Llegamos aquí al desenlace del motivo principal. La epístola alcanza el punto culminante en este capítulo. El séptimo presenta la deplorable condición del hombre que ha sido despertado por la ley al sentido de su verdadera situación: atado al pecado con cuerdas que sólo la muerte puede desatar. Concluye con una vislumbre del Señor Jesucristo como el único que puede liberarnos del cuerpo de muerte.
Liberados de la condenación
Romanos 8:1-9
1 Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, mas conforme al espíritu. 2 Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. 3 Porque lo que era imposible a la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; 4 Para que la justicia de la ley fuese cumplida en nosotros, que no andamos conforme a la carne, mas conforme al espíritu. 5 Porque los que viven conforme a la carne, de las cosas que son de la carne se ocupan; mas los que conforme al espíritu, de las cosas del espíritu. 6 Porque la intención de la carne es muerte; mas la intención del espíritu, vida y paz. 7 Por cuanto la intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede. 8 Así que, los que están en la carne no pueden agradar a Dios. 9 Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él."Ninguna condenación".– No hay condenación para los que están en Cristo ¿Por qué? Porque Él recibió la condenación de la ley, a fin de que la bendición nos pudiera llegar a nosotros. Mientras estemos en Él, nada puede ocurrirnos, que no le ocurra antes a Él; pero en Él toda maldición queda convertida en bendición, y la justicia desplaza al pecado. Su vida infinita triunfa sobre todo aquello que contra Él venga. Estamos "completos en él".
Puestos los ojos en Jesús.– Alguien podrá decir, ‘no encuentro que esa Escritura se cumpla en mi caso, puesto que cada vez que me miro, encuentro algo que me condena’. Así debe ser, ya que la liberación de la condenación no se encuentra en nosotros mismos, sino en Cristo Jesús. Es a Él a quien debemos mirar, y no a nosotros. Si obedecemos sus órdenes y le damos nuestra confianza, Él se encarga de hacernos aprobados ante la ley. Nunca habrá un tiempo en el que uno no encuentre condenación al mirarse a sí mismo.
La caída de Satanás se debió a que miró hacia sí mismo. La restauración de aquellos a quienes hizo caer, descansa en mirar solamente a Jesús. "Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el hijo del hombre sea levantado" (Juan 3:14). Se erigió la serpiente a fin de que los hombres la mirasen. Los que así hacían, resultaban sanados. Tal sucede también con Cristo. En el mundo venidero, los siervos del Señor "verán su cara": no serán nuevamente atraídos hacia sí mismos. La luz del rostro de Jesús será su gloria, y es esa misma luz la que nos ha de llevar hasta ese glorioso estado.
Convicción, no condenación.– El texto no dice que los que están en Cristo Jesús jamás serán reprobados.
Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón:Ir a Cristo es sólo el principio, no el final de la vida cristiana. Es la admisión en la escuela donde vamos a aprender de Él. Cristo toma al hombre impío, con todos sus malos hábitos, y perdona todos sus pecados, de forma que se lo tiene como si nunca hubiese pecado. Entonces Cristo continúa dándole a él su propia vida, por medio de la cual puede vencer sus malos hábitos.
Pruébame y reconoce mis pensamientos:
Y ve si hay en mí camino de perversidad,
y guíame en el camino eterno.
(Sal. 139:23,24)
La asociación con Cristo nos revelará más y más nuestros defectos, lo mismo que nuestra asociación con un hombre instruido nos haría conscientes de nuestra ignorancia. Como un testigo fiel, nos dice nuestros puntos débiles. Pero no lo hace con el objeto de condenarnos. Recibimos de Él simpatía, no condenación. Es su simpatía la que nos infunde ánimo, y la que nos capacita para vencer.
Cuando el Señor señala un defecto en nuestros caracteres, es como si nos dijese, ‘Estás necesitado de algo que yo tengo para darte’. Cuando aprendemos a ver de ese modo un reproche, será un motivo de gozo para nosotros, y no de desánimo.
La ley de vida en Cristo.– La ley sin Cristo significa muerte. La ley en Cristo significa vida. Su vida es la ley de Dios, ya que del corazón mana la vida, y la ley estaba en el corazón de Cristo. La ley del pecado y muerte obra en nuestros miembros. Pero la ley del Espíritu de vida en Cristo nos libra de ella. Observa que es la vida de Cristo la que lo efectúa. No nos libra de la obediencia a la ley, ya que tal era nuestro estado previo, y eso era esclavitud –no libertad–. De lo que nos libra es de la transgresión de la ley.
La obra de Cristo.– Está claramente expuesta en los versículos 3 y 4. Dios envió a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, "para que la justicia de la ley fuese cumplida en nosotros". "La ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, y justo, y bueno". No hay en la ley defecto alguno: el defecto está en nosotros por haberla transgredido. La obra de Cristo no consiste en cambiar la ley en el más mínimo particular, sino en cambiarnos a nosotros en todo particular. Consiste en poner la ley en nuestros corazones en su perfección, en el lugar de la malograda y quebrantada copia de ella.
La imposibilidad de la ley.– La ley es poderosa para condenar. Sin embargo, es débil, incluso incapaz, en lo que respecta a la mayor necesidad del hombre: la salvación. Era y es "débil por la carne". La ley es buena, santa y justa, pero el hombre no tiene poder para obedecerla. Es como un hacha bien afilada y del mejor acero, pero que es incapaz de cortar el árbol debido a que los brazos que la asen carecen de la fuerza necesaria. Así la ley de Dios no puede por si misma obrar. Señala el deber del hombre, y le toca a él cumplirlo. Pero éste no puede, motivo por el que vino Cristo para realizarlo en el hombre. Lo que la ley no podía hacer, Dios lo hizo mediante su Hijo.
Semejanza de carne de pecado.– Está extendida la idea de que eso significa que Cristo simuló tener carne de pecado, que no tomó realmente sobre sí la carne de pecado, sino solamente una apariencia de ella. Pero las Escrituras no enseñan tal cosa. "Debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser compasivo y fiel Sumo Sacerdote ante Dios, para expiar los pecados del pueblo" (Heb. 2:17). El Hijo de Dios fue "nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley" (Gál. 4:4,5).
Tomó la misma carne que tienen todos los que son nacidos de mujer. En 2ª de Corintios 5:21 encontramos un texto paralelo al de Romanos 8:3,4. Éste dice que Cristo fue enviado en semejanza de carne de pecado "para que la justicia de la ley fuese cumplida en nosotros". Aquel dice que, "al que no tenía pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él".
"Rodeado de flaqueza".– Todo el aliento que podemos obtener de Cristo se basa en saber que Él fue hecho en todas las cosas como nosotros. De otra forma, vacilaríamos en contarle nuestras debilidades y fracasos. El sacerdote que ofrece sacrificios por los pecados, debe ser alguien "que se pueda compadecer de los ignorantes y extraviados, pues que él también esta rodeado de flaqueza" (Heb. 5:2).
Eso se aplica perfectamente a Cristo, ya que "no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de simpatizar con nuestras debilidades; sino al contrario, fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado" (Heb. 4:15). Esa es la razón por la que podemos acercarnos con segura confianza al trono de la gracia, para alcanzar misericordia. Tan perfectamente se identificó Cristo con nosotros, que hasta el día de hoy siente nuestros sufrimientos.
La carne y el espíritu.– "Los que viven conforme a la carne, de las cosas que son de la carne se ocupan; mas los que conforme al espíritu, de las cosas del espíritu". Observa que esa afirmación depende de la que la precede: "para que la justicia de la ley fuese cumplida en nosotros, que no andamos conforme a la carne, mas conforme al espíritu". Las cosas del Espíritu son los mandamientos de Dios, ya que la ley es espiritual. La carne sirve a la ley del pecado (como hemos visto en la descripción de las obras de la carne que hace el capítulo precedente, y también Gálatas 5:19-21). Pero Cristo vino en esa misma carne, para demostrar el poder del Espíritu sobre la carne. "Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros".
Nadie pretenderá que, tras la conversión, la carne del hombre sea en nada diferente de lo que fue anteriormente. Menos aun lo pretenderá el propio hombre convertido, ya que tiene evidencia continua de su perversidad. Pero si está realmente convertido, y el espíritu de Cristo mora en él, no está más a merced del poder de la carne. El propio Cristo vino en la misma carne pecaminosa, sin embargo no pecó jamás, al ser dirigido siempre por el Espíritu.
La enemistad.– "La intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede". La carne nunca se convierte. Es enemistad contra Dios, y dicha enemistad consiste en oposición a su ley.
Por lo tanto, todo el que se opone a la ley de Dios está luchando contra Él. Pero Cristo es nuestra paz, y vino a predicar paz. "A vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos de ánimo en malas obras, ahora empero os ha reconciliado en el cuerpo de su carne por medio de muerte, para haceros santos, y sin mancha, e irreprensibles delante de él" (Col. 1:21,22). Abolió la enemistad en su propia carne, de forma que todos los que están crucificados con Él están en paz con Dios; es decir, están sujetos a su ley, que se encuentra en los corazones de ellos.
"Vida y paz".– "La intención de la carne es muerte; mas la intención del espíritu, vida y paz". Tener una mente espiritual es tener una mente controlada por la ley de Dios, "porque sabemos que la ley es espiritual". "Mucha paz tienen los que aman tu ley" (Sal. 119:165). "Justificados –hechos justos– por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Rom. 5:1). La mente carnal es enemistad contra Dios, por lo tanto, tener una mente carnal significa la muerte. Pero Cristo "abolió la muerte, y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio" (2 Tim. 1:10). Abolió la muerte destruyendo el poder del pecado en todos quienes creen en Él, ya que la muerte sólo tiene poder mediante el pecado: "El aguijón de la muerte es el pecado" (1 Cor. 15:56). Por lo tanto podemos decir con gozo, incluso ya ahora: "A Dios gracias, que nos da la victoria por el Señor nuestro Jesucristo".
El capítulo octavo de Romanos está lleno de las cosas gloriosas que Dios ha prometido a aquellos que le aman. Caracterizan este capítulo expresiones como: Libertad, el Espíritu de vida en Cristo, hijos de Dios, herederos de Dios junto a Cristo.
Hijos de Dios
Romanos 8:9-17
9 Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él. 10 Empero si Cristo está en vosotros, el cuerpo a la verdad está muerto a causa del pecado; mas el espíritu vive a causa de la justicia. 11 Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó a Cristo Jesús de los muertos, vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros. 12 Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne: 13 Porque si viviereis conforme a la carne, moriréis; mas si por el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis. 14 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios. 15 Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor; mas habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos, Abba, Padre. 16 Porque el mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. 17 Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo; si empero padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.Fuerzas contrapuestas.– La carne y el Espíritu están en continua oposición. El Espíritu no se somete jamás a la carne, y ésta nunca se convierte. La carne tendrá la naturaleza del pecado hasta que nuestros cuerpos sean transformados en la venida del Señor. El Espíritu contiende con el hombre pecador, pero éste sucumbe a la carne, siendo así un esclavo del pecado.
Un hombre tal no está bajo la dirección del Espíritu, si bien el Espíritu no por ello lo abandona. La carne es la misma en el hombre convertido que en el pecador, pero hay una diferencia, y es que en el primero no tiene ya poder, puesto que el hombre convertido se somete al Espíritu, quien controla a la carne. Aunque ésta sea exactamente la misma que antes de convertirse, se dice de él que no está "en la carne", sino "en el Espíritu", puesto que por el Espíritu "hace morir" las obras de la carne.
Vida en la muerte.– "Si Cristo está en vosotros, el cuerpo a la verdad está muerto a causa del pecado; mas el espíritu vive a causa de la justicia". Encontramos aquí a los dos hombres de los que habla el apóstol en 2ª de Corintios 4:7-16. "Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por Jesús, para que también la vida de Jesús sea manifestada en nuestros cuerpos". Más adelante añade: "aunque éste nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior empero se renueva de día en día". Aunque nuestro cuerpo se debilite y envejezca, el hombre interior –Cristo Jesús– está siempre nuevo. Y Él es nuestra auténtica vida. "Muertos sois, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios" (Col. 3:3).
Esa es la razón por la que nada tenemos que temer de aquellos que pueden solamente destruir el cuerpo, y después no hay ya nada más que puedan hacer. Aunque nuestro cuerpo arda en la pira, atado a una estaca, los hombres malvados no pueden tocar la vida eterna que tenemos en Cristo, quien no puede ser destruido. Ningún hombre puede desposeerle de la vida.
La seguridad de la resurrección.– "Si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó a Cristo Jesús de los muertos, vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros". Dijo Jesús del agua que dio, que es el Espíritu Santo, que sería en nosotros una fuente de agua que mana para vida eterna (Juan 4:14; 7:37-39). Es decir, la vida espiritual que ahora vivimos en la carne gracias al Espíritu, constituye la seguridad del cuerpo espiritual que se nos otorgará en la resurrección, cuando la vida de Cristo se nos manifieste en cuerpos incorruptibles.
No somos deudores a la carne.– "Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne". Somos verdaderamente deudores. Pero no le debemos nada a la carne. No ha hecho nada por nosotros, ni puede hacerlo. Todo lo que la carne puede hacer resulta ser nada, ya que sus obras son pecado y significan la muerte. Sin embargo, somos deudores al Señor Jesucristo, "que se dio a sí mismo por nosotros". En consecuencia, debemos rendirlo todo a su vida. "Porque si viviereis conforme a la carne, moriréis; mas si por el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis".
Hijos de Dios.– Los que se entregan a la obra del Espíritu, y perseveran en tal hacer, son guiados por el Espíritu, y son hijos de Dios. Se los coloca en la misma relación, con respecto al Padre, que la ocupada por su Hijo unigénito. "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios: por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoce a él. Muy amados, ahora somos hijos de Dios, y aun no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él apareciere, seremos semejantes a él, porque le veremos como él es". Si somos guiados por el Espíritu de Dios, somos ahora tan hijos de Dios como lo podamos ser jamás.
Hijos ahora.– Algunos sostienen la idea de que nadie es nacido de Dios hasta la resurrección. Sin embargo, es un hecho el que somos ya ahora hijos de Dios. Quizá dirá alguien, –‘Sí, pero aun no nos hemos manifestado como hijos’. Cierto, como tampoco lo fue Cristo mientras estuvo en la tierra. Poquísimas personas lo reconocieron como el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Y las que así lo hicieron fue por revelación de Dios. El mundo no nos conoce, porque a Él no le conoció. Decir que los creyentes no son ahora hijos de Dios debido a que no hay nada en su apariencia que así lo indique, es acusar de lo mismo a Cristo. Pero Jesús era tan ciertamente el Hijo de Dios en el pesebre de Belem como lo es ahora, sentado a la diestra de Dios.
El testimonio del Espíritu.– "El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios". ¿Cómo lo hace? Encontramos la respuesta en Hebreos 10:14-17. Dice el apóstol que por una sola ofrenda hizo perfectos a los que son santificados, y después añade que el Espíritu Santo testifica del hecho en estos términos: "Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Daré mis leyes en sus corazones, y en sus almas las escribiré; Añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados e iniquidades". Es decir, el testimonio del Espíritu es la palabra. Sabemos que somos hijos de Dios porque el Espíritu nos da seguridad de ese hecho en la Biblia. El testimonio del Espíritu no es ningún arrobado sentimiento de éxtasis, sino una declaración concreta. No somos hijos de Dios porque sintamos que lo somos, sino porque el Señor así lo afirma. El que cree, tiene la palabra morando en sí mismo, y es así como "el que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo" (1 Juan 5:10).
Sin temor.– "No habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor; mas habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos, Abba, Padre". "No nos ha dado Dios el espíritu de temor, sino el de fortaleza, y de amor, y de templanza" (2 Tim. 1:7). "Dios es amor; y el que vive en amor, vive en Dios, y Dios en él. En esto es perfecto el amor con nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo. En amor no hay temor; mas el perfecto amor echa fuera el temor: porque el temor tiene pena. De donde el que teme, no está perfecto en el amor" (1 Juan 4:16-18).
Cristo se dio a sí mismo para librar a los que por el temor de la muerte estaban toda la vida sujetos a servidumbre (Heb. 2:15). El que conoce y ama al Señor, no puede tenerle miedo; y el que no tiene miedo del Señor no tiene por qué tener miedo de ninguna otra persona o cosa. Una de las mayores bendiciones del evangelio es la liberación del temor, sea por causa real o imaginaria. "Busqué a Jehová, y él me oyó, y libróme de todos mis temores" (Sal. 34:4).
Herederos de Dios.– No dice solamente que seamos herederos de lo que Dios tiene, sino que somos herederos de Dios mismo. ¡Maravillosa herencia! Teniéndolo a Él, lo tenemos todo, por supuesto. Pero la bendición consiste en tenerlo a Él. "El Eterno es la porción de mi herencia y de mi copa" (Sal. 16:5). Ese es el hecho. Algo digno de profunda meditación, más que de explicación.
Coherederos con Cristo.– Si somos hijos de Dios, pisamos el mismo terreno que Jesucristo. Él mismo dijo que el Padre nos ama como lo ama a Él (Juan 17:23). Queda demostrado por el hecho de que nos fue dada su vida. Por lo tanto, el Padre no tiene nada por su Hijo unigénito que no tenga por nosotros. No solamente eso, sino que el ser coherederos con Cristo significa que Él no puede poseer su heredad antes que nosotros. Él está sentado a la diestra de Dios, pero Dios, en su gran amor por nosotros, "nos dio vida juntamente con Cristo… y juntamente nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús" (Efe. 2:4-6). Cristo comparte con nosotros la gloria que Él tiene (Juan 17:22). ¡Significa mucho, ser coherederos juntamente con Jesucristo! No es maravilla que el apóstol exclame, "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios".
Sufrir con Él.– "Si empero padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados". "Porque en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados" (Heb. 2:18). Sufrir con Cristo significa, por lo tanto, resistir la tentación con Él. El sufrimiento es el que deriva de la lucha contra el pecado. El sufrimiento autoinfligido carece de valor. No hay honra alguna en satisfacer la carne (Col. 2:23). Cristo no se torturó a sí mismo a fin de ganar la aprobación del Padre. Pero cuando sufrimos con Cristo, somos hechos perfectos en Él. El poder por medio del cual venció Cristo las tentaciones del enemigo es el mismo poder por el que hemos de vencer nosotros. Su vida en nosotros gana la victoria.
En los versículos precedentes del octavo capítulo de Romanos hemos visto cómo somos adoptados en la familia de Dios como hijos, y cómo somos hechos coherederos con Jesucristo. El Espíritu Santo establece el vínculo de relación. Es el "Espíritu de adopción", el Espíritu procedente del Padre, como representante del Hijo, el que verifica nuestra aceptación como hermanos de Jesucristo. Los que son guiados por el Espíritu deben ser como Cristo fue en el mundo, y se les asegura de esa manera igual suerte en la herencia con Cristo, "porque el mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios".
Juntamente glorificados
Romanos 8:17-25
17 Y si hijos, también herederos de Dios, y coherederos de Cristo; si empero padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados. 18 Porque tengo por cierto que lo que en este tiempo se padece, no es de comparar con la gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada. 19 Porque el continuo anhelar de las criaturas espera la manifestación de los hijos de Dios. 20 Porque las criaturas sujetas fueron a vanidad, no de grado, mas por causa del que las sujetó con esperanza, 21 Que también las mismas criaturas serán libradas de la servidumbre de corrupción en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. 22 Porque sabemos que todas las criaturas gimen a una, y a una están de parto hasta ahora. 23 Y no sólo ellas, mas también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, es a saber, la redención de nuestro cuerpo. 24 Porque en esperanza somos salvos; mas la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? 25 Empero si lo que no vemos esperamos, por paciencia esperamos.¿Por qué el sufrimiento? – La vida de Cristo en la tierra fue una vida de sufrimiento. Fue "varón de dolores, experimentado en quebranto". "Padeció siendo tentado", pero sus sufrimientos no fueron solamente psicológicos. Conoció el dolor físico, "Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias" (Mat. 8:17). Padeció hambre en el desierto, y sus obras de amor no fueron realizadas sin considerable fatiga y dolor. Los sufrimientos que padeció de manos de los rudos soldados, en su escarnecimiento y crucifixión, fueron la continuación, en otra forma, de lo que había sufrido durante toda su vida en la tierra.
Gloria más allá del sufrimiento.– Por medio de todos los profetas, el Espíritu de Cristo daba testimonio de "las aflicciones que habían de venir a Cristo, y las glorias después de ellas" (1 Ped. 1:11). Cuando Cristo, después de su resurrección, hablaba a sus dos discípulos en el camino a Emmaús, les dijo, "¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y de todos los profetas, declarábales en todas las Escrituras lo que de él decían" (Luc. 24:26,27). Sabemos que se cumplió la primera parte de esas profecías, motivo por el que podemos estar seguros del cumplimiento de lo que resta. La gloria venidera es tan cierta y real como lo fueron los sufrimientos de Cristo.
Sufriendo juntamente con Él.– El nuestro debe ser un sufrimiento "juntamente con él". No se trata de que suframos solos. Ahora bien, no podemos sufrir dos mil años hacia atrás, antes que naciésemos, de lo que se deduce que Cristo sufre hoy todavía. De otra forma, no podríamos sufrir con Él. Lee lo que se nos asegura en relación con el antiguo Israel: "En toda angustia de ellos él fue angustiado" (Isa. 63:9). Así, en Mateo 25:35-40 vemos que Cristo sufre o es aliviado en su sufrimiento cuando sus discípulos sufren o son aliviados. Él es la cabeza del cuerpo.
Si cuando sufre un miembro todos los demás se conduelen con él (1 Cor. 12:26), ¡cuánto más cierto debe ser con respecto a la Cabeza! Leemos por tanto, de Cristo, que incluso ahora, como sumo sacerdote, puede "compadecerse de los ignorantes y extraviados, puesto que él también está rodeado de flaqueza" (Heb. 5:1,2). Vemos que Cristo nunca se despojó de la naturaleza humana que tomó sobre sí, sino que sigue identificado con los hombres sufrientes y pecadores. Es una gloriosa verdad, digna de ser conocida y confesada, el que "Jesucristo ha venido en carne" (1 Juan 4:2).
Glorificados juntamente con Él.– "Padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados". Cristo no tiene nada que no sea igualmente para nosotros. Su oración fue: "Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo" (Juan 17:24). Y dice, "Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono" (Apoc. 3:21). Todo lo suyo es nuestro, y lo tenemos en el momento en que es suyo, puesto que somos coherederos juntamente con Cristo.
Hay gloria, ahora.– A primera vista podría parecerte exagerada la afirmación precedente. La idea predominante es que Cristo es glorificado mucho antes de lo que lo somos sus coherederos. Bastará un texto para aclarar el tema: "Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de las aflicciones de Cristo, que soy también participante de la gloria que ha de ser revelada" (1 Ped. 5:1). Pedro se declaró a sí mismo participante de la gloria. Así tuvo que ser, pues creyó las palabras de Cristo en su oración por los discípulos: "Yo, la gloria que me diste, les he dado" (Juan 17:22). Si Cristo tiene hoy gloria, la comparte con sus discípulos. Tenemos aún las palabras del apóstol Pedro hablando de Cristo, "Al cual, no habiendo visto, le amáis; en el cual creyendo, aunque al presente no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorificado" (1 Ped. 1:8).
Gracia y gloria inesperadas.– El apóstol Juan nos dice que aunque somos ahora hijos de Dios, el mundo no nos conoce, puesto que no conoció a Cristo. Nada había en la apariencia física de Cristo, cuando estuvo en la tierra, que indicase que era el Hijo de Dios. La carne y la sangre no lo revelaban a nadie. Su apariencia era enteramente la de un hombre ordinario. Sin embargo, tuvo gloria en todo momento.
Leemos que cuando convirtió el agua en vino, "manifestó su gloria" (Juan 2:11). Su gloria se manifestaba en forma de gracia. "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad" (Juan 1:14). La gracia con la que Dios fortalece a su pueblo, es "conforme a las riquezas de su gloria" (Efe. 3:16). Todos los que están en Cristo son escogidos "para alabanza de la gloria de su gracia" (Efe. 1:6). La gracia es gloria, pero gloria velada con el fin de que los ojos mortales no sean deslumbrados por ella.
Gloria que se ha de revelar.– "Lo que en este tiempo se padece, no es de comparar con la gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada". Debemos poseer la gloria ahora. Sin embargo, se revelará solamente en la venida de Cristo. Es entonces cuando se revelará su gloria (1 Ped. 4:13), y entonces nuestra prueba será "hallada en alabanza, gloria y honra".
Excepción hecha de aquella manifestación a los tres escogidos en el monte de la transfiguración, la gloria de Cristo todavía no se ha revelado. En esa ocasión se permitió que brillara la gloria que Cristo poseía ya. Apareció entonces con el mismo aspecto que tendrá en su venida. Pero para el hombre en general, no hay ahora mayor evidencia de que Jesús es el Hijo de Dios, de la que había cuando estaba ante el tribunal de Pilato.
Sin embargo, aquellos que lo ven por la fe, y que no se avergüenzan de compartir sus sufrimientos, comparten igualmente su gloria velada; y cuando Él aparezca en su gloria, "entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre" (Mat. 13:43). Tal será "la manifestación de los hijos de Dios". Entonces Cristo se manifestará por primera vez ante el mundo como el Hijo de Dios, y los suyos se manifestarán con Él.
La esperanza de la creación.– El término "criatura", en los versículos 19 al 21 significa creación (como traduce la versión Reina Valera de 1990). En el versículo 22 se describe a toda la creación gimiendo, esperando ser liberada de aquello a lo que fue sujeta. Cuando el hombre pecó, la tierra fue maldita por su causa (ver Gén. 3:17). La tierra no había cometido pecado alguno, pero tuvo que participar de la caída del hombre, a quien había sido dada. Una tierra perfecta no podía ser la morada del hombre pecador. Pero fue sujeta (a vanidad) en esperanza. Dios había hecho la tierra perfecta. "No la crió en vano; para que fuese habitada la crió" (Isa. 45:18). Y Él "hace todas las cosas según el propósito de su voluntad" (Efe. 1:11). Por lo tanto, es seguro que la tierra ha de ser glorificada tal como lo fue en el principio. "La misma creación será librada de la esclavitud de la corrupción, para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios".
Adopción y redención.– Tanto la tierra como nosotros, estamos "esperando la adopción, es a saber, la redención de nuestro cuerpo". La tierra lo espera, ya que no puede librarse de la maldición hasta tanto no seamos establecidos como hijos de Dios, y por lo tanto, como legítimos herederos. El Espíritu Santo es la garantía o prenda de ese derecho de herencia.
El Espíritu nos sella como herederos "para el día de la redención" (Efe. 4:30).
Es para nosotros un Testigo de que somos hijos de Dios, si bien el mundo no acepta ese testimonio. El mundo no conoce a los hijos de Dios. Pero cuando se revele esa gloria que nos ha dado, y nuestros cuerpos sean redimidos de la destrucción y brillen a semejanza de su cuerpo glorioso, entonces no habrá duda ninguna en la mente de nadie. Hasta el mismo Satanás se verá obligado entonces a reconocer que somos hijos de Dios, y por lo tanto, legítimos herederos de la tierra glorificada.
Esperanza y paciencia.– La esperanza, en sentido bíblico, significa más que el mero deseo de algo. Implica certeza, ya que el terreno sobre el que se basa la esperanza del cristiano es la promesa de Dios, reafirmada por su juramento. Nada hay que diga a nuestros ojos que somos hijos de Dios. No podemos ver nuestra propia gloria, y es por eso que no se nos encarga que la procuremos aquí. Tampoco podemos ver a Cristo, sin embargo sabemos que es el Hijo de Dios. Esa es la garantía de que nosotros somos también hijos de Dios. Si hubiese alguna incertidumbre, entonces no podríamos esperar con paciencia. Habríamos de esperar con inquietud y preocupación. Pero aunque los ojos físicos sean incapaces de apreciar ningún indicio de que somos propiedad de Dios, la fe y la esperanza así nos lo aseguran, por lo tanto, esperamos con paciencia aquello que no vemos.
Algo que vale la pena saber
Romanos 8:26-28
26 Y asimismo también el Espíritu ayuda nuestra flaqueza: porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; sino que el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos indecibles. 27 Mas el que escudriña los corazones, sabe cuál es el intento del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios, demanda por los santos. 28 Y sabemos que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien, es a saber, a los que conforme al propósito son llamados.Orar "con el Espíritu".– El corazón es engañoso más que todas las cosas, y nadie puede conocerlo, excepto Dios mismo (Jer. 17:9,10). Esa es ya en sí misma una razón suficiente por la que no sabemos pedir como conviene.
Además, no sabemos las cosas que Dios tiene para darnos; y de saberlas, nuestros labios no las podrían describir, puesto que "cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón humano, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos lo reveló por el Espíritu, porque el Espíritu lo explora todo, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así también, nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer los dones que Dios nos ha dado gratuitamente" (1 Cor. 2:9-12).
Dios anhela darnos "mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos" (Efe. 3:20). Por supuesto, es imposible expresar en palabras el alcance de esas cosas. La frase que sigue, no obstante, especifica que es "por la potencia que obra en nosotros", y el versículo dieciséis aclara que esa potencia que obra en nosotros es el Espíritu. Lo encontramos también en el capítulo octavo de Romanos, o en el segundo de 1ª de Corintios.
"El Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios". De manera que el Espíritu sabe exactamente lo que el Señor tiene para nosotros. Los pensamientos más profundos están por encima de lo que el lenguaje puede expresar, así que el Espíritu hace intercesión en nuestro favor con gemidos indecibles que es imposible describir. Pero, si bien no se trata propiamente de palabras, "el que sondea los corazones, sabe cuál es la intención del Espíritu, y él intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios". El Espíritu clama precisamente por las cosas que el Señor tiene para otorgar. El Espíritu intercede por los santos de acuerdo con la voluntad de Dios. Y sabemos que se nos concede todo lo que pedimos de acuerdo con la voluntad de Dios (1 Juan 5:14,15).
Observa la forma en la que ese texto relativo a la oración armoniza con los pasajes precedentes en Romanos ocho. Dios nos ha concedido su Espíritu para que habite en nosotros, para que nos guíe y dirija nuestras vidas. El que poseamos el Espíritu Santo demuestra que somos hijos de Dios. Siendo hijos, podemos allegarnos a Él pidiéndole que nos dé lo que necesitamos, con la misma confianza con la que un niño se dirige a su padre. Pero no obstante esa confianza, nuestros pensamientos son tan inferiores a los de Dios como lo es la tierra en relación con los cielos (Isa. 55:8,9).
Si nuestros pensamientos son deficientes, nuestro lenguaje lo es aún mucho más. Ni siquiera encontramos la manera de describir con propiedad nuestros pequeños actos cotidianos. Pero si somos los hijos de Dios, tenemos en nosotros a su mismo representante, quien nos auxilia en la enfermedad, y quien es capaz de tomar de las cosas de Dios a fin de dárnoslas. Qué tremenda confianza debiera darnos eso al orar a Dios, particularmente a quienes menos facilidades encuentran para expresarse en palabras. Poco importa si tu vocabulario es limitado, si tartamudeas, o aún si eres mudo. Si oras en el Espíritu, está seguro de recibir todo cuanto necesitas, y aún más de lo que puedas pedir o pensar.
Teniendo presentes esos hechos, cuánta fuerza adquiere la exhortación del apóstol, "Orando en todo tiempo con toda deprecación y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda instancia y suplicación por todos los santos" (Efe. 6:18).
Todas las cosas obran para el bien.– "Sabemos que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien". Si no lo supiésemos, no podríamos tener una confianza en la oración como la que es nuestro privilegio tener, en vista de lo expresado en los versículos precedentes. Todo el que conozca al Señor lo amará, puesto que Dios es amor. El Espíritu nos lo revela tal como es. Todo el que sepa que "de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna", encontrará imposible dejar de amarle, y en esa circunstancia, todas las cosas le ayudan a bien.
Observa que el versículo no dice que sabemos que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudarán a bien, sino que les ayudan a bien ya actualmente. Venga lo que venga, es bueno para los que aman al Señor y confían en Él. Muchos pierden la bendición que les daría esa seguridad, al leer el versículo como si estuviese reservado al futuro. Intentan aceptar resignadamente las pruebas que les llegan, pensando que con el transcurso del tiempo, algún día les reportarán algún bien. Pero al hacer así, no están recibiendo el bien que Dios les da hoy.
Por último, observa que el texto no dice que sabemos cuál es la manera en la que todas las cosas ayudan a bien a los que a Dios aman. Algunos exclaman, entre suspiros piadosos, ‘¡Supongo que será para bien, aunque no veo cómo!’ Cierto que no, y para nada se han de preocupar de ello. Es Dios quien hace que obren para bien, puesto que sólo Él tiene el poder.
Por lo tanto, no necesitamos saber la manera en la que eso ocurre. Nos basta con conocer el hecho. Dios puede trastocar todos los planes del diablo, y puede hacer que la ira del hombre redunde en alabanza para Él. Nuestra parte es creer. ¿Dónde queda la confianza en el Señor, si necesitamos ver la manera en la que lo hace todo? Los que necesitan ver la forma en la que el Señor obra, demuestran que no pueden confiar en el Señor sin que participe la vista, y lo deshonran así ante el mundo.
Llamados por Dios.– Dios ha llamado a todos a venir a Él. "El Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga: y el que quiere, tome del agua de la vida de balde" (Apoc. 22:17). Dios no hace acepción de personas; desea que todos sean salvos, por lo tanto, los llama a todos.
No sólo nos llama, sino que nos atrae. Nadie podría acudir a Él sin esa atracción. Cristo fue levantado de la tierra a fin de atraer a todos a Dios. Él gustó la muerte por todo hombre (Heb. 2:9), y mediante Él todo hombre tiene acceso a Dios. Deshizo en su propio cuerpo la enemistad –el muro que separa al hombre de Dios–, de manera que nada puede apartar de Dios al hombre, si es que éste no reedifica la barrera.
El Señor nos atrae a sí sin hacer uso de la fuerza. Llama, pero no conmina. A nosotros corresponde, pues, hacer "firme nuestra vocación y elección" sometiéndonos a la influencia que Dios proyecta alrededor nuestro. Él nos dice, "Sígueme", y debemos hacer efectivo el llamamiento, siguiéndole.
Propósito del llamado.– Dios nos llama "a la gracia de Cristo" (Gál. 1:6). "Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor" (Efe. 1:4). Más aún, leemos que nos "llamó con vocación santa, no conforme a nuestras obras, mas según el intento suyo y gracia, la cual nos es dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos" (2 Tim. 1:9). En el texto considerado en Romanos vimos que los que a Dios aman, "han sido llamados según su propósito". Su propósito es que seamos santos y sin mancha ante Él en amor. Si nos sometemos a su propósito, Él lo cumplirá.
Dios creó al hombre para que fuese compañero de Él mismo. Pero allí donde hay restricción, no puede darse verdadero compañerismo. Por lo tanto, con el propósito de que el hombre pudiera asociarse con Él en términos de intimidad, dio al hombre tanta libertad de albedrío o elección como la suya propia. Dios no puede obrar en contra de su propio plan; por lo tanto, de acuerdo con su propósito, no quiere ni puede forzar el albedrío del hombre. Todo hombre es tan absolutamente libre para elegir, como lo es Dios mismo. Cuando el hombre elige someterse al llamamiento de Dios, el propósito de su gracia se cumple en él mediante el poder por el que es capaz de hacer que todas las cosas ayuden a bien.
Hemos considerado nuestra relación con Dios, mediante el Espíritu, y el auxilio que éste nos da en la oración, tanto como la seguridad de que "a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien, es a saber, a los que conforme al propósito son llamados". Las bases de esa seguridad están sólidamente establecidas en los versículos que siguen.
El don inefable
Romanos 8:29-32
29 Porque a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos; 30 Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. 31 ¿Pues qué diremos a esto? Si Dios por nosotros, ¿quién contra nosotros? 32 El que aun a su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?Conocer con antelación no significa predeterminar.– Se han escrito volúmenes sin fin sobre los términos predeterminar o predestinar, pero muy pocas palabras bastarán para aclarar los hechos. Con respecto a ese, como a los otros atributos de Dios, nos basta con saber que el hecho existe. No nos es dado entrar en su explicación.
En la Escritura está claramente expuesto el hecho de que Dios conoce todas las cosas. No solamente conoce las cosas del pasado, sino que el futuro le resulta igualmente transparente. "Conocidas son a Dios desde el siglo todas sus obras" (Hech. 15:18). "Oh Jehová, tu me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme, has entendido desde lejos mis pensamientos" (Sal. 139:1,2). Así, Dios conoce incluso hasta lo que las personas que aún no han nacido harán y dirán.
Eso no hace a Dios responsable del mal que ellas obren. Algunos han pensado que era necesario defender al Señor y liberarlo de la acusación según la cual, puesto que Él es omnisciente, es responsable del mal en caso de no hacer lo necesario para evitarlo. La extraña forma de defenderlo consiste en pretender que Él podría tener conocimiento si así lo deseara, pero elige no saber muchas cosas. Una "defensa" tal de Dios es absurda e impía a la vez. Da por cierto que Dios sería responsable por el mal, en caso de que lo conociera con antelación y no hiciera lo necesario para evitarlo. Y supone que a fin de colocarse en una posición en la que no pueda tomar medidas para evitar ese mal, deliberadamente elige taparse los ojos al mismo. Esa "defensa", por lo tanto, hace a Dios responsable de toda la maldad. No sólo eso, sino que lo limita. Lo rebaja a la altura del hombre.
Dios conoce todas las cosas, no mediante el estudio y la investigación, que es como el hombre llega a conocer lo poco que sabe, sino porque es Dios. Él habita la eternidad (Isa. 57:15). No podemos comprender la forma en la que eso es así, más de lo que podemos entender la eternidad. Debemos aceptar el hecho y estar, no sólo conformes, sino felices de que Dios sea mayor que nosotros. Todo tiempo, el pasado, presente y futuro, es igual para Él. Para Dios siempre es "ahora".
El hecho de que Dios conociese el mal que el hombre obraría, incluso antes de la fundación del mundo, no lo hace responsable, lo mismo que el hombre que observa mediante un telescopio lo que otro realiza a cinco kilómetros de distancia no es responsable de las acciones de éste. Desde el principio Dios puso ante los hombres advertencias contra el pecado, y les proveyó de todos los medios para que lo evitaran. Pero Él no puede interferir con el derecho y libertad de elegir del hombre sin privarle de su humanidad, para convertirlo en algo así como un autómata.
La libertad para hacer el bien implica la libertad para hacer el mal. Si el hombre hubiese sido hecho de tal manera que no pudiese obrar el mal, no tendría en absoluto libertad, ni siquiera para hacer el bien. Sería menos que un animal. No hay virtud alguna en la obediencia forzada, ni habría virtud alguna en hacer lo correcto en el caso de que fuese imposible obrar de otra manera. Además, no podría existir ningún placer ni satisfacción en la amistad que se profesan dos personas, en el caso de que la asociación de una de ellas a la otra se debiera a la imposibilidad de evitarla. El gozo del Señor en el compañerismo con su pueblo radica en que por su propia libre elección éste lo escoge a Él por encima de todo lo demás. Y el gozo del Señor es el gozo de su pueblo.
Los mismos que vituperan a Dios por no atajar los males que Él ve con antelación (dado que es omnipotente), serían los primeros en acusarle de crueldad si interfiriese arbitrariamente con su libertad y les hiciese hacer aquello que es contrario a su elección. Un tal curso de acción convertiría a todos en seres infelices y descontentos. Lo más sabio que podemos hacer es no intentar penetrar en los caminos del Altísimo, y aceptar el hecho de que todo cuanto Él hace es correcto. "Perfecto es el camino de Dios" (Sal. 18:30).
¿Qué hay acerca de la predestinación? – El texto dice que "a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo". Los pensamientos de Dios hacia el hombre son pensamientos de paz, y no de mal (Jer. 29:11). Ha dispuesto paz sobre nosotros (Isa. 26:12). Nada leemos a propósito de que los hombres hayan sido predestinados para la destrucción. Lo único para lo que han sido predestinados es para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo.
Pero es solamente en Cristo que somos hechos conforme a su imagen. Es en Él en quien llegamos "a la medida de la edad de la plenitud de Cristo" (Efe. 4:13). Por lo tanto, el hombre está predestinado solamente en Cristo. Todo el asunto se nos presenta en el siguiente pasaje de la Escritura:
"Bendito el Dios y Padre del Señor nuestro Jesucristo, el cual nos bendijo con toda bendición espiritual en lugares celestiales en Cristo: Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor; habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos por Jesucristo a sí mismo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado".
Todo es en Cristo. En Él recibimos toda bendición espiritual; en Él somos elegidos para santidad; en Él predestinados a la adopción de hijos; somos aceptos en Él, y en Él tenemos redención por su sangre. "Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo" (1 Tes. 5:9).
Tal es el propósito y determinación de Dios con respecto al hombre. Más aún, "a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo". ¿A quiénes conoció? No puede haber límite; debió conocerlos a todos. Si hubiese excepciones, entonces Dios no sería infinito en conocimiento. Si es que conoce con antelación a una persona, las conoce a todas ellas. No hay ni una sola persona que haya nacido en este mundo, de la que Dios no supiera. "No hay cosa criada que no sea manifiesta en su presencia; antes todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta".
Por lo tanto, puesto que Dios ha conocido a toda persona, incluso desde antes de la fundación del mundo, y puesto que a los que conoció también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, se deduce que Dios ha dispuesto la salvación para toda alma que jamás habitara este mundo. Su amor los abarca a todos, sin acepción de personas.
–‘Luego todos serán salvos, no importa lo que hagan’, dirá alguno. No es así. Recuerda que el propósito de Dios es en Cristo. Solamente en Él somos predestinados. Somos libres de elegir si lo aceptaremos o no. Al hombre se le ha dado por siempre libertad de elección, y hasta Dios mismo se abstiene de interferir en ella. Él respeta como sagrada la elección y albedrío de cada persona. No es su plan cumplir su propósito en contra de la voluntad del hombre. Es su deseo dar al hombre aquello que éste decide como su preferencia.
Dios expone ante el hombre la vida y la muerte, el bien y el mal, e invita al hombre a que elija lo que va a tener. Dios sabe lo que es mejor, y lo ha elegido y preparado para el hombre. Ha ido tan lejos como para asegurarlo de manera que no exista la más mínima posibilidad de fallo; para garantizar que el hombre reciba ese bien, si así lo elige. Pero la maravillosa delicadeza y amabilidad del gran Dios quedan aquí patentes, puesto que Él declina ante el deseo del hombre, respetando su elección. Si éste, a su vez, declina en favor del deseo de Dios y acepta lo que Dios ha dispuesto para él, tendrá lugar entre ambos el compañerismo de amor más maravilloso y sublime.
Con cuerdas de bondad humana te traje,Llamados, justificados, glorificados.– "Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó". Se trata de una acción completa. No tenemos por qué tropezar en ello, si recordamos que todo es en Cristo. En Él hemos sido ya bendecidos con toda bendición espiritual. Todos los hombres son llamados a aquello que Dios ha preparado para ellos. Pero no "han sido llamados según su propósito" a menos que hayan hecho firme su vocación y elección sometiéndose a su voluntad. Los tales están predestinados a salvarse. Nada en el universo puede impedir la salvación del alma que acepta y confía en el Señor Jesucristo.
con lazos de amor
(Tu Salvador, Oseas 11:4)
Y los tales son justificados. La muerte de Cristo nos reconcilia con Dios. "Él es la propiciación por nuestros pecados: y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo" (1 Juan 2:2). Su muerte asegura perdón y vida a todos. Nada puede impedir su salvación, excepto su propia elección en contra. El hombre debe escapar de la mano de Dios, a fin de perderse.
Así, los que aceptan el sacrificio, son justificados. "Dios demuestra su amor hacia nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Así, siendo que hemos sido justificados por su sangre, con más razón ahora, seremos salvos de la ira. Porque si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo; mucho más, habiendo sido reconciliados, seremos salvos por su vida".
"Y a los que justificó, a éstos también glorificó". ¿Acaso no hemos oído en la oración que Cristo hizo por sus discípulos, no solamente por los que estaban con Él en el huerto, sino por todos los que creerían por la palabra de ellos, y por lo tanto por nosotros, "la gloria que me diste les he dado"? Pedro dijo que era participante de la gloria que había de ser revelada. Dios no ha dejado nada por hacer. Todo lo que Cristo tiene es nuestro, si lo aceptamos a Él. Todo cuanto resta es que sea revelado. "El continuo anhelar de las criaturas espera la manifestación de los hijos de Dios". Cuando Dios pregunte, en relación con su pueblo, "¿Qué más se había de hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella?", ¿osará alguien decir que faltó alguna cosa?
Todas las cosas son nuestras.– Pero nos hemos anticipado al apóstol. Prestémosle atención: "El que aun a su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?".
Es decir, ¿cómo podía no dárnoslas? Al dar a Cristo por y a nosotros, Dios no podía hacer de otra manera que no fuese darnos todas las cosas, "porque por Él fueron criadas todas las cosas que están en los cielos y que están en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue criado por él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y por él todas las cosas subsisten" (Col. 1:16,17).
"Así que, ninguno se gloríe en los hombres; porque todo es vuestro. Sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir; todo es vuestro; y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios" (1 Cor. 3:21-23). Eso responde, por lo tanto, a la pregunta, "¿quién contra nosotros?" Todo va en nuestro favor. "Y todo esto es para vuestro beneficio" (2 Cor. 4:15).
Un general puso cierta vez un telegrama a su central de operaciones, diciendo: ‘Hemos encontrado al enemigo. Ya es nuestro’. Eso es lo que todo hijo de Dios tiene el privilegio de decir. "A Dios gracias, que nos da la victoria por el Señor nuestro Jesucristo" (1 Cor. 15:57).
"Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe" (1 Juan 5:4). Eso es lo que nos hace saber que todas las cosas ayudan a bien a los que a Dios aman. No importa lo oscuras y amenazantes que puedan parecer, si estamos en Cristo, son por nosotros, no contra nosotros.
Llegamos ahora al final del octavo capítulo de Romanos. Es la cumbre de Pisga de la epístola, pues desde él divisa el ojo de la fe, en toda certidumbre, la tierra prometida. En este punto quizá sea provechoso hacer un breve resumen del terreno que ya hemos recorrido. El siguiente puede ser un esquema sucinto de lo estudiado hasta aquí:
En el primer capítulo encontramos el tema de la epístola expresado en breves palabras, el evangelio de Cristo, el poder de Dios para salvación. Salvación tanto para judíos como para gentiles, dada a conocer a todos mediante las obras de Dios. Se describe entonces la condición de aquel que rehusa saber de Dios.
El segundo capítulo nos muestra que en el fondo todos son iguales; que todos han de ser juzgados por una misma y única norma; y que el conocimiento y la elevada profesión no recomiendan a nadie ante Dios. La obediencia a la ley de Dios es la única señal del verdadero israelita y heredero de Dios.
El capítulo tercero enfatiza los puntos anteriores, especialmente que no hay quien sea obediente. "Por las obras de la ley ninguna carne se justificará delante de él; porque por la ley es el conocimiento del pecado". Sin embargo, hay esperanza para todos, dado que la justicia de la ley es puesta en y sobre todo aquel que cree en Cristo, de manera que el hombre queda convertido en un hacedor de la ley por la fe. Un solo Dios justifica a ambos, judíos y gentiles, por medio de la fe. La fe no es un sustituto de la obediencia a la ley, sino lo que asegura su cumplimiento.
En el capítulo cuarto encontramos a Abraham como ilustración de la justicia obtenida por la fe. Vemos también allí que la fe en la muerte y resurrección de Cristo es la única manera de heredar la promesa hecha a los padres, promesa que abarca nada menos que la posesión de la tierra nueva. La bendición de Abraham, es la bendición que viene por la cruz de Cristo. Y puesto que la promesa hecha a Israel no fue más que la repetición de la que se hizo a Abraham, vemos que Israel está constituido por aquellos, de entre toda nación, que ganan la victoria sobre el pecado mediante la cruz de Cristo.
El amor y gracia abundantes, y la salvación mediante la vida de Cristo, constituyen las líneas maestras del capítulo quinto.
El capítulo sexto dirige la mente del lector al hecho de la nueva criatura como pensamiento clave. Considera la muerte, sepultura, resurrección y vida con Cristo.
En el capítulo séptimo vemos lo estrecha que es la unión entre Cristo y los creyentes. Están desposados con Él, de manera que son "miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos". Se describen vívidamente las luchas mediante las cuales se logra la liberación del primer marido: el cuerpo de pecado.
El capítulo octavo, la cúspide de la carta, describe las bendiciones del hijo de Dios nacido a libertad. La esperanza de la futura inmortalidad constituye la posesión, mediante el Espíritu, de la vida y gloria presentes en Cristo. Los que están en Cristo están predestinados a la gloria eterna. Llegamos de esa manera a:
La exclamación triunfal. La gloriosa convicción
Romanos 8:31-39
31 ¿Pues qué diremos a esto? Si Dios por nosotros, ¿quién contra nosotros? 32 El que aun a su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? 33 ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. 34 ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, quien además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. 35 ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? tribulación? o angustia? o persecución? o hambre? o desnudez? o peligro? o cuchillo? 36 Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo: Somos estimados como ovejas de matadero. 37 Antes en todas estas cosas hacemos más que vencer por medio de aquel que nos amó. 38 Por lo cual estoy cierto que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, 39 Ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.Todo a nuestro favor.– El apóstol acaba de preguntar, "Si Dios por nosotros, ¿quién contra nosotros?" La única respuesta es: ‘Nadie’. Dios es el mayor, y nadie puede arrebatarle nada de la mano. Si Aquel que tiene poder para hacer que todas las cosas ayuden a bien es con nosotros, entonces todo tiene que estar a favor nuestro.
Pero a menudo se suscita en la mente de muchos la pregunta, ‘¿Está realmente Dios por nosotros?’ Algunos le acusan injustamente de estar contra ellos. Algunas veces hasta los propios profesos cristianos piensan que Dios obra en contra de ellos. Al llegar la prueba, imaginan que Dios está luchando contra ellos. Pero un sólo hecho debería bastar para aclarar por siempre el asunto: es Dios quien se da a sí mismo por nosotros, y quien justifica.
¿Quién acusará a los escogidos de Dios? ¿Lo hará Dios mismo, que es quien los justifica? Imposible. Pues bien, Dios es el único en todo el universo que tiene el derecho de acusar de algo a alguien; y puesto que Él justifica en lugar de condenar, quedamos libres. Así es, si así lo creemos. ¿A quiénes justifica Dios? "Al impío". Eso no deja ninguna duda de que es a nosotros a quienes justifica.
Y ¿qué diremos de Cristo? ¿nos condenará Él? ¿cómo podría hacerlo, siendo que se dio a sí mismo por nosotros? Pero se dio de acuerdo con la voluntad de Dios (Gál. 1:4). "No envió Dios a su hijo al mundo para que condene al mundo, mas para que el mundo sea salvo por él" (Juan 3:17). Ha resucitado para nuestra justificación, y está en favor nuestro, a la derecha de Dios. Se interpone entre nosotros y la muerte que merecemos. Por lo tanto, no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús.
Alguno dirá: ‘Pero Satanás viene a mí y me hace sentir que soy tan pecador que Dios está indignado conmigo, y que mi caso es desesperado’. Bien, ¿y por qué le oyes? Sabes cuál es su carácter: "es mentiroso y padre de mentira". ¿Qué tienes que ver con él? Deja que acuse todo lo que quiera: él no es el juez. El juez es Dios, y Él justifica. El único objetivo de Satanás es engañar al hombre y seducirlo a que peque, haciéndole creer que es lo correcto. Puedes estar bien seguro que él nunca le dirá a alguien que no ha sido perdonado: ‘eres un pecador’. Es Dios quien hace eso, mediante su Espíritu, a fin de que el hombre culpable pueda aceptar el perdón que gratuitamente ofrece.
El asunto queda pues de esta manera: Cuando Dios dice al hombre que es pecador, lo hace con el fin de que éste pueda recibir su perdón. Si Dios afirma que un hombre es pecador, lo es sin duda, y debiera reconocerlo, pero "la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado". Eso es cierto, al margen de quién nos diga que somos pecadores. Supón que Satanás nos dijese que somos pecadores. No necesitamos parlamentar con él, ni detenernos a discutir la cuestión. Olvidemos la acusación y cobremos valor con la seguridad de que "la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado".
Dios no nos condena, ni siquiera al convencernos de pecado. Y a nadie más incumbe el condenarnos. Si otros condenan, su condenación equivale a nada. No hay ninguna condenación para aquellos que confían en el Señor. Hasta las mismas acusaciones de Satanás pueden sernos motivo de ánimo, pues podemos estar seguros de que él jamás dirá a un hombre que es pecador, mientras esté bajo su poder (Nota: puesto que eso le daría al pecador la ocasión de arrepentirse, que es lo último que Satanás desea). Si Dios está por nosotros, todo está por nosotros.
Amor eterno.– "Desde lejos se me apareció el Señor, y dijo: ‘Con amor eterno te he amado, por eso te atraje con bondad’ " (Jer. 31:3). Siendo eso así, "¿Quién nos apartará del amor de Cristo?" Su amor es eterno. No conoce variación. Y va dirigido a nosotros, por lo tanto, nada puede separarnos de él. Nuestra deliberada elección puede rechazarlo, pero hasta en ese caso continúa amándonos, aunque hayamos renegado de Él. "Si somos infieles, él permanece fiel. No se puede negar a sí mismo" (2 Tim. 2:13).
¿Podrá la tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro o espada separarnos del amor de Cristo? Imposible, puesto que en esas mismas cosas se manifestó su amor por nosotros. La muerte misma no puede separarnos de su amor, puesto que Él nos amó de tal manera que se dio a sí mismo para morir por nosotros. La muerte es la prenda de su amor. El pecado que nos separa de Dios, no nos separa de su amor, ya que "Dios demuestra su amor hacia nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros". "Al que no tenía pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros seamos hechos justicia de Dios en él" (2 Cor. 5:21).
"Antes en todas estas cosas hacemos más que vencer por medio de aquel que nos amó". Sólo así puede ser, dado que todas las cosas "ayudan a bien". Puesto que Cristo sufrió hambre, angustia, peligros y hasta la muerte misma a fin de poder librarnos, todas esas cosas van a favor nuestro. Fue mediante la muerte como ganó la victoria por nosotros, por lo tanto, hasta en la muerte obtenemos una gloriosa victoria. Aquellos a quienes Satanás persigue hasta la misma muerte, ganan la mayor victoria imaginable sobre él. Lo que parece ser una victoria para Satanás, significa su más aplastante derrota.
Considera la maravillosa provisión que Dios ha hecho para nuestra salvación. Es fácil darse cuenta de que si Satanás no nos perturbase para nada, nuestra salvación sería cierta. Si nuestro enemigo nos dejase totalmente en paz, cesaría el conflicto. Podríamos sentirnos seguros. Pero no nos deja de ningún modo, sino que anda a nuestro alrededor cual león rugiente buscando a quien devore. Muy bien. Pues Dios ha dispuesto que hasta sus mismos ataques para destruirnos nos sean de ayuda. La muerte es la suma de todos los males que Satanás puede infligirnos, e incluso en ella somos más que vencedores mediante Aquel que nos amó. "A Dios gracias, que nos da la victoria por el Señor nuestro Jesucristo" (1 Cor. 15:57).
Confianza inquebrantable.– "Así dijo el Señor Jehová, el Santo de Israel: En descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza" (Isa. 30:15). "Porque participantes de Cristo somos hechos, con tal que conservemos firme hasta el fin el principio de nuestra confianza" (Heb. 3:14). Nuestra fe es la victoria. Sólo Dios es nuestra fuerza y salvación. Por lo tanto, nuestra fuerza consiste en confiar en Él. "Confiad en Jehová perpetuamente: porque en el Señor Jehová está la fortaleza de los siglos" (Isa. 26:4).
Ésta fue la suerte del apóstol Pablo, "azotes sin medida, en cárceles más, en muertes, muchas veces". Dijo: "De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado en lo profundo de la mar; en caminos muchas veces, peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los Gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en la mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y vigilia, en muchas fatigas, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez" (2 Cor. 11:24-27). No hay duda de que estamos ante alguien que posee la autoridad que da la experiencia. Oigamos, pues, lo que dice al respecto:
"Ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro".
Sin miedo al futuro.– Sólo para aquellos que rechazan voluntariamente el amor de Dios hay "una horrenda esperanza de juicio". Cristo nos dice, "no os congojéis por el día de mañana". No es su deseo el que nuestras mentes estén entregadas al temor ni a presentimientos angustiosos. Algunos nunca hallan el reposo, ni siquiera bajo las más favorables circunstancias, porque temen que en el futuro pueda acontecerles algo terrible. Pero lo que pueda suceder no significa diferencia alguna, ya que ni lo presente ni lo por venir pueden separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús Señor nuestro. Se nos asegura que tanto las cosas futuras como las presentes, todas son nuestras (1 Cor. 3:22). Por lo tanto, en Cristo, podemos entonar el canto:
Sea que llegue el bien o el mal,
para mí sólo será bien;
seguro de tenerte en todo,
de tenerlo todo en ti.