1888 Re-Examinado

Un resumen de la justificación por la fe

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La doctrina verdadera de la justificación por la fe y de la justicia de Cristo, basada en la Biblia y en el Espíritu de Profecía de Ellen G. White, A.T. Jones y E.J. Waggoner, tiene los siguientes puntos esenciales:

1) El sacrificio de Cristo fue real y efectivo en favor de todo el mundo, tal que la única razón para que alguien pueda perderse es escoger resistir la gracia salvadora de Dios. Para los que finalmente sean salvos, fue Dios quien tomó la iniciativa; en el caso de los perdidos, fueron ellos que tomaron la iniciativa. La salvación es por la fe; la condenación es por la incredulidad.

2) De esa forma el sacrificio de Cristo justificó legalmente "a todo hombre", y literalmente salvó al mundo de la prematura destrucción. Todos los hombres deben aun su vida física a Jesucristo, ya sea que crean o que no crean. Cada rebanada de pan está estampada en la cruz de Cristo. Cuando el pecador oye y cree en el puro evangelio, él es justificado por la fe. Los perdidos deliberadamente niegan la justificación que Cristo ya efectuó por ellos.

3) La justificación por la fe es así mucho más que una declaración legal de absolvimiento; cuando es aceptada ella cambia el corazón por la acción del Espíritu Santo. El pecador recibe ahora la expiación, que es la reconciliación con Dios. Una vez que es imposible ser verdaderamente reconciliado con Dios sin ser reconciliado con Su santa ley, se sigue que la verdadera justificación por laf e hace con que el creyente se vuelva obediente a todos los mandamientos de Dios, inclusive a las leyes de la salud.

4) Esta obra maravillosa es realizada a través del ministerio del nuevo pacto en que el Señor realmente escribe Su ley en el corazón del creyente. La obediencia es amada, y la nueva motivación - glorificar y honrar a Cristo y llevar la salvación a otros - transciende el temor de perderse o la esperanza de la recompensa en ser salvo (esas motivaciones autocentralizadas son, como Pablo dice, estar bajo la ley). La fe de Abraham, que implica completa sumisión a la voluntad de Dios, nos habilita a vivir bajo el nuevo pacto, mientras multitudes de cristianos viven hoy bajo el antiguo pacto porque el interés centralizado en el yo es su motivación. El antiguo pacto fue la promesa del pueblo de ser fiel; bajo el nuevo pacto la salvación viene por creer en las promesas de Dios para nosotros, no por hacerle promesas.

5) El amor de Dios es activo, no meramente pasivo. Como el Buen Pastor, Cristo está activamente buscando la oveja perdida. Nuestra salvación no depende de nuestra búsqueda del Salvador sino de nuestra creencia de que Él está procurando por nosotros. Aquellos que finalmente están perdidos continúan resistiendo y despreciando la atracción del amor de Jesús. Esta es la esencia de la incredulidad.

6) La fe verdadera implica en entera sumisión y entrega de nuestra voluntad a Dios. Teniendo esa fe genuina es fácil ser salvo. El pecado, aun cuando sea la transgresión de la ley de Dios, es un constan202 te resistir a Su gracia. Una vez que Cristo ya pagó el castigo por el pecado de todo hombre, la única razón por la cual finalmente alguien puede ser condenado es la continua incredulidad, una rehúsa de apreciar la redención conseguida por Cristo en la cruz y ministrada por Él como Sumo Sacerdote en el Santuario Celestial. El verdadero evangelio saca el velo de esa incredulidad y conduce a un arrepentimiento efectivo, que prepara al creyente para el retorno de Cristo. El orgullo, la alabanza y la lisonja de los seres humanos son inconsistentes con la verdadera fe en Cristo, pero son señales seguras de la incredulidad predominante, aun dentro de la iglesia.

7) Para buscar la humanidad perdida, Jesús recorrió todo el camino, tomando sobre Si y asumiendo la naturaleza caída y pecaminosa del hombre después de la caída de Adán. Esto Él lo hizo para que pudiese ser tentado en todos los puntos como nosotros lo somos, aun cuando no hubiese pecado y demostrase perfecta justicia "en la semejanza de carne pecaminosa". Justicia es una palabra que nunca se aplicó a Adán en su estado no caído, ni a los ángeles inocentes. Sólo puede significar una santidad obtenida por Cristo en el conflicto con el pecado en la carne humana caída, y triunfó sobre él. Así, el mensaje de la justicia de Cristo está enraizado en este punto de vista único de la caída naturaleza humana de Cristo. Si Jesús hubiese tomado la naturaleza sin pecado de Adán antes de la caída, el término "justicia de Cristo" sería una abstracción sin significado. La enseñanza de que Cristo solamente tomó la naturaleza inocente de Adán antes de la caída es un legado del catolicismo y del protestantismo apóstatas, la insignia del misterio de la iniquidad que mantiene a Cristom uy distante y no "cerca, a la mano". Quien predica que Cristo no vino en la carne humana caída es el anticristo. 1 Juan 4: 3.

8) De esa forma, nuestro Salvador "condenó el pecado en la carne" de la humanidad caída. Esto significa que Él declaró ilegal el pecado; el pecado se volvió innecesario a la luz de Su ministerio. Es imposible tener la verdadera fe de Cristo y continuar pecando. No podemos excusar continuar pecando al decir que somos "apenas humanos" o que "el diablo hizo que yo pecase". Ser verdaderamente "humano" es ser como Cristo en el carácter, pues Él fue y es plenamente humano tanto como divino.

9) Se sigue que el único elemento de que el pueblo de Dios necesita a fin de prepararse para el retorno de Cristo es aquella fe genuina de Jesucristo. Pero esto es precisamente lo que la iglesia carece. Ella se imagina doctrinariamente y experimentalmente "rica y aumentada en bienes", cuando de hecho su pecado básico es una patética incredulidad. La justicia es por la fe; es imposible tener fe y no demostrar justicia en la vida, porque la fe opera por amor y purifica el alma. Fallas morales y espirituales son el fruto de perpetuar hoy el pecado de la incredulidad del antiguo Israel a través de la confusión de una falsa justicia por la fe.

10) La aceptación de la justificación por la fe y de la justicia de Cristo produce en el creyente profundo y genuino arrepentimiento y envuelve una completa transformación de la vida y del carácter. Ella tiene por fruto la santificación, proveniente de una profunda comunión con Jesús y Su palabra. Es un mensaje de gracia abundante, consistente con la purificación del Santuario Celestial, una obra dependiendo de la limpieza completa del corazón del pueblo de Dios en la tierra.

Resumiendo los conceptos esenciales del mensaje de la justicia de Cristo por la fe: la justificación legal y la efectividad de ella que es por la fe; las gloriosas buenas nuevas de los dos pactos; el inmenso poder de Cristo para salvar del pecado continuo; Su semejanza con nosotros en tomar nuestra naturaleza pecaminosa caída, pero sin pecar; la iniciativa del Espíritu Santo en salvar al perdido; la iniciativa del Buen Pastor en buscar Su oveja perdida; la posibilidad de vencer todo pecado así como Cristo venció en nuestro favor; la certeza de una generación final reflejando la perfección del carácter de Cristo; la relación práctica de la purificación del santuario celestial a la de la purificación de los corazones humanos; la fe genuina lleva a la obediencia voluntaria a todos los mandamientos de Dios; la motivación de interés por la gloria y honra de Cristo y por la salvación de los otros, que trasciende la búsqueda auto centralizada de recompensa y de evitar la punición; la realidad del perdido tomar la iniciativa para estar perdido; y la verdad de que el sacrificio de Cristo realizó mucho más que una mera provisión que nada hace a no ser que hagamos alguna cosa - Él dio Su sangre por el mundo, así el mundo debe su vida presente a Jesús, la genuina fuente de amor y alegría. El mensaje de la justificación por la fe y de la justicia de Cristo reivindica el carácter puro, perfecto y amoroso de Dios ante el universo, y debe llamar la atención del mundo entero antes del retorno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. "He aquí la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús". Apoc. 14:12.

Autor: Robert J. Wieland