Es cantando como vendrán y volverán a Sión los redimidos. El cántico de victoria es una evidencia de la fe mediante la cual vivirá el justo. Esta es la exhortación: "No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene una gran recompensa" (Heb. 10:35). "Somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio" (Heb. 3:14). Los israelitas habían comenzado bien. "Por la fe pasaron el Mar Rojo como por tierra seca" (Heb. 11:29). En la otra orilla habían entonado el cántico de victoria. Cierto, estaban todavía en el desierto; pero la fe es la victoria que vence al mundo, y acababan de tener la más sobrecogedora evidencia del poder de Dios para conducirlos a salvo. Si sólo hubieran continuado cantando ese cántico de victoria, habrían llegado rápidamente a Sión.
Pero no habían aprendido perfectamente la lección. Podían confiar en el Señor por tanto tiempo como lo estuvieran viendo, pero no más allá. "Nuestros padres, en Egipto, no entendieron tus maravillas; no se acordaron de la muchedumbre de tus misericordias, sino que se rebelaron junto al mar, el Mar Rojo. Pero él los salvó por amor de su nombre, para hacer notorio su poder. Reprendió al Mar Rojo y lo secó, y los hizo ir por el abismo como por un desierto. Los salvó de manos del enemigo, y los rescató de manos del adversario. Cubrieron las aguas a sus enemigos; ¡no quedó ni uno de ellos! Entonces creyeron a sus palabras y cantaron su alabanza. Bien pronto olvidaron sus obras; no esperaron su consejo" (Sal. 106:7-13).
Bastaron sólo tres días de camino en el desierto sin agua, para que olvidaran todo lo que el Señor había hecho por ellos. Cuando encontraron agua, era tan amarga que no había quien pudiera beberla, y murmuraron. El Señor puso remedio fácilmente al problema, mostrando a Moisés un árbol que convirtió el agua en potable al ser sumergido en ella. "Allí les dio estatutos y ordenanzas, y allí los probó" (Éx. 15:25).
Acampados entre las palmeras y fuentes de Elim, nada había que los inquietara, de forma que debió pasar casi un mes antes que volvieran a murmurar. Durante ese tiempo sin duda debieron sentirse muy satisfechos consigo mismos, tanto como con lo que les rodeaba. Ahora sí que estaban confiando en el Señor. Nos resulta muy fácil creer que estamos haciendo progresos cuando nos encontramos anclados en aguas tranquilas; es natural que deduzcamos que hemos aprendido a confiar en el Señor cuando no hay dificultades que ponen a prueba nuestra fe.
No pasó mucho tiempo antes que el pueblo no sólo olvidó el poder del Señor, sino que estuvieron listos a negar que él hubiera tenido nada que ver con ellos. Había pasado solamente un mes y medio desde que abandonaron Egipto y llegaron al desierto de Sin, "que está entre Elim y Sinaí", y "toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón. Los hijos de Israel les decían: -Ojalá hubiéramos muerto a manos de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos ante las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos, pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud" (Éx. 16:1-3).
"Jehová dijo a Moisés: -Mira, yo os haré llover pan del cielo. El pueblo saldrá y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no. Pero en el sexto día se prepararán para guardar el doble de lo que suelen recoger cada día. Entonces dijeron Moisés y Aarón a todos los hijos de Israel: -En la tarde sabréis que Jehová os ha sacado de la tierra de Egipto, y por la mañana veréis la gloria de Jehová, porque él ha oído vuestras murmuraciones contra Jehová; pues ¿qué somos nosotros para que murmuréis contra nosotros?" (vers. 4-7).
A la mañana siguiente, una vez que hubo desaparecido el rocío, "apareció sobre la faz del desierto una cosa menuda, redonda, menuda como escarcha sobre la tierra. Al verlo, los hijos de Israel se dijeron unos a otros: ‘¿Qué es esto?’, porque no sabían qué era. Entonces Moisés les dijo: -Es el pan que Jehová os da para comer. Esto es lo que Jehová ha mandado: Recoged de él cada uno según lo que pueda comer, un gomer por cabeza, conforme al número de personas en su familia; tomaréis cada uno para los que están en su tienda. Los hijos de Israel lo hicieron así, y recogieron unos más, otros menos. Lo medían por gomer, y no sobró al que había recogido mucho, ni faltó al que había recogido poco; cada uno recogió conforme a lo que había de comer" (vers. 14-18).
"Luego les dijo Moisés: -Ninguno deje nada de ello para mañana. Pero ellos no obedecieron a Moisés, sino que algunos dejaron algo para el otro día; pero crió gusanos, y apestaba. Y se enojó con ellos Moisés. Lo recogían cada mañana, cada uno según lo que había de comer; y luego que el sol calentaba, se derretía" (vers. 19-21).
"En el sexto día recogieron doble porción de comida, dos gomeres para cada uno. Todos los príncipes de la congregación fueron y se lo hicieron saber a Moisés. Él les dijo: -Esto es lo que ha dicho Jehová: ‘Mañana es sábado, el día de reposo consagrado a Jehová; lo que tengáis que cocer, cocedlo hoy, y lo que tengáis que cocinar, cocinadlo; y todo lo que os sobre, guardadlo para mañana’. Ellos lo guardaron hasta el día siguiente, según lo que Moisés había mandado, y no se agusanó ni apestó. Entonces dijo Moisés: -Comedlo hoy, porque hoy es sábado dedicado a Jehová; hoy no hallaréis nada en el campo. Seis días lo recogeréis, pero el séptimo día, que es sábado, nada se hallará" (vers. 22-26).
"Aconteció que algunos del pueblo salieron en el séptimo día a recoger, y no hallaron nada. Y Jehová dijo a Moisés: -¿Hasta cuándo os negaréis a guardar mis mandamientos y mis leyes? Mirad que Jehová os dio el sábado, y por eso en el sexto día os da pan para dos días. Quédese, pues, cada uno en su lugar, y nadie salga de él en el séptimo día. Así el pueblo reposó el séptimo día" (vers. 27-30).
Tenemos el relato en su totalidad, y podemos estudiar en detalle sus lecciones. Recuerda que no fue escrito para beneficio de los que lo estaban protagonizando, sino para nosotros. "Las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que, por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza" (Rom. 15:4). Si ellos fracasaron en aprender la lección que Dios dispuso que aprendieran en aquel evento, hay mucha mayor razón para que nosotros la aprendamos a partir del relato.
La prueba
El Señor había dicho que iba a probar al pueblo, para ver si andaba o no en su ley. Y el asunto particular sobre el que iban a ser probados era el sábado. Si lo guardaban, no había duda que guardarían también el resto de la ley. El sábado, por lo tanto, era la prueba crucial de la ley de Dios. Así sucede también ahora, como muestran los siguientes puntos que ya hemos considerado con anterioridad: