Dos terceras partes del último capítulo de Romanos consisten en salutaciones:
"Saludad a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús". "Saludad también a la iglesia de su casa". "Saludad a María, la cual ha trabajado mucho por vosotros". "Saludad a Andrónico y a Junias, mis parientes". "Saludad a Amplias, amado mío en el Señor". "Saludad a Urbano, nuestro colaborador en Cristo Jesús, y a Eustaquis, amado mío". "Saludad a Trifena y a Trifosa, las cuales trabajan en el Señor". "Saludad a Filólogo, a Julia, a Nereo y a su hermana, a Olimpas y a todos los santos que están con ellos".
Y así continúa la lista, incluyendo indistintamente a hombres y mujeres. Al leer esa bendita lista no sólo se echa de ver la amplitud y efusividad de la simpatía de Pablo, sino también el especial cuidado con el que vela el Espíritu Santo por cada miembro de la familia de la fe, refiriéndose a cada uno por su nombre, y ciertamente nadie pondrá en duda la pertinencia de esa Escritura.
Una omisión significativa.– Pero hay algo muy significativo, y es que no se menciona a Pedro, a quien se ha pretendido identificar como el "Obispo de Roma". A veces podemos aprender tanto por lo que la Biblia omite, como por lo que dice. En esta ocasión, por lo que no dice podemos saber que, lejos de ser obispo de Roma, Pedro no estaba en absoluto en Roma cuando Pablo escribió, y si es que estuvo alguna vez allí, fue después que Pablo escribió la epístola, y mucho después que esa iglesia fuese establecida y desarrollada.
Resulta ciertamente inconcebible que al saludar por nombre a los miembros de la iglesia, Pablo dejase de citar a la persona más importante de ella, cuya hospitalidad había compartido en Jerusalem durante quince días. Por supuesto, hay abundante y positiva evidencia de que ni la iglesia de Cristo ni la iglesia de Roma fue fundada sobre Pedro; pero si no hubiese ningún otro, ese testimonio del capítulo 16 de Romanos sería suficiente por sí mismo para dirimir la cuestión.
Conclusión
Romanos 16:24-27
24 La gracia del Señor nuestro Jesucristo sea con todos vosotros. Amén. 25 Y al que puede confirmaros según mi evangelio y la predicación de Jesucristo, según la revelación del misterio encubierto desde tiempos eternos, 26 mas manifestado ahora, y por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, declarado a todas las gentes para que obedezcan a la fe; 27 al solo Dios sabio, sea gloria por Jesucristo para siempre. Amén.Una magnífica conclusión.– Abarca desde la eternidad hasta la eternidad. El evangelio de Dios es supremo por los siglos. Fue guardado en secreto en la mente de Dios, desde el tiempo eterno. Cristo fue "ya provisto desde antes de la fundación del mundo" (1 Ped. 1:19,20). Pero ahora, el misterio es "manifestado". No simplemente manifestado por la predicación de los apóstoles, sino "según el mandamiento del Dios eterno", "por las Escrituras de los profetas" "declarado a todas las gentes para que obedezcan a la fe".
El plan del evangelio tuvo su origen en la mente divina desde la eternidad pasada. Los patriarcas, los profetas y los apóstoles han servido al unísono en la obra de manifestarlo. En las edades venideras constituirá la ciencia y el canto de los redimidos "de todas naciones, tribus, pueblos y lenguas" que se reunirán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de Dios, y dirán, "Al que nos amó, y nos liberó de nuestros pecados con su sangre, e hizo de nosotros un reino, sacerdotes para su Dios y Padre; a él sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén".