Tras haber aceptado el evangelio, los gálatas estaban extraviándose en pos de falsos maestros que les presentaban "otro evangelio", una falsificación del verdadero y único, puesto que no hay más que uno en todo tiempo y para todo ser humano.
La falsificación del evangelio se expresaba en estos términos: "Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos". Si bien en nuestros días carece de relevancia el asunto de si hay que someterse o no al rito de la circuncisión; no obstante, en relación con la salvación misma está tan viva como siempre la polémica en cuanto a si participan las obras humanas, o si es solamente por Cristo.
En lugar de atacar su error y combatirlo con poderosos argumentos, el apóstol refiere a los gálatas a una experiencia que ilustra el tema objeto de discusión. En su exposición les demuestra que la salvación es solamente por la fe para todos los hombres, y de ninguna forma por las obras. De igual manera que Cristo gustó la muerte por todos, todo el que sea salvo ha de poseer la experiencia personal de la muerte, resurrección y vida de Cristo en él. Cristo en la carne, hace lo que la ley no era capaz de hacer (Gál. 2:21; Rom. 8:3 y 4). Pero el mismo hecho señalado da testimonio de la justicia de la ley. Si ésta fuera en algún respecto deficiente, Cristo no habría cumplido sus requerimientos. Cristo muestra la justicia de la ley cumpliéndola, o realizando lo que demanda la ley, no simplemente por nosotros, sino en nosotros. La gracia de Dios en Cristo atestigua sobre la majestad y santidad de la ley. No desechamos la gracia de Dios: si la justicia pudiera obtenerse por la ley, "entonces por demás murió Cristo".
Pretender que la ley puede ser abolida, que sus demandas pueden ser tenidas en poco, que se las puede pasar por alto, equivale a pretender que Cristo murió en vano. Repitámoslo: la justicia no puede obtenerse por la ley, sino solamente por la fe de Cristo. Pero el hecho de que la justicia de la ley no pueda lograrse de otra manera que no sea por la crucifixión, resurrección y vida de Cristo en nosotros, muestra la infinita grandeza y santidad de la ley.
1. ¡Oh, gálatas insensatos! ¿Quién os fascinó a vosotros, a quienes Cristo fue presentado crucificado?
Pablo escribió literalmente "¿quién os hechizó...?" (ver N.T. Interl.). "Mejor es obedecer que sacrificar, mejor la docilidad que la grasa de los carneros. Como pecado de hechicería es la rebeldía, crimen de tarafim [idolatría] la contumacia" (1 Sam. 15:22 y 23, La Biblia de Jerusalén). En hebreo, dice literalmente: "El pecado de rebelión es hechicería, y la contumacia es rebelión e idolatría". ¿Por qué? Porque la rebeldía y contumacia son rechazo hacia Dios. Y aquel que rechaza a Dios se pone bajo el control de los malos espíritus. Toda idolatría es adoración al diablo. "Lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican" (1 Cor. 10:20). No hay terreno neutral. Cristo dijo: "El que no es conmigo, está contra mí" (Mat. 12:30). Es decir: la desobediencia, el rechazar al Señor, es el espíritu del anticristo. Como ya hemos visto, los hermanos gálatas estaban apartándose de Dios. Inevitablemente -aunque quizá sin darse cuenta- estaban volviendo a la idolatría.
Una salvaguarda contra el espiritismo
El espiritismo no es más que otra forma de referirse a la antigua hechicería, o brujería. Es un fraude, pero no el tipo de fraude que muchos imaginan. Hay en él una realidad. Es un fraude, ya que pretendiendo mantener comunicación con los espíritus de los muertos, la mantiene solamente con los espíritus de los demonios, dado que "los muertos nada saben". Ser un medium espiritista es entregarse al control de los demonios.
Sólo hay una forma de protegerse de ello, y es aferrarse a la Palabra de Dios. Aquel que considera con ligereza la Palabra de Dios, está perdiendo su asociación con Dios, y se pone bajo la influencia de Satanás. Incluso hasta aquel que denuncia el espiritismo en los términos más enérgicos, si deja de aferrarse a la Palabra de Dios, antes o después será descarriado por la poderosa seducción de la falsificación de Cristo. Sólo manteniéndose firmemente por la Palabra de Dios, podrá el creyente ser guardado en la hora de la prueba que está por venir a todo el mundo (Apoc. 3:10). "El espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia" (Efe. 2:2) es el espíritu de Satanás, el espíritu del anticristo; y el evangelio de Cristo, que revela la justicia de Dios (Rom. 1:16 y 17) es la única salvación de él posible.
Cristo, crucificado ante nosotros
Cuando Pablo predicó a los gálatas les presentó a Cristo crucificado. Tan vívida fue la descripción, que los gálatas pudieron realmente contemplarlo ante sus ojos como el Crucificado. No era un asunto de mera retórica por parte de Pablo, ni de imaginación por parte de ellos. Empleando a Pablo como instrumento, el Espíritu Santo los capacitó para ver a Cristo crucificado.
Al respecto, la experiencia de los gálatas no puede ser exclusiva de ellos. La cruz de Cristo es un hecho actual. La expresión 'Ir a la cruz' no es una mera forma de expresión, sino algo que se puede cumplir literalmente.
Nadie puede conocer la realidad del evangelio hasta que vea a Cristo crucificado ante sus ojos, y hasta ver la cruz en cada parte. Podrá ser que alguien se burle, pero el hecho de que una persona ciega no vea el sol, y niegue que éste brilla, no convencerá al que lo ve y recibe su luz. Muchos hay que podrán dar testimonio de que las palabras del apóstol, a propósito de que Cristo fue crucificado ante los ojos de los gálatas, son más que una simple figura del lenguaje. Otros muchos han conocido esa misma experiencia. ¡Dios quiera que este estudio de la epístola pueda ser el medio de abrir los ojos a muchos más!
2. Sólo esto quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la Ley, o por haber oído con fe?
Hay una sola respuesta: por haber oído con fe. Se da el Espíritu a aquellos que creen (Juan 7:38 y 39; Efe. 1:13). Podemos también ver que los gálatas habían recibido el Espíritu Santo. No hay otra forma en la que pueda iniciarse la vida cristiana. "Nadie puede decir: 'Jesús es el Señor', sino por el Espíritu Santo" (1 Cor. 12:3). En el principio, el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas, engendrando vida y actividad en la creación, pues sin el Espíritu no hay acción, no hay vida. "No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, dice el Eterno Todopoderoso" (Zac. 4:6). Solamente el Espíritu de Dios puede cumplir su perfecta voluntad. Ninguna obra que el hombre pueda hacer, es capaz de traer a Dios al alma. Es tan imposible como que un muerto resucitara produciendo su propio soplo de vida. Así pues, los destinatarios de la epístola habían visto a Cristo crucificado ante sus ojos, y lo habían aceptado mediante el Espíritu. ¿Lo has visto y aceptado tú?
3. ¿Tan insensatos sois? Habiendo empezado por el Espíritu, ¿ahora vais a terminar por la carne?
"Insensatos" es decir poco. El que no tiene poder para comenzar una obra, ¡cree tener fuerzas para terminarla! Alguien incapaz de poner un pie delante del otro, o de tenerse derecho, considera que en sí mismo tiene lo necesario para ganar una carrera!
¿Quién tiene el poder para engendrarse a sí mismo? Nadie. No venimos a este mundo engendrándonos a nosotros mismos. Nacemos sin fuerzas. Por lo tanto, toda la fuerza que podamos manifestar posteriormente, tiene una procedencia externa a nosotros. Nos es dada en su totalidad. El bebé recién nacido es el representante del hombre. "Ha venido un hombre al mundo", decimos. Toda la fuerza que un hombre tiene en sí mismo, no es mayor que ese llanto del recién nacido con el que comienza su primera respiración. En realidad, hasta esa exigua fuerza le ha sido dada.
Tal sucede en el mundo espiritual. "Por su voluntad él nos engendró por la Palabra de Verdad" (Sant. 1:18). No podemos vivir rectamente por nuestras propias fuerzas más de lo que podemos engendrarnos a nosotros mismos. La obra que el Espíritu engendró ha de ser llevada a su plenitud por el mismo Espíritu. "Hemos llegado a ser participantes de Cristo, si retenemos firme el principio de nuestra confianza hasta el fin" (Heb. 3:14). "El que empezó en vosotros la buena obra, la irá perfeccionando hasta el día de Jesucristo" (Fil. 1:6). Solamente Él puede hacerlo.
4. ¿Tantas cosas habéis padecido en vano? Si es que realmente fue en vano.
5. Aquel que os suministra el Espíritu, y realiza maravillas entre vosotros, ¿lo hace porque observáis la Ley, o porque oís con fe?
Esas preguntas muestran que la experiencia de los hermanos de Galacia había sido tan profunda y genuina como podía esperarse de personas ante cuyos ojos haya sido presentado Cristo crucificado. Se les había dado el Espíritu, se habían efectuado milagros entre ellos, e incluso por ellos mismos, puesto que los dones del Espíritu acompañan al don del Espíritu. Y como resultado de ese evangelio vibrante que habían vivido, sufrieron persecución, ya que "todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos" (2 Tim. 3:12). Eso aumenta la gravedad de la situación. Habiendo participado de los sufrimientos de Cristo, estaban ahora alejándose de Él. Y ese apartarse de Cristo, único por cuyo medio puede venir la justicia, se caracterizaba por la desobediencia a la ley de la verdad. De forma inconsciente pero inevitable, estaban transgrediendo aquella ley por la que esperaban ser salvos.
6. Abrahán creyó a Dios, y le fue contado por justicia.
Las preguntas enunciadas en los versículos tres al cinco llevan implícita la respuesta. Les fue ministrado el Espíritu y se produjeron milagros, no por las obras de la ley, sino por oír con fe; es decir, por la obediencia a la fe, puesto que la fe viene por el oír la Palabra de Dios (Rom. 10:17). La labor de Pablo y la experiencia temprana de los gálatas, estaban en plena armonía con la experiencia de Abrahán, a quien se le contó la fe por justicia. Es conveniente recordar que los "falsos hermanos" que predicaban "otro evangelio", el falso evangelio de la justicia por las obras, eran judíos, y evocaban a Abrahán por padre. Se enorgullecían por ser "hijos" de Abrahán y señalaban su circuncisión como prueba de ello. Pero precisamente aquello sobre lo que sustentaban su pretensión de ser hijos de Abrahán probaba que no lo eran, ya que "Abrahán creyó a Dios, y le fue contado por justicia". Abrahán tuvo la justicia de la fe antes de ser circuncidado (Rom. 4:11). "Por tanto, sabed que los que son de la fe, esos son hijos de Abrahán" (Gál. 3:7). Abrahán no fue justificado por las obras (Rom. 4:2 y 3), sino que su fe obró justicia.
Hoy subsiste idéntico problema. Se confunde la señal con la sustancia, el fin con los medios. Puesto que la justicia se materializa en buenas obras, se asume –falsamente– que las buenas obras producen la justicia. A los que así piensan, la justicia que viene por la fe -las buenas obras que no vienen de "obrar"- les parecen carentes de realidad y sentido práctico. Se tienen por personas "prácticas" y creen que la única forma de lograr que se haga algo, es haciéndolo. Sin embargo, la verdad es que los tales son rematadamente imprácticos. Alguien que carece absolutamente de fuerza es incapaz de hacer nada, ni siquiera de levantarse para tomar la medicina que se le ofrece. Resultará vano cualquier consejo que se le de a fin de que procure hacerlo. Sólo en el Señor está el poder y la justicia (Isa. 45:24). "Encomienda al Eterno tu camino, confía en él, y él obrará" (Sal. 37:5). Abrahán es el padre de todos los que creen para justicia, y solamente de ellos. Lo único verdaderamente práctico es creer, tal como él hizo.
7. Por tanto, sabed que los que son de la fe, esos son hijos de Abrahán.
8. La Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles, por la fe, de antemano anunció el evangelio a Abrahán, al decirle: "Por medio de ti serán benditas todas las naciones".
Estos versículos merecen una lectura detenida. Su comprensión guardará de muchos errores. Y no es difícil entenderlos; basta con atenerse a lo que dicen, ¡eso es todo!
(a) Afirman que el evangelio fue predicado, al menos, tan pronto como en los días de Abrahán.
(b) Fue Dios mismo quien lo predicó. Por lo tanto, se trata del verdadero y único evangelio.
(c) Se trataba del mismo evangelio que Pablo predicó. Por lo tanto, no hay otro evangelio diferente del que poseyó Abrahán.
(d) El evangelio no es hoy en ningún particular diferente del que existió en los días de Abrahán.
Dios requiere hoy lo mismo que entonces, y nada más que eso.
Aún hay más: el evangelio fue entonces predicado a los gentiles, puesto que Abrahán era gentil, o lo que es lo mismo, pagano. Recibió el llamado siendo pagano, puesto que "Taré, padre de Abrahán y Nacor, ... servían a otros dioses" (Jos. 24:2), y fue un pagano hasta serle predicado el evangelio. Así, la predicación del evangelio a los gentiles no fue un fenómeno inédito en los días de Pedro y de Pablo. La nación judía fue tomada de entre los gentiles, y es solamente en virtud de la predicación del evangelio a los gentiles como Israel tiene existencia y salvación (Hech. 15:14-18; Rom. 11:25 y 26). La existencia misma del pueblo de Israel era y sigue siendo una evidencia del propósito de Dios de salvar a personas, de entre los gentiles. Es en cumplimiento de ese propósito que Israel existe.
Vemos pues que el apóstol lleva a los gentiles, y nos lleva a nosotros, de vuelta a los orígenes, allí donde Dios mismo nos predica el evangelio a nosotros, "gentiles". Ningún gentil puede esperar ser salvo de otra forma, o por otro evangelio diferente de aquel por el que fue salvo Abrahán.
9. Así, los que viven por la fe son benditos con el creyente Abrahán.
10. Porque todos los que dependen de las obras de la Ley, están bajo maldición, porque escrito está: "Maldito todo aquel que no permanece en todo lo que está escrito en el libro de la Ley".
Observa la estrecha relación que guardan estos versículos con el precedente. A Abrahán le fue predicado el evangelio en estos términos: "Por medio de ti serán benditas todas las naciones". "Pagano", "gentil", y "naciones" (del versículo 8), se traducen a partir del mismo vocablo griego. Esa bendición consiste en el don de la justicia mediante Cristo, como indica Hechos 3:25 y 26: "Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto que Dios concertó con nuestros padres, cuando dijo a Abrahán: 'En tu Descendiente serán benditas todas las familias de la tierra'. Habiendo Dios resucitado a su Hijo, lo envió primero a vosotros para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad". Dado que Dios predicó el evangelio a Abrahán, diciendo: "por medio de ti serán benditas todas las naciones", los que creen resultan benditos con el creyente Abrahán. No hay otra bendición para el hombre, sea éste cual fuere, excepto la que Abrahán recibió. Y el evangelio que le fue predicado es el único para todo ser humano en la tierra. Hay salvación en el nombre de Jesús, en el que Abrahán creyó, y "en ningún otro hay salvación, porque no hay otro Nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos" (Hech. 4:12). En Él "tenemos redención por su sangre, el perdón de los pecados" (Col. 1:14). El perdón de los pecados conlleva todas las bendiciones.
Un contraste: Bajo maldición
Observa el marcado contraste expuesto en los versículos nueve y diez: "los que viven por la fe son benditos", mientras que "los que dependen de las obras de la Ley, están bajo maldición". La fe trae la bendición. Las obras de la ley traen la maldición; o mejor dicho, lo dejan a uno bajo la maldición. La maldición pesa sobre todos, ya que "el que no cree, ya es condenado, porque no creyó en el Nombre del único Hijo de Dios" (Juan 3:18). La fe revierte esa maldición.
¿Quién está bajo la maldición? "todos los que dependen de las obras de la Ley ". Fíjate que no dice que los que obedecen la ley estén bajo la maldición, lo que sería una directa contradicción de Apocalipsis 22:14: "¡Dichosos los que guardan sus Mandamientos, para que tengan derecho al árbol de la vida, y entren por las puertas en la ciudad!" "¡Dichosos los perfectos de camino, los que andan en la Ley del Señor!" (Sal. 119:1).
Los que son de la fe, son guardadores de la ley, puesto que los que son de la fe son benditos, y los que guardan los mandamientos son también benditos. Guardan los mandamientos por la fe. Pero el evangelio es contrario a la naturaleza humana: venimos a ser hacedores de la ley, no haciendo, sino creyendo. Si obrásemos para obtener justicia, estaríamos simplemente ejercitando nuestra naturaleza humana pecaminosa, lo que jamás nos acercaría a la justicia sino que nos alejaría de ella. Por contraste, creyendo las "preciosas y grandísimas promesas" llegamos a "participar de la naturaleza divina" (2 Ped. 1:4) y entonces todas nuestras obras son hechas en Dios. "Los gentiles que no buscaban la justicia, la alcanzaron, a saber, la justicia que procede de la fe; mientras que Israel, que seguía la Ley de justicia, no alcanzó la justicia. ¿Por qué? Porque no la seguían por la fe, sino por las obras. Por eso tropezaron en la piedra de tropiezo. Como está escrito: 'Pongo en Sión una piedra de tropiezo, y roca de caída. El que crea en él, nunca será avergonzado' " (Rom. 9:30-33).
¿En qué consiste la maldición?
Nadie que lea detenida y reflexivamente Gálatas 3:10 dejará de comprender que la maldición es la transgresión de la ley. La desobediencia a la ley de Dios es en sí misma la maldición, puesto que "el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte" (Rom. 5:12). El pecado encierra la muerte en su seno. Sin pecado la muerte sería imposible, ya que "el aguijón de la muerte es el pecado" (1 Cor. 15:56). "Todos los que dependen de las obras de la Ley, están bajo maldición". ¿Por qué? ¿Será quizá la ley una maldición? En absoluto, puesto que "la Ley es santa, y el Mandamiento santo, justo y bueno" (Rom. 7:12). ¿Por qué, pues, están bajo maldición todos los que se apoyan en las obras de la ley? Porque está escrito: "Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas que están escritas en el libro de la ley, para hacerlas".
No hay que confundirse: No es maldito porque obedezca la ley, sino porque no lo hace. Así pues, es fácil ver que apoyarse en las obras de la ley no significa que uno esté cumpliendo la ley. ¡No! "Porque la inclinación de la carne es contraria a Dios, y no se sujeta a la Ley de Dios, ni tampoco puede". (Rom. 8:7). Todos están bajo la maldición, y el que piensa en librarse de ella por sus propias obras, continúa en ella. Puesto que la "maldición" consiste en no permanecer en todas las cosas que están escritas en la ley, es fácil deducir que la "bendición" significa perfecta conformidad con la ley.
Bendición y maldición
"Hoy pongo ante vosotros la bendición y la maldición. La bendición si obedecéis los Mandamientos del Eterno vuestro Dios, que os prescribo hoy. Y la maldición si no obedecéis los Mandamientos del Eterno vuestro Dios" (Deut. 11:26-28). Esa es la palabra viviente de Dios, dirigida personalmente a cada uno de nosotros. "La Ley produce ira" (Rom. 4:15), pero la ira de Dios viene solamente sobre los desobedientes (Efe. 5:6). Si creemos verdaderamente, no somos condenados, porque la fe nos pone en armonía con la ley, la vida de Dios. "El que mira atentamente en la Ley perfecta –la de la libertad– y persevera en ella, y no es oyente olvidadizo, sino cumplidor, éste será feliz [bendito] en lo que hace" (Sant. 1:25).
Buenas obras
La Biblia no desprecia las buenas obras. Al contrario, las exalta. "Palabra fiel es ésta. En estas cosas insiste con firmeza, para que los que creen en Dios, procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres" (Tito 3:8). La acusación que pesa contra los incrédulos es que niegan a Dios con los hechos: son "reprobados para toda buena obra" (Tito 1:16). Pablo exhortó a Timoteo a que mandase a los ricos de este siglo "que hagan bien, que sean ricos en buenas obras" (1 Tim. 6:17 y 18). Y el apóstol oró por todos nosotros "para que andéis como es digno del Señor, a fin de agradarle en todo, para que fructifiquéis en toda buena obra" (Col. 1:10). Más aún, se nos da la seguridad de ser "creados en Cristo Jesús para buenas obras... para que anduviésemos en ellas" (Efe. 2:10).
Él mismo preparó esas obras para nosotros; las produjo, y las concede a todo el que cree en Él (Sal. 31:19). "Esta es la obra de Dios, que creáis en Aquel a quien él envió" (Juan 6:29). Se requieren buenas obras, pero no podemos hacerlas. Solamente Aquel que es Bueno, que es Dios, puede hacerlas. Si es que en nosotros existe el más mínimo bien, se debe a la obra de Dios. Nada de lo que Dios hace es digno de desprecio. "El Dios de paz, que por la sangre del pacto eterno, resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran Pastor de las ovejas, os haga aptos en toda buena obra, para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable ante él por medio de Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén" (Heb. 13:20 y 21).
11. Pero es claro que por la Ley ninguno se justifica ante Dios, porque "el justo vivirá por la fe".
12. La Ley no procede de la fe, pues dice: "El que hace esas cosas, vive por ellas".
¿Quiénes son los justos?
Cuando leemos la repetida declaración: "el justo vivirá por la fe", es imprescindible que comprendamos claramente qué significa el término "justo". Ser justificado por la fe es ser hecho justo por la fe. "Toda injusticia es pecado" (1 Juan 5:17, N.T. Interl.), y "el pecado es la transgresión de la Ley" (1 Juan 3:4). Por lo tanto, toda injusticia es transgresión de la ley; y por supuesto, toda justicia es obediencia a la ley. Vemos por lo tanto que el justo –o recto– es aquel que obedece la ley, y ser justificado es ser hecho guardador de la ley.
Cómo llegar a ser justo
El fin perseguido es la práctica del bien, y la norma es la ley de Dios. "La Ley produce ira" "por cuanto todos pecaron", y "por estas cosas viene la ira de Dios sobre los desobedientes". ¿Cómo vendremos a ser hacedores de la ley, y escaparemos así de la ira o maldición? La respuesta es: "el justo vivirá por la fe". ¡Por la fe, no por las obras, venimos a ser hacedores de la ley! "Con el corazón se cree para justicia" (Rom. 10:10). El que ningún hombre resulta justificado ante Dios por la ley, es evidente. ¿Por qué? Porque "el justo vivirá por la fe". Si la justicia viniese por las obras, entonces no vendría por la fe, "y si es por gracia, ya no es en base a las obras. Si fuera por obras, la gracia ya no sería gracia" (Rom. 11:6). "Al que obra, no se le cuenta el salario como favor, sino como deuda. En cambio, al que no obra, pero cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia" (Rom. 4:4 y 5).
No hay excepción. No hay caminos intermedios. No dice que algunos de los justos vivirán por la fe, ni tampoco que vivirán por fe y por obras; sino simplemente: "el justo vivirá por la fe". Eso prueba que la justicia no viene por las obras procedentes de uno mismo. Todos los justos son hechos justos, y mantenidos en esa situación, solamente por fe. Eso es así debido a la sublime santidad de la ley, que está más allá del alcance del hombre. Solamente el poder divino puede cumplirla. Así, recibimos al Señor Jesús por la fe, y Él vive la perfecta ley en nosotros.
La ley no procede de la fe
Es a la ley escrita –sea en un libro, o bien en tablas de piedra– a la que se refiere el texto. La ley dice simplemente: 'Haz esto. No hagas aquello'. "El que hace esas cosas vive por ellas". La ley ofrece vida solamente bajo esa condición. Obras, solamente obras, es lo que la ley acepta. Poco importa el origen de las mismas, con tal que estén presentes. Pero nadie ha cumplido los requerimientos de la ley, por lo tanto, no puede haber hacedores de la ley. Es decir, no puede haber nadie cuya propia vida presente un registro de perfecta obediencia.
"El que hace esas cosas vive por ellas". ¡Pero uno tiene que estar vivo, a fin de poder hacerlas! Un muerto no puede hacer nada, y el que está muerto en "delitos y pecados" (Efe. 2:1) es incapaz de obrar justicia. Cristo es el único en quien hay vida, ya que Él es la vida, y Él es el único que cumplió y puede cumplir la justicia de la ley. Cuando no es negado y rechazado, sino reconocido y recibido, vive en nosotros toda la plenitud de su vida, de forma que ya no somos más nosotros, sino Cristo viviendo en nosotros. Entonces, su obediencia en nosotros nos hace justos. Nuestra fe nos es contada por justicia, simplemente porque esa fe se apropia del Cristo viviente. Por la fe sometemos nuestro cuerpo como templo de Dios. Cristo, la Piedra viva, habita en el corazón, que se transforma así en trono de Dios. Y así, en Cristo, la ley viviente viene a ser nuestra vida, "porque de él [del corazón] mana la vida" (Prov. 4:23).
13. Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, al hacerse maldición por nosotros, porque escrito está: "Maldito todo el que es colgado de un madero".
14. Para que en Cristo Jesús, la bendición de Abrahán llegara a los gentiles, para que por la fe recibamos la promesa del Espíritu.
Abordando el tema central
En esta epístola no hay controversia alguna sobre la ley, al respecto de si se la debe obedecer o no. Para nada se considera que la ley haya sido abolida, cambiada, o haya perdido su vigencia. La epístola no contiene el más leve indicio de tal cosa. El asunto a resolver no es si se debe obedecer la ley, sino cómo hay que obedecerla. Se da por sentado que la justificación –ser hecho justo– es una necesidad. La cuestión es la siguiente: ¿Viene por la fe, o por las obras? Los "falsos hermanos" estaban persuadiendo a los gálatas de que debían ser hechos justos por sus propios esfuerzos. Pablo, mediante el Espíritu, les mostraba que todos esos esfuerzos eran vanos, y que tenían por único resultado el que la maldición se ciñese aún más sobre el pecador.
La justicia por la fe en Jesucristo queda establecida para todos en todo tiempo, como la única justicia verdadera. Los falsos maestros se gloriaban en la ley, pero debido a su transgresión de la misma, traían oprobio al nombre de Dios. Pablo se gloriaba en Cristo, y mediante la justicia de la ley a la que quedó así sometido, dio gloria al nombre de Dios.
El aguijón del pecado
La última parte del versículo 13 muestra claramente que la maldición consiste en la muerte: "Maldito todo el que es colgado de un madero". Cristo fue hecho maldición por nosotros al colgar del madero, es decir, al ser crucificado. Ahora bien, el pecado es el causante de la muerte: "el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, pues todos pecaron" (Rom. 5:12). "El aguijón de la muerte es el pecado" (1 Cor. 15:56). Así, virtualmente, el versículo 10 nos dice que "todo el que no permanece en todo lo que está escrito en el libro de la Ley" puede darse por muerto. En otras palabras: la desobediencia equivale a la muerte.
"Cuando su mal deseo ha concebido, produce el pecado. Y el pecado, una vez cumplido, engendra muerte" (Sant. 1:15). El pecado contiene la muerte, y el hombre sin Cristo está muerto en delitos y pecados (Efe. 2:1). Poco importa si se mueve aparentando estar lleno de vida, permanecen las palabras de Cristo: "A menos que comáis la carne del Hijo del hombre, y bebáis su sangre, no tendréis vida en vosotros" (Juan 6:53). "La que se entrega a los placeres, viviendo está muerta" (1 Tim. 5:6). Se trata de una muerte en vida, el "cuerpo de muerte" de Romanos 7:24. El pecado es transgresión de la ley. La paga del pecado es la muerte. Por lo tanto, la maldición consiste en esa muerte que hasta el más atractivo de los pecados esconde dentro de sí. "Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas que están escritas en el libro de la ley, para hacerlas".
Redimidos de la maldición
"Cristo nos redimió de la maldición de la Ley". Algunos lectores superficiales de este pasaje se apresuran a exclamar: 'No necesitamos guardar la ley, puesto que Cristo nos ha redimido de su maldición', como si el texto dijese que Cristo nos ha redimido de la maldición de la obediencia. Los tales leen la Escritura sin provecho. La maldición, tal como hemos visto ya, es la desobediencia: "Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas que están escritas en el libro de la ley, para hacerlas". Por lo tanto, Cristo nos ha redimido de la desobediencia a la ley. Dios envió a su Hijo "en semejanza de carne de pecado... para que la justicia de la ley fuese cumplida en nosotros" (Rom. 8:3 y 4).
Alguno dirá irreflexivamente: 'Eso me tranquiliza: por lo que respecta a la ley, puedo hacer lo que quiera, puesto que todos fuimos redimidos'. Es cierto que todos fueron redimidos, pero no todos han aceptado la redención. Muchos dicen de Cristo: "no queremos que este hombre reine sobre nosotros", y alejan de ellos la bendición de Dios. Pero la redención es para todos. Todos han sido comprados con la preciosa sangre –la vida– de Cristo, y todos pueden, si así lo quieren, ser librados del pecado y de la muerte. Mediante esa sangre somos redimidos de "la vana conducta" que recibimos de nuestros padres (1 Ped. 1:18).
Tómate el tiempo para pensar en lo que eso significa. Permite que impresione tu alma la plenitud de la fuerza contenida en la expresión: "Cristo nos redimió de la maldición de la Ley", de nuestro fracaso en permanecer en sus justos requerimientos. ¡No necesitamos pecar más! Él cortó las ataduras de pecado que nos esclavizaban, de forma que todo cuanto hemos de hacer es aceptar su salvación, a fin de resultar liberados de cualquier pecado que nos domine. Ya no es más necesario que gastemos nuestras vidas en fervientes anhelos y en vanos lamentos por deseos incumplidos. Cristo no proporciona falsas esperanzas, sino que viene a los cautivos del pecado y les declara: '¡Libertad! Las puertas de vuestra prisión están abiertas. ¡Salid de ella!' ¿Qué más cabe decir? Cristo ha ganado la más completa de las victorias sobre este presente siglo malo, sobre "la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida" (1 Juan 2:16), y nuestra fe en Él hace nuestra su victoria. Todo cuanto hemos de hacer es aceptarla.
Cristo, hecho maldición por nosotros
Para todo aquel que lea la Biblia, resulta evidente que "Cristo murió por los impíos" (Rom. 5:6). Él fue "entregado por nuestros pecados" (Rom. 4:25). El Inocente murió por el culpable, el Justo por el injusto. "Fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados, el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos curados. Todos nos descarriamos como ovejas, cada cual se desvió por su camino. Pero el Eterno cargó sobre él el pecado de todos nosotros" (Isa. 53:5 y 6). Ahora bien, la muerte entró por el pecado. La muerte es la maldición que pasó a todos los hombres, por la simple razón de que "todos pecaron". Puesto que Cristo fue hecho "maldición por nosotros", está claro que fue hecho "pecado por nosotros" (2 Cor. 5:21). "Llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero" (1 Ped. 2:24). Observa que nuestros pecados estuvieron "en su cuerpo". Su obra no consistió en algo superficial. Nuestros pecados no fueron puestos en Él en un sentido meramente figurativo, sino que estuvieron "en su cuerpo". Fue hecho maldición por nosotros, fue hecho pecado por nosotros, y en consecuencia sufrió la muerte por nosotros.
A algunos les parece una verdad detestable. Para los gentiles es locura, y para los judíos piedra de tropiezo, pero para los que somos salvos es poder y sabiduría de Dios (1 Cor. 1:23 y 24). Recuerda que Él llevó nuestros pecados en su propio cuerpo. No sus pecados, puesto que nunca pecó. La misma Escritura que nos informa de que Dios lo hizo pecado por nosotros, destaca que "no tenía pecado". El mismo pasaje que nos asegura que "llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero", especifica que "no cometió pecado". El que fuese capaz de llevar nuestro pecado en Él mismo y que pudiese ser hecho pecado por nosotros, y no obstante no cometiera ningún pecado, contribuye a su gloria imperecedera y a nuestra eterna salvación del pecado. Sobre Él estuvieron los pecados de todos los hombres, sin embargo, nadie pudo descubrir en Él la más leve sombra de pecado. Aunque tomó todo el pecado sobre sí mismo, su vida jamás manifestó pecado alguno. Él lo tomó y lo sorbió por el poder de su vida indisoluble que vence a la muerte. Es poderoso para llevar el pecado, sin permitir que éste lo manche. Es por su vida maravillosa como nos redime. Nos proporciona su vida para que podamos ser liberados de toda sombra de pecado que haya en nuestra carne.
"En los días de su vida terrenal, Cristo ofreció ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte. Y fue oído por su reverente sumisión" (Heb. 5:7). ¡Pero murió! Nadie le quitó la vida. Él mismo la dio, para volverla a tomar (Juan 10:17 y 18). Se desató del lazo de la muerte, "por cuanto era imposible que fuera retenido por ella" (Hech. 2:24). ¿Por qué fue imposible que la muerte lo retuviera, tras haberse puesto voluntariamente bajo el poder de ésta? Porque "no tenía pecado". Tomó el pecado sobre sí, pero estuvo a salvo de su poder. Fue "en todo semejante a sus hermanos", "tentado en todo según nuestra semejanza" (Heb. 2:17; 4:15). Y puesto que de sí mismo nada podía hacer (Juan 5:30), oró al Padre para que lo librara de caer derrotado, quedando así bajo el poder de la muerte. Y fue oído. Hallaron cumplimiento las palabras: "Debido a que el Señor, el Eterno, me ayuda, no seré confundido. Por eso puse mi rostro como un pedernal, y sé que no seré avergonzado. Cerca de mí está el que me justifica. ¿Quién contenderá contra mí?" (Isa. 50:7 y 8).
¿Cuál fue ese pecado que tanto le oprimió, y del que fue librado? No el suyo, pues no tenía ninguno. Fue el tuyo y el mío. Nuestros pecados han sido ya vencidos, derrotados. Nuestra lucha es solamente con un enemigo vencido. Cuando acudes a Dios en el nombre de Jesús, habiéndote sometido a su muerte y vida, de manera que no tomes su nombre en vano –puesto que Cristo more en ti–, todo cuanto has de hacer es recordar que Él llevó todo el pecado y lo lleva aún, y que es el Vencedor. Exclamarás al punto: "Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo" (1 Cor. 15:57). "Gracias a Dios, que nos lleva siempre al triunfo en Cristo Jesús, y por nuestro medio manifiesta en todo lugar, la fragancia de su conocimiento" (2 Cor. 2:14).
La revelación de la cruz
El "madero" de Gálatas 3:13 nos lleva de nuevo al tema central de los versículos 2:20 y 3:1: la inagotable cruz.
Consideremos siete puntos en relación con ella:
(1) La redención del pecado y la muerte se efectúa mediante la cruz (Gál. 3:13).
(2) Todo el evangelio está contenido en la cruz, porque el evangelio "es poder de Dios para salvación a todo el que cree" (Rom. 1:16). Y "para los que estamos siendo salvos", la cruz de Cristo "es poder de Dios" (1 Cor. 1:18).
(3) Cristo se revela al hombre caído solamente como el Crucificado y Resucitado. "No hay otro Nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos" (Hech. 4:12). Por lo tanto, eso es todo cuanto Dios expone ante los hombres a fin de que no haya confusión posible. Jesucristo, y Jesucristo crucificado, es todo cuanto Pablo quería saber. Es todo cuanto necesita saber el ser humano. Lo que necesita el hombre es la salvación. Si la obtiene, posee todas las cosas. Pero sólo en la cruz de Cristo es posible obtener la salvación. Por lo tanto, Dios no pone ante la vista del hombre ninguna otra cosa; le da justamente aquello que necesita. Dios presenta a Jesucristo ante todo hombre como crucificado, de forma que nadie tenga excusa para perderse, o para continuar en el pecado.
(4) Cristo es presentado ante todo hombre como el Redentor crucificado. Y dado que el hombre necesita ser salvo de la maldición, se lo presenta cargando con la maldición. Allá donde se encuentre la maldición, Cristo la lleva. Hemos visto ya cómo Cristo cargó, y carga aún con la maldición de la tierra misma, puesto que llevó la corona de espinas, y la maldición pronunciada sobre la tierra fue: "Espinos y cardos te producirá" (Gén. 3:18). Así, mediante la cruz de Cristo ha sido redimida la totalidad de la creación que ahora gime bajo la maldición (Rom. 8:19-23).
(5) Cristo llevó la maldición en la cruz. El que colgara de aquel madero indica que fue hecho maldición por nosotros. La cruz simboliza, no solamente la maldición, sino también la liberación de ésta, pues se trata de la cruz de Cristo, el Vencedor y Conquistador.
(6) Alguien podrá preguntar: '¿Dónde está la maldición?' Respondemos: ¿Y dónde no lo está? Hasta el más ciego la puede ver, si tan sólo está dispuesto a escuchar la evidencia de sus propios sentidos. La imperfección es una maldición. Sí, constituye la maldición. Y encontramos imperfección en todo lo que tiene relación con esta tierra. El hombre es imperfecto, y hasta el plan más elaborado de los que se diseñan en la tierra contiene imperfección en algún respecto. Todas las cosas que podemos ver se revelan susceptibles de mejoramiento, incluso aún cuando nuestros imperfectos ojos no se aperciban de la necesidad de tal mejora. Cuando Dios creó el mundo, todo era "bueno en gran manera". Ni Dios mismo vio posibilidad alguna de mejorarlo. Pero ahora es muy diferente. El jardinero lucha con empeño por mejorar los frutos y las flores que se le encomendaron. Y si es cierto que hasta lo mejor de la tierra revela la maldición, ¿qué diremos de los frutos defectuosos, yemas marchitas, hojas y tallos enfermos, plantas venenosas, etc? "La maldición consumió la tierra" por doquier (Isa. 24:6).
(7) ¿Debiéramos desanimarnos por ello? No, "porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo" (1 Tes. 5:9). Aunque vemos la maldición por doquiera, la naturaleza vive y el hombre vive. Sin embargo, la maldición es la muerte, y ningún hombre o cosa creada puede llevar la muerte, y aún con todo, vivir, ya que ¡la muerte mata! Ahora bien, Cristo vive. Murió, pero vive para siempre (Apoc. 1:18). Solamente Él puede llevar la maldición –la muerte– y en virtud de sus propios méritos volver a la vida. Hay vida en la tierra, y la hay en el hombre a pesar de la maldición, gracias a que Cristo murió en la cruz. En cada brizna de hierba, en cada hoja en el bosque, en cada arbusto y en cada árbol, en cada fruto y cada flor; hasta en el pan que comemos, está estampada la cruz de Cristo. Lo está en nuestros propios cuerpos. Donde sea que miremos, hay evidencias de Cristo crucificado. La predicación de la cruz –el evangelio– es el poder de Dios revelado en todas las cosas que Él creó. Tal es "el poder que opera en nosotros" (Efe. 3:20). La consideración de Romanos 1:16-20, junto a 1ª de Corintios 1:17 y 18, muestra claramente que la cruz de Cristo se revela en todas las cosas que Dios hizo, incluso en nuestro propio cuerpo.
Consuelo a partir del desánimo
"Me han rodeado males sin número. Me han alcanzado maldades, y no puedo levantar la vista. Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza, y mi corazón me falla" (Sal. 40:12). Pero no es solamente que podamos clamar a Dios con confianza –"de lo profundo"– sino que en su infinita misericordia Él ha dispuesto que en esas mismas profundidades hallemos la fuente de nuestra confianza. El hecho de que vivamos a pesar de estar en las profundidades del pecado prueba que Dios mismo, en la persona de Cristo en la cruz, nos asiste para librarnos. Así, mediante el Espíritu Santo, hasta aquello que está bajo la maldición (y todo está bajo ella), predica el evangelio. Nuestra propia fragilidad, lejos de ser causa de desánimo, es, si creemos al Señor, una prenda de la redención. Sacamos "fuerza de la debilidad". "En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó" (Rom. 8:37). Ciertamente Dios no ha dejado al hombre sin testimonio. Y "el que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo" (1 Juan 5:10).
De la maldición a la bendición
Cristo llevó la maldición para que pudiéramos tener la bendición. Su muerte es vida para nosotros. Si llevamos voluntariamente en nuestros cuerpos la muerte del Señor Jesús, su vida se manifestará también en nuestra carne mortal (2 Cor. 4:10). Él fue hecho pecado por nosotros, a fin de que seamos hechos justicia de Dios en Él (2 Cor. 5:21). La bendición que recibimos mediante la maldición que Él lleva, consiste en la liberación del pecado. Para nosotros, la maldición resulta de la transgresión de la ley (Gál. 3:10). La bendición consiste en que nos volvamos de nuestra maldad (Hech. 3:26). Cristo sufrió la maldición, el pecado y la muerte, "para que en Cristo Jesús, la bendición de Abrahán llegara a los gentiles".
La bendición de Abrahán consiste, tal como Pablo afirma en otra de sus epístolas, en la justicia por la fe: "David habla también de la dicha del hombre a quien Dios atribuye justicia aparte de las obras. Dice: 'Dichoso aquel a quien Dios perdona sus maldades, y cubre sus pecados. Dichoso el hombre a quien el Señor no cuenta sus pecados contra él' " (Rom. 4:6-8).
Pablo continúa exponiendo que esa bendición se pronuncia sobre los gentiles que creen, tanto como sobre los judíos que creen, puesto que Abrahán mismo la recibió siendo aún incircunciso. "Así llegó a ser padre de todos los que creen" (vers. 11).
La bendición es la liberación del pecado, y la maldición es la comisión del pecado. Dado que la maldición revela la cruz, el Señor hace que esa misma maldición proclame la bendición. El hecho de que estamos físicamente vivos, aunque seamos pecadores, nos asegura que la liberación del pecado es nuestra. "Mientras hay vida, hay esperanza", dice el refrán. La vida es nuestra esperanza.
¡Gracias a Dios por la bendita esperanza! La bendición ha venido a todos los hombres. "Así como por el delito de uno vino la condenación a todos los hombres, así también por la justicia de uno solo, vino a todos los hombres la justificación que da vida" (Rom. 5:18). Dios, que no hace acepción de personas, nos bendijo en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos (Efe. 1:3). El don es nuestro, y se espera que lo guardemos. Si alguien no tiene la bendición, es porque no ha reconocido el don, o bien porque lo ha rechazado deliberadamente.
Una obra consumada
"Cristo nos redimió de la maldición de la ley", del pecado y la muerte. Lo realizó "al hacerse maldición por nosotros", y nos libra así de toda necesidad de pecar. El pecado no puede tener dominio sobre nosotros si aceptamos a Cristo en verdad y sin reservas. Eso era verdad tan actual en los días de Abrahán, Moisés, David e Isaías, como en los nuestros. Más de setecientos años antes de que aquella cruz fuese levantada en el Calvario, Isaías, quien testificó de las cosas que comprendió cuando una brasa encendida tomada del altar purificó su propio pecado, dijo: "Él llevó nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores... fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados, el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos curados... el Eterno cargó sobre él el pecado de todos nosotros" (Isa. 53:4-6). "Yo deshice como a nube tus rebeliones, y como a niebla tus pecados. Vuélvete a mí, porque yo te redimí" (Isa 44:22). Mucho tiempo antes de Isaías, David escribió: "No nos trata como merecen nuestras iniquidades, ni nos paga conforme a nuestros pecados". "Cuanto está lejos el oriente del occidente, alejó de nosotros nuestros pecados" (Sal. 103:10, 12).
"Los que hemos creído entramos en el reposo", puesto que "sus obras estaban acabadas desde la creación del mundo" (Heb. 4:3). La bendición que recibimos es "la bendición de Abrahán". No tenemos otro fundamento que el de los apóstoles y profetas, siendo Cristo mismo la Piedra del ángulo (Efe. 2:20). La salvación que Dios ha provisto es plena y completa. Cuando vinimos al mundo, nos estaba ya esperando. No liberamos a Dios de ninguna carga si la rechazamos, ni le añadimos peso alguno al aceptarla.
"La promesa del Espíritu"
Cristo nos ha redimido "para que por la fe recibamos la promesa del Espíritu". No cometamos el error de leer: '... recibamos la promesa del don del Espíritu'. No dice eso, y no significa eso, como veremos enseguida. Cristo nos ha redimido, y el don del Espíritu prueba ese hecho, ya que es solamente "por el Espíritu eterno" como se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios (Heb. 9:14). De no ser por el Espíritu, nunca nos sabríamos pecadores. Aún menos conoceríamos la redención. El Espíritu convence de pecado y de justicia (Juan 16:8). "El Espíritu es el que testifica, porque el Espíritu es la verdad" (1 Juan 5:6). "El que cree... tiene el testimonio en sí mismo" (vers. 10). Cristo está crucificado en favor de todo hombre. Como ya hemos visto, eso se demuestra por el hecho de que estamos todos bajo la maldición, y sólo Cristo en la cruz puede llevar la maldición. Pero es mediante el Espíritu como Dios mora en la tierra entre los hombres. La fe nos permite recibir su testimonio y gozarnos en aquello que nos asegura la posesión de su Espíritu.
Observa además: se nos da la bendición de Abrahán a fin de que recibamos la promesa del Espíritu. Pero es solamente mediante el Espíritu como viene la promesa. Por lo tanto, la bendición no puede traernos la promesa de que recibiremos el Espíritu, debido a que tenemos ya el Espíritu junto con la promesa. Pero teniendo la bendición del Espíritu -que es la justicia-, podemos estar seguros de recibir aquello que el Espíritu promete a los justos: la herencia eterna. Al bendecir a Abrahán, Dios le prometió una herencia. El Espíritu es “las arras” –prenda o garantía– de toda la bendición.
El Espíritu como garantía de la herencia
Todos los dones de Dios conllevan promesas de mayores bendiciones. Siempre hay mucho más. El propósito de Dios en el evangelio es reunir todas las cosas en Jesucristo, en quien "hemos obtenido también una herencia... y habiendo creído, fuisteis sellados con el Espíritu Santo prometido, que es la garantía de nuestra herencia, hasta que lleguemos a poseerla, para alabanza de su gloria" (Efe. 1:11-14).
Volveremos más adelante a hablar de esa herencia. Por ahora es suficiente con saber que se trata de la herencia prometida a Abrahán, de quien venimos a ser hijos por la fe. La herencia pertenece a todos los que son hijos de Dios por la fe en Jesucristo. Y el Espíritu que sella nuestra filiación es la garantía, las primicias de esa herencia prometida. Aquellos que aceptan la gloriosa liberación –en Cristo– de la maldición de la ley, es decir, la redención, no de la obediencia a la ley (puesto que la obediencia no es una maldición) sino de la desobediencia a la ley, tienen en el Espíritu un anticipo del poder y la bendición del mundo venidero.
15. Hermanos, voy a hablar al modo humano. Un pacto, aunque sea de hombre, una vez ratificado, nadie lo anula ni le añade.
16. Las promesas fueron hechas a Abrahán y a su Descendiente. No dice: "y a sus descendientes", como si hablara de muchos, sino de uno solo: "A tu Descendiente", que es Cristo.
17. Esto, pues, digo: La Ley que vino 430 años después, no abroga el pacto previamente confirmado por Dios, para invalidar la promesa.
18. Porque si la herencia dependiera de la Ley, ya no la concedió a Abrahán mediante la promesa.
A Abrahán se le predicó el evangelio de la salvación para el mundo. Lo creyó, y recibió la bendición de la justicia. Todos los que creen son benditos con el creyente Abrahán. Todos "los que son de la fe, esos son hijos de Abrahán". "Las promesas fueron hechas a Abrahán y a su Descendiente". "Si la herencia dependiera de la Ley, ya no la concedió a Abrahán mediante la promesa". La promesa que se nos hace es la misma que se le hizo a él: la promesa de una herencia en la que participamos como hijos suyos.
"Y a su Descendiente"
No se trata de un simple juego de palabras, sino de un asunto vital. El tema controvertido es el medio de salvación: ¿Es la salvación (1) solamente por Cristo?, (2) por alguna otra cosa?, o bien (3) por Cristo y alguien más, o alguna cosa más? Muchos suponen que han de salvarse a sí mismos haciéndose buenos. Muchos otros creen que Cristo es una ayuda valiosa, un buen Asistente a sus esfuerzos. Otros aún, le darán gustosos el primer lugar, pero no el único lugar. Ven en ellos mismos a unos buenos segundos. El que hace la obra es el Señor, y ellos. Pero el texto estudiado excluye todas esas pretensiones vanas. "No dice: 'Y a sus descendientes'", sino "A tu Descendiente". No a muchos, sino a Uno, "que es Cristo".
No hay dos linajes
Podemos contrastar la descendencia espiritual de Abrahán con su descendencia carnal. "Espiritual" es lo opuesto a "carnal", y los hijos carnales, a menos que sean también hijos espirituales, no tienen parte alguna en la herencia espiritual. Para los hombres que vivimos en el cuerpo, en este mundo, no es ninguna imposibilidad el ser enteramente espirituales. Tales hemos de ser, o en caso contrario no seremos hijos de Abrahán. "Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios" (Rom. 8:8). "La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios" (1 Cor. 15:50). Hay una sola línea de descendientes espirituales de Abrahán; sólo una clase de verdaderos descendientes espirituales: "los que son de la fe", los que, al recibir a Cristo por la fe, reciben potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12).
Muchas promesas en Uno
Si bien el Descendiente es singular, las promesas son plurales. No hay nada que Dios tenga para dar a hombre alguno, que no prometiese ya a Abrahán. Todas las promesas de Dios son transferidas a Cristo, en quien creyó Abrahán. "Todas las promesas de Dios son 'sí' en él. Por eso decimos 'amén' en él, para gloria de Dios" (2 Cor. 1:20).
La herencia prometida
En Gálatas 3:15 al 18 se ve claramente que lo prometido, y la suma de todas las promesas, es una herencia. Dice el versículo 16 que la ley, que vino cuatrocientos treinta años después que la promesa fuese dada y confirmada, no puede anular a ésta última. "Si la herencia dependiera de la Ley, ya no la concedió a Abrahán mediante la promesa". Puede saberse cuál es la promesa, al relacionar el versículo precedente con éste otro: "No fue por la Ley, como Abrahán y sus descendientes recibieron la promesa de que serían herederos del mundo, sino por la justicia que viene por la fe" (Rom. 4:13). Aunque "los cielos y la tierra de ahora son... guardados para el fuego del día del juicio, y de la destrucción de los hombres impíos", en ese día en que "los cielos serán encendidos y deshechos, y los elementos se fundirán abrasados por el fuego"; no obstante, nosotros, "según su promesa, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, donde habita la justicia" (2 Ped. 3:7, 12 y 13). Es la patria celestial que esperaron también Abrahán, Isaac y Jacob.
Una herencia libre de maldición
"Cristo nos redimió de la maldición... para que por la fe recibamos la promesa del Espíritu". Esa promesa del Espíritu hemos visto que es la posesión de la tierra renovada, es decir, redimida de la maldición. Porque "la misma creación será librada de la esclavitud de la corrupción, para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Rom. 8:21). La tierra, recién salida de las manos del Creador, nueva, fresca y perfecta en todo respecto, le fue entregada al hombre en posesión (Gén. 1:27, 28 y 31). El hombre pecó, trayendo así la maldición. Cristo tomó sobre sí la plenitud de la maldición, tanto la del hombre como la de toda la creación. Redime a la tierra de la maldición, a fin de que pueda ser la eterna posesión que Dios dispuso originalmente que fuera; y redime asimismo al hombre de la maldición a fin de capacitarlo para poseer una herencia tal. Ese es el resumen del evangelio. "El don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rom. 6:23). Ese don de la vida eterna está incluido en la promesa de la herencia, ya que Dios prometió a Abrahán y su simiente la tierra "en herencia eterna" (Gén. 17:8). Se trata de una herencia de justicia, puesto que la promesa de que Abrahán sería heredero del mundo fue mediante la justicia que viene por la fe. La justicia, la vida eterna, y un lugar en donde vivir eternamente, los tres están incluidos en la promesa, y constituyen todo lo que cabe desear o recibir. Redimir al hombre, sin darle un lugar en donde vivir, sería una obra inconclusa. Las dos acciones son partes de un todo. El poder por el que somos redimidos es el poder de la creación, aquel por el que los cielos y la tierra serán renovados. Cuando todo sea cumplido, "ya no habrá maldición alguna" (Apoc. 22:3).
Los pactos de la promesa
El pacto y la promesa de Dios son una y la misma cosa. Se ve claramente en Gálatas 3:17, donde Pablo manifiesta que anular el pacto dejaría sin efecto la promesa. En Génesis 17 leemos que hizo un pacto con Abrahán para darle la tierra de Canaán como posesión eterna (vers. 8). Gálatas 3:18 dice que Dios se la dio mediante la promesa. Los pactos de Dios con el hombre no pueden ser otra cosa que promesas al hombre: "¿Quién le dio a él primero, para que sea recompensado? Porque todas las cosas son de él, por él y para él" (Rom. 11:35 y 36).
Después del diluvio, Dios hizo un pacto con todo ser viviente de la tierra: aves, animales, y toda bestia. Ninguno de ellos prometió nada a cambio (Gén. 9:9-16). Simplemente recibieron el favor de manos de Dios. Eso es todo cuanto podemos hacer: recibir. Dios nos promete todo aquello que necesitamos, y más de lo que podemos pedir o imaginar, como un don. Nosotros nos damos a Él; es decir, no le damos nada. Y Él se nos da a nosotros; es decir, nos lo da todo. Lo que complica el asunto es que, incluso aunque el hombre esté dispuesto reconocer al Señor en todo, se empeña en negociar con Él. Quiere elevarse hasta un plano de semejanza con Dios, y efectuar una transacción de igual a igual con Él. Pero todo el que pretenda tener tratos con Dios, lo ha de hacer en los términos que Él establece, es decir, sobre la base de que no tenemos nada, y de que no somos nada. Y de que Él lo tiene todo, lo es todo, y es quien lo da todo.
El pacto, ratificado
El pacto (es decir, la promesa divina de dar al hombre toda la tierra renovada, tras haberla rescatado de la maldición), fue "previamente confirmado por Dios". Cristo es el garante del nuevo pacto, del pacto eterno, "porque todas las promesas de Dios son sí en él. "Por eso decimos 'amén' en él, para gloria de Dios" (2 Cor. 1:20). La herencia es nuestra en Jesucristo (1 Ped. 1:3 y 4), ya que el Espíritu Santo es las primicias de la herencia, y la posesión del Espíritu Santo es Cristo mismo, morando en el corazón por la fe. Dios bendijo a Abrahán, diciendo: "Por medio de ti serán benditas todas las naciones", y eso se cumple en Cristo, a quien Dios envió para que nos bendijese, para que cada uno se convierta de su maldad (Hech. 3:25 y 26).
Fue el juramento de Dios lo que ratificó el pacto establecido con Abrahán. Esa promesa y ese juramento hechos a Abrahán son el fundamento de nuestra esperanza, nuestro "fortísimo consuelo" (Heb. 6:18). Son "una segura y firme ancla" (vers. 19), porque el juramento establece a Cristo como la garantía, la seguridad, y Cristo "está siempre vivo" (Heb. 7:25). "Sostiene todas las cosas con su poderosa Palabra" (Heb. 1:3). "Todas las cosas subsisten en él" (Col. 1:17). "Por eso, cuando Dios quiso mostrar a los herederos de la promesa, la inmutabilidad de su propósito, interpuso un juramento" (Heb. 6:17). En él radica nuestro consuelo y esperanza de escapar y guardarnos del pecado. Cristo puso como garantía su propia existencia, y con ella la de todo el universo, para nuestra salvación. ¿Puedes imaginar un fundamento más firme para nuestra esperanza, que el de su poderosa Palabra?
La ley no puede anular la promesa
A medida que avanzamos hay que recordar que el pacto y la promesa son una y la misma cosa, y que incluyen la tierra, la tierra nueva que se ha de dar a Abrahán y a sus hijos. Es también necesario recordar que, puesto que solamente la justicia puede morar en los nuevos cielos y tierra, la promesa incluye el hacer justos a todos los que creen. Eso se efectúa en Cristo, en quien halla confirmación la promesa. "Un pacto, aunque sea de hombre, una vez ratificado, nadie lo anula ni le añade"; ¡cuánto menos tratándose del pacto de Dios!
Por lo tanto, puesto que se nos ha dado seguridad de la justicia eterna mediante el "pacto" hecho con Abrahán, que fue confirmado en Cristo por el juramento de Dios, es imposible que la ley proclamada cuatrocientos treinta años más tarde pudiese introducir ningún elemento nuevo. A Abrahán le fue dada la herencia mediante la promesa. Pero si cuatrocientos treinta años después viniese a resultar que ahora había que conseguir la herencia de alguna otra forma, eso dejaría sin efecto la promesa, y el pacto quedaría anulado. Pero eso implicaría la disolución del gobierno de Dios y el final de su existencia, puesto que Él puso su misma existencia como prenda o garantía de que daría a Abrahán y a su simiente la herencia, y la justicia requerida para poseerla. "Porque no fue por la Ley, como Abrahán y sus descendientes recibieron la promesa de que serían herederos del mundo, sino por la justicia que viene por la fe" (Rom. 4:13). El evangelio fue tan pleno y completo en los días de Abrahán, como siempre lo haya sido o pueda llegar a serlo. Tras el juramento de Dios a Abrahán, no es posible hacer adición o cambio alguno a sus provisiones o condiciones. No es posible restarle nada a la forma en la que entonces existía, y nada puede ser requerido de hombre alguno, que no lo fuese igualmente de Abrahán.
19. Entonces, ¿para qué sirve la Ley? Fue dada por causa de las transgresiones, hasta que viniera el Descendiente, a quien se refiere la promesa. La Ley fue promulgada por ángeles, por medio de un mediador.
"¿Para qué sirve la Ley?". El apóstol Pablo hace esta pregunta a fin de poder mostrar de la forma más enfática el papel de la ley en el evangelio. La pregunta es muy lógica. Puesto que la herencia viene enteramente por la promesa, y un "pacto" que ha sido confirmado no puede ser alterado (no se le puede añadir ni quitar nada), ¿cuál fue el objeto de enviar la ley cuatrocientos treinta años después?, "¿para qué sirve la ley?", ¿qué hace aquí?, ¿qué papel desempeña?
"Fue dada por causa de las transgresiones". Hay que entender con claridad que la promulgación de la ley en Sinaí no fue el principio de su existencia. Existía en los días de Abrahán, y éste la obedeció (Gén. 26:5). Existía antes de ser pronunciada en el Sinaí (ver Éx. 16:1-4, 27 y 28). Fue "dada", en el sentido de que en el Sinaí se la proclamó de forma explícita, in extenso.
"Por causa de las transgresiones". "La Ley vino para que se agrandara el pecado" (Rom. 5:20). En otras palabras, "para que por el Mandamiento se viera la malignidad del pecado" (Rom. 7:13). Fue promulgada bajo las circunstancias de la más terrible majestad, como una advertencia a los hijos de Israel de que mediante su incredulidad estaban en peligro de perder la herencia prometida. A diferencia de Abrahán, no creyeron al Señor, y "todo lo que no procede de la fe, es pecado" (Rom. 14:23). Pero la herencia había sido prometida "por la justicia que viene por la fe" (Rom. 4:13). Por lo tanto, los judíos incrédulos no podían recibirla.
Así pues, la ley les fue dada para convencerlos de que carecían de la justicia necesaria para poseer la herencia. Si bien la justicia no viene por la ley, ha de estar "respaldada [atestiguada: N.T. Interl.] por la Ley" (Rom. 3:21). Resumiendo, se les dio la ley para que viesen que no tenían fe, y que por lo tanto, no eran verdaderos hijos de Abrahán, y estaban en camino de perder la herencia. Dios habría puesto su ley en los corazones de ellos tal como había hecho ya con Abrahán, en caso de que hubiesen creído como él. Pero dado que habían dejado de creer, y sin embargo mantenían aún la pretensión de ser herederos de la promesa, era necesario mostrarles de la forma más contundente que la incredulidad es pecado. La ley fue dada por causa de las transgresiones, o -lo que es lo mismo- a causa de la incredulidad del pueblo.
La confianza propia es pecado
El pueblo de Israel estaba lleno de confianza propia y de incredulidad hacia Dios, como demostraron en su murmuración contra la dirección divina, y por su seguridad de poder realizar todo lo que Dios requería, de poder cumplir sus promesas. Manifestaban el mismo espíritu que sus descendientes, quienes preguntaron: "¿Qué haremos para realizar las obras de Dios?" (Juan 6:28). Ignoraban de tal modo la justicia de Dios, que pensaban que podían establecer la suya propia a modo de equivalente (Rom. 10:3). A menos que vieran su pecado, de nada iba a valerles la promesa. De ahí la necesidad de presentarles la ley.
El ministerio de los ángeles
"¿No son todos ellos espíritus servidores, enviados para ayudar a los que han de heredar la salvación?" (Heb. 1:14). No nos es dado saber cuál era exactamente el papel de los millares de ángeles que estuvieron presentes en el Sinaí. Pero sabemos que los ángeles tienen un profundo e íntimo interés en todo lo que concierne al hombre. Cuando se pusieron los fundamentos de la tierra, "se regocijaban todos los hijos de Dios" (Job. 38:7). Una multitud, de entre la hueste celestial, entonaba cánticos de alabanza en la anunciación del nacimiento del Salvador de los hombres. Esos seres "poderosos en fortaleza" asisten al Rey de reyes, y se aprestan a hacer su voluntad, ejecutando sus órdenes y obedeciendo su palabra (Sal. 103:20 y 21). El hecho de que estuvieran presentes al ser dada la ley demuestra que se trataba de un evento de la mayor trascendencia y del más profundo significado.
Por medio de un mediador
Así es como se dio la ley en el Sinaí. ¿Quién fue ese Mediador? No cabe más que una respuesta: "Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre" (1 Tim. 2:5). Sin embargo, "el mediador no representa a uno solo, aunque Dios es uno". Dios y Jesucristo son Uno. Jesucristo es al mismo tiempo Dios y hombre. Al mediar entre Dios y el hombre, Jesucristo representa a Dios ante el hombre, y al hombre ante Dios. "Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo" (2 Cor. 5:19). No hay, ni puede haber, otro mediador entre Dios y el ser humano. "En ningún otro hay salvación, porque no hay otro Nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos" (Hech. 4:12).
La obra de Cristo como mediador
El hombre se ha extraviado de Dios, y se ha rebelado contra Él. "Todos nos descarriamos como ovejas" (Isa. 53:6). Nuestras iniquidades nos han separado de nuestro Dios (Isa. 59:1 y 2). "La inclinación de la carne es contraria a Dios, y no se sujeta a la Ley de Dios, ni tampoco puede" (Rom. 8:7). Cristo vino a fin de destruir la enemistad y reconciliarnos con Dios; Él es nuestra paz (Efe. 2:14-16). "Cristo padeció una vez para siempre por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios" (1 Ped. 3:18). Por medio de Él tenemos acceso a Dios (Rom. 5:1 y 2; Efe. 2:18). En Él es quitada la mente carnal, la mente rebelde, y se da en su lugar la mente del Espíritu, "para que la justicia que quiere la Ley se cumpla en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu" (Rom. 8:4). La obra de Cristo es salvar aquello que se había perdido, restaurar lo que se quebrantó, reunir lo que se había separado. Su nombre es "Dios con nosotros". Cuando Él mora en nosotros, somos hechos participantes "de la naturaleza divina" (2 Ped. 1:4).
La obra mediadora de Cristo no está limitada en el tiempo ni en el alcance. Ser mediador significa más que ser intercesor. Cristo era mediador antes de que el pecado entrara en el mundo, y será mediador cuando el pecado no exista más en el universo y no haya necesidad alguna de perdón. "Todas las cosas subsisten en él". Es la misma "imagen del Dios invisible". Él es la vida. Solo en Él y por medio de Él fluye la vida de Dios a toda la creación. Por lo tanto, Él es el medio, el mediador, la manera por la que la luz de la vida alumbra al universo. No se convirtió en mediador cuando el hombre cayó, sino que lo era desde la eternidad. Nadie, no solamente ningún hombre, sino ningún ser creado, viene al Padre sino por Cristo. Ningún ángel puede estar en la divina presencia, sino en Cristo. La entrada del pecado en el mundo no requirió el desarrollo de ningún nuevo poder, o la puesta en marcha de ningún dispositivo nuevo. El poder que había creado todas las cosas no hizo más que continuar, en la infinita misericordia de Dios, para la restauración de lo que se había perdido. Todas las cosas fueron creadas en Cristo; por lo tanto, tenemos redención en su sangre (Col. 1:14-17). El poder que anima y sostiene al universo es el mismo poder que nos salva. "A Aquel que es poderoso para hacer infinitamente más que todo cuanto pedimos o entendemos, por el poder que opera en nosotros; a él sea la gloria en la iglesia por Cristo Jesús, por todas edades, por los siglos de los siglos. Amén" (Efe. 3:20 y 21). (Ver Apoc. 4:11, en relación con 5:9, N.T.).
21. Luego ¿es la Ley contraria a las promesas de Dios? ¡De ninguna manera! Porque si la Ley pudiera vivificar, la justicia vendría realmente por la Ley.
22. Pero la Escritura encerró todo bajo pecado, para que la promesa fuese dada a los creyentes por medio de la fe en Jesucristo.
"¿Es la Ley contraria a las promesas de Dios? ¡De ninguna manera!" Si lo fuera, la ley no habría sido dada "por medio de un mediador", Jesucristo, ya que todas las promesas de Dios son 'Sí' en Él (2 Cor. 1:20). En Cristo encontramos combinadas la ley y la promesa. Podemos saber que la ley no iba, y no va contra la promesa, por el hecho de que fue Dios quien dio tanto la una como la otra. Sabemos igualmente que la proclamación de la ley no introdujo ningún elemento nuevo en el "pacto". Puesto que el pacto había sido confirmado, nada podía añadirse, ni serle quitado. Pero la ley no es algo inútil, ya que en ese caso Dios no la habría dado. El que guardemos o no la ley no es un asunto opcional, pues Dios mismo la ordenó. Pero al mismo tiempo, no va contra la promesa, ni introduce ningún elemento en ella. ¿Por qué? Sencillamente, porque la ley está incluida en la promesa. La promesa del Espíritu dice: "Pondré mis leyes en la mente de ellos, las escribiré sobre su corazón" (Heb. 8:10). Eso es exactamente lo que Dios hizo con Abrahán al darle el pacto de la circuncisión. (Rom. 4:11; 2:25-29; Fil. 3:3).
La ley magnifica la promesa
La ley es justicia, como Dios declara: "Oídme, los que conocéis justicia, pueblo en cuyo corazón está mi Ley" (Isa. 51:7). La justicia que la ley requiere es la única justicia que puede heredar la tierra prometida. Se la obtiene, no por las obras de la ley, sino por la fe. La justicia de la ley no se obtiene mediante esfuerzos por guardar la ley, sino por la fe (Rom. 9:30-32). Por lo tanto, cuanto mayor sea la justicia que la ley requiere, más engrandecida resulta la promesa de Dios, pues Él ha prometido dar esa justicia a todos los que creen. Sí, ¡lo ha jurado! Por lo tanto, cuando fue dada la ley en el Sinaí, "en medio del fuego, la nube y la oscuridad, con potente voz" (Deut. 5:22), con sonido de trompeta de Dios, con temblor de tierra ante la presencia del Señor y sus santos ángeles, se mostró la inefable grandeza y majestad de la ley de Dios. Para todo aquel que recordase el juramento de Dios a Abrahán, fue una revelación de la sobrecogedora grandeza de la promesa de Dios, puesto que juró que daría toda la justicia que la ley demanda a quienquiera que confiase en Él. La voz atronadora con la que se pronunció la ley fue la misma que en las cimas de las montañas proclamó las buenas nuevas de la gracia salvadora de Dios (Isa. 40:9). Los preceptos de Dios son promesas. No puede ser de otra manera, pues Él sabe que no tenemos poder alguno. ¡Todo lo que el Señor requiere, Él mismo lo da! Cuando dice "no harás..." podemos tomarlo como la seguridad que Él nos da de que si simplemente creemos, nos preservará del pecado contra el que advierte en ese precepto.
Justicia y vida
"Si la Ley pudiera vivificar, la justicia vendría realmente por la Ley". Eso demuestra que la justicia es vida. No se trata de una mera fórmula, de una teoría muerta o de un dogma, sino de acción vital. Cristo es la vida, y Él es, por consiguiente, nuestra justicia. La ley escrita en dos tablas de piedra no podía dar vida; no más de la que puede dar la piedra sobre la que estaba escrita. Todos sus preceptos son perfectos, pero su expresión escrita en caracteres esculpidos sobre la piedra no puede transformarse por sí misma en acción. El que recibe la ley solamente en la letra, posee el "ministerio de condenación" y muerte (2 Cor. 3:9). Pero "el Verbo [la Palabra] se hizo carne". En Cristo, la Piedra viviente, la ley es vida y paz. Recibiéndolo a Él por "el ministerio del Espíritu" (2 Cor. 3:8), poseemos la vida de justicia que la ley aprueba.
El versículo veintiuno muestra que la ley fue dada para enfatizar la grandeza de la promesa. Todas las circunstancias que acompañaron la promulgación de la ley –la trompeta, las voces, el terremoto, el fuego, la tempestad, los relámpagos y truenos, la barrera de muerte en torno al monte–, indicaban que la ley "obra ira" en los "hijos de desobediencia" (Rom. 4:15; Efe. 5:6). Pero el hecho mismo de que la ley obre ira solamente en los hijos de desobediencia muestra que la ley es buena, y que "el que hace estas cosas, vivirá por ellas" (Rom. 10:5). ¿Era el propósito de Dios desalentar a su pueblo? De ninguna manera. Es necesario obedecer la ley, y los terrores del Sinaí tenían por objeto llevarlos de nuevo al juramento que Dios hizo cuatrocientos treinta años antes; juramento que ha de permanecer para todo hombre en todo tiempo, como la seguridad de la justicia que viene mediante el Salvador crucificado que vive por siempre.
Aprendiendo a sentir nuestra necesidad
Refiriéndose al Consolador, Jesús dijo: "Cuando él venga convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio" (Juan 16:8). Dijo de sí mismo: "No he venido a llamar a justos, sino a pecadores". "Los sanos no necesitan médico, sino los enfermos" (Mar. 2:17). Uno ha de reconocer su necesidad, antes de poder aceptar la ayuda; ha de saberse enfermo, para recibir el remedio.
De igual forma, la promesa de la justicia pasará totalmente inadvertida para aquel que no se reconoce pecador. Por lo tanto, la primera parte de la obra consoladora del Espíritu Santo consiste en convencer a los hombres de pecado. "La Escritura encerró todo bajo pecado, para que la promesa fuese dada a los creyentes por medio de la fe en Jesucristo" (Gál. 3:22). "Por la Ley se alcanza el conocimiento del pecado" (Rom. 3:20). El que se sabe pecador, está en el camino del conocimiento, y "si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de todo mal" (1 Juan 1:9).
Así, la ley es, en las manos del Espíritu, un agente activo que induce a los hombres a que acepten la plenitud de la promesa. Nadie odiará a aquel que le salvó la vida señalándole un peligro que le era desconocido. Al contrario, recibirá la consideración de amigo y será recordado siempre con gratitud. Así es como verá la ley quien haya sido avisado por su voz de advertencia, a fin de que huya de la ira que vendrá. Dirá con el salmista: "Los pensamientos vanos aborrezco; mas amo tu ley" (Sal. 119:113).
23. Antes que viniese la fe, estábamos guardados por la Ley, reservados [encerrados, N.T. Interl.] para la fe que iba a ser revelada.
Observa la similitud entre los versículos 8 y 22: "Pero la Escritura encerró todo bajo pecado, para que la promesa fuese dada a los creyentes por medio de la fe en Jesucristo" (vers. 22). "La Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, de antemano anunció el evangelio a Abrahán, al decirle: 'Por medio de ti serán benditas todas las naciones' " (vers. 8). Vemos que la Escritura que predica el evangelio es la misma que "encerró" a todos los hombres bajo pecado. Por supuesto, el que está encerrado bajo la ley es un prisionero. En los gobiernos terrenales, un criminal resulta apresado tan pronto como la ley logra "atraparlo". La ley de Dios es omnipresente, y está siempre activa. Por lo tanto, en el momento en que el hombre peca, resulta encerrado o aprisionado. Tal es la condición del mundo entero, "por cuanto todos pecaron", y "no hay justo, ni aun uno".
Aquellos desobedientes a quienes Cristo predicó en los días de Noé estaban en prisión (1 Ped. 3:19 y 20). Pero como el resto de pecadores, eran "presos de esperanza" (Zac. 9:12). "El Eterno miró desde lo alto de su Santuario, miró desde el cielo a la tierra, para escuchar el gemido de los presos, y librar a los sentenciados a muerte" (Sal. 102:19 y 20). Cristo se da "por pacto del pueblo, por luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques de la cárcel a los presos, y de prisión a los que están en tinieblas" (Isa. 42:6 y 7).
Si es que no conocieses aún el gozo y la libertad del Señor, permite que te hable desde mi experiencia personal. Algún día no muy lejano, quizá sea hoy mismo, el Espíritu de Dios te hará sentir profunda convicción de pecado. Puedes haber estado lleno de dudas y vacilaciones, puedes haber buscado toda clase de excusas y evasivas, pero al llegar ese momento no tendrás nada que replicar. No tendrás entonces duda alguna con respecto a la realidad de Dios y el Espíritu Santo, y no necesitarás argumento alguno que te asegure de ella. Reconocerás la voz de Dios hablando a tu alma, y tu clamor será como el del antiguo Israel: "no hable Dios con nosotros, para que no muramos" (Éx. 20:19). Sabrás entonces lo que significa estar "encerrado" en una prisión cuyas paredes sentirás tan próximas a ti, que además de hacer imposible tu huida parezcan asfixiarte. Los relatos de personas que fueron condenadas a ser enterradas en vida bajo una pesada losa se tornarán extrañamente vívidos y reales cuando sientas como si las tablas de la ley aplastaran tu vida, y tu corazón se quebrantase bajo la acometida de una implacable mano de piedra. En ese punto te proporcionará gran gozo recordar que estás "encerrado" solamente con el propósito de que 'por la fe recibas la promesa del Espíritu' "en Cristo Jesús" (Gál. 3:14). Tan pronto como te aferres a esa promesa, descubrirás que es la llave para abrir todas las puertas de tu "Castillo de la duda" (El Progreso del Peregrino). Las puertas de la prisión se abrirán entonces de par en par, y dirás: "Escapamos cual ave del lazo del cazador, se quebró el lazo, y escapamos" (Sal. 124:7).
Bajo la ley, bajo pecado
Antes que viniese la fe, estábamos encerrados bajo la ley, estábamos prisioneros para la fe que había de manifestarse después. Sabemos que todo lo que no es de fe, es pecado (Rom. 14:23). Por lo tanto, estar "bajo la ley" es lo mismo que estar bajo pecado. La gracia de Dios trae salvación del pecado, de tal manera que cuando creemos en la gracia de Dios dejamos de estar bajo la ley, pues somos libertados del pecado. Por consiguiente, los que están bajo la ley son los transgresores de la ley. Los justos no están bajo la ley, sino que caminan en ella.
24. Así, la Ley fue nuestro tutor para llevarnos a Cristo, para que seamos justificados por la fe.
"Tutor" se ha traducido de la voz griega paidagogos, o pedagogo. El pedagogo era un esclavo del padre de familia y tenía por misión acompañar al niño a la escuela, asegurándose de que la disipación y el juego no malograban su instrucción. Si el infante intentaba escapar, el pedagogo tenía que traerlo de vuelta al camino, y tenía autoridad incluso para emplear métodos físicos de corrección. "Tutor" o "instructor" no son buenas traducciones del término griego. La idea es más bien la de guardián o vigilante. El niño sometido a su custodia, aun teniendo un rango superior, está de hecho privado de libertad, como si estuviera en prisión. Todo aquel que no cree está bajo pecado, encerrado bajo la ley, y por lo tanto, la ley actúa como su guardián o vigilante. La ley lo mantendrá esclavo. El culpable no puede escapar en su culpa. Aunque Dios es misericordioso y clemente, "de ningún modo tendrá por inocente al malvado" (Éx. 34:6 y 7). Es decir, jamás mentirá diciendo que lo malo es bueno. Lo que hace es proveer un remedio en el que el culpable pueda quedar libre de su culpa. Entonces la ley dejará de coartar su libertad y podrá caminar libre en Cristo.
Libertad en Cristo
Cristo dice: "Yo soy la puerta" (Juan 10:9). Él es igualmente el redil, y también el Pastor. El hombre supone que es libre saliendo fuera del redil, y piensa que venir al redil significa poner cortapisas a su libertad; sin embargo, es exactamente al revés. El redil de Cristo es un "lugar amplio", mientras que la incredulidad es una prisión estrecha. La amplitud de pensamiento del pecador nunca puede superar el ámbito de lo estrecho. El verdadero libre-pensador es aquel que comprende "bien con todos los santos, la anchura y la longitud, la profundidad y la altura del amor de Cristo, y [conoce] ese amor que supera a todo conocimiento" (Efe. 3:18 y 19). Fuera de Cristo no hay más que esclavitud. Sólo en Él hay libertad. Fuera de Cristo, el hombre está en prisión: "su propio pecado lo sujeta como un lazo" (Prov. 5:22).
"El poder del pecado es la Ley" (1 Cor. 15:56). Es la ley la que declara pecador al hombre, y le hace consciente de su condición. "Por la Ley se alcanza el conocimiento del pecado", y "el pecado no se imputa donde no hay ley" (Rom. 3:20; 5:13). La ley conforma las paredes de la prisión del pecador. Lo encierra en ella, haciéndole sentir incómodo, oprimido por el sentido del pecado, como si fuera a privarle de la vida. El pecador se debate en vanos y frenéticos esfuerzos por escapar, pero los mandamientos se erigen a modo de inexpugnables muros a su alrededor. Vaya en la dirección que vaya, se tropieza con un mandamiento que le dice: 'Nunca puedes encontrar la libertad por mí, puesto que has pecado'. Si procura ponerse a buenas con la ley y promete obedecerla, su situación no mejora en nada, ya que su pecado permanece de todos modos. La ley lo aguijonea, y lo lleva a la única vía de escape: "la promesa... por medio de la fe en Jesucristo". En Cristo es hecho verdaderamente libre, ya que es hecho justicia de Dios en Él. En Cristo está la perfecta ley de la libertad.
La ley predica el evangelio
Toda la creación habla de Cristo, proclamando el poder de su salvación. Cada fibra del ser humano clama por Cristo. Aunque el hombre pueda no saberlo, Cristo es el "Deseado de todas las gentes" (Hag. 2:7). Sólo Él colma de "bendición a todo viviente" (Sal. 145:16). Solamente en Él se encuentra el remedio para la inquietud y anhelo del mundo.
Puesto que Cristo -en quien hay paz, ya que "Él es nuestra paz"– está buscando a los que están fatigados y cargados, y los llama a venir a Él; y teniendo en cuenta que todo hombre tiene anhelos que ninguna otra cosa en el mundo puede colmar, queda claro que si la ley despierta en el hombre una percepción clara de su condición, y la ley continúa aguijoneándolo, no dándole descanso, impidiéndole cualquier otra vía de escape, el hombre acabará por encontrar la puerta de salvación, puesto que ¡está abierta de par en par! Cristo es la ciudad de refugio a donde puede huir todo aquel que se encuentre asediado por el vengador de la sangre, con la seguridad de que será bienvenido. Solamente en Cristo hallará el pecador descanso del látigo de la ley, porque en Cristo se cumple en nosotros la justicia de la ley (Rom. 8:4). La ley no permitirá a nadie ser salvo, a menos que posea "la justicia que viene de Dios por la fe" (Fil. 3:9), la fe de Jesús.
25. Y como vino la fe, ya no estamos bajo tutor.
26. Así, todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.
"La fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Cristo" (Rom. 10:17). Cuando el hombre recibe la Palabra de Dios, la palabra de la promesa que trae con ella la plenitud de la ley, y en lugar de luchar en su contra, se somete a ella, le "vino la fe". El capítulo undécimo de Hebreos demuestra que la fe vino desde el principio. Desde los días de Abel, el hombre ha encontrado la libertad por medio de la fe. La fe puede venir hoy, ahora. "Ahora es el tiempo aceptable, ahora es el día de la salvación" (2 Cor. 6:2). "Si hoy oís su voz, no endurezcáis vuestro corazón" (Heb. 3:7).
27. Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos.
"¿No sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?" (Rom. 6:3). Es por su muerte como Cristo nos redime de la maldición de la ley, pero nosotros tenemos que morir con Él. El bautismo es "una muerte semejante a la suya" (Rom. 6:5). Resucitamos para andar "en novedad de vida", la vida de Cristo (ver Gál. 2:20). Habiendo sido revestidos de Cristo, somos uno en Él. Estamos completamente identificados con Él. Nuestra identidad se pierde en la suya. Oímos frecuentemente decir de quien se ha convertido: 'Ha cambiado tanto, que a duras penas lo reconocerías. No es el mismo'. No; no lo es. Dios ha hecho de él otro hombre. Por lo tanto, siendo uno con Cristo, le pertenece todo lo que es de Cristo, incluyendo un sitio en los "lugares celestiales" en donde Cristo mora. Desde la cárcel del pecado se lo exalta hasta la morada de Dios. Ahora bien, eso presupone que el bautismo sea para él una realidad, no una simple formalidad externa. No es solamente en el agua visible en la que se bautiza, sino "en Cristo", en la vida de Él.
¿Cómo nos salva el bautismo?
El vocablo griego que traducimos por "bautizar", significa sumergir. El herrero griego bautizaba en agua el material que forjaba con el objeto de enfriarlo. El ama de casa bautizaba su colada para lavarla. Y con el mismo propósito bautizaban todos sus manos en agua. Sí, y todos acudían con frecuencia al baptisterion –o estanque– con similar propósito. De ahí tomamos nuestra voz baptisterio (o bautisterio). Era y es un lugar en donde uno podía sumergirse totalmente bajo el agua.
La expresión "bautizados en Cristo" indica cuál ha de ser nuestra relación con Él. Debemos resultar sorbidos y perdidos de vista en su vida. Entonces sólo se verá a Cristo, de forma que ya no vivo yo, puesto que "fuimos sepultados junto con él para muerte por medio del bautismo" (Rom. 6:4). El bautismo nos salva "por la resurrección de Jesucristo" (1 Ped. 3:21) puesto que somos bautizados en su muerte "a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en nueva vida". "Si fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo; mucho más... seremos salvos por su vida" (Rom. 5:10). Por lo tanto, el bautismo en Cristo –no la mera forma sino el hecho– nos salva.
El bautismo significa "una buena conciencia" ante Dios (1 Ped. 3:21). En ausencia de ésta, no hay bautismo cristiano. Por lo tanto, el candidato al bautismo debe tener la edad suficiente como para poder tener "conciencia" del hecho. Debe tener conciencia de pecado, y también del perdón mediante Cristo. Ha de conocer la vida que entonces se manifiesta, y ha de deponer voluntariamente su antigua vida de pecado, para entregarse a una nueva vida de justicia.
El bautismo no consiste en quitar "las impurezas del cuerpo" (1 Ped. 3:21) ni tampoco en la limpieza exterior de ese cuerpo, sino en "una conciencia buena como respuesta hacia Dios" (N. T. Interl.), una purificación del alma y la conciencia. Hay un manantial abierto, para lavar el pecado y la inmundicia (Zac. 13:1), y por ese manantial fluye la sangre de Jesús. La vida de Cristo mana desde el trono de Dios, "en medio" del cual está de pie "un Cordero como si hubiera sido inmolado" (Apoc. 5:6), tal como manó del costado herido de Cristo, en la cruz. Cuando "por el Espíritu Eterno se ofreció sin mancha a Dios" (Heb. 9:14), de su costado herido brotó agua y sangre (Juan 19:34). "Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla y lavarla en el lavado del agua, por la Palabra [literalmente: baño de agua en la palabra]" (Efe. 5:25 y 26). Al ser enterrado en agua en el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, el creyente da fe de su aceptación voluntaria del agua de vida, la sangre de Cristo, que purifica de todo pecado, y de que se dispone desde entonces a vivir de toda palabra procedente de la boca de Dios. Desde ese momento se pierde a sí mismo de vista, y sólo la vida de Cristo se manifiesta en su carne mortal.
28. Ya no hay judío ni griego, ni siervo ni libre, ni hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.
29. Y ya que sois de Cristo, de cierto sois descendientes de Abrahán, y conforme a la promesa, herederos.
"No hay diferencia" (Rom. 3:22; 10:12). Es la nota tónica del evangelio. Todos son pecadores por igual, y todos son salvos de la misma manera. Quien pretendiese hacer diferencia en razón de la nacionalidad –judío o gentil— la podría hacer igualmente a propósito del sexo –varón o hembra– o de la condición social –amo o esclavo– etc. Pero no hay diferencia. Todos los seres humanos son iguales ante Dios, sin importar la raza o condición. "Sois uno en Cristo Jesús", y el Uno es Cristo. "No dice: 'Y a sus descendientes', como si hablara de muchos, sino de uno solo: 'A tu Descendiente', que es Cristo" (Gál. 3:16). No hay más que una descendencia, pero abarca a todos los que son de Cristo.
Ser revestidos de Cristo significa ser vestidos "del nuevo hombre, creado para ser semejante a Dios en justicia y santidad" (Efe. 4:24). Abolió en su carne la enemistad, la mente carnal, "para crear en sí mismo de los dos un nuevo hombre, haciendo la paz" (Efe. 2:15). Él es el auténtico Hombre, "Jesucristo hombre". Fuera de Él no existe verdadera humanidad. Llegamos "a un varón perfecto" solamente en la "medida de la edad de la plenitud de Cristo" (Efe. 4:13). En la plenitud del tiempo, Dios reunirá todas las cosas en Cristo. No habrá más que un solo Hombre, y solamente su justicia, en la medida en que el "Descendiente" es uno. "Y ya que sois de Cristo, de cierto sois descendientes de Abrahán, y conforme a la promesa, herederos".
El "Descendiente" es Cristo. Así lo declara el texto. Pero Cristo no vivió para sí mismo. Ganó una herencia, no para sí mismo, sino para sus hermanos. El propósito de Dios es reunir en Cristo, "bajo una sola cabeza, todo lo que está en el cielo y lo que está en la tierra" (Efe. 1:10). Un día pondrá fin a todas las divisiones, sean de la clase que sean, y lo hace ya ahora en aquellos que lo aceptan. En Cristo no hay distinciones de nacionalidad, clase o rango. El cristiano piensa de cualquier otra persona –inglés, alemán, francés, ruso, turco, chino o africano– simplemente como de una persona, y por lo tanto, como un posible heredero de Dios mediante Cristo. Si esa otra persona, de la raza o condición que sea, se hace también cristiano, los lazos vienen a ser mutuos, y por lo tanto aún más fuertes. "Ya no hay judío ni griego, ni siervo ni libre, ni hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús".
Esa es la razón que hace imposible que un cristiano haga la guerra. El cristiano no conoce distinción de nacionalidad, sino que ve a su hermano en todo hombre. La vida de Cristo es su vida, puesto que es uno con Cristo. Le será tan imposible entregarse a la lucha, como habría sido para Cristo el blandir la espada y pelear en defensa propia, ante el ataque de los soldados romanos. Y dos cristianos no pueden luchar entre sí más de lo que Cristo puede luchar contra sí mismo.
No obstante, la guerra no es ahora el objeto de nuestro estudio, sino el señalar la absoluta unidad de los creyentes en Cristo. Efectivamente, son uno. A pesar de los muchos millones de creyentes que pueda haber, son uno en Cristo. Cada uno posee su propia individualidad, pero se trata siempre de la manifestación de algún aspecto de la individualidad de Cristo. El cuerpo humano tiene muchos miembros y todos ellos difieren en sus peculiaridades. Sin embargo, observamos perfecta unidad y armonía en el cuerpo humano, en su estado de salud. En aquellos que se han vestido del "nuevo hombre", el cual "se renueva hasta el conocimiento pleno, conforme a la imagen de su Creador,... no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, en todos" (Col. 3:10 y 11).
La cosecha
En la explicación que Cristo dio de la parábola del trigo y la cizaña, señaló que "la buena semilla [o descendiente] son los hijos del reino" (Mat. 13:38). El agricultor no permitió que se arrancara la cizaña, debido a que en los estadios iniciales era difícil distinguirla del trigo, y parte de éste resultaría destruido; por lo tanto, dijo: "Dejad crecer lo uno y lo otro hasta la siega. Y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla, pero juntad el trigo en mi granero" (vers. 30). Como es bien sabido, es en la cosecha cuando se recoge la simiente.
La parábola tiene por fin específico el enseñar que es en la cosecha cuando la simiente se manifiesta en su plenitud. Todo lo que la cosecha aguarda es la plena manifestación y madurez de la semilla.
Ahora bien, "la siega es el fin del mundo". Por lo tanto, el tiempo señalado en Gálatas 3:19, "hasta que viniese la simiente [o descendiente] a quien ha sido prometida" (N. T. Interl.), no es otro que el fin del mundo, momento en el que ha de hallar cumplimiento la promesa referente a la tierra nueva. La "simiente" –o descendiente– no puede manifestarse antes de ese tiempo.
Leemos de nuevo Gálatas 3:19 (R.V. 1977): "Entonces, ¿para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente a quien estaba destinada la promesa". ¿Qué nos enseña el versículo? Sencillamente esto: que la ley, tal cual fue proclamada en el Sinaí -sin cambiar una jota ni un tilde- es parte integral del evangelio, y debe ser presentada en el evangelio, hasta la segunda venida de Cristo en el fin del mundo. "Mientras existan el cielo y la tierra, ni una letra, ni un punto de la Ley perecerán, sin que todo se cumpla" (Mat. 5:18). Y ¿qué diremos del momento en el que "pasen" este cielo y tierra, para establecerse los nuevos? Entonces no habrá más necesidad de que la ley esté escrita en un libro a fin de poder predicar a los pecadores y que sus pecados les sean expuestos. En aquel tiempo estará en el corazón de todo hombre (Heb. 8:10 y 11). ¿Abolida? ¡De ninguna manera!, sino grabada indeleblemente en el corazón de cada persona; escrita, no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente.
La "simiente" se refiere a todos cuantos pertenecen a Cristo. Y sabemos que la "herencia" prometida no se ha manifestado en su plenitud. Jesús, en sus días en esta tierra, no la recibió en mayor medida que Abrahán. Cristo mismo no puede poseer la "herencia" prometida antes que lo haga Abrahán, puesto que "las promesas fueron hechas a Abrahán y a su Descendiente [o simiente]". El Señor habló por medio de Ezequiel de esa "herencia" en el momento en que David dejase de tener un representante de su trono en la tierra, y predijo la caída de Babilonia, Persia, Grecia y Roma en estos términos: "Depón la tiara, quita la corona... ¡Ruina! ¡Ruina! ¡A ruina la reduciré! No será más restaurada, hasta que venga Aquel a quien corresponde el derecho. Y a él se la entregaré" (Eze. 21:26 y 27).
Así, Cristo está sentado en el trono de su Padre, y "desde entonces está esperando que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies" (Heb. 10:13). Pronto volverá. Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios y herederos juntamente con Cristo, de forma que Cristo no puede poseer la herencia antes que ellos. La "simiente" es una; no está dividida. Cuando Cristo venga a ejecutar el juicio y a destruir a aquellos que han elegido así: "no queremos que este hombre reine sobre nosotros"; cuando el Hijo del hombre venga en su gloria y todos los santos ángeles con Él, "entonces se sentará en su trono de gloria" (Mat. 25:31).
Entonces estará completa la "simiente" y se cumplirá la promesa. Hasta ese momento la ley continuará cumpliendo fielmente su misión de despertar y aguijonear la conciencia de los pecadores, no dándoles descanso hasta que vengan a identificarse con Cristo, o bien lo rechacen plenamente. ¿Aceptarás sus términos, querido lector? ¿Pondrás fin a tus quejas a propósito de esa ley que te salva de hundirte en un sueño fatal? ¿Aceptarás la justicia de la ley, en Cristo? Si así lo haces, como verdadera simiente de Abrahán que eres, y heredero según la promesa, puedes alegrarte en tu liberación de la esclavitud del pecado, cantando:
¡Feliz el día en que escogí
servirte, mi Señor y Dios!
Precioso es que mi gozo en ti
lo muestre hoy con obra y voz.
¡Soy feliz! ¡soy feliz!
y en tu favor me gozaré.
En libertad y luz me vi
cuando triunfó en mí la fe,
y el raudal carmesí,
salud de mi alma enferma fue.
(T.M. Westrup, #330)