Por lo que precede se hace evidente que hay dos leyes, así como hay dos pactos. Ambas leyes se relacionan la una con la otra de la misma forma en que lo hacen los pactos. Una es la sombra de la otra, el resultado de poner el velo de incredulidad ante la Luz de la vida.
"Porque el mandamiento es lámpara, la enseñanza es luz, y camino de vida son las reprensiones que te instruyen" (Prov. 6:23). Pero Cristo es la única Luz del mundo, la Luz de la vida; de forma que sólo en él se encuentra la ley verdadera y viviente. Es su vida, puesto que está en su corazón, y del corazón mana la vida (Sal. 40:8; Prov. 4:23). Él es la Piedra viva; en él encontramos la personificación de la ley, lleno de gracia y de verdad. La ley escrita en tablas de piedra no fue más que la sombra de él, si bien una sombra exacta y perfecta. Nos dice exactamente lo que vamos a encontrar en Cristo.
Aunque la ley escrita en tablas de piedra describe la perfecta justicia de Dios, no tiene poder para hacerse manifiesta en nosotros, por más que así lo deseemos. Es "débil por la carne" (Rom. 8:3). Es un guía fiel, que nos señala el camino, pero sin llevarnos por él. Pero Cristo tiene "potestad sobre toda carne" (Juan 17:2), y en él encontramos la ley tan llena de vida, que si simplemente aceptamos que la ley es buena y confesamos que Cristo ha venido en la carne, se manifestará a sí misma en los pensamientos, palabras y actos de nuestras vidas, a pesar de la debilidad de la carne.
Para aquellos que solamente conocen la ley tal como está escrita en una página, y que por consiguiente creen que a ellos les toca la tarea de cumplirla, es una ley de obras, y como tal lo único que hace es pronunciar una maldición sobre ellos. Pero para quienes conocen la ley en Cristo, es una ley de fe, que proclama la bendición del perdón y la paz. Reconocida solamente tal como está escrita en tablas de piedra o en un libro, es una "ley del pecado y de la muerte" (Rom. 8:2), "porque el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la Ley" (1 Cor. 15:56). Pero reconocida en Cristo, es "le ley del Espíritu de vida" y "el espíritu vive a causa de la justicia" (Rom. 8:2 y 10).
"Grabado con letras en piedras", no puede ser otra cosa que el "ministerio de muerte" (2 Cor. 3:7). Quien predica simplemente la ley escrita, señalando a la gente su deber de guardarla, y animándola a que haga lo mejor que pueda para cumplirla, está ministrando condenación. Pero la misma ley, escrita en las tablas de carne del corazón "con el Espíritu del Dios vivo" (2 Cor. 3:3), "es vida y paz" (Rom. 8:6); y quien predica "que Jesucristo ha venido en carne" (1 Juan 4:2), y que cuando mora hoy en un hombre, es tan obediente a la ley como lo fue hace mil ochocientos años, es un ministro de justicia. Reconocido solamente como un código de reglas al que debemos conformar nuestra vida –"la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas" (Efe. 2:15)-, no es otra cosa sino "yugo de esclavitud" (Gál. 5:1), porque los mejores esfuerzos por guardarla son en ellos mismos sólo pecado, ya que "la Escritura lo encerró todo bajo pecado" (Gál. 3:22), y en cada obra hecha según nuestra propia justicia, la ley no hace sino afirmar su presa sobre nosotros, y engrosar los barrotes de nuestra prisión. Pero "el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad" (2 Cor. 3:17). Por lo tanto, en Cristo, la ley es "la perfecta ley, la de la libertad" (Sant. 1:25).
Cuando los judíos, en el Sinaí, se dispusieron a obrar las obras de Dios en su lugar, tomaron su salvación en sus propias manos. Ignoraron la historia de Abraham y el pacto de Dios con él, pacto a cuya consideración se les había llamado particularmente (Éx. 19:5). Pero Dios es paciente, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento; por lo tanto, en consonancia con su pacto con Abraham, no desechó al pueblo, sino que hizo todo esfuerzo por instruirles acerca de él mismo y de su salvación, valiéndose incluso de la propia incredulidad de ellos. Les dio un sistema de sacrificios y ofrendas, y un ciclo diario y anual de ceremonias que cumplían exactamente la función de hacerles guardar la ley que habían elegido guardar, es decir, la ley de las obras.
Desde luego, ese sistema de sacrificios no podía salvarlos más de lo que podía hacerlo la quebrantada ley de las obras sobre la que se erigió. Todo aquel que tuviera el entendimiento suficiente como para reconocer la naturaleza del pecado y la necesidad de expiación, tenía la clara noción de que el perdón y la justicia no podían jamás obtenerse mediante las ceremonias relacionadas con el tabernáculo. El ofrecimiento mismo de un sacrificio indicaba que la muerte es la paga y fruto del pecado. Pero era evidente para todos que la vida de un cordero, macho cabrío o carnero, no tenía el valor equivalente a la propia vida del hombre. Por lo tanto, ninguno de esos animales, ni tampoco todos ellos juntos, podían responder por la vida de un solo hombre. Ni millares de carneros, ni siquiera el sacrificio de un ser humano, podían expiar un solo pecado (Miq. 6:6 y 7).
Los fieles, de entre el pueblo, lo comprendían bien. David exclamó, tras haber cometido un gran pecado: "Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto" (Sal. 51:16). Y Dios enseñó al pueblo mediante los profetas: "¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos... no quiero sangre de bueyes ni de ovejas ni de machos cabríos" (Isa. 1:11). "Vuestros holocaustos no son aceptables ni vuestros sacrificios me agradan" (Jer. 6:20). No había en ellos virtud, pues la ley tenía sólo "la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas", y nunca podía "por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan" (Heb. 10:1).
Por supuesto habría sido mucho mejor si el pueblo hubiera preservado la fe firme y sincera de Abraham y de Moisés, en cuyo caso no habrían tenido el tabernáculo terrenal, sino "aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor y no el hombre" (Heb. 8:2), cuyo sumo sacerdote no es otro que el propio Cristo, hecho "sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec" (Heb. 7:17), sin limitaciones para el sacerdocio, de forma que cada uno de ellos hubiera podido ser un sacerdote "para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo" (1 Ped. 2:5); sin ninguna otra ley, excepto "la ley del espíritu de vida en Cristo Jesús"; en definitiva, sólo la realidad, y no más la sombra. Pero dado que no creyeron, tuvo que darse una maravillosa exhibición de bondad, amor y paciencia por parte de Dios, quien les dio lo que había de servirles como una continua lección. La propia "debilidad e ineficacia" (Heb. 7:18) de la ley de obras fue siempre evidente para la persona reflexiva; y cuando el alma despertaba, esa ley cuyo único provecho era la convicción, y cuyo único poder era el de la muerte, les hablaba de Cristo, llevándolos a él para libertad y vida. Hizo para ellos evidente que en Cristo podían hallar salvación. La verdad que santifica es la verdad tal cual es en Jesús.
Cómo viene el perdón
Otro punto al que es necesario prestar particular atención, aunque ya ha sido objeto de estudio, es que nadie recibió jamás salvación ni el perdón de pecado alguno por virtud de la ley de las obras o los sacrificios con ella relacionados. Más aún, nunca fue la voluntad de Dios que el pueblo pensara que la ley podía salvar, y nadie de los que creyeron verdaderamente en Dios pensó de tal forma. Samuel dijo a Saúl: "El obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención mejor que la grasa de los carneros" (1 Sam. 15:22).La inutilidad del viejo pacto
El viejo pacto, por lo tanto, junto a la ley que le pertenecía, no tuvo jamás valor alguno en lo que respecta al perdón y la salvación del pecado. Fue un paco quebrantado desde el principio mismo (Sal. 89:39). Así lo indica el ruego de Moisés a Dios, después que los hijos de Israel se hicieron y adoraron al becerro de oro. Cuando Dios dijo: "Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira contra ellos y los consuma", Moisés rogó a Dios y dijo:Más allá de la obligación
Ha habido siempre en el hombre una tendencia a multiplicar los ritos y ceremonias. Es el resultado inevitable de confiar en las obras para la salvación. Tal sucedía en los días de Cristo, y también en los nuestros. Cuando las personas llegan a la conclusión de que sus obras han de salvarlos, o de que ellos mismos han de realizar las obras de Dios, no pueden estar satisfechos con hacer aquello que indican los mandamientos de Dios. Entonces enseñan "como doctrinas mandamientos de hombres" (Mat. 15:9), añadiéndoles continuamente hasta que nadie puede siquiera enumerar las "buenas obras" requeridas, y aún menos realizarlas. El yugo que ya desde el principio es amargo e insoportable, se vuelve cada vez más pesado, hasta que por fin la religión se convierte en un objeto de mercadeo, y las personas, mediante el dinero o bien alguna otra consideración, compran su exención de tener que realizar las obras que se les han impuesto. Y dado que para el hombre es todavía más imposible cumplir mediante sus propios esfuerzos los mandamientos de Dios, que cumplir los mandamientos de los hombres, la estimación de la ley de Dios se hunde pronto incluso bajo la de los preceptos de los hombres. Todo eso es la tendencia natural e inevitable del fracaso en ver a Cristo en los escritos de Moisés, y de comprender que toda ceremonia que Dios les dio tenía en su inherente vacuidad el propósito de impresionar a las personas con la absoluta necesidad de depender sólo de Cristo, único en quien se encuentra la sustancia y realidad.La semejanza
Una palabra más a propósito de la sombra y la sustancia. Como hemos visto, la ley dada al pueblo en el desierto del Sinaí no era más que la sombra de la ley real, que es la vida de Dios. Ese hecho es frecuentemente "empleado" para despreciar la ley. Muchos parecieran pensar que, puesto que la ley no es más que la sombra de los "bienes venideros", debiéramos escoger lo que sea tan opuesto a ella como nos sea posible. Pero no es esa la lógica que se aplica a los asuntos comunes. Si tenemos una fotografía –una sombra- de alguien a quien deseamos encontrar, no vamos a buscar personas cuyos rasgos sean los opuestos a los del retrato, diciendo entonces: ‘Este es el hombre’. No. Lo que hacemos es buscar a alguien cuya apariencia sea exactamente como la del retrato, y entonces sabemos que hemos encontrado a la persona. La ley real es la vida de Dios, y la ley dada a los hijos de Israel -"la sombra de los bienes venideros" (Heb. 10:1)-, es la fotografía del carácter de Dios.