Hemos concluido lo que podríamos llamar la parte argumentativa de la carta a los Romanos. Los cinco capítulos que restan consisten en exhortaciones a la iglesia. Las contenidas en el presente capítulo no revisten complejidad, pero se las comprende mucho mejor al leerlas en relación con lo que las precede inmediatamente. Así, comenzaremos el capítulo 12 con los últimos versículos del anterior:
33 ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, e inescrutables sus caminos! 34 Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿o quién fue su consejero? 35 ¿O quién le dio a él primero, para que le sea pagado? 36 Porque de él, y por él, y en él, son todas las cosas. A él sea la gloria por siglos. Amén.Una conclusión lógica.– Los últimos versículos del capítulo precedente establecen el poder y sabiduría insondables e infinitos de Dios. Nadie puede añadirle nada. Nadie puede pretender que Dios tenga la más mínima obligación hacia él. Nadie puede darle nada en la expectativa de recibir algo de él a cambio. "Porque de él, y por él, y en él, son todas las cosas". "Él da a todos vida, y respiración, y todas las cosas". "En él vivimos, y nos movemos, y somos" (Hech. 17:25,28).1 Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro racional culto. 2 Y no os conforméis a este siglo; mas reformaos por la renovación de vuestro entendimiento, para que experimentéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. 3 Digo pues por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con templanza, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno. 4 Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, empero todos los miembros no tienen la misma operación; 5 Así muchos somos un cuerpo en Cristo, mas todos miembros los unos de los otros. 6 De manera que, teniendo diferentes dones según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe; 7 O si ministerio, en servir; o el que enseña, en doctrina; 8 El que exhorta, en exhortar; el que reparte, hágalo en simplicidad; el que preside, con solicitud; el que hace misericordia, con alegría. 9 El amor sea sin fingimiento: aborreciendo lo malo, llegándoos a lo bueno; 10 Amándoos los unos a los otros con caridad fraternal; previniéndoos con honra los unos a los otros; 11 En el cuidado no perezosos; ardientes en espíritu; sirviendo al Señor; 12 Gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración; 13 Comunicando a las necesidades de los santos; siguiendo la hospitalidad. 14 Bendecid a los que os persiguen: bendecid, y no maldigáis. 15 Gozaos con los que se gozan: llorad con los que lloran. 16 Unánimes entre vosotros: no altivos, mas acomodándoos a los humildes. No seáis sabios en vuestra opinión. 17 No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. 18 Si se puede hacer, cuanto está en vosotros, tened paz con todos los hombres. 19 No os venguéis vosotros mismos, amados míos; antes dad lugar a la ira; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. 20 Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber: que haciendo esto, ascuas de fuego amontonas sobre su cabeza. 21 No seas vencido de lo malo; mas vence con el bien el mal.
Siendo así, lo razonable sería que todos se pusieran bajo su control. Solamente Él tiene la sabiduría y el poder necesarios. El resultado lógico de haber conocido el poder, la sabiduría y el amor de Dios, es someterse a Él. Aquel que no lo hace, está virtualmente negando la existencia de Dios.
Exhortando y confortando.– Es interesante notar que el término griego que se traduce por "rogar", comparte su etimología con "consolar", en referencia a la acción del Espíritu Santo. Se trata de la misma palabra empleada en Mateo 5:4, "Bienaventurados los que lloran: porque ellos recibirán consolación". Podemos también encontrarla en 1ª de Tesalonicenses 4:18: "Consolaos los unos a los otros en estas palabras".
La palabra aparece varias veces en los siguientes versículos: "Bendito sea el Dios y Padre del Señor Jesucristo, el Padre de misericordias, y el Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier angustia, con la consolación con que nosotros somos consolados de Dios. Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación" (2 Cor. 1:3-5). El término griego que traducimos por "exhortar" o "rogar", es el mismo que se emplea para "consolar" El conocimiento de ello presta nueva fuerza a las exhortaciones del Espíritu de Dios.
Hay ánimo y consuelo en saber que Dios es todopoderoso. Por lo tanto, hay consuelo en todas sus exhortaciones y mandamientos, dado que Él no espera que actuemos en nuestra propia fuerza, sino en la suya. Cada mandato de Dios, no es más que la declaración de lo que Él hará en y por nosotros, si nos sometemos a su poder (Nota: Comparar con: "los diez mandamientos… son diez promesas"; "No hay nada negativo en aquella ley aunque parezca así", en C.B.A. vol. I, p. 1119; "Todos sus mandatos son habilitaciones", en PVGM, p. 268) . En cada reprobación suya hay una exposición de nuestra necesidad, para la que Él puede proveer abundantemente. El Espíritu convence de pecado, pero siempre sin dejar de ser el Consolador.
Poder y gracia.– "Una vez habló Dios; dos veces he oído esto: Que de Dios es la fortaleza. Y de ti, oh Señor, es la misericordia" (Sal. 62:11,12). "Dios es amor". Por lo tanto su poder es amor, de forma que cuando el apóstol se refiere al poder y sabiduría de Dios como los argumentos por los que debiéramos someternos a Él, nos está exhortando por las misericordias de Dios. Nunca olvides que toda manifestación del poder de Dios es una manifestación de su amor, y que el amor es el poder mediante el cual obra. En Jesucristo se revela el amor de Dios (1 Juan 4:10), Él es "potencia de Dios, y sabiduría de Dios" (1 Cor. 1:24).
Verdadero inconformismo.– En Inglaterra era común encontrar a la gente dividida en dos bandos: los partidarios de la Iglesia, y los inconformistas. Hoy en día todo cristiano ha de ser un inconformista, pero no en el sentido que ordinariamente atribuye el mundo a ese término. "No os conforméis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente". Cuando los que se tienen por inconformistas adoptan los métodos del mundo y se implican en esquemas mundanos, deshonran ese nombre. "¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad con Dios?"
¿Cómo pensar de uno mismo? – La exhortación que se hace a todo hombre es a no tener un concepto de sí mismo superior al que debiera. ¿Cuán alto debiera ser el concepto que tenemos sobre nosotros mismos? "Oh Eterno, hazles sentir temor. Conozcan las naciones que son sólo hombres" (Sal. 9:20). "No confiéis en príncipes, ni en hombres, porque no pueden salvar" (Sal. 146:3). "Dejaos del hombre, cuyo aliento está en su nariz, porque, ¿de qué vale realmente?" (Isa. 2:22). "Ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive" (Sal. 39:5). "La sabiduría de este mundo es necedad para con Dios". "El Señor conoce los pensamientos de los sabios, que son vanos" (1 Cor. 3:19,20). "¿Qué es vuestra vida? Ciertamente es un vapor que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece" (Sant. 4:14). "Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como el viento" (Isa. 64:6). "En humildad, considerando a los demás como superiores a vosotros" (Fil. 2:3).
Fe y humildad.– El orgullo es el enemigo de la fe. Es imposible que ambos convivan. El hombre es capaz de pensar de sí humilde y sobriamente, sólo como resultado de la fe que Dios da. "Se enorgullece aquel cuya alma no es derecha en él: mas el justo en su fe vivirá" (Hab. 2:4). Aquel que confía en su propia fuerza y sabiduría, nunca querrá depender de otro. La confianza en la sabiduría y el poder de Dios pueden darse solamente reconociendo nuestra propia debilidad e ignorancia.
La fe, un don de Dios.– La fe que Dios otorga al hombre es la que señala Apocalipsis 14:12: "Aquí está la paciencia de los santos; aquí están los que guardan los mandamientos de Dios, y la fe de Jesús". No es simplemente que Dios dé la fe a los santos: Además, de igual forma que sucede con los mandamientos, los santos guardan la fe, mientras que el resto no lo hace. La fe que guardan es la fe de Jesús. Es su fe, dada al hombre (Nota: "he guardado la fe…", en 2 Tim. 4:7).
La fe se da a todo hombre.– Se exhorta a todo hombre a pensar sobriamente de sí, ya que a todo hombre le ha sido dada una medida de fe. Muchos creen que su constitución es tal, que para ellos resulta imposible creer. Craso error. La fe es algo tan fácil y natural como lo es el respirar. Es la herencia común de todo hombre, y aquello en lo que todos están en igualdad. Es tan natural creer para el hijo de un infiel, como lo es para el hijo de un santo. Es solamente erigiendo una barrera de orgullo ante sí (Sal. 73:6) como puede alguien encontrar difícil el creer. Y aun en tal caso, creerá; ya que cuando el hombre no cree en Dios, cree en Satanás. Cuando no cree la verdad, engulle ávidamente toda clase de ignominiosas falsedades.
¿En qué medida? – Hemos visto que la fe se le da a todo hombre. Lo demuestra el hecho de que la salvación se ofrece a todos los hombres: es puesta al alcance de cada uno de ellos; y la salvación es solamente por la fe. Si Dios no hubiese dado fe a todo hombre, no habría puesto la salvación al alcance de todos.
La siguiente pregunta es, ¿en qué medida ha dado Dios la fe a todo hombre? Encontramos la contestación en lo que acabamos de aprender: la fe que Él da, es la fe de Jesús. Recibimos la fe de Jesús en el don de Jesús mismo, y Jesús se ha dado plenamente a todo hombre. Él gustó la muerte por todos (Heb. 2:9). "A cada uno de nosotros es dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo" (Efe. 4:7). Cristo no está troceado, por lo tanto, a todo hombre es dada la plenitud de Cristo, y la plenitud de la fe de Él. Esa es la única medida existente.
El cuerpo y sus miembros.– Hay "un cuerpo" (Efe. 4:4), que es la iglesia. Cristo es la cabeza (Efe. 1:22,23; Col. 1:18). "Somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos" (Efe. 5:30). En el cuerpo hay muchos miembros, "así muchos somos un cuerpo en Cristo, mas todos miembros los unos de los otros".
Lo mismo que sucede en el cuerpo humano, en el cuerpo de Cristo hay "muchos miembros, y no todos tienen la misma función", sin embargo, están hasta tal punto integrados y unidos unos con otros, son tan mutuamente dependientes; ninguno de ellos puede jactarse sobre los demás. "Ni el ojo puede decir a la mano: ‘No te necesito’. Ni la cabeza a los pies: ‘No os necesito’" (1 Cor. 12:21). Tal sucede en la verdadera iglesia de Cristo: no hay divisiones ni jactancias; ningún miembro procura ocupar el lugar, ni hacer el trabajo de otro. Ningún miembro se cree independiente de los demás, y todos tienen una solicitud similar, los unos por los otros.
Diversos dones.– Los miembros no tienen la misma función, y no todos tienen los mismos dones. "Hay diversos dones, pero el Espíritu es el mismo… y hay diversas operaciones, pero Dios, que efectúa todas las cosas en todos, es el mismo… A uno es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; a otro, don de sanidad por el mismo Espíritu; a otro, operación de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas, las efectúa uno y el mismo Espíritu, y reparte a cada uno en particular como él quiere" (1 Cor. 12:4-11).
"La medida de la fe".– "De manera que, teniendo diferentes dones según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe". Como hemos visto ya, no hay más que "una fe" (Efe. 4:5), que es "la fe de Jesús". Si bien hay diversidad de dones, es un solo poder el que los sustenta a todos ellos. "Todas estas cosas, las efectúa uno y el mismo Espíritu". Por lo tanto, profetizar o ejercer cualquier otro de los dones "conforme a la medida de la fe", consiste en ministrarlos "conforme a la virtud que da Dios" (1 Ped. 4:11). "Cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido, dispensando fielmente las diferentes gracias de Dios".
"En cuanto a la honra, dad preferencia a los otros".– Eso es solamente posible cuando estamos dispuestos a actuar "en humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a sí mismo" (Fil. 2:3). Y eso, a su vez, es solamente posible cuando uno es consciente de su propia indignidad. Aquel que "sienta la plaga en su corazón", no proyectará sobre los demás sus propias deficiencias. "Haya en vosotros el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús. Quien… se despojó de sí mismo, tomó la condición de siervo, y… se humilló a sí mismo".
Cómo tratar a los perseguidores.– "Bendecid a los que os persiguen: bendecid, y no maldigáis". Maldecir no implica necesariamente el empleo de lenguaje profano: significa hablar maldad. Es lo opuesto a bendecir, que significa hablar bien de algo o alguien. En ocasiones los hombres persiguen de acuerdo con la ley, y otras veces sin ningún apoyo legal; pero sea que nos persigan "legalmente", o bien se trate de la desenfrenada violencia de las masas, no debemos proferir palabra áspera alguna contra los que así proceden. Al contrario, debemos hablar el bien.
Es imposible hacerlo sin el Espíritu de Cristo, quien oró por los que lo entregaban y asesinaban, y quien "no se atrevió a usar de juicio de maldición" contra el mismo diablo (Judas 9). Manifestar desdén hacia los que nos persiguen, no está de acuerdo con la instrucción dada por Dios.
Gozarse y llorar.– Al hombre natural no le resulta fácil alegrarse con los que están alegres, ni llorar con los afligidos. Solamente la gracia de Dios puede otorgar esa simpatía al hombre. Quizá no sea particularmente difícil lamentarse con los afligidos, pero suele resultar menos fácil alegrarse con los que están gozosos. Supón, como ejemplo, que a tu vecino se le da algo que deseas profundamente, y que ves cómo disfruta con su don. Necesitarás la gracia, para alegrarte verdaderamente con él (Nota: ya que 'la intención de la carne es…envidia…', en Rom. 8:7 y Gál. 6:21).
"Tened paz".– Debemos vivir en paz con todos los hombres, hasta donde sea posible. Pero ¿cuál es el límite de la posibilidad? Algunos responderían que ‘hasta el punto en el que la tolerancia deja de ser una virtud’, para disponerse a partir de entonces a pagar en su misma moneda al causante de la aflicción. Muchos piensan que ese texto nos exhorta a resistir tanto como podamos, y a no tomar parte en el disturbio hasta que la provocación se vuelva "insoportable". Sin embargo, el texto dice: "en cuanto dependa de vosotros, tened paz con todos".
Es decir, jamás debemos dar lugar al conflicto, en todo cuanto dependa de nosotros. No siempre podremos evitar que los demás hagan la guerra; sin embargo, podemos continuar manifestando nuestra paz. "Tú guardas en completa paz al que persevera pensando en ti, porque en ti confía" (Isa. 26:3). "Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Rom. 5:1). "La paz de Dios gobierne en vuestros corazones" (Col. 3:15). "La paz de Dios, que supera todo entendimiento, guardará vuestro corazón y vuestros pensamientos en Cristo Jesús" (Fil. 4:7). Aquel que posea esa paz permanente de Dios, no se encontrará jamás en conflicto con los demás.