"Acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo" (Efe. 2:11 y 12).
Una idea muy extendida es la de que Dios tiene un pacto con los judíos y otro con los gentiles; que hubo un tiempo cuando el pacto con los judíos excluía totalmente a los gentiles, pero que ahora se ha hecho otro pacto que concierne principalmente, si no de forma exclusiva, a los gentiles; en definitiva, que los judíos están, o estaban bajo el viejo pacto, mientras que los gentiles lo están bajo el nuevo. Los versículos precedentes demuestran que esa idea es un gran error de principio a final.
De hecho, los gentiles como tales, no tienen parte alguna en los pactos de la promesa de Dios. El ‘sí’ está en Cristo. "Porque todas las promesas de Dios son en él ‘sí’, y en él ‘Amén’, por medio de nosotros, para la gloria de Dios" (2 Cor. 1:20). Los gentiles son los que están sin Cristo, por lo tanto son "ajenos a los pactos de la promesa". Ningún gentil tiene parte alguna en ningún pacto de la promesa. Pero todo el que quiera puede acudir a Cristo, y ser participante de las promesas, ya que Cristo dice: "al que a mí viene, no lo echo fuera" (Juan 6:37). Ahora bien, cuando el gentil hace así, sea cual sea su nacionalidad, deja de ser un gentil y viene a ser un miembro "de la ciudadanía de Israel".
Es preciso observar que el judío según la acepción común del término, es decir, el miembro de la nación judía como tal -nación que rechazó a Cristo-, no tiene más parte en las promesas de Dios, o en los pactos de la promesa, que si fuera gentil. Eso es lo mismo que decir que nadie tiene parte en las promesas, excepto quien las acepta. Cualquiera que esté "sin Cristo", llámese judío o gentil, está también "sin esperanza y sin Dios en el mundo", y es ajeno a los pactos de la promesa, y a la ciudadanía de Israel. Así lo afirma el texto introductorio. Uno debe estar en Cristo a fin de participar en los beneficios de "los pactos de la promesa", y de "la ciudadanía de Israel". Ser "un verdadero israelita" (Juan 1:47), por lo tanto, es sencillamente ser un cristiano. Eso es tan cierto de quienes vivían en tiempos de Moisés o en los de Pablo, como en los que viven hoy.
Alguien se preguntará posiblemente: ‘Y ¿qué hay del pacto hecho en el Sinaí? ¿Está sugiriendo que fue el mismo pacto bajo el que viven los cristianos?, ¿que era tan bueno como el segundo?, ¿no leemos acaso que tenía "defecto"? Si era defectuoso, ¿cómo podrían venir por su medio la vida y la salvación?’
Son muy buenas preguntas, y tienen todas ellas fácil respuesta. Es un hecho innegable que en el Sinaí abundó la gracia –"la gracia de Dios que trae salvación (Tito 2:11)"-, dado que Cristo estuvo allí en toda su plenitud de gracia y verdad. La gracia y la verdad se besaron allí, y la justicia y la paz fluyeron como un río. Pero no fue en virtud del pacto hecho en Sinaí, como estuvieron allí la gracia y la paz. Ese pacto no trajo nada al pueblo, si bien estaba todo allí para que pudieran disfrutarlo.
El valor comparativo de los dos pactos que guardan la relación mutua de "primero" y "segundo", "viejo" y "nuevo" se presenta en esos términos en el libro de Hebreos, que describe a Cristo como al Sumo Sacerdote, y contrasta su sacerdocio con el de los hombres. Aquí se enumeran algunos de los puntos de superioridad de nuestro gran Sumo Sacerdote, por comparación con los sacerdotes terrenales:
1. "Los otros ciertamente sin juramento fueron hechos sacerdotes; pero este, con el juramento del que le dijo: ‘Juró el Señor y no se arrepentirá: tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec’" (Heb. 7:21).
2. Eran sacerdotes durante un período breve, "debido a que por la muerte no podían continuar" (Heb. 7:23), haciendo necesaria su continua sucesión. Pero Cristo, "por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable". Los sacerdotes terrenales ejercían su sacerdocio por tanto tiempo como vivían, pero su vida era breve. También Cristo continúa su sacerdocio mientras viva, pero él "permanece para siempre".
3. Los sacerdotes levíticos eran constituidos "conforme a la ley meramente humana" (Heb. 7:16). Su sacerdocio era sólo externo, en la carne. Podían tratar con el pecado solamente en su manifestación exterior, lo que es menos que nada. Pero Cristo es Sumo Sacerdote "según el poder de una vida indestructible" (Heb. 7:16), una vida capaz de salvar eternamente. Cristo ministra la ley en el Espíritu.
4. Eran ministros de un santuario meramente terrenal, construido por el hombre. Cristo "se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos. Él es ministro del santuario y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor y no el hombre".
5. Se trataba de hombres pecadores, como demostraba su mortalidad. Por contraste, Cristo "fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Rom. 1:4), de forma que es "santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores y hecho más sublime que los cielos" (Heb. 7:26).
"Por tanto, Jesús es hecho fiador de un mejor pacto" (*) (Heb. 7:22). El pacto del que Cristo es ministro es tanto mejor que aquel del que los sacerdotes levíticos eran ministros, siendo que el ministerio de estos surgió solamente tras el pacto hecho en Sinaí. Eso equivale a decir que el pacto en el que Cristo ministra como Sumo Sacerdote es mucho mejor que el pacto que vine desde el Sinaí, en la medida en que Cristo es superior al hombre, el cielo superior a la tierra, y el santuario celestial superior al terrenal. En la medida en que las obras de Dios son mejores que las obras de la carne, "la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús" (Rom. 8:2) es mejor que "la ley meramente humana" (Heb. 7:16), la vida eterna es mejor que esta otra descrita como "neblina que se aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece" (Sant. 4:14), y el juramento divino es mejor que la palabra del hombre.
La diferencia
Y ahora podemos leer en qué consiste esa gran diferencia: "Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas. Si aquel primer pacto hubiera sido sin defecto, ciertamente no se habría procurado lugar para el segundo, pues reprendiéndolos dice: ‘Vienen días –dice el Señor- en que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto. No como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto. Como ellos no permanecieron en mi pacto, yo me desentendí de ellos –dice el Señor-. Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días –dice el Señor-: Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios y ellos me serán a mí por pueblo. Ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: ‘Conoce al Señor’, porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos, porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados ni de sus maldades’" (Heb. 8:6-12).¿Por qué el pacto en Sinaí?
¿Por qué, entonces, se hizo aquel pacto? –Por la misma razón por la que se promulgó la ley en Sinaí: "a causa de las transgresiones" (Gál. 3:19). El Señor declara: "no permanecieron en mi pacto". Habían tomado a la ligera el "pacto eterno" que Dios hizo con Abraham, por lo tanto, Dios hizo este otro con ellos, como testimonio en su contra.Una lección de confianza
La respuesta consistió en la confianza propia. Lee el registro de su desconfianza en Dios en el Salmo 106. Él los había probado en el Mar Rojo, en el don del maná y en las aguas de Meriba. En cada caso habían fallado en confiar plenamente en él. Ahora los iba a probar una vez más, en la dádiva de la ley. Como hemos visto ya, Dios nunca pretendió que el hombre procurara la justicia a partir de la ley, ni que creyera eso posible. En la entrega de la ley, tal como indican todas las circunstancias que la acompañaron, tenía el propósito de que los hijos de Israel, y también nosotros, comprendiéramos que la ley está infinitamente más allá del alcance del esfuerzo humano, y dejar claro que, puesto que para la salvación que el Señor prometió es esencial que guardemos sus mandamientos, él mismo cumplirá la ley en nosotros. Estas son las palabras de Dios: "Oye, pueblo mío, y te amonestaré. ¡Si me oyeras, Israel! No habrá en ti dios ajeno ni te inclinarás a dios extraño" (Sal. 81:8 y 9). "Inclinad vuestro oído y venid a mí; escuchad y vivirá vuestra alma" (Isa. 55:3). Su palabra transforma el alma, de la muerte al pecado a la vida de justicia, de igual forma en que hizo salir a Lázaro de su tumba.La compasión divina
Dios va al encuentro de los seres humanos en el punto en donde están. Es "paciente con los ignorantes y extraviados" (Heb. 5:2). En todo tiempo y lugar intenta atraer a todos hacia sí, no importa lo depravados que puedan ser; por lo tanto, cuando aprecia aunque sea el más débil indicio de disposición o deseo de servirle, lo alimenta inmediatamente, haciendo lo mejor por llevar al alma a un amor superior y a un conocimiento más perfecto. Así, aunque los hijos de Israel fracasaron en la prueba decisiva de su confianza en Dios, el Señor hizo lo mejor posible de su deseo expreso de servirle, aunque fuera en la forma imperfecta y débil que ellos escogieron. Debido a su incredulidad no pudieron disfrutar de todo lo que Dios había dispuesto que tuvieran; pero lo que obtuvieron a pesar de su falta de fe, quedó como perenne recordatorio de lo que habrían podido obtener de haber creído plenamente. Debido a su ignorancia de la grandeza de la santidad del Señor, expresada en su promesa de cumplir la ley, Dios procedió, mediante la proclamación de la ley, a hacerles ver la grandeza de su justicia, y la absoluta imposibilidad de que ellos mismos obraran esa justicia.