El capítulo precedente ha presentado nuestro deber hacia aquellos que son débiles en la fe, y que tienen escrúpulos de conciencia excesivos en cuanto a cosas que no tienen en ellas mismas trascendencia. No somos jueces los unos de los otros, antes bien: todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo. Si tenemos mayor conocimiento que nuestro hermano, no debemos traerlo arbitrariamente a nuestra norma más de lo que él mismo deba llevarnos a la suya. Nuestro mayor conocimiento más bien nos responsabiliza en cuanto al deber de ejercer la máxima caridad y paciencia.
En estos versículos encontramos el resumen de todo lo anterior: "No destruyas la obra de Dios por causa de la comida. En realidad, todas las cosas son limpias; pero es malo que el hombre coma algo que cause tropiezo a otros. Es bueno no comer carne, ni beber vino, ni nada en que tu hermano tropiece. La fe que tú tienes, guárdala para ti ante Dios".
El deber de ayudarse mutuamente
Romanos 15:1-7
1 Así que, los que somos más firmes debemos sobrellevar las flaquezas de los flacos, y no agradarnos a nosotros mismos. 2 Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en bien, a edificación. 3 Porque Cristo no se agradó a sí mismo; antes bien, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperan, cayeron sobre mí. 4 Porque las cosas que antes fueron escritas, para nuestra enseñanza fueron escritas; para que por la paciencia, y por la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza. 5 Mas el Dios de la paciencia y de la consolación os dé que entre vosotros seáis unánimes según Cristo Jesús; 6 Para que concordes, a una boca glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. 7 Por tanto, sobrellevaos los unos a los otros, como también Cristo nos sobrellevó, para gloria de Dios.Sobrellevándose los unos a los otros.– Los versículos que componen este capítulo suplementan la instrucción dada en el precedente, y son su continuación. Así, el capítulo 15 comienza con la exhortación, "debemos sobrellevar las flaquezas de los flacos". El último versículo de esta sección dice: "sobrellevaos (aceptaos) los unos a los otros".
¿Cómo hemos de sobrellevarnos los unos a los otros? La respuesta es, "como también Cristo nos sobrellevó". Eso enfatiza una vez más el hecho de que el apóstol no tenía la más mínima intención de despreciar ninguno de los Diez Mandamientos cuando escribió, en el anterior capítulo, "uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté asegurado en su ánimo".
Cristo, ni en el más mínimo grado hizo concesión alguna en relación con los mandamientos, a fin de acomodarlos a aquellos a quienes "sobrellevaba" o aceptaba. Dijo: "No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas" (Mat. 5:17). "Si guardareis mis mandamientos, estaréis en mi amor; como yo también he guardado los mandamientos de mi Padre, y estoy en su amor" (Juan 15:10).
Los mandamientos de Cristo y los del Padre son los mismos, ya que Él dijo, "Yo y el Padre una cosa somos" (Juan 10:30). Cierto día dijo a un joven que deseaba seguirlo, "guarda los mandamientos" (Mat. 19:17). Por lo tanto, es obvio que al hacer concesiones en aras de la paz y armonía, ninguna concesión debe hacerse en relación con la observancia de los mandamientos de Dios.
¿Cómo complacer a los demás? – Tal como indica la exhortación: "Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en bien, a edificación". Jamás se nos exhorta a ayudar a pecar a un hermano, con el fin de agradarle. Tampoco a cerrar los ojos al pecado de nuestro hermano a fin de no causarle malestar, permitiendo con ello que persista en él sin advertirle. No hay en ese proceder amabilidad alguna. La exhortación dice: "No aborrecerás a tu hermano en tu corazón: ingenuamente reprenderás a tu prójimo, y no consentirás sobre él pecado" (Lev. 19:17). La madre que, temerosa de contrariar a su hijo, no hiciese nada por impedir que éste tocase el fuego, estaría manifestando crueldad, y no bondad. Debemos de agradar a nuestro prójimo, pero solamente para su bien, no para su extravío.
Sobrellevar las flaquezas de otros.– Volviendo nuevamente al primer versículo, vemos aún más destacada esta verdad: "Los que somos más firmes debemos sobrellevar las flaquezas de los flacos, y no agradarnos a nosotros mismos". "Porque Cristo no se agradó a sí mismo". Examina eso en relación con Gálatas 6:1,2: "Hermanos, si alguno fuere tomado en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restaurad al tal con el espíritu de mansedumbre; considerándote a ti mismo, porque tú no seas también tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros; y cumplid así la ley de Cristo". Al sobrellevar las enfermedades de los débiles, estamos cumpliendo la ley de Cristo. Pero sobrellevar las cargas de los otros no significa enseñarles que pueden ignorar impunemente ninguno de los mandamientos. El guardar los mandamientos de Dios no es ninguna carga, ya que "sus Mandamientos no son gravosos" (1 Juan 5:3).
¿Cómo sobrelleva Cristo nuestras cargas? – Cristo las sobrelleva, no quitando la ley de Dios, sino quitando nuestros pecados y capacitándonos para guardar la ley. "Porque lo que era imposible a la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley fuese cumplida en nosotros, que no andamos conforme a la carne, mas conforme al espíritu" (Rom. 8:3,4).
Él nos dice: "Ven".– Una bendición en el servicio del Señor es que no nos dice "Ve", sino "Ven". No nos envía a trabajar por nosotros mismos, sino que nos llama a seguirle. No pide de nosotros nada que Él mismo no haga. Cuando nos dice que debemos llevar las enfermedades de aquellos que son débiles, lo debiéramos tomar como motivo de ánimo, y no como una carga que nos es impuesta, puesto que nos está recordando lo que Él hace en nuestro favor. Él es el Todopoderoso, ya que leemos, "He puesto el poder de socorrer sobre uno que es poderoso; he exaltado a un escogido de mi pueblo" (Sal. 89:19). "Llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores". "Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino: mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros" (Isa. 53:4,6).
¿Qué es lo que lo convierte en algo fácil? – Si sabemos que Cristo lleva nuestras cargas, será un placer para nosotros el llevar las cargas de los demás. El problema es que demasiado a menudo olvidamos que Cristo es el Portador, y estando abrumados por el peso de nuestras propias enfermedades, tenemos aún menos paciencia con aquellas de los demás. Pero cuando sabemos que Cristo es realmente el Portador de las cargas, echamos toda nuestra solicitud en Él, y entonces, cuando hacemos de la carga de algún otro la nuestra, Él la lleva también.
El Dios de toda consolación.– Dios es "el Dios de la paciencia y de la consolación". Es el "Padre de compasión y Dios de todo consuelo. Él nos consuela en toda tribulación, para que también nosotros podamos alentar a los que están en cualquier tribulación, con el consuelo con que nosotros somos confortados por Dios" (2 Cor. 1:3,4). Él toma sobre sí mismo todos los reproches que caen sobre los hombres. "Los insultos de los que te vituperan caen sobre mí". Leemos de los hijos de Israel que "en toda angustia de ellos, él fue angustiado" (Isa. 63:9). Tales son las palabras de Cristo, "Tú sabes mi afrenta, y mi confusión, y mi oprobio". "La afrenta ha quebrantado mi corazón" (Sal. 69:19,20). Sin embargo, no manifestó la menor impaciencia ni murmuración. Por lo tanto, ha llevado ya las cargas del mundo en su carne: es totalmente capaz de llevar las nuestras en la carne sin queja alguna, de forma que podamos ser "corroborados de toda fortaleza, conforme a la potencia de su gloria, para toda tolerancia y largura de ánimo con gozo" (Col. 1:11).
El evangelio según Moisés.– Ésta es la lección que se nos enseña a todo lo largo de las Escrituras: "Porque las cosas que antes fueron escritas, para nuestra enseñanza fueron escritas; para que por la paciencia, y por la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza". Eso se manifiesta en el libro de Job. "Habéis oído la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y piadoso" (Sant. 5:11). Así de claro está en los libros de Moisés. Cristo dijo: "Si vosotros creyeseis a Moisés, me creeríais a mí; porque él escribió de mí. Pero si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis Palabras?" (Juan 5:46,47). Si se es negligente en cuanto al evangelio según Moisés, de nada va a servir leer el evangelio según Juan, puesto que el evangelio no se puede dividir. El evangelio de Cristo, lo mismo que Él, es uno y único.
Cómo sobrellevar o recibir a los demás.– Finalmente, "Acogeos unos a otros, como también Cristo nos acogió, para gloria de Dios". ¿A quiénes acoge Cristo? "Recibe a los pecadores". ¿A cuántos recibirá? "Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar".
¿Cómo los recibirá? "Todo el día extendí mis manos hacia un pueblo desobediente y contradictor". Y si acuden a Él, ¿qué seguridad tienen? "al que a mí viene, no le echo fuera". Aprende de Él, y recuerda que dondequiera abras las Escrituras, ellas son las que dan testimonio de Él.
Permaneciendo en el inicio.– Nuestro estudio de Romanos, aunque extenso, no ha sido exhaustivo. Ciertamente es imposible estudiar exhaustivamente la Biblia, ya que por más profundamente que abordemos cualquier porción de ella, seguiremos estando en el inicio. Cuanto más investiguemos la Biblia, más nos parecerá que nuestra mejor comprensión no fue sino algo preliminar de un estudio más profundo, de cuya necesidad nos habremos apercibido. Pero si bien no podemos nunca esperar que podamos agotar la verdad hasta el punto de decir que la tenemos toda, podemos sin embargo tener la seguridad de que hasta allí donde hayamos llegado, tenemos solamente la verdad. Y esa seguridad procede, no de sabiduría alguna que pudiésemos poseer, sino de adherirnos estrechamente a la palabra de Dios, y de no permitir que se introduzcan ideas de manufactura humana mezcladas con el oro puro.
Gozo y paz en creer
Romanos 15:8-14
8 Digo, pues, que Cristo Jesús fue hecho ministro de la circuncisión por la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres, 9 Y para que los Gentiles glorifiquen a Dios por la misericordia; como está escrito: Por tanto yo te confesaré entre los Gentiles, y cantaré a tu nombre. 10 Y otra vez dice: Alegraos, Gentiles, con su pueblo. 11 Y otra vez: Alabad al Señor todos los Gentiles, y magnificadle, todos los pueblos. 12 Y otra vez dice Isaías: Estará la raíz de Jessé, y el que se levantará a regir los Gentiles: Los Gentiles esperarán en él. 13 Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz creyendo, para que abundéis en esperanza por la virtud del Espíritu Santo. 14 Empero cierto estoy yo de vosotros, hermanos míos, que aun vosotros mismos estáis llenos de bondad, llenos de todo conocimiento, de tal manera que podáis amonestaros los unos a los otros."Ministro de la circuncisión".– No olvidemos que Jesucristo fue ministro de la circuncisión. ¿Significa eso que salva solamente a los judíos? No, pero nos muestra que "la salvación viene de los judíos" (Juan 4:22). Se dice "acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo", que fue "nacido del linaje de David según la carne" (Rom. 1:3). Él es "la raíz de Isaí, que se levantará a regir a los gentiles. Los gentiles esperarán en él" (Isa. 11:10; Rom. 15:12). Los gentiles deben encontrar la salvación en Israel. Ninguno puede encontrarla en otro lugar.
"La ciudadanía de Israel".– Al escribir a los hermanos de Éfeso, Pablo se refiere al estado de ellos previo a su conversión como siendo "gentiles en cuanto a la carne", y dice, "en aquel tiempo estabais sin Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y extranjeros en cuanto a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo" (Efe. 2:11,12).
Es decir, fuera de Israel no hay esperanza para el hombre. Los que están "excluidos de la ciudadanía de Israel" están "sin Cristo" y "sin Dios en el mundo". En Cristo Jesús somos llevados a Dios.
Y siendo llevados a Dios "ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios" (Efe. 2:18,19). Por lo tanto, se enseñan dos cosas de forma clara y positiva: (1) Nadie que no sea de la casa de Israel puede ser salvo. (2) Sólo los que están en Cristo constituyen la casa de Israel.
Confirmando las promesas.– "Cristo Jesús fue hecho ministro de la circuncisión por la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres". Eso muestra que todas las promesas de Dios a los padres fueron hechas en Cristo. "Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén" (2 Cor. 1:20). "A Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como refiriéndose a muchos, sino a uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo" (Gál. 3:16). Nunca se hizo promesa alguna a los padres, que no hubiese de ser obtenida solamente por Cristo, y mediante la justicia que es según Él.
Cristo no está dividido.– Se lo presenta como ministro de la circuncisión. Supongamos que las promesas hechas a los padres se aplicaran a los descendientes naturales de Abraham, Isaac y Jacob. La única conclusión posible sería entonces que sólo esos descendientes naturales –los que están circuncidados– pueden ser salvos. O, al menos, habríamos de admitir que Cristo hace algo por ellos que no hace por el resto de la humanidad.
Pero Cristo no está dividido. Todo cuanto hace por un hombre, lo hace por todo hombre. Todo lo que hace por alguien, lo hace mediante la cruz, y fue crucificado una sola vez. "De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en él, no perezca, sino que tenga vida eterna".
Puesto que Cristo es el ministro de la circuncisión para confirmar las promesas hechas a los padres, es evidente que esas promesas incluyen a toda la humanidad. "No hay diferencia entre judío y griego, pues uno mismo es el Señor de todos, que es rico para con todos los que le invocan" (Rom. 10:12). "¿O es Dios solamente Dios de los judíos? ¿No es también Dios de los gentiles? Ciertamente, también de los gentiles. Porque ciertamente hay un solo Dios, el cual justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión" (Rom. 3:29,30).
"El tabernáculo de David".– Cuando los apóstoles y los ancianos se reunieron en Jerusalem, Pedro explicó cómo había sido instrumento en las manos del Señor para llevar el evangelio a los gentiles. Dijo: "Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros; y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones" (Hech. 15:8,9).
Entonces añadió Santiago: "Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de entre ellos un pueblo para su nombre. Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito: Después de esto volveré y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído; y repararé sus ruinas, y lo volveré a levantar, para que el resto de los hombres busque al Señor, y todos los gentiles, sobre los cuales es invocado mi nombre, dice el Señor, que hace todo esto. Desde la eternidad conoce el Señor su obra" (Hech. 15:14-18).
Solamente mediante la predicación del evangelio a los gentiles habrá de ser edificado el tabernáculo de David. De entre ellos se toma un pueblo para Dios. Tal fue el propósito de Dios "desde la eternidad", y de eso "dan testimonio todos los profetas, que todo el que crea en él recibirá perdón de pecados por su nombre" (Hech. 10:43).
"La bendición de Abraham".– Leemos que "Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros… para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por medio de la fe recibiésemos la promesa del Espíritu" (Gál. 3:13,14). Las palabras omitidas en el texto precedente indican que la maldición que Cristo fue hecho por nosotros es la cruz.
Por lo tanto concluimos que solamente por la cruz de Cristo pudieron asegurarse las promesas hechas a los padres. Pero Cristo gustó la muerte por todos (Heb. 2:9). "Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo aquel que cree en él, no se pierda, sino que tenga vida eterna" (Juan 3:15,16). Por lo tanto, las promesas hechas a los padres eran simplemente las promesas del evangelio, que se proclaman "a toda criatura". Mediante la cruz, Cristo confirma las promesas hechas a los padres, "para que los Gentiles glorifiquen a Dios por su misericordia".
"Un solo rebaño, y un solo pastor".– En el capítulo décimo del evangelio de Juan encontramos algunas de las más bellas, entrañables y animadoras palabras del Señor Jesús. Él es el Buen Pastor. Él es la puerta a través de la cual entran las ovejas en el redil. Da su vida por salvarlas. Luego dice: "También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer; y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño, y un solo pastor" (versículo 16). Por lo tanto, cuando su obra sea completa, habrá un solo rebaño, y Él será el Pastor. Veamos ahora de quiénes estará compuesto el rebaño.
La oveja perdida.– En el capítulo 15 de Lucas, en ese maravilloso conjunto de benditas ilustraciones del amor y la gracia del Salvador, Jesús representa su obra como la del pastor a la búsqueda de la oveja perdida y errante. ¿Cuál es esa oveja que está buscando? Él mismo da la respuesta: "No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mat. 15:24). La afirmación no se presta a confusión. Es pues evidente que todas las ovejas que encuentra y lleva de vuelta al redil vendrán a ser hechas "Israel". Y no es menos evidente que ese "un rebaño" será el de Israel. No habrá más que "un rebaño". Jesús será su Pastor. Hoy, lo mismo que en los días de la antigüedad, podemos orar: "Oh Pastor de Israel, escucha; Tú que pastoreas a José como a un rebaño, tú que estás sentado entre querubines, resplandece" (Sal. 80:1).
Lo que distingue a sus ovejas.– Los que siguen a Cristo son sus ovejas. Pero Él tiene "otras ovejas". Hay muchos que hoy no le están siguiendo, y sin embargo, son ovejas suyas. Están errantes y perdidos, y Él los está buscando.
¿Qué es lo que determina quiénes son sus ovejas? Escucha de Él mismo la respuesta: "Las ovejas oyen su voz". "También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer; y oirán mi voz". "Vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Mis ovejas oyen mi voz" (Juan 10:3,16,26,27). Al hablar Jesús, aquellos que son sus ovejas oirán su voz, y vendrán a Él. La palabra del Señor es la prueba que pone de manifiesto quiénes son sus ovejas. Por lo tanto, cada uno que oye y obedece la palabra del Señor es de la familia de Israel, y aquellos que rechazan o descuidan la palabra serán eternamente perdidos. "Si vosotros sois de Cristo, entonces sois descendencia de Abraham, y herederos según la promesa" (Gál. 3:29).
"Una fe".– Nos detendremos ahora a considerar cómo viene a conectar todo esto que el apóstol ha dicho, con lo que expuso en el capítulo 14 a propósito de Cristo como ministro de la circuncisión, para confirmar las promesas hechas a los padres a fin de que los gentiles glorificasen a Dios.
"Recibid al débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones". Observa que los que hemos de recibir "como también Cristo nos acogió, para gloria de Dios", son aquellos que tienen la fe. Ahora bien, no hay más que "una fe", como también solamente "un Señor" (Efe. 4:5). Y la fe viene del oír la palabra de Dios (Rom. 10:17).
Puesto que tiene que haber un solo rebaño, y dado que Cristo, su Pastor, no está dividido, no tiene que haber división alguna en el rebaño. Deben desecharse las disputas, que proceden de la sabiduría y de las ideas humanas, y seguir solamente la palabra de Dios. Eso no dará lugar a disputa alguna, al enseñar una y la misma cosa. Ésta es la norma: "Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresías, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor" (1 Ped. 2:1-3).
Fe, esperanza, gozo y paz.– "El Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz creyendo, para que abundéis en esperanza por la virtud del Espíritu Santo". Encontramos aquí a la fe, esperanza, gozo y paz. El Dios de esperanza nos ha de llenar de todo gozo y paz, creyendo, y eso mediante el poder del Espíritu Santo. Eso conecta la instrucción recibida con la del capítulo 14, en donde se nos dice que "el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo".
El ministerio triunfante de Pablo
Romanos 15:15-33
15 Mas os he escrito, hermanos, en parte resueltamente, como amonestándoos por la gracia que de Dios me es dada, 16 para ser ministro de Jesucristo a los Gentiles, ministrando el evangelio de Dios, para que la ofrenda de los Gentiles sea agradable, santificada por el Espíritu Santo. 17 Tengo, pues, de qué gloriarme en Cristo Jesús en lo que mira a Dios. 18 Porque no osaría hablar alguna cosa que Cristo no haya hecho por mí para la obediencia de los Gentiles, con la palabra y con las obras, 19 con potencia de milagros y prodigios, en virtud del Espíritu de Dios: de manera que desde Jerusalem, y por los alrededores hasta Ilírico, he llenado todo del evangelio de Cristo. 20 Y de esta manera me esforcé a predicar el evangelio, no donde antes Cristo fuese nombrado, por no edificar sobre ajeno fundamento: 21 Sino, como está escrito: A los que no fue anunciado de él, verán: Y los que no oyeron, entenderán. 22 Por lo cual aun he sido impedido muchas veces de venir a vosotros. 23 Mas ahora no teniendo más lugar en estas regiones, y deseando ir a vosotros muchos años há, 24 cuando partiere para España, iré a vosotros; porque espero que pasando os veré, y que seré llevado de vosotros allá, si empero antes hubiere gozado de vosotros. 25 Mas ahora parto para Jerusalem a ministrar a los santos. 26 Porque Macedonia y Acaya tuvieron por bien hacer una colecta para los pobres de los santos que están en Jerusalem. 27 Porque les pareció bueno, y son deudores a ellos: porque si los Gentiles han sido hechos participantes de sus bienes espirituales, deben también ellos servirles en los carnales. 28 Así que, cuando hubiere concluido esto, y les hubiere consignado este fruto, pasaré por vosotros a España. 29 Y sé que cuando llegue a vosotros, llegaré con abundancia de la bendición del evangelio de Cristo. 30 Ruégoos empero, hermanos, por el Señor nuestro Jesucristo, y por la caridad del Espíritu, que me ayudéis con oraciones por mí a Dios, 31 que sea librado de los rebeldes que están en Judea, y que la ofrenda de mi servicio a los santos en Jerusalem sea acepta; 32 para que con gozo llegue a vosotros por la voluntad de Dios, y que sea recreado juntamente con vosotros. 33 Y el Dios de paz sea con todos vosotros. Amén.La comisión evangélica.– Estando Jesús pronto a dejar este mundo, dijo a sus discípulos que habían de recibir poder por el Espíritu Santo, y entonces les declaró: "me seréis testigos en Jerusalem, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra" (Hech. 1:8). "Al judío primeramente, y también al griego", pero a todos ellos, y el mismo evangelio para todos. Así, Pablo manifestó que su obra como ministro del evangelio consistía en testificar solemnemente "a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro señor Jesucristo" (Hech. 20:21). Nos dice pues en ese texto, que "para ser ministro de Jesucristo a los Gentiles, ministrando el evangelio de Dios", había "llenado todo del evangelio de Cristo" "con potencia de milagros y prodigios, en virtud del Espíritu de Dios", "desde Jerusalem, y por los alrededores hasta Ilírico".
Compartiendo las mismas cosas espirituales.– El apóstol, expresando su deseo de visitar a los romanos, dijo que esperaba verlos en el transcurso de su viaje a España. "Mas ahora", dijo, "parto para Jerusalem a ministrar a los santos. Porque Macedonia y Acaya tuvieron por bien hacer una colecta para los pobres de los santos que están en Jerusalem. Porque les pareció bueno, y son deudores a ellos: porque si los Gentiles han sido hechos participantes de sus bienes espirituales, deben también ellos servirles en los carnales".
Una declaración muy simple, pero que ilustra cómo los gentiles no recibieron ningún bien espiritual que no proviniese de los judíos. Las bendiciones espirituales de las que participaron los gentiles las recibieron de los judíos, y les fueron ministradas por éstos. Ambos compartieron el mismo pan espiritual, de forma que los gentiles mostraron su gratitud ministrando para las necesidades materiales de los judíos. Vemos aquí una vez más un solo redil, y un solo Pastor.
El Dios de Israel.– Dios se da a conocer muchas veces en la Biblia como el Dios de Israel. Pedro, lleno del Espíritu Santo, inmediatamente después de la curación del cojo, dijo al pueblo, "El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Siervo Jesús" (Hech. 3:13). Incluso en ese momento, Dios se identificó como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob: el Dios de Israel.
Dios quiere que se le conozca y recuerde, y así leemos sus palabras, "Tú hablarás a los hijos de Israel diciendo: En verdad vosotros guardaréis mis sábados; porque es señal entre mí y vosotros… celebrándolo por sus generaciones por pacto perpetuo. Señal es para siempre entre mí y los hijos de Israel; porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, y en el séptimo día cesó y reposó" (Éx. 31:13,16,17). Dios es el Dios de Israel. Cierto, Él es también el Dios de los gentiles, pero solamente en la medida en que estos lo aceptan y vienen a ser hechos Israel mediante la justicia por la fe. Pero Israel tiene que guardar el sábado. Es la señal de su unión con Dios.