"Tú por la fe estás en pie" (Rom. 11:20)
"Así que el que piensa estar firme, mire que no caiga" (1 Cor. 10:12)
Nadie está exento
La historia de Jericó y Hay es réplica suficiente a quienes repiten con tanta seguridad como si lo dijesen las propias Escrituras: ‘Una vez salvos, siempre salvos’, implicando con ello que una vez que alguien camina en el temor de Dios, es inmune a la caída espiritual. No puede haber duda alguna en cuanto a que los hijos de Israel confiaron plena y realmente en el Señor cuando cruzaron el Jordán y en la toma de Jericó. El propio Dios dio testimonio de que tenían la justicia por la fe, y su palabra declara que lograron una gloriosa victoria por la fe. No obstante, no pasaron muchos días antes que sufrieran una seria derrota. Fue el comienzo de la apostasía. Aunque el Señor obró con posterioridad muchas maravillas en su favor, y se mostró siempre dispuesto a realizar todo lo que la fe de ellos hiciera posible, el grueso del pueblo de Israel nunca volvió a estar perfectamente unido en pelear "la buena batalla de la fe" (1 Tim. 6:12). Sólo durante un breve período, tras el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés, fue la multitud de los que habían creído "de un corazón y un alma" (Hech. 4:32). Pero es algo tan seguro como la promesa de Dios, que su pueblo en esta tierra ha de volver a dar testimonio de esa misma unión en poder y perfecta fe.La causa de la derrota
Cuando Israel subió contra Hai, había pecado en el campamento, y esa fue la causa de su derrota. Sufrió todo el pueblo, no sólo debido al pecado de Acán, sino a que todos ellos habían pecado. "Aquel cuya alma no es recta se enorgullece; mas el justo por su fe vivirá" (Hab. 2:4). Sea que fueran cegados por "el engaño del pecado" (Heb. 3:13) y se exaltaran en sus mentes, o bien que fuera su exaltación propia la que les llevara al pecado, poco importa; la cuestión es que el pueblo había cedido al pecado y había dado lugar a la confianza propia, que es en sí misma pecado. Sufrieron la derrota debido al pecado. Mientras éste ocupara un lugar en sus corazones no podrían continuar con la conquista de la tierra; y eso prueba una vez más que la herencia prometida a la que Dios les estaba conduciendo tenía una naturaleza tal que solamente gente justa podía poseerla, gente que tuviese la justicia de la fe.Los planes de Dios no conocen la derrota
Otra cosa que aprendemos de la historia de Hai es que no era el propósito de Dios que su pueblo sufriera jamás la derrota, ni que perdiera la vida un solo hombre en la ocupación de la tierra. En un conflicto bélico ordinario no se consideraría una gran pérdida la de treinta y seis soldados, con tal que el ataque resultara exitoso; pero en la toma de posesión de la tierra de Canaán constituía un terrible revés. La promesa era: "Yo os he entregado... todos los lugares que pisen las plantas de vuestros pies", y "nadie podrá hacerte frente en todos los días de tu vida" (Josué 1:3 y 5), pero ahora se habían visto obligados a huir, y con pérdida de vidas humanas. Quedaba anulada la influencia que debió tener el cruce del Jordán y la toma de Jericó para impresionar e intimidar a los paganos. Confiando en sus propias fuerzas, los israelitas habían perdido el poder de la presencia de Dios, y habían dado pública expresión de su debilidad.Los medios de defensa
Era totalmente contrario al plan de Dios que uno solo de los israelitas perdiera su vida en la toma de posesión de la tierra prometida, como muestra el hecho -que bien podemos señalar en este punto- de que Dios no había dispuesto que luchasen para la posesión de aquella herencia prometida. Hemos visto ya que ni los números ni las armas tuvieron relación alguna con la toma de Jericó, y que cuando dependieron de sus armas, la fuerza que en un conflicto bélico ordinario se habría considerado ampliamente suficiente, no lo fue en absoluto. Recuerda igualmente la maravillosa liberación de Egipto, y la derrota de todo el ejército de Faraón sin que se levantara una sola arma ni se hiciera uso del poder humano, y cómo Dios condujo a su pueblo por el camino más largo y difícil a fin de evitarles la guerra (Éx. 13:18), y lee la siguiente promesa: "Si dices en tu corazón: ‘Estas naciones son mucho más numerosas que yo, ¿cómo las podré exterminar?, no les tengas temor. Acuérdate bien de lo que hizo Jehová, tu Dios, con el faraón y con todo Egipto, de las grandes pruebas que vieron tus ojos, de las señales y milagros, de la mano poderosa y el brazo extendido con que Jehová, tu Dios, te sacó. Así hará Jehová, tu Dios, con todos los pueblos en cuya presencia tú temes. También enviará Jehová, tu Dios, avispas contra ellos, hasta que perezcan los que queden y los que se hayan escondido de tu presencia. No desmayes delante de ellos, porque Jehová, tu Dios, está en medio de ti, Dios grande y temible" (Deut. 7:17-21).Por qué lucharon
‘Pero los hijos de Israel lucharon durante toda su existencia nacional, y también bajo la dirección de Dios’, -es la objeción que hacen muchos. Y es cierto, pero eso no prueba en absoluto que fuera el propósito de Dios el que hubieran de luchar. No hay que olvidar que "el entendimiento de ellos se embotó" (2 Cor. 3:14) por la incredulidad, de forma que no fueron capaces de percibir el propósito de Dios para ellos. No captaron las realidades espirituales del reino de Dios, sino que, al contrario, se conformaron con las sombras; y el mismo Dios que sobrellevó su dureza de corazón al principio, y que hizo todo lo posible para instruirles mediante las sombras, cuando no quisieron tener la sustancia, continuó a su lado, lleno de compasión hacia las enfermedades de su pueblo. Dios les permitió, por la dureza de su corazón, el que tuvieran varias mujeres, y hasta dio leyes para regular la poligamia, pero eso no prueba que tal fuera el deseo de Dios para ellos. Sabemos bien que "en el principio no fue así". Por lo tanto, cuando Jesús prohibió a sus seguidores el luchar por la causa que fuera, no estaba introduciendo nada nuevo; no más que cuando enseñó que un hombre había de tener una sola mujer, y debía serle fiel por tanto tiempo como ambos viviesen. Estaba simplemente enunciando principios antiguos, estaba predicando una verdadera reforma.Ejecutar el juicio decretado
Una cosa, sin embargo, que nunca debieran perder de vista los que se sienten inclinados a justificar las guerras –de defensa o de conquista- por las órdenes que Dios dio a los israelitas, es el hecho de que Dios nunca les ordenó que destruyeran a nadie cuya copa de iniquidad no estuviera llena, y que no hubiera rechazado irrevocablemente el camino de la justicia. Al final de este mundo, cuando llegue el momento en que los santos hayan de poseer el reino, será dado el juicio a los santos del Altísimo (Dan. 7:22), y los santos juzgarán no sólo al mundo, sino también a los ángeles (1 Cor. 6:2 y 3). Participarán asimismo en la ejecución del juicio como coherederos con Cristo, ya que leemos:La guerra no es un éxito
Conviene recordar aún una cosa en relación con la cuestión de la lucha y la posesión de la tierra de Canaán, la herencia prometida, y es que los hijos de Israel no la obtuvieron con todo su luchar. Permanece para nosotros la misma promesa que se les hizo a ellos: "Si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día" (Heb. 4:1, 8). La razón por la que no lo obtuvieron fue su incredulidad, y esa es también la razón por la que lucharon. Si hubieran creído al Señor, le hubieran permitido que limpiara la tierra de sus totalmente depravados habitantes, de la forma en que él había previsto. Mientras tanto, ellos no habrían permanecido ociosos, sino que habrían estado entregados a la obra de fe que Dios les asignó, y que ha de el ser objeto de nuestro próximo estudio.