Aunque los hijos de Israel entonaron el canto de liberación a orillas del Mar Rojo, y con razón, no obstante, no fue hasta haber cruzado el Jordán cuando quedaron realmente liberados de Egipto. No retuvieron firme hasta el fin su confianza del principio, sino que "en sus corazones se volvieron a Egipto cuando dijeron a Aarón: ‘Haznos dioses que vayan delante de nosotros’" (Hech. 7:39 y 40). Sin embargo, cuando cruzaron el Jordán y llegaron a tierra de Canaán, tuvieron el testimonio de Dios de que les había sido quitado el oprobio de Egipto. Tuvieron entonces reposo y fueron libres en el Señor.
Pero ese reposo no duró mucho tiempo; la murmuración, desconfianza y apostasía hicieron pronto aparición entre el pueblo de Dios. Quisieron un rey a fin de ser como los paganos que los rodeaban, y su deseo les fue ampliamente concedido. "Se mezclaron con las naciones, aprendieron sus obras y sirvieron a sus ídolos, los cuales fueron causa de su ruina. Sacrificaron sus hijos y sus hijas a los demonios, y derramaron la sangre inocente, la sangre de sus hijos y de sus hijas, a quienes ofrecieron en sacrificio a los ídolos de Canaán; y la tierra fue contaminada con sangre" (Sal. 106:35-38). Vinieron así a ser literalmente como los paganos que había a su alrededor.
Una ojeada a la historia de algunos de los reyes de Israel y Judá mostrará hasta qué punto los hijos de Israel, al pedir un rey, vieron cumplido su deseo de ser como los paganos. El profeta de Dios dijo a Saúl, el primero de los reyes: "Mejor es obedecer que sacrificar; prestar atención mejor es que la grasa de los carneros. Como pecado de adivinación es la rebelión, como ídolos e idolatría la obstinación. Por cuanto rechazaste la palabra de Jehová, también él te ha rechazado para que no seas rey" (1 Sam. 15:22 y 23).
Salomón tomó muchas mujeres extranjeras de entre los paganos, y "cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres le inclinaron el corazón tras dioses ajenos, y su corazón no era ya perfecto para con Jehová, su Dios, como el corazón de su padre David. Salomón siguió a Astoret, diosa de los sidonios, y a Milcom, ídolo abominable de los amonitas" (1 Rey. 11:4 y 5).
Bajo el reinado de Roboam, hijo de Salomón, "Judá hizo lo malo ante los ojos de Jehová y lo enojaron con los pecados que cometieron más que todo lo que hicieron sus padres. También ellos se edificaron lugares altos, estatuas e imágenes de Asera [imagen obscena en relación con ritos lascivos, que constituía una forma de adoración al sol], en todo collado alto y debajo de todo árbol frondoso. Hubo también sodomitas en la tierra, que cometieron todas las abominaciones de las naciones que Jehová había echado de delante de los hijos de Israel" (1 Rey. 14:22-24).
Lo mismo leemos sobre Acaz (2 Rey. 16:1-4). "Jehová había humillado a Judá por causa de Acaz, rey de Israel, por cuanto este había actuado con desenfreno en Judá y había pecado gravemente contra Jehová... el rey Acaz, en el tiempo que aquel [el rey de los asirios] lo apuraba, añadió mayor pecado contra Jehová; porque ofreció sacrificios a los dioses de Damasco que lo habían derrotado, y dijo: ‘Puesto que los dioses de los reyes de Siria les ayudan, yo también ofreceré sacrificios a ellos para que me ayuden’. Pero estos fueron la causa de su ruina y la de todo Israel" (2 Crón. 28:19-23).
Peor que los paganos
Manasés, hijo de Ezequías, "hizo lo malo ante los ojos de Jehová, imitando las abominaciones de las naciones que Jehová había expulsado de delante de los hijos de Israel. Reedificó los lugares altos que su padre Ezequías había derribado, levantó altares a Baal e hizo una imagen de Asera, como había hecho Acab, rey de Israel. Adoró además a todo el ejército de los cielos y rindió culto a aquellas cosas... Y edificó altares para todo el ejército de los cielos en los dos atrios de la casa de Jehová. Además, hizo pasar a su hijo por el fuego y se dio a observar los tiempos, fue agorero e instituyó encantadores y adivinos, multiplicando así la maldad de sus hechos ante los ojos de Jehová para provocarlo a ira. También puso una imagen de Asera hecha por él en la casa de la cual Jehová había dicho a David y a Salomón, su hijo: ‘Pondré mi nombre para siempre en esta casa y en Jerusalén, a la cual escogí entre todas las tribus de Israel. No volveré a hacer que Israel ande errante lejos de la tierra que di a sus padres, con tal que cumplan todas las cosas que yo les he mandado y las guarden, conforme a toda la ley que mi siervo Moisés les mandó’. Pero ellos no escucharon, y Manasés los indujo a que obraran peor que las naciones que Jehová destruyó delante de los hijos de Israel". "Además, Manasés derramó tal cantidad de sangre inocente que llenó a Jerusalén de extremo a extremo, aparte del pecado con que hizo pecar a Judá, para que hiciera lo malo ante los ojos de Jehová" (2 Rey. 21:1-9;16).En el reino del Norte
Si tomamos los reyes que reinaron en la región del norte de Israel después que el reino se dividió al morir Salomón, encontramos un registro todavía peor. Hubo en Jerusalén algunos reyes rectos; pero comenzando con Jeroboam, "quien pecó y ha hecho pecar a Israel" (1 Rey. 14:16), cada uno de los sucesivos reyes de Israel fue peor que su precedente. Nadab, el hijo de Jeroboam, "hizo lo malo ante los ojos de Jehová andando en el camino de su padre y en los pecados con que este hizo pecar a Israel" (1 Rey. 15:26). Baasa "hizo lo malo ante los ojos de Jehová; anduvo en el camino de Jeroboam y en el pecado con que este hizo pecar a Israel" (vers. 34). Omri, quien edificó la ciudad de Samaria, "hizo lo malo ante los ojos de Jehová; lo hizo peor que todos los que habían reinado antes de él, pues anduvo en todos los caminos de Jeroboam hijo de Nabat, y en el pecado que aquel hizo cometer a Israel, al provocar con sus ídolos la ira de Jehová, Dios de Israel" (1 Rey. 16:25 y 26). Sin embargo, malvado como fue, lo superó "Acab hijo de Omri [quien] hizo lo malo ante los ojos de Jehová, más que todos los que reinaron antes de él" (vers. 30 y 33).Fidelidad de Dios
Sin embargo había maravillosas posibilidades al alcance del pueblo durante todo aquel tiempo. En cualquier momento podían haberse arrepentido y podían haber vuelto hacia el Señor, y lo habrían encontrado dispuesto a cumplir en ellos plenamente su promesa. Aunque "todos los principales sacerdotes y el pueblo aumentaron la iniquidad, siguiendo todas las abominaciones de las naciones", no obstante, "Jehová, el Dios de sus padres, les envió constantemente avisos por medio de sus mensajeros, porque él tenía misericordia de su pueblo y de su morada" (2 Crón. 36:14 y 15). Muchas maravillosas liberaciones, cuando los israelitas eran oprimidos por sus enemigos y buscaron humildemente al Señor, mostraron que el mismo Dios que liberó a sus padres de Egipto, estaba presto a ejercer su poder para socorrerlos, a fin de perfeccionar aquello para lo cual los había introducido en la tierra prometida.Se pusieron a cantar
¡Extraña forma de ir a la batalla! Nos recuerda de alguna forma la marcha alrededor de Jericó, y el grito de victoria. En general, los que reciben una promesa como la que se hizo en aquella ocasión, de que Dios va a luchar por ellos, piensan que manifiestan gran fe al pasar al frente y hacer su parte contra el enemigo. Se dicen: ‘Dios ha prometido ayudarnos, pero hemos de hace nuestra parte’, y hacen toda provisión para la batalla. Pero el pueblo, en esa ocasión, tuvo la sencillez suficiente como para creer al Señor al pie de la letra; sabían que habían de hacer ciertamente su parte, pero sabían también que su parte era creer, y avanzar como quien cree realmente. Y ellos creían. Su fe era tan fuerte, que se pusieron a cantar. No se trataba de un canto forzado, de un susurro procedente de labios temblorosos; sino de un canto firme, espontáneo y poderoso salido del corazón en tonos de gozo y victoria, y todo ello estando frente a un enemigo cuya mayoría era abrumadora. ¿Cuál fue el resultado? "Cuando comenzaron a entonar cantos de alabanza, Jehová puso emboscadas contra los hijos de Amón, de Moab y de los montes de Seir que venían contra Judá, y se mataron los unos a los otros. Porque los hijos de Amón y Moab se levantaron contra los de los montes de Seir para matarlos y destruirlos; y cuando acabaron con los del monte Seir, cada cual ayudó a la destrucción de su compañero. Luego que vino Judá a la torre del desierto, miraron hacia la multitud, pero sólo vieron cadáveres tendidos en la tierra, pues ninguno había escapado" (vers. 22-24).