A los judíos les resultó difícil creer las palabras de Cristo de que él se daría a sí mismo para que lo comieran. Se dijeron: "¿Cómo puede darnos a comer su carne?" Jesús les repitió la declaración de forma aún más enfática, y añadió: "El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha. Las palabras que yo os he hablado son Espíritu y son vida".
Si cada uno de los presentes hubiera podido comer la carne de Cristo, quien se encontraba ante ellos, y la carne que comían hubiese podido ser reemplazada por otra nueva, de forma que hubieran continuado comiendo de él hasta llenar sus estómagos y asimilar esa carne, no habrían recibido beneficio permanente alguno en ello. No les habría significado ningún bien espiritual. Algo así es en realidad lo que habían estado haciendo cuando comieron del pan que procedía de la vida que había en su cuerpo; pero no obtuvieron provecho de ello. Así, de ser cierta la pretensión católica según la cual los sacerdotes tienen el poder de transformar el pan en la auténtica carne de Cristo, no habría en ello provecho alguno. La persona la puede comer, y seguir siendo tan impía como antes. "La carne para nada aprovecha. Las palabras que yo os he hablado son Espíritu y son vida" (Juan 6:63).
"Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos; y todo el ejército de ellos, por el aliento de su boca" (Sal. 33:6). El Señor habló y dijo: "'Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol que dé fruto según su especie, cuya semilla esté en él, sobre la tierra'. Y fue así" (Gén. 1:11). La vida de cualquier planta no es más que la manifestación de la vida de la palabra del Señor. La vida que había en su palabra hizo que el grano creciera al principio, y esa misma vida lo ha hecho siempre crecer desde entonces. Por lo tanto, todo el alimento del que dispone el ser humano para comer es el que procede de la palabra de Dios. No podemos ver la vida en un grano de trigo, pero cuando comemos el pan que deriva de él, experimentamos esa vida. La fuerza física que obtenemos de los alimentos no es otra cosa que la palabra de Dios puesta en acción. Si no reconocemos a Dios en eso, obtenemos solamente fortaleza física; pero si vemos y reconocemos a Dios en todo, recibimos su vida de justicia. Dice el Señor: "Reconócelo en todos tus caminos y él hará derechas tus veredas" (Prov. 3:6).
Cuando Dios dirige nuestros pasos, nuestros caminos serán derechos; ya que "en cuanto a Dios, perfecto es su camino" (Sal. 18:30). La multitud que comió los panes en el desierto no creía en el Señor, no reconoció su vida, y por consiguiente no obtuvieron vida espiritual en ello. Así sucedió también a los hijos de Israel en el desierto. "No le habían creído ni habían confiado en su salvación. Sin embargo, mandó a las nubes de arriba, abrió las puertas de los cielos e hizo llover sobre ellos maná para que comieran, y les dio trigo de los cielos" (Sal. 78:22-24). Así, aunque estaban realmente alimentándose de la vida de Cristo, no recibieron vida espiritual debido a su ciega incredulidad. En la dádiva del maná, Dios les estaba dando la misma lección que Cristo dio a la multitud en el desierto: que su palabra es vida, y que "no sólo de pan vivirá el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre" (Deut. 8:3).
En el maná estaba la prueba de su lealtad a la ley de Dios, y especialmente al sábado como sello de esa ley. Pero en el maná estaban recibiendo a Cristo, si es que se hubieran dado cuenta de ello. Por lo tanto, aprendemos que si permitimos que Cristo more en nuestros corazones por la fe en su palabra -no algunas palabras, sino toda palabra-, traerá a nuestras vidas la obediencia a toda la ley, incluyendo el sábado. Nuestras vidas necesitan toda palabra que sale de la boca de Dios.
Para los cristianos es una costumbre dar las gracias al comer. Hay una razón igual de sólida para dar gracias cuando bebemos, o cuando recibimos cualquier otra de las bendiciones de Dios. "Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús" (1 Tes. 5:18). El problema es que dar las gracias se convierte demasiado a menudo en una mera forma. Frecuentemente se lo practica por costumbre, y no sale del corazón. ¿Qué significa realmente? Significa que nuestra comida y bebida, así como todo lo necesario para nuestra vida, procede de Dios. Es todo ello una manifestación de su amor hacia nosotros. Pero dado que "Dios es amor", la manifestación de su amor no es más que la manifestación de su vida. Al participar de las bendiciones de su amor, estamos realmente participando de él. Si reconocemos continuamente eso, sea que comamos, o bebamos, o hagamos cualquier otra cosa, todo será para gloria de Dios. Estaremos viviendo como en su presencia inmediata. Sabiendo que su vida es justicia, y que su palabra es su vida, nuestras gracias por la comida vendrán a ser gracias por su palabra.
¿No podemos ver que una vida tal será por necesidad una vida de rectitud? En nuestro alimento cotidiano debiéramos estar alimentándonos de Cristo, y en ello de su justicia. Eso es lo que Dios desea que aprendamos del relato del envío del maná. Para ellos significó la vida, y si hubieran reconocido a Cristo en él, su vida habría venido a ser la justicia de la ley. Pero nuestro alimento cotidiano procede de Dios tanto como sucedía con el maná. Ojalá que aprendamos la lección que ellos descuidaron.
Una lección de igualdad
En el relato del envío del maná encontramos expresiones como esta: "cada uno recogió conforme a lo que había de comer". Se les instruyó a que recogieran según las personas que había en sus respectivas tiendas. Y "los hijos de Israel lo hicieron así, y recogieron unos más, otros menos. Lo medían por gomer, y no sobró al que había recogido mucho, ni faltó al que había recogido poco" (Éx. 16:17 y 18).