¿Por qué es tan importante el evangelio?
Una verdadera comprensión del evangelio es precisamente lo que necesita desesperadamente este mundo maldito por el pecado. Después de la pretensión de la cristiandad de haber proclamado el evangelio durante dos mil años, la agonía y el mal en el mundo parecen ir de mal en peor. Millones que creerían en Dios, se sienten forzados a dudar que exista, o de que se preocupe por ellos. ¿Podría eso significar que el evangelio no ha sido todavía predicado en su pureza?
Por sorprendente que parezca, hay más de un evangelio: (a) la pura verdad que predicaron Pablo y los apóstoles –"la gracia de Cristo"–, y (b) la falsificación del evangelio, a la que Pablo llama "otro evangelio". "No que haya otro", sino que se trata en realidad de una perversión del "evangelio de Cristo". De acuerdo con las graves palabras de Pablo, cualquier otro evangelio diferente al de Cristo, ha de ser "condenado" (Gál. 1:6-9).
La razón por la que el enemigo de Cristo se especializa en pervertir el evangelio, es porque sabe que el verdadero evangelio "es potencia de Dios para salud" del alma (Rom. 1:16), lo mismo que el buen alimento lo es a la salud del cuerpo. Pero una pequeña dosis de arsénico mezclada en él, resultaría letal. En el juicio final verán todos que la continua agonía del mundo fue el resultado directo de la perversión del evangelio que "Babilonia" ha proporcionado a los hombres (Apoc. 18:24).
¿Tenemos los adventistas algo especial que hacer, en la recuperación de ese evangelio en su pureza?
Muchos hemos asumido superficialmente que las iglesias evangélicas populares están proclamando el evangelio al mundo, y que nuestro cometido especial es predicar la ley. La suposición implica que si nosotros añadimos a su "evangelio" nuestra singular comprensión de los diez mandamientos –incluyendo el sábado–, obtenemos el "mensaje del tercer ángel". En otras palabras, la Iglesia Adventista no es más que una iglesia más entre muchas otras, sin otra especial contribución que aportar una lista de cosas que las personas deben aprender a hacer, si desean ser salvas.
Pero la verdad es que el Señor nos ha dado un mensaje especial de Buenas Nuevas que las personas tienen que aprender a creer. El Señor no suscitó jamás a los Adventistas para que predicásemos al mundo el legalismo. Nuestra comisión específica es recuperar y proclamar justamente las Buenas Nuevas que son ya "la salvación de Dios" [Luc. 3:6], y que preparan a un pueblo para la segunda venida de Cristo. De hecho, el mensaje de los tres ángeles de Apocalipsis 14:6-12 es en un sentido singular "el evangelio eterno" para los últimos días. Ha de tratarse de las mejores nuevas que el mundo haya oído jamás.
¿Cómo encaja el mensaje de 1888 en nuestra obra especial?
"En su gran misericordia el Señor " envió ese mensaje, "el comienzo" del fuerte clamor descrito en Apocalipsis 18:1-4 (Testimonios para los ministros, p. 91-93; Review and Herald, 22 noviembre 1892). E. White lo reconoció frecuentemente en su verdadera identidad (ver Carta B2A, 1892; MS. 15, 1888, etc). Ella nunca dijo que consistiese en enfatizar lo que los pioneros habían sostenido, ni tampoco lo que enseñan las iglesias protestantes evangélicas.
Identificó asimismo el mensaje de 1888 como "aguaceros celestiales de la lluvia tardía" (Special Testimonies, Series A, No 6, p. 19). Con anterioridad, había declarado que la lluvia tardía vendría, o bien como preparación para el fuerte clamor, o simultáneamente con él (Primeros Escritos, p. 271; MS. 15, 1888). Jamás identificó ningún otro mensaje, en ninguna otra ocasión, con la lluvia tardía. No habría podido decir que el fuerte clamor comenzase con el mensaje de 1888, a menos que la lluvia tardía lo hubiese acompañado.
La lluvia tardía y el fuerte clamor representan hoy para la iglesia lo que el nacimiento del Mesías en Belén representó para los judíos. Durante décadas hemos estado orando al Señor para que nos conceda ese don de la lluvia tardía, como oraban los Judíos por la llegada del Mesías. Habían de encontrar en Él el cumplimiento de su destino. Sin embargo, "no le recibieron" (Juan 1:11). De igual forma, nuestra iglesia espera el cumplimiento de su destino en esa lluvia tardía y fuerte clamor que comenzaron hace ya más de cien años.
¿Qué se entiende por "fuerte clamor" y "lluvia tardía"?
Los tres ángeles de Apocalipsis 14:6-12 proclaman un mensaje mundial, pero el original griego da la idea de que su "volar por en medio del cielo" consiste en algo parecido al vuelo de un helicóptero sobre las copas de los árboles. Los 150 años de historia pasada indican al observador sincero que el mensaje ha gozado hasta aquí de una difusión mundial sólo muy limitada.
Pero el cuarto ángel de Apocalipsis 18 desciende "teniendo grande potencia; y la tierra fue alumbrada de su gloria". Ese ángel irrumpe como una gran nave espacial, cuya luz envuelve a toda la tierra. Clama "con fortaleza en alta voz". Aquí tenemos, por fin, la difusión masiva y final del mensaje.
Puesto que Dios es amor, y dado que es imparcial, el mensaje de sus Buenas Nuevas debe extenderse a todo lugar antes que Cristo pueda regresar. Un mensajero inspirado nos dice que "la marca de la bestia será presentada de alguna manera a cada institución y a cada persona…" (Mensajes Selectos, vol. III, p. 451). De acuerdo con el carácter justo de Dios, todos deben tener igual oportunidad de oír el mensaje de advertencia.
La "lluvia tardía" es el derramamiento final del Espíritu Santo. Investirá de poder al pueblo de Dios, para que le sea testigo en el conflicto final. Aunque la "lluvia temprana" del Pentecostés fue gloriosa, se nos asegura que el derramamiento final del Espíritu Santo tendrá proporciones aún mayores.
¿Cuál es el tema más importante del mensaje de 1888?
Consiste primariamente en una "revelación de la justicia de Cristo, el Redentor que perdona los pecados" (Review and Herald, 22 noviembre 1892). "Presentaba la justificación por la fe en el Garante… la justicia de Cristo" (Testimonios para los ministros, p. 91,92).
Al leer los cientos de declaraciones de apoyo de E. White al mensaje, desde 1888 hasta 1896 (ver Apéndice), uno se siente impresionado por la sobrecogedora convicción de que fue "el comienzo" de la revelación final del evangelio de la justicia por la fe. Había de ser más claro y poderoso de lo que nuestro pueblo (y el mundo) hubiese oído con anterioridad, al menos desde los días de Pablo.
En efecto, una declaración va tan lejos como para afirmar que fue el comienzo de una luz que no se había comprendido desde los días de Pablo, es decir, desde Pentecostés (Fundamentals of Christian Education, p. 473; Review and Herald, 3 junio 1890). En otras palabras, hasta el mismo Pablo habría tenido cosas que aprender del "mensaje del tercer ángel en verdad".
Hubo otros aspectos derivados del mensaje, tales como la reforma pro-salud, la reforma en la educación y en la organización, etc. Pero lo que alegró repetidamente el corazón de E. White fue la gracia sobreabundante de la justicia por la fe. Es fácilmente reconocible el entusiasmo que traducen los cientos de declaraciones de apoyo, en relación con ese aspecto capital del mensaje.
¿Fue el mensaje de 1888 una mera re-enfatización de la predicación de Lutero, Calvino, Wesley, y los evangelistas populares del siglo XIX, tales como Dwight L. Moody y Charles Spurgeon?
El estudio del contenido real del mensaje revela diferencias muy marcadas con el de los reformadores protestantes del siglo XVI, y el de los evangélicos del XIX, o los de nuestros días.
E. White reconoció tales diferencias. Dijo que el mensaje de la justificación por la fe presentado en 1888 era "el mensaje del tercer ángel en verdad" (Review and Herald, 1 abril 1890). Eso representa un problema para algunos (entre nosotros), puesto que es una idea muy extendida el que no hay más que un tipo de justificación por la fe, que es la que enseñan los evangélicos.
Pero una sola pregunta desenmascara el problema: ¿Proclamaron Lutero, Calvino, Wesley y los guardadores del domingo de aquellos días "el mensaje del tercer ángel en verdad"? Si la respuesta es afirmativa, entonces carecemos de fundamento denominacional y no hay razón para la existencia de nuestra iglesia. De forma lógica, la postura generalizada de la "re-enfatización" así lo pretende, y ha propiciado la confusión que ha llevado a pastores y laicos a abandonar la iglesia. Si los evangélicos predican el verdadero evangelio de la justicia por la fe, ¿por qué no juntarse con ellos?
Hasta donde conocemos, E. White no describió jamás el mensaje como una re-enfatización del evangelio enseñado ya anteriormente. De hecho, afirmó que era "la primera vez que oía de labios humanos la presentación clara de ese tema" que ella hubiese jamás escuchado en una predicación pública (MS. 5, 1889).
Sin duda había ciertos aspectos menores del mensaje que otros habían proclamado con anterioridad; pero ella reconoció una perspectiva nueva y distinta que nunca antes se había visto claramente. Como una imagen que se enfoca con mayor nitidez, "grandes verdades que habían permanecido sin ser vistas ni oídas desde el día de Pentecostés, brillaron a partir de la Palabra de Dios en su pureza original" (Fundamentals of Christian Education, p. 473). Esa es la razón por la que identificó el mensaje como "el comienzo" de la lluvia tardía y el fuerte clamor, luz que no había alumbrado hasta entonces la tierra con su gloria.
Si aceptamos el mensaje de la justificación por la fe de las iglesias populares guardadoras del domingo ("cristianismo evangélico"), ¿no bastará eso, como sustituto del mensaje de 1888?
Si el mensaje de 1888 es "el mensaje del tercer ángel en verdad", es evidente la imposibilidad de que los conceptos evangélicos puedan sustituirlo, ya que las iglesias populares guardadoras del domingo no están proclamando el mensaje del sello de Dios y la marca de la bestia, sino la falsificación del mismo. De hecho, el mensaje de la genuina justificación por la fe de 1888, "se manifiesta en la obediencia a todos los mandamientos de Dios" (Testimonios para los ministros, p. 92). ¡Eso debe incluir la observancia del cuarto mandamiento! Sin embargo, las iglesias evangélicas se han opuesto categóricamente a las verdades del sábado y del santuario, durante toda la existencia de la Iglesia Adventista. En alguna parte hay algo que no encaja.
Hay verdades fundamentales de la expiación, la cruz, el significado del amor y la fe genuinos, la motivación a la obediencia, que en la "justificación por la fe" de los evangélicos están, o bien ausentes, o seriamente distorsionadas. Las mentes más capaces y profundas entre los evangélicos, están actualmente ocupadas en el estudio del problema real de la expiación. ¿Por qué han pasado 2000 años de historia desde que tuvo lugar el gran acontecimiento de la cruz, que según la comprensión de ellos era la victoria final? Fuera del predeterminismo calvinista, son incapaces de dar respuesta al interrogante planteado por la prolongada demora.
El antiguo Israel fue tentado y seducido continuamente por las falsas doctrinas de sus vecinos. Aquellas ideas paganas eran aparentemente similares. Una de ellas consistía en la adoración de Baal. Si el Señor ha confiado el mensaje del tercer ángel a los Adventistas del Séptimo Día, hemos de esperar que haya tentaciones similares a confundirlo con una falsificación del mismo. De alguna forma, tiene que emerger una verdad más clara a partir de la cruz de Cristo, de la que presentan las iglesias guardadoras del domingo.
Hemos estado oyendo predicaciones sobre la justificación por la fe en nuestras iglesias, congresos y asambleas. ¿En qué difiere el mensaje de 1888 de lo que hemos estado ya oyendo en todos estos años pasados?
Hay en él muchas verdades maravillosas y frescas que en general no son hoy comprendidas. Por ejemplo:
(1) La revelación de la proximidad del Salvador. Es a lo que E. White se refirió como "el mensaje de la justicia de Cristo". "Justicia" no es lo mismo que "santidad". En Lucas 1:35 leemos que Él sería "lo santo que nacerá". Pero a medida que creció como hombre y llegó finalmente hasta la cruz, desarrolló un carácter "justo". La santidad denota el carácter de alguien que es santo en una naturaleza impecable. Así, leemos acerca de "ángeles santos". Nunca acerca de "ángeles justos". (1)
La justicia denota el carácter de aquel que, habiendo tomado la naturaleza humana pecaminosa, ha resistido y conquistado el pecado. Así, la frase "Cristo nuestra justicia", significa que Cristo "venció" y "condenó" al pecado en la misma naturaleza caída y pecaminosa que nosotros tenemos. Vino tan cerca de nosotros hace 2000 años, y por siempre a partir de entonces, que "condenó al pecado en la carne" (Apoc. 3:21; Rom. 8:3). Dado que el Padre y el Hijo son uno, y que el Padre estaba en Cristo en su encarnación, se presenta también al Padre como "justo" (2 Cor. 5:18,19).
Cristo ha hecho del pecado algo obsoleto. No hay ya más excusa para él. Se hizo en verdad uno de nosotros, Dios al 100%, y sin embargo, también hombre al 100%. "Tomó sobre su naturaleza impecable, nuestra naturaleza pecaminosa" (Medical Ministry, p. 181), y así puede salvarnos a cada uno de nosotros de nuestros pecados, no en ellos. Él conoce nuestras tentaciones, dado que fue "tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado" (Heb. 4:15).
Esas Buenas Nuevas conmueven el corazón humano. Ahí radica la verdad que explica los 2000 años transcurridos sin que haya venido Cristo, algo que las iglesias populares no pueden explicar.
(2) El ministerio de Cristo en el santuario, en la expiación final. Aquí es donde la verdad sobre la naturaleza de Cristo brilla en su esplendor, y trasciende a la estéril argumentación teológica. El libro de Apocalipsis nos muestra un pueblo que por fin constituye "las primicias" del sacrificio de Cristo, y que está "sin mácula" ante su trono (14:5-12). La clave de su victoria radica en vencer como Él venció (3:21).
Brilla aquí por sí misma la verdad de la naturaleza de Cristo. El ministerio sumo-sacerdotal en el lugar santísimo del santuario celestial, desde 1844, es una gran verdad que ha de alumbrar todavía la tierra con su gloria, y concentrar la atención sobre los temas de la conclusión del gran conflicto (El Evangelismo, p. 165, 166). La identidad de nuestra Iglesia Adventista depende del fundamento de esa verdad del santuario. Sin embargo, es bien conocida su virtual desaparición de las predicaciones en nuestros días. Y nuestros hermanos Evangélicos no enseñan nada que se parezca a ese ministerio del Día de la Expiación.
(3) El mensaje de 1888 une la justificación por la fe con esa obra especial de la expiación final. Es por ello que E. White vio en él de forma singular y única "el mensaje del tercer ángel en verdad". Se gozó en reconocer la tan largamente esperada conexión entre ambos.
En los primeros meses de 1890, escribió una serie de artículos en la Review and Herald, que demostraron la forma en la que este mensaje es la esencia de la verdad de la purificación del santuario (desde el 21 de enero hasta el 3 de junio).
(4) El mensaje no consiste en una orden severa de "preparaos, o de lo contrario…", sino en gloriosas buenas nuevas de cómo prepararse. Transforma los imperativos adventistas en habilitaciones evangélicas. Revela al Salvador como al divino Médico del alma, que está "cercano, a la mano", el Sanador de toda herida causada por el pecado en la mente del hombre. Es el gran Originador de todo bálsamo sanador, el diseñador del único programa eficaz para afrontar la desesperada necesidad de los adictos a cualquier cosa, desde el alcohólico, hasta el comprador compulsivo. Es también la única esperanza para la adicción de los santos de Laodicea a la tibieza mundanal.
Era la intención del cielo que los adictos de la clase que fuese, hallaran salvación "entre el remanente" (Joel 2:32), más bien que en los programas del mundo. Los Adventistas del Séptimo Día fuimos llamados a ser los "primeros" en exaltar al auténtico Salvador que fue tentado en todas las cosas, como es tentado todo adicto sobre la tierra, pero sin pecado. Es así como puede salvar hasta lo sumo a los que por Él se allegan a Dios.
(5) La seguridad de la salvación es algo que deriva de la verdad de la justificación por la fe presentada en 1888. El calvinismo afirma que Cristo murió solamente por los elegidos. El arminianismo protesta, y señala que murió por "todos los hombres", pero a la vez especifica que hizo solamente algo "provisional", y así, es posible que "todos los hombres" sean justificados si toman la iniciativa de hacer bien cierta cosa. Si el pecador no aprovecha el ofrecimiento, entonces la muerte de Cristo no ha significado ni significará ningún bien para él. Tal es la idea general que ha venido sosteniendo nuestro pueblo.
Los mensajeros de 1888 vieron que la cruz significó mucho más que una mera provisión, en espera de la iniciativa del pecador. ¡Cristo hizo algo por cada ser humano! "Todos los hombres" deben su vida actual al sacrificio de Cristo. La salvación del hombre depende de la iniciativa de Dios, y la condenación depende de la iniciativa del hombre. Cuando el pecador oye las buenas nuevas y las cree, responde a la iniciativa de Dios, y experimenta así la justificación por la fe.
Aquí es donde el concepto de 1888 de la justificación por la fe pone en evidencia un tipo sutil de legalismo no reconocido anteriormente. En la pura justificación por la fe que presenta el Nuevo Testamento, "la jactancia… es excluida" (Rom. 3:27), pero según el punto de vista popular, el factor clave es la iniciativa del pecador. Puede decir: [yo] he aprovechado el ofrecimiento, [yo] he aceptado la provisión, [yo] he hecho la decisión que me llevará al cielo. El sacrificio de Cristo no me hizo ningún bien, hasta que [yo] tomé alguna determinación al respecto. Así, subyace un pensamiento egocéntrico, y un residuo de legalismo subliminal.
Esa idea conlleva una trágica carencia. Cristo gustó realmente la muerte segunda "por todos", e hizo propiciación por los pecados "de todo el mundo" (Heb. 2:9; 1 Juan 2:2). Los pecados de "todos los hombres" le fueron legalmente imputados en su muerte, de forma que nadie hasta ahora ha tenido que soportar la plena carga de su culpabilidad (Rom. 5:16-18; 2 Cor. 5:19).
El resultado es que "todos los hombres" viven porque Él murió por ellos, sea que crean o no (2 Cor. 5:14,15). La cruz del calvario está "estampada" en cada pan. Eso significa que tanto santos como pecadores comen su alimento diario siendo nutridos por el sacrificio de Cristo (El Deseado, p. 615). Él "sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio" (2 Tim. 1:10). La vida a "todos los hombres". La inmortalidad, además, a los que creen.
Puesto que todos los hombres viven debido a que sus transgresiones le fueron imputadas a Aquel que murió en su lugar, es correcto decir que tuvo lugar una justificación de tipo legal, en favor de todos los hombres (algunos prefieren llamarle "justificación corporativa", o "justificación temporal universal"; son términos que se refieren a la misma verdad). Puesto que "todos los hombres" están bajo "condenación" legal "en Adán", por nacimiento, Cristo viene a ser hecho el "postrer Adán", en quien toda la raza humana es legalmente absuelta (1 Cor. 15:22; Rom. 5:16-18). (2) Tal es el concepto neotestamentario que encierra la repetida expresión "en Cristo".
Eso no significa que todos los hombres serán salvos en contra de su voluntad. Es posible despreciar y rechazar el don que Cristo ha dado a "todos los hombres". Él no va a forzar a nadie. Pero los mensajeros de 1888 explicaron que cuando el pecador oye y cree esas buenas nuevas, su experiencia de la justificación por la fe le hace entonces "obediente a todos los mandamientos de Dios", incluyendo el sábado del cuarto mandamiento. Tal es el único resultado posible, cuando un pecador se aferra de la justicia de Cristo mediante una fe inteligente, informada. No es maravilla que E. White se gozase tanto al oír el mensaje por primera vez.
Así, el mensaje de 1888 reconoce la parte de verdad que hay en el calvinismo y en el arminianismo, pero va más allá que ninguno de ellos. Como bien discierne el calvinismo, la salvación del pecador se debe enteramente a la iniciativa de Dios. De acuerdo con el arminianismo, todos los hombres tienen igual posibilidad de salvación. Pero lo que ninguno de los dos discierne es que Cristo llevó los pecados de "todos los hombres", y murió la segunda muerte por "todos los hombres". Tomó la iniciativa de salvar a todos los hombres. La única razón por la que un pecador pueda perderse es porque tome la iniciativa de despreciar y rechazar la justificación que se le ha dado ya, y que es puesta en sus manos (ver Juan 3:16-19; 12:48).
Así, el mensaje de 1888 ve el pecado en una luz mucho más seria de lo que es común entre muchos adventistas. No es un pasivo "no hacer nada". El pecado es tan terrible que significa la resistencia y rechazo continuo de la gracia salvífica de Dios. (3) El pecador no se da cuenta de lo que está haciendo, y necesita que se le haga tomar conciencia de ello. Es en esa luz como puede apreciarse el arrepentimiento en sus verdaderas dimensiones.
(6) El Espíritu Santo es mucho más poderoso de lo que habíamos imaginado. Cuando uno comprende y cree lo buenas que son las buenas nuevas, se da cuenta de que es fácil ser salvo, y difícil perderse.
La salvación no depende de que busquemos y hallemos a Dios (que es el elemento común a toda religión pagana en el mundo), sino de que creamos que Él nos está buscando y nos ha encontrado. El Espíritu Santo es más fuerte que la carne (Gál. 5:16,17), y la gracia sobreabundó mucho más de lo que pueda abundar el pecado (Rom. 5:20).
(7) En otras palabras, el mensaje de 1888 eleva el amor de Dios como Salvador, muy por encima de la categoría de algo meramente provisional. No lo presenta ante el pecador como una oferta casual de "lo tomas o lo dejas", "si no aprovechas la oportunidad, tanto peor para ti". No. Cristo se presenta como el Buen Pastor que está buscando activamente a cada oveja perdida "hasta que la encuentra" (Luc. 15:4). Es preciso hacer oír al pecador tan buenas nuevas como esas.
El amor de Dios queda inmensamente clarificado en los conceptos bíblicos del mensaje de 1888. El único resultado posible es el reemplazo de las obras muertas por un ferviente servicio de fe, una devoción que no conoce límites. La tibieza resulta imposible para aquel que comprende y cree el evangelio en su pureza.
(8) La verdad sobre los dos pactos, con su poder para cambiar los corazones. Ese concepto singular de 1888 no es bien comprendido hoy en la iglesia, ni entre los cristianos evangélicos. A E. White se le mostró que el Señor había dado a los mensajeros de 1888 la correcta comprensión sobre los dos pactos. (4)
De nuevo, no se trata de un puzzle teológico, sino de piedad práctica. Pablo dice que una incorrecta comprensión de los pactos, engendra "servidumbre" (Gál. 4:24). Sin saber lo que estábamos haciendo, hemos instruido en el antiguo pacto a nuestros jóvenes y niños durante décadas. El resultado ha sido la pérdida espiritual de muchos de ellos. Al comparar la posición del mensaje de 1888 sobre los dos pactos, con la posición generalmente sostenida entre nosotros, no debería sorprendernos que el 70% de nuestros jóvenes tenga una comprensión deficiente del evangelio (según la encuesta Valuegenesis), y que perdamos tantos de ellos.
Lo mismo que sucede con una comprensión errónea de la justificación, la posición sobre los dos pactos que se opone a la presentada en 1888, abre la puerta a un tipo de motivación egocéntrica, que es la esencia del legalismo. No somos salvos haciendo promesas a Dios, sino creyendo las promesas que Él nos hace a nosotros. (El re-descubrimiento de la idea de 1888 sobre los dos pactos fue la chispa que encendió el reavivamiento actual del interés por este mensaje). (5)
(9) La motivación correcta para servir a Cristo constituye la dinámica de la auténtica justificación por la fe. La justificación legal fue efectuada en la cruz por "todos los hombres"; es algo objetivo. (6) Motiva al creyente a una completa devoción a Cristo, experimentando así la justificación por la fe, que es algo subjetivo. La motivación centrada en el yo implica el legalismo. Estar "bajo la gracia" es reconocer la motivación superior impuesta por una apreciación sincera y ferviente de la gracia de Cristo. Eso libra de la motivación inferior consistente en el temor al castigo o el afán de recompensa (Rom. 6:14,15; Heb. 2:15; El Deseado, p. 446).
Si bien es cierto que el mensaje de 1888 constituye gloriosas buenas nuevas para los que aprecian la cruz de Cristo, abre la posibilidad de muy malas nuevas para aquellos que prefieren seguir inconscientes de su verdadera condición espiritual. Estar "bajo la ley" es lo opuesto a estar "bajo la gracia". Es por ello que el legalismo es la verdadera esencia de toda motivación impuesta por el miedo a perderse o por el deseo de recompensa. Pero hay un remedio: "En el perfecto amor [agape] no hay temor" (1 Juan 4:18).
Por contraste, la preocupación superficial por nuestra seguridad de ser salvos, queda en evidencia como algo pueril. El concepto de la gracia de 1888 hace posible la liberación de esa profunda raíz de egoísmo. Capacita al creyente para que comparta una estrecha proximidad con Cristo, para que venga a ser incorporado en Él, estando su ego "con Cristo… juntamente crucificado". Pablo se refiere frecuentemente a los creyentes como estando en Cristo. "Hemos sido unidos con él en una muerte semejante a la suya" (Rom. 6:5). (7)
Todo cuanto deje de alcanzar ese ideal, constituye un tipo inmaduro de justificación por la fe, apropiado solamente para esa niña que en los casamientos se encarga de llevar el ramo de flores de la novia (mientras piensa en la torta o pastel nupcial). La verdadera novia tiene una motivación superior: el honor y la vindicación de su Esposo, ya que finalmente se ha "unido", o incorporado con él.
(10) Por lo tanto, la noción de 1888 de la "perfección", no consiste en un anhelo de seguridad motivado por el temor, sino en una preocupación centrada en Cristo, en el sentido de cooperar en que él reciba su recompensa. La victoria [sobre el pecado] deja entonces de estar degradada al nivel de la elucubración teológica, un campo susceptible a forzar las palabras de E. White, hasta terminar en la contradicción.
La verdadera motivación que da el estar "bajo la gracia", sería imposible para el ser humano pecaminoso, de no ser por la revelación del sacrificio de Cristo. Pero el "gloriarse en la cruz" es una experiencia al alcance de todo pecador que la contemple y acepte. ¡Habrá un pueblo preparado para la venida de Cristo!
¿Podemos reclamar para Jones y Waggoner la "inspiración verbal", o pretender la perfecta exactitud de cada una de sus palabras?
No, ni tampoco lo podemos hacer con las palabras de la Biblia, o de los escritos del Espíritu de Profecía. (8) El valor de un mensaje radica en la luz que contiene, en los conceptos que iluminan las verdades del evangelio eterno, al que tanto se ha perdido de vista. Nadie pretende reclamar para Jones o Waggoner lo que la misma E. White jamás reclamó para sí. Ella afirmó que eran "mensajeros delegados del Señor", y que tenían "credenciales del cielo" (Ver Apéndice).
El mensaje dado por Jones y Waggoner, tal como se lo encuentra en sus libros y artículos, contiene sus propias credenciales. Conmueve hoy a las almas, porque sus conceptos básicos son tan diferentes y refrescantes, que siguen siendo "nueva luz". Y eso que fueron solamente "el comienzo" del "fuerte clamor" que ha de extenderse finalmente a todo lugar.
Hoy necesitamos provisión fresca del "pan de vida". Necesitamos recordar que cuando Jesús alimentó a los cinco mil, dijo a sus discípulos, "Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada" (Juan 6:12). Si el Señor "envió" el mensaje de 1888, debemos recoger cada "pedazo" que su providencia nos ha concedido, "para que no se pierda nada". Con seguridad, es ya tiempo de que el pueblo de Dios en todo el mundo reflexione seriamente. ¿No constituye una irreverencia el que pidamos al Señor nueva luz, mientras que criticamos y rechazamos la que él nos ha envió ya con anterioridad?
El mensaje de 1888 fue dirigido a una cultura diferente de la nuestra hoy. ¿Cómo puede ese mensaje de un siglo de antigüedad satisfacer las necesidades de un mundo secularizado que ha dejado de creer en Dios y en la Biblia?
El hombre moderno se ha confinado en un refugio subterráneo con muros seculares de dos metros de espesor. Pero el Espíritu Santo tiene un misil capaz de penetrar esas paredes: el mensaje de amor agape que emana de la cruz de Cristo.
Eso no significa que otros aspectos del mensaje adventista hayan perdido validez. Sigue siendo cierto que la reforma pro-salud es "el brazo derecho del mensaje", y que contribuye a vencer los prejuicios. El calor de la hermandad en la iglesia es necesario para aliviar las necesidades sociales de la gente. La educación que la iglesia sustenta, provee (al menos en considerable medida) un refugio para los niños y adolescentes. Nuestras 27 creencias fundamentales procuran cohesión a nuestra filosofía religiosa. Pero persuadir al moderno hombre secularizado a que se adhiera a nuestro club no es lo mismo que alumbrar la tierra con la gloria del evangelio. Es posible que en nuestro "club" prevalezca aún la misma orientación hacia el ego, que fuera de él.
Lo que hace falta son buenas nuevas que iluminen un mundo entenebrecido por una comprensión equivocada de Dios, y reconciliar con él los corazones enemistados y secularizados.
Se trata de una comprensión del amor de Dios que trasciende los conceptos de la moderna Babilonia. "El mensaje del tercer ángel en verdad" que se nos dio en 1888 es el "comienzo" de ese mensaje. En esencia, es la revelación de un amor que va más allá de la comprensión habitual. Nada que sea menor que la revelación de la plena "anchura, la longitud, la profundidad y la altura" de ese amor, puede bastar. El "fuerte clamor" no va a ser un aterrador llamamiento que induzca al miedo, sino "una revelación de su carácter de amor" (Palabras de vida del gran Maestro, p. 342).
Si aclaramos la noción del agape a un ateo evolucionista, pongamos por ejemplo, y le preguntamos dónde hubiese podido originarse una idea tan radical, habrá de reconocer que solamente puede proceder de cierta cruz en una colina solitaria conocida como el Calvario.
"El incomparable amor de Cristo, mediante la agencia del Espíritu Santo, traerá convicción y conversión al corazón endurecido" (Christ Our Righteousness, p. 61). Afirma E. White, en una declaración desconocida hasta hace pocos años: "Durante años he visto que hay un eslabón roto que nos ha impedido ganar los corazones, ese eslabón se restaura al presentar el amor y la gracia de Dios" (Remarks to Presidents, 3 marzo 1891; Archivos de la Asociación General).
Nadie puede exaltar la cruz como nosotros, los adventistas, si humillamos nuestros corazones para recibir la luz que el Señor nos envió. Eso es así porque ningún otro pueblo puede comprender, tanto la naturaleza del hombre como la de Cristo, según la comprensión que el Señor quiso otorgarnos.
El hombre secularizado que vive en este último período de la era cristiana, necesita el mismo mensaje que el Señor envió a los paganos en el primer siglo: Cristo y éste crucificado. Los apóstoles hablaban el lenguaje de sus días, nosotros hablaremos el de los nuestros. Pero la proclamación de esa misma Cruz sigue desafiando el pensamiento del hombre moderno, y penetra las defensas en las que ha blindado su corazón mundano.
El "adventismo histórico" genera temor al juicio investigador. ¿Provee el mensaje de 1888 una solución a ese problema?
Es cierto que un temor tal ha ensombrecido la iglesia por décadas. Roger L. Dudley recoge esa idea recurrente entre jóvenes estudiantes (Why Teenagers Reject Religion, Review and Herald 1978, p. 9-21). Marvin Mooore, en The Refiner’s Fire (Pacific Press, 1990) reconoce lo generalizado del problema, y busca sinceramente una solución.
El apóstol Juan afirma que allí donde haya temor, hay una ausencia de agape, ya que "el perfecto amor echa fuera al temor" (1 Juan 4:18). Habría sido imposible que ese temor sobrecogiera a nuestros jóvenes en la década de los noventa, si hubiésemos aceptado el "preciosísimo mensaje" en la era de 1888, y a partir de entonces. Ese tipo especial de amor, el agape, es la idea básica del mensaje.
La solución del problema del temor es revelar al verdadero Cristo que vino "en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne". La verdad liberadora se nos presenta en estos términos: "Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, es a saber, al diablo, y librar a los que por el temor de la muerte estaban por toda la vida sujetos a servidumbre" (Heb. 2:14,15).
¿Cómo hace el mensaje para librar de ese temor?
En todas sus facetas, está enfocado a la realidad de cuanto sucedió en la cruz. Esa "revelación" fue algo así como los rayos del sol a través de una lupa: el inicio de una combustión que habría de barrer de los corazones humanos el temor.
Una contribución singular del adventismo al mensaje de la cruz es que Cristo murió el equivalente a la muerte segunda, muerte en la que renunció a toda esperanza de resurrección (El Deseado, p. 701). Cuando los corazones humanos embargados por el temor ven al verdadero Cristo en esa "revelación" del agape, se identifican con él de tal manera que el yo queda "con Cristo… juntamente crucificado", y el creyente es injertado en él, como dice Pablo. La unión es tan estrecha como la de un marido con su esposa. "Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús" (Fil. 2:5). El creyente se hace uno con el Señor crucificado.
Al comprender la realidad de su descenso hasta las profundidades del infierno a fin de salvar nuestras almas, al ver cómo se enfrentó con esa completa aniquilación de toda esperanza, cómo escogió caer en las tinieblas eternas, la separación perpetua del rostro de su Padre, a fin de redimirnos a nosotros, esa unión con él comienza a expandir nuestro corazón encogido, de forma que podemos comenzar a comprender el precio que le costó salvarnos. Nunca podremos copiar su sacrificio, pero podemos apreciarlo. Miramos a la grandiosa cruz, donde murió el Príncipe de gloria, y eso extirpa el temor de nuestro corazón.
La razón es simple: Puesto que ningún temor puede superar al temor del infierno (perdición, destrucción), si ese temor resulta conquistado al apreciar su sacrificio, mediante la identificación con él en su cruz, entonces, todo temor de orden inferior tiene que resultar disipado.
Por ejemplo, ¿cómo podría el ladrón penitente sobre la cruz ser atormentado de nuevo por el temor? Para toda otra persona que haya sido crucificada con Cristo se dará una liberación similar. No existe en todo el universo un temor que pueda sobrevivir a la unión sincera con Cristo en esa hora de su cruz. Sin embargo, hay que repetir una vez más que solamente a la luz del "mensaje del tercer ángel en verdad" es posible comprender las plenas dimensiones de ese sacrificio.
Tal fue el impacto del mensaje de 1888. Recuperó la gran preocupación de Pablo: "El [agape] de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que si uno murió por todos, luego todos murieron" (2 Cor. 5:14). ¿Cómo podría alguien que se sabe "muerto" volver a tener temor de alguna cosa? ¿Cómo podría alguien que ha pisado ya el infierno (al estar crucificado con Cristo) estar atemorizado de alguna otra cosa menor que el infierno?
Pero ¿no es acaso el miedo adventista al juicio investigador precisamente eso, el miedo al infierno?
Sí, desprovisto de la idea de 1888, está dominado por ese temor. Pero el "yo" crucificado con Cristo no significa el esfuerzo humano por torturarnos a nosotros mismos en una agonizante crucifixión auto-infligida. Siempre es "con Cristo". El mensaje de la cruz constriñe a una vida de servicio libre de temor, "…para que los que viven, ya no vivan para sí, mas para aquel que murió y resucitó por ellos" (v. 15).
Cuando Pablo dice "con Cristo estoy juntamente crucificado", no se está jactando de lo buen cristiano que es, como si él mismo se estuviese clavando a la cruz, crucificándose a sí mismo. Lo que está diciendo en realidad es:
Al contemplar la excelsa cruzDice virtualmente: ‘Mi "yo" orgulloso está crucificado con Cristo’. El yo no puede vivir y reinar más: su agape aniquiló el amor al yo. Y dado que el yo está ahora crucificado con él, el temor se ha esfumado, puesto que todo temor tiene su origen en el amor al yo.
do el Rey de gloria sucumbió,
tesoros mil que ven la luz,
con gran desdén contemplo yo
(Isaac Watts, himno nº 91)
El profeta dice: ‘¿Pero quién es capaz de soportar el día de su advenimiento? ¿y quién podrá estar en pie cuando él apareciere? Porque será como el fuego del acrisolador, y como el jabón de los bataneros; pues que se sentará como acrisolador y purificador de la plata; y purificará a los hijos de Leví, y los afinará como el oro y la plata, para que presenten a Jehová ofrenda en justicia’ (Mal. 3:2,3). Los que vivan en la tierra cuando cese la intercesión de Cristo en el santuario celestial deberán estar en pie en la presencia del Dios santo sin mediador. Sus vestiduras deberán estar sin mácula; sus caracteres, purificados de todo pecado por la sangre de la aspersión. Por la gracia de Dios y sus propios y diligentes esfuerzos deberán ser vencedores en la lucha con el mal. Mientras se prosigue el juicio investigador en el cielo, mientras que los pecados de los creyentes arrepentidos son quitados del santuario , debe llevarse a cabo una obra especial de purificación, de liberación del pecado, entre el pueblo de Dios en la tierra. Esta obra está presentada con mayor claridad en los mensajes del capítulo 14 del Apocalipsis.Ese párrafo posiblemente haya causado temor entre muchos adventistas, por no haber discernido las buenas nuevas que contiene. En un esfuerzo por combatir ese miedo, algunos instructores y escritores han intentado eludir su auténtica implicación, rebajando la norma de lo que significa estar "sin mancha", o "purificados". Contradicen la declaración, sugiriendo que nuestro carácter no tiene por qué alcanzar esa norma. Según ellos, todo cuanto se necesita es la imputación legal de una justicia externa.
Ninguno de los redimidos supo jamásPero finalmente hay un pueblo que aprendió a apreciar cuán profundas fueron esas aguas por las que atravesó, y cuán densas las tinieblas de ese valle de sombra y de muerte que el Cordero conoció. "La sangre de la aspersión" es el elemento clave en el –a menudo– temido juicio investigador. Cuán trágico es que su futura esposa se haya estado resistiendo durante más de un siglo, oponiéndose al Señor en esa "obra" descrita por E. White en su artículo del 21 de junio de 1892 (Review and Herald). (9) Y ¡cuán doblemente trágico que hayamos estado atemorizados ante el más bendito ministerio que jamás haya tenido lugar en favor nuestro!
lo insondables que fueron las aguas que atravesó
ni lo tenebrosa que fue la noche por la que el Señor pasó
hasta encontrar a su oveja perdida
¡Oh Israel, si quisieras escucharme!(ver E.G.W. Comentario Bíblico Adventista, vol. 1, p. 1119).
No habrá en medio de ti dios ajeno,
ni te inclinarás a dios extraño.
Yo soy Jehová tu Dios,
que te hice subir de la tierra de Egipto
(Sal. 81:8-10)
Así como la condenación vino a todos los hombres [Rom. 5:18], también la justificación. Cristo gustó la muerte por todos. Se dio a sí mismo por todos, se dio a cada uno. El don gratuito vino sobre todos. El hecho de que sea un don gratuito es evidencia de que no hay excepción alguna. Si hubiese venido solamente sobre aquellos que hubiesen tenido alguna calificación especial, no habría sido un don gratuito. Por lo tanto, es un hecho claramente establecido en la Biblia que el don de la justicia [justificación] y de la vida en Cristo, ha venido sobre todo hombre en el mundo (E.J. Waggoner, Signs of the Times, 12 marzo 1896; Waggoner on Romans, p. 101 [56]).Eso armoniza con Juan 3:16,17; Rom. 3:23,24; 5:12-18; 1 Tim. 2:6; 4:10; 2 Tim. 1:10; Heb. 2:9; 1 Juan 2:2.
"A la muerte de Cristo debemos aún esta vida terrenal. El pan que comemos [¿quienes, sino "todos los hombres"?] ha sido comprado por su cuerpo quebrantado. El agua que bebemos ha sido comprada por su sangre derramada. Nadie, santo o pecador, come su alimento diario sin ser nutrido por el cuerpo y la sangre de Cristo. La cruz del Calvario está estampada en cada pan.Poco tiempo después de haber escrito esas célebres palabras, comentó de una forma quizá aún más enérgica la realidad de la justificación legal universal:
Toda bendición ha de venir a través de un Mediador. Todo miembro de la familia humana es dado enteramente en las manos de Cristo, y todo cuanto poseemos –sea el don del dinero, casas, tierras, el poder de la razón o la fortaleza física, los talentos intelectuales– en esta vida y las bendiciones de la vida futura, se nos dan en posesión como tesoros de Dios para ser fielmente dedicados en beneficio del hombre. Todo don está estampado con la cruz, y lleva la imagen y sobrescrito de Jesucristo. Todas las cosas vienen de Dios. Desde las más insignificantes bendiciones hasta las mayores de ellas, fluyen todas por un Canal: una mediación sobrehumana asperjada por la sangre de un valor inconmensurable, ya que fue la vida de Dios en su Hijo (MS. 36, 1890; The Ellen G. White 1888 Materials, p. 814).Veamos ahora Mensajes Selectos, vol. I, p. 402: "Se apoderó del mundo sobre el que Satanás pretendía presidir como en su legítimo territorio. En la obra admirable de dar su vida, Cristo restauró a toda la raza humana al favor de Dios".
Se suscitará la pregunta, ¿Cómo sucede eso? ¿Es mediante condiciones como recibimos la salvación? Jamás venimos a Cristo mediante condiciones. Y si venimos a Cristo, entonces, ¿cuál es la condición? La condición es que mediante una fe viviente nos aferremos enteramente a los méritos de la sangre de un Salvador crucificado y resucitado. Cuando hacemos tal cosa, obramos las obras de justicia. Pero cuando Dios llama e invita al pecador en nuestro mundo, no hay ahí condición alguna. Es atraído por la invitación de Cristo y no consiste en que "tienes que responder a fin de venir a Dios". El pecador viene, y al venir y ver a Cristo levantado sobre esa cruz del Calvario, que Dios impresiona en su mente, hay un amor que va más allá de todo lo que jamás imaginó. Y entonces, ¿qué? Al contemplar ese amor, le dice que es un pecador. Bien, ahora, ¿qué es el pecado? Tiene que llegar por fin a este punto, para comprenderlo. No hay otra definición dada en nuestro mundo, excepto que pecado es transgresión de la ley; por lo tanto, descubre lo que es el pecado. Y hay arrepentimiento hacia Dios. Y ¿qué sigue entonces? Fe hacia nuestro Señor y Salvador Jesucristo que puede pronunciar perdón sobre el transgresor. Cristo está atrayendo a todo el que no ha sobrepasado los límites. Lo está atrayendo hoy a sí mismo (MS. 9, 1890).
Los judíos dijeron a Jesús, "¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: Ésta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado" (Juan 6:28,29). Esas palabras deberían estar escritas en letras de oro, y mantenidas constantemente ante la vista por todo cristiano que lucha. Queda resuelta la aparente paradoja. Las obras son necesarias; sin embargo la fe es totalmente suficiente, ya que la fe hace la obra…
El problema es que mucha gente tiene en general una falsa concepción de la fe… La fe y la desobediencia son incompatibles. No importa la mucha fe que profese el transgresor de la ley, el hecho de que quebranta la ley demuestra que no tiene fe… Que nadie desprecie la fe como algo de poca importancia (E. J. Waggoner, Bible Echo, 1 agosto, 1890).
Examinemos sus palabras. Demasiados las han pervertido en un legalismo mortal… Si la fe sin las obras es muerta, [es porque] la ausencia de obras revela la ausencia de fe; lo que está muerto no posee existencia. Si un hombre tiene fe, las obras aparecerán necesariamente… (Id.)
La respuesta es, por supuesto, que no podrá. ¿Por qué no? Porque no la tiene. ¿De qué aprovecha si un hombre dice que tiene fe, pero su malvado curso de acción demuestra que no tiene ninguna? ¿Despreciaremos el poder de la fe por el hecho de que no hace nada por aquel que hace una falsa profesión de ella?… La fe no tiene poder para salvar a un hombre que carece de ella (Id.)Aunque Santiago no contradice a Pablo, algunos han pretendido que así sea. Pero la perspectiva, en cada epístola, es diferente. Santiago no centra la discusión en la Cruz, ni en la sangre de Cristo. Necesitamos toda la Revelación, pero de alguna forma, el Espíritu Santo consideró oportuno proporcionarnos 14 cartas de Pablo en el Nuevo Testamento, y solamente una de Santiago.
En la condición de su naturaleza anterior a la caída, no hablamos tampoco de Adán y Eva como "justos", sino como "santos".
Para mayores detalles, ver El Deseado, p. 86,87; Mensajes Selectos vol. I, p. 402.
"Dios hará a cada uno la pregunta: ¿Qué has hecho con mi Hijo unigénito?… Serán obligados a decir: Aborrecimos a Jesús y lo echamos fuera. Clamamos: ¡Crucifícale! ¡Crucifícale! En lugar de él, elegimos a Barrabás" (E.G.W. Comentario Bíblico Adventista, vol. V, p. 1081,1082)
"Desde que hice la declaración, el sábado pasado, de que la posición sobre los pactos, tal como ha sido presentada por el hermano Waggoner, era verdadera, parece que muchas mentes se han sentido aliviadas… Me llevó tiempo tomar esa posición, y estoy gozosa porque el Señor me haya urgido a dar el testimonio que di" (Carta 30, 1890; The EGW 1888 Materials, p. 623). "La noche antepasada se me mostró que la evidencia en relación con los pactos era clara y convincente. Usted mismo [Uriah Smith], el hermano Dan Jones, el hermano Porter y otros están desperdiciando sus poderes investigadores en vano, procurando defender una posición sobre los pactos que es distinta de la que ha presentado el hermano Waggoner" (Carta S59, 1890; Id., p. 604, también p. 596,597).
Para una exposición de los dos pactos, ver Las Buenas Nuevas, estudios en Gálatas (Waggoner), cap. 3 y 4.
Por contraposición a subjetivo. Objetivo significa que tiene existencia por sí mismo, al margen del pecador. Es independiente de él, alejado de él en el tiempo y el espacio. Es incondicional y anterior a la fe, el conocimiento, u otra respuesta en el hombre.
Ver 2 Cor. 5:17. También Juan 15:4; 1 Juan 2:6, etc. Otras versiones de la Biblia, en lugar de "unidos", traducen "injertados", "plantados", "incorporados", etc.
Ver Mensajes Selectos, vol. I, p. 21-26.
"Estamos en el día de la expiación, y debemos obrar en armonía con la obra de Cristo de purificar el santuario de los pecados del pueblo. Que nadie que quiera ser hallado con las vestiduras de boda resista a nuestro Señor en su obra…
"Adventismo histórico" se refiere principalmente a los que se aferran a los valores tradicionales adventistas históricos, caracterizándose por defender las buenas y antiguas doctrinas, según una comprensión, en muchos aspectos, anterior a la luz de 1888. "Nueva teología" se refiere a las corrientes favorables a la introducción de conceptos "importados" de las iglesias populares actuales, en oposición a las verdades singularmente adventistas.
En el vocabulario teológico, la primera es llamada justificación objetiva: lo que Dios hizo por el hombre. La segunda es la justificación subjetiva (por la fe): el resultado, o efecto, en el que cree, de la justificación objetiva ejercida ya en su favor.