Leemos de Moisés que "por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey, porque se sostuvo como viendo al Invisible. Por la fe celebró la pascua y la aspersión de la sangre, para que el que destruía a los primogénitos no los tocara a ellos" (Heb. 11:27 y 28).
No se puede decir de Moisés que dejara a Egipto por la fe en un principio, cuando huyó atemorizado, sino en esta ocasión, tras haber observado la pascua. Ahora la ira del rey nada podía contra él, "porque se sostuvo como viendo al Invisible". Se encontraba bajo la protección del Rey de reyes.
Aunque el texto habla sólo de Moisés, no hemos de suponer que éste fuera el único que tenía fe, de entre los hijos de Israel, ya que en el siguiente versículo leemos en referencia a toda la compañía, que "por la fe pasaron el Mar Rojo". Pero incluso si hubiera sido sólo Moisés quien hubiese salido de Egipto por fe, ese hecho probaría que todos debieron haber obrado en forma similar, y que la liberación en su conjunto era un asunto de fe.
"Se sostuvo como viendo al Invisible". Moisés vivió de la misma manera en que viven hoy los verdaderos cristianos. Aquí está el paralelo: "Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su gran misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarchitable, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios, mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo final. Por lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que, sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro (el cual, aunque perecedero, se prueba con fuego), sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo. Vosotros, que lo amáis sin haberlo visto, creyendo en él aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso, obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas" (1 Ped. 1:3-9).
Moisés y los hijos de Israel fueron llamados a la misma herencia que nosotros. La promesa les fue hecha en Cristo, como sucede con nosotros. Era una herencia que sólo por la fe en Cristo se podía obtener, y esa fe había de ser tal como para permitir que Cristo fuera una presencia real, personal, si bien invisible. Más aún, la base de la fe y esperanza era la resurrección de Jesucristo. Entonces como ahora, Cristo era la cabeza de la iglesia. La verdadera iglesia no tiene ni tuvo nunca una cabeza que no sea invisible. "El Santo de Israel" fue establecido "por jefe y por maestro de las naciones" (Isa. 55:4) mucho antes de su nacimiento en Belén.
Vemos por lo tanto que la fe personal en Cristo fue la base de la liberación de Israel de Egipto. Así lo mostraba la celebración de la pascua. El asunto había llegado a una crisis. El faraón había persistido en obstinada resistencia hasta que la misericordia del Señor no tuvo efecto sobre él. El faraón había actuado deliberadamente, y había pecado contra la luz, como prueba su propia declaración tras la plaga de las langostas. En aquella ocasión llamó a Moisés y Aarón, y les dijo: "He pecado contra Jehová, vuestro Dios, y contra vosotros. Pero os ruego ahora que perdonéis mi pecado solamente esta vez, y que oréis a Jehová, vuestro Dios, para que aparte de mí al menos esta plaga mortal" (Éx. 10:16 y 17). Había llegado a reconocer al Señor, y sabía que la rebelión contra Dios es pecado, pero tan pronto como lograba un respiro volvía a ser tan obstinado como antes. Rechazó de forma plena y definitiva al Señor, y nada se podía hacer ya, excepto ejecutar sobre él el juicio que lo compelería a desistir en su opresión, dejando ir a Israel.
La primera pascua
Era la última noche que los hijos de Israel iban a pasar en Egipto. El Señor estaba a punto de enviar su último gran juicio sobre el rey y el pueblo, en la destrucción de los primogénitos. Se instruyó a los hijos de Israel a que tomaran un cordero "sin defecto" que habían de sacrificar por la tarde, comiendo luego su carne. "Tomarán de la sangre y la pondrán en los dos postes y en el dintel de las casas en que lo han de comer". "Es la pascua de Jehová. Pues yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así de los hombres como de las bestias, y ejecutaré mis juicios en todos los dioses de Egipto. Yo, Jehová. La sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; veré la sangre y pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto" (Éx. 12:5-13).La última pascua
Cuando Cristo celebró la última pascua con sus discípulos, dijo: "¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta Pascua antes que padezca!, porque os digo que no la comeré más hasta que se cumpla en el reino de Dios" (Luc. 22:15 y 16). Esto nos muestra que la institución de la pascua tenía relación directa con la venida del Señor para castigar a los impíos y librar a su pueblo. "Así pues, todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga" (1 Cor. 11:26). La muerte de Jesús no sería nada sin la resurrección. Y la resurrección de Cristo significa ni más ni menos que la resurrección de todos aquellos que están escondidos en su vida. Es mediante su resurrección como nos engendra a una esperanza viva de herencia incorruptible, incontaminada, que no se desvanece; y esa misma fe y esperanza, referidas a la misma herencia, las mostró el verdadero Israel en Egipto. La herencia que esperamos está guardada en los cielos; y la herencia que fue prometida a Abraham, Isaac y Jacob, herencia para la cual estaba Dios preparando a los hijos de Israel, era "mejor, esto es, celestial".