Amor de Pablo por sus hermanos
Romanos 9:1-18
1 Verdad digo en Cristo, no miento, dándome testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo, 2 Que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. 3 Porque deseara yo mismo ser apartado de Cristo por mis hermanos, los que son mis parientes según la carne; 4 Que son israelitas, de los cuales es la adopción, y la gloria, y el pacto, y la data de la ley, y el culto, y las promesas; 5 Cuyos son los padres, y de los cuales es Cristo según la carne, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén. 6 No empero que la palabra de Dios haya faltado: porque no todos los que son de Israel son Israelitas; 7 Ni por ser simiente de Abraham, son todos hijos; mas: En Isaac te será llamada simiente. 8 Quiere decir: No los que son hijos de la carne, estos son los hijos de Dios; mas los que son hijos de la promesa, son contados en la generación. 9 Porque la palabra de la promesa es esta: Como en este tiempo vendré, y tendrá Sara un hijo. 10 Y no sólo esto; mas también Rebeca concibiendo de uno, de Isaac nuestro padre, 11 (Porque no siendo aún nacidos, ni habiendo hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección, no por las obras sino por el que llama, permaneciese;) 12 Le fue dicho que el mayor serviría al menor. 13 Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí. 14 ¿Pues qué diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera. 15 Mas a Moisés dice: Tendré misericordia del que tendré misericordia, y me compadeceré del que me compadeceré. 16 Así que no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. 17 Porque la Escritura dice de Faraón: Que para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi potencia, y que mi nombre sea anunciado por toda la tierra. 18 De manera que del que quiere tiene misericordia; y al que quiere, endurece.Un fragmento más bien largo de las Escrituras, pero si se aborda su estudio con diligencia a fin de comprender qué es lo que quiere exactamente decir, no resultará tan difícil como podría suponerse.
Judíos y gentiles.– Aunque Pablo era el "apóstol de los gentiles", no olvidaba a sus "parientes según la carne". Allá donde iba, predicaba primeramente a los judíos. Dijo a los ancianos de Éfeso, "Nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas, testificando a los Judíos y a los Gentiles arrepentimiento para con Dios, y la fe en nuestro Señor Jesucristo" (Hech. 20:20,21). La solicitud de Pablo por todas las clases sociales, incluso por aquellas que le eran personalmente distantes muestra, más que cualquier otro buen rasgo en el apóstol, su semejanza con Jesucristo.
La ventaja de Israel.– "¿Qué ventaja tiene el judío?" "Mucho, en todas maneras. Primero, que a ellos les ha sido confiada la Palabra de Dios" (Rom. 3:1,2). Leemos ahí una magnífica lista de cosas pertenecientes a Israel: la adopción, la gloria, los pactos, la entrega de la ley y el servicio de Dios, así como las promesas. Ser hallado infiel en medio de tales privilegios, debe ser algo realmente terrible.
"La salvación viene de los judíos".– Eso es lo que dijo Jesús a la samaritana, junto al pozo (Juan 4:22). "De los cuales es Cristo según la carne". La Biblia fue escrita por judíos, y una joven judía fue la madre de nuestro Señor. Como hombre, Cristo fue judío. Era de la tribu de Judá. Cuando leemos que somos "salvos por su vida", entendemos que es por su vida como judío. No hay ningún don ni bendición divina que no fuesen "al Judío primeramente", y por el conocimiento de los cuales no estemos en deuda con los judíos.
Nada de los gentiles.– Dice el apóstol Pablo de "los Gentiles en la carne", que estaban "alejados de la república de Israel, extranjeros a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo" (Efe. 2:11,12). Los pactos, las promesas, hasta Cristo mismo, pertenecen a los judíos y no a los gentiles. Por lo tanto, todo el que sea salvo, debe serlo como judío. "Dios primero visitó a los Gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre" (Hech. 15:14).
Excluidos de Cristo.– "Alejados", "ajenos", "sin Cristo" (Efe. 2:12). Se trata de la más deplorable condición que podamos imaginar. Estar sin Cristo es estar sin esperanza y sin Dios en el mundo.
Esa es la condición en la que Pablo se habría puesto de buen grado a causa de sus hermanos según la carne, si es que eso les hubiese podido traer el bien. ¿Qué muestra eso? Muestra que el Israel según la carne estaba precisamente en esa condición: Ajenos a Cristo, "sin esperanza y sin Dios en el mundo".
Y dado que todas las promesas de Dios son en Cristo (2 Cor. 1:20), los que están alejados de Cristo no tienen parte en las promesas. Podemos pues asegurar que el Israel según la carne, como nación de la tierra, no tiene ni tuvo jamás ninguna prerrogativa ante Dios que lo sitúe por encima de las otras naciones. Dios no hizo jamás ninguna promesa especial al Israel según la carne, que no hiciera a cualquier otro pueblo.
En el deseo que Pablo formuló podemos ver cuán completamente entregado estaba al Señor, y hasta qué punto compartía su Espíritu. Cristo se dio a sí mismo por el hombre, consintiendo en separarse incluso de Dios, a fin de poder alcanzar y salvar a los perdidos. No hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos; por consiguiente, el que Pablo hubiese sufrido la maldición, no habría salvado a sus hermanos, como bien sabía él mismo.
Eso muestra claramente cuán desesperado era el caso de los judíos, y cuán grande la solicitud de Pablo por ellos. Si bien ningún sacrificio humano tiene valor alguno, se nos concede el privilegio de compartir los sufrimientos de Cristo por otros. Hablando de sí mismo, Pablo dijo, "me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia" (Col. 1:24).
Circuncisión convertida en incircuncisión.– Ya leímos que "si eres rebelde a la ley, tu circuncisión es hecha incircuncisión" (Rom. 2:25). Eso lo dijo Pablo en referencia a los judíos, a quienes acusó de quebrantar la ley (Rom. 2:17-24). En el versículo 31 del capítulo noveno, leemos que Israel no alcanzó la ley de la justicia. La razón es que no aceptó a Cristo, el único a través de quien es posible obtener la justicia de la ley.
Así, vemos una vez más que los "parientes [israelitas] [de Pablo] según la carne", no eran en absoluto israelitas, sino gentiles, sin Cristo, "sin esperanza y sin Dios en el mundo".
Ningún defecto en la promesa.– Es un triste estado de cosas: todas las promesas pertenecen a Israel, no hay nada de parte de Dios hacia ninguna otra nación, y resulta que el mismo pueblo conocido como Israel está separado de Cristo. Sin embargo, la palabra de Dios no ha fallado, "porque no todos los que son de Israel son Israelitas". La incredulidad de algunos no puede anular la fidelidad de Dios (Rom. 3:3). Aunque se perdiesen todos los descendientes literales de Jacob, eso no debilitaría las promesas de Dios a Israel, puesto que los verdaderos israelitas son únicamente los que creen en las promesas.
La simiente de Abraham.– "En Isaac te será llamada simiente". Isaac era el hijo según la promesa, por lo tanto, los que creen las promesas de Dios son la simiente de Abraham. Juan Bautista dijo a los judíos que se sentían seguros en razón de su ascendencia: "No penséis en vuestro interior, ‘Tenemos a Abraham por padre’. Porque os digo que aun de estas piedras Dios puede levantar hijos de Abraham" (Mat. 3:9). Puede hacerlo con la misma facilidad con que hizo al principio al hombre a partir del polvo de la tierra.
La carne y la promesa.– "No los que son hijos de la carne, estos son los hijos de Dios; mas los que son hijos de la promesa, son contados en la generación". Ese solo texto debería bastar para silenciar las especulaciones referentes a un supuesto retorno de los judíos a la antigua Jerusalem, a fin de posibilitar el cumplimiento de las promesas de Dios. Con mayor razón aun debería poner fin a las peregrinas suposiciones de que una nación, tal como Inglaterra o América, constituya el auténtico Israel, y sea la heredera de las promesas de Dios.
Dios conoce el futuro.– Antes que nacieran Jacob y Esaú, y antes que hubiesen podido hacer el bien ni el mal, se dijo de ellos, "el mayor servirá al menor". Dios conoce el final desde el principio, y puede anticipar lo que hará cada uno. La elección fue conforme a Aquel "que nos salvó y llamó con vocación santa, no conforme a nuestras obras, mas según el intento suyo y gracia, la cual nos es dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos" (2 Tim. 1:9).
"A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí".– Eso se escribió muchos años después de la muerte de Jacob i Esaú. "¿No era Esaú hermano de Jacob, dice Jehová, y amé a Jacob, y a Esaú aborrecí, y torné sus montes en asolamiento, y su posesión para los chacales del desierto?" (Mal. 1:2,3). Según el versículo cuarto, serían llamados "Pueblo contra quien Jehová se airó para siempre" ¿Por qué?
"Así dice el Eterno: ‘Por tres pecados de Edom, y por el cuarto, no desviaré su castigo; porque persiguió a espada a su hermano, ahogó toda su compasión, con furor lo robó siempre, y perpetuó el rencor’ " (Amós 1:11). Jacob, por el contrario, aunque no era mejor que Esaú por naturaleza, creyó en las promesas de Dios y mediante ellas fue hecho participante de la naturaleza divina, y de ese modo heredero de Dios y coheredero con Jesucristo.
En Dios no hay ninguna injusticia.– Observa detenidamente en los versículos 14 al 17 la evidencia de que no hay arbitrariedad en la elección de Dios. Todo es misericordia. "A Moisés dice: Tendré misericordia del que tendré misericordia, y me compadeceré del que me compadeceré". Así, todo procede "de Dios que tiene misericordia". La tierra está llena de la misericordia del Señor (Sal. 119:64), y "para siempre es su misericordia".
El propósito de Dios para Faraón.– El apóstol cita el caso de Faraón a modo de ilustración de que "no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia". "Porque la Escritura dice de Faraón: Que para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi potencia, y que mi nombre sea anunciado por toda la tierra".
Poco importa que se refiera al hecho de haber llevado a Faraón al trono, o bien a haberlo preservado para esa ocasión. Una cosa es cierta: no nos enseña, como se suele suponer, que Dios llevó a Faraón al trono con el propósito de descargar su venganza contra él. Es increible que profesos cristianos hayan podido jamás deshonrar de tal manera a Dios mediante una acusación como esa.
El propósito de Dios al suscitar a Faraón, o al mantenerlo allí, era demostrar su poder a él, y en él; y que el nombre de Jehová se hiciese manifiesto a toda la tierra. Ese propósito se cumplió en la destrucción de Faraón, debido a la obstinada resistencia de éste. Pero se habría cumplido igualmente, y con mucho mejor resultado para Faraón, si hubiese dado oído a la palabra de Dios. Faraón vio el poder de Dios, pero rehusó creer. De haberlo hecho, habría sido salvo, ya que el evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.
Faraón tenía una voluntad firme. Su rasgo principal era la resolución de propósito, la persistencia, que en él había degenerado en obstinación. Pero ¿quién puede imaginar el poder para el bien que Faraón hubiese podido desarrollar, de haber sometido de buen grado su voluntad al Señor? Eso hubiese supuesto un gran sacrificio, según el concepto que el hombre tiene de sacrificio, pero no mayor que el que hizo Moisés. Moisés rehusó ese mismo trono, y unió su suerte con la del pueblo de Dios.
A Faraón se le ofreció una maravillosa y honorable posición, pero éste no conoció el día de su visitación. Implicaba humillación, y rehusó. Como consecuencia, lo perdió todo, mientras que Moisés, que escogió antes ser afligido con el pueblo de Dios y compartir el vituperio de Cristo, tiene un nombre y un lugar que durará por la eternidad. Las misericordias de Dios rechazadas, se convierten en maldiciones. "Los caminos de Jehová son derechos, y los justos andarán por ellos: mas los rebeldes en ellos caerán" (Ose. 14:9).
Hemos visto que si bien Dios eligió a ciertas personas, llamadas especialmente, y posteriormente vinieron a ser grandes eminencias como hijos de Dios, la elección no fue arbitraria. Jacob fue elegido antes de nacer, pero no más de lo que lo son los demás. Dios nos ha bendecido con bendiciones espirituales en Cristo, "según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor; habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos por Jesucristo a sí mismo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado" (Efe. 1:4-6).
"Así que no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia". Como prueba de ello, el apóstol citó a Faraón, quien fue elegido en Cristo tanto como lo fue Jacob, y como lo somos nosotros mismos. Fue elegido para alabanza de la gloria de la gracia de Dios, para que pudiese mostrar las excelencias del Señor; pero se resistió obstinadamente a ello. Dios será alabado hasta incluso por la ira del hombre, si es que éste se niega a alabarlo voluntariamente: es así como el nombre y el poder de Dios se dieron a conocer, mediante la obstinación de Faraón.
Cuánto mejor habría sido que el orgulloso monarca se hubiese sometido al designio de Dios, en lugar de ver cumplido el propósito divino a su pesar. Pero la lección que necesitamos aprender es que todo hombre, en toda nación, ha sido elegido; y que su elección consiste en ser adoptado como hijo. En esa elección los judíos carecen de toda ventaja sobre los demás, sino que están en igualdad, tal como muestra el resto del capítulo:
"Aceptos en el Amado"
Romanos 9:19-33
19 Me dirás pues: ¿Por qué, pues, se enoja? porque ¿quién resistirá a su voluntad? 20 Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? Dirá el vaso de barro al que le labró: ¿Por qué me has hecho tal? 21 ¿O no tiene potestad el alfarero para hacer de la misma masa un vaso para honra, y otro para vergüenza? 22 ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar la ira y hacer notoria su potencia, soportó con mucha mansedumbre los vasos de ira preparados para muerte, 23 Y para hacer notorias las riquezas de su gloria, mostrólas para con los vasos de misericordia que él ha preparado para gloria; 24 Los cuales también ha llamado, es a saber, a nosotros, no sólo de los Judíos, más también de los Gentiles? 25 Como también en Oseas dice: Llamaré al que no era mi pueblo, pueblo mío; y a la no amada, amada. 26 Y será, que en el lugar donde les fue dicho: Vosotros no sois pueblo mío: Allí serán llamados hijos del Dios viviente. 27 También Isaías clama tocante a Israel: Si fuere el número de los hijos de Israel como la arena de la mar, las reliquias serán salvas: 28 Porque palabra consumadora y abreviadora en justicia, porque palabra abreviada, hará el Señor sobre la tierra. 29 Y como antes dijo Isaías: Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado simiente, como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra fuéramos semejantes. 30 ¿Pues qué diremos? Que los Gentiles que no seguían justicia, han alcanzado la justicia, es a saber, la justicia que es por la fe; 31 Mas Israel que seguía la ley de justicia, no ha llegado a la ley de justicia. 32 ¿Por qué? Porque la seguían no por la fe, mas como por las obras de la ley: por lo cual tropezaron en la piedra de tropiezo, 33 Como está escrito: He aquí pongo en Sión piedra de tropiezo, y piedra de caída; y aquel que creyere en ella, no será avergonzado.Replicando a Dios.– Es un hecho muy común, y debido a eso muchos han perdido la noción de su propia maldad.
Aquel que pregunta indignado, ‘¿Por qué hace Dios esto o aquello?’, o que dice, ‘No veo la justicia por ninguna parte’, como si él fuese especial y personalmente agraviado, hace que sea imposible para sí mismo el comprender ni siquiera lo que le es dado al mortal comprender de Dios. Es absurdo y malvado el culpar a Dios porque nosotros no seamos igual a Él en sabiduría. La única forma en la que podemos llegar al pequeño conocimiento que de Dios nos es dado tener, es aceptar de una vez por siempre que Él es justo y misericordioso, y que todo cuanto hace es para el bien de sus criaturas. La reverencia –y no el torpe cuestionar– cobra valor ante la presencia de Dios. "Estad quietos, y conoced que Yo Soy Dios" (Sal. 46:10).
El alfarero y sus vasos.– El que se siente competente para criticar al Señor, piensa encontrar en los versículos 21-24 un motivo de acusación contra Él: –‘Ese texto indica que Dios ha dado vida a algunos hombres para que sean salvos, y a otros para ser destruidos’ (se dice).
Sin embargo, ¡no hay nada de eso! Hay una inmensa diferencia entre lo que dice realmente el texto, y lo que ese hombre imagina que dice. El alfarero tiene potestad sobre el barro; con más razón el Creador sobre sus criaturas, según un derecho natural e incuestionable. Considera el ejemplo: el alfarero tiene la potestad para hacer del barro un vaso para honor, y otro para deshonor. Muy cierto, pero ¿quién conoce en todo el mundo un solo alfarero que se dedique a hacer tiestos con el único fin de destruirlos? El alfarero hace vasos de diversas clases según el diferente propósito de cada uno de ellos, pero siempre para un uso determinado, no para ser destruidos. Así, Dios jamás creó a nadie con el propósito de destruirlo.
La paciencia de Dios.– El hecho de que Dios no planea la destrucción de nadie se demuestra en su lucha por que nadie sufra la destrucción que sus propias obras malvadas le acarrean en justicia. Él "soportó con mucha paciencia las vasijas de ira preparadas para la destrucción". Se hicieron acreedoras de destrucción por su propia obstinación e impenitencia, atesorando para sí mismas ira para el día de la ira (Rom. 2:5). Observa que Dios soportó con mucha misericordia esos "vasos de ira". "Entended que la paciencia de nuestro Señor significa salvación" (2 Ped. 3:15). "Es paciente con nosotros, porque no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento" (versículo 9). El hecho de que Dios soportó con gran paciencia los vasos de ira muestra que, incluso tras haber tomado éstos el curso que lleva a la destrucción, Él procuró su salvación, concediéndoles toda oportunidad al respecto.
"Los cuales también ha llamado".– La paciencia de Dios tiene también el propósito de dar a conocer las riquezas de su gloria en "los vasos de misericordia que él ha preparado para gloria". ¿Cuáles son esos vasos? –"nosotros, a quienes ha llamado". ¿Quiénes son los que Él ha llamado? ¿Personas procedentes de alguna nación en particular? "No sólo de los Judíos, sino también de los Gentiles". Todo el capítulo es una vindicación de la elección del hombre por parte de Dios, desde antes incluso de su nacimiento, tal como ilustra el caso de Jacob; y el versículo muestra que la elección de Jacob no significa que Dios tuviese privilegios especiales para el pueblo judío, sino que Él otorga sus favores con imparcialidad, tanto a judíos como a gentiles, con tal que lo acepten.
Pueblo de Dios.– Se vuelve a insistir en los versículos 25 y 26: "Como también en Oseas dice [Oseas 1:9,10]: Llamaré al que no era mi pueblo, pueblo mío; y a la no amada, amada. Y será, que en el lugar donde les fue dicho: Vosotros no sois pueblo mío: Allí serán llamados hijos del Dios viviente". Dios visitó a los gentiles para suscitar de entre ellos un pueblo para su nombre. El apóstol Pedro describió esa visita en estos términos: "Dios, que conoce los corazones, los reconoció dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros. Ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, pues por la fe purificó sus corazones". Y "Creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, igual que ellos" (Hech. 15:7-11).
"Y no hay diferencia entre judío y griego; ya que uno mismo es Señor de todos, y es generoso con todos los que lo invocan" (Rom. 10:12).
El remanente.– "También Isaías exclama tocante a Israel: ‘Aunque los israelitas sean tan numerosos como la arena del mar, sólo un remanente será salvo’ ". "Así también, en este tiempo ha quedado un remanente elegido por gracia" (Rom. 11:5). Poco importa cuántos pueda haber cuya genealogía se remonte hasta Jacob según la carne, solamente serán salvos los que se entregan voluntariamente a la gracia de Dios. Ciertamente no hay motivo para gloriarse, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.
Los gentiles, a la cabeza.– Los judíos profesaban guardar la ley, pero no era así. Los gentiles no estaban relacionados con la ley, sin embargo, cumplieron sus requerimientos. Si recuerdas ahora Romanos 2:25 al 29, verás que la auténtica circuncisión consiste (y siempre consistió) en guardar la ley. Por lo tanto, puesto que los gentiles guardaron la ley por la fe, y los judíos por su falta de fe dejaron de guardarla, resulta que unos y otros invierten sus respectivas posiciones. Los gentiles habían venido a ser "verdaderos judíos", y los judíos por naturaleza, eran como los paganos.
No alcanzar el blanco.– Los judíos se esforzaron por seguir la ley de justicia, pero no de la manera adecuada. "¿Por qué? Porque la seguían no por la fe, mas como por las obras de la ley". Con cuánta fuerza establecen esas palabras lo que es la idea principal de toda la epístola, esto es, que la fe no excusa la transgresión, sino que solamente por la fe se puede obedecer la ley.
No se culpa a los judíos por haber querido seguir la ley de justicia, sino por no haber querido seguirla en la debida forma. No es por las obras, sino por la fe, como pueden alcanzarse las obras que la ley requiere. Eso equivale a decir que no es posible obtener buenas obras a partir de las malas obras. El bien no puede surgir del mal. Tampoco existe rebaja alguna por lo que respecta a las buenas obras. Son aquello que necesita el mundo, por encima de todo. Son el resultado de guardar la ley por la fe. Pero es absolutamente imposible que se den las buenas obras sin la fe, ya que "todo lo que no es de fe, es pecado" (Rom. 14:23).
La piedra de tropiezo.– Nunca dejes de relacionar la última parte de este capítulo con la primera. Recuerda que al principio se presenta al Israel según la carne, como separado de Cristo. A ellos pertenecía, entre otras cosas, la entrega de la ley, pero fracasaron miserablemente en relación con ella. ¿Por qué? Porque "tropezaron en la piedra de tropiezo". ¿Cuál es esa piedra? –Cristo. Estaban en la misma condición en la que muchos están hoy: se negaban a creer que las promesas de Dios a Israel eran total y únicamente en Cristo. Pensaban, lo mismo que muchos profesos cristianos de nuestros días, que Dios los honraba por causa de ellos mismos, a parte de Cristo. Cristo es la piedra de escándalo sobre la que tropiezan todos los que entienden las promesas hechas a Israel como referidas a una cierta nación, con exclusión de las demás.
Un fundamento estable.– Paradójico pero cierto, esa misma piedra de tropiezo es la piedra angular, y el sólido fundamento. Lo que hace caer a unos, es lo que eleva y edifica a otros. "Los caminos de Jehová son derechos, y los justos andarán por ellos: mas los rebeldes en ellos caerán" (Ose. 14:9). Cristo es una roca de escándalo para los que no creen, pero un fundamento seguro para aquellos que tienen fe. Es "el Santo de Israel", "Dios de Israel", "Pastor de Israel", redil, y puerta del redil a la vez. Sin él no podría existir tal cosa como nación de Israel.
Los que pretenden reclamar una herencia en Israel por causa de su nacimiento, y no por causa de Cristo, serán finalmente avergonzados, puesto que todo aquel que no entra por la puerta quedará desenmascarado como "ladrón y robador". Pero "el que crea en él, nunca será avergonzado", puesto que su fe demostrará que es simiente de Abraham, y heredero conforme a la promesa.