberíamos haber tenido en menos, como para que Dios hubiese enviado alguien para traérnosla... Yo la acepto, y no me atrevo más a levantar mi mano contra estas personas [que] contra Jesucristo, que debe ser reconocido en Sus mensajeros... Hemos estado en perplejidad, y hemos estado en duda, y las iglesias están listas para morir. Pero ahora aquí leemos [cita de Apocalipsis 18:1]." (Ms. 2, 1890).

Nuestro Problema Hoy

Un siglo después, con una maquinaria organizacional a nivel mundial más pesada, la dificultad de rectificar la misma condición de tibieza "lista para morir" parece aun más perturbadora de lo que lo fue en 1890. El orgullo y la tibieza denominacionales en muchas naciones y culturas representan un problema enorme. No se puede más esperar que el mero pasar del tiempo propicie un remedio. Hasta aun la paciencia de Dios puede en breve agotarse. Los efectos de nuestra tibieza no serán, no podrán ser tolerados por el Señor aun para siempre. Es Él quien dice que nos volvimos tan enfermos que se siente como que a punto de vomitarnos (es eso lo que el lenguaje original deja implícito en Apocalipsis 3:16-17).

La clave para entender nuestra actual situación vejatoria yace en una verdadera apreciación de lo que ocurrió en la Sesión de 1888 y sus efectos. Tenemos que reconocer la realidad de sus efectos espirituales en nuestro carácter denominacional por todo el mundo hoy. La lluvia tardía y el alto clamor comenzaron entre nosotros como un mensaje simple, nada espectacular, de poder milagroso, sino que esas bendiciones de incalculable valor fueron impedidas porque el Espíritu Santo fue "insultado".

Como eso pudo ocurrir debemos considerarlo en nuestro próximo capítulo.